LENGUA Y FÚTBOL

Por Luis Morales

 

“DIME CÓMO HABLAS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES”, PODRÍA REESCRIBIRSE EL POPULAR ASERTO. Y SI DE LOS URUGUAYOS Y EL FÚTBOL SE TRATA, MUCHO MÁS.

 

De aquí y de allá

“¡Ojo al gol, muchachos!”, dice la mujer y mira a sus compañeros de labor que hasta hace un momento discutían acaloradamente sobre un asunto de trabajo. “¡Vamos a bajar la pelota al piso!”, remata.

He aquí una escena que –quizá con ligeros cambios que no hacen al fondo del asunto– la mayoría de los orientales han presenciado en más de una oportunidad. Lo curioso es el acento netamente caribeño con que fueron pronunciadas las palabras que llamaban al orden a los oficinistas.

Consuelo llegó de Cuba a Uruguay escapando de la terrible situación económica que suscitó en su país lo que allá se llamó eufemísticamente Período especial en tiempos de paz. A poco de arribar a territorio charrúa, consiguió un puesto en la consultora donde tuvo lugar el acontecimiento narrado al principio de esta nota. Allí ha trabajado durante más de una década.

Su caso tiene interés desde el punto de vista lingüístico y cultural. A pesar de que los latinoamericanos comparten entre sí un patrimonio común que les permite entenderse sin ninguna dificultad en casi cualquier circunstancia, la habanera devenida montevideana se vio obligada a adaptarse para “funcionar mejor” a nivel social. Quizá su mayor logro en este proceso fue aprender a usar correctamente el lenguaje figurado al que apelan con harta frecuencia los uruguayos, en especial una zona de él que le era completamente ajena: la que se genera en torno al fútbol.

Para entender mejor esto último es bueno conocer que en la mayor de las Antillas el deporte nacional es “la pelota” –así llaman allí al béisbol– y, por ende, muchas de las metáforas deportivas que ha creado el español cubano se vinculan con este juego. Pongamos un ejemplo que ilustre el asunto. Lo que aquí sería “un golazo” (en el sentido de un gran éxito), allá se considera un “tremendo batazo” (darle a la pelota con el bate de manera muy precisa o fuerte, o ambas a la vez, lo que puede poner en ventaja al equipo de quien lo haya hecho y por lo tanto puede equipararse a un importante logro).

Al periodista, quien en alguna etapa de su vida también vivió en un país de habla hispana que no era el suyo, producto de cuya experiencia se vio obligado a aprender los usos propios de aquella tierra, la anécdota de los dichos de la cubana le despertó la curiosidad por ahondar un poco en la relación que existe en su país entre el uso cotidiano del idioma y el mundo del fútbol.

 

Las palabras y las cosas

Se ha dicho que el hombre es un ser hecho de palabras, en el sentido de que el lenguaje, en íntima relación con el pensamiento, es el que moldea su personalidad. También se sabe que existe un estrecho vínculo entre la realidad circundante y la lengua de los hablantes. De ahí que los uruguayos, que nacemos respirando fútbol, tengamos en nuestra variante del español una gran riqueza de metáforas futboleras que se usan en muy variados contextos, desde los más cultos a los más populares.

El hecho es que, quizá porque echamos mano de ese acervo sin detenernos a pensar en el porqué de ello, no siempre podemos justipreciar cuánto ha influido este deporte en todos nosotros, con independencia de si nos gusta o no.

Veamos algunos casos representativos de lo que se intenta explicar.

Aunque la persona que lo diga o lo escuche no tenga la más pálida idea de qué criterios sigue el juez de línea para levantar su banderín y cobrar un off side, seguro que sabe bien a qué se refiere él mismo u otro hablante cuando, para dar cuenta de que alguien anticipó cierta información indebidamente o dio un paso en falso, asegura: “Fulanito quedó en orsai”.

Otro tanto ocurre en circunstancias en que un individuo rehúye tocar cierto tema o contestar una pregunta, y luego comenta con sus amigos: “La tiré al óbol”; una variante de esta frase es la que se puede usar para exigir una contestación perentoria: “¡No me la tires al óbol!”.

En situaciones de diálogo, sobre todo cuando se dan respuestas rápidas y a ocasiones burlonas o hirientes, un interlocutor puede sentirse un poco molesto y recriminarle al otro la pequeña maldad de la que fue víctima durante el intercambio. Empero, el presunto ofensor podría contestarle: “Si me levantás centros, ¿qué querés? ¿Que no cabecee?”, para expresarle que si le facilitó las cosas exponiéndole su flanco débil, resulta injusto que luego se queje de lo que él mismo provocó. De vez en vez, también se usa una variación para decir que alguien (por ejemplo, un periodista) le hace preguntas obvias a su interlocutor (pongamos por caso a un político) posibilitándole que se luzca; entonces se afirma que “le levanta centros”.

Con seguridad que a quien lea estas páginas le vienen a la mente más de una expresión del tipo: “Fulano es un penal” (por querer decir que es impredecible y poco confiable); o “Hay que abrir la cancha” (para señalar la necesidad de aceptar nuevas ideas o personas en un determinado ámbito; igual que, cuando los punteros se pegan a la raya, se generan espacios libres de donde pueden surgir movimientos inesperados que cambien el rumbo del juego); o “Me salió con los tapones de punta” (que se reserva para poner de manifiesto que alguien, sin justificación aparente, dijo algo muy agresivamente, igual que un back va en busca de interceptar al delantero rival con la plancha en alto); o “A Mengano lo jopearon” (cuando –del mismo modo que lo hacen ciertos habilidosos con la pelota sobre la cabeza del contrario– se pasa por encima de alguien de mayor jerarquía o que debió estar informado de algo)... Para muestra bastan algunos botones.

 

Del terruño

Los ejemplos vistos hasta aquí son de uso corriente en casi todo el territorio de la república. Sin embargo, como también ocurre con otras creaciones del idioma, es común que, en algunas poblaciones, existan formas de decir vinculadas pura y exclusivamente a lo local. Mercedes, donde nació el periodista, podría representar un caso paradigmático al respecto.

Antes de continuar, es bueno tener conocimiento de que en la capital del departamento de Soriano son de uso corriente los dichos detrás de los cuales se esconde la narración de un suceso que no es necesario explicitar, puesto que todo el mundo la conoce; y que, con el transcurso del tiempo (y también por razones de economía lingüística) tiende a acortarse en una sola frase, la más significativa, con lo cual la historia que estaba en su génesis desaparece, hundida en las profundidades de la desmemoria. Asimismo, después de enunciar la frase se esclarece la autoría de la misma con un: “dijo Perengano”.

El escribidor atesora en su baúl de los recuerdos tres de estos dichos que cuando él era niño se usaban habitualmente y por la gente más variopinta en La Coqueta del Hum. Todos ellos se le atribuían a uno de los pioneros de la radiofonía mercedaria: un relator de fútbol de apellido Cazzola, quien se caracterizaba por lanzar al éter durante sus transmisiones algunas frases tan desopilantes como subidas de tono. Así las cosas, las que aquí se rememorarán se cerraban con “dijo Cazzola”.

El primero se aplicaba cuando ocurría una desgracia o algo tan malo como inesperado, y rezaba: “¡Qué cagada, lo echaron a Planchón!”. Como se anticipó, aunque, con los años, la mayoría de la gente –a pesar de que lo profiriese en las circunstancias comunicativas adecuadas– no recordaba el hecho que le dio origen, el dicho tenía su historia. Fue durante un Campeonato del Litoral. En la selección tricolor de Soriano jugaba un tal Planchón, quien era el alma del cuadro. Parece ser que, en un partido definitorio, fue expulsado y Cazzola se despachó al aire con la frase que, a partir de entonces, enriqueció el lenguaje del pueblo.

El segundo estaba destinado a descartar de plano algo. Para ello se decía: “Ni mierda lo agarra”. Remitía a una situación de juego en la que un crack de la selección de Soriano comenzó a eludir contrarios en su campo y avanzó hacia el opuesto dejando el tendal; un defensa, empero, le pisaba los talones. “Avanza Menganete, lo agarra Zutano, lo agarra Zutano… ¡Ni mierda lo agarra!”, disparó el speaker man y quedó para la historia.

El tercero se usaba cuando alguna situación se ponía compleja de verdad, y decía: “¡Esto está que jiede!”. Lo que la gente que lo enunciaba ignoraba era que el susodicho relator había lanzado al aire estas palabras desde una de las cabinas de transmisión del Parque Bristol, que se encontraban en la parte superior de la tribuna, bajo la cual estaban los baños y vestuarios del escenario deportivo. Parece que el comentarista que lo acompañaba, al escucharla, tratando de ahondar en el concepto, acotó: “Es cierto, el partido se ha puesto muy difícil”; a lo que el inefable Cazzola le retrucó: “¡Qué partido ni qué partido, los baños de acá abajo!”.

 

A manera de conclusión

La lengua es un organismo vivo. Los hablantes la recrean permanentemente. En ese vaivén, surgen algunas imágenes hermosas, otras no tanto, todas producto de la dialéctica entre la una, los otros y la realidad circundante. En tal terreno, los uruguayos también hemos demostrado que cuando “salimos a la cancha”, el resultado de nuestras acciones puede ser sorprendente, “como en el 50”.

 

Notas

1. Este texto se escribió a partir de una idea vertida por Carla Rizzotto durante una reunión de redacción en el bar Andorra.

2. El autor agradece a su tía, Gloria Martínez de Carrea, haberle regalado las frases de Cazzola, el relator.

 

 

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