PELOTA DE PAPEL, CUENTOS EN EL EMPEINE

Por Agustín Lucas

 

Hay un lugar donde las almas se mezclan. Donde el hedor se discurre entre diálogos eléctricos, monosílabos. Ese lugar, donde la espalda se empapa y las vergüenzas se dejan, es la anacrónica estepa arrugada de lo hecho: el área, donde todos fuimos felices. Donde alguna vez engañamos al rival que somos nosotros mismos. Donde no siempre nos creen. Donde se pagan los premios. El área es la estepa amorosa de un domingo quieto. Una conversación religiosa entre el cielo, la tierra y los colores. Los domingos fueron hechos para extrañar, por eso la gente va al fútbol, al cementerio, a la iglesia o a la casa de la vieja. El área es donde se hace una tregua con el enemigo para no hacerle penal. El área es donde el enemigo se tira y el de negro compra, tu capacidad innata de soñar. El área es donde se llora –el medio también–. La cama es la patria, el área es la República, el Sitio. El área es la plaza principal del pueblo. El cuadro es el pueblo donde uno vive, más tiempo del que se cree. Jugar al fútbol es vivir el tiempo de una forma. Es morir semanalmente, y renacer en la coreografía santa de una buena jugada, hilvanada en el olvido por letrados en la memoria de los pies; licenciados de tres dedos. Fundamentalistas del puntín, mimosos estetas, comandantes interesados, mamaderas, cracks y compañeros para toda la vida. Hermanos pasantes, atletas, prodigios, y acomodados. El área es la lucha de clases. La dialéctica silenciosa del agarrón. La danza impúdica del córner. El área es un desierto donde el gobernador es el gobernado, donde la oposición son los nervios y la salvación tres fierros helados que sostienen una red a todo volumen. El área es la musa. El movimiento de las piernas en torno del útil son la herramienta, la poesía es esa cosa que está, la literatura es otra forma de vivir el tiempo. Escribir es tatuar en la memoria de otro la jugada inolvidable, la canchita del barrio, la novia del club. Leer es grabar la melodía de un silbido que alguien puso en palabras.

A mi izquierda está Sebastián Domínguez, con la timidez que sólo le sacan sus hijos, su mujer, la guitarra eléctrica, la cancha llena. A mi otro costado se acomoda el doctor Herbella, aquel barbado lateral que brilló en Quilmes y que sabe tanto hoy de medicina como de fútbol. Y si de fútbol hablamos, hablamos de amor, y para eso, para hablar de amor, se trepa al taburete como un niño, el Payaso Aimar. Y cuando un crack dice, los burros paramos la oreja: “Cuando Seba me propuso escribir un cuento para un libro a beneficio, yo le dije ¿por qué mejor no hacemos un partido? Es más fácil y más divertido”. Todos nos reímos. Cerca de trescientas, quizás quinientas personas reímos, aplaudimos; cuando más tarde nos dimos un abrazo, yo quise que durara un poco más, pero fue tan corto y tan intenso como el tiempo de silencio entre el susurro de las piolas y la explosión del gol. Sólo necesitaba saber si era de carne y hueso. Horas después, sentado en mi living de Montevideo, releo su cuento del papel, y recreo mis propias palabras: “el futbolista es un ser sensible”, y valga la redundancia. Otro que está hacia mi izquierda es el Mago Capria, con quien terminamos recordando su pasaje por Peñarol, un inolvidable –para mí– partido contra Miramar en el Estadio –él dice que se acuerda, por pura humildad–, y las estrofas de su cuento que revela nada menos, que el origen de su pegada en el portón perfecto de su niñez. Hay más gente, hay mucha más gente aquí arriba de estas tablas. Y abajo también hay gente. Hay un mundo boquiabierto porque un puñado de futbolistas nos pusimos a escribir cuentos, y que lo logramos (con el resguardo práctico y paternal de Ariel Scher, y el aguante de un cuadro) con esfuerzo, con inquietud, aprendiendo como niños el oficio de escribir, la pasión de ver en letras lo que pasa adentro. Pelota de papel es lo que pasa adentro. En las canchas del cuero. En los cánticos del alma. Donde el referee mental te jode un partido, donde la roja te la saca el amor. Juan Carlos Jurado se calla cuando la luz se atenúa y los aplausos rebotan torpes contra el olvido. Baja despacio las escaleras como quien baja al vestuario con el sabor de haber cumplido: “Si un solo pibe desembarca en el mundo de la literatura por este libro, la misión está cumplida”.

 

 

UNA FIESTA DE LA PALABRA

 

Jugadores en todas las canchas

 

Historias narradas por futbolistas. Eso es Pelota de papel, un libro de cuentos sorprendente por la audaz imaginación de quienes lograron reunir a venticuatro autores, otros tantos prologuistas y un número igual de dibujantes en torno a un proyecto que se presentaba en sus orígenes con mucho de utopía y escasa probabilidad de concreción. Sin embargo la idea tomó cuerpo, creció y se propagó bajo la tenaz decisión de cuatro futbolistas, dos argentinos, Sebastián Domínguez y Mariano Soso, y dos uruguayos, Agustín Lucas y Jorge Cazulo, una suerte de capitanes de un colectivo de no menos asombrosa idoneidad jugando en una cancha de la que en teoría poco o nada conocían.

El título del libro fue idea del productor del proyecto y prologuista de la obra, el periodista argentino Juan Carlos Juanky Jurado. El nombre Pelota de papel rinde tributo, según escribe Jurado, a la pelota que se usaba en la escuela, y agrega: “uno esperaba que sonara el timbre del recreo para salir corriendo hacia ese patio que era nuestra cancha... en partidos que nunca terminaban y si tu equipo era goleado, siempre sabías que en el próximo recreo ibas a tener revancha”.

En cierto modo, Pelota de papel resume ese espíritu de aventurarse en escenarios nuevos, venciendo miedos y prejuicios, dejando atrás etiquetas, jugando “revanchas no como sinónimo de venganza”, dice Jurado, sino “como expresión de que, a pesar de lo que sea, llegarán nuevas oportunidades”.

Esa oportunidad llegó el pasado 4 de mayo en la Feria del Libro de Buenos Aires, y los futbolistas irrumpieron con sus pelotas de papel logrando una resonante y emotiva respuesta del público lector.

Como todo esfuerzo colectivo, detrás de quienes entraron en la cancha de la literatura de fútbol hubo muchas manos solidarias, muchos cuyos nombres inspiraron historias y relatos, muchos anónimos a quienes los autores destacaron en sus agradecimientos.

Los 24 futbolistas-escritores, autores de los cuentos de Pelota de papel son: Pablo Aimar, Gustavo Lombardi, Nicolás Burdisso, Sebastián Fernández, Jorge Patrón Bermúdez, Nahuel Patón Guzmán, Facundo Sava, Jorge Valdano, Gustavo López, Sebastián Domínguez, Agustín Lucas, Fernando Cavenaghi, Ángel Cappa, Ruben Mago Capria, Jorge Cazulo, Adrián Bianchi, Juan Manuel Herbella, Juan Pablo Sorín, Kurt Lutman, Mónica Santino, Jorge Sampaoli, Sebastián Saja, Roberto Tito Bonano y Javier Mascherano.

 

_P. C.

 

 

Compartir en Facebook