PLAZA COLONIA

MUCHO MÁS QUE UN TÍTULO

Por Fermín Méndez

 

No es nuevo: el deporte se transformó en un fenómeno sociocultural. Como en cualquier actividad de la vida, lo más importante es que tengan un sentido. El club coloniense rompió los boletos en la temporada pasada y estuvo en boca de todos. Nos pareció una cosa: salió campeón del Torneo Clausura y casi se lleva el máximo título del fútbol uruguayo. Nos pareció a simple vista, porque puertas adentro las historias para contar son interminables, a veces estimulantes, a veces trágicas. En aquel rincón del país hay mucho más que fútbol y fue necesario saberlo para aproximarse al significado de Plaza Colonia.

 

 

Sobre el lado derecho, sentados en el medio de la tribuna locataria, están los tres. El mayor tiene pinta de abuelo. Viste un buzo beige, tiene la gorra bien puesta sobre las canas, la campera descansa en la falda, y mira a lo lejos, salvo cuando el más pequeño de ellos requiere su atención. El niño identifica la causa: camiseta de Plaza Colonia por encima de la campera y una bolsa de pop para pasar el rato. El restante, que parece tener en el entorno de cuarenta años, escribe en el celular vaya uno a saber qué cosa. Son las tres de la tarde de un domingo de otoño parecido al invierno. El estadio es el Alberto Suppici de la ciudad de Colonia. La fiesta inimaginable hasta hace bien poco los tiene ahí, dispuestos a vivirla, con ganas de contarla hasta la inmortalidad; eso que llamamos historia.

Cómo contarla, desde dónde abordarla. Esa es la cuestión. Hay una parte que es conocida y es, precisamente, la que nos atañe. Plaza Colonia fue el campeón del Torneo Clausura 2016, primera vez que se consagra como el mejor de un campeonato en su era en la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF); peleó el título como mejor de la temporada contra Peñarol, y perdió; logró clasificarse para una copa internacional por primera vez en su vida. Pero la vivencia es única. Tanto el abuelo como el padre y el hijo construirán su relato con lo obtenido y con la experiencia previa. ¿Quién es quién? No importa ni importará, siempre y cuando sus relatos abran las puertas de la memoria.

El abuelo tiene pinta de ser de esos tipos que te halagan con la amistad. O uno de cuatro o cincos veteranos que van al boliche el sábado al mediodía para brindar un par de copetines, invitar la vuelta y conversar, siempre conversar. Cuántas veces le habrá tocado sentirse el espectador solitario de una cancha en penumbras no lo sé, pero que sabe en carne propia de las maduras y las podridas que le tocó a su club, las sabe. Por obvias razones de almanaque seguro que no vio todas las veces que Plaza Colonia salió campeón de la ciudad o departamental, pero sí lo vio y el grito significa lo mismo al paladar: obtener los máximos títulos a los que apuntaban sus posibilidades. También notó la cara del perdedor, masticó la bronca de los clásicos que marchó con Juventud, sintió hace poco, bien poco, cómo la vida de su club resultó difícil y pasó las horas más críticas que anteceden a no presentarse a jugar por problemas de guita; duro, como hablar del amor cuando no hay amor.

Plaza Colonia nació el 22 de abril de 1917 a instancias de Alberto Supicci. profesor de Educación Física de profesión, uno de los primeros egresados en el país, Supicci, apoyado en la novel Comisión Nacional de Educación Física que José Batlle y Ordóñez oficializó en 1911, creó e inauguró la Plaza de Deportes Nº 1 de Colonia; de ahí el nombre del hoy club y por eso también los colores: el verde y el blanco de dicha comisión. Si bien hoy en día Plaza Colonia tiene su sede institucional en la avenida General Flores, pleno centro, aquella primera Plaza que inauguró Supicci estaba donde hoy está la Intendencia Municipal de Colonia, que era prácticamente el límite de la ciudad.

Por definición lógica, Plaza se preocupó toda su historia de contar con la mayoría de deportes posibles. Fútbol, básquetbol, voleibol, natación, bochas, atletismo, boxeo, fútbol de salón, han sido y son su oferta social. Y hasta béisbol tuvo, cosa difícil de imaginar en Uruguay. Así y todo la mayoría de sus simpatizantes son, por obvias razones de un país con mucho campito y pelota de cualquier tipo, gente de fútbol. Y si de la motivación social y del fútbol de Plaza Colonia hay que hablar, más en tiempos de AUF, hay un hombre ineludible: Milton Gonnet.

 

Ingeniería y prospección

Exceptuando niños y jóvenes, todos en Colonia saben quién fue Milton Gonnet –fallecido en 2009, el mismo día en que Uruguay empató 1-1 con Costa Rica en el estadio Centenario y clasificó al Mundial de Sudáfrica 2010–. Ingeniero de profesión, fue el más decidido impulsor para que Plaza abandonara la Organización del Fútbol del Interior (OFI) y pasara a integrar la AUF. Lo definen como un hombre que vivió para el club, un loco visionario con mucha fuerza de voluntad que se peleó con propios y extraños con tal de llevar a la institución hasta donde quería y como quería: sí, hacía lo que él quería. Es más: me lo pintan como un José Pedro Damiani o un José Luis Palma, pero elevado a la enésima potencia.

Lo cierto fue que Gonnet vio en aquella licitación que largó la AUF para involucrar bajo su manto a clubes del interior del país una posibilidad de crecimiento. Perdió en los mostradores ante el Rocha Fútbol Club para jugar en Primera División, pero le habilitaron el premio consuelo de jugar en la Segunda División, la vieja B. Y para ahí fue; los convenció, se convencieron y para ahí marcharon.

También es cierto que no todo fue tan fácil, sino lo contrario. A Plaza se le armó un lío bárbaro puertas adentro del departamento. El club fue acusado de vendido, traidor y hasta de ser el culpable de querer liquidar el fútbol coloniense. Es inevitable: cuando se toman decisiones siempre quedarán tantos gratificados como disgustados. Como sea, las decisiones son dueñas del destino.

El abuelo de la tribuna lo debe de haber vivido. Pasó de jugar clásicos a cancha llena con Juventud a viajar fecha por medio a Montevideo para jugar en otras canchas. Desde la vereda de enfrente, desde que Plaza se fue a la AUF Juventud ganó once años seguidos el título de la liga de Colonia. Lo que es más complejo de saber es dónde se paró el abuelo cuando Plaza le ofreció a Juventud hacer un equipo en conjunto para jugar en el profesionalismo. Parece simple, pero debe ser complejo juntarse con tu rival de todas las horas para, de buenas a primeras, ser uno solo e ir a pelear afuera. ¿Nacional y Peñarol se podrían juntar para ir a competir, por ejemplo, a la liga argentina o brasileña? En Colonia se vivió igual. Sabido es que no hubo acuerdo ni en los colores, ni en el hipotético nombre, ni en nada.

Parece una simpleza hablar de eso. Si bien el abuelo y el hombre joven pueden discernir y reconocer que tuvieron, porque la vivieron, una razón de fondo que fue rival clásico de Juventud en todas las horas. Pero más allá de los esfuerzos orales por contar y mantener viva la memoria, apoyados seguramente en recuerdos fotográficos y recortes de diario, el niño que está en el medio de ambos, con su flamante camiseta de campeón del Clausura, no fue testigo generacional de lo sucedido. No que no la sepa ni se interese por esa parte de la historia, sino porque no es tangible para su corta vida, porque nació ya con Plaza en la AUF y porque hoy en día, salvo en el fútbol infantil, Plaza y Juventud no se ven ni el pelo.

Peor el de la generación del medio: si ni recuerda el título departamental de 1998, acumuló veinte años sin salir campeón. Tal vez festejó algún nacional de piscina abierta, se emocionó con Old Christians en los nacionales de fútbol de salón, vibró con alguna pelea de boxeo bien ganada, pero ganar una copa, un campeonato, como futbolero que es, nunca más. Y bien sabemos que los resultados mueven todo.

 

El caso justo

Entre el adentro y el afuera hay un ancho mar. Nada como representar aquel pasaje de jugar en la liga coloniense a hacerlo en la AUF con un jugador de fútbol que estuvo en ambos casos. Deben existir otros casos para contarla, pero siempre es preferible uno que la haya vivido en cuerpo, pensamiento y alma.

Gustavo Díaz era un buen volante de Plaza Colonia. Hincha desde siempre, llegó al club a los catorce años luego de jugar al baby fútbol en el club de su barrio, el Otto Wolf. Hizo todas las categorías hasta que no jugo más. “Sólo jugué acá”, dice, y trata de abarcar toda la sede de Plaza señalando el aire con las dos manos. Gustavo se retiró a los 33, justo el año de la participación en la B profesional.

Es necesario entenderlo porque es un mojón determinante en la historia. Una cosa fue animarse a ir, otra fue ponerse las botas para llenárselas de tierra y gol. Y como buen agente social que es el fútbol, para los hinchas patas blancas significó un cambio de paradigma: los rivales serían otros.

 

¿Qué significó en lo personal pasar de una liga a otra?

Fue una experiencia impresionante. En realidad seguimos siendo todos amateur porque todos trabajábamos. La idea de ese año fue pelear entrar a la A directamente, pero, ganó Rocha, Milton Gonnet quedó con la sangre en el ojo y quería jugar allá sí o sí. Plantearon la oportunidad a los jugadores para hacerlo en la B. Dijimos que sí. Era una locura: practicábamos de noche, como se hace en el interior, porque todos trabajaban. Martes y jueves había doble horario. Yo no podía cumplir con todo el horario, entonces iba a las seis de la mañana, hacía toda la rutina, preparada con circuitos con pesas, pasadas y piques, y a las ocho me iba a trabajar. Hasta julio fue así y ahí nos empezaron a complicar los grandes fríos. El Apertura lo peleamos un poco, pero el Clausura fue imposible.

 

¿Por qué?

Sentimos la diferencia de pasar de lo amateur a lo profesional, no hay vuelta. Teníamos buen cuadro, era prácticamente una selección con varios de los que habían salido campeones del interior en el 98-99. Sabíamos a lo que jugábamos, sabíamos nuestras limitaciones, teníamos jugadores que jugaban. Colonia siempre se caracterizó, y Plaza también, por jugar bien al fútbol. Siempre hubo algo de querer jugar mejor la pelota y no sacarla para cualquier lado. Pero no podíamos. Con jugadores que a nivel nacional eran totalmente desnivelantes en la B no podíamos pasar ni al más turro porque nos ganaban físicamente. Cuesta, hay un escalón que se nota. Lo mismo le pasó a Plaza cuando arrancó este año en la A.

 

Eso en cuanto al fútbol. Pero en la cotidiana, ¿cómo fue, cómo se vivió esa marcha hacia al fútbol AUF?

Hay gente de mi generación o un poco más grande que estaba reacia a aceptarlo. Lo veían así... yo qué sé. Hoy hay también, pero son menos y tampoco es que se te vengan a tirar encima, se la fuman, cambió un poco. Y están los que no: no les gusta el proyecto. También hay que ser sincero y si me hubiera tocado estar del otro lado, andá a saber cómo reaccionaba. Creo que diría “qué bueno” pero nada más.

 

¿Y ahora? Hay gente en la tribuna que simpatiza por otro equipo en el medio local, pero que a la vez hincha por Plaza en el Uruguayo.

Hay de todo. Algún resentimiento o gente que no hincha, sin dudas que en la ciudad hay. Después lo demás me parece que no, que van a ver al equipo ganar. Y hay muchos que no desean el mal, quieren que gane, pero tampoco es que van a ir a una caravana. Por más que yo tenga mi forma de verlo, todas las posturas son entendibles.

 

En cuanto a los jugadores, y mucho más con los jóvenes, que un equipo de la ciudad juegue el Uruguayo y el resto no, se presta para la suspicacia de “se me van a ir” o, peor, “me van a robar los gurises”, ¿o no?

Hubo muchos jugadores que se probaron en Plaza. Era la opción de subir el nivel. Fue todo un proceso. También Plaza perdió jugadores. Mirá que no era el mismo fervor de ahora. Más allá de que hoy en día ha mejorado muchísimo, siempre la institución quiso formar jugadores. Pasaron jugadores de Juventud sin ningún tipo de problema, por ejemplo.

Las situaciones y el modo de tomárselas. En realidad, lo que realmente corta con la suspicacia (o debería cortar en los casos de todavía se hacen los osos) es lo que la FIFA ha dado en llamar el “pasaporte del jugador” más las cláusulas por formación y por solidaridad que determinan que todo club que haya formado niños y jóvenes sigan cobran dinero según diversos mecanismos. Salvo mezquindad, es un argumento fuerte para “no cortarle la carrera a nadie”.

Sin ir más lejos, el plantel de Plaza que terminó el torneo Uruguayo 2015/16 tenía jugadores de varios pagos y diversos clubes: Richard Fernández es de La Estanzuela, Brian Gonia, de Carmelo, Nicolás Guirin y Alejandro Villoldo, de Nueva Palmira, y Cristian Malán, de Nueva Helvecia, entre otros y por citar sólo los del interior del departamento de Colonia. Además, Plaza hizo campaña para que cada persona fuera a la cancha con sus camisetas y banderas, ya sean de Central, El General, Juventud, Peñarol o cualquier otro. La integración bien entendida es mucho mejor integración.

 

Sentir la piel

La sede de Plaza Colonia está en la avenida General Flores 272, pleno centro de una de las ciudades más turísticas del país. En menos de una hora de estar ahí adentro, entraron visitantes argentinos, brasileños y chilenos en busca de la camiseta del campeón, por obvias razones comparado con el Leicester City inglés, aunque ni cerca se esté.

Vivir en el centro a Plaza le costó más de una marca. El adjetivo calificativo más abarcativo, sin ir más lejos, fue el de pitucos. Es curioso como el paso del tiempo, las necesidades de urbanización y la demografía en alza tuvieron al club primero casi en las afueras de la ciudad –cuando la inauguración de la Plaza de Deportes– hasta ahora que prácticamente está encajado entre restaurantes para turistas que apenas si le dejan ver la puerta de ingreso a la sede. A su vez, y hablando en plata, Plaza pasó de ser el del centro, el que no aparentaba problemas económicos y afrontaba sus participaciones locales sin grandes complicaciones, a estar al borde de abandonar la actividad futbolística en la Segunda División Profesional en la temporada 2014/15 por falta de moneda.

Fue una época complicada que empezó un poco más atrás. Contada desde la piel del hincha, travestido en ex jugador o en actual dirigente, el cuento incomoda sólo de escucharlo. Si el club siempre es lo más importante, ¿cuál es el tope?

Tras el fallecimiento de Milton Gonnet los dirigentes que lo acompañaron se alejaron y hubo cambio de mando. No eran idóneos en fútbol, sino que cada uno venía con su faceta personal, su impronta comercial o profesional, y armaron una base en cuanto a eso. Creyeron que podrían, pero el fútbol les demostró que suele ser otra cosa. Miguel Fernández, hoy presidente del club, al que no le importa el título dentro de la institución porque ya pasó por varios cargos y, dice, lo que importa son las personas, confiesa que estaban lejos, que pecaron, que hicieron todo gracias al voluntarismo, pero que les faltó experiencia.

“Teníamos necesidades grandes. Y tanta necesidad nos llevó a agarrar cualquier cosa, porque en todo veíamos una salida, si se quiere hasta espiritual. Vinieron gerenciadores de todo tipo y lugares, mexicanos, argentinos, todos prometiendo cosas, hasta iban a hacer un complejo para que viniera a practicar el San Pablo. No resultó ninguna, por no decirte una barbaridad de algunas. Teníamos pequeñas levantadas y caíamos nuevamente. Nadie quería dejar, porque volver acá no era posibilidad. Queríamos seguir peleando a nivel nacional. Pero hubo que ser coherentes y decir ‘no podemos irnos a la ruina’ por ser testarudos y seguir en el profesionalismo. Dolía, cada reunión era un dolor. Algunos opinaban de no practicar más fútbol”, dice Miguel con la emoción puesta en los ojos.

En 2010 Plaza Colonia tenía 169 socios. Desde 2010 al 2013 esos directivos que no pensaban en claudicar, pero que reconocían que lo más importante era cuidar el club, se sintieron ahogados, jugados, comprometiendo hasta sus cosas personales y emocionales, locos por Plaza. No había manera de sustentarlo y llegaron a la conclusión de que el club por sus propios medios no se podía financiar el fútbol profesional. El resto de actividades deportivas funcionaban todas, pero el fútbol no, ni ahí. Había que sacárselo de encima.

En agosto de 2013 se hizo una asamblea de socios para no jugar más al fútbol profesional. Los números eran imposibles, pero se respetaron las mayorías. El tema era cómo. Hoy aseguran que si el tesorero de la época hubiera dicho la verdad, no jugaban, pero no era chiste. Resolvieron no jugar más, a modo de no poner en riesgo el capital del club, salvo que llegara alguien con un plan y buenas intenciones. El respirador automático siguió hasta que el último viernes previo al inicio del campeonato en la B de 2014 apareció la gerencia actual, encabezada por Roberto García y Carlos Manta, se puso el dinero para quedar habilitados a jugar y a la cancha.

Miguel asegura: “Lo que nos aportó esta gente es competir. Y, por otra parte, que nosotros nos dedicáramos a lo social; eso queríamos. Ahora, con la sociedad anónima deportiva, todo es nuevo. Digamos que el fútbol es de ellos y nosotros manejaremos la parte política, pero cada vez menos, salvo que alguna decisión nos roce institucionalmente. Pero nos interesa el resto. Tenemos que consolidarnos en lo plurideportivo. Hay una fuerte vocación para empujar el rol social, por volcar cosas a la sociedad. En algún momento estuvimos tan mal, que ahora, superavitarios, hay que empujar eso. No es que nos sobre, pero al no tener que canalizar por el fútbol, esas ganancias las metemos en el club. Hay que crecer en socios, que esto se llene de chiquilines, queremos trabajar con personas con discapacidad o capacidades diferentes porque no hay en Colonia ningún gimnasio donde hacer fútbol de salón para ciegos, básquet en silla de ruedas o que tenga una grúa para tener más acceso a la piscina. Está todo encaminado. Hay un sueño de techar la piscina. Hay que ser inteligentes para aprovechar el envión mediático del fútbol y tener un club más amplio, para la familia”.

 

El relato del futuro

El niño está viviendo el campeonato. En una campaña que fue redonda, vio ganarle a casi todos los equipos por el Uruguayo. Su realidad es la propia, la que ve y grita a cada rato, la blanca y verde que luce con orgullo, y también el relato de los hombres grandes.

Tan corta edad y seguramente ya tenga adquirida para siempre esa sensación de eternidad que otorga el gol, o la fascinación por contarle a otro qué se siente jugar de visitante ante miles de personas que no quieren que te vaya bien, justamente porque ansían el mismo bien que él, pero llevarse la copa en caravana triunfal por doscientos y tantos kilómetros, de pueblo en pueblo, de llanto en llanto.

También verán sus ojos el debut en la Copa Sudamericana. Serán otros los Sergio Chochi Delfino, los Daniel Pollo Vidal, los Mauricio Victorino, los Mario Leguizamón, los Daniel Baldi, y otro el capitán Diego Lugano. Ahora la historia se igualará: abuelo, padre y niño vivirán la felicidad de lo impensado. Dos, cuatro u ocho partidos; tendrán para sí una huella más de la (acaso) leyenda del club.

Es el instante previo al fútbol, la hora más linda. El niño, al que ya casi no le queda pop, algo les dice a sus mayores, quienes prestan atención y escuchan. El lenguaje sirve para enseñar. Según Montaigne, sería misión cumplida: “El niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender”. Continuará a su manera el mérito de la gente que estuvo y está, asumirá las responsabilidades que imponga el futuro por herencia consumada. Ojalá siga sosteniendo que ante toda posibilidad riesgosa lo que importa es cuidar el patrimonio institucional y social, mucho más que ganar un torneo. Y que cuando gane, festeje. Todo, que festeje todo. Comprenderá, seguramente, que el deporte sucede, al decir de Juan Villoro, dos veces: una en la cancha y otra en la mente del público. Ese niño algún día aprenderá que sus antepasados y las circunstancias le legaron un nombre que hoy es una de sus señas de identidad, mucho más que un club. Tal vez me diga, como uno de los señores que me invitó una copa sin conocerme: “Adelante, amigo. Está en su casa”.

 

 

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