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  • Honrando la memoria de Willy, por Jorge Señorans

    Cuando pasó la mitad de la cancha miró al cielo. Allí estaba su hermano Willy. En el camino le habló: “Vamos a regalarle un gol a la vieja”. En los descuentos la pelota le quedó servida para el regalo.

    EDGARD MARTÍNEZ, EL CAPITÁN QUE VOLVIÓ A JUGAR

     

    Cuando pasó la mitad de la cancha miró al cielo. Allí estaba su hermano Willy. En el camino le habló: “Vamos a regalarle un gol a la vieja”. En los descuentos la pelota le quedó servida para el regalo. Después de tres años sin jugar, lo tentaron para volver. Tenía 43 años. Jamás imaginó vivir las emociones que le deparaba el destino: lograr el histórico ascenso con La Luz y honrar la memoria de su hermano. Esta es una charla a puro sentimiento de Edgard Martínez con Túnel.

     

    Edgard entró al vestuario con un nudo en la garganta. Tomó su ropa, la metió en un bolso y saludó a cada uno de los colaboradores que habitaban el recinto sagrado. Se sintió vacío. Se había cansado de pelear para que sus compañeros percibieran los salarios. El fútbol quedaba atrás.

    Un año después lo sorprendió un llamado de Edgardo Arias para asumir funciones como ayudante técnico en el mismo club del que se había ido. Se reencontró con varios de sus excompañeros y con su hermano Williams Martínez, que era el capitán. Arañó el ascenso con Rampla. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando Willy le pidió perdón por no poder lograr el objetivo.

    En 2021 su hermano se quitó la vida.

    Al año siguiente decidió volver. Por los viejos, por su hermano. Con 43 años se vistió nuevamente de futbolista. Jamás imaginó vivir tantas emociones. El abrazo de sus colegas, las palabras al oído que guardará para siempre en su corazón, la cinta de capitán de su hermano, el histórico ascenso a primera división con La Luz y la charla con Willy que lo miraba desde el cielo cuando, en los descuentos de un partido, fue al área y le dijo: “Vamos a regalarle un gol a la vieja”. Y la pelota le quedó ahí, para empujarla y terminar los minutos finales del juego llorando.

    No fue un año más para Edgard Martínez. Fue el año en que sintió que jugaba con su hermano Willy y lo narra a corazón abierto.

     

    En 2019 tomaste la decisión de retirarte del fútbol. ¿Qué motivó ese alejamiento?

    No pasó nada específico, fue una decisión por un cúmulo de cosas que sucedieron y estábamos viviendo en Rampla. Era un momento complicado porque no se estaba cumpliendo con la parte económica. Esa era una de las cosas que había puesto como prioridad para seguir jugando y en ese momento no estaban dadas las condiciones. Ese tipo de situaciones generan cansancio y, justamente, por no querer vivir más esas cosas con cuarenta años, tomé la decisión de retirarme.

     

    ¿Cuántos meses llevaban sin cobrar los salarios?

    En ese momento llegamos a estar tres meses sin cobrar, pero claro, es un desgaste porque uno como capitán tiene que poner la cara con los dirigentes y con los compañeros, y como líder de grupo quiere que no le falte nada a los compañeros. El tema es que el año anterior, 2018, también había sido desgastante. Llegamos hasta último momento peleando el descenso con algún problemita económico y la prioridad para renovar contrato era estar al día con los pagos. Me habían dado la palabra de que el club iba a estar mejor, el equipo se reforzó con jugadores como Álvaro Fernández y Juan Albín, pero siguieron los problemas.

     

    ¿Cuánto pesa el tema de ir al frente con los dirigentes? ¿Suelen tomar represalias con el jugador que pelea por el cumplimiento de los sueldos?

    Sí, y yo lo sabía porque me había pasado en Sud América. Un día me llamó el presidente para rescindir el contrato. Yo sabía que en cualquier momento podían tomar la decisión, pero estaba dispuesto a recibirla siempre y cuando no dejara de recibir lo mío y lo de mis compañeros.

     

    Se dice que el verdadero capitán es el que eligen sus compañeros.

    El rol del capitán dentro de un grupo lo tenés que traer desde la cuna. Después, la cinta se la puede poner cualquiera, pero el rol de capitán no es para cualquiera. No todos tienen el carácter o les nace asumir ese rol. Dentro de cada grupo los jugadores son todos diferentes: está el goleador, el de calidad, el que marca y el capitán. Siempre hay dos o tres líderes que sobresalen y el entrenador le puede dar la cinta a cualquiera, pero el rol lo tenés que llevar en la sangre.

     

    ¿Se transmite ser capitán? ¿A vos te lo transmitieron?

    Capaz que por la crianza de uno, sí. Mi padre fue jugador y siempre estuvo transmitiendo conocimientos desde lo que pudo aprender, porque llegó solo hasta la quinta división de Nacional. Creo que es algo que tenés que llevar en el carácter o la formación.

     

    Al año siguiente de tomar la decisión de dejar el fútbol iniciaste la carrera como entrenador.

    Me fui antes del Torneo Intermedio y en 2020 me llaman para integrar en calidad de ayudante el cuerpo técnico de Edgardo Arias.

     

    ¿Cómo fue pararse delante de muchos de los que habían sido tus compañeros?

    Es verdad, en el plantel había compañeros que habían estado conmigo en Rampla y en otros clubes. Para colmo, sucedió algo parecido a lo que había vivido yo como jugador, es decir, problemas económicos. Lo curioso del caso es que en el plantel estaba mi hermano [Williams], que era el capitán.

     

    Te tocó revivir la situación, pero del otro lado de la línea de cal.

    Sí, pero entendíamos la situación que nos planteaban los jugadores, era entendible y siempre estuvimos del lado de ellos, junto con Edgardo Arias, que tenía el mismo pensamiento, porque tuvo el rol de capitán y líder de grupo. El equipo paró un par de veces.

     

    ¿De qué manera conviviste con esa situación? Tu hermano era el capitán del equipo y supongo que en algún momento te comentó la decisión de dejar de entrenar.

    Uno la ve venir porque cuando la situación está así, uno no está ajeno. Estábamos en la misma. Las promesas se las llevó el viento y tuvimos que afrontar una situación diferente a la prometida. En ese momento se estaba conformando una sociedad anónima deportiva en Rampla, pero nosotros solo teníamos comunicación con Isabel Peña, de la parte social. El tema es que ella no tenía nada que ver con lo económico, se arrimó a dar una mano porque la situación no tenía remedio.

     

    ¿En algún momento pensaste que Willy, como capitán, afectaba tu laburo paralizando las actividades?

    Habiendo estado en ese lugar, es entendible. Yo no podía exigirle a un jugador al que no se le estaba cumpliendo y que tiene obligaciones en su casa, con su familia y en un fútbol que supuestamente es profesional. Al plantel le habían prometido cosas y el jugador, cuando no se le cumple, se para de manos. Yo no sentía que estaban afectando mi laburo porque, primero, peleaban por lo que necesitan en su casa, el dinero para su familia y para enfocarse en su trabajo. Había un grupo de jugadores que tenía su recorrido, como Maldonado, Gonzalo Barreto, el RataMartiñones, pero no todos tienen el mismo pasar y de pronto hay algunos que pudieron hacer una diferencia económica, pero cuando mirás al costado y tenés a un compañero que no sabés si comió bien o si tiene plata para el boleto, es insostenible esa situación. Entonces, sería egoísta decirle a un jugador: “No, no hagas paro porque estás afectando mi laburo”. A mí me lo llegaron a decir algunos entrenadores y no concordaba con eso. Y no cambié mi parecer.

     

    ¿Nunca llegaste a jugar con Williams?

    No, nunca, por eso fue especial dirigirlo, porque en todos los años de carrera nunca se nos había dado la posibilidad de jugar juntos y se dio de esa manera el año que me pasé de la línea para afuera. Me tocó vivir ese momento con él como capitán. Después sí, nos enfrentamos muchas veces y con diferentes camisetas. La primera fue un Wanderers-Defensor por una Liguilla. Recuerdo que en determinado momento yo rechacé un balón y me lo llevé por delante al Pelado Cáceres. Entonces, mi hermano le empezó a reclamar al Tano Cabrera, que era el árbitro, que tenía que cobrar penal. Y yo le decía tantas cosas… “Alcahuete”, y me acordaba de mi madre también [risas].

     

    La pérdida de su hermano

     

    En julio de 2021, Edgard recibió un duro golpe que cambió su vida para siempre: su hermano Williams se quitó la vida. La noticia generó impacto en el ambiente.

     

    ¿Dónde recibiste la noticia de la pérdida de Williams?

    La recibí en Estados Unidos, donde solo tenía a un par de amigos para procesar el momento. Fue duro. En la vuelta a Uruguay vine en un llanto solo. No pude parar de llorar hasta abrazar a mi familia.

     

    ¿Quién te comunicó la noticia?

    Me llamó mi mujer desde su teléfono, pero me habló mi hermana. Yo estaba en un cumpleaños en la casa de un amigo y salí a hablar por teléfono. Entonces ella me empezó a preguntar si estaba tranquilo. Como que tenía miedo de que me hubiese enterado por otro lado, porque la noticia corrió rápido. Entonces, me lo comunicó en ese momento. Cuando me dio la noticia me quedé solo en la vereda.

     

    Con el paso del tiempo, ¿encontraste respuestas a lo que pasó?

    No. Tampoco las busco porque sé que hoy él está en paz y ese es el mensaje que tengo. No puedo buscar un porqué, creo que es una decisión que pasó solo por su cabeza y no sabemos qué fue lo que pasó. Estuve en contacto con Willy dos días antes. Con mis viejos hablaba todos los días y no dio ninguna señal. Era un tipo muy alegre, siempre contagiando alegría, era difícil verlo triste, que te transmitiera tristeza. No podías percibir nada porque siempre estaba alegre. Incluso hablando por teléfono. Lo que había pasado ahí, previamente, es que él había estado con covid, había estado solo, apartado de su familia porque su suegra, que vivía con él y con sus hijas, tenía riesgo de contagiarse. Entonces él, para no tomar ese riesgo, se aisló. Y bueno, ahí estuvo solo. Obviamente le pegó fuerte el covid, lo golpeó, y tuvo días que la pasó mal. Incluso mi vieja le decía que se iba a quedar con él, pero Willy le decía que no. “No vengas mamá, no tiene sentido, te vas a contagiar”, le decía. Así eran las charlas previas, normales de esa situación donde él te demostraba entereza hasta en el momento más difícil que estaba pasando. Se mostraba fuerte, sin embargo, hay cosas que son inevitables.

     

    Volver, el homenaje a Willy

     

    Tiempo después de la pérdida de su hermano, a Edgard Martínez le deslizaron la idea de volver a jugar al fútbol profesional. Tenía 43 años, hacía tres que había dejado la actividad. Pero, a pesar de las dudas, volvió. Sintió que volver era una forma de tener presente a su hermano.

    “Me costó procesar el regreso porque no lo tenía en mis planes. Me llamó Julio [Fuentes, técnico de La Luz] luego que ascendieron contra Villa Teresa, y me la tiró, me la dejó caer ahí, y quedé procesando el tema. Estuve un mes analizando la situación hasta que me decidí. De todos modos, tenía la incertidumbre sobre cómo podía reaccionar en el tema físico. Me retiré a los cuarenta y tenía que retomar a los 43. Había dejado de entrenar todos los días. Ya estaba más que grande”.

     

    ¿Qué te dijeron en casa, en la familia?

    Tengo un hijo de dieciocho años que ya ve y analiza el fútbol, juega fútbol sala en el Ituzaingó de Maldonado, y su reacción fue “Dale para delante. Vamo’ arriba”. Igual que mis viejos. Para ellos mi regreso fue como volver a las canchas. Cuando uno está ahí te siguen a todos lados. Lo tomé como que me había sonado el teléfono para hacer esto y lo tenía que tomar.

    ¿Cuánto influyó en la decisión de volver a jugar lo que había pasado con Williams?

    Influyó sí, porque si no hubiese pasado lo de mi hermano tal vez no hubiese tomado la decisión de volver. Era el sentimiento de que este desafío me lo ponía él y tenía que, de alguna manera, seguir en la cancha también por él. Este año fue así, muy movilizador, fue cruzarme con un montón de colegas de él y que me lo recordaran en cada partido, siempre con un abrazo. Era como tenerlo presente nuevamente, disfrutando con muchos de los que hoy están en el plantel que compartieron ese año con Williams en Rampla. Y eso es muy movilizador porque termina cada partido y viene ese abrazo hacia mí, que también es para él. Las palabras de mis compañeros cuando logramos el ascenso, que me dijeran que estaba ahí con nosotros, que el Willy estaba ahí con nosotros, fueron palabras fuertes que me movilizaron. Yo sabía que iba a ser así, que me iba a remover el tema, pero positivamente. Todo el mundo tiene un buen recuerdo de él.

     

    ¿Volver fue una forma de homenajearlo?

    Sí, digamos que sí.

     

    Por lo que decís, para tus viejos también, porque con tu retorno volvieron a ir a una cancha tras la pérdida de su hijo.

    Sí, imagínate, desde el momento en que empezamos a patear la pelota andaban atrás nuestro. Cuando a los dos nos tocó estar fuera del país, mi viejo viajaba de un lado para otro. Fueron al nacimiento de nuestros hijos al exterior. Fue una forma de que ellos también volvieran a la cancha y sintieran que su hijo es recordado de linda manera.

     

    Cuando les tocó enfrentar a Rampla, saliste a la cancha del Olímpico y en la tribuna local había un cartel que decía: “Bienvenido, Edgard, a tu casa”. No es algo común.

    Es realmente lo que yo siento, que es mi casa. Yo llegué en 1996 a quinta división e iba a ver al primero al Olímpico y empecé a hacerme como un hincha más de Rampla. Ese cartel fue muy conmovedor, había estado como rival de Rampla muchas veces y me aplaudieron, pero que te reciban con un cartel diciendo “Esta es tu casa”, es muy gratificante. El simple hecho del gesto es fuerte.

     

    Por ahí para vos vale más que un campeonato.

    Imaginate. Yo simplemente en Rampla vestí la camiseta a mi manera y esa es la manera que al hincha de Rampla le gusta. Eso es lo que le quedó a la gente. No llegué a ganar ningún campeonato y que te reciban así tiene el doble de valor.

     

    Antes de empezar ese partido recibiste otra emoción porque los jugadores de Rampla te entregaron una cinta de capitán con el escudo y el nombre de tu hermano.

    Fue una emoción fuerte. Que los mismos compañeros de Willy, que en ese momento eran mis rivales, me dieran su cinta de capitán fue muy emotivo. Fue una iniciativa del Toco Maldonado, con el que teníamos una relación muy especial. Es que ese año que fui ayudante técnico en Rampla, él era compañero de zaga de Willy. Y después me tocó dirigirlo porque, en determinado momento, Edgardo Arias dejó el cargo y me dijo: “Si tenés que tomar el rol de entrenador, tomalo, no tengas dudas”. Ese año terminamos jugando una final contra Sud América que no pudimos conseguir, nos quedamos en la orilla.

     

    Mi hermano la empujó

     

    Las emociones parecían no tener fin para Edgard. El día que le tocó enfrentar a Cerro, se cumplían nueve meses de la muerte de su hermano Williams. A poco del final del partido fue al área rival con un pedido…

    “El día anterior había sido el cumple de mi vieja y a raíz de que tomé la decisión de jugar yo sentía que él estaba ahí conmigo, que la decisión de volver me la había puesto él en el camino y me dijo: ‘Dale’. Ese gol fue conmovedor porque en el camino le hablé, le dije: ‘Vamos a regalarle un gol a la vieja’. Y en el minuto 95 me quedó la pelota para empujarla. Presentía que ese gol a mi vieja, que lo miraba por la tele, le iba a traer recuerdos de su hijo”.

     

    Posteriormente declaraste: “Parece que la empujó conmigo”.

    Sí, claro, porque recuerdo que ahí mismo nos hizo un gol cuando él jugaba en Cerro y yo en Sud América. En la misma zona le quedó la pelota y la empujó. Fue parecida la incidencia.

     

    En determinado momento la televisión te enfocó y vos estabas jugando los últimos minutos llorando.

    Me quebré porque hacer un pedido en el camino y que se te cumpla… Me conmovió. Fue como recibir una señal, como diciendo: “Loco, mirá que estoy acá”.

     

    Cuando terminó el partido se generó otro hecho significativo: los jugadores de Cerro fueron a abrazarte.

    Sí, sí, porque cuando pasó lo que pasó, mucha gente, muchos colegas fueron al velatorio de mi hermano y yo no estaba, estaba fuera del país. Llegué al otro día y no me pude despedir. Me escribieron muchos colegas y con muchos me quedó como un abrazo, como una deuda, fue algo extraño no poder estar. Esos colegas sabían que, al abrazarme a mí, iban a tener un contacto con él. Estoy agradecido por todas las palabras que me dijeron de él, tengo mensajes que son conmovedores y existía ese real deseo de “Bo, loco, tengo ganas de abrazarte”. Y así fue como los jugadores de Cerro vinieron a abrazarme.

     

    ¿Tenés los mensajes que recibiste cuando perdiste a tu hermano?

    Sí, los tengo en el teléfono. Son cosas que se guardan en el corazón. Y cuando te cruzás con esos compañeros a veces hasta te podés llegar a quebrar un poco. Porque el tiempo, para estas cosas, no pasa.

     

    ¿Qué te dejó tu hermano?

    Una frase que me marcó y que prácticamente nos refleja a los dos porque somos los dos muy autocríticos. Cuando jugamos esa final con Rampla, que perdimos, yo estaba con mi hijo grande y Willy vino, se sacó la camiseta y le dijo a mi hijo: “Sobrino, perdón que no te pude regalar lo que te prometí”. Me partió. Entonces le dio la camiseta a mi hijo, me miró y me dijo: “Perdoname, hermano, por no regalarte el ascenso”. Me quebré… [llora] y ahora que me pongo a recordar eso me pasa lo mismo… [La emoción le brota por un instante]. A él le quedó pendiente ese ascenso, pero al otro año me lo terminó regalando. Yo lo siento así. No sentís la conexión de un ser querido hasta que realmente lo perdés. Y yo siento esa conexión con Willy.

     

    ¿Tenés algo representativo de Willy?

    Tengo un brazalete, que no lo uso, que me lo regaló Pablo Fagúndez, que fue su compañero en Rampla y Villa Teresa, y tiene la foto de él.

     

    ¿Cómo está la familia?

    Bien, obviamente tenemos una sensación de paz, que primero fue de mucho dolor, pero sentís que está en un lugar donde está en paz. Esta pérdida te lleva a analizar muchas cosas, verse uno mismo hacia adentro y tratar de buscar sanar. Sentimos eso, que la vida para él continúa porque está presente.

     

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  • Ah! Se ele fosse brasileiro… por Sebastián Chittadini

    En pleno Mundial 2014, un diario brasileño puso en su portada una foto de Luis Suárez tras su segundo gol contra Inglaterra junto con ese titular grandilocuente. Hoy a los norteños les pasa lo mismo con Giorgian de Arrascaeta, a quien –aunque juegue de celeste– sueñan de verde y amarillo.

    REY DE RÍO

     

    En pleno Mundial 2014, un diario brasileño puso en su portada una foto de Luis Suárez tras su segundo gol contra Inglaterra junto con ese titular grandilocuente. Hoy a los norteños les pasa lo mismo con Giorgian de Arrascaeta, a quien –aunque juegue de celeste– sueñan de verde y amarillo.

     

    Brasil tiene más de doscientos millones de habitantes; tiene futbolistas para elegir, y de los buenos. No es que los brasileños anden nacionalizando jugadores, como hacen otras selecciones, pero cada tanto le echan el ojo a alguno. Cuando eso pasa, lo añoran, lo sueñan, lo imaginan y hasta le ponen virtualmente la camiseta de la selección. Son así, mucho más efusivos que lo que podemos ser nosotros en dos vidas. Del mismo modo que durante la disputa de su Mundial se permitían el –fútil– ejercicio de imaginarse como compatriota a quien era entonces el mejor centrodelantero del mundo, hoy lo hacen con otro de nuestros jugadores, al que ellos llaman simplemente Arrasca.

    Giorgian de Arrascaeta, un jugador al que a veces le cuesta ser comprendido del todo por el paladar futbolístico del hincha uruguayo y al que la experiencia de jugar según sus convicciones no le resulta precisamente un campo de rosas cuando se viste de celeste, es visto con otros ojos más allá del Chuy. Tiene que ser muy bueno un ciudadano uruguayo para destacarse en Brasil. Sobre todo en dos puestos: lateral –por cualquiera de las dos puntas– y enganche. Brasil tiene una fábrica de jugadores en todos los lugares de la cancha, ya no le pasa más aquello de tener arqueros o zagueros flojos, y en esos sectores acumula talento al límite de la ostentación. En ese país que una vez salió campeón del mundo con cinco números 10 jugando juntos, en el país de los camisa 10, el mejor es uruguayo. Aunque allá juegue con la 14.

    Mientras que en Uruguay no le vemos demasiada utilidad al tradicional jugador creativo que hace de nexo entre el mediocampo y la delantera por aquello de que nuestro 4-4-2 necesita gente que corra, si es posible detrás de la pelota, en Brasil sí se lo valora. El propio Giorgian lo ha dicho, siente que su estilo de juego se adapta a lo que se juega en Brasil. Es un fútbol en el que se siente como en casa y un país en el que hay gente que nombra Giorgian a sus bebés, cosa que hasta ahora no sucede en el territorio de la República Oriental del Uruguay. Hablando de brasileros, basta ver cómo se ponen en las redes sociales cuando De Arrascaeta no juega de titular en Uruguay. Mucho peor era la cosa cuando quedaba fuera de alguna convocatoria; ellos realmente sienten que el fraybentino no es profeta en su tierra.

    Para los brasileros –y no solo los hinchas que hacen fotomontajes en los que le ponen la camiseta de su selección–, el hombre que es idolatrado en el Flamengo, equipo en el que alguna vez fue ídolo un tal Zico, podría ser perfectamente uno de ellos. Así de grande es el reconocimiento de sus pares. Uno de ellos, Vítor Borba Ferreira –conocido en el mundo del fútbol como Rivaldo– declaró que Giorgian de Arrascaeta podría jugar fácilmente, si hubiera nacido en Brasil, en la misma selección con la que él fue campeón del mundo. ¿Los argumentos? Varios, por ejemplo, su extrema calidad, la diferencia que marca en cualquier momento del partido con sus goles o sus pases y la confianza que le da a su equipo cuando está en la cancha. Por si no se entendió, el que dice que hoy no hay muchos jugadores en el mundo con las características del 10 de Uruguay y que cualquier entrenador quisiera tenerlo en su equipo es Ri-val-do. Vale googlearlo.

    No sorprende que sus compañeros, habituados a que De Arrascaeta les haga la vida más fácil, viertan conceptos similares a los del excrac del Barcelona. Precisamente en el club catalán, o en otros como el Real Madrid, el Chelsea o el Atlético Madrid, piensa el lateral Filipe Luis –de extensa trayectoria en Europa– que Giorgian podría jugar sin problemas porque está por encima de la media. De sus palabras se desprende un profundo agradecimiento hacia el hecho de que elija seguir jugando en Brasil por su identificación con el país, con la hinchada y con el club. Recordemos que en Brasil los laterales son muy importantes y los del Flamengo saben qué es lo primero que tienen que hacer cuando tienen la pelota: buscar a Arrasca con la mirada, porque es el que marca los tiempos y los momentos del juego. Y así como es de decisivo para su lateral izquierdo, también lo es para el derecho, Rodinei, quien dijo a la prensa que De Arrascaeta puede jugar en cualquier equipo del mundo y que, si fuera brasileño, estaría en la selección porque es un crac que piensa las jugadas mucho antes de que sucedan.

    ¿Y qué pasaría si ese jugador fuese brasilero, como tantos sueñan en el país de Pelé? Seguramente, muchas cosas serían diferentes. Para él, fundamentalmente. Jugaría con laterales que suben todo el tiempo y manejan la pelota como cualquier delantero, con volantes capaces de “hacerla chiquita” y también de turnarse estratégicamente para hacer faltas en el medio de la cancha, con delanteros hábiles para el malabar bien entendido y con la precisión de jugadores de futsal y, sobre todo, no lo criticarían desde la tribuna por ser “lagunero”. Pero ya sabemos que, en esta vida, a Giorgian –rey de Río y considerado por muchos como el mejor jugador de América– le tocó ser uruguayo y que lo valoren más por tirarse al suelo a recuperar una pelota o por hacerle el relevo al lateral que por poner un pase gol o por tirar un caño. Son maneras diferentes de interpretar el fútbol –en el sentido de ejecutarlo y de entenderlo– tan distantes como los 2.533 kilómetros que separan Fray Bentos de Río de Janeiro. 

     

     

     

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  • El extraño caso de Jacinto y el Negro Jefe, por Sebastián Chittadini

    En la historia del doctor Jekyll y el señor Hyde, Robert Louis Stevenson habla de las personalidades diversas, discrepantes e independientes que convivían en una persona, como las que coexistieron en Obdulio Jacinto Muiños Varela.

    UN HOMBRE, UNA CAMISETA Y UN MITO

     

    En la historia del doctor Jekyll y el señor Hyde, Robert Louis Stevenson habla de las personalidades diversas, discrepantes e independientes que convivían en una persona, como las que coexistieron en Obdulio Jacinto Muiños Varela.

     

    A los 75 años, haciendo un balance de su icónica vida, un crepuscular y reflexivo Obdulio Jacinto Muiños Varela dijo haber sido un hombre honrado, amigo de sus amigos y enemigo de las injusticias. También se autodefinió como alguien que adoraba a los niños y que siempre había dado lo mejor dentro de la cancha. A la hora de hablar sobre lo que pasaba con él cuando se ponía la camiseta celeste, con la que disputó 45 partidos oficiales –3.421 minutos en doce años de capitán, dos mundiales disputados en los que Uruguay terminó invicto con él en cancha, cinco Copas América y capitán del Maracanazo de 1950, el mayor hito en la historia del fútbol sudamericano–, fue contundente: “No sé, fue como si me transformara”.

    Ese hombre, que nunca buscó convertirse en quien lo convirtieron las repercusiones de lo que hizo con una camiseta número 5 sobre el cuero, entendió, al final del recorrido, que ese pedazo de tela estaba asociado –para el pueblo uruguayo, al menos– al concepto de patria. Eso lo hizo sentirse responsable de la alegría o la tristeza de otras personas. De muchas personas. También lo hizo saberse alguien importante, además de permitirle sentir algo parecido a la libertad. En todo eso se transformaba cuando se vestía de celeste. Como en aquel personaje de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, el famoso relato publicado por Robert Louis Stevenson en 1886, en el centrojás que comandó el triunfo de leyenda en Brasil convivieron dos personas: simplemente Jacinto para los amigos y Obdulio –el Negro Jefe– para el resto del mundo.

    Esa historia del doctor Henry Jekyll que se transformaba en Edward Hyde derribó el mito del hombre unidimensional, con una sola faz carente de contradicciones. Siendo que persona significa máscara, concepto procedente del teatro, todos somos actores que representamos más de un papel en esa obra llamada vida. Así, el hombre simple que era Jacinto estaba compuesto por un montón de grises, como todo el mundo. Ese nombre, que figuraba en segundo lugar en su cédula de identidad, era el que usaban su familia y amigos para llamarlo. Catalina –su compañera de toda la vida– y pocos más sabían interpretar sus evasivas, sus silencios repentinos, sus gestos inconfundibles y sus miradas que a veces decían más que muchas palabras.

    Sin embargo, casi nadie lo recuerda por Jacinto y mucho menos por el apellido paterno Muiños, sino por el Obdulio al que nadie se animaba a tutear. Al que recuerdan es al mito, el personaje público, el capitán eterno, el que protestó el órsai y enfrió el partido, el líder de la más famosa gesta deportiva, el que tenía las características propias de los monumentos, en tanto fue una creación colectiva que adquirió los rasgos que le dio el pueblo que lo eligió como prócer y lo inmortalizó en mármol aún en vida.

    Al igual que aquel doctor Jekyll que había cultivado un carácter honorable, pero que al mismo tiempo sufría de una profunda desazón interior, Obdulio Jacinto Muiños Varela tenía muy claro de qué lado se quedaba. Entre el Jacinto de los afectos y el Obdulio de la gran epopeya, él –quien en definitiva convivía con los dos‒ se inclinaba sin dudarlo por el primero. Trató el resto de su vida de escaparle a ese mito del que los rivales huían y al que todos querían tocar, evitando ir a lugares con mucha gente, eligiendo ir a donde lo habían conocido como Jacinto y no como el caudillo de la hazaña. Supo siempre, con simple agudeza, que no había nadie que comiera puchero de fama.

    Hay que tener claro que, así como el lector que se enfrentó a la narración de Stevenson por primera vez ignoraba que el irreprochable Jekyll y el abyecto Hyde eran el mismo individuo, lo mismo pasaba con el sencillo Jacinto y el inmenso Obdulio. Jekyll tenía claro que el hombre no es uno solo, sino dos. Obdulio Jacinto Muiños Varela sabía que, con la camiseta celeste sobre el pecho, los jugadores se volvían “doble hombres”. También fue dos veces inmortal, una vez a partir del 16 de julio de 1950 –cuando se perpetuó la leyenda del Negro Jefe‒ y la otra desde el 2 de agosto de 1996, cuando Jacinto murió sin grandilocuencias en su casa de Villa Española.

    De Obdulio, se sabe todo. Lo que dijo, lo que hizo y lo gigante que se volvía cuando se calzaba aquella camiseta. Por eso, cuando salió por los bares de Río a tomar con los derrotados y a sentirse culpable por la tristeza de un pueblo entero, cuando le hablaron de “qué yogador era ese Obidulio”, era obvio que no lo iban a reconocer. Con quien aquellos brasileros estaban hablando y bebiendo era con el Jacinto que se escapó con un impermeable y un sombrero prestados al llegar al aeropuerto de Montevideo cuando la gente quería ver al capitán volviendo de conquistar el mundo, el hombre común que con el número 5 en la espalda se convirtió en una leyenda que nunca buscó ni quiso ser, el que quiso tomar distancia del mito conocido por todos, el amigo de unos pocos que escondía su sensibilidad tras una fachada aparentemente severa. Curiosamente, ese hombre nunca dejó entrar al Negro Jefe a su casa de la calle 20 de Febrero.

    En su fuero íntimo, vivió esa dualidad sintiéndose más identificado con el Jacinto –como le gustaba que le dijeran apenas entraba en confianza– al que un año después del Mundial le robaron el Ford que le habían regalado, al que engañaron luego con la colecta para comprarse una casa y al que un día le negaron la entrada al estadio Centenario, que con el inmortal Obdulio que podía influir en la sociedad con el peso de sus opiniones y acaparaba las miradas y la admiración de los otros.

    En esa identidad bidimensional, uno encarnaba los valores de la simpleza y la mesura, mientras que el otro era ese capitán poseso capaz de cargarse al hombro a todo un país al influjo de aquella camiseta celeste que lo transformaba en una persona diferente. Mientras uno buscaba la tranquilidad, su alter ego sostenía que un Mundial era la guerra y no una fiesta deportiva. Jacinto era un sabio de pocas palabras y lágrima fácil que se divertía con los dibujitos de Tom y Jerry; el Negro Jefe, un centrojás indomable al que todos temían y un mito al que todos admiraban. Pero al final, ninguno de los dos se dejaba imponer nada por nadie. Es que, a pesar de las apariencias, se trataba del mismo hombre.

     

     

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  • Lito, con alma y vida, por Pablo Aguirre Varrailhon

    El barrio, una esquina y a veces un bar; la barra de amigos, muchos sueños y poco dinero: estos ingredientes eran la receta de miles y miles de clubes en cada esquina de Montevideo. Entre ellas están las de Arroyo Seco, corazón de una populosa zona de la que surgieron jugadores y equipos, entre ellos Lito.

    VUELVE UN ÍCONO DEL BARRIO ARROYO SECO

     

    El barrio, una esquina y a veces un bar; la barra de amigos, muchos sueños y poco dinero: estos ingredientes eran la receta de miles y miles de clubes en cada esquina de Montevideo. Entre ellas están las de Arroyo Seco, corazón de una populosa zona de la que surgieron jugadores y equipos, entre ellos Lito.

     

    Es mediodía de un domingo de julio, en pleno invierno; reunión para hacer un “almuerzo de parrilla completa con ensaladas y postre, bebidas incluidas”, la excusa perfecta de los “litenses” para convocarse en un nuevo aniversario, esta vez con un motivo especial: Lito vuelve a jugar un torneo de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), esta vez en la divisional D. Muchos nombres han vuelto a nuestro fútbol, pero son pocos los que mantienen realmente la esencia del club barrial, esa idea de los colores que fueron pasados de generación en generación, aunque se maquillen con otras camisetas en los años de impasse. Vuelve Lito.

     

    Café Lito, café de barrio

    La zona de Arroyo Seco tiene por límite natural la bahía de Montevideo, aunque ya no esté a su alcance de manera natural por el desarrollo industrial; la rodean, sirven y construyen Bella Vista, el Reducto y la Aguada. En esta zona, por ejemplo, “en el verano de 1913 en el predio de la quinta de Iglesias situada en la actual calle Palleja, entre San Fructuoso y Entre Ríos, el temerario aeronauta argentino Eduardo Bradley, acompañado del teniente uruguayo Arturo Vázquez Lezama, inició una emocionante travesía en el globo Cóndor, que culminó con un feliz descenso en las inmediaciones del Cerro”*. En 1916, el mismo Eduardo cruzó nada menos que Los Andes desde Santiago a Mendoza, pero esa es otra historia.

    Poco más de un año después, el 24 de julio de 1917 (otros sostienen que fue el 24 de marzo) se fundó el Centro Atlético Lito, en la esquina de Agraciada y Santa Fe, precisamente en el Café Lito, cuyo primer propietario fue Manuel Lito Semino: “Si las paredes del Café Lito hablaran, nos ofrecerían ‒como hacen los grabadores modernos‒ las voces confidenciales del Vasco Cea, el MariscalNasazzi, Pelegrín Anselmo, los hermanos Scarone, los hermanos Benincasa, Pablo Dacal, el PetisoVillazú, Uriarte, Capuccio y demás contertulios de la inolvidable barra, con sus sueños, sus esperanzas, sus ilusiones de ‘juveniles’ señores del fútbol amateur”**. Montevideo hervía lleno de fútbol, bares, tango y esplendor, y lo mejor todavía no había llegado para una ciudad en profuso y constante desarrollo.

    La avenida Agraciada sirve de arteria esencial en esta zona. El Café Lito funcionaba a pleno pero no era el único. En una de las esquinas de la avenida el Club Belgrano (camiseta verde) tenía su base: “Cualquier asunto referido al Belgrano, cuestión de pase de jugadores, un arreglito de puntos, biabas a referí u otras menudencias y afines, todo se ventilaba y llevaba a cabo en ese feca que era sede, secretaría, gerencia, intendencia, administración general, oficina de cobranza de socios y parada obligada de los hinchas”***. El club declaraba su sede en la calle Freire número 1348, esquina Agraciada. Aparte de Lito (que figura en Agraciada 2647), en la AUF también estaban Rosarino Central (Panamá 1328), y ya un poco más lejos Bella Vista (Olivos 1024); todos de la Primera División en 1927. Pero de la zona, en la Tercera Extra, figuraban el Arroyo Seco F.C. (Agraciada 2602), Montevideo Albion F.C. (Gral. Aguilar 1234) y Santa Rosa F.C. (Agraciada 1991).

    Otro caso fue en la vieja y querida División Intermedia (categoría ubicada entre la Primera División y la Tercera Extra) donde figuraba otro club asociado a esta zona: el Club Atlético Suárez (calle Dufort Álvarez al 12a), que con el Centro Atlético Lito tiene un punto en común: el jugador, periodista y escritor conocido como Diego Lucero (su nombre real fue Luis Alfredo Sciutto), que jugó en ambos equipos. En el Suárez, él mismo cuenta que era “centrojás, vicepresidente y capitán”. Después pasó al Lito, según se cuenta en crónicas verdaderamente deliciosas de aquellos años del fútbol amateur, además de haber visto todos los mundiales desde el comienzo en 1930 hasta 1994. Conocía de primera mano a todos los cracks de nuestras canchas por entonces, incluso los que surgieron del Lito.

     

    Grandes valores

    “Siendo las 22 horas del día 24 de julio del año 1917 bajo la presidencia ad-hoc del Sr. Juan Pérez (hijo) se reúne esta asamblea…”, reza la primera acta del novel club, recogida en el libro sobre Lito, a cargo de Juan Carlos Opiso y Julio Mut. Está transcripta en su totalidad y en ella se designa a Luis Scandroglio, quien más adelante también formara parte de Rosarino Central (ver Túnel, enero-febrero 2022). Se establece una cuota semanal de 10 centésimos, y una larguísima lista de socios fundadores, entre quienes se encuentran algunos jugadores de la época como Luis Villazú (que jugaría en el club), Juan Harley, Isabelino Gradín, Armando Artigas, José Piendibene, Vicente Módena, Jorge Pacheco, Antonio Márquez Castro, Cayetano Saporiti… en fin, después comenzaron a llegar las renuncias, no solo de muchos de estos, sino de otros tertulianos, a tal punto que se estipuló la impresión de doscientos formularios para la renuncia de socios. Eran otros tiempos.

    Con el club dando sus primeros pasos, eran muchos los temas por resolver, desde el estatuto, el campo de juego, una sede y los colores de club. Este punto era crucial, para lo cual se presentaron varias mociones de lo más disímiles, por ejemplo “oro y blanco a rayas”, “blanco con una palma en el centro”, “todo verde”, “negra con franja colorada”. Finalmente quedó el azul eléctrico y rojo, a la vez que se aprobaron los estatutos y se estableció alquilar un local, en el que lo primero que se hizo fue organizar una fiesta para los asociados. Jugó en sus comienzos en el viejo parque Lugano del Prado, para después pasar consecutivamente al parque Salvo y al parque Sedalana.

    Al año siguiente, en 1918, comienza a competir en los torneos de la AUF en Tercera Extra, donde en la campaña utilizó veinticuatro jugadores. Era tal la cantidad de clubes que se hicieron dos series: Lito integró la Serie B, junto con Fénix, Oriental, Mánchester FC, Progreso AC, Capurro, CS Maroñas, Newton AC y Constitución FC (los últimos tres no completaron la temporada).

     

    Lito se ubicó en el segundo lugar detrás de Fénix (a la postre campeón al vencer en las finales a Colón, ganador de la Serie A) con los siguientes números: dieciséis partidos jugados, once ganados, tres empatados y solo dos perdidos. Tuvo la valla menos vencida (siete goles) y anotó veinticinco a su favor. Fue una gran primera campaña, en la que los partidos perdidos fueron ante Fénix y Oriental. También jugó el campeonato Competencia de la categoría, que se disputó en fases eliminatorias constantes, en las que cayó en la primera rueda ante Cerro por 1 a 0.

    La revancha llegó al año siguiente, cuando Lito obtuvo el torneo, logrando el ascenso a Intermedia, y repitió al año siguiente para llegar rápidamente a Primera División en 1921. Lito tenía grandes jugadores para lograr esa maratónica escalada, entre otros, nada menos que José Nasazzi, que buscaba pasar al cuadro que fundaron sus amigos en 1920: Bella Vista. Lito no quería dejar ir a la joven promesa y, con el conflicto en puerta, el futuro capitán de la selección pasó a jugar durante un año (así lo exigía el reglamento para quedar en condición de “libre”) en otra liga, la Nacional. Allí fichó por el Roland Moor FC, ubicado en la zona de Peñarol.

     

    No sería la única “figurita” que tuvo Lito en sus huestes. En la avenida Agraciada la cervecería Montevideana tenía una fábrica de hielo o, como le gusta decir a Diego Lucero, “agua apretada”. Salían por el barrio a vender en unos carros de metal, transportando las enormes barras cargadas desde muy temprano por los trabajadores denominados “yeleritos”, que tenían la tarea de repartir el agua sólida que quemaba las manos. “Uno de aquellos ‘yeleritos’ de los carros que salían de la fábrica de hielo de la cervecería Montevideana y antes de arrancar para el reparto hacían una recalada frente al Café Lito ahí cercano, era manco [sic]. El Manquito le decían. Se llamaba Héctor Castro. Y aquel laburito lo hacía más por divertirse –porque en verdad era divertido– que por necesidad”***.

    Héctor perdió su mano con una sierra mecánica siendo adolescente: “Empecé a jugar en 1920 como jugador del club Lito en Primera División. Creo que soy el único que no actué en divisiones inferiores”, contó años después. Aparte de los títulos con el Lito, fue campeón olímpico (1928), campeón del mundo (1930) y sudamericano, después jugó en Nacional y Estudiantes de La Plata.

    Otro caso emblemático es el de Pedro Vasco Cea, conocido como El empatador olímpico porque convertía los goles importantes cuando Uruguay más lo necesitaba. Comenzó jugando en el Sportman, para pasar al club del barrio, donde entre los socios fundadores figuran Miguel y Enrique Cea. El Vasco figura también en la mejor historia de nuestro fútbol: campeón olímpico en 1924 y 1928, campeón del Mundo en 1930 y también dos veces el cetro a nivel continental. Estuvo en Lito hasta 1924. Otra gloria que integró el plantel campeón olímpico de 1924 fue el back Fermín Uriarte, quien estuvo en el equipo que jugó por primera vez en la máxima división de nuestro fútbol. Fue el 2 de mayo de 1921 en el parque Capurro, ante Universal (derrota 0 a 1). Lito formó con: Tossetti; F. Uriarte, Bernat, Marrone, P. Zingone, Caballero; A. Capuccio, L. Villazú, V. Capuccio, P. Cea y Cano.

    En el siguiente partido jugó Héctor Castro, que le anotó un gol a Peñarol en el Parque Central, aunque nuevamente fue derrota (1 a 3). La primera alegría llegó el 18 de mayo cuando en La Teja Lito venció a Liverpool 2 a 1, con goles de Vicente Capuccio y Luis Villazú.

    Capuccio es un apellido histórico de Lito hasta nuestros días. El equipo tuvo por esos años a dos figuras (hermanos) muy recordadas: Vicente y Alfonso, de familia numerosa, fueron los más jóvenes de siete hermanos afincados en la calle Arroyo Grande 2482, entre Santa Fe y General Luna. Pilares del equipo que logró el camino hasta llegar a la Primera División.

    Según crónicas de entonces, hubo dos partidos suspendidos por invasión de público, ante Belgrano (0 a 2, a los 72 minutos) y Universal (1 a 1, a los 68 minutos). En el caso del partido con Belgrano, se jugó el pico restante previo al encuentro de las revanchas: Lito no se presentó a jugar esos minutos, pero sí al partido de fondo; todo fue por un malestar con el árbitro de aquel partido por convalidar los goles viciados de nulidad. En el segundo caso, lo curioso fue que el tiempo restante se jugó el 31 de diciembre de 1921, mientras que el torneo finalizó a mediados de enero de 1922, un año cargado desde lo político para el fútbol uruguayo.

    En la temporada de 1921 Lito se ubicó en la sexta posición, de doce participantes. Un punto que aparece perdido en esta historia es que en ese año, como parte del fomento del fútbol, muchos equipos de Montevideo se trasladaban al interior; por ejemplo, Nacional y Wanderers fueron a Mercedes y San José; Peñarol se trasladó a Salto, Paysandú y San José; Uruguay Onward, a Canelones y Durazno; Central a Florida, y Belgrano hasta Cerro Largo. El Centro Atlético Lito tuvo el honor de ir a jugar a Minas, para sembrar una semilla que continúa hasta nuestros días: el Club Atlético Lito, que tiene los mismos colores. Anteriormente, en 1928, se fundó el Lito FC en la ciudad de Carmelo.

     

    Redondos y cuadrados

     

    Hace un siglo el fútbol uruguayo vivía su mayor fractura en toda la historia, al producirse el cisma que determinó la creación de la Federación Uruguaya de Fútbol (FUF) en competencia con la AUF. Como vimos en la nota de Rosarino Central, Peñarol y Central fueron desafiliados. Algunos equipos se fraccionaron también para participar en las dos competencias, como Wanderers, Charley y Lito. Pedro Cea se quedó en el Lito “asociacionista”, el “Lito redondo”, por tener su escudo con esa forma en la camiseta. Mientras tanto, Héctor Castro se fue con el “Lito disidente”, que para diferenciarse utilizaba una forma cuadrada en su escudo. Ahí mismo, el Mancofue a Capurro a buscar una joven promesa de Fénix: Juan Peregrino Anselmo. No se despeinaba ni cuando jugaba. Para lograr convencerlo no hubo que mediar dinero, sino el tráfico de influencias para conseguirle algo preciado: un empleo público en la UTE, donde fue un funcionario ejemplar. Peregrín Anselmo también fue campeón del mundo en 1930 y de América en 1935.

    Así tuvimos al Lito de la AUF, que en 1923 en su debut ante Belgrano (0 a 0) formó con Real; F. Uriarte, De Grandi, Artesiano, Paz, Morás, Vivaldo, L. Villazú, A. Jerjés, P. Cea y Lorenzo. Mientras que el de la FUF, el disidente, lo hizo ante Sportivo Aguada (victoria por 5 a 0) y contó con Martínez; Cappellini y Ariano; Domínguez, Lobos, García, A. Capuccio, V. Capuccio, J. P. Anselmo, H. Castro y Elisalde. Ambos tuvieron una destacada actuación: cuartos (sobre doce) en la AUF, y terceros (¡sobre 32!) en la FUF. Lito en la federación tuvo una actuación excepcional; con más de sesenta partidos jugados, perdió tan solo seis; sin embargo, no pudo ser campeón.

    El año siguiente estuvo signado por la participación celeste en la primera gesta olímpica, que tuvo junto con Pedro Cea y Fermín Uriarte, a Pedro Zingone, otra gloria de la rica historia de esta institución: “El gran Perico alma y cerebro del equipo. Un centrehalf de tecnicismo semejante al de Zibechi con quien integró, al igual que Vidal, la delegación olímpica del 24”***. El aporte de Lito a la Selección uruguaya es histórico e inolvidable, sirviendo a la mejor historia del fútbol de nuestro país.

    Después de la reunificación de la AUF y la FUF con el laudo Serrato, que dio fin a la fracción más grande sufrida en este deporte, Lito siguió compitiendo pero no pudo aunar aquel equipo que hizo historia. De a poco experimentó un declive. Jugó en la máxima divisional hasta 1928. Siguió compitiendo en torneos de AUF hasta mediar los años cuarenta, y después se debatió en otras ligas de Montevideo. Hoy la barriada de Arroyo Seco vuelve a poner a Lito en una divisional de la Asociación, con la esperanza de repetir aquella campaña de hace más de cien años. 

    *Aníbal Barrios Pintos, Montevideo, Los barrios, tomo I.

    **Cita sobre Emilio Carlos Tacconi, en el libro Centro Atlético Lito, de Juan Carlos Opiso y Julio Mut.

    ***Diego Lucero, Estrellas deportivasnº 75.

    Consultas al libro Pasiones desafiliadas, de Agustín Montemuiño.

     

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  • Ahí están las hinchas, por Patricia Pujol

    Tenemos que hacer ajustes en los arreglos existentes para abrir las instituciones a aquellas personas que han sido históricamente excluidas de ellas. Sara Ahmed

    LA COMISIÓN DE GÉNERO DE RACING CLUB DE MONTEVIDEO

     

     

    Tenemos que hacer ajustes en los arreglos existentes para abrir las instituciones a aquellas personas que han sido históricamente excluidas de ellas.

    Sara Ahmed

     

    El cuento puede parecer más o menos conocido: un grupo de mujeres hinchas de la Academia sintieron la necesidad de abrir espacios nuevos para, por un lado, organizarse y, por otro, generar nuevos vínculos y acciones en el club de sus amores. Todas hinchas, todas socias, todas juntas: Rossana Echeverry, Valentina Varela, Daniela Centena, Camila Testón y Mariana Voetter.

    Ellas se reúnen por la nochecita, en la sede oscura del Racing Club de Montevideo, sobre la calle Millán, en el predio que se extiende al costado del Estadio Parque Osvaldo Roberto. Insisten, golpean puertas, organizan eventos, aun cuando la participación o adhesión es cuestionada. Es que ahora Racing es las dos caras de una misma moneda: el club de barrio, el de siempre, y es también la sociedad anónima deportiva (SAD), desde 2021, que separa ese mundo territorial y tangible, de historia, barrio y pasto, con un negocio deportivo que busca ganancia y profesionalismo como sinónimo de inversión. En este cruce de caminos, nace la Comisión de Género y Diversidades de Racing.

    La sede sobre la calle Millán está en penumbras. Se ven obras en el predio donde conviven el parque Roberto y la sede social de Racing que, al tener fachada pintada de blanco, se deja ver apenas por la luz amarilla de la avenida. Tal vez, una de las particularidades que destaca a esta comisión es que se creó en un club que tiene su patrimonio dividido. El actual presidente es Washington Lizandro y la SAD está dirigida por Fernando Cavenaghi, ex delantero del club argentino RiverPlate. La asamblea del club, que se realizó en febrero de 2021 en el estadio Centenario, aprobó transformar al antiguo Racing en una SAD por 84 votos a 79. Si bien esta forma de gerenciar y organizar políticamente al club no es nueva en el mundo, data de la década de 1990 en Europa y comenzó en España, en Uruguay desembarcó en 2009, como suele suceder con algunas ideas importadas del norte. El primer club que se conoció como SAD fue Deportivo Maldonado en 2009.

    Con este sistema, se crea una asociación civil que traslada a la SAD el “activo deportivo”, que incluye derechos federativos sobre los jugadores y jugadoras, los derechos de televisación y los económicos por transferencias, no los bienes patrimoniales, como la sede social y el estadio. Según dijo Cavenaghi a varios medios uruguayos, el contrato de la SAD es a 45 años, renovable cada diez. Racing, que festejó el 6 de abril de 2022 sus 103 años, se ubicó en los primeros lugares de la tabla de posiciones del campeonato de la Segunda división profesional, con un objetivo indiscutible: ascender.

    Si bien la comisión se formalizó en mayo, viene trabajando desde 2020. Las últimas integrantes se sumaron en 2022 y, según comentan ellas mismas, siempre está abierta para continuar recibiendo personas que deseen aportar.

    Cuenta Rossana Echeverry que este es el tercer intento de formalizar una comisión en el club: “Siempre estuve participando en la parte social del club de eventos. Se viene remando hace un tiempo. Soy hincha hace muchos años, desde mis quince años, y ahora estoy pisando los cincuenta”.

    Valentina Varela, de diecisiete años, la integrante más joven, llegó a la comisión porque su madre, Daniela, que también forma parte, le avisó. “Me copó. Me gusta la idea de que las hinchas que vivimos experiencias fuera de la cancha podamos participar y ayudar, más que nada al fútbol femenino”.

    Daniela Centena, de 45 años, se reconoce hincha de Racing desde siempre. “Los viejos fueron hinchas de Racing y heredé ese gusto. En un principio fuimos socios toda la familia, nos enojamos con el cuadro cuando bajó de categoría y no estábamos alineados con la propuesta deportiva en general. Nos borramos, pero no dejamos de venir a los partidos. Nunca habíamos participado desde lo social ni nada, y al descubrir esta comisión nos interesó el perfil y el trabajo. Nos contactamos con Cami y nos sumamos para el festejo del Día de la Madre. Volvimos a ser socios [se ríe]. Estoy feliz de compartir esto con Valentina, porque compartimos la pasión”.

    Camila Testón tiene veintitrés años y es la integrante más antigua. “¿Cómo soy hincha? Es larga la historia”, cuenta. “Mis padres se habían separado y mi mamá venía muy seguido a Sayago, porque trabajaba en la casa de la familia Moro. En ese entonces, Enrique Moro era presidente del Club Sayago. En esa casa todos son enfermamente hinchas de Racing y todo el tiempo se hablaba de eso. Un día veníamos caminando con mi papá por Millán y pregunté por qué había gente vestida de verde y blanco, y me dijo que era porque venían a ver al club del barrio. Era tanta la curiosidad que un día fui a un partido de Sayago y luego a ver a Racing. Después apareció la murga Contrafarsa, porque nos gusta el Carnaval, y quedó como algo asociado: Racing, Sayago y Contrafarsa. En 2016 empecé a participar en el movimiento estudiantil del Liceo 26 y conocí a un compañero que siempre usaba la camiseta de Racing. Empezamos a ir juntos a la cancha y hasta el día de hoy, para mí, es ‘Racing, Racing, Racing’. Hay algo que no se explica. Diría mi madre: ‘Vos debés haber sido una vieja hincha de Racing en otra vida’, porque mi día a día es Racing”.

    Para intentar explicar qué significa esa reiteración del nombre del club en su vida, Camila comenta: “Me levanto y es Racing. Necesito saber cuándo es el otro partido y sacar la entrada. Lo mismo con las actividades del club. El día que Racing descendió, estuve quince días internada  porque me bajó la frecuencia cardíaca estando en la cancha. Es mi salvación también. Estuve mucho tiempo internada y saber que iba a venir a ver a Racing me hacía bien”.

    Mariana Voetter tiene 34 años. Se presenta como la integrante más tímida. Cuando toma la palabra, dice: “Estoy en la comisión desde 2020, después de las elecciones. Primero a la Comisión Social y después a la de Género. Soy de Pando. Mi padre y mi abuelo nacieron en Sayago. Mi padre se hizo hincha y empecé a ir a la cancha con él en 2008. Empezó como una costumbre y ahora todo es Racing. Donde veo verde y blanco, es Racing”.

     

    Los comienzos

     

    Para conocer cómo se formó la comisión, todas consultan a Camila. Ella se toma el tiempo para explicar el proceso. “En 2018, en la anterior directiva presidida por Nicolás Núñez, se presentó la idea de la creación de Comisión de Género. Christian Marino, que manejó siempre las redes de Racing y siempre fue muy criticado, porque en la Marcha de la Diversidad o el 20 de mayo se hacían posteos, recibía agresiones constantemente. Con el paso del tiempo se hizo más frecuente y se instaló la idea de que Racing, en fechas como estas, iba a publicar algo. Christian le planteó la creación de la comisión a un grupo de hinchas, que contestaron que, de crearse, debería estar integrada por las mujeres de la directiva, que muy poco sabían. Al terminarse ese período de la directiva, se vendió el club a la SAD y empezamos a preparar las próximas elecciones. Se formó una agrupación llamada Williams Lucas [Lista 11], con el nombre de un ex presidente de Racing. Se presentó un proyecto, escrito por mí, para crear la Comisión de Género. Nos dijeron que sí. En todos los clubes las comisiones son algo aparte y no siempre hay espacio. Entonces seguí hinchando hasta que se realizó un llamado formal para integrar la comisión. Antes había grupos aislados que hacíamos talleres y teníamos algunas inquietudes. Terminamos siendo más integrantes y empezamos con actividades. De esta manera vieron que teníamos intención de trabajar. Es una insistencia permanente”.

    Las integrantes de la comisión dan cuenta de esa actitud de insistencia constante en sus propuestas. Reconocen que, además del trabajo concreto en llevar adelante un proyecto, hay una acción política que implica conversar, explicar, compartir con otras y otros sus objetivos. Muchas veces se encuentran con personas afines y, muchas otras, viven situaciones desagradables de rechazo.

    “Cuando fue el cumpleaños del club, en abril, previo a la oficialización de la comisión, avisamos que íbamos a crear un ‘punto violeta’ como espacio de sensibilización sobre violencia basada en género y se empezó a arrimar gente. Tuvimos tres consultas puntuales de personas que manifestaron ser víctimas y las derivamos para que fueran atendidas en la Comuna Mujer de la Intendencia de Montevideo. El año pasado habíamos organizado un taller sobre masculinidades con el plantel de jugadores de Primera división y una actividad con Llamale H [Festival Internacional de Cine sobre Diversidad Sexual y de Género de Uruguay] con los chicos y chicas de formativas. Todo siempre remando un montón. Pedimos a la Comisión Directiva que oficializaran la creación de la comisión en actas, este año, hace poco, y se formalizó. Después de un año y medio de insistencia y trabajo”, cuenta Camila.

    Ocupar el espacio necesario y más allá

    El texto fundacional de la Comisión de Género y Diversidad de Racing dice muchas cosas. Entre ellas, deja claro que existen “necesidades” y que deben atenderse para caminar hacia un deporte más igualitario, sano, justo y libre de violencia. “Construir un sentido del deporte que nos permita pensar en un deporte más justo, más sano, más igualitario, libre de violencia, libre de violencia por motivos de género, trabajar entre todas las estructuras desde todos los actores, para poder lograr un acceso igualitario a la práctica deportiva. Necesitamos romper entre todas y todos esas barreras que aún hoy impiden la permanencia en la práctica deportiva de muchas personas, principalmente mujeres. Necesitamos hacer el mayor esfuerzo en conjunto para lograr la participación de las mujeres en las comisiones directivas de nuestros clubes, federaciones, etcétera. [...] Para ello se requiere un compromiso de toda la comunidad, de todos los que integran la institución y –por qué no– del ámbito deportivo. [...] Necesitamos más deportistas con el compromiso en equidad de género, que no nos alcance solo con jugar, pensemos en un Racing Club de Montevideo más allá. Por eso necesitamos de todas y todos, porque es un mecanismo maravilloso para transformar vidas y si logramos una mirada desde este lugar seguramente podremos construir mucho”.

     

    En la propuesta también definieron un calendario de actividades. ¿Cómo seleccionaron esas fechas?

    Camila: La idea es hacer participar a los y las hinchas en los días genéricos, como el Día de la Madre o del Padre. Para el segundo semestre del año se previeron otras fechas, como el Día Internacional del Orgullo LGBT, el Día Nacional de la Prevención del Suicidio, Día Mundial del Fútbol para Niñas, el Día Internacional de la Lucha contra el Cáncer de Mama y el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

    Rossana: Tomamos emergentes. Si bien tenemos planificados talleres, también atendemos algunas cosas que van sucediendo en el día a día. Por ejemplo, tuvimos una reunión con el cuerpo técnico del plantel de fútbol femenino y nos preguntaban cómo podemos apoyar al femenino, que forma parte del aspecto social del club y no de la SAD. Entonces, nos pidieron ayuda para generar finanzas para conseguir los equipos deportivos de las jugadoras para el invierno. También para colaborar en conseguir apoyo profesional. Nos contactamos con un colectivo de mujeres psicólogas del deporte que comenzó a trabajar con los dos planteles del femenino [sub 16 y mayor]. Fue un pedido del presidente que estuviéramos ayudando al femenino. Le hicimos ver que no era nuestro objetivo, porque hay una Comisión Social también del club, pero que, si estaba dentro de nuestras posibilidades, lo íbamos a hacer. Conseguimos electrodomésticos con un socio para que puedan realizar una rifa, por ejemplo.

    Mariana: La parte deportiva no se hace cargo del plantel femenino, porque no hay obligación de tener fútbol femenino en el club, ya que no está en Primera. Cuando esto cambie y Racing suba, será distinto. Ahí sí es obligatorio.

    Rossana: Aclaro que no vino esto como un reclamo, sino que fue una forma de ayudar en las inquietudes que surgen, pero no fue que nos pidieron que nos encargáramos de este tema. En el Día del Niño [y la Niña], vamos a participar en actividades que organiza la Comisión de Asuntos Sociales.

    Daniela: Estoy chocha de poder tirar redes para la parte del fútbol femenino, porque las chiquilinas son como el último orejón del tarro. En esta directiva se le ha dado un trato que no han tenido antes. Las jugadoras siempre han usado la ropa que ya no usa el plantel mayor de hombres o el de las inferiores del club. Ellas, ahora, tienen equipos nuevos. Me dan ganas de meter mano a ayudar ahí; no es un peso.

     

    Hacerse sentir

     

    Comenzamos una conversación sobre las perspectivas del feminismo y el deporte. Surgen opiniones diversas, la conversación adquiere tonos más altos. También se producen silencios breves que acompañan el tiempo de la pausa del pensamiento.

    Se miran entre ellas, se sonríen. “Esta discusión ya la tuvimos”, dice Camila, que es la primera en decirse feminista. Mariana también se expresa. Comenta que se autodefine feminista y que hace tiempo le está dando vuelta a qué significa eso para ella en su forma de actuar, en su vida. Algunas integrantes comentan que las más jóvenes se nombran primero, pero que a ellas el tema generacional les marca una diferencia. Por ejemplo, Daniela dice: “Adhiero a luchar por la causa. No sé si con un rótulo”.

     

    ¿Cuál dirías que es la causa?

    Daniela: Las mujeres en el fútbol. Voy sola a ver a Racing o con mi hija y no pasa nada. Es algo que suele suceder. Gritar en la cancha y que no sea de hombre. Buscar la equidad en la cancha. No comparto el rótulo, pero quiero esa igualdad clara en relación con el hombre en todos los espacios.

    Rossana: Siempre vine a la cancha sola. Siempre supe que la gente pensaba que yo venía a buscar algo más, a un jugador, un hincha, un hombre. Yo era hincha, pero me decían y me hacían sentir eso. Te estoy hablando de que esto me pasó hasta no hace mucho. Lo viví de gurisa, de joven y de mujer grande. Ahora ya no me pasa. Lo viví desde mi adolescencia y mi juventud. En una etapa pasaba vergüenza y no me arreglaba, porque no quería eso. Ahora no me importa lo que piensen.

    Mariana: Yo venía con mi padre siempre. Desde hace años, cuando mi padre ya no venía –falleció– vengo sola. Y me ha pasado que, como llego temprano, me preguntan a quién vine a ver, si soy la novia de algún jugador. Me costó darme cuenta de eso. Tampoco supe qué responder en el momento, pero después lo pensás y es para decir algo, porque te da rabia. Nunca me limité en venir a la cancha, pero nunca me gustó que me preguntaran eso.

    Daniela: Cuesta mucho. La otra vez salimos a vender rifas, porque estábamos recién formando la comisión y necesitábamos algo para sustentar los encuentros, y nos encontramos con gente que nos decía que no y ni levantaba la cabeza para tomar la rifa. Igual soy de la idea de predicar con el ejemplo. Vamos a seguir tocando puertas, joder, nos haremos sentir. Es lo mismo que con la SAD, no están afín con nosotras. No importa. Sigamos haciendo cosas y mostremos lo que somos capaces de hacer con el trabajo y desde este lugar. Esto va a abrir otros caminos y les muestra a otras personas que se quieran sumar.

     

    ¿Qué temas les preocupan y creen que son los más urgentes para abordar dentro del club?

    Camila: Empezar a visibilizar el rol de la mujer dentro de la institución deportiva, que no siempre somos administrativas o limpiadoras. Racing tiene a Florencia Lemus, que es la primera mujer preparadora física dentro del fútbol uruguayo. Que haya mujeres en la dirigencia.

    Mariana: Además de erradicar la violencia física en el club, nos interesa también trabajar sobre la violencia verbal. Todos los insultos que se dicen en la cancha hacen referencia a la mujer. Cada vez que eso sucede me deja muy preocupada, porque he escuchado gritos como: “Andá a jugar a las muñecas”.

    Daniela: El fútbol es una pasión. Cuando uno está en la cancha está en esa pelota, en esa jugada, en ese córner. Vos estás sentada en la tribuna, pero estás ahí. A veces te salen cosas que no se explican. Mi padre, que tiene 76 años, termina agotado de ver los partidos, a veces se tiene que ir a acostar. Claramente esto no está bien, pero al mismo tiempo nos pone acá en este lugar. Si no sintiéramos eso, no estaríamos en esta comisión, un martes de noche en una reunión.

    Camila: El fútbol es como nuestro psicólogo. Venimos a descargar mucho y el espacio es grande como para hacerlo.

    Mariana: Capaz que podemos llegar a esperar algo que pasa en el tenis [se ríen, hacen bromas con la idea], donde hay estos insultos y estas formas.

    Rossana: Es que donde una mujer le diga a un hombre que no insulte en la tribuna… No estamos preparados para eso. Porque te comés todo el rosario, te perdés el partido y todo eso. Es un tema. No se autorregula, porque te terminás amargando si intervenís en los insultos.

    Camila: Racing tiene redactado un “Protocolo de actuación para situaciones de violencia”, pero hay que seguir enmarcándolo en la situación actual del club, desde que se convirtió en SAD. Es que, por ejemplo, para invitar a un jugador o al cuerpo técnico a que vengan a participar del cumpleaños de Racing, previamente hay que enviar una carta formal a la SAD y ver si aprueban que participen. Hay una línea muy delgada que es la siguiente: si publicamos un evento en las redes sociales y tiene inscripción, y un jugador lo ve por ese medio y viene a la actividad, puede. Eso no sería un problema. Lo que no podemos es convocarlos directamente.

     

    Se genera una conversación en la que algunas sostienen que habría que ver si los jugadores se animan en esas condiciones a participar de eventos, porque estas condicionantes o formas de hacer pueden traer consecuencias. Algunas sostienen que esa decisión dependerá de qué tan comprometidos con las causas estén los jugadores que integran el plantel. Si bien esto genera diferentes opiniones, todas acuerdan en que es probable que el jugador que participe sea mirado con cierto recelo.

    La directiva de la SAD tomó la decisión drástica de no ceder lugar ni espacio de entrenamiento para algo que no sea de carácter deportivo, porque, según cuentan las integrantes de la comisión, hubo una actividad con familiares de desaparecidos que se realizó en el lugar de entrenamiento y eso no cayó bien en las autoridades de la SAD. Luego de esto, se cortaron las posibilidades y la comisión tuvo que reorganizar el cronograma de actividades.

    Aun así y mediante una convocatoria abierta, en julio se realizó una actividad sobre género y violencia en el deporte, que estuvo a cargo de la Asesoría para la Igualdad de Género de la Intendencia de Montevideo.

    Desde la comisión dejan en claro que se busca unir al club y sus integrantes, y no una confrontación. La comisión, como órgano asesor de la directiva, puede acompañar al club y elevar comentarios a la parte deportiva, pero no puede intervenir en casos puntuales. Algunas de las ideas que están en la propuesta son realizar talleres con adolescentes, tratar asuntos como diversidades sexuales, violencia en el deporte y paternidades adolescentes.

     

    Mirada larga

     

    ¿Cómo desean ver a Racing en unos años?

    Rossana: Quiero que sea familia, unir el club. Quiero que nos dejen de mirar como bichitos raros que levantan sospechas. Que se entienda que venimos a dar una mano, que el club sea de todos y no de la SAD o de la directiva. Estamos en el ojo de la opinión, porque estamos en la comisión y te preguntan cosas en tono burlón. No hay nada mejor que mostrar el trabajo. Yo no contesto cuando me pasan esas cosas.

     

    Rossana personifica una conversación que para ella es habitual, con el fin de mostrarnos a todas de qué está hablando. Se endereza en la silla y su voz adquiere un cierto tono burlón, con sorna, y dice: “Está todo bien contigo, pero ¿qué es una comisión de género? ¿Qué tiene que hacer? Esto es un club de fútbol, hay que meter huevo acá. Y vos, ¿qué hacés juntándote con esta otra?”. Cuando termina la parodia nos reímos. Alguna vez nos ha pasado algo similar. Quizás sea de esas experiencias que llevamos en el cuerpo primero, antes de haberlas pensado siquiera.

    Valentina: Conozco a muchas personas en el femenino y se sienten excluidas. No tienen lugar para entrenar. Quiero que sea incluida la mujer en el fútbol, aunque sea un espacio pequeño del mundo. Creo que en las nuevas generaciones es más natural, pero entiendo que a un hombre mayor le choque que esté ahí y no entienda que no voy a buscar a nadie. Explico el porqué de la lucha y me interesa apoyar a personas que están en situaciones desfavorables.

    Daniela: Nos están pasando cosas relindas como comisión. Cada una, desde nuestras diferencias, puede celebrar algunas de las cosas que hemos conseguido: en un partido generamos unos fonditos de la comisión. Mucha gente acompañó con alegría. Quiero colocar a Racing en un lugar importante desde lo deportivo y lo social, en un lugar sublime, donde tiene que estar.

    Camila: Soy de la idea de deconstruir las masculinidades. Si un jugador quiere expresar su sexualidad y sus gustos, que no sea señalado. Quiero venir a la cancha de short y que nadie me diga nada por eso. Demostrar que las mujeres no somos el último orejón del tarro. Que las mujeres tengamos el mismo espacio que los hombres. Que sea equitativo.

    Mariana: Me gustaría ver a más mujeres en roles vinculados al fútbol, más mujeres en la cancha también (adentro y afuera). Más allá de generar la igualdad, que se entienda que todo lo que hemos vivido como mujeres es muy difícil de explicar o transmitir (los insultos en la calle, estar en la cancha, no poder hablar de fútbol porque sos mujer) y un hombre nunca va a pasar por esto. Les falta la experiencia de todas estas vivencias. 

     

    *Para contactar con la Comisión de Género y Diversidades de Racing, se puede escribir a su perfil de Instagram:

    @rcmcomisiondegenero.

     

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  • Esto no es una entrevista, por Agustín Lucas

    Podemos parafrasear a René Magritte, el surrealista belga que ilustró una pipa de tabaco y tituló la obra Esto no es una pipa, o podemos convertir esa referencia del arte universal en un chiste boludo y reírnos exactamente con el mismo tenor. Esto no es una entrevista.

    UN PERFIL DE SEBASTIÁN PAPELITO FERNÁNDEZ, FUTBOLISTA

     

    Podemos parafrasear a René Magritte, el surrealista belga que ilustró una pipa de tabaco y tituló la obra Esto no es una pipa, o podemos convertir esa referencia del arte universal en un chiste boludo y reírnos exactamente con el mismo tenor. Esto no es una entrevista.

     

    Filipa se despierta y se acerca desde el corredor por donde entra la dorada tibieza del invierno. Los rulos de Filipa son como los de su padre, aunque su padre diga, con los ojos comprometidos, que se parecen a los de su madre, la abuela Mariela. Filipa tiene los rulos de la abuela. Sebastián siempre habla de la abuela, un libro abierto, un templo, una cobija. Sebastián siempre tiene para contar algo de Mariela, algo que leyó o que está leyendo, algo que estudia, un idioma que habla, esa posibilidad emotiva cotidiana. Sebastián se parece mucho a Mariela. Tienen el caminar de los que andan serenos por ahí.

    Dice Valentina que le regaló un sillón a Sebastián porque él se queja a veces de que le duele la espalda por leer caído en la cama. Lo mira, se miran, se pasan el mate, son años de complicidad. El cuerpo de un futbolista pide descanso. Hay un desgaste que se agarra de ciertas partes y es como un perro que te mastica los garrones. Hay a quienes les cantan los isquios, hay quienes lo sufren donde nace el caminar, en el solio. Todo pasa por el solio. Hay quienes arrastran roturas viejas como amores descosidos. El cuerpo se va cansando, pero la cancha sigue estando divina. Entonces, Sebastián ahora lee en el sillón.

    Sobre la mesa de luz hay una veintena de libros que son los empezados o los que están por empezarse. Cuando recomienda uno, lo sacude como si fuera un sonajero. Arriba están los de cuentos y más allá las novelas, la biblioteca la diseñó Valentina. Los libros les cortejan los sueños, o los custodian, o son como puentes astrales. En la ventana hay cáscara de naranja secándose.

    Se sabe que Lautaro y Alejo juegan bien a la pelota; nacieron entre los goles de papá con un equipazo que había armado el Málaga, y la experiencia por demás humana que vivió en el Rayo Vallecano. Cuando el cuerpo de un futbolista canta, bueno es saber quién hay al lado. En el Rayo una lesión lo alejó de la grama, pero lo acercó al alma, al alma del nido del barrio de Vallecas.

    Clementina también juega bárbaro al fútbol. Lautaro, Alejo, Clementina, Timoteo y Filipa conviven con el juego que ha hecho reír a su padre toda la vida. Entonces, la pelota es eso para esa chiquillada, correr atrás de una risa, aunque haya que ganar o ganar.

    Seba distribuye el mate, es como un cinco. Va para Valentina, viene para mí, va para Natalia. Filipa sigue el ritual con ojos inquietos. En un rato cae el resto de la gurisada, en caronas de padres y madres. Hay pelotas y buggies regados hasta la pared del fondo donde hay manos marcadas y promitentes autógrafos de tiza.

    Cuando conocí a Sebastián me hizo tres goles en una práctica. El Pato Lage, que era el técnico, no lo podía creer. No dábamos la talla los que veníamos jugando en las inferiores de Miramar con aquel petiso desprejuiciado que cayó con los botines colgando del hombro. Yo no sabía si pegarle un viandazo o pedir el cambio y no terminé haciendo ninguna de las dos. El petiso estaba endiablado, jugaba como en un campito, como sus gurises juegan ahora, pero con la fuerza de un adolescente bien morfado, y el hambre de ganar de un amante del fútbol. Esa competitividad lo llevó por el mundo. En Miramar fue el despegue, le hizo un gol a Elduayen en el Centenario la primera vez que jugamos los pibes de titulares. Sebastián ni siquiera había soñado con eso. La encontró en el área chica y, con la ayuda de un pozo, la pelota terminó en las piolas. Se sacó la camiseta y corrió riendo con una musculosa que decía “Para vos, Hongo”. Hongo, su hermano. Todo era un juego de niños. Con la violeta del Parque Rodó elevó la vara, confirmó aquellos destellos a mil rayas y se anotó en la historia con el título de campeón. Una gesta de recordados apellidos como el del Zurdo Lamas, o el del Facha Ferreira, el del Tata González o el del Chino Navarro, o el de Martín Silva, un cuadrazo. Lo que vino después fue una nube negra que tuvo que ver con su rodilla: por la bisagra le dijeron que no en México y en Holanda. En la tierra de los tulipanes, cuando le preguntaron qué precisaba para sus últimas horas en el país, pidió una bici. Recaló, sin saberlo, en una de las mejores páginas de su historia: la camiseta de Banfield.

    Vistió el percal selecto de la selección celeste del Maestro Tabárez. Jugó un Mundial, con todo lo que eso implica. Es recordada la vez que se durmió en la habitación del hotel y bajó tarde a desayunar en pleno auge del profesionalismo. A su compañero de cuarto se la cobrará de por vida. Otra de las veces de los aviones con la más linda camiseta, llegó al aeropuerto sin el traje con el que tenían que viajar. Mezcla rara de penúltimo linyera y la élite del fútbol criollo.

    En el termo tiene un pegotín de Nacional. Esa otra página lo identificará para toda la vida. Aunque pueda hacerle goles con la camiseta de Liverpool, o con la de Danubio, donde volvió al grillerío de las canchas más folclóricas del país. Todavía le queda cuerda a la carcajada que se desata cuando convierte. Está vigente la picardía, ese segundo que se toma para encarar, esa forma fantasmal de aparecerse en el área y llenarse el buche de gol.

    Está bastardeada la risa. Aunque pertenece a los inclaudicables diarios. Todavía hay que pedir permiso o perdón por la carcajada. Y hay para quienes supone un privilegio. Hay dolores que acompañan a quienes ríen por la vida. Hay tristezas y preguntas y está la inefable conversación con el rollo propio, el cercano. Hay alegrías que acompañan a quienes ríen por la vida. Así como hay alegrías que resuenan en quienes andan penando. Pero hay un valor impostergable en abrir la puerta y reír antes de decir hola. Así es Sebastián Fernández, el Seba, el Papelito: una antología de goles ilustres, hasta uno con la mano que es un homenaje al fútbol y encima en un clásico contra el tradicional rival, un corazón al sur en Banfield, otro en La Blanqueada, otro en Vallecas, o es acaso el mismo que late blanco bajo cualquier camiseta.

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  • Federico y su orquesta, por Sebastián Chittadini

    Al igual que hizo su tocayo García Vigil durante muchos años con la Filarmónica de Montevideo, Valverde hace que la Selección uruguaya de fútbol funcione mejor.

    LA BATUTA SIEMPRE AL 15

     

    Al igual que hizo su tocayo García Vigil durante muchos años con la Filarmónica de Montevideo, Valverde hace que la Selección uruguaya de fútbol funcione mejor.

     

     

    A lo largo de su célebre carrera, Federico García Vigil impuso su talento a base de carisma, sensibilidad y don de mando al frente de la Orquesta Filarmónica de Montevideo. Podría decirse que, durante quince años, la Filarmónica jugó al ritmo de Federico, como pasa ahora con la Selección uruguaya de fútbol. Es que un equipo de fútbol y una orquesta sinfónica se parecen en algunas cosas, aunque parezca que se mueven en ambientes tan diferentes entre sí.

    No es tan descabellada la comparación, porque ambas estructuras requieren coordinación en las acciones de sus integrantes y salen a escena o entran a la cancha con una partitura o un libreto. Todas las orquestas y equipos del mundo son iguales en el sentido de cómo están conformados, sea por once o por cien personas, lo único que cambia son los ejecutantes de acuerdo con presupuesto disponible o la calidad que se puede pagar.

    Siempre y cuando no haya algún elemento disonante sin sensibilidad en los pies, el funcionamiento de un equipo de fútbol tiene mucho de lo que muestra una orquesta en la que nadie desafina. Porque, para que la cosa funcione, tiene que haber disciplina, precisión, coordinación, armonía y las dosis necesarias de inspiración. Cada jugador, como los músicos, tendrá un registro diferenciado al que ceñirse para encontrar el equilibrio necesario; y así como la combinación de notas musicales conforma la música, las cualidades individuales de los futbolistas, si se conjuntan bien, dan como resultado un fútbol de calidad.

    En una oncena hay de todo, igual que en la formación de una sinfónica. Hay futbolistas ágiles como el sonido de las flautas y otros lentos como una tuba, también algunos con afán de protagonismo e impronta similar a la de un violín y otros con la preponderancia de un fagot. Sin embargo, cada uno de ellos es tan importante como los demás, a quienes necesita para cumplir su función. Cada uno en lo suyo colabora para un objetivo común y establece sociedades, se reparte funciones y todos van alternando el protagonismo. A algunos, directamente nunca les toca, pero no les importa.

     

    Dirija, maestro

     

    Y después están los elegidos, que son capaces de ponerse el equipo al hombro como Federico García Vigil cuando se paraba frente a una orquesta sinfónica, o Federico Valverde cuando domina todo lo que pasa en una cancha. Uno con batuta y gestualidad, el otro con los pies transmitiendo claridad y seguridad para que el equipo funcione, toque como ellos quieren que toque e interprete lo que el compositor o el entrenador quiso que se interpretara. Y, cosa curiosa, los dos ejerciendo una influencia casi hipnótica sin necesidad de hablar.

    Así como el histórico director de orquesta tuvo una formación exhaustiva y variada que incluyó estudios de piano, armonía, composición y orquestación con los mejores maestros, el mediocampista también supo absorber conocimientos de los referentes del Real Madrid para luego volcarlos en la Selección. Y fue tomando elementos de diferentes escuelas, como la inteligencia táctica del brasileño Casemiro, la clase del alemán Toni Kroos para manejar el ritmo de un partido o la capacidad de improvisación del croata Luka Modric. De este modo, ambos terminaron siendo directores versátiles. García Vigil por su obra en el campo de la composición y la docencia, y Valverde por combinar cualidades como el shot de Pedro Virgilio Rocha, la conducción de Diego Forlán, la resistencia de un maratonista y la capacidad de hacer uso del foul táctico en caso de necesidad.

    Alguna vez, un entrenador dijo la frase:“Dime quién es tu volante central y te diré qué equipo eres”. Y Uruguay, cuando Valverde empezó a tomar la batuta, cambió mucho su estilo. Desde su primera aparición en la mayor, con diecinueve años, marcó el compás como el más avezado director de orquesta y movió –en el acierto o en el error– a la Celeste al ritmo de su batuta, imponiendo un estilo basado en la visión de juego, el pase claro, la buena técnica y el despliegue físico que le permitiría jugar 180 minutos si fuese necesario.Cuando el Pajarito cambió la voz y se volvió halcón, su influencia se hizo aún mayor. Desde ese lugar clave de la cancha, desde el que se puede dirigir todo, lee el juego como García Vigil leía las partituras y pone su técnica fina y elegante para organizar, hacer participar a sus compañeros o impactar en el juego cuando lo entiende conveniente.

    Pero claro, no todo es color de rosa, porque el paladar futbolístico del hincha común muchas veces no está preparado para un cambio de paradigma tan grande que hubiera asombrado al mismo Thomas Kuhn. Entonces, ver a Valverde o al propio Bentancur dirigir a la Selección con un estilo tan diferente es para algunos casi como aceptar que los músicos también pueden estudiar.

     

    Crear, construir, aunque te equivoques

     

    Uruguay no es un país especialmente amigable y permisivo con la juventud, más bien todo lo contrario. A lo largo de la peripecia vital de una persona, sea en el ámbito que sea, se le dirá que es demasiado joven, que hay que llevarla de a poco o que le falta agarrar experiencia. Y, sobre todo, caerá sobre el joven elemento uruguayo todo el peso de la crítica ante el mínimo atisbo de error. Lógicamente, Valverde tampoco escapa a esto, por más talentoso que sea. Porque el joven es discontinuo, eso lo sabemos todos en este país; al joven a veces hay que dejarlo afuera de algo para que no queme etapas, porque ya va a tener tiempo.

    Pero en este caso, esa clase es la que le allana el camino, incluso en un país que valora tanto las canas. Por eso, una vez aceptado el estilo de dirección y que hay que confiar en él para que dirija al equipo, solo queda disfrutar del presente y el futuro con el que permite soñar la presencia de un jugador que tiene dos o tres mundiales por delante. Y la verdad, produce un efecto similar al de escuchar a una orquesta aceitada el hecho de verlo agarrar la pelota y darle salida clara al equipo, lanzar a los laterales, relevar al resto de los volantes o conectar con los delanteros. Parece que incluso hubiéramos entendido como público que hay que dejar a Federico Valverde crear y construir, aunque pueda equivocarse, porque tiene capacidades que exceden a la media y no siempre es necesario emparejar hacia abajo.

    Si hasta parece que, de a poquito, nos estuviésemos permitiendo disfrutar de tener un director de juego con semejante calidad y ya no pedimos tanto por jugadores de corte más tradicional para nuestros estándares. Claro, porque a todos nos gusta que la orquesta suene bien. Y al igual que pasó durante muchos años con la Filarmónica de Montevideo, la Selección uruguaya de fútbol funciona mucho mejor cuando la dirige Federico. 

     

     

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  • Los Protagonistas, por Pablo Aguirre Varrailhon

    “No te quedes en Maracaná… pero prendételo como una escarapela y recordalo cada 16 de julio” La frase la inmortalizaron Julio Julián y Chato Arizmendi en el tema musical “Un domingo sin vos”...

    “No te quedes en Maracaná… pero prendételo como una escarapela y recordalo cada 16 de julio”

     

    La frase la inmortalizaron Julio Julián y Chato Arizmendi en el tema musical “Un domingo sin vos”, y puede expresar el sentir de la mayoría para reflejar esa delgada línea entre vivir de recuerdos y tomarlo como un mojón para saber que se puede. A setenta años del “Maracanazo”, un recuerdo de aquellos hombres que lograron esta gesta para que no olvidemos la mayor hazaña en la historia del fútbol.

    Cuando escribimos estas líneas, todavía estamos confinados en el estrés de no tener fútbol uruguayo cada fin de semana, obligados a ver partidos viejos y tribunas vacías reflejadas en las imágenes del mediodía europeo. Qué tristeza. La conversación habitual refleja el asombro de estos tiempos, cuando cambiamos las camisetas por tapabocas con los colores de nuestra pasión. “¡Cuatro meses sin fútbol!, ¡algo nunca visto!”, se escucha por ahí, y capaz que lo repetimos nosotros en nuestro interior, en nuestra tristeza interior. ¿Y que tendrá que ver esto con Maracaná, el gol de Alcides y la pelota bajo el brazo de Obdulio?

    Precisamente, si hablamos de la gesta de 1950 no nos podemos remitir solamente a lo que hicieron estos hombres mientras duró el invierno de ese año. Todo comenzó antes, mucho antes, pero podemos dar un punto de partida en el año 1948, cuando los jugadores del fútbol uruguayo iniciaron una huelga que paró las actividades durante siete meses, y dejó trunco un torneo en el que no se declaró un campeón. Por eso, cuando hablamos de cuatro meses sin que ruede la pelotita, no estamos ante el primer caso –al menos– en nuestro país.

    El primer paso para esa paralización fue fundar la Mutual Uruguaya de Futbolers Profesionalesel 6 de agosto de 1946, con personería jurídica desde el 11 de diciembre de ese año, para luego organizarse y buscar una equiparación en los derechos de los jugadores: hasta ese momento los clubes podían rescindir los contratos cuando les quedara mejor, sin derecho a reclamo alguno o, por el contrario, si el contrato vencía, la ficha seguía siendo del club, entre otras cosas. La primera directiva estuvo presidida por Enrique Castro, acompañado por Obdulio Varela, Dalton Rosas Riolfo, Homero Blanco y Hugo Bagnulo, entre otros. La Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) no quería reconocerlos como interlocutor válido en nombre de los jugadores, a quienes de cualquier forma desconocía en cualquier manera que fuese colectiva.

    Fue así que el 14 de octubre de 1948 se llegó a la citada huelga de futbolistas, hasta el 3 de mayo del año siguiente, con importantes conquistas para la joven gremial que realizó su multitudinaria asamblea inicial en el exlocal de la Asociación Española de la calle Paraguay, entre San José y Soriano. No fue un camino fácil para los jugadores que vieron mermadas sus fuentes de ingreso, aunque contaban con el apoyo de buena parte de la opinión pública, pese a tener escasos medios donde explicar sus cometidos. Ya la sombra de Obdulio cubría lo suficiente, no teniendo reparos en salir con los tarros de yerba para pedir la colaboración a la población, o salir a trabajar en otro oficio (albañil) para parar la olla.

    También supo marcar la cancha para los suyos. “12 de diciembre de 1948. La mutual llama a Asamblea para informar sobre la marcha del conflicto. Ya con un buen número de asistentes aparece Obdulio Varela. Encaminándose hacia la mesa dirigente constituida les pregunta: ‘¿Hay algo nuevo?’. De la mesa se le responde ‘No, por ahora no’. Entonces Obdulio regaña: ‘Y si no hay nada nuevo… ¿a qué nos llaman?’. Dándose media vuelta, sus pasos se encaminan hacia la salida. A todo esto, media sala se levanta y se va tras él”. Palabras de Dalton Rosas Riolfo, que describen de cuerpo entero al Negro Jefe y que también pintan los vaivenes políticos que se vivían en los pasillos de la Asociación que tendrán injerencia directa hasta el comienzo del torneo en 1950. Casi dos años de un periplo de idas y vueltas, problemas y conflictos que solo subsanarían por un tiempo con la obtención de la copa.

    El Mundial postguerra

    Uruguay fue campeón mundial en los Juegos Olímpicos de 1924, 1928 y en la primera edición de la Copa del Mundo jugando de local en 1930. El boicot sufrido en carne propia sembró el resquemor para las dos siguientes ediciones “europeas” de 1934 y 1938, ganadas por Italia bajo el mandato de Mussolini, que presagiaba un nuevo terremoto bélico a nivel global. La FIFA no pudo proclamar la próxima sede, que por aquellos fines de la década del treinta tuvieron a Alemania y Brasil entre sus candidatos. La pausa obligada marginó a los europeos del siguiente mundial, pero a Brasil se le sumó un nuevo rival que tampoco tuvo suerte: Argentina. Los albicelestes decidieron no participar de las eliminatorias para el torneo, y algunos equipos que lograron clasificar –como le pasó a Uruguay en 1930– también desistieron de competir. Consecuencia: una nueva edición con trece selecciones, al igual que la desarrollada en nuestra tierra veinte años antes.

    Las delegaciones ya no vendrían en barco, lo harían en avión –salvo excepciones–, lo que motivó a los organizadores, junto a otros “gastos”, a imponer cambiar el formato de disputa de una manera singular, tanto que hasta el día de hoy fue por única vez. De cada uno de los cuatro grupos saldría un clasificado para formar una segunda ronda final donde jugarían todos contra todos a partido único. El que más puntos ganase sería el campeón. Este formato incrementaba el número de juegos, ayudando a solventar los gastos organizativos, aunque también podría pensarse que le brindaría al local un pequeño seguro ante mínimos riesgos, como perder un partido y quedar fuera de la competición.

    El 15 de febrero de 1950, la comisión organizadora tuvo una sesión en París, donde resolvió los siguientes puntos: a) acordar con la Confederación Brasileña de Deportes las dimensiones de los terrenos de juego; b) que todos los postes de los arcos deberían ser cuadrados y en ángulo recto; c) todos los partidos con luz artificial no serían autorizados y d) todos los jugadores deberían estar provistos de zapatos. Ojo, que esto último no es broma: era más que nada para prevenir a los jugadores de India que si decidían participar no podrían hacerlo descalzos como era habitual su práctica. Otra novedad era la participación por primera vez de Inglaterra, a quienes en la disputa del torneo parece haberles quedado claro que el fútbol ya tenía una realidad que no iba acorde a su juego, como cita Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra:“el combinado inglés cayó derrotado ante los Estados Unidos, créase o no, y el gol de la victoria norteamericana no fue obra del general George Washington sino de un centrodelantero haitiano y negro llamado Larry Gaetjens”.

    La “tranquila” Montevideo

    Aquel país que destellaba todavía con el viento de cola de la Segunda Guerra, vivía de renta por el producto de los años de las vacas gordas hasta ver cómo la realidad mundial aceleraba su ritmo de a poco a contrapelo del nuestro “como el Uruguay no hay”. Eso también fue Maracaná. Cómo muchas veces a pesar de las dificultades y de la negligencia propia se obtienen resultados que pueden parecer mágicos, pero no lo son. El seleccionado nacional no tenía definida la dirección técnica, todo se manejó en vaivenes que tenía una lucha sin cuartel entre los llamados “grandes” de nuestro fútbol: cada uno quería imponer su candidato, lo que llevó a una larga disputa que prácticamente se dirimió a menos de dos meses de… comenzar el Mundial. Muchas veces caemos en la inverosímil lógica de creer que porque algo se hizo de determinada manera, repetir ese formato puede llevar al éxito. Sin embargo, estos errores organizativos –que se reiteraron por décadas– no dieron un nuevo Maracaná, lo que con los actuales procesos de selección parecen quedar superados.

    Como apuntábamos, tanto Nacional como Peñarol procuraban incidir en la elección final del conductor del equipo uruguayo; mientras tanto el profesor Romeo Vázquez de manera interina, y con muy bajo perfil, llevó adelante este papel por un buen tiempo: su premio fue acompañar al designado en el cargo, Juan López, quien ya lo había desempeñado en el año de la huelga (1948) ante brasileños por la Copa Rio Branco (ganándola) y ante Argentina, obteniendo la copa Juan Domingo Perón en cancha de Huracán de Parque Patricios. Este hombre, surgido en el barrio Palermo, quiso ser un zaguero aguerrido que no tuvo mayor futuro en Central, el club donde obtuvo sus primeras experiencias en la máxima categoría. Augurando su futuro comenzó por tomar el botiquín con dieciséis años, para después dirigir a La Cumparsita en la Liga Palermo.

    En 1944 dirigió a Central y un par de años más tarde a la Selección de Florida, siendo designado como socio número uno de la Mutual de jugadores por su apoyo constante. Juan tenía una gran virtud: saber escuchar y también asesorarse de la mejor manera. Antes de designar el plantel uruguayo consultaba y mantenía, como tantos otros, la tradición oral de los grandes campeones: el Vasco Cea, José Nasazzi, Andrés Mazzali, Lorenzo Fernández, Héctor Manco Castro, Aníbal Tejada, entre tantos otros. Esta tradición se podría decir que no se repitió a partir de la generación del cincuenta, a quienes los años venideros parecen haberlos olvidado prácticamente. Juan invitaba a sus colegas a un entrenamiento para compartir impresiones, sobre todo si lo visitaba quien consideraba su mayor referente: Alberto Supicci. Todos los nombres expresados en este párrafo merecen el mayor de los respetos.

    No aplicaba multas y confiaba en el compromiso de sus jugadores, a quienes respetaba por sobre todas las cosas, por eso ellos mantenían reciprocidad. Perfil bajo, pocas palabras, no lo hacía permeable ni mucho menos. Posteriormente dirigió a Peñarol y en un momento prescindieron de sus servicios. Al tiempo lo fueron a buscar nuevamente y no aceptó: “a mí me echan una vez”, sentenció. Jamás se creyó dueño de la verdad, y si le hacían una sugerencia sabía tenerla en cuenta, como cuando Ghiggia en el entre tiempo del partido ante Brasil le pidió si se podía acomodar un aspecto técnico y él lo aceptó. No hace falta contar qué pasó después. Esto no demostraba desconocimiento ni mucho menos: era consultado por muchos colegas sudamericanos y europeos que querían saber su opinión a través de informes escritos.

    Para cuidar la Ciudadela

    Si uno analiza el plantel que viajó a Brasil para disputar el Mundial de 1950 puede ver que los responsables de su designación buscaron experiencia en determinados puestos, y sobre todo en el arco, donde no se improvisó: Roque Gastón Máspoli y Aníbal Paz, los guardametas de cada uno de los grandes, que a su vez eran los jugadores más mayores del plantel junto con Obdulio Varela. Aunque algunos no lo recuerden, Máspoli jugó en las divisiones juveniles tricolores, y no es la única coincidencia con Aníbal Paz: ambos jugaron en Liverpool, y también fueron citados por primera vez para vestir la celeste jugando en los mal llamados cuadros chicos, hecho que sumó para que ellos pudieran pasar a jugar en cada uno de los principales rivales de nuestro fútbol. También jugaron alternadamente en los partidos previos al torneo mundial, tratándose de dos grandes ganadores a lo largo de la historia del fútbol uruguayo; finalmente el titular fue Roque Máspoli en tres de los cuatros juegos, ya que contra Suecia lo hizo Aníbal Paz, porque su compañero tenía lesionada una mano. Paz jugó más de quinientos partidos en Nacional, “ágil y atento, Paz fue, creemos, el fundador del grupo de los arqueros que gritan. Cuando la jugada lo requería, daba en voz tan alta que llegaba a las tribunas sus instrucciones a sus backs”1. Roque sabía lo que era pelearla: en Peñarol no venía siendo asiduo titular ya que los últimos entrenadores aurinegros ponían por encima a otro gran arquero, Flavio Pereyra Nattero, quien también estuvo en la consideración previa del magno torneo, junto con Walter Taibo y Luis Radiche. Material sobraba. La carrera de un ser excepcional como Don Roque –como pasó a denominarse con los años– siguió en la dirección técnica con una profusa carrera en títulos tanto en Peñarol (principalmente) como en la selección uruguaya donde, por ejemplo, obtuvo la Copa de Oro de 1980/81 (Mundialito).

    Por entonces, el tema era decidir para cada puesto quiénes eran los mejores entre muchos que –a diferencia de la actualidad– jugaban semana a semana en nuestro fútbol, y en caso de partir al extranjero era probable que se les perdiera un poco la pisada, aunque dejaran una gran estela de recuerdo: fue el caso de José Loncha García, formidable delantero transferido al Bologna de Italia en una cifra considerable con la que su club, Defensor, pudo construir el gimnasio. Así y todo, la AUF intentó tenerlo en sus filas para el Mundial: “una de las mayores satisfacciones de mi carrera es que en 1950 la Asociación Uruguaya de Fútbol le mandó un telegrama al Bologna solicitándole que me autorizara a integrar el seleccionado […] Pero como Bologna había pagado tanta plata por mi pase no me dio el permiso”.2

    Pero volviendo al tema inicial, se buscaba no desproteger el aspecto defensivo a través de un equilibro entre experiencia y nuevos valores. Previo a la nominación de Juan López, se probó varias duplas en la zaga, donde predominaban en la titularidad William Martínez y Héctor Vilches, zagueros de los equipos de la Villa, Rampla y Cerro respectivamente. William, con apenas 22 años, formó parte del plantel pero no jugó en el Mundial, aunque oportunidades no le faltaron inmediatamente después de este torneo, con una profusa carrera con la Celeste en más de cincuenta partidos, siendo también Campeón de América. Él mismo contó que era titular en el Mundial, pero se confió perdiendo la línea física, y Matías Gonzalez, el León de Maracaná, ocupó su lugar. William es de los pocos jugadores que consiguió los máximos logros a nivel sudamericano y mundial tanto con la selección como con clubes, algo que no es nada común. Matías jugó toda su carrera con la albiceleste y se consagró en Maracaná, luego de un camino que no le fue sencillo por participar del plantel del torneo Sudamericano de 1949, donde no fueron jugadores profesionales por la huelga que detallamos al comienzo. José Nasazzi le veía más que condiciones y luchó por él hasta calmar las aguas con la Mutual, junto a su presidente, Enrique Castro.

    No fue el único gesto de la Mutual para con el combinado, previo a la disputa del Mundial. Enrique Castro recibió del presidente de la División Mayor de Fútbol Colombiano, Humberto Salcedo, una carta “en la que solicitaba el envío de 12 jugadores perfectamente determinados para ingresar al fútbol colombiano, como un equipo uruguayo en los certámenes que aquella liga realiza”. Agregó el Sr. Enrique Castro que ni personalmente, “ni como presidente de la Mutual, estaba dispuesto a hacer de intermediario para tales fines, que contrarían el anhelo de la Entidad, que es que Uruguay cuente con sus mejores jugadores, para la obtención por cuarta vez del Campeonato Mundial de Fútbol a realizarse en Brasil”.3 El hecho fue en agosto de 1949, y se hizo constar en actas de la Mutual. La diferencia económica era abismal entre lo que percibía un jugador en Uruguay y en Colombia, como lo puede ser ahora. Muchos se fueron y otros no pudieron o no quisieron, prevaleciendo otros valores diferentes al dinero.

    Eusebio Ramón Tejera –el otro back titular– fue tentado para ir, y después de muchas idas y vueltas (había estado por irse a Colombia, como tantos) se quedó para rendir en Nacional y la Selección, aunque su forma física no era la mejor previo al Mundial. Sin embargo, el profesor Romeo Vázquez, cuando Juan López todavía no era el técnico, lo ayudó a recuperarse junto a sus compañeros y lograr estar lo mejor posible para la cita, cosa que pudo concretar, ya que jugó los cuatro partidos. Finalmente fue a Colombia en 1951. Su suplente fue Héctor Tito Vilches, de quien hay un enorme cuadro en la sede de Cerro. Sin embargo, sus orígenes se remontan a los auriverdes del Cerrito, con un particular récord: fue el primer jugador que la joven institución (Cerrito es de 1929) transfería a un equipo de primera división. Curiosamente este hecho traería la incorporación de otro joven valor de este barrio para los albicelestes, quien jugó el partido decisivo en Maracaná con menos de veinte primaveras: Ruben Morán (ver Túnel, julio 2018, El héroe silencioso). Y si se quiere, este precioso barrio donde la Iglesia hace de faro y referencia, tuvo tres representantes al menos en el Mundial de 1950: ellos dos y el árbitro Esteban Marino, que curiosamente participa en la fundación de los dos clubes de la zona, Cerrito y Rentistas. El barrio estaba bien representado.

    Muchas veces comentamos que fulano “estuvo en el plantel, pero no jugó”, y se busca menospreciar el valor de las personas cuando en realidad los méritos y fracasos –como en cualquier orden de la vida– lo generan los grupos humanos y quienes desde el túnel o el costado alientan y vigorizan a los compañeros cuando las piernas no responden. Otros lamentablemente no pudieron estar, como lo señalamos en estas líneas, y si hablamos de defensas no podemos olvidar a Ruben Vanoli, zaguero izquierdo de River Plate, que tuvo la “mala pata” de lesionarse en la Copa Rio Branco con Uruguay. Picún, como se lo conocía, con su clásico bigote, era afable y componedor. En uno de los viajes con la selección, un compañero no quería compartir habitación con Matías González por la cuestión de la huelga: la solución la trajo él, cambiando de lugar para traer la paz. En 1950, River pagó caro la gira que había hecho por Colombia, ya que muchos jugadores se fueron a comienzos del año para la catalogada “liga pirata” de aquel país, representada por Salcedo y ayudada por algunos compatriotas que no vale la pena recordar. Sin embargo, Ruben Vanoli no quiso ir por convicción y por la palabra dada: a los darseneros se les fueron cuatro jugadores a una liga no afiliada a FIFA, por lo que el club no recibió compensación alguna. Va en el recuerdo de Ruben Vanoli el mismo homenaje para José Riobó (Defensor), Walter Holdoway (Liverpool) y Felipe Carrizo (Rampla), zagueros que también formaron parte en algún momento, como también José Santamaría, recién surgido pero que incluso pudo formar parte de la delegación: “tuve chance de integrar la delegación hasta la última práctica en donde, por una decisión mía, quedé afuera. Llegué al Estadio para el entrenamiento y faltaba por ser designado el suplente del centrojás. Para ese puesto estaba Ortuño y yo, pero como a mí me habían comenzado a poner de zaguero derecho en Nacional, dije que yo de centromedio no aceptaba jugar. Y entonces fue Ortuño y me quedé sin ser Campeón del Mundo. El jueves fue la práctica y el viernes salió el equipo rumbo a Brasil”.4 Igualmente, el destino de José quedó ligado a la gran historia del fútbol, sobre todo en el Real Madrid, pero con el corazón siempre puesto en nuestro país y en su Nacional.

    La innovación uruguaya

    “Juan López, entrenador del equipo nacional de Uruguay, en declaraciones que tenemos ante nosotros, aclara la forma de situar sus jugadores en el campo: los números 4 y 6, Gambetta y Rodríguez Andrade, marcan a los extremos; el 2, Matías González, es ‘defensa derecho’ y trabaja sobre el centrodelantero; y los números 5 y 3, Obdulio Varela y Tejera, mediocentro y defensa izquierdo, vigilan el interior izquierda y derecha, respectivamente. ¿Qué es esto más que el punto de arranque y fundamento de la M defensiva? ¿No están los tres defensas y dos medio volantes?”5, escribe Pedro Escartin, jugador, árbitro y periodista español que destacaba el ensayo del sistema táctico llamado W-M (3-2-2-3), atribuido a Hebert Chapman, entrenador inglés del Arsenal, basado en una modificación reglamentaria en la ley del offside de fines de los años veinte en el siglo pasado.

    Con Obdulio de eje medio, Uruguay ya tenía prácticamente lo que hoy conocemos como laterales volantes con Schubert Gambetta y Víctor Rodríguez Andrade. El Mono es una de las grandes leyendas de nuestro fútbol, dueño de un carácter que trascendía lo futbolístico: “una tarde allá por el 37 caí en el Parque Central donde practicaba el equipo superior. Y veo en la reserva a un muchacho en el que teníamos muchas esperanzas, Gambetta. Andaba a las patadas con los del equipo superior y paré la práctica. Mono, le grité, me vas a dejar sin cuadro a las patadas. ¡Cuando se arrimó vi que estaba descalzo!”,6 contó alguna vez nada menos que el Dr. Atilio Narancio. El propio jugador contó que jugar con esa vehemencia le costó caro, “apuntá que te vas a olvidar. Fracturas en los dos brazos, operación de los maxilares, fracturas de los tobillos, cirugía plástica en el pómulo derecho por hundimiento”. Quien no sabe de este extraordinario jugador puede pensar que solo sabía pegar patadas, y no es así: poseía una técnica mayor a la que muchos creían, ayudada por su potencia física que lo hacía imparable jugando en muchos puestos de la cancha.

    En el otro sector jugó Víctor Rodríguez Andrade, familiar de Leandro Andrade, La Maravilla Negra del 24, 28 y 30; la leyenda continúa. Juan López significaba mucho para él (“a Central le debo todo, todo. Le debo la vida. Y Juan López para mí fue un padre, un padre, sí ponelo bien grande. Fue mi padre”).7Le pidió si podía jugar sobre el andarivel izquierdo, lo cual cumplió notablemente, pero con la bronca que el gol de Brasil vino por su lado, aunque perjura que fue offside. “Cuando Friazza picó el línea levantó la bandera. Y en ese segundo que perdí, levantando la mano y esperando el pitazo, el brasileño se me fue los metros suficientes como para llegar de cara a Máspoli. Pero te lo juro, fue offside. Y te lo juro también, el línea levantó la bandera”.7 En el Mundial siguiente (en Suiza) juega sobre la derecha, una copa que de no ser por algunos detalles que ahora no vienen al caso, podría estar en nuestro país. El partido del siglo de la ciudad de Lausana donde los celestes perdieron el invicto histórico en Mundiales ante Hungría, dejó huellas en los rivales, como por ejemplo Puskas: “Buen equipo el uruguayo. Tenía el mejor marcador de punta que vi en mi vida: el negrito Rodríguez Andrade. Justo que convertimos el tercer gol, él se estaba reponiendo de un choque con Czibor. Estaba fuera del campo. Eso es suerte ¿no?”.7

    Después vino la hora de dirigir en Central y Liverpool, aunque la tarea no era de su mayor agrado. Es el mismo Víctor que en la madrugada del 27 de junio de 1973 le tocó recibir en su empleo, en el Palacio Legislativo, a los militares que dieron el golpe de Estado, en ese empleo que le facilitó luego de cuatro años Risso Sienra, con quien se veían en un club de bochas. Víctor –como su tío Leandro– era candombe en estado puro, al igual que Juan Burgueño, el moreno jugador de Danubio que estaba pronto si el Pepe Schiaffino andaba flojo, cosa que no sucedió. Cumba tiene una anécdota previa al encuentro con los españoles, cuando los periodistas ibéricos se hicieron presentes en la práctica oriental, dialogando con un compatriota: “no quiero ni pensar qué ocurrirá con ese moreno endiablado frente a nosotros. Rompe todos los esquemas y es imposible marcarlo”, a lo que le respondieron “¡pero hermano! ¡si ese moreno es el suplente! Con el que van a tener que preocuparse es con Schiaffino, que es el titular”. El periodista con la mandíbula en el piso responde “¡Dios me asista! Si ese negro es el suplente, cómo será entonces el titular”.8

    Juan ya contaba con la amistad de Míguez y Ghiggia cuando se iniciaron en Sud América, y su rendimiento con la naranja fue lo que le habilitó jugar en la selección, en 1946 por la Copa Rio Branco. A la vuelta de este viaje por Brasil fue transferido a los bohemios de Atlanta, en Buenos Aires, donde viajó con Alcides, que lo hacía como prueba. En un amistoso formaron esta delantera, anote y preste atención: Ghiggia (que era desconocido), Pedernera, De Sagastizábal, Burgueño y Rossi. Para su suerte en el plantel mundialista contaba también con Carlos Chueco Romero, compañeros en Danubio con quien se entendía de memoria, como lo cuenta el propio Cumba: “¡Qué jugador, y qué persona! El Chueco fue un artífice dentro de la cancha, uno de esos delanteros para el asombro, capaz de driblear en una baldosa, pero fuera de aquellas, el amigo íntegro, a carta cabal, tanto con compañeros como rivales”. Romero, quien ostenta el récord de ser el jugador que más veces visitó la camiseta de Danubio, falleció a la temprana edad de 44 años.

    Juan Carlos González comenzó como titular en el lateral derecho los dos primeros partidos, llegó a este Mundial de la mano de la “Máquina del 49” en Peñarol. La contracara fue José Cajiga, que por una lesión se perdió la cita en un partido ríspido con Chile en Santiago; el Ñato jugaba con suceso en Nacional, equipo campeón ese año, nada menos. Zurdo, de rendimiento parejo, comenzó jugando en Rampla Juniors, con vasta experiencia en la selección desde 1945. ¡Cuántos jugadores de los cuadros en desarrollo eran citados a la selección! Sin video, ni cámaras, simplemente se los iba a ver jugar. Washington Ortuño ocupó ese lugar en el plantel pero no jugó, otro lateral de muy buenas condiciones que tuvo una fatalidad al cierre de 1951 cuando se quebró y ya nada fue igual. “Llamaban la atención los nuevos jugadores, como Washington Ortuño, un junco por largo y por flexible en cuyos pies la pelota –a veces del color anaranjado que solía usarse– era un pequeño juguete: Embalaba Ramón Castro en busca de Ortuño, que le daba la espalda sobre la raya del out con la pelota en los pies. Lo vio venir el grone, la pisó, se hamacó y un poco como por arte de magia salió al revés y al tranco con la pelota, mientras el puntero seguía de largo. Surgió el grito imponente, disparatado, ¡Ortuño, sos el hombre más lindo del mundo!”.9

    Y en el medio de todo esto… el eje medio, el emblema que se transformó en leyenda, tanto para los vencedores como para los vencidos. Con la pelota bajo el brazo protestando offside en el gol de Brasil, trancando fuerte y con la voz de mando para mirar a cada uno a los ojos y gritar “¡vamos que a estos japoneses les ganamos!”. Hablar de Obdulio (surgido en Wanderers) es recordar el momento cúlmine de la Copa del Mundo, cuando Jules Rimet –en medio de la multitud– se encontró con la figura del capitán uruguayo y no supo qué decir, mientras en pocos segundos le daba la copa y arrugaba los papeles de un discurso que guardó como pudo en el bolsillo del saco, mientras descendía del palco en Maracaná bullanguero, y en pocos minutos encontrar un silencio incómodo hasta para los propios uruguayos. Era la angustia brasileña. Pero, si no jugaba Obdulio Varela ese partido –cosa que por suerte no sucedió, como sí ocurrió cuatro años después en Suiza ante Hungría en esa fatídica semifinal–, ¿quien ocupaba su lugar? El fraybentino Rodolfo Pini, eje medio de Nacional ganador del Quinquenio junto a Aníbal Paz y Schubert Gambetta, de gran técnica y desplazamiento. Su hermano Raúl pudo ser parte del plantel, pero al irse a jugar a Millonarios de Colombia tuvo que vivir la consagración en pleno campo de juego con su novel equipo, aquel 16 de julio. Después del retiro continuó como entrenador, dirigiendo a su hijo en Fénix a mediados de los sesenta.

    La pieza que faltaba

    Como un puzle aquella delantera precisaba sus engranajes para que la máquina funcionara perfecta. Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal, emulando la delantera de Peñarol en 1949 que tuviera notable suceso bajo la tutela (y creación) de Emérico Hirsch, controversial entrenador por aquellos años en el Río de la Plata. Ernesto Vidal, nacido en Trieste, Italia, llegó a los aurinegros proveniente de Rosario Central como un prometedor puntero, logrando la ciudadanía oriental con la que pudo jugar el Mundial de 1950, salvo el último partido. Sin embargo, otra de las piezas era Juan Eduardo Hohberg, un cordobés que le daba con un fierro a la pelota pero que no pudo jugar en el torneo: no tenía los “requisitos” para sacar el documento correspondiente, y por más que la AUF lo intentó la FIFA lo vetó. Faltaba una pieza, ¿y ahora? Walter Gómez había sido suspendido por agredir a un árbitro y Antonio Liberti (presidente de River Plate argentino) se lo llevó. Un botija de River que había pasado a Nacional (pero que no había debutado oficialmente con los tricolores) se convirtió luego de un duro trajinar en el encastre perfecto: Julio Pata Loca Pérez, surgido en Racing por su cercanía con Sayago, y de segundo nombre Gervasio por haber nacido el 19 de junio. Entró en el segundo tiempo de un amistoso en el que el combinado no daba pie en bola, se juntó con el Cotorra Míguez para meter diagonales y de ahí en más fueron inseparables. Él y Juan Alberto Schiaffino, el Mago en la jerga del fútbol, eran los encargados de llevar la globa para el juego de ataque, donde se desplegaban los tres artilleros.

    Juan Alberto Schiaffino fue considerado por muchos el mejor jugador del mundo en su época, al punto de ser transferido al Milan de Italia con 29 años y jugar tranquilo durante ocho años, llegando incluso a vestir la nazionale italiana. Su padre provenía de aquella tierra, por lo que fue apodado Pepe, aunque de la manera más casual, “era tan movedizo que una amiga de mi madre dijo “questo bambino e’ pepe”. Pepe es pimienta en italiano”.10 Al comenzar el segundo tiempo del partido con Brasil, Uruguay recibía un gol y el estadio Maracaná comenzaba a sambar, se sabía que la alegría era solo brasileña. Contra lo que muchos creen, aquellos convidados de piedra habían tenido chances más claras de abrir el tanteador que el hasta entonces gigante local, cuando Míguez reventó una pelota en el palo, o cuando Morán shoteó por arriba del travesaño con el arquero rival ya vencido.

    Uruguay lejos de amedrentarse fue en busca del empate y lo logró: “Bigode despejó fuerte al mediocampo. Recuperó Gambetta, quien entregó a Pérez y este cedió a Varela. El capitán habilitó a Ghiggia, quien superó a Bigode, picó por la punta derecha y metió el pase hacia atrás al área. Schiaffino acompañaba la jugada y remató de primera. La pelota entró alta, a la izquierda de Barbosa, quien se arrojó estirando su brazo sin alcanzar. El gol fue recibido por un profundo silencio en las tribunas, pese a que aún con el empate Brasil era campeón”.11 No fue un centro a la olla, fue una jugada concebida con claridad, y no todos son capaces de anotar como lo hizo Schiaffino, aunque él mismo reconoce que no salió como esperaba: “tenía que tirar, como venía, con la pierna derecha. Entonces trato de calzarla para colocarla en el otro palo, a la derecha de Barbosa. Pero la pelota sale a la izquierda, de abajo a arriba, fuerte, y entra a la izquierda del golero. Le pegué si se quiere ‘mal’ y salió bien. Tuve suerte. ¿Por qué no voy a decirlo?”.10

    Si algo le sobraba al fútbol uruguayo por aquellos años eran punteros, fíjense que en el plantel campeón, aparte de Ghiggia y Vidal, viajan el ya mencionado Ruben Morán y Julio César Britos, pero hubo otros que perfectamente pudieron estar nominados en esta lista, como por ejemplo Juan Ramón Orlandi, de Nacional, que se lesionó a menos de un mes y había sido partícipe de los partidos previos. Puntero izquierdo de jerarquía y goleador, surgió en Bella Vista a muy temprana edad, sufriendo una fractura que le quitó sensibilidad para disparar con la pelota quieta o los córners. “En ese momento decide aprender por su cuenta, y empieza a observar a jugadores como Luis Ernesto Castro que más que pegarle a la pelota, la acariciaba. Con una pelota de goma en el corredor de su casa, insistentemente comienza a practicar todo el día hasta que finalmente adquiere toda la precisión que terminaría por determinar una manera de jugar”.12

    De la vereda de enfrente, ya nombramos a los titulares de aquella delantera de lujo, que tenía como reserva nada menos que a Julio César Britos y Hugo Villamide; el primero formó parte del plantel campeón del mundo, con un mayor grado de experiencia que incluso lo llevó a jugar en el Real Madrid, mientras el otro era un prominente valor de menos de veinte años, que al igual que Juan Ramón Orlandi jugó varios partidos previos a la Copa del Mundo, pero quedó afuera de la lista final y también tuvo la chance de jugar en España (Español de Barcelona y Mallorca). Britos y Villamide comparten algo más: cruzaron la vereda para estar en el plantel de Nacional cuando los convocó Ondino Viera en 1955. Ambos también fueron titulares en varios partidos previos al Mundial, pero como reconoce el propio Julio, con mayor experiencia, “el destino tiene esas cosas, y nadie puede contradecirlo. Partí como titular, pero al final terminé de suplente, y no me quejo, por supuesto, ya que el Negro Ghiggia se destapó de manera asombrosa, fuera de serie en verdad. Pienso que él y Julio Pérez fueron los artífices del triunfo en la épica final de Maracaná. No había manera de pararlos, y al final los brasileños perdieron el rumbo”.13

    Como centro delantero no cabía duda de que Óscar Omar Míguez, el Cotorra, tenía el número puesto en la delantera, para organizar su juego con sus amigos, Julio Pérez y Alcides Edgardo Ghiggia. Los tres tenían entre 22 y 24 años, siendo prácticamente “desconocidos” para el mundo futbolístico. Si bien Óscar era de fierro, el que siempre estuvo pronto fue Luis Alberto Rijo, delantero de Central que también fue campeón con la selección de Durazno. Su nombre quedó asociado a la mejor historia del equipo de Palermo, que lo homenajeó en su sello, cuando la institución cumplió su centenario, junto a los otros palermitanos campeones del mundo que ya nombramos, Víctor Rodríguez Andrade y Juan López.

    Los verdaderos leones

    Si bien Uruguay estaba invicto en mundiales, con la triple corona en su defensa (1924 y 1928 como campeón mundial a través de los Juegos Olímpicos, y 1930 con la primera Copa del Mundo), no participó como “invitado”, como muchos pueden creer. Se iba a disputar un torneo eliminatorio sudamericano que finalmente quedó en la nada producto de la desorganización de la época. Como los países rivales fueron desertando de sus compromisos, Uruguay llegó a la cita y quedó establecido como cabeza de serie, en el grupo 4 junto a Bolivia, Portugal y Francia. Los europeos terminaron por no presentarse, lo que dejó la plaza al ganador de un partido que se disputó en un pequeño estadio con un hermoso paisaje de montañas como fondo, y al que los socios del club local podían ingresar sin pagar, algo inverosímil para estos tiempos, pero tan real como el juego mismo en estado puro. La goleada por 8-0 puso a los celestes en el cuadrangular final ya mencionado, algo inédito en la historia de la Copa del Mundo. Otro hecho increíble fue que el sorteo de los partidos finales se realizó sabiendo los clasificados y buscando la mejor conveniencia para el local, que disputaría los tres partidos en Rio de Janeiro, a diferencia de sus rivales.

    El primer partido era ante la difícil España que había ganado todos sus encuentros recibiendo apenas un gol; si bien comenzó favorable a Uruguay con el gol de Ghiggia (que anotó en todos los partidos), el mejor juego español cerró la primera etapa con ventaja para los europeos por dos a uno. Costó mucho encontrar la igualdad, cerca del final y ante un desprolijo juego oriental, que encontró el aire necesario en el zapatazo de Obdulio Varela que se coló ante la estirada del gran arquero Ramallet. Igual no había consuelo para el capitán, que ante la goleada de Brasil a Suecia (7-1) pensaba que el torneo podía escabullirse. Si bien era el turno de jugar contra los nórdicos que venían desahuciados por el bullicio de Maracaná, la parada para los nuestros era muy complicada: un nuevo traspié sería sentenciar las chances, con los ojos de los locales pendientes para comenzar a festejar. Al mismo tiempo que Uruguay con esfuerzo vencía a Suecia 3-2 (cerca del final dos goles de Míguez), llovían goles en Río: ahora fue 6-1 el score de Brasil ante España, donde la visita miraba el imponente marco de un estadio donde pagaron su entrada más de ciento cincuenta mil personas, y muchos ingresaron sin pagar.

    El carnaval ya estaba organizado, ritmo, color y samba, para una fiesta que a comienzos de la tarde servía de matinée para la gran fiesta que tenía organizada el pueblo brasileño, inocente en creer lo que los resultados y los medios de comunicación propagaban a toda voz, ignorando cuál era el verdadero valor del equipo uruguayo. La historia nos dice que así como ahora hay millones de crónicas de lo que finalmente sucedió en ese último partido (que quedó como una final, pero no lo era), también consta que Brasil la quiso escribir antes de que sucediera, ya que, por ejemplo, la prensa tenía encuadrados los títulos de “Brasil Campeón”. Están los hechos de lo que sucedió antes, que algunos durmieron la siesta, que Uruguay ingresó con el local para evitar la silbatina, el canto de los orientales en el túnel y la modestia celeste ante el triunfo.

    “A causa del silencio, los jugadores quedaron traumatizados: se sentían responsables. Oí a una actriz de teatro decir que cuando la platea no reacciona como lo previsto, eso transmite un mal fluido al escenario y el actor queda inseguro, no consigue acompañar el texto, con miedo de no corresponder a la exigencia del público. Bien, nuestro equipo quedó paralizado dentro del campo. No fue el segundo gol que nos derrotó, fue el primero”,14 comentó el entrenador de Brasil, Flavio Costa. El equipo que por entonces vestía de blanco (y a partir de este torneo cambiaría su camiseta por la verdeamarelha), no supo hacer lo que sí su oponente cuando se vio en jaque, ante el golpe rival de abrir el marcador. Obdulio movió las piezas, calmando el ambiente y volviéndolo propicio para jugar, factor netamente sicológico producto de su carácter y experiencia. Esa platea, ese murmullo, hizo caer la holografía creada y que unos pocos ya lo sabían: Brasil no era el desmesurado rival imbatible si estaba frente a Uruguay, como se había visto en la Copa Rio Branco jugada previo al torneo. Hasta que la estantería terminó de caerse.

    “Defiende Tejera. Vuelve para Danilo. Danilo perdió con Julio Pérez, que entregó inmediatamente en dirección de Míguez. Míguez devolvió a Julio Pérez que está luchando con Jair, todavía dentro del campo uruguayo. Dio para Ghiggia. Ghiggia de vuelta a Julio Pérez que da en profundidad al puntero derecho. ¡Corre Ghiggia! ¡Corre Ghiggia! ¡Se aproxima al arco de Brasil y tira!... ¡Gol! ¡Gol de Uruguay! ¡Ghiggia! Segundo gol de Uruguay. Dos a uno, gana Uruguay”.15 El pequeño puntero que no alcanzaba más que un puñado de partidos en primera división, en aquel momento todavía no caía en la cuenta de la proeza alcanzada en aquel remate, que a los tumbos y a los saltos metió la de cuero en el fondo de las piolas, condenando de por vida a Barbosa, el arquero rival, a vivir un estigma totalmente injusto para un hombre: ser el chivo expiatorio para justificar en este caso una derrota. “En Brasil la pena mayor es de 30 años de cárcel. Hace 30 años que yo pago por un crimen que no cometí”. Alcides jugó dos años en la selección, curiosamente, en 1952 fue transferido a la Roma, luego de agredir a un juez en un clásico. Nueve años fueron en la capital italiana, para luego pasar al Milan, e incluso vestir al igual que Schiaffino la camiseta de la selección azzurra. Volvió para cerrar su carrera en Danubio.

    Todos los uruguayos que vivieron ese 16 de julio recuerdan cómo se enteraron o cómo vivieron aquel suceso. A la misma hora que Uruguay se proclamaba campeón, Walter Gómez, al igual que Raúl Pini, lo vivieron a la distancia, “cuando lo de Maracaná viví una de las emociones más grandes de mi vida. Yo estaba jugando con River en el Monumental de Núñez, pero mi mente estaba puesta en lo que ocurría en Brasil. Pasaban los minutos y yo trataba de concentrarme en el partido, aunque no podía… Cuando se pusieron 2-1 me dieron ganas de salir de la cancha y correr como loco. Además, la multitud gritó aquellos dos goles uruguayos. Todavía no había terminado el partido, cuando por los altoparlantes se dio la información: ¡Uruguay campeón del mundo! Todo el mundo se paró y la ovación fue estruendosa. Todos los futbolistas, compañeros y contrarios, vinieron a abrazarme y felicitarme. Fue algo inenarrable. Confieso que no pude contener las lágrimas y lloré. Yo viví aquella final como si la hubiese jugado y esto no es una exageración”.16

    A 2.500 km de distancia, se encontraba un diminuto Jules Rimet, “automáticamente, no hubo ya ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso ante el micrófono, ni entrega solemne del trofeo. Me hallé solo en medio de la multitud, empujado por todos costados, con la Copa en mis brazos, sin saber qué hacer. Terminé por descubrir al capitán uruguayo, y le entregué, casi a escondidas, la Copa, estrechándole la mano, sin poderle decir una sola palabra”.17

     

    Estrellas Deportivas, fascículo nº 50.

    La otra cara de la gloria, libro de la Mutual, pág. 179.

    100 Años de Fútbol, fascículo nº 18.

    1 a 1 Enciclopedia de fútbol uruguayo. Tomo 1.

    Estrellas Deportivas, fascículo nº 29.

    Estrellas D

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  • Cultura de barrio, por Agustín Lucas

    La calle Centauro está en pleno barrio Punta de Rieles. Termina, incluso, algunas casas más allá del hogar de los Pereira Barragán. Abro el portón con confianza de vestuario y nadie parece sorprenderse.

    Palito Pereira, “el uruguayo más feliz”

     

    La calle Centauro está en pleno barrio Punta de Rieles. Termina, incluso, algunas casas más allá del hogar de los Pereira Barragán. Abro el portón con confianza de vestuario y nadie parece sorprenderse. Verónica me reconoce, me saluda y enseguida le avisa a su hermano Palito que llegamos. El lateral izquierdo de la Selección Uruguaya atraviesa espectralmente la cortina de tiritas plásticas e irrumpe en el patio. Nos damos un fuerte abrazo y casi como en un ritual intercambiamos camisetas. Recibe la de Miramar y se la pone sin que medie la razón. El cuerpo la reconoce, las mil rayas negras vibran sobre las blancas y todos los niños que fuimos corren por ellas tras un sueño que no es más que eso, un sueño.

     

     

    “No me despierten del sueño que estoy soñando” me dijo un día, y en esa nebulosa de la querella volvemos a encontrarnos, con la realidad una vez más superando a la ficción, pasándonos la ficción por la raya al medio de la memoria.

    Es el cumpleaños de uno de sus sobrinos. Los niños corretean desde el living al patio, desde el patio al fondo y otra vez por el living. En el posabrazos que nos separa descansan las camisetas cansadas de lidiar con ilusiones. Uno se alimenta de lo que se cansa. El cansancio es símbolo de que hubo vida, lo mismo que el orden de los dormitorios o de la casa. El fútbol es una casa desordenada donde juegan niños y deambulan grandes. “Nosotros vivimos encapsulados acá. Cuando me fui a Argentina rompí esa cápsula. Rompí ese cascarón y me encontré con el mundo. Agarraba el bondi e iba de acá para allá. Amigos por acá, amigos por allá. Pateando, recorriendo desde calle Corrientes hasta Quilmes, iba y venía, tenía mis pesos en el bolsillo. Acá en el barrio a veces pasa eso bien de pueblo, de cápsula, de ver qué tiene el otro, qué no tiene, qué hace uno o qué no hace el otro. Mi padre se dio cuenta de que yo seguía siendo el mismo cuando fue a Porto. Vio la casa en que vivíamos, pero también vio que yo andaba así de chinelas, de short, así nomás como ando ahora. Yo también aprendí a conocer a mi padre sacándolo del barrio, llevándolo por el mundo conmigo. A mí me cambió la cabeza así”.

    “El pájaro rompe el cascarón, el cascarón es el mundo. Para nacer hay que romper un mundo”, ese pasaje de Demian, de Herman Hesse, se aparece entre las jugadas de mi mente. “Ya sé cómo es mi familia, cómo es mi barrio y cómo es mi vida, y con eso tengo que ver qué hago”. Mamá Ana está en la cocina con Danilo –flor de lateral derecho– que presenta su torta de repostería y frutillas, besa a su hija y se sienta un rato con nosotros. Somos tres hombres grandes hablando como botijas, recordando a los viejos amigos, las anécdotas de siempre que se transforman con el tiempo, se vuelven fábulas de nuestra personalidad, son como capítulos de nuestra historia. Ana dice que sólo la vengo a ver cuando viene Palito. Ella es como las madres épicas del baby fútbol, todos por un rato somos sus hijos, y el barrio y el cuadro son un romance tácito con la vida. Todo lo casero va a parar a la mesa del patio que da a la calle Centauro. Una malla sombra nos separa de la vereda y nos cubre del sol. Una mesa de madera con caballetes y unas cuantas sillas invitan a varias conversaciones que son un solo murmullo. El cumpleaños sigue su rumbo de calesita acelerada. Los niños juegan un partido que nunca se sabe cómo termina ni cuándo. Los vecinos entran y salen, el beso a Palito vale un ciento. La foto otro tanto más. El “moreno de ahí abajo” es ahora la cara de la selección. La imagen de la gloria. La sonrisa nuestra de cada tanto, la particular mueca del fútbol uruguayo, como si el futbolista uruguayo o el uruguayo en sí que siempre tiene algo que decir sobre fútbol fuera una raza distinguida por sus rasgos. Rasgos de negro. No existe selección uruguaya sin rasgos de negro. No existe el deporte sin rasgos de negro. No existe la historia del mundo. El hombre blanco oprime, el negro reprime, a veces al revés. Hay una raza que discrimina que involucra todas las pieles. Desde Martin Luther King a Leandro Andrade, desde el Negro Rada a Palito Pereira, de Mandela a BB King. La contradicción quirúrgica de Michael Jackson no es más que la explicación masiva de quiénes somos y cómo somos.

    Mateo tiene las mismas cejas que Álvaro (“Yo soy Palito, Álvaro me decían en la escuela”). Un par de cejas que disponen la cara a la ternura. Tiene todo el barrio de su padre arriba. Es un gurí de campito bien educado y bien morfado, un botija de mundo que habla idiomas, pero que entiende (acá tampoco media la razón) que una pelota salva una tarde y que una tarde es la vida, porque el futuro son ellos mismos, él y su hermano Lucio que reposa sin berrinches en brazos de Cintia, la platense que acompaña los sueños altos y los sueños diarios.

    “Cuando estaba viniendo en Buquebús, engancho el auto en la bodega y me preguntan si voy a Peñarol. Yo respondí que no, que venía a Uruguay de vacaciones, que estaba bien en Estudiantes. Ellos respondieron contentos, ya que eran todos bolsos. Hasta ahí todo bien, yo ando así nomás, pero a veces hay gente con envidia, como unos que estaban en la vuelta, tocaron de oído y dijeron: ‘Se queda en Estudiantes para seguir agrandando la hipoteca’. ¿Lo qué?, pregunté yo. ‘Para seguir engordando la cuenta’. ¿Y vos qué sabés? ‘Y bueno, ustedes ganan bien’. ¿Y vos qué sabés cuánto gano y además qué te importa? Ahí se terminó la conversación”.

    Luego de un rato entre parientes, vecinos y niños, caminamos hasta el fondo para prender la grabadora. Atrás de la casa de los Pereira Barragán construye Danilo, el repostero de los centros envenenados, y más atrás Verónica, quien además de recibirnos es la mamá del cumpleañero, y cuando un niño cumple años, su mamá de alguna manera también los cumple. Palito entra a uno de los espacios en plena construcción y saca dos cajones de refrescos que van a hacer de asientos. La sombra de la medianera nos resguarda del sol de diciembre y el perro ladra como en una canción del Sabalero. El peinado europeo se desarma con el viento del barrio, los pastos están crecidos porque la obra está demorada, las hormigas hacen lo suyo y los pájaros ni que hablar, cantan la tarde. “Yo fui al Inter y estuve casi dos años hasta que pensé ¿para qué quiero más plata? Si mis hijos pasan encerrados, no ven el sol. Están tapados de nieve, juegan en un espacio de cuatro por cuatro. Nos fuimos para Brasil y nos gozamos. Y ahora en Argentina estamos en nuestra casa, los nenes van a la escuela, tienen sus amigos. La mayoría de la familia de Cintia es de Estudiantes y si no eran se hicieron hinchas ahora”.

    No hay preguntas establecidas, no quiero saber nada que no quiera contarme. No tengo más estrategias que la de seguir el curso del domingo. Palito habla sin saber que la grabadora está encendida, sabe de todas formas que hay cosas que no salen del vestuario. Suena la cumbia en el barrio. Los niños dejaron la pelota a un lado pero no pierden chance de patearla. El perro les ladra cuando pasan corriendo porque los picaron a las escondidas. “Cuando entré contra Chile la hinchada gritaba y gritaba. Yo pensé que era por Lodeiro pero alguien me avivó que era conmigo. ‘¡Tabárezponé a Palito!’ se sentía. Encima entro y hago el gol. Imaginate. Yo intento mantenerme sereno, hay que estar preparado para todo porque del amor al odio sólo hay un paso. Hay que preparase para todos los escenarios. Pero a mí la selección me vuelve loco. Puedo estar en el Real Madrid pero con la selección no se compara”.

    Una latita herrumbrada es el objetivo. Las piedras en la mano son el instrumento. La consigna es meterla, sentir el ruido de la lata repicada. Desde que nos sentamos en los cajones somos nosotros los que jugamos, mientras los niños continúan su peregrinaje lúdico de parlamentos fantásticos. Tiro yo, una, dos, tres piedras. Pasan cerca. Tira Palito, una, dos, tres piedras. La última roza el filo de la lata y desprendemos un “¡Uh!” casi al unísono. “Mi sueño era jugar un Mundial y terminé jugando dos, además Copa América, Copa Confederaciones, todo. Llevo 76 partidos, hace siete años que estoy convocado. Cintia dice que parece que fuera ayer que me llamaron por primera vez y atendió ella, era Celso Otero. Ella se pensó que eran de una radio o algo así. Teníamos un Nokia 1100. Estábamos en Rumania, yo había jugado y estábamos concentrados porque jugábamos de vuelta por Champions. Estaba en la habitación con Emmanuel Culio. Él se durmió como a las cuatro de la mañana y yo no me podía dormir. Faltaba como un mes para ir a la selección y yo no podía dormir. Estaba como loco. Fue para un amistoso contra Francia, me acuerdo que llegué tarde por los vuelos y el Maestro me preguntó si podía cambiarme en el ómnibus. ‘Obvio’ le dije, como si nunca lo hubiera hecho. En ese partido me salieron todas”.

    Uno no siempre tiene al autor de los libros que lee sentado en un cajón de cerveza dispuesto a conversar. Tampoco pasa seguido con las bandas que uno escucha. Podemos dilucidar cosas, elucubrar explicaciones y eternizar mitos en cuanto a lo que dicen los párrafos o los versos, pero generalmente nunca tenemos de primera mano la verdad de la milanesa. En este caso yo tenía enfrente al jugador que pido cada vez que juega la celeste, que es casi el mismo jugador que dejó surcos en los costados zurdos de las canchas picadas de las juveniles de Miramar, mientras yo me debatía en el fondo con nueves ásperos de ilusiones intensas. En una de las ramas no aceptadas del arte, yo iba a tener mis respuestas, porque aparte de ser mi entrevistado, también es mi amigo: “Yo venía diciendo que en San Pablo íbamos a ser locales. La única pena fue que jugamos en cancha de Corinthians. Fue la vuelta de Luis, además, y yo tampoco había jugado mucho. Unos hinchas me gritaron en un momento y yo para saludarlos, para que vean que los había visto, les hice el gesto de la Torcida Independiente [una cruz con los antebrazos] y justo me agarraron en una foto y ahí la hinchada se volvió loca. Fue un partido intenso. Con la selección es así, no hay amistosos, no importa nada. Cada vez que aparece mi nombre en la convocatoria soy el uruguayo más feliz. Lo vivo como hincha, eso es lo que pasa, y no siento presión. Presión tiene el que vive con la justa.

    Cuando fui a cerrar sentí el golpe, y recuerdo que al rato había alguien tocándome el pecho. Eran los de la FIFA. Yo pensé que había salido en camilla pero con las imágenes vi que salí caminando en realidad. Cuando lo veo a Fucile que va corriendo me di cuenta y le dije que no salía nada. Ni loco salía. Volví a entrar y a la primera fui fuerte abajo. El inglés quedó recaliente. ‘¡Crazy, crazy!’ me decía. ‘No, no, easy, easy’, le respondí yo. Y bueno soy así, soy de Punta de Rieles”.

    Yo lo dejo hablar. Uno de los protagonistas del libro nunca escrito de la Celeste me está contando la misma historia que yo había visto por televisión con el corazón en la mano y los ojos de pez.

    “Y en San Pablo cuando volví me pasó lo mismo, contra Criciuma. Apenas me recuperé del desmayo di el pase de gol. La hinchada cantaba ‘¡Ey Álvaro! ¡Ey Álvaro!’. Después del partido se me trababa la lengua. Me tuvieron que llevar al hospital. La hinchada, mientras, cantaba mi nombre. Yo escuchaba eso como lejos mientras me sacaban en ambulancia”.

    Habla de Cintia como una protectora. Es importante que ella y los niños estén bien, porque ellos son su barrio mientras anda por el mundo, son su patria. “Conseguí por Antonio Carlos el número del de Puma y le pedí cuarenta camisetas de Uruguay. Le regalé a todos mis compañeros, a los utileros, médicos y kinesiólogos. Estuve en el Mundial gracias a ellos porque yo venía jugando poco en el Inter. Rogerio Ceni, Kaká, Pato, Luis Fabiano, Michel Bastos... Teníamos un cuadrazo. Soy un agradecido, pero como en la selección no me sentí en ningún equipo: los días antes de jugar se hacen las pelotas quietas, pero antes de que terminen nosotros ya estamos pensando en el picado. Me divierto mucho, la paso muy bien. Los pibes me dicen que soy fundamental, que contagio, pero yo sólo me divierto”.

    Hay una niña que se ríe y se esconde detrás de nosotros. Hay otro niño que la busca y otro que le garronea la pica detrás. El perro vuelve a ladrar. La lata herrumbrada sigue tentando a los hombres que somos al juego. Las piedritas siguen cargadas en las manos a punto de sobrevolar el patio. Habremos repetido este ritual pagano varias veces entre las tribunas del Méndez Piana.

    “A mí me tocó subir a hacer fútbol con quince o dieciséis años en Miramar, y para mí los jugadores de la primera eran próceres. Los veía así. A veces no sabía si darle la mano o cómo saludarlos. Ahora es distinto. No sé si está bien o está mal pero es distinto. Yo me divierto mucho con los pibes, siempre ando rodeado de los que recién ascienden, trato de descontraerlos un poco porque se pasan muchos nervios. Yo pasé por eso. Es difícil llegar a primera pero más difícil es estar en el día a día. Hace poco vi al viejo Darwin Quintana, cuando fuimos a Ecuador, está enterito. También recuerdo siempre al Pelado De Castro. A Juanjo Díaz hace poco le mandé unas entradas para el Estadio, para que vaya con su hijo. El Mudo López, el Raviol Varela y el Frula, Leo Bordad, Gonza Noguera, el Canario Cardozo... Nos juntábamos en la vieja sede de Rivera y Julio César, comíamos y salíamos en caravana para la cancha. El cariño siempre va a estar en Miramar. Es el club de donde uno salió, donde uno creció. Hasta hoy tengo amigos de la categoría 85. Que no vaya o no me arrime tanto no quiere decir que no lo lleve en el corazón. ¿Y Ottonello? Un fenómeno, se merece todo el reconocimiento. Lo que ha hecho por las juveniles y por Miramar en sí. Por pibes que a lo mejor no llegaron a primera. El esfuerzo era para todos igual, las becas, los boletos, las canastas familiares. Esas cosas son difíciles de olvidar. Ottonello luchó y sigue luchando. Lo mismo el Gordo Gustavo, William, el Cabeza Rondeau, Gustavo Sosa, de toda esa gente te acordás y sacás fuerzas para seguir adelante”.

    En la grabadora quedó el viento del verano, los gritos de los niños, nuestras voces viajando por el mundo, jugando partidos que ya alguna vez jugamos, cortando con risas la emoción, jugando a quién emboca más piedritas en la lata. Es que de eso se trata la vida, de las cosas simples. Beso a los niños, abrazo a los grandes, saludo a los vecinos y me dispongo a una caminata por el barrio hasta Camino Maldonado. Palito me despide en el cordón de la vereda. Será hasta la próxima convocatoria, o hasta que los sueños se renueven, cosa que pasa casi siempre.

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  • El secreto mejor guardado, por Ignacio Alcuri

    ¿Podés guardar un secreto? Tenemos al mejor jugador de fútbol de todo el planeta. Sí, nosotros.

    SÍ, LA VERDAD QUE SÍ

     

    ¿Podés guardar un secreto? Tenemos al mejor jugador de fútbol de todo el planeta. Sí, nosotros. El club del barrio, el mismo que hace dos años estuvo a punto de desaparecer porque ya no había divisionales a las que seguir descendiendo. Hasta el día en que el hijo del Chato Saura vino a probarse con nosotros. Su papá decía que tenía un “talento natural” y tuvimos que decirle que sí porque la esposa es la que nos imprime los banderines. ¡No sabés lo que fue esa práctica! Se cansó de hacer goles. Al técnico se le salían los ojos, y estuvo dos días insistiendo que aquello no podía ser cierto, que era una cámara oculta para algún programa de entretenimientos. El Chatito, el pibe, es lo más increíble que vi en mi vida, y yo lo vi al Patito Aguilera en las inferiores y le dije a más de uno que tenía futuro en Europa. Vos pensarás que estoy exagerando, pero te juro que es así. Lo pusimos de titular al fin de semana siguiente, porque en la liga amateur no te piden ni la ficha médica. Alcanza con que consigas a once tipos que lleguen en hora al partido, y más de una vez jugamos con diez porque el Turco Paiva se agarraba esos pedos azules que se despertaba sin saber qué día era. El primer partido del Chatito lo ganamos cuatro a cero con tres goles suyos; el otro lo dieron en contra porque dice el juez que rebotó en la espalda de un defensa y entró. ¡Pero si no rebotaba la clavaba en el ángulo! Después de eso ganamos como cinco partidos seguidos y, claro, se empezó a correr la bola. Todos querían ver jugar al Chatito. Una vez salieron dos autos hasta la cancha en la que jugábamos, que es un montón. Ahí lo que hicimos fue ponerlo solamente los primeros minutos, para que hiciera un par de goles y después cuidarlo, porque los contrarios lo querían cagar a patadas. Llegamos a darle algún partido de descanso, o le pedíamos que no hiciera tantos golpes. Total, salimos campeones dos fechas antes y subimos a la C, aunque ahora le dicen Primera División Amateur. Ahí la cosa cambia, tenés que anotar al equipo, hasta cédula les piden. Hay otro reglamento. Por suerte tampoco le dan bola, así que pudimos poner al Chatito casi todo el campeonato. De punta a punta lo ganamos. Y este pibe jugaba cada vez mejor, porque es como que se agranda contra rivales que saben jugar a la pelota. Hubo un periodista de un diario, no me preguntes cuál, que le grabó una nota. Lo agarró cuando nosotros estábamos cargando las cosas en la moto. Y estuvo a punto de ser publicada, hasta que el Chumbo y el Oreja le cayeron a la casa de noche y le explicaron lo que le podía pasar. No me mires así, sabés que con la barra brava yo no tengo relación. ¡Ni siquiera soy dirigente! Solo voy cuando nuestro querido presidente, el Turco Paiva, se mama y no hay quórum. Lo importante es que mantuvimos el bajo perfil del Chatito, porque imaginate que nosotros le pagábamos los boletos y unos ravioles que sacamos de canje, pero está para jugar en cualquier liga del mundo. Por suerte el Chato, el padre, es tan hincha nuestro que prefiere que siga acá. Y el nene quiere fama, quiere plata, que se la merece, ojo, pero sube sus videos a un Instagram con candadito que no lo ve ni la madre. Ahora que estamos en la B hubo que pagar sueldos, y decidimos que todos ganen lo mismo, desde esta bestia hasta los más perros, que son absolutamente todos los demás. Para no levantar la perdiz, porque un contrato grande salta enseguida. Igual ya vinieron un par de contratistas, de los más terrajas, de esos que te quieren convencer con más ravioles que los que conseguíamos nosotros. Ya se está haciendo difícil esconderlo al Chatito: lo hicimos jugar con camisetas cambiadas, con los botines un talle más chico para que no ande tan bien, hasta le pusimos unos bigotes falsos que al final terminaban llamando más la atención. Este año ya está liquidado, el campeonato ya es nuestro, pero queremos tenerlo para jugar en Primera. Estamos convencidos de que con él y diez perros, como los que tenemos ahora, a Nacional y Peñarol le pintamos la cara. Pero bien pintada. El tema va a ser cuando llegue el período de pases. ¿Cómo hacemos para que no se lo lleven? Ese es el desafío. Porque donde lo aguantemos un año más, no te exagero, salimos campeones de América. Vos porque no lo viste jugar. Y mejor que sigas sin verlo, cuantas menos personas sepan del Chatito, mejor para nosotros. Bueno, ¿me trajiste las pelucas que te pedí? Este sábado juega para la televisión. 

     

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  • En la cancha de la memoria, por Sengo Pérez

    “Pah... ¡mirá que hacía frío, eh!”. Era diciembre en Maldonado y no hacía frío, hacía calor, seguíamos, asombrados aún frente a un televisor Hitachi gordo y pesado, las imágenes a color recién llegadas —hasta entonces potestad de las pantallas del cine— de la Copa de Oro que se iniciaba en Montevideo por los cincuenta años del primer Mundial.

    DIÁLOGO ENTRE PADRE E HIJO SOBRE LA FINAL MUNDIAL DE 1930

     

    “Pah... ¡mirá que hacía frío, eh!”. Era diciembre en Maldonado y no hacía frío, hacía calor, seguíamos, asombrados aún frente a un televisor Hitachi gordo y pesado, las imágenes a color recién llegadas —hasta entonces potestad de las pantallas del cine— de la Copa de Oro que se iniciaba en Montevideo por los cincuenta años del primer Mundial.

     

    ‒¿Cuándo?

    ‒Ese día.

    ‒¿Qué día?

    ‒El del primer partido en el estadio.

    ‒¡¿Qué?! ¿Estuviste?

    ‒Claro, fuimos con una barra de la facultad, no pagamos nada, abrimos la puerta a prepo y entramos.

    ‒Ah, bien legal lo tuyo ‒el viejo estudiaba Derecho.

    Sonrió y no dijo nada. El presente se desplegaba a colores en la pantalla de

    21 pulgadas, pero el viejo parecía mirar el pasado en blanco y negro. Donde yo veía al Indio Olivera, él veía a Nasazzi, donde yo a Victorino, él al Manco Castro, Ruben Paz era Héctor Scarone.

    Sí, es normal que en aquel julio de 1930 hiciera frío en Montevideo, no necesitaba que me lo confirmara mi padre; con más o menos lluvia, todos los inviernos son parecidos. Lo que no es común es tener un viejo que haya estado allí ese día, que fuera uno de los casi sesenta mil privilegiados de una ciudad que entonces tenía 655.389 habitantes, según el censo de ese mismo año, que te contara del cemento aún fresco de las tribunas, y que te lo dijera como diciendo: “¿Sabés qué? El domingo fui al fútbol”. Pero así es, uno nunca sabe cuándo es parte de un hecho que el tiempo se encarga de hacer histórico. Así fue, y eso merece ser contado. Porque ese mes de julio de 1930 en Montevideo no fue un julio cualquiera.

    Hacía frío sí, pero no hubo frialdad. Antes de tocar suelo oriental el 4 de julio, desde la escalerilla, Jules Rimet, elegante y convenientemente abrigado con un sobretodo cruzado, se quitó el sombrero y lo levantó a modo de saludo. Un caluroso recibimiento le respondió.

    El pequeño francés de 57 años traía en su valija una estatuilla de 35 centímetros, obra del escultor Abel Lafleur, el trofeo representaba a la diosa de la victoria. No llegaba solo, con él, tras quince días de navegación en el buque italiano Conte Verde (Conde Verde), llegaban a las costas uruguayas cuatro selecciones mundialistas y los tres árbitros europeos designados: Jean Langenus y Henri Christophe, belgas, y Thomas Balway, francés.

    Quince días antes, el Conte Verde había partido del puerto italiano de Génova, donde abordaron los rumanos; paró en Villefranche-sur-Mer, donde lo hicieron los franceses, para pasar luego por Barcelona, donde recogió a los belgas. Antes de internarse en el Atlántico, hizo escala en Lisboa, Madeira y Canarias, cruzó el desierto azul y en Río de Janeiro subieron los brasileños. Yugoslavia, la otra selección europea, viajó hasta Uruguay en el Florida ‒un pequeño barco postal‒ desde Marsella. Los mexicanos soportaron un viaje maratónico, desde Veracruz a La Habana y luego de ahí a Nueva York donde se reunieron con los estadounidenses en el SS Munargo para seguir rumbo al sur, solo este último trayecto les llevó dieciocho días. Como arcas de Noé, cargaban las naves una especie destinada a multiplicarse y exhibirse al mundo cada cuatro años: los mundialistas.

    La capital uruguaya, en las “inaccesibles tierras” casi salvajes de la costa sudamericana ‒razones esgrimidas por quienes se negaban a aceptar a Montevideo como sede‒, recibió a los europeos con modernos automóviles Ford y Chevrolet circulando por sus calles y al presidente del país dándole la bienvenida a Rimet en francés.

    La Selección peruana abordó el vapor Orcoma el 25 de junio, hizo escala en Mollendo y siete días después, luego de parar en tres puertos chilenos, tomó un tren en el que trepó la cordillera rumbo a Buenos Aires. En Mendoza se unió la delegación chilena. El periplo terminó a bordo de otro vapor que los dejó en Montevideo, a once días de partir del puerto del Callao. Argentina llegó en vapor y es de suponer ‒no hay información‒ que Bolivia y Paraguay deben de haber llegado combinando trenes y transporte fluvial.

    Con las trece delegaciones en Montevideo, el primer Campeonato Mundial de fútbol se echaba a rodar. Pero muchas otras cosas habían sucedido ya ese año en el mundo. A más de quince mil kilómetros de la capital uruguaya, en abril, un pequeño y esmirriado hombre, con la fortaleza espiritual que da la razón y la búsqueda de justicia, luego de recorrer a pie más de trescientos kilómetros rumbo al mar, cruzaba la arena, pisaba el agua y agachándose recogía un puñado de sal que mostró alzando el brazo, Mahatma Gandhi, con ese gesto simbólico, alentaba a sus compatriotas a desconocer el monopolio impuesto por el gobierno británico sobre la producción y distribución de sal. Paradójicamente, el mismo año que el fútbol comenzaba a expandirse, empezaba a replegarse el fabuloso imperio creado por sus inventores.

    En la primera mitad de ese año también, ya había lanzado 3M la revolucionaria cinta scotch, debutado Micky Mouse en historietas en enero y, en febrero, Marlene Dietrich en el cine alemán. Ese mismo mes el astrónomo estadounidense ClydeTombaugh había descubierto Plutón y en Argentina había nacido María Elena Walsh ‒aún había que esperar por Manuelita. Desde marzo, la mítica Constantinopla ‒capital de también fabulosos imperios: el romano, el bizantino, el latino y el otomano‒ oficialmente pasaba a llamarse Estambul. Lamentablemente, en mayo había muerto sir Arthur Conan Doyle, dejando a Sherlock Holmes sin crímenes para descubrir. Elemental, mi querido Watson.

    Volviendo al fútbol, no fue sencilla la génesis, ni de Dios la creación, sino de mortales hombres con pasión mundana.

    La idea de realizar un torneo mundial de fútbol se venía manejando desde 1904, año de fundación de la FIFA, pero la falta de infraestructura y recursos hacía inviable su realización. Una salida inicial fue incorporar el fútbol a los Juegos Olímpicos –organizados por el Comité Olímpico Internacional desde 1896–, que contaron con la participación de la FIFA en los certámenes de Amberes 1920, París 1924 y Ámsterdam 1928. Durante este último evento, la FIFA propuso formalmente a sus afiliados organizar un torneo de fútbol, independiente de las Olimpiadas, decisión que se selló un año después en Barcelona.

    Los candidatos no se hicieron esperar: Italia, Hungría, Países Bajos, España y Suecia, por Europa; Uruguay en solitario por Sudamérica, con el apoyo de Argentina, y, sobre todo, de Jules Rimet, un visionario dirigente francés, entonces presidente de la FIFA, empeñado en difundir el fútbol por todo el planeta. Las movidas deportivas y políticas comenzaron de inmediato. Los candidatos europeos apoyaron a Italia, pero las dos medallas de oro conseguidas por Uruguay en los Juegos Olímpicos del 24 y del 28 fueron fundamentales para inclinar la balanza a su favor. Además, los dirigentes uruguayos ofrecieron construir un nuevo estadio para más de cien mil personas en Montevideo.

    Cuando se hizo oficial que la primera Copa del Mundo se realizaría en julio de 1930 en Uruguay, ofendidos, la mayoría de los países europeos rechazaron la invitación. Empezaron entonces otro tipo de movidas. La Selección francesa fue prácticamente obligada a participar por presión de Jules Rimet, quien también viajó a Bucarest para pedir el apoyo del rey Carol II de Rumania, un entusiasta del deporte que escogió personalmente a los seleccionados de su país. Sumando negociaciones más diplomáticas que deportivas, Yugoslavia y Bélgica también aceptaron viajar a Uruguay. Con esas cuatro selecciones europeas el torneo estaba salvado, pues del otro lado del Atlántico la respuesta había sido entusiasta: Estados Unidos, México y siete selecciones sudamericanas (solo faltaron Venezuela, Colombia y Ecuador) confirmaron su presencia en Montevideo. Entre el 13 y el 30 de julio de 1930 se disputaría la primera Copa Mundial de Fútbol. No había vuelta que darle. Pero hubo un problema.

    Ya con las trece selecciones presentes en Montevideo, todavía no estaba listo el estadio Centenario programado como único escenario del torneo. A pesar de los trabajos ininterrumpidos veinticuatro horas diarias, el escenario no estaba listo. Los clubes Nacional y Peñarol cedieron entonces sus pequeñas canchas –el Parque Central y Pocitos, respectivamente– para que se disputaran los primeros partidos. Se crearon cuatro grupos: Argentina, Chile, Francia y México; Bolivia, Brasil y Yugoslavia;Perú, Rumania y Uruguay; y Bélgica, Estados Unidos y Paraguay.

    El 13 de julio, en simultáneo, a las 15 horas, con los choques entre Francia con México, y Estados Unidos con Bélgica comenzó la historia mundialista. A los diecinueve minutos de comenzado su encuentro, bajo una cargosa llovizna, el delantero francés Lucien Laurent, un zurdito de veintidós años, con apenas 1,62 de estatura, apodado Lulu, fue el elegido para inaugurar una cuenta de goles que ya lleva 2.548.

    “El partido comenzó normal. Ambos equipos luchaban por el balón. De pronto, Delfour atacó por la derecha y pasó a Liberati, que centró. Yo corrí por el centro y conecté con el balón al caer y entró por la esquina de la portería. Todos estábamos muy contentos, pero en ese tiempo no nos besábamos”, relató el francés. Lulu participó años después con el ejército francés en la Segunda Guerra Mundial. En 1942 fue hecho prisionero por los alemanes y liberado tres años después. Murió en 2005. Francia ganó ese partido 4 a 1. En el otro partido, la Selección de Estados Unidos reforzada con escoceses goleaba a Bélgica 3 a 0.

    Hasta el sexto día de competencia los partidos se venían realizando en esos pequeños estadios ante un promedio de 2.700 espectadores, hasta que finalmente el gigante abrió sus puertas. Fue el 18 de julio, con setenta mil espectadores estremeciendo el cemento aún fresco –tan fresco que las personas grababan sus nombres en el piso y las paredes–. Y es que el Centenario abría sus puertas o los aficionados las derribaban. Uruguay y Perú jugaron el primer partido en ese escenario. En un partido cerrado, el Manco Castro (sin una mano desde los trece años, por un accidente) convirtió el único gol. Todos los encuentros restantes se jugaron allí.

    Como era de esperarse, Uruguay y Argentina –que habían sido finalistas en las Olimpiadas de Ámsterdam 1928– se fueron perfilando para la final. Llegaron tras ganar en semifinales por idéntico score: 6-1. Los locales a Yugoslavia y sus vecinos a Estados Unidos. Se vieron las caras –y no fueron miradas amistosas, por cierto, ya había una gran rivalidad entre ambos– el 30 de julio ante sesenta mil privilegiados espectadores. Uruguayos y argentinos se venían enfrentando desde los últimos años del siglo XIX (es el segundo partido de selecciones en antigüedad, luego de Inglaterra y Escocia). Aires de guerra, más que de juego, se respiraban aquella tarde fría.

    Las dos selecciones exigieron jugar con la pelota que habían llevado. Salomónico, el árbitro belga John Langenus decidió que el primer tiempo se disputara con la argentina y el segundo con la uruguaya (inglesa en realidad). Salomónico había sido también Carlos Gardel cantando en las dos concentraciones, pero evitando ir al partido.

    A los doce minutos los celestes abrieron el marcador por intermedio de Pablo Dorado. Empató Argentina a los veinte, gol de Carlos Peucelle, y a los 37 aumentó Guillermo Stábile, finalmente el goleador del torneo con ocho goles.

    “En el stadium soplaba viento de angustia”, escribió ese mismo año el escritor uruguayo Arturo Carbonell Debali en el libro Álbum Primer Campeonato Mundial de Football 1930.

    El segundo tiempo fue diferente. El jugador uruguayo Ernesto Mascheroni lo recordaba así años más tarde: “En el primer tiempo jugamos muy livianito porque los dirigentes nos habían dicho que si había juego fuerte el Comité Organizador iba a suspender el partido. Nosotros éramos naturalmente fuertes, pero no malintencionados. Estuvimos frenados durante esos 45 minutos. Cuando salíamos a jugar el segundo tiempo, el capitán Nasazzi nos dijo: ‘Bueno, a marcar fuerte porque si no, estamos liquidados’. Los argentinos tenían un cuadrazo y teníamos que marcarlos antes de que recibieran el balón”.

    En 1964, en un programa de televisión, se reencontraron el uruguayo Cea y el argentino Della Torre, quien le recriminó alguna actitud antirreglamentaria de Castro (se refería al uso no muy santo que le daba el Manco a su muñón, concretamente a los golpes que recibía el arquero argentino Juan Botasso en cada salto compartido). La respuesta del uruguayo, cual trancada de Nasazzi, no se hizo esperar: “¿Y vos qué pensabas, que era un partido entre casados y solteros? ¡Era la final de una Copa del Mundo!”.

    La “pierna fuerte” se tradujo en goles: José Pedro Cea a los 12, Victoriano Santos Iriarte a los 23 y Héctor Castro a los 44, terminaron sellando el 4 a 2 a favor de Uruguay.

    En su cuento ‘Lamentos por el mundial perdido’, publicado en el diario Clarín el 26 de febrero de 2006, el escritor argentino Ariel Scher cuenta de su personaje El Gordo, cliente del bar de los sábados que se lamenta por no haber estado en esa final: “Dijo que hubiera querido ver la inauguración del estadio Centenario en Montevideo; y que hubiera entregado todo por abrazarse con alguien cuando el francés Lucien Laurent le convirtió a México el primer gol de los mundiales; y que hubiera gastado la garganta gritando algunos de los ocho goles que hizo Guillermo Stábile, argentino y goleador del torneo; y que hubiera sido testigo de la primera final, la que Uruguay le ganó a Argentina, con la expectativa que solo merecen un nacimiento o una revolución”.

    Uruguay no participó en los mundiales del 34 ni del 38, pero regresó en 1950 para aguarle la fiesta a los brasileños en el famoso Maracanazo. Posteriormente obtuvieron un par de cuartos puestos –en 1954 y 1970– para irse diluyendo y seguir participando en el torneo sin pena ni gloria, hasta renacer en Sudáfrica 2010 con otro cuarto puesto.

    Los subcampeones recorrieron el camino contrario, siguieron participando sin pena ni gloria y recién en 1978, en su casa, obtuvieron su primer título. Desde entonces Argentina es siempre protagonista.

    Fue hace 92 años, en un país “inaccesible”, cuando el fútbol le dijo al mundo que aquella fiesta, “El Mundial”, había nacido para quedarse.

    Y mi viejo entró al túnel sin regreso unos meses después de ese mundialito de 1980, cargando otro título de Uruguay en esa canchita que la memoria guarda para el fútbol y dejando en la mía una conversación de verano sobre una historia de invierno.  

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  • La era Tabárez, por Pablo Aguirre Varrailhon

    Marcó un antes y un después en materia de selecciones nacionales, profesionalizando cada área en todas las categorías donde la camiseta celeste se hiciera presente, a través de un plan que se pudo sostener y mejorar tras estar quince años como director técnico de Uruguay...

    QUE EL LETRISTA NO SE OLVIDE

     

    Marcó un antes y un después en materia de selecciones nacionales, profesionalizando cada área en todas las categorías donde la camiseta celeste se hiciera presente, a través de un plan que se pudo sostener y mejorar tras estar quince años como director técnico de Uruguay, reconocido por todo el mundo del fútbol. Óscar Washington Tabárez se fue en silencio, tal cual es su estilo, pero dejando una huella a prueba de todos.

     

    Uruguay estará presente en el Mundial de Catar a disputarse sobre el fin de este año, después de jugar las últimas cuatro fechas de las eliminatorias, en las que obtuvo los doce puntos en juego. Óscar Washington Tabárez ya no estaba como entrenador del seleccionado celeste, donde pasó los últimos quince años de manera ininterrumpida. Fue destituido en noviembre al caer en la altura de Bolivia ante los locales, con Brasil y por dos veces (en un mes) ante Argentina. El Ejecutivo que está al mando de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) tomó la decisión entendiendo que peligraba la clasificación.

    Al frente pasó a estar –ya en enero de 2022– Diego elTornado Alonso, quien logró los puntos ante Paraguay, Venezuela, Perú y Chile, los que no clasificaron a la máxima cita. El único con chance es el seleccionado incaico que va a disputar una repesca en junio. En el Mundial, Uruguay integrará el Grupo H, junto a Portugal, Ghana y Corea del Sur. Rivales conocidos en la era del Maestro.

    El Tornado, al ser designado y luego de pasar por el covid-19, se puso al frente y rápidamente comenzó su trabajo para imponer su estilo a un plantel que cuenta en su mayoría con un largo recorrido en la Selección. Trazando el ya conocido paralelismo con el automovilismo (Alonsoneta), digamos que Diego subió al vehículo para conducirlo de gran forma y con rapidez. Y acá surge la primera pregunta: ¿a qué clase de nave se subió Diego?

     

    El principio para un fin

     

    Con apenas 21 años asomó en Sud América como volante, el viejo centrojás, pero al poco tiempo lo pasaron a la zaga para hacer una buena campaña con los buzones, que se salvaron del descenso. Todavía estudiaba Magisterio y asomaba como una voz distinta en ese ambiente, como un ave rara, necesitaba tiempo: “Porque así puedo dedicarlo a los dos exámenes que me faltan para salvarlos con buenas notas. Y los voy a salvar. Porque quiero terminar pronto mi carrera. Anhelo estar en un aula. Enseñando. Es lo que siento más hondamente”. Estas palabras de Óscar Washington Tabárez son de 1968, recogidas por la prensa de entonces. Por aquellos años no dudaba de sus convicciones, si hubiera tenido que elegir entre el fútbol y los estudios: “El profesorado. Aunque el fútbol es mi pasión, elegiría el profesorado”.

    Fue jugador y maestro. Luego entrenador, historia conocida. Pocos recuerdan que con bastante menos de cuarenta años fue campeón con Uruguay en el Panamericano de Caracas (1983), venciendo en la final nada menos que a Brasil. Poco tiempo después sorprendió a toda América al ganar la Copa Libertadores con un joven equipo de Peñarol (1987). Rápidamente tuvo su primer paso por la Selección uruguaya que derivó en el Mundial de 1990, donde se ganó un partido ante Corea del Sur en la hora, para clasificar como mejores terceros. Sí, una modalidad extraña ya en desuso. Para que el joven lector se haga una idea: Uruguay no ganaba un partido en un Mundial desde... 1970.

    Después de aquel Mundial de México y el fútbol de Pelé, comenzó una época inestable: muchos recuerdan la despedida en el viejo aeropuerto de Carrasco para el Mundial de 1974, y la historia nos bajó a la realidad: ya entonces no se podía improvisar. El regreso fue sin victorias, y apenas con un gol. Uruguay no clasificó a las siguientes dos ediciones, 1978 (en Argentina) y 1982 (España). ¿Era tan fácil ir a los mundiales? Con la conducción de Omar Borrás, Uruguay se hizo presente en 1986 y con Tabárez en el referido 1990. No aprendimos la lección, ya que en 1994 y 1998 lo vimos por televisión. La desorganización reinaba en la Selección, nombrando técnicos, dirigentes y jugadores a cada rato, con enfrentamientos, posiciones y jugadores que hasta renunciaban a ponerse la camiseta de la Selección. ¿Usted lo recuerda? Casos como el de Ancheta en el 74 (y con un entrenador en las Eliminatorias y otro en el Mundial), la goleada de Dinamarca en el 86 (y la expulsión record de José Alberto Batista ante Escocia a los 56 segundos), la renuncia de los repatriados y el affaire con Luis Cubilla fueron los más recordados. La gloria de Maracaná quedaba cada vez más lejos.

    Corea-Japón 2002 fue solo un breve recuerdo, amargo. El Mundial de Alemania en 2006 sería la última vez que Uruguay faltaría a la máxima cita: “La Selección uruguaya salía de un proceso traumático. Aún resonaban en el ambiente las dificultades del famoso viaje de Uruguay a Sídney para enfrentar a Australia por un lugar en el Mundial de Alemania 2006. La Celeste quedó afuera por penales. Y se desencadenó la furia. Se elevaron voces contra los dirigentes, las instalaciones de la concentración del Complejo Celeste, los pasajes de avión que remitía la AUF a los jugadores para que viajaran desde Europa en clase turista, entre otras cosas”, escribía el periodista Jorge Señorans hace un año en el portal de ESPN.

    Fue en estas condiciones que el 8 de marzo de 2006 asumió Tabárez como entrenador de la Selección. Era inminente jugar dos amistosos ante Irlanda del Norte y Rumania, por lo que no había mucho tiempo, y la realidad chocaba nuevamente con lo impensado: en las oficinas de la AUF no había una agenda con los teléfonos de los futbolistas. A esto se sumaba la dificultad para ponerse en contacto con ellos, todo era improvisación y esmero. “La primera práctica fue muy particular porque éramos pocos y recuerdo que llegaron a meterse hinchas para hacer el táctico. Sí, como algunos compañeros llegaban muy sobre la fecha, se les pidió a algunos hinchas que dieran una mano”, reveló el zaguero Andrés Scotti en el libro Maestro, el legado de Tabárez* (de Jorge Señorans y Luis Inzaurralde). ¿A qué nave se había subido el Maestro?

    La recompensa es el camino

    Una vez en el cargo, Tabárez encaró un primer borrador de su proyecto madre: “Institucionalización de los procesos de las selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas”, que fuera renovado cuatro años más tarde y que incluía el trabajo de los combinados juveniles. “El proyecto denominado ‘Institucionalización de los procesos de las selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas’ incluye un diagnóstico, la fijación de objetivos a nivel nacional, un calendario y hasta acciones sobre estrategia del juego y formación de jugadores. Sobre este último punto se dice lo siguiente: ‘Se atenderá su desarrollo intelectual, apoyando su vinculación al universo cultural (a través de sus estudios curriculares y de otras actividades que incidan positivamente en su formación personal y, eventualmente, profesional)’”.**

    Como todo plan, este tiene su planteamiento y un desarrollo que se va corrigiendo en el camino. Por ejemplo, en un principio se estableció jugar con un sistema basado en un 1-4-3-3 que, con base en resultados y rendimientos, se fue corrigiendo en otras figuras tácticas adaptadas a las circunstancias. Una primera lectura rápida da como base de la era Tabárez a tres grandes jugadores: Diego Forlán, Luis Suárez y EdinsonCavani, una manera de simplificar lo que se pudo haber conseguido. Pero talentos de esa talla Uruguay tuvo siempre a lo largo de los años, no hace falta enumerar la calidad y cantidad de jugadores.

    Las eliminatorias para Uruguay vinieron en un kit con una calculadora científica, y más en ese primer momento en el que era necesario volver a clasificar para lo que sería la disputa del primer Mundial en tierras africanas: Sudáfrica 2010. Un camino sinuoso, difícil, en el cual la continuidad del técnico estuvo en duda en varios momentos, como cuando la derrota en Lima ante Perú, que marchaba por entonces último en la clasificación.

    Igualmente, Tabárez de a poco iba armando una base sólida y silenciosa después de la Copa América en Venezuela, con Diego Lugano como capitán, Diego Forlán como estandarte futbolístico, y el apoyo de Diego Scotti, Jorge Fucile, Maximiliano Pereira, Diego Pérez, Sebastián Abreu y Diego Godín. Así se llegó a la repesca ante Costa Rica y sobrevolaron los fantasmas de cuatro años atrás ante Australia, en una serie que terminó más sufrida que como empezó. El técnico de la Selección aprovechó su experiencia y cambió sustantivamente la preparación previa al Mundial, con menos partidos amistosos para facilitar la mejor forma física a los jugadores. La Selección ya había vuelto a ser de la gente y existía otra organización en su entorno; la nave ya tenía base.

    No había consenso en la continuidad de Tabárez en los momentos previos al comienzo, y menos cuando Uruguay empató sin goles ante Francia, terminando con un jugador menos por la expulsión de Lodeiro. Aquí se produce un punto de quiebre importante en el equipo: de jugar con un 1-3-5-2 ante los galos, para el siguiente partido –nada menos que ante el local, Sudáfrica– Tabárez vuelve a los cuatro hombres en defensa, tres volantes, a los que se sumaba Diego Forlán, y dos delanteros: Luis Suárez y EdinsonCavani. El resto es historia conocida, surgió ese romance entre el que sería uno de los goleadores del Mundial y la novel pelota con la que se disputó, la Jabulani. Después el idilio y la esperanza puesta en un grupo que comenzó a tomar nombre y apellido en cada jugador por mucho tiempo, y que derivó en un público que apoya a la Celeste hasta el día de hoy, un público que no es básicamente el del fútbol local. Los goles de Diego, de Luis y el partido con Ghana, el cuarto puesto y un recibimiento en el regreso como hacía décadas no se veía. Todo el país tenía el cielo de un solo color; Uruguay había recuperado mística y sentido de pertenencia; respeto a nivel internacional. Y se comenzó a saber que el camino es la recompensa.

    Puntos altos

    Ese respeto se tradujo en buenos números para la AUF, todos querían jugar con Uruguay. Incluso se recibió a Holanda en nuestro Estadio Centenario para un partido amistoso. Sin embargo, el foco estaba puesto en el siguiente objetivo deportivo: la Copa América de 2011 en Argentina, y cada vez que se juega en el vecino país es una ocasión especial para Uruguay, que supo ganarla en esas tierras más de una vez.

    No vamos a rememorar partido a partido el ciclo del Maestro, pero sí recalcaremos los puntos vitales. No hablamos de un equipo que con brillo y sin sufrimiento ganara cada encuentro, lo sabemos todos en esta historia reciente. Pero estaba el trabajo, la seriedad y el profesionalismo en cada paso de la Selección. Y Uruguay volvió a vencer a Argentina en su propio país, con mucho amor propio y en una fecha muy especial, 16 de julio. La final en el Estadio Monumental de Buenos Aires ante Paraguay fue testigo de una de las mayores peregrinaciones de uruguayos en otro país. ¡Uruguay Campeón! Ya el proceso, renovado y corregido, daba sus frutos también a nivel juvenil, asistiendo y compitiendo en todas las categorías (sub 15, sub 17 y sub 20) a las máximas citas con un padrón de conducta renovado, lejos de aquellas que nos dieran hasta cierto grado de pudor una guapeza y rebeldía malentendidas. El 2011 fue un año redondo, incluso se logró, después de 84 años, clasificar a los Juegos Olímpicos (Londres 2012).

    Por ser el rey de América, Uruguay disputó la Copa Confederaciones midiéndose con los mejores, a la vez que nuevamente sufría para clasificar al Mundial de Brasil 2014. La calculadora se seguía usando. Al ser los norteños los anfitriones, existían más posibilidades de clasificar, aun así se sufrió jugando una nueva repesca, esta vez ante Jordania. Muy pocas veces resultó sencillo. Una cita mundialista que, si bien no fue de las mejores, dejó victorias ante dos gigantes como Inglaterra e Italia, y lo que puede ser la única mancha desde el punto de vista disciplinario con la fatídica mordida de Luis Suárez al italiano Giorgio Chiellini que lo dejó fuera de la competencia. No fue un hecho menor, al 9 uruguayo se lo trató poco más que de delincuente por parte de la FIFA, lo que llevó a que Óscar Tabárez renunciara a su puesto en la Comisión de Estrategia del máximo órgano de la pelota. Su renuncia ejemplarizó más que la propia federación, que al poco tiempo se vería sacudida en medio de un escándalo de corrupción.

    Las dificultades para Tabárez comenzaron a mermar su condición física, pero no el temple para hacer frente a las situaciones, apuntalado por sus colaboradores, Celso Otero y Mario Rebollo. Tal vez una de las mayores muestras de respeto en este sentido se llevó a cabo en el Estadio Roberto Meléndez de Barranquilla cuando, nada menos que por las eliminatorias, Tabárez subió las escaleras que dan paso al campo de juego munido de muletas que lo ayudaban a caminar, bajo un espontáneo aplauso del público colombiano. El mismo respeto que generaron muchas de sus conferencias de prensa en el exterior. Increíblemente, esa fase clasificatoria fue de las más sencillas para la Selección uruguaya, que llegó a Rusia 2018 con un recambio generacional iniciado, logrando el quinto puesto: mejor posición sudamericana en el torneo y eliminada a manos del campeón, Francia.

    Ciertos y variados sectores de opinión comenzaron a plantear a la opinión pública la idea de que las exigencias hacia el seleccionado deberían ser mayores, poco más que clasificar es una obligación, obviando buena parte de la historia reciente. Es cierto que el ciclo tuvo sus puntos flacos –que acontece en cualquier ciclo–, como la actuación en las siguientes ediciones del torneo continental sudamericano, o la expectativa en torno a los Juegos Olímpicos de 2012. El presente no era el más alentador, pero no era muy distinto de otras tormentas del pasado que se supieron sortear con dignidad en el ciclo de Tabárez. Por todo esto –como dice la canción de Jaime Roos y Raúl Castro con la notable interpretación del Canario Luna–, “que el letrista no se olvide”.

    Capítulo aparte merece la transformación del Complejo Celeste, de lo que era a lo que es; en cada detalle estuvo el Maestro Tabárez para sorprender a sus jugadores con algo nuevo cada vez que eran citados. Se fue construyendo historia, cimentando una base intangible pero totalmente demostrable, para que hoy la estructura de la Selección uruguaya vaya más allá de los nombres.

    No solo por esto Tabárez es un hombre récord: tiene más de 220 partidos al frente del seleccionado, siendo único en el mundo, durante más de quince años. En Argentina pasaron nueve seleccionadores, seis en Brasil, nueve en Colombia, completando 77 entre todos los países sudamericanos mientras él estuvo al frente. Hoy la nave está pronta, lista para ser piloteada. Tabárez se fue sin estridencias ni gritos.

     

    “Y no vayas a olvidarte que en lugar de tanto verso

    cuántas veces el silencio, es la voz de la verdad”.

     

    *https://www.espn.com.uy/futbol/uruguay/nota/_/id/8668171/maestro-tabarez-era-ciclo-seleccion-uruguay-debut-irlanda-del-norte-2006

    **Nuestro tiempo, Nº 6, Prof. Ricardo Piñeyrúa, pág. 15.

     

     

     

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  • La Mazurka del sucesor, por Sebastián Chittadini

    El polaco de América descolló en tres mundiales, defendió en 65 partidos a la Celeste e integró dos veces la Selección del resto del mundo. Y un día, el considerado mejor arquero de la historia lo señaló como el elegido.

    DE PALO A PALO

     

    El polaco de América descolló en tres mundiales, defendió en 65 partidos a la Celeste e integró dos veces la Selección del resto del mundo. Y un día, el considerado mejor arquero de la historia lo señaló como el elegido.

     

    Se dice que todo o casi todo en la vida tiene una banda sonora y el fútbol no es una excepción. En la carrera de Ladislao Mazurkiewicz, ese nombre que sonaba tan extraño y “poco uruguayo” a los ojos del mundo cada vez que aparecía la oncena uruguaya en el gran escenario de las copas del mundo, la música no podía ser otra que la mazurca (o mazurka, en polaco). Si hasta su apellido suena parecido a ese ritmo surgido en el siglo XVI como un baile de salón de la corte real y la nobleza polaca que con el tiempo se convirtió en una danza para las clases populares.

    A fuerza de los movimientos migratorios provenientes de Europa, ya en la segunda mitad del siglo XIX se estaba bailando mazurca y otras danzas europeas en los salones montevideanos y luego en el medio rural, donde se folclorizó. Cuando el joven TerentyMazurkiewicz partió de Polonia, escapando de la Segunda Guerra Mundial y llegó a Uruguay, ni soñaba que un día en ese país desconocido para él se iba a imponer una mazurka con guantes de arquero y él sería responsable directo cuando, junto con Josefa, trajeron al mundo a Ladislao en 1945. El tercero de los cinco hijos del polaco y la gallega que se conocieron en Uruguay había venido al mundo para deslumbrar desde el arco.

     

    El polaco de América

    Enemigo de los colores chillones y de sus colegas histriónicos, Mazurkiewicz había llegado a la conclusión de que el arquero debía vestir de negro, o a lo sumo de gris, para no llamar la atención de los delanteros ni darles referencias.

    En cuanto a la labor de arquero, hacía todo bien. Siempre bien ubicado, con una condición física impecable, seguro al extremo y con unos reflejos excepcionales; sabía ser espectacular al atajar sólo cuando era necesario, se imponía en el mano a mano y en el juego aéreo, además de que –producto de su pasado basquetbolístico– sacaba contragolpes a una mano como ningún otro.

    De gesto serio y siempre impecablemente peinado, su figura fue mítica y además continuó mitificándose con el paso del tiempo, que lo volvió eterno. Podría decirse que el Chiquito, como también le decían, cada día ataja mejor.

    Pese a que, producto de la evolución del fútbol, su puesto ha vivido más cambios que otros, nadie osa discutir el lugar destacado que Ladislao Mazurkiewicz ocupa entre los mejores de todos los tiempos. De Uruguay, de América y del mundo. 

     

    El ritmo mundial

    Los mundiales y Mazurkatuvieron sin dudas una relación fructífera, porque su labor dejó una marca en cada una de esas participaciones más allá de cómo le fue a Uruguay.

    En 1966, Inglaterra organizaba su Mundial y Mazurkiewicz se presentaba en el gran escenario con apenas 21 años para enfrentar a los locales en el partido inaugural. Uruguay empató 0-0 y el Chiquito fue el primer arquero extranjero en mantener su arco invicto en un partido oficial en el mítico Wembley, dejando varias atajadas espectaculares para el recuerdo y el reconocimiento como la revelación y el tercer mejor arquero del Mundial por un nivel que no tenía nada que envidiarle al de los consagrados Gordon Banks y Lev Yashin. Justamente este último predijo luego de esas acciones ante los ingleses que el uruguayo sería su sucesor como mejor del mundo.

    Y cuatro años después, en el Mundial de México 70, Mazurkale dio la razón a la Araña Negra al ser elegido como el mejor arquero del torneo en un equipo uruguayo que logró el cuarto puesto. Por esas vueltas que tienen la vida y el fútbol, a Yashin le tocó estar de alguna forma frente a Mazurkiewicz en la que fue su última aparición mundialista, ya que Uruguay eliminó a la URSS en cuartos de final con el mítico arquero soviético mirando desde el banco de suplentes.

    Alemania 1974 fue el tercer Mundial para Ladislao, que llegaba con la plenitud que dan los 29 años. Uruguay debutó ante Holanda, a la que todavía no había que decirle Países Bajos, y gracias a la presencia infalible de su arquero perdió solo 2-0. Ese día, el mundo descubrió a la Naranja Mecánica y Mazurka atajó todo, o casi todo. Para tener una idea de su nivel, cabe recordar que Uruguay hizo solo un punto en tres presentaciones y no pasó la primera fase, pero igual fue considerado como el tercer mejor arquero del Mundial, solo por detrás del alemán SeppMaier y el polaco JanTomasewski.

     

    Camarada de guantes

    Pero antes del tercer Mundial de Mazurkiewicz, el 27 de mayo de 1971, en el Estadio Lenin de Moscú y ante 103.000 espectadores, Lev Yashin jugó su último partido con su equipo de siempre –el Dínamo de Moscú– ante un combinado del resto del mundo especialmente elegido por él. La Araña Negra no anduvo con chiquitas a la hora de invitar a las figuras más rutilantes del fútbol mundial y así fue que convocó a Pelé, Bobby Charlton, Eusebio, Amancio, Franz Beckenbauer, GiacintoFacchetti, Bobby Moore, Wolfgang Overath, Jairzinho y Gerd Müller, entre otros. El arquero elegido para defender el arco del Resto del Mundo no era otro que el uruguayo Mazurkiewicz, que con la ausencia de Pelé terminó siendo el único futbolista sudamericano en el combinado de estrellas. Vestido de impecable buzo negro y pantalón gris, a la usanza de su ídolo, fue remplazado en el segundo tiempo por el checoslovaco Ivo Viktor.

    La invitación de Yashin tenía un sabor especial por tratarse de quien se trataba, por el abrazo inolvidable que el anfitrión le dio al invitado en el aeropuerto y por las horas de charlas intérprete mediante. El soviético tenía especial interés en conocer al uruguayo de nombre polaco, quien le pidió una foto autografiada para regalarle a su padre al volver a Uruguay. Para Ladislao, era cumplir el sueño de estar al lado de un maestro y un referente en el que se había fijado mucho para moldear una trayectoria excepcional.

    Al finalizar el partido, Lev Yashin se sacó sus emblemáticos guantes y se los entregó en mano al que era considerado unánimemente como el mejor arquero de América, a quien le dijo –intérprete mediante– que sería su sucesor. En su propia casa, durante su fiesta, el mejor arquero de la historia estaba nombrando a su heredero reconociéndole su dominio sobrio y sereno del oficio, ratificando lo que ya había visto personalmente en los mundiales de 1966 y 1970. Solo le faltaba dirigirse a las tribunas repletas para agradecer al público. Aunque ya no los tenía en su poder, la leyenda estaba colgando los guantes.

    Esa noche, todos los jugadores compartieron una cena de camaradería en el hotel donde estaban alojados y allí Yashin dedicó a cada uno unas palabras de agradecimiento. Al llegar el turno de Mazurkiewicz, intérprete mediante, el soviético lo elogió y le declaró nuevamente su admiración. Quizás en el salón de baile de aquel grandioso hotel soviético, la corte del rey del arco haya caído rendida ante el ritmo estilizado que marcaba en cada intervención entre los tres palos aquel hombre serio y sobrio vestido a su imagen y semejanza en el lejano Uruguay. Ante los ojos del mundo, en Moscú se bailó de palo a palo y a ritmo de mazurca. O de rytmymazurkowe, en polaco. 

     

     

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  • La Capi llama a la guerra, por Javier Conde desde Sarria, Lugo.

    A Pamela González —26 años, sanducera, jugadora del Granada de España— le gusta ser como una brújula: equilibrada, el norte en el ceño y con nervio. “El juego bonito nubla la visión, pero a mí me gusta lo otro, la guerra, tirarse, raspar, ir y venir”, proclama esta todoterreno fascinada con el fútbol intenso y sacrificado, y aun tranquilo, de N’GoloKanté.

    URUGUAY BUSCA UN CUPO PARA EL MUNDIAL FEMENINO

     

    A Pamela González —26 años, sanducera, jugadora del Granada de España— le gusta ser como una brújula: equilibrada, el norte en el ceño y con nervio. “El juego bonito nubla la visión, pero a mí me gusta lo otro, la guerra, tirarse, raspar, ir y venir”, proclama esta todoterreno fascinada con el fútbol intenso y sacrificado, y aun tranquilo, de N’GoloKanté.

     

    Despunta la tarde sobre la Ciudad Deportiva del Granada. Una tarde de lunes, quizás de viernes, da igual. Una veintena de chicas estiran, saltan, pegan carreritas, acarician el balón con los pies, alguna chuta duro a puerta vacía. Hay treinta o cuarenta pelotas sobre esta cancha impoluta, una de las cuatro que ocupan la espléndida instalación levantada sobre un terreno de siete hectáreas a un costo de 8,5 millones de euros: la joya de la corona del club nazarí.

    Pamela González mira y escruta. Observa y procesa, y se transporta en un instante a un pequeño y muy modesto campo ubicado al lado del arroyo Miguelete. En el Prado, en Montevideo.

     

    “Se me vino la imagen de ese campo, el primero de todos, de tantos. Chiquito, casi todo de tierra, con unos muros bajitos que el balón desbordaba y caía en el arroyo. El canchero, que siempre estaba ahí, atento, iba con una especie de red y un palo largo a rescatar la pelota del agua. Si llovía, entrenábamos sobre el barro. Y miro las pelotas, unas diez, reventadas, casi rotas. Y pensé: ‘Cómo han cambiado las cosas’”.

     

    La niña del club Mauá, que llegó al fútbol empujada por su padre, no se atrevía a dar ese primer paso, aunque en casa se entretenía con el balón. Ahora es toda una mujer, al borde de los 27 años, y hace lo que nunca imaginó: vivir de aquello que era tan solo un pasatiempo. Está en su séptima temporada en el fútbol español con la ilusión de volver a la Primera división de la Liga Iberdrola, donde arrasa el Barça y comienza a asomar su nariz, y su temple inconfundible, el Real Madrid.

     

    “Valoro lo que tengo porque sé que en un momento no lo tuve. Quizás porque salí de un lugar con muy pocos recursos y me costó mucho conseguir esto que tengo ahora y que disfruto”.

    Nacida en Paysandú el 28 de setiembre de 1995, Cinthia Pamela González Medina se crió en un hogar de futboleros. Su padre, José, era entrenador de un cuadro de varones, y su hermano mayor, Jorge, se hartó de predios de fútbol durante la adolescencia. Además de Marta, la madre, hay otras dos chicas: Abril, de 22 años, y Candela de cinco. La familia se trasladó a Montevideo, donde residió por cuatro años y la pequeña Pamela descubrió su pasión.

     

    “A mí el fútbol me gustó desde chica, pero no me animaba porque todos eran varones. Mi papá insistió hasta que él mismo me llevó a jugar”.

     

    De vuelta al terruño, la gurisa prosiguió el idilio con el balón en fútbol mixto y después en el femenino. Fue parte de una camada de jugadoras de Colón que vertebró ‒con músculo, huesos, nervios y tejidos tensos‒ la primera Selección femenina celeste en un Mundial, el sub 17 de Azerbaiyán en 2012. Dos años después ya era la capitana de la Selección sub 20, anfitriona del Sudamericano de 2014.

    A pesar del saldo magro de aquel certamen, un punto en cuatro partidos, Pamela se adueñó del brazalete de capitana, que sigue llevando en la Selección mayor, la que se alista para la Copa América que se realizará en Colombia, con la meta de conseguir un boleto al Mundial de Australia/Nueva Zelanda de 2023, el primero en el que participarán 32 selecciones.

     

    “El brazalete no te identifica como jugadora pero sí es un reconocimiento a todos estos años de estar yendo y viniendo con la Celeste. Y es una responsabilidad, tengo que dar una imagen de templanza, tengo que saber controlar a las jugadoras cuando a veces se alteran un poco y también hay que mostrar lo que es Uruguay. Pero luego soy una más del grupo”.

     

    Pamela es uruguaya por los cuatro costados. Un pulmón en el mediocampo, con piernas como aspas para raspar en el centro y a los lados, arriba y abajo. La proverbial garra charrúa que hace del esfuerzo y el sacrificio su seña de identidad. “El que abandona no tiene premio”, se lee en el perfil de twitter de la capitana celeste. La Capi, como la llaman sus compañeras.

    Ella piensa que en todo equipo tiene que haber al menos uno o una que, hablando mal, haga el trabajo sucio, que sea como N’GoloKanté, ese pequeño gigante francés de padres que emigraron de Mali, rechazado en sus inicios por su tamaño, jugador de un desgaste enorme para hacer que sus equipos ‒aquel inesperado Leicester que se llevó la liga inglesa en 2016, el Chelsea campeón de Europa en 2021 o la Francia que conquistó el Mundial ruso de 2018‒ cierren fisuras, minen el campo contrario y agobien a sus rivales.

     

    “Hoy en día nos nubla la visión el juego bonito y todas esas cosas, pero a mí me gusta lo otro. Me gusta la guerra, el que se tira, raspa, y va y viene, que es más uruguayo también”.

     

    Parecería que Pamela González Medina es un torbellino constante, un motor en revolución permanente, pero cuando se mira a sí misma, se ve introvertida y tranquila, herencia más de su padre que de su madre, en quien admite carácter y decisión, como si a ella le faltara.

     

    “Soy pacífica, muy observadora, cuando llego al vestuario, me visto y una vez que estoy preparada me siento en mi lugar y observo a mis compañeras, unas bailan, otras cantan. También a las rivales, a las que van en mi puesto y de las que tengo referencias”.

     

    Hay mucho fútbol en las botas de Pamela González. De aquel Colón de relumbre con el que fue campeona uruguaya, pasó a Nacional, el club con más torneos disputados en el fútbol uruguayo, y de ahí dio el salto al ascendente balompié femenino español. Primero Málaga y desde hace dos temporadas el Granada. Pero su foco, su centro, es el grupo.

     

    “Para mí, el grupo es más importante que la parte futbolística. Que sea un buen grupo es esencial y saber gestionarlo es el papel de un capitán”.

     

    De una capitana tranquila y atenta como ella, la sanducera que no olvida sus raíces. Como su admirado Kanté, el chico de los suburbios parisinos. “Humilde ‒dice de él‒, tranquilo, no es de esos que quieren llamar la atención”, y en ese remate también habla de ella.

     

    Una profesional

     

    Un puñado de uruguayas vive de jugar al fútbol. En el balompié femenino sudamericano ser profesional del deporte más universal es aún un sueño. Hay que emigrar para tener un contrato de trabajo dando patadas a un balón, como en su día lo hizo Pamela González.

    No es la única charrúa pero sí la de más recorrido en una liga como la española, que tiene un potente patrocinador, Iberdrola, en la que compiten la casi totalidad de los clubes profesionales de fútbol y que ostenta un título de la Champions europea femenina alcanzado por el Barcelona en 2021.

    La sanducera se codeó en el escenario de la Primera división en la temporada 2018-2019, ahí sí es la única uruguaya que ha tocado ese techo. Había llegado al Málaga en 2015 y en su tercera temporada se consiguió el ascenso.

     

    “Fue una tremenda experiencia. En la Primera hay mucha competencia, mucha calidad, hay jugadoras extraordinarias. A los equipos que suben, como fue nuestro caso, les suele costar adaptarse por la alta intensidad con la que se juega”.

     

    Fue debut y despedida. Lucharon hasta la trigésima jornada, la última, pero no pudieron evitar el descenso. Quedan, sin embargo, las ganas de volver y los recuerdos intactos. Como el día que enfrentaron al Barcelona.

     

    “Aguantamos el 0 a 0 todo el primer tiempo y eso para nosotras ya era un triunfo. Son bestias del fútbol, nos sometieron. Cuando agarrás la pelota, te presionan muy rápido porque están a otro nivel, el desgaste físico fue tremendo. En el segundo nos cayeron cuatro. Yo jugué todo el partido y nunca lo olvidaré”.

    El estreno en la categoría también fue muy duro porque el rival era nada menos que el Atlético de Madrid, campeón en las dos temporadas previas, título que conservaría al final de ese torneo 2018-2019. Fue un día lluvioso, recuerda Pamela, cancha encharcada, el balón cada vez más pesado, día de extenuación hasta la última gota de aliento. El Málaga volvió a segunda para la temporada siguiente, que fue la última de Pamela en el club andaluz.

     

    “Cuando descendimos continué un año más. Tenía ofertas mejores pero me quedé porque estaba cómoda en el grupo, me valoraban y me encantaba la ciudad, con la playa cerca, el clima cálido que me gusta y una zona céntrica muy linda. Hice también muchas amigas que aún conservo”.

     

    Luego sintió que su etapa malagueña había llegado a su fin y optó por la oferta del Granada, que llevaba algún tiempo siguiéndola. Al hacer esta nota, el club nazarí ‒Nazarí fue la última dinastía musulmana en el Reino de Granada‒ mantiene un codo a codo con el Alhama CF de Murcia, que está un punto arriba con un juego más a falta de diez jornadas para el final y un enfrentamiento pendiente entre ambos clubes.

     

    “Es muy difícil subir a Primera, solo lo consiguen las campeonas de cada uno de los grupos de Segunda. La temporada anterior fuimos muy irregulares, ahora estamos siendo más regulares y tenemos una seguidilla de juegos ganados que nos mantiene en la pelea por el ascenso, que es el objetivo”.

     

    Pamela vive su profesionalidad a tope. Hace lo que le gusta y administra su tiempo planificando un futuro más allá de las canchas. Cada día va a clases de inglés por la mañana, vuelve a casa y le dedica unas horas al curso de administración y finanzas que está haciendo; luego come, descansa y desde las 16 horas a las 19 entrena, no solo en cancha, sino que el grupo analiza videos de sus partidos y del próximo rival, y tiene jornadas de gimnasio. De vuelta a casa, cena y a descansar. Es de poco salir, disfruta la ciudad y sus montañas, extraña la playa pero le gusta la gente de graná y, cuando puede, se distrae yendo al cine a ver películas de aventuras y fantasía. Antes de los partidos, prefiere estar tranquila en casa, relajada.

     

    “Aún no me ha salido la chispita de entrenadora, pero capaz que la de directora deportiva sí, por lo que estoy estudiando”.

     

    La capitana que gestiona en el vestuario tiene miras altas.

    “Algo grande”

     

    Uruguay nunca ha ido a un mundial de fútbol femenino de la categoría absoluta, lo que en Sudamérica tampoco han logrado Bolivia, Paraguay, Perú y Venezuela.

    El próximo Mundial de 2023, previsto a disputarse por primera vez en dos sedes, Australia y Nueva Zelanda, ofrece para la región tres cupos directos y dos repechajes, al elevar el número de participantes totales a 32.

    La selección que dirige Ariel Longo

    ‒también jefe de la sub 20‒ buscará uno de esos cinco puestos en la Copa América de julio que se desarrollará en las ciudades colombianas de Armenia, Bucaramanga y Cali. Es una oportunidad de oro.

     

    “Estamos en un proceso ascendente. Con la salida de jugadoras al exterior, la calidad ha subido. Todas lo notamos, porque nos podemos dedicar cien por ciento a esto, lo que en Uruguay todavía es difícil porque las chicas estudian, trabajan y juegan. Tenemos altas posibilidades de conseguir algo grande”.

     

    La Celeste femenina ha aprovechado las fechas FIFA para foguearse con potenciales rivales de la Copa América como Colombia, dos veces mundialista, Chile, en una ocasión, y Paraguay.

     

    “Creo que dimos muy buena imagen, cada vez hay más nivel. Somos un equipo aguerrido e intenso, con el esfuerzo como fortaleza”.

     

    Uruguay ha participado en seis de los ocho campeonatos sudamericanos, con solo cinco victorias en veinticinco partidos. Tres de esos triunfos fueron en la edición de 2006 en Mar del Plata, cuando se alcanzó el tercer lugar por detrás de Argentina y Brasil. Repetir un torneo similar, con jugadoras más fogueadas, le daría el boleto al Mundial.

     

    “Longo es un entrenador con el que hace varios años venimos trabajando. Siempre nos anima a seguir creciendo. Creo que estamos en buenas manos. Conmigo quizás tenga esa pizca de más confianza para en un momento específico pedirme una opinión sobre el grupo. O yo poder transmitirle algo que pasó en un partido o una apreciación que tenga. Es cercano y un 10 como persona”.

     

    La Celeste aprovechará otra fecha FIFA en junio en su preparación para la Copa América, para seguir ajustando las tuercas de un combinado en el que ya despunta Esperanza Pizarro, mundialista con la sub 17 en 2018 y recientemente incorporada a la liga española en el Santa Teresa de Badajoz, en el mismo grupo que compite el Granada de Pamela. Y es posible que Longo sume a Belén Aquino, de Peñarol, figura de la sub 20 que tendrá su torneo sudamericano en abril.

     

    “Estamos en el camino, pero el recorrido es largo. Es muy importante que tanto directivos como patrocinadores apuesten por el fútbol femenino, para que las futuras generaciones tengan más recursos de los que tenemos nosotras ahora. Pero cada una la seguimos peleando”. 

     

    La legión extranjera

     

    Cada vez más uruguayas emigran con el balón como pasaporte. Es una prueba de que la calidad aumenta en el aún joven fútbol femenino local. Buscan retos más exigentes y la posibilidad de vivir de lo que les apasiona. Las selecciones sub 20 y mayor se nutren de vuelta de jugadoras más hechas.

     

    Argentina

    Carolina Birizamberri (26 años, RiverPlate). Desde 2014 está jugando en River con un paréntesis de un año en la Segunda española. Fue campeona con los Millonarios en la temporada 2016-17 y colíder goleadora en la Libertadores de 2017.

    Laura Felipe (24 años, RiverPlate). Una lateral explosiva que fue figura en Nacional, club con el que fue bicampeona uruguaya. Con River disputó su tercera Libertadores en 2020.

    Cindy Ramírez (31 años, San Lorenzo). Salió en 2009, regresó al torneo local y volvió a Argentina en 2014. Ha sido asidua de la Selección, de la que se ausentó por lesiones en las últimas convocatorias.

    Federica Silvera (29 años, San Lorenzo). La exjugadora de Nacional cumple su quinta temporada en el fútbol argentino y disfruta de un contrato profesional.

    Sofía Olivera (30 años, UAI Urquiza). Esta experimentada golera en Cerro, Peñarol y la Selección está en su segunda temporada en el campeonato argentino.

    Agustina Sánchez (22 años, Rosario Central). Surgida de Nacional de Nueva Helvecia, la golera se estrena en el exterior con el club canalla.

     

    Brasil

    Karol Bermúdez (21 años, Atlético Mineiro). La excentrocampista de Liverpool y Nacional fue contratada en enero de este año para su primer Brasileirão.

    Luciana Gómez (21 años, Atlético Mineiro). Esta mediocampista ofensiva tuvo destacada participación en el último campeonato logrado por Nacional.

     

    Colombia

    Camila Baccaro (23 años, Independiente de Santa Fe). Salida del Unión de Paysandú, pasó por Independiente y Boca Juniors, en Argentina, antes de enrolarse en la liga colombiana. En 2021 debutó en la Selección.

     

    España

    Yannel Correa (25 años, Real Oviedo). Nacida en España, la hija del futbolista Gabriel Correa ha hecho toda su carrera en clubes españoles.

    Yamila Badell (25 años, Real Oviedo). La hija del exjugador Gustavo Badell, está en su cuarto club español, tras su paso por Málaga, CD Tacón y Racing féminas.

    Stephanie Lacoste (25 años, Real Oviedo). Joven, pero de amplio recorrido: Paraguay, Colombia, Portugal y ahora España. Defensa central con buena salida del balón.

    Esperanza Pizarro (21 años, Santa Teresa). Figura en la Selección mundialista sub 17 de 2018, tras titularse campeona con Nacional emigró al fútbol español.

    Valentina Morales (20 años, Santa Teresa). Fichó con el Real Murcia antes de cumplir 18 años, esta temporada se sumó al Santa Teresa de Badajoz.

     

    Paraguay

    Mariana Pion (29 años, Libertad Limpeño). Mediocampista defensiva con amplia experiencia en el exterior: Colombia, dos veces, Brasil y de vuelta en Paraguay

     

    Portugal

    Keisy Silveira (26 años, Racing PowerFutebolClube). Esta hábil delantera que destacó en Colón y la Selección, pasó del fútbol colombiano al portugués en la Segunda división femenina.

    Daiana Farías (23 años, Racing PowerFutebolClube). La exdefensora de Colón y Peñarol prosigue su aventura en el fútbol europeo, en la segunda portuguesa.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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  • Rompiendo barreras, por Javier Conde

    Es una realidad incontestable que en este 2019 pegó un estirón, con más equipos en todo el país, más jugadoras y con un incremento de la competitividad. El balompié de mujeres, que busca visibilidad, es más que fútbol: pretende romper barreras y ser un agente de cambio social y cultural moviendo la pelotita. Un golazo.

    Nadie le regala nada

    al fútbol femenino

     

    Es una realidad incontestable que en este 2019 pegó un estirón, con más equipos en todo el país, más jugadoras y con un incremento de la competitividad. El balompié de mujeres, que busca visibilidad, es más que fútbol: pretende romper barreras y ser un agente de cambio social y cultural moviendo la pelotita. Un golazo.

     

    El fútbol femenino uruguayo es una mujer que se acerca a los 25 años, que estudia y/o trabaja y llega agotada a los entrenamientos en canchas, por lo general, deficientes. En las piernas de un puñado de estas chicas hay sudamericanos, copas América y un par de mundiales en la categoría Sub 17 (Azerbaiyán 2012 y Uruguay 2018). No hay dinero de por medio, salvo contadas excepciones, incluso no son pocas las que meten la mano en el bolsillo propio para desplazarse o adquirir su indumentaria. Aun así, juegan por el placer de jugar. Y cada vez mejor.

    ¿Cuántas son? Un montón. Un cálculo oficioso e impreciso que suma las cifras aportadas por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), la Organización de Fútbol del Interior (OFI) y la Organización Nacional de Fútbol Infantil (ONFI), el trípode de instituciones sobre el que se apoya de forma regular la actividad, anda sobre las trece mil futbolistas.

    Son chiquilinas, en verdad, en promedio menores a esos casi 25 años que fija la fecha de 1996 en la que arrancó la organización del primer campeonato uruguayo de fútbol femenino, cuando Matilde Reisch, que había impulsado el deporte con mucho éxito desde la Intendencia de Montevideo, recibió el encargo de la AUF de mover esa cosa rara de chicas pateando el balón en un país donde se transpira por todos los poros las glorias de su Selección y de sus equipos masculinos.

    De familia futbolera, la abuela la inscribió en Nacional al nacer, Reisch, esbelta y elegante cuando frisa los 79 años, recuerda aquellos días farragosos. “Fueron de mucho trabajo”, confiesa, y aún oye los gritos destemplados, y ríe, contra las pioneras que se atrevieron a romper el molde primero en fútbol 5 y luego en fútbol 11. Era una orden de la FIFA y había que cumplirla, sin mucha convicción, como para sacarse un problema de encima.

     

    El crecimiento

    De los siete equipos iniciales –Rampla Juniors se llevó el primer título de acuerdo a los registros de la AUF– compitiendo en una sola categoría, se ha avanzado en un cuarto de siglo a un campeonato con dos divisionales (A y B) mayores que juegan todo el año en torneos Apertura y Clausura, con sistema de ascenso y descenso; y dos juveniles, Sub 19 y Sub 17.

    De 2018 a 2019 se pasó de 43 equipos a 59 solo en la AUF y más de 1.500 jugadoras (las federadas, sin embargo, duplican esa cifra) por una conjunción de factores: las disposiciones de la Conmebol que obligan a todos los equipos profesionales masculinos a competir en la rama femenina so pena de perder el cupo que obtengan para las copas Libertadores y Sudamericana, y la irrupción de una amplia camada de jugadoras que pide paso, quienes comenzaron desde pequeñas, jugando con hermanos, primos y vecinos en la calle y luego haciéndose un hueco en equipos de varones que las veían como bichos raros.

    “A la vuelta de dos años, cuando crezcan, la competitividad va a ser mayor”, apunta Daniel Pérez, director técnico que hizo a Cerro campeón en 2012 y se ha llevado los dos últimos títulos con Peñarol, con debut incluido en la Libertadores Femenina de 2018. “Vienen con el baby fútbol a cuestas y eso va a favorecer el crecimiento porque tienen la experiencia de lo que es el fútbol”, sigue el DT. Hay que darle tiempo a los ciclos biológicos.

    Un impulso adicional, y para nada menor, fue la realización a fines del año pasado en Uruguay (Montevideo, Colonia y Maldonado) del VI Mundial Sub 17, que reunió a 16 selecciones y en el que la Celeste obtuvo su primer punto. Dirigidas por Ariel Longo, que comanda los tres combinados femeninos charrúas (Mayores, Sub 20 y Sub 17), la mayor parte de las 21 gurisas seleccionadas juegan ahora enlas categorías mayores o en Sub 19, incluso alguna ya ha sido convocada para amistosos de la Selección absoluta femenina.

    El estadio Charrúa, remozado para la histórica ocasión, se llenó para presenciar el debut uruguayo en el Mundial y aunque la Selección cayó goleada ante la muy física y potente Ghana, los que se acercaron por primera vez al fútbol femenino local pudieron apreciar la característica garra charrúa, una prioridad para Longo, y el destello individual, al menos, de un par de puñales en el ataque: Belén Aquino y Esperanza Pizarro, que harían los dos únicos goles del combinado durante el torneo. El de Pizarro, en la igualdad contra la aseada Finlandia, tercera en el campeonato europeo, fue declarado el mejor gol del Mundial.

    Aquino lo hizo en el segundo partido contra Nueva Zelanda, en la única vez que Uruguay fue arriba en el marcador durante el campeonato. Con 17 años cumplidos en febrero, es una jugadora que se pierde de vista. Menuda, eléctrica y veloz, mortal en la definición, de disparo potente y dribling endemoniado, la ex jugadora de Colón –para el que acumuló más de un centenar de goles– fue cedida en préstamo por este año a Progreso que canceló la suma de dos mil dólares. Y otro tanto si su nuevo equipo decidiera ponerla a jugar contra su antiguo club.

    Una cifra irrisoria si se compara con la realidad del fútbol de hombres, pero inédita en el femenino local. El canje levantó alguna roncha entre los involucrados, pero terminó suscribiéndose en la AUF. El sueño de Aquino es ser una jugadora profesional, como lo son más de media docena de uruguayas que juegan en ligas del exterior. Una cantidad aún modesta.

    Progreso, que ganó los 18 partidos que disputó la temporada pasada en la divisional B, es uno de los cuadros que amenaza la hegemonía de Peñarol, Nacional, actual líder de la Primera, y Colón que poseen ocho de los últimos nueve títulos. El once a rayas verticales rojas y amarillas es un cuadro cuasi juvenil, de buen ver, en el que además de Aquino destacan la figura de AntonellaFerradans, lateral izquierda de la Sub 17 y ya convocada a la mayor, que corta y sale con el balón a ras del piso; la fina Micaela Domínguez, ex Liverpool, también del combinado mundialista juvenil; Sasha Larrea, ex Peñarol, una bujía en el medio campo y de potente disparo, entre otras.

     

    Formando, formando

    A pesar de la carencia de recursos, los clubes ponen el acento en la formación de jugadoras. Colón es reconocido, sin mezquindades, como una de las canteras más prolíficas de los últimos años. Tetracampeón (2013-2016), vicecampeón en 2018 y 2019, único equipo uruguayo semifinalista en la Libertadores femenina (2016), aportó siete jugadoras al combinado juvenil que Graciela Rebollo llevó al subcampeonato sudamericano y al Mundial de 2012.

    De sus filas surgieron Yamila Badell

    –bigoleadora en ese certamen planetario de Azerbaiyán–, que milita en el CD Tacón de Madrid, equipo que logró el ascenso a la muy apetecida Liga Iberdrola, la primera división española donde está el finalista de la champions femenina 2019, el Barcelona, y el potente Atlético de Madrid. También Pamela González que subió el año pasado con el Málaga y descendió esta temporada, por solo mencionar a las más afamadas.

    Colón, a la vez, ha reforzado sus planteles con jugadoras venezolanas, entre ellas Oriana Altuve, una goleadora insaciable en su país con el Caracas FC y con el Independiente Santa Fe en la liga profesional de Colombia en sus dos únicas temporadas. La caribeña jugó este año en España con el Rayo Vallecano y en su debut en la tercera jornada le clavó tres goles al Madrid CFF. Un inciso referencial que evidencia el nivel de las jugadoras que pasaron, y hay, en el femenino charrúa.

    Detrás de los éxitos del equipo del Parque Suero está el encomiable esfuerzo de su presidente, Héctor Chaine, y de la familia Chaves, Paulo, presidente de la sección femenina, y Adriana, su esposa, que acogen en su casa a las jugadoras extranjeras del club, le echan un remiendo a la exprimida cancha de la Avenida de las Instrucciones y asumen la delegatura en el terreno y en los despachos. “Siempre cariño para esa gente que me hizo darme a conocer”, dijo una agradecida Altuve, días después de aterrizar en Madrid el pasado mes de setiembre.

    A Colón lo sucede en el presente Liverpool. Bajo la coordinación de Rebollo, ex seleccionadora nacional y ex técnica de Colón, el club de Belvedere es el único que compite en categorías Sub 12, Sub 14, Sub 16, Sub 19 y divisional A, apuntando a un modelo que no tiene prisas, que privilegia que sus jugadoras cumplan todas las estaciones de su crecimiento futbolístico y que, además, dio el ejemplo de consignar ante la AUF los contratos remunerados suscritos con sus cuerpos técnicos. Un tercio exacto de las 21 chicas que se pusieron la camiseta celeste en el Mundial de 2018 salieron de esa granja.

     

    Mujeres empoderadas

    La presidencia del Consejo de Fútbol Femenino de AUF la ocupa Valentina Prego –que ejerció en paralelo la coordinación del Mundial Sub 17, un éxito organizativo reconocido por la FIFA– y dos mujeres más destacan en la Mesa Ejecutiva, Mabel Leyes y Francisca Lavin, que la integran junto con Nilso Romero y Danilo Mannise. Beatriz Leiro es la secretaria de las selecciones nacionales.

    Desde allí parten los lineamientos que rigen el fútbol de mujeres y señalan un horizonte sin plazos pero también sin pausas. Prego apunta dos grandes objetivos: “que la primera división sea a futuro la liga profesional y que se logre la integración nacional”.

    Lo primero supone lograr mejores condiciones para las jugadoras y cuerpos técnicos, acceso regular a la infraestructura de las que gozan, al menos, las divisiones juveniles masculinas. Lo segundo, más peliagudo al parecer, sentarse con la OFI, presente en dieciocho departamentos del país, con excepción de Montevideo, que realiza una copa anual femenina en la división mayor, este año por 17ª ocasión.

    Los campeones de la AUF, a los que corresponde la representación a la Libertadores Femenina, y de la OFI no se enfrentan en un duelo final que tendría, en sentido estricto, alcance nacional. “Se ha hablado, pero no hay nada concreto”, dicen en una y otra organización cuando se indaga al respecto. Sí se hace sin embargo en las categorías Sub 16 y Sub 14, cuyos ganadores compiten luego en la Fiesta Sudamericana de la Juventud que organiza la Conmebol.

    Martha Costoya es uno de los motores de la comisión de fútbol femenino de la OFI. Lleva 31 años en la organización y ama el fútbol desde pequeña. Su padre, un gallego de Frades, La Coruña, fallecido en 1987, era un futbolero empedernido y cargaba con la pequeña para los partidos del campeonato uruguayo. “No tuvo tiempo para verme trabajar por el fútbol”, comenta ella.

    La OFI tiene setenta años de fundada y afilia 61 ligas en los dieciocho departamentos del interior del país. Su tránsito en el fútbol femenino comenzó hace diecinueve años. “En dieciséis ligas hay fútbol de mujeres, tenemos registrados 151 equipos y 5.470 jugadoras”, precisa. Además de la 17ª Copa Nacional en la categoría mayor, preparan la séptima edición en Sub 16 y la segunda en Sub 14. “En el interior es impresionante lo que se ha crecido, treinta equipos más que el año pasado”, dice de memoria, sin apuntes.

    “Estamos apostando a que nuestras ligas armen competencias internas para que las chicas jueguen todo el año, no solo la Copa de la OFI que dura cuatro meses”, apunta Costoya.

    Desde hace cinco años, la OFI se alió con ONU Mujeres, dirigida por Magdalena Furtado, para darle nombre a su máximo torneo –este año celebran también los diez años de Gol al Futuro, un programa institucional de la Secretaría Nacional del Deporte que, entre otras cosas, permite armonizar estudios con deporte.

    “Cuando nos juntamos con Martha [Costoya] y con la OFI hace cinco años nos asombró un dato: había 261.617 deportistas federados y 242.897 eran hombres, solo 7% eran mujeres”, dijo Furtado, tan emocionada como sorprendida, durante el lanzamiento de la Copa Nacional en el Hotel NH Columbia. “Nos propusimos ayudar a cambiar esa realidad”, remató.

    La alianza se inscribe en la estrategia global de la FIFA que busca el crecimiento sostenible del fútbol femenino y que se haga más accesible para las mujeres, que son las protagonistas del espectáculo. “Esto nos empodera”, resalta, vivaz y rápida, como si corriera por la banda, Furtado.

    Y ese es el elemento diferenciador del fútbol de las mujeres. Es más que pegarle a la pelota con sentido. Es un vehículo para el cambio social, para vencer estereotipos, para que la mujer adquiera más visibilidad, refuerce su confianza y asuma liderazgos comunitarios. Y no son consignas: un cuarto de siglo después de su inicio formal (tan atrás como que en los setenta se disputaron de formar irregular los primeros torneos) siguen existiendo barreras para que las mujeres practiquen el más universal de los deportes.

     

    Juegan ellas, dirigen ellos

    Los diez equipos de la divisional A uruguaya son dirigidos por hombres, eso sí, enamorados del fútbol femenino. Como Daniel Pérez. “Llevo ocho años en esto, mi idea es seguir creciendo en el fútbol femenino, me gustaría lograr un buen torneo en la Libertadores y hoy o mañana dirigir la Selección y repetir el mismo trabajo que hicimos en Peñarol”. No es el único rendido ante el encanto de unas jugadoras en las que aún pervive el espíritu lúdico del deporte y, a la vez, una capacidad de captación que definen como “superior”.

    A ellas les cuesta más llegar a la dirección de equipos. Es una tendencia que se repite en toda Sudamérica. Incluso en el Mundial Sub 17 ya referido solo cinco de dieciséis selecciones eran adiestradas por mujeres: España, a la postre campeona, Sudáfrica, México, el otro finalista, Alemania y Canadá.

    Fabiana Manzolillo, ex seleccionadora nacional, de vuelta este año en el campeonato de la AUF con el debutante Defensor, líder en la divisional B, es una convencida de que las mujeres pueden dirigir mejor que los hombres en el femenino. “Estamos pendientes de cosas que quizás ellos le den menos importancia”, le confesó a futbolella.com.

    El proyecto femenino de Defensor lo impulsa Ana Gómez, ex jugadora, quien cursó Gerencia Deportiva en la Universidad de Leipzig, Alemania, con una intención más allá de lo competitivo: desarrollar un modelo de gestión que haga crecer el fútbol femenino. Graciela Rebollo cumple funciones similares en Liverpool, Alexandra Mazurkiewicz en Peñarol y también, y al menos, Danubio tiene ese sello de mujer.

    Pero, ¿qué ocurre en el campo, tanto en las prácticas como en los juegos regulares, donde ellas son las reinas del juego y son más evidentes las carencias? Un informe que la Organización de Fútbolistas Uruguayas (OFU) –en la que Valeria Colman, lateral izquierda de Nacional, asidua en la Selección mayor, y Rosina Peña, de RiverPlate, asumen la vocería– realizó el año pasado una encuesta entre la mayor parte de los equipos de las divisionales A y B, que arrojó estos datos relevantes:

    Siete de quince equipos cuentan con vestuario: cuatro con duchas.

    Tres de quince equipos entrenan en lugares pertenecientes al club que representan.

    Nueve de quinceequipos consideran que las canchas de entrenamiento no están en buen estado.

    Dos de quinceclubes dan a la primera plantilla viáticos mensuales: ambos pertenecen a la división A.

    Diez de quinceequipos carecen de seguridad médica.

    Once equiposcarecen de servicio de fisioterapia para las jugadoras.

    Ningún club cuenta con contrato para las jugadoras.

    Es una foto que hay que volver a sacar porque la participación de los equipos profesionales en el torneo 2018 lleva aparejada mejoras. Desde la infraestructura, la indumentaria, la regularidad y calidad de los entrenamientos. Y porque además se produjeron asociaciones con clubes amateurs como son los casos de Fénix - Canelones; Línea D - Plaza Colonia y San Jacinto - Rentistas, que es un ganar-ganar: unos pueden cumplir con la obligación de la Conmebol y otros acceden a recursos de los que carecían. Es otra tendencia en toda Sudamérica.

    En el interior del país el acceso a recursos y mejores condiciones para el desempeño de la práctica futbolística femenina es aún más limitado. Laura Aquino, presidenta de Arachanas de Melo, ocho veces finalista de la Copa Nacional de la OFI –cuatro títulos– habla sin guardarse nada. “Tenemos que rogar para que nos asignen las canchas a las mujeres. Falta infraestructura y además hay que cambiar la cabeza de los dirigentes”.

    Vinculada desde hace veinte años a su club en la capital de Cerro Largo, siente y dice: “Estamos muy lejos del nivel sudamericano, pero somos tercas y lo hemos demostrado, vamos a seguir porque lo que importa no es el nivel sino la pasión por jugar”. Y como si fuera a disparar a la portería, sentencia: “Nadie le regala nada al fútbol femenino”.

     

    El semillero

    Cuando un día de 2005 Jorge Burgell, periodista y entrenador, abrió el fichero de la ONFI de la que en la actualidad es vicepresidente, encontró el nombre de 42 chicas registradas. Llegó a una certeza: no hay relevo. Y de esa certeza derivó una convicción que ha profundizado a lo largo de la casi década y media transcurrida: impulsar el fútbol de niñas para garantizar la vida del fútbol femenino y dar un salto de calidad.

    La ONFI, que depende de la Secretaría Nacional del Deporte, fue fundada hace cincuenta años como Comisión Nacional de Baby Fútbol, tiene el encargo por decreto de organizar y promover el fútbol infantil (entre los seis y los trece años) en todo el país. Burgell afirma que es la organización de voluntariado más extensa y numerosa del país: reúne a cincuenta mil jugadores y mueve a unas 200 mil personas por campos y campitos cada semana.

    La ley 18.571, aprobada durante el primer mandato de Tabaré Vázquez, declaró el fútbol “de interés nacional” y de “protección especial del Estado”, una singularidad uruguaya, que la ONFI hace realidad desde las edades más tempranas.

    También aquí se registra un crecimiento notorio. Aquel número de 42 se multiplicó por cien –“ronda las 4.500”, aproxima Burgell–, en 16 de sus 67 ligas hay torneos de niñas y un número impreciso de ellas juega en los campeonatos de varones, con lo que se ha dado la curiosa situación de que a nivel infantil hay fútbol mixto o de chicas. En 150 clubes hay fútbol de niñas.

    Hay relevo y lo evidencia un dato: 20 de las 21 chicas de la Selección mundialista Sub 17 patearon balones en equipos del fútbol infantil. La excepción fue la arquera Jennifer Sosa, nacida y criada en Estados Unidos.

    La ONFI cuenta con un Departamento de Niñas que organiza torneos en edades Sub 11 y Sub 13 con clubes cuyas ligas aún no tienen torneos internos femeninos, y jornadas especiales en Sub 9. El propósito es muy claro: extender el fútbol femenino a toda la estructura de la organización.

    Luis de Melo, su presidente, afirma sin duda alguna que la ONFI es una organización muy potente, cuya fortaleza radica en la gente, los padres, que se involucran más allá de ver jugar a sus hijos o hijas o a ambos. Aliados también con ONU Mujeres y el Instituto Nacional de la Mujer se plantean “una transformación cultural de la sociedad a través del juego”. Ideas plasmadas en libros de difusión masiva, que preparan para la competencia y también para la vida.

    Quienes se mueven en el ámbito del fútbol femenino saben, aunque no lo verbalicen cada dos por tres, que solo pueden crecer. Es cuestión de tiempo. En Sudamérica el caso uruguayo es ejemplar: no hay otro país que cuente con tres organizaciones, con espacios definidos, que permitan a una niña jugar desde pequeña y ascender por ese entramado de clubes y equipos hasta las categorías mayores.

    Falta más difusión, más público desprejuiciado, mayor inversión y marcas que quieran apostar al futuro. Es cuestión de tiempo.

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  • Confiar y esperar, por Diego Martini Lemos

    Son las cuatro de la tarde y la luz del sol pega fuerte en Aguascalientes, lo cual viene bien cuando el frescor se hace sentir por esta época. Adentro todo es igual, nada es mejor. Algunos juegan al fútbol, se la pasan y gambetean, a las risas.

    LUIS GOROCITO, LA PELOTA, LA REINA Y EL DESPUÉS DE MÉXICO

     

    Son las cuatro de la tarde y la luz del sol pega fuerte en Aguascalientes, lo cual viene bien cuando el frescor se hace sentir por esta época. Adentro todo es igual, nada es mejor. Algunos juegan al fútbol, se la pasan y gambetean, a las risas. Otros tiran de tres, prueban con tabla, y van abajo a buscar el rebote. Otros, unos que se creen pinchesgringos, le dan al bate y corren a la base para no quedarse atrás pensando que son Babe Ruth. Hace una hora que Goro le juega una partida a un compañero y no puede con él. Se toma la barbilla, piensa. Esto no es como en el área, donde se mueve como pez en el agua con su tamaño. Acá le da al marote y busca la mejor opción para derrocar a la reina blanca, que ya tiró a varios para afuera. Entre un caballo y un alfil, a la avanzada de algunos guapos peones, va, a la uruguaya. Jaque y el rey queda arrinconando entre tres, un paso en falso y la queda. Pero Goro no se confía, sabe que su compañero es bueno y que va a zafar. Un movimiento y sale, raspando, pero la vuelta sigue y hay que terminarla.

    Así se mueve la tarde en el Centro de Reinserción Social en Aguascalientes (Cereso para varones), uno de los 31 estados que conforman a México, la casa de Luis Gorocito desde 2014, cuando se fue desde Racing Club de Montevideo en busca de sueños, esos mismos sueños que lo marcaron de guacho, cuando vivía en La Aguada y se movía por el barrio, después de las clases en la escuela 133, yendo a jugar a la plaza del Palacio Legislativo. Su papá era el DT. Después cruzando de barrios, para irse hasta el Cohami, de la Liga Paso Molino del baby, en las viviendas de Millán y Lecocq. Jugaba en el medio, con la 10, moviendo la guinda como el argentino Pipo Gorosito, con la de River Plate o San Lorenzo, a quien llegó a junar alguna vez por TV y por quien su padre tenía especial paladar.

    Lo vieron y lo quisieron tener. Primero Liverpool, apenas un año, y luego Racing, donde creció y se formó, ya jugando como referencia de área. Todo pasó rápido. Tenía 18 años, y el mismo DT que lo había tenido en cuarta y tercera, Osvaldo Streccia, lo subió a primera a hacer la pretemporada con el equipo. Le tocó debutar un tiempo después, con Jorge Giordano como DT, ante River Plate, por el Apertura 2012 en el Saroldi. Unas fechas después, en Sayago, cuando Racing perdía 2-0 con Cerro, puso el descuento, anotando su primer gol en la máxima categoría. Luego vino Miguel Piazza al equipo y, con él como DT, le anotó un gol a Juventud y otro a Peñarol, en el Estadio.

    El campeonato 2013-2014 fue el suyo. Líber Quiñones, su amigo y referente en la cancha, se había ido a Danubio, por lo que el mote de goleador le quedaba a él. No defraudó. Marcó ocho goles en el equipo de Rosario Martínez y tuvo una tarde tremenda con tres ante Miramar Misiones. Igualó con Líber Quiñones en la tabla, solo tres por detrás de Romario Acuña, Iván Alonso y el Chapa Blanco. Para el Clausura, Racing tuvo a Mauricio Larriera, con otra forma de juego, más ofensiva, que lo tenía para definir las varias situaciones de gol que aparecían. Marcó seis, por lo que completó catorce en la temporada, seis menos que el goleador absoluto del torneo, Romario Acuña, con la de Cerro.

     

    Ándale, manito

     

    Sus goles, su disciplina, su esfuerzo, hicieron que el Necaxa mexicano se fijara en él y comprara su ficha para disputar el ascenso en 2014. Viajó, firmó contrato y se acopló bárbaro al equipo de Miguel Fuentes. Debutó el 31 de julio por Copa MX y logró marcar su primer gol por el campeonato ante Zacatepec. Terminó con cuatro tantos el campeonato 2014-2015. El campeonato 2015-2016 lo tuvo al frente, de nuevo, marcando dos goles en los primeros cinco partidos. Jamás imaginaría que el 15 de agosto, ante San Luis, volvió a extrañar tanto el vestuario y estar a la orden para entrar.

    Tampoco imaginaría que después de todo lo bueno, pudiera venir lo malo. La madrugada del 16 de agosto una riña en un bar, al que había ido con amigos y con su compañero de plantel Alejandro Molina, terminó mal. Luis Mariscal, un joven de 22 años, perdió la vida en noviembre por lesiones recibidas esa noche.

    De un momento a otro a Goro lo esposaron, lo subieron arriba de una camioneta policial y lo trasladaron a Fiscalía. Pasó una, dos y seis noches detenido. Los medios tomaron el hecho enseguida como carne de cañón, las redes explotaron. Lo trataron de asesino y le dieron en el piso.

    Lo privaron de su libertad, acusado de homicidio doloso y lo trasladaron a prisión, junto a su compañero Molina. En 2017 la carátula del caso pasó a “homicidio culposo generado en riña” y en el proceso judicial fueron pasando cosas raras. A Gorocito le tocó estar preso cuatro años y él sabe, y tiene bien claro, que no mató a nadie. “Esta es mi verdad, vos podés creerme. Pero al joven que falleció, y lo lamento profundamente porque me pongo en el lugar de su familia, y sobre todo de sus papás, yo no lo toqué”.

    El camino no fue sencillo, el caso se hizo mediático y hubo que aguantar y ser cauto. Goro sabía que no podía desesperar y la llevó lo mejor que pudo, luchando como un león. Su familia fue su gran sostén, firmes y dándolo todo.

     

    Esta es mi revolución

     

    El sábado 21 de setiembre de 2019 quedó marcado en el calendario. Salió de la cárcel. El corazón explotaba y la energía rebotaba hasta en su rostro calmo. Estuvo con el viejo, que se fue a vivir a México para estar cerca de él, acomodó la jugada y se vino volando a Montevideo. Fue todo de golpe, el movimiento encima, el ruido, los autos, el avión. “Me empecé a marear. Era demasiada intensidad”. Volvió a casa, donde estaba mamá y las hermanas, los amigos, el barrio. De ahí a la cancha, su lugar en el mundo. Y se fue hasta Sayago, derechito, por Millán.

    Racing estaba peleando el descenso y recién había asumido como DT Eduardo Favaro. Esa semana era especial, de clásico ante Fénix, y el Negro quería estar ahí. Llegó y entró a su lugar. Abrazó y se emocionó con el Peludo Julio, el utilero del club, y se fue guiando por lo que lo sorprendía. Líber Quiñones, que había ido a buscarlo al Aeropuerto, lo hizo sentir de nuevo en casa, al tiempo que saludaba a los compañeros que no conocía.

    Un día y a la cancha. Se calzó los cortos y volvió a entrenar. Quería explotar de felicidad, saltar, correr y hacer 800 goles. Pero tenía que estar cauto. Esta era su revolución y su camino. Volviendo a ser, volviendo a querer. Entrenando duro y ver qué podía pasar después.

    El sábado fue a la cancha, la gente lo saludaba y le daba para adelante. Clima especial, de clásico. Los equipos a la cancha, y la foto. “Bienvenido, Gorocito”, decía el cartel con el que posaron los jugadores de Racing. Y se emocionó. Estaba de nuevo acá.

    La historia continuó, Racing bajó a Segunda División y Gorocito siguió trabajando duro, guiado por la pintada en la pared de la puerta del vestuario cervecero: “Trabajo, respeto, humildad, disciplina”. Firmó contrato, y otra vez a las canchas.

    Con el Grillo Biscayzacú al mando, pandemia de por medio, Gorocito volvió a pisar el césped en la primera fecha ante Rampla Juniors, el 12 de agosto, con triunfo de su equipo por 2-1, ya con 27 años. “Me tocó debutar en el primer partido y estaba tan metido que casi no se me pasó por la cabeza la situación de volver. En el ómnibus me caían mensajes y ahí me cayó la ficha. Fue que me emocioné y me di cuenta de que volvía. En la cancha no me di cuenta”.

     

    ¿Cómo te sentís ahora después de todo lo que viviste, del proceso y de estar de nuevo jugando?

    Estoy muy contento. Estoy agradecido. Con mi familia, con mis amigos, con mi representante, con Racing. Llegar temprano al vestuario, aprontar el mate, charlar con compañeros, prender la estufa, entrenar, valorás todo eso en el día a día. Lo extrañaba tanto que lo hago con todo el gusto del mundo. La responsabilidad, el horario, el vivir para esto. Me levanto hasta una hora antes para estar, y ya vivo el entrenamiento o el partido.

     

    ¿Por qué ni bien llegaste a Uruguay te fuiste enseguida para la cancha de Racing?

    Es mi segunda casa. En ese momento quería sentir la situación del fútbol, gracias a Dios la gente del club y el cuerpo técnico de ese momento me permitieron entrenar. Llegué un sábado al mediodía a Uruguay, el lunes ya estaba en el Roberto saludando y el martes estaba entrenando. Si bien lo primero que querés ver es a tu familia y tus seres queridos, era esto. Porque es pasión, es el sueño de chico. Volver a este lugar, de donde salí.

    Te da nervios volver al vestuario, cambiarte, ver las caras conocidas. Volver a pisar una cancha, eso no tiene explicación con palabras.

     

    ¿Cómo cambiaste rápido el chip después de salir de prisión para volver a la sociedad?

    Cuando venía en el vuelo desde México tenía dolores de estómago. Porque es otro ritmo, te mareás. Veía autos, movimientos, y el ritmo te confunde. Me mareaba por ver la velocidad y el ritmo de la ciudad, el ruido. Muchas veces me sentía mal. Todo eso lo tenía que ir acostumbrando de nuevo al cuerpo. Empezamos de a poco. Cuando llegué me recibieron notable. Racing siempre tuvo grupos humanos buenos, buenas personas. Se acercaban a ver cómo estaba, me preguntaban cómo había sido la situación, cómo lo había llevado.

     

    Entrar a la cancha, patear la pelota, sentirte jugador de nuevo… ¿Cómo fue?

    El primer contacto con la pelota me hizo acordar a cuando debuté en primera. Parecía que vivía todo de nuevo. Los pies tienen memoria. Me hicieron acordar cuando a veces me equivocaba y metía algún gol [ríe]. Era mucho el entusiasmo, pero traté de bajarlo a tierra y estar tranquilo. Estaba emocionado, pero intentaba que de afuera me vieran tranquilo.

    A medida que iba entrenando, si bien lo venía deseando desde hacía mucho, traté de estar tranquilo. Obviamente en el día a día me daba emoción.

     

    ¿Qué es lo que has trabajado desde que llegaste?

    En Racing me dieron la confianza de que manejara todo tranquilo, que no quisiera hacer cosas que quizá el físico no estaba acostumbrado. Lo principal es el tema físico, la figura física. Cuando jugaba estaba fino. Ahora intento mejorar eso. Tengo que bajar de peso de a poco y ganar musculatura. Entreno en el club, voy al gimnasio, me cuido en las comidas.

    No me pongo presiones. Objetivos sí. Ir sumando minutos, y que el equipo ascienda. Estoy soñando con hacer un gol, pero lo primero que quiero es aportarle al club. Si me toca entrar a defender lo haré. Tengo que estar preparado para poder aprovechar esos momentos.

     

    ¿Pensaste que no ibas a jugar más profesionalmente?

    Hubo un momento en que pensaba que el fútbol se me iba, pero el apoyo de mi familia me dio la confianza de querer intentarlo. Pasar de no querer volver, a ponerme el chip de que cuando me tocara salir, iba a volver. Por eso cuando salí era una emoción de que se me iba a dar de nuevo, mi familia me pedía que me enfocara en mantenerme bien. Mis padres y mi hermana fueron un pilar en eso.

     

    ¿Volvés para atrás a aquella noche del 16 de agosto?

    No voy tanto para atrás, si no te hacés daño. Pensar qué hubiera pasado si no hubiese estado ahí esa noche... Ya pasó. No te podés torturar con esa situación, si no nunca vas a avanzar. Muchas veces me preguntaba qué hubiese sido de seguir en Necaxa. ¿Dónde estaría ahora? Pero mi presente es este, mi objetivo es ir paso a paso y pelear ese ascenso.

     

    Estuviste cuatro años privado de libertad, en un país que no era el tuyo, ¿cómo estuviste?

    Fueron momentos difíciles. Sentía mucha frustración. Había momentos en los que me desesperaba, pero gracias a Dios no me tocó vivir situaciones difíciles. Tenía mi pilar, que era mi familia y mis seres queridos. Estaba todo el tiempo en contacto con ellos, siempre para adelante, siempre positivos. Si no se daba algo, igual me alentaban a seguir, a seguir creyendo. También el estar ocupado ahí, haciendo deporte, estudiando, trabajando o haciendo algún curso. Mantenía la cabeza ocupada en el día a día, con buenos compañeros. Hacía ejercicio o deporte, o estudiaba. Eso me hizo bastante llevadero ese tiempo. Obviamente no es fácil, alejado de tu familia, privado de tu libertad. Pero todo eso me hizo mantenerme enfocado.

     

    ¿Qué cosas hacías adentro para mantenerte enfocado? ¿Cuánto influye eso en tu día a día?

    Todos los días jugaba al fútbol, básquetbol, había gimnasio. Había un área de carpintería y hacíamos algún mueble o algún cuadro que podíamos vender. También se podía estudiar. A mí me gusta mucho el ajedrez y quemaba mucho jugando ahí. Había actividades para que no estuvieras sentado todo el día pensando lo que vivías. Capaz alguna vez estuve acostado, porque hay días o fechas que te pegan. Pero yo era de los primeros en salir y apoyaba a mis compañeros que vivían la misma situación.

     

    ¿Cuánto de fútbol había adentro de la prisión?

    En cada celda podías tener tu TV. La Liga mexicana la pasaban por canales abiertos, yo veía la liga los fines de semana y la copa entre semana, casi todas las noches fútbol. Había una cancha grande y otra más pequeña. Siempre se armaban equipos y había campeonatos.

     

    ¿Hiciste muchos goles ahí?

    [Se ríe]. Hice muchos. Teníamos lindo equipo, buenos jugadores. Jugaba de cinco. Estaba en el medio y trataba de organizar el equipo. Si yo jugaba arriba, atrás era un relajo. A los nenes les apasionaba ir para adelante.

     

    ¿Cómo te afectó que todo el tiempo se hablara de vos, que te señalaran, que te dijeran “asesino”? Estaba tu versión, la de la Fiscalía y la de los medios, que no te jugaba a favor.

    Sonaban muchas versiones. En algún momento me angustiaba porque no decían cómo fue realmente. Yo sé lo que hice, y lo que no. Soy consciente. Desde el día uno le decía al abogado, a mi familia, para que consiguieran los videos de la plaza y vieran la situación real. Vos si querés podés creerme o creer la versión. Pero un video de un banco, que solo la jueza puede solicitar, nadie lo puede editar, era una prueba clave para ver cómo fueron las cosas.

     

    Vos sabías que te peleaste con un joven, pero con el que lamentablemente falleció no te involucraste…

    Al muchacho que falleció no lo toqué. Yo respondo, intercambio golpes con el primero que me agredió. Pero no lo toqué a él, por suerte se ve eso en los videos. Lamentamos mucho lo que pasó. Nadie quería que pasara eso. Te ponés en la situación de los padres, de su familia.

     

    ¿Hubo cosas raras en el proceso judicial?

    Hubo varias cosas en el proceso, fue un caso muy mediático. La primera jueza tenía una presión muy grande. Ella tenía como prueba las declaraciones de ellos. A nosotros nos hundía eso. Cuando llegan los videos esa jueza declara que no coinciden con la declaración. Justo cuando va a cambiar todo, a ella la sacan y ponen a otro juez. Eso quizá me hizo pensar que podía haber algo detrás. Las pruebas estaban, se veían y estuvimos ese tiempo. Fiscalía pedía que estuviéramos cincuenta años. Ellos estaban día a día pidiendo más tiempo. Cuando aparecieron los videos, ellos desaparecieron. Incluso solicitamos de nuevo la declaración de los ofendidos, pero no se aparecieron. Nunca aparecieron. Eso nos demoró meses, porque se solicita, no van, se pone multa y volvés a solicitar.

     

    A medida que eso pasaba, transcurría el tiempo para vos, privado de tu libertad, encerrado. ¿Qué hacías? ¿Cómo te mantenías emocionalmente? ¿Llegaste a ver el video?

    Estar fuerte de cabeza es lo más importante, tener calma. Sabía que tenía las pruebas y quería que la situación cambiara. Era consciente que si me desesperaba adentro, los desesperaba a todos y se volvía un caos. Trataba de estar tranquilo y que manejaran todo los que estaban afuera. Vi los videos en una audiencia, en los juzgados. No vi lo que había pasado con el joven, luego en los videos se ve claramente. Era consciente de lo que había hecho, y obviamente lo lamento. Es una vida. Nadie quería que pasara eso, que se viviera la situación. Sabíamos que los videos legalmente podían aclarar la primera versión.

     

    ¿Las cosas que sentías las hablabas con alguien? ¿Cuánto te cambió la cárcel?

    En la cárcel hablaba con algunos compañeros, con mi familia. Lo que sentía. Si te guardás cosas, se te acumulan y es un caos. Me apoyaba con mis compañeros, dándonos aliento y metiendo mucha cabeza.

    Hoy veo el mundo distinto. Valorás mucho las cosas y pensás más. Jamás me imaginé que podía pasar eso, tampoco provoqué la situación. Si hoy me enfrento a una situación así, o vas por la calle con el auto y chocás, pensás antes de actuar. Y valorás mucho más todo, las charlas con tus padres, con tus hermanas. Salir a tomar mate. Cosas a las que no le dabas importancia.

     

    ¿Sentís que sos una persona más completa por la experiencia que viviste?

    Lo bueno, lo malo, te sirve de experiencia para ser mejor persona. Valorás las cosas. Quizá muchos que me conocen dicen que estoy más tranquilo, algunos me dicen que mantengo la misma energía. Eso va en lo que te toca vivir. Si quizá me tocaba tener que sobrevivir en el día a día, capaz la cabecita no era la misma. Pero gracias a Dios no me tocaron esas situaciones. Yo trato de valorar todo, ahora, lo que tengo, lo que soy.

    Creo que cada persona es diferente, pero todos necesitan esa rehabilitación. Si vos en vez de trabajar querés hacer relajo, seguramente salís y hacés lo mismo. Las posibilidades para cada uno están para que cambie algunas situaciones de su vida.

     

    ¿Qué te llevás de la cárcel?

    Me llevo amistades. Si bien hay gente ahí adentro que cometió delitos y pagaba su condena, hay gente que también está injustamente. Pero yo valoraba lo que hice con todos. Porque somos seres humanos. No soy nadie para juzgar a las personas. Eso lo valoro, con compañeros internos, como también con la familia de otros internos que iba conociendo. O mismo algún custodio con el que podíamos hablar, o los trabajadores sociales. Eso lo valoro mucho. Me llevo consejos y hasta hoy mantengo trato con gente que aún está detenida, o con alguno que salió. Unos compañeros me regalaron un juego, que es una especie de ludo con dados. Pasábamos noches jugando ese juego, me lo mandaron desde México a Uruguay.

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  • Dejen jugar al Tanque, por Adrián Marcelo López Hernaiz, Adriano (La Plata, Argentina)

    Santiago Silva nació en Montevideo hace 41 años. Gran parte de su trayectoria como futbolista profesional la hizo en Argentina. Sus mejores pasos fueron vistiendo las camisetas de Banfield y Vélez Sarsfield, en donde se destacó como goleador de equipos sólidos que salieron campeones. También llegó a vestir –entre otros clubes– la pesada casaca de Boca Juniors.

    EL REGRESO DE SANTIAGO SILVA A LAS CANCHAS SE CELEBRA COMO UN GOL

     

    Santiago Silva nació en Montevideo hace 41 años. Gran parte de su trayectoria como futbolista profesional la hizo en Argentina. Sus mejores pasos fueron vistiendo las camisetas de Banfield y Vélez Sarsfield, en donde se destacó como goleador de equipos sólidos que salieron campeones. También llegó a vestir –entre otros clubes– la pesada casaca de Boca Juniors.

     

    Alcanzó notoriedad debido a un conjunto de factores: excéntrico para festejar sus anotaciones, calvo por elección, máximo goleador uruguayo en el fútbol argentino y trotamundos que lleva defendidos veinte equipos en siete países (diez de Argentina, cuatro de Uruguay, dos de Italia, uno de Brasil, uno de Chile, uno de Alemania y uno de Portugal).

    A simple interpretación, parecería que hay algo de inestabilidad en sus caminos, dado que no llegó a asentarse más de dos temporadas en una misma institución.

    Desde otro enfoque, la historia cambia: un deportista que inicia su carrera a los casi dieciocho años y hoy sigue vigente –firmando contrato con Aldosivi de Mar del Plata, de la Primera división del fútbol argentino–, significa que tiene una condición atlética digna para seguir perteneciendo al alto rendimiento.

    Y aquí está el punto.

    A finales de 2019, Silva fue noticia por haber dado positivo en un control antidopaje mientras defendía los colores de Gimnasia y Esgrima La Plata. Gracias a una medida cautelar presentada ante la Justicia, el delantero pudo continuar jugando. Fue en su paso por Argentinos Juniors que se conoció la decisión final: quedó ratificada su penalidad de dos años sin jugar profesionalmente, sanción que caducó el último 11 de diciembre.

    ¿La sustancia prohibida? Ni drogas sociales ni suplementos con la intencionalidad manifiesta para aumentar su resistencia física. Nada de eso. Lo que detectó el análisis fue una medicación con testosterona en un tratamiento para ser padre.

    Para un futbolista de su edad, una sanción de tal naturaleza habría significado el retiro de la actividad.

    Sin embargo, Silva resistió. Tuvo la dignidad de anunciar públicamente un asunto que nunca debería haber salido del ámbito privado, pero lo hizo a los únicos fines de demostrar su inocencia. Además, hubo causa común en distintos protagonistas del mundo del fútbol, incluida una manifestación que se viralizó por internet y que contó con el apoyo de colegas, periodistas y aficionados: #DejenJugarAlTanque. Quienes no parecieron acusar recibo fueron las esferas de poder que gobiernan el fútbol a nivel nacional, continental y mundial.

    El problema de fondo pasa por cuestiones éticas, políticas y sociales. ¿Toda ley es legítima? ¿Qué costo tendría sentar jurisprudencia en un caso como el que aquí se menciona? ¿Siempre la sanción es ejemplar?

    Suele ser un tema álgido de discusión la presencia de dopaje en el deporte. Está claro que debe ser condenada si se intenta obtener una ventaja, porque ello alteraría el ejercicio de la actividad en igualdad de condiciones. ¿Pero qué sucede con los adictos a drogas sociales? Quitarles la posibilidad de trabajar en algo que ayuda a su recuperación física y mental sería un contrasentido.

    Si bien lo de Silva va por otro carril, también merece ser analizado. Castigar a una persona por querer formar una familia es de una falta humanitaria demasiado grande. Duele que el deporte –vinculado a la salud, la integridad y la creación de lazos– no siempre mantenga esos valores en su práctica profesional.

    El espíritu amateur de Silva es lo que mantuvo vivo su deseo: cuando alguien es víctima de una injusticia, no le queda otra que seguir de pie, sin bajar los brazos y con la dignidad de saber que cada adversidad lleva consigo aprendizajes.

    Los verdugos ni siquiera reparan en estos asuntos. No les importa. Están más ocupados en justificar sus cargos que en cuidar a los protagonistas, acaso lo más noble que tenga –en este caso– el fútbol.

    #DejenJugarAlTanque es una bandera.

    Ojalá que en todas las canchas lo aplaudan como reconocimiento a su constancia y que esas ovaciones sean como “tener de hijo” a los que lo despojaron por querer ser padre.

    Su regreso vale más que cualquier gol.  

     

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  • El pibe de oro, por Jorge Señorans

    Cuando Peñarol lo fue a buscar, su madre no lo dejó ir a Montevideo hasta que no terminara cuarto de liceo. El día que compartió vestuario con las estrellas que coleccionaba en las figuritas, le mandó una carta a la vieja para contarle que Ermindo Onega le había pedido un jabón. Fue autor de tres goles en un clásico.

    JULIO CÉSAR GIMÉNEZ, UN EXQUISITO DEL FÚTBOL

    Cuando Peñarol lo fue a buscar, su madre no lo dejó ir a Montevideo hasta que no terminara cuarto de liceo. El día que compartió vestuario con las estrellas que coleccionaba en las figuritas, le mandó una carta a la vieja para contarle que Ermindo Onega le había pedido un jabón. Fue autor de tres goles en un clásico. Se peleó con Dino Sani. Fue ídolo en Vélez Sarsfield y Ferro Carril Oeste, donde se coronó campeón. Menotti lo fue a buscar para llevarlo al Barcelona de Maradona. No pudo jugar porque el club tenía completo el cupo de extranjeros. Lo mandaron a jugar a la filial y los fines de semana se iba esquiar a Andorra. El Pibe de Oro. La sola mención de aquel apodo alcanza para identificar a un exquisito del fútbol como Julio César Giménez.

     

    Usted nació en Artigas. ¿Cómo llegó a la capital? ¿Quién lo trajo a Peñarol?

    Yo tenía quince años y había un futbolista que jugó en Peñarol y River de Montevideo, Nelson Moraes, al que le preguntaron si sabía de algún jugador de Artigas y me fueron a buscar. Pero no pude venir enseguida, me tuve que quedar unos meses más.

     

    ¿Por qué motivo?

    Porque mi mamá quería que terminara el cuarto año de secundaria. Entonces esperé hasta cumplir los dieciséis años y me vine a las inferiores de Peñarol, donde estuve tres meses nada más, porque debuté rápidamente en Primera.

     

    ¿Sintió el cambio al desembarcar en la capital?

    Al principio sí porque era muy pegado a mi mamá y en el año 1971 estaba complicada la cosa. Me alojaron en una pensión en Ejido y Durazno, donde eran todos jugadores de otros equipos. Y el tema es que en la pensión no se comía tan bien, los equipos tenían muchos problemas económicos y repercutía en todo. Pero fueron tres o cuatro meses porque cuando pasé a Primera me cambió la vida.

    ¿En qué aspectos cambió su vida?

    Lo que pasa que… [Piensa]. Antes, con dieciséis años éramos muy boludos, hoy con esa edad se recorrieron el mundo. Uno extrañaba todo, pero cuando ya jugaba al fútbol con Elías Figueroa, Matosas, Caetano, Castronovo, Onega, Romeo Corbo, Losada, era muy fuerte. Cuando éramos chicos nuestra infancia se prolongaba mucho con las figuritas. No había todo lo que hay ahora para los chicos, y resulta que las figuritas que yo juntaba eran las de todos ellos, las de esos jugadores a los que ahora tenía ahí entrenando conmigo.

     

    Era algo así como el sueño del pibe convertido en realidad.

    Cómo sería la cosa que le escribí una carta a mi vieja a Artigas para decirle que Onega me había pedido un jabón. Era tal el grado de timidez e inocencia que llegué a eso. Había un respeto…

     

    ¿Es cierto que se pedía permiso para cambiarse en determinado lugar del vestuario?

    Me acuerdo, en la concentración de Peñarol, de tener que sentarme en la mesa con algunos que veía en las figuritas y cuando me preguntaban algo no lo podía creer. Pero los tipos eran normales, lo que pasa que nosotros los veíamos en los diarios y los sobredimensionábamos.

     

    ¿Recuerda con qué compañero le tocó en su primera concentración?

    No recuerdo. Lo que me acuerdo es que los cuartos eran de cuatro camas. Pero hubo gente que me cuidaba, como Matosas, Tabaré González. Yo sentía que me protegían.

     

    El cambio de vida debe de haber implicado también irse a vivir solo.

    No, seguí viviendo en la pensión un par de años más porque yo era chico y no estaba para vivir solo. No daba. En aquellos años, 1971 y 72, hubo momentos en los que se debían seis y siete meses de sueldo. Fue una etapa complicada.

     

    ¿Y cuándo se independizó?

    Debuté en el primero de Peñarol con dieciséis años y a los dieciocho me compré un departamento.

     

    Su carta de presentación fue en febrero de 1973, por la Copa del Atlántico, anotando un gol contra Boca que generó una locura en el Centenario.

    Fue la gran aparición mía porque hago un lindo gol gambeteando a varios rivales… [Interrumpe la narración y luego de un momento en silencio continúa]. El otro día me llamó un amigo para preguntarme quién había sido el golero de Boca, que había apostado una cerveza. Y yo no me acuerdo de nada. Unos decían Gatti y otros Sánchez. Seguro que Gatti no era…

     

    Volvamos al gol, Julio.

    Ah sí, te contaba. Cuando terminó el primer tiempo pedí el cambio porque me sentía mal. Estaba muerto en la cancha. Yo miraba el reloj y no pasaba más el tiempo. ¡Tenía hepatitis!

     

    ¿Y no se dieron cuenta antes del partido?

    No me habían diagnosticado nada pese a que había perdido mucho peso. Un día me sentía mal en Los Aromos, me tomaron la presión y como la tenía baja pensaron que era por el calor. Me aconsejaron tomar un poco de alcohol. Estuve dos o tres días tomando alcohol y me estaba haciendo pelota el hígado. A los tres días fui a la cancha a jugar contra San Lorenzo. Antes de entrar estaba orinando y [Dante] Cocito me vio el color de la orina y me dijo: “Vos tenés hepatitis”. Estuve tres meses en cama. La pasé mal, pasé feo porque el alcohol que me mandaron era veneno para el hígado. Pero en esa época era así.

    Usted vuelve a jugar la segunda mitad del año y en el clásico debió ser sustituido a los pocos minutos por una lesión. ¿Lo salían a buscar para pegarle?

    No recuerdo… En general, en los clásicos, la gente que era fogosa o de pegar como Montero Castillo o Ubiña jamás me pegaron. Por ahí me pegaban otros, pero los que tenían fama me veían muy pibe y no me tocaban. Ubiña, que los mataba y los tiraba contra la América, a mí no me pegaba.

     

    Tal vez regían otros códigos.

    No sé. Lo que sí te digo es que hoy miro las canchas donde juegan y me da placer. ¡A mí me tocó jugar en cada cancha! El Estadio era complicado, la pelota picaba mal, el campo no estaba bien. Mirá, te voy a contar. A mí me costaba motivarme en el campeonato local. Yo jugaba bien los clásicos o los partidos internacionales, porque a nivel local Nacional y Peñarol ganaban siempre. Entonces era como que ya sabías que ibas a ganar.

     

    ¿Qué le pasó con el técnico Dino Sani?

    En la Copa Libertadores del 78 fuimos a jugar a Colombia contra Junior y el Cali. Perdimos los dos partidos. Cuando volvíamos me puse a charlar con una azafata y Dino Sani lo tomó como que yo estaba de joda; utilizó eso como excusa del bajo rendimiento del equipo. Como que me tiró todo el fardo. Yo estaba casado y lo hizo bien de mala leche porque sabía que no había hecho nada.

     

    ¿Usted había tenido problemas con Sani?

    Sani andaba enojado conmigo porque la gente le reclamaba que yo tenía que ser titular, pero me ponía en el segundo tiempo. El tema es que cuando entraba cambiaba la historia y eso no le gustaba. Llegó un clásico y yo sabía que no era titular. ¿Sabés lo que hice? ¡Me fui a Punta del Este con un amigo! Fue como diciendo, si no juego acá tengo que hacer algo por mi vida, porque no puede ser que no sea titular. Lo sentía así. Y ahí se pudrió todo.

     

    Hay un partido inolvidable para la gente que es el clásico de la Liguilla de enero de 1976. Peñarol le gana a Nacional 5 a 1 y usted marca tres goles.

    Ese partido fue lo mejor que me pasó en la vida. El Estadio colmado, salimos campeones, y marqué tres goles a Nacional. El último no lo olvido jamás, un golazo y lo hice rengo.

     

    ¿Rengo?

    Sí, me había lesionado un tobillo. En ese momento se permitían solo dos cambios y Morena me dice: “Andá a jugar de 9”. De pronto hay un desborde, llega un centro pasado afuera del área que me queda para pegarle de boleo. Yo amago a patear y le meto un sombrero a Moller, hago un par de amagues más, entre ellos al golero Bertinat, al que lo gambeteo y casi entro caminando al arco. Me fui al talud a gritar el gol con la gente.

     

    ¿Usted tuvo problemas con Hugo Bagnulo y pidió que lo negociaran en el exterior?

    Con el Hugo no. El Hugo era medio paternal, pero lo único que me volvía loco era que le molestaba todo lo que yo hacía. Si me veía sentado me decía: “¿Por qué está sentado?”. Si jugaba al futbolito lo mismo. Un personaje, pero no sé qué le pasaba conmigo. Me veía jugando al pingpong y me decía: “No podés jugar al pingpong porque luego no te movés en la cancha”. Y yo decía: “¡Dios mío, qué familia!”. Son esas cosas que, en el combo, lo prefiero a él y no a Dino Sani. Era un mal tipo Dino Sani.

     

    En 1978 emigró a Argentina para jugar en Vélez Sarsfield, donde dejó su nombre grabado y se lo recuerda hasta el día de hoy.

    En Vélez teníamos un buen equipo y enganchaba a la gente por mi manera de jugar. Luego pasé a Ferro, donde salimos campeones. Aquel fue un equipo que hizo historia. Y el argentino es demostrativo con la gente que defiende sus colores o que se maneja bien. A los uruguayos nos quieren. Acá [Argentina] hablo con los de Racing y a Ruben Paz lo aman. Pero lo aman de verdad. Al Enzo lo mismo, al Manteca Martínez también.

     

    ¿Y a Julio Giménez lo aman?

    No es una locura, porque son equipos menores, pero me demuestran siempre el afecto. Yo no soy mucho de ir a las canchas, pero me respetan. Mirá, te voy a contar una cosa que hice una vez jugando en Vélez. Esto fue bien de tribunero y fue para mi viejo.

    ¿Su padre lo iba a ver seguido a la cancha?

    No. Con el viejo me pasó una cosa increíble. Cuando era chico nunca me iba a ver, pero andaba atrás de los árboles. Era un hombre muy callado y muy crítico conmigo. Me mataba. ¿Sabés lo qué me decía? Que no iba a llegar a nada porque yo gambeteaba y no hacía el gol, se la daba a otro para que lo hiciera. Capaz que tenía razón. Pero fue increíble porque tres o cuatro de los mejores partidos de mi vida los jugué con el viejo en la tribuna y yo sentía que jugaba para él.

     

    ¿Qué hizo aquella vez?

    Siempre digo que no me banco a los tribuneros, pero la única vez que fui tribunero fue en una Copa Libertadores, jugando para Vélez. Resulta que mi viejo estaba acá [Argentina] y fue con mi mamá a verme jugar ante un equipo peruano. Anduve muy bien, la rompí, y faltando cinco minutos dije: “Le voy a regalar algo lindo a mi viejo”. Me arrimo al técnico y le pido el cambio diciendo que estaba contracturado. Y me fui a la mitad de la cancha, bien de tribunero, ¿eh? ¿Por qué? Porque yo sabía que venía el “¡Uruguayo, uruguayo!” de la gente. Y ese recorrido desde la mitad de la cancha hasta el túnel era eso, era para mi viejo que estaba ahí. Mi mamá me contó que el viejo, que era un tipo muy frío, se había puesto a lagrimear.

     

    En Argentina, jugó también en Douglas Haig (1984), Unión de Santa Fe (1985), Instituto de Córdoba (el mismo año) hasta que en 1988 llegó a San Martín de Tucumán, club que no olvida.

    San Martín me dio mucho, una ciudad futbolera. Ascendimos y la pasé muy bien.

     

     

    Al Barcelona de Maradona

     

    Luego de aquella campaña con Ferro Carril Oeste, donde se consagró campeón, surgió el interés de Barcelona por su concurso. Aquel equipo contaba ni más ni menos que con la figura de Diego Armando Maradona y con César Luis Menotti en la dirección técnica.

     

    ¿Cómo surgió el interés de Barcelona por usted?

    Resulta que yo estaba de vacaciones en Mar del Plata y justo Menotti andaba por ahí. Nos reunimos y me comentó sobre la posibilidad de ir a Barcelona. El único problema era el cupo de extranjeros.

     

    ¿No había lugar?

    Barcelona tenía a Maradona y al alemán Bernhard Schuster. En aquel entonces se permitían solo dos extranjeros. Pero me llevaron igual junto con un 9 argentino llamado Jorge Gabrich.

     

    ¿Llegó a entrenar con Maradona?

    No, porque fue justo cuando lo fracturaron en un partido contra el Athletic de Bilbao. Yo había arrancado a entrenar en el primero con Menotti, pero cuando quebraron a Maradona, Menotti me dijo que necesitaba un 9 para suplir su baja y se quedaron con Gabrich. Me mandaron a la filial del Barcelona, donde terminé pagando yo un problema de Menotti del que prefiero no hablar.

     

    ¿Por qué? ¿Qué pasó?

    Quiero tener mucho cuidado porque esto nunca lo conté. Resulta que cuando fui a entrenar con el primer equipo, a Menotti le preguntaron con cuál de los dos jugadores se iba a quedar: Gabrich o yo. Y el Flaco dijo: “Los voy a tener unos días porque no vienen bien entrenados de la filial”. Cuando regresé al segundo equipo, no me ponían. Y un día le preguntaron al técnico por qué no me ponía y él, aprovechando que el Barcelona no andaba bien y era una oportunidad para que lo ascendieran a ser el DT del primero, respondió: “No viene bien de la Primera, voy a tener unos días para entrenarlo”. Como que Menotti me había entrenado mal. Una pasada de factura por lo que había dicho Menotti antes.

     

    Pero usted terminó pagando los platos rotos.

    Sí, terminé pagando yo. Pero mirá lo que pasó: en la fiesta de fin de temporada se hizo un almuerzo y el tipo me pidió perdón. Y yo, que estaba en otra mesa, medio lejos, levanté el dedo como diciendo “Fuck you”. ¡El último día me pidió perdón! A mí me chupaba un huevo… Me dediqué a pasear.

     

    ¿Cómo que se dedicó a pasear?

    En invierno me iba a Andorra a esquiar y en verano a Ibiza a la playa.

     

    ¿Y la gente no le decía nada? Porque usted era jugador del Barcelona.

    La gente no me conocía. Yo agarraba el auto y me iba. Aprendí a esquiar y me iba solo.

     

    Pero esquiar es lo que menos recomiendan para un futbolista.

    Sí, pero aprendí y me encantó. Los fines de semana arrancaba para Andorra. Un lugar hermoso. Era todo nuevo, nunca había visto nieve en mi vida.

     

    ¿Qué le generó que tantos años después Maradona lo mencionara en su libro como uno de los grandes jugadores que enfrentó?

    Diego me vio dos o tres partidos en los que justito anduve bien. En el 79 jugamos una clasificación contra Argentinos Juniors, Diego no pudo jugar y estaba en la tribuna mirando ese partido. Y las veces que me lo encontré, siempre me comentó eso: “Uruguayo, la rompiste ese día, me enamoré de tu fútbol”, me decía. Les ganamos 4-0 con Vélez y pasamos a ser uno de los semifinalistas del Metro del 79 y se quedó con esa imagen. Supongo que debe haber sido por eso que me mencionó.

     

    Cuando pasa raya y mira que sigue siendo reconocido como El Pibe de Oro, que es ídolo en Argentina, que lo pidió el Barcelona de Maradona y jugó un Mundial, ¿qué reflexión le queda?

    Que estuvo bueno. Por ahí me arrepiento un poco de lo tímido que era. Era introvertido. Después siempre me quedó la sensación de que otorgué mucha ventaja y nunca pude estar cien por ciento bien físicamente. Es la lectura que siempre hice porque cuando yo estaba bien me sentía Maradona y Messi juntos. Pero me costaba… vivía solo, era medio desbolado con la alimentación y me gustaban las minas; la noche y el alcohol, no; pero las minas, sí.

     

     

     

    El partido de pingpong contra Maradona

     

    Si bien Julio Giménez no pudo jugar con Diego Armando Maradona a nivel oficial en Barcelona, compartió con el 10 argentino una gira por Estados Unidos.

    Cierta vez los jugadores estaban jugando al pingpong en el hotel donde se alojaban. El centro de atención de la mesa era, justamente, El Pibe de Oro. “Yo dominaba el juego porque en la concentración de Los Aromos jugaba mucho al pingpong. Entonces estaba ahí despachando a todos los españoles, cuando cae el Diego y golpea la mesa. Resulta que gané y quedé en la mesa para jugar contra Maradona. Arrancamos a pelotear y jorobar. Yo le decía que Argentina siempre le tuvo miedo a Uruguay y él respondía. Los partidos eran a 21. Antes de arrancar, Diego me dice: ‘Si vos llegás a cinco tantos te doy por ganado el partido’”.

    Julio pensó que se lo comía en dos panes a Maradona. “¡Me ganó 21 a 1! ¡Era una bestia jugando! Nunca me había enojado tanto como aquella vez por perder tan fiero. El resto de la gira, cada vez que pasaba por al lado mío, me miraba y sonreía”, rememora Julio.

    Aquella gira fue sumamente particular. ¿Motivos? “A Maradona no lo conocía nadie”, expresó Giménez. “En ese momento el famoso era el refuerzo que llevábamos, el Mágico González. La mayor parte de la gente que iba a los partidos eran salvadoreños que llenaban los estadios para ver al Mágico, al Diego no lo conocían”.

    Mágico González fue un delantero salvadoreño admirado por Maradona. Barcelona lo llevó a la gira con la intención de contratarlo. Pero el Mágico era indomable. Se dormía, no entrenaba, salía de noche y se escondía en las discotecas. Así y todo, es ídolo eterno en Cádiz de España.

     

     

     

    No hablen mal de Messi

     

    Hablar de fútbol con Julio genera placer. De sus palabras se desprende que defiende el tipo de juego que practicaba: para adelante. No duda en afirmar que el mejor equipo que vio en su vida fue la selección de Holanda de 1974. Dice ser hincha de Pep Guardiola. Y se define como “obsecuente” de Lionel Messi, al grado tal de tratar de “boludo” al aire a un periodista que lo criticó y hasta dejar de hablar con gente que lo niega.

    “Sí, soy un obsecuente de Messi. Lo mejor que vi en mi vida, lo amo con una obsecuencia mal, sin dejar de reconocer que Diego [Maradona] fue tan grande como él. Yo pensé que después de Diego no había otra cosa, pero este muchacho me fascinó mal”, expresa en la charla con Túnel.

    Giménez agrega: “Este muchacho tiene cosas de genio, no sé, a la velocidad que juega. En Argentina es discutido y se lo compara con Diego. Pero la gente de fútbol mira a Messi y se rinde”.

    Julio reveló que ha llegado a pelearse con mucha gente por defender al 10 argentino. “Me he dejado de hablar con gente que lo niega a Messi”, dice y enseguida agrega: “Si hablás mal de Messi, no hablo más de fútbol contigo”. Y cuenta una anécdota vivida en una radio: “La otra vez me llamaron de un programa de Vélez y había un periodista que empezó a hablar de Maradona para hablar mal de Messi. Y lo vi venir. Entonces en un momento le digo: ‘¿Vos sos periodista deportivo?’. Me dice: ‘Sí, ¿por qué me preguntás eso?’. Y le digo: ‘Yo no quiero hablar más de fútbol con vos, vos sos un boludo’. Así, al aire. Pobre, después me quedé mal porque fui intolerante”.

    Giménez continúa: “Soy hincha de Guardiola. Mirá, estoy en un grupo de hinchas de Peñarol y el toquecito para atrás es mala palabra y enseguida te ponen el sello de Guardiola y subestiman la posesión. No tienen ni idea”.

    Julio trabajó como entrenador en divisiones formativas. Cuando le preguntamos si cambió mucho la mentalidad de los jóvenes, responde: “El tema de los jugadores de inferiores cambió mucho. Lo que pasa es que hoy, para ser jugador de fútbol, tenés que jugar los noventa minutos a alta intensidad, tenés que tener condición física, técnica para la alta competencia, y entender el juego que es lo más difícil. Generalmente, en Argentina y Uruguay siguen saliendo jugadores, pero no andan bien en Europa porque no entienden el juego. Y luego hay que sumar perseverancia, el ser profesional, no es fácil ser un atleta de alta competencia”.

     

     

    El Pibe de Oro y la lucha con el cigarro

     

    Por estas tierras, la sola mención del Pibe de Oro es suficiente para saber que se habla de Julio César Giménez. “Me lo puso Heber Pinto el apodo, creo que porque era medio rubión”, cuenta Julio y agrega: “Sé que mucha gente sigue diciendo El Pibe de Oro y tengo 67 años y estoy hecho bolsa [risas]. No, no, estoy bien, estoy bien, pero tuve una etapa de fumador en la cual estaba muy flaco, muy demacrado y dejé de fumar”.

    Julio cuenta a Túnel que el cigarro estaba perjudicando su estado de salud: “Me estaba arruinando el cuerpo, me pusieron un stent en una pierna porque el pucho me estaba tapando la circulación”. Giménez revela que esa etapa coincidió con el inicio de la pandemia de covid-19 y cuenta una anécdota que fue determinante para dejar de fumar.

    “Cuando empezó la pandemia, acá en Argentina no se conseguían cigarrillos y un día compré una marca pindonga que eran vomitivos. Me hicieron muy mal y dije: ‘Es la oportunidad para no fumar más’. Estuve una semana para dejar de fumar y me mejoró la calidad de vida”.

     

     

    El taximetrista al que le gritó el gol

     

    Dirigiendo a las formativas de Peñarol, cierto día Julio tomó un taxi y le pidió al chofer que lo llevara a las canchas del Complejo Santa Rita. El taximetrista estaba de visible mal humor. A decir de Julio: “Muy mala onda”. Arrancó el viaje y cuando estaban llegando, el hombre le preguntó: “Jefe, ¿va a Defensor o Santa Rita?”. Julio dijo su destino y el taxista volvió a consultar: “¿Tenés algún hijo jugando acá?”. A lo que Giménez respondió: “No, no, estoy dirigiendo”. Entonces al hombre lo invadió la curiosidad y preguntó cómo se llamaba. Cuando escuchó a su pasajero decir Julio César Giménez, el taximetrista paró el auto y empezó a mirar con admiración a su pasajero. Su mala cara había cambiado notoriamente. “¡No te puedo creer! ¡Julio César Giménez! ¿Te acordás de mí?”, preguntó el taxista. Julio lo empezó a mirar y como para salir del paso le dijo: “A lo mejor nos conocemos del barrio o del liceo”.

    “Y el tipo me dice: ‘No, fijate bien. Cuando hiciste el quinto gol en el clásico fuiste al talud y me gritaste el gol colgado del alambrado’. Lo cómico de la anécdota es que le dije ‘¿Vos sabés que yo te veía cara conocida?’, rememora Julio entre risas, recordando que sus hijos, Mauro y Nicolás, lo viven gastando porque reitera siempre la misma anécdota. “Pero esas cosas de la gente te sorprenden. Cómo guardan en la memoria un pequeño hecho. A veces me encuentro con hinchas que me dicen ‘El día que hiciste los tres goles a Nacional yo estaba laburando en el campo’. Es increíble”, concluye.

     

    Jugar con Morena

     

    “Morena fue un monstruo. Morena hizo grande a Peñarol”, afirma Julio César Giménez cuando habla de la dupla que formó jugando con el máximo goleador aurinegro.

    “Peñarol tenía buenos jugadores, pero Morena marcaba la diferencia, era distinto de verdad. Siempre digo lo mismo, en la década de los setenta y los ochenta era Morena y diez más. Una bestia”, expresa. Giménez siente mucha impotencia por el problema de salud que tiene su excompañero: “Me genera bronca e impotencia que Fernando tenga que pasar por este momento”.

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  • Schubert y el oído absoluto, por Sebastián Chittadini

    El 16 de julio de 1950, el hombre al que muchos consideran el primer carrilero de la historia fue figura excluyente. También le hizo honor a su nombre, quedando retratado para siempre en una de las postales más significativas de la hazaña.

    EL MONO GAMBETTA, HÉROE DE MARACANÁ

     

    El 16 de julio de 1950, el hombre al que muchos consideran el primer carrilero de la historia fue figura excluyente. También le hizo honor a su nombre, quedando retratado para siempre en una de las postales más significativas de la hazaña.

     

    Como esas marcas indelebles que acompañan a una persona para el resto de su vida, el amor de los padres de Schubert Gambetta por la música clásica marcó para siempre al enjundioso futbolista uruguayo con el nombre del brillante compositor austríaco. Tanto, que originalmente lo llamaron Franz Schubert Gambetta. Con el tiempo, él se sacaría el Franz porque no le gustaba, como quien elimina de la cancha con su marca a un puntero habilidoso que lo tiene a mal traer. No obstante, le quedarían algunas cosas de Schubert que se pondrían de manifiesto en el momento señalado.

    Su fútbol, así como su personalidad avasallante, se forjaron como los de todos los jugadores de su época en esas escuelas de vida que fueron los cuadros de barrio. De impecable raya al medio, inconfundibles pabellones auriculares, profuso bigote, 1,72 de altura y retacón, quien sería conocido como El Mono fue uno de los futbolistas uruguayos más destacados entre las décadas de 1940 y de 1950. Podría decirse que este half o entreala derecho de gran velocidad y agilidad fue el primer carrilero de la historia por su ida y vuelta constante, lo que lo llevó a convertirse en una figura legendaria del glorioso fútbol uruguayo. Defendió a la selección en 36 oportunidades, marcando tres goles y exhibiendo un carácter que hizo que Obdulio Varela se identificara rápidamente con él y que el resto de sus compañeros jugaran tranquilos al saber que contaban con su presencia.

    Gambetta fue un jugador adaptable a cualquier época y a cualquier esquema por su técnica depurada, temperamento firme, condición física propia de un atleta y polifuncionalidad para actuar con destaque en cualquier puesto. Fuera de la cancha, cultivaba el perfil bajo y rara vez daba notas. Dentro de los límites del campo, era un puntal defensivo: recio, fuerte y corajudo; al punto de que los delanteros rivales preferían cambiarse de punta para no pasar por la experiencia traumática que significaba enfrentarlo. Sin embargo, la figura de ese guerrero incansable no ha recibido el reconocimiento que por derecho propio le corresponde a la hora de hablar de los protagonistas más destacados del Maracanazo de 1950. Todos hablan del temple de Obdulio Varela y del desequilibrio individual de Alcides Edgardo Ghiggia, algunos mencionan a Matías González –El león de Maracaná– por su solvencia en la defensa o al Pepe Schiaffino por el primer gol; pero poco se dice del Mono, alguien que no tiene nada que envidiarle a nadie en cuanto a méritos. No obstante, fueron sus propios compañeros quienes más lo destacaron.

    Roque Gastón Máspoli dijo de él: “Schubert Gambetta fue el héroe de Maracaná. Tenía todo: temperamento, clase, confianza. Contagiaba fe. Con gente así es imposible perder”. No sorprende que el half derecho que combinaba garra con técnica y mentalidad ganadora haya ocupado un lugar en el equipo ideal de la Copa Mundial, aun habiendo jugado solo dos partidos. Luego de no haber participado ni contra Bolivia ni contra España, las crónicas de la época hablan de la enorme influencia de su empuje cuando la Celeste iba perdiendo contra Suecia. Tras ese partido declaró a la prensa que se vendría el título del mundo.

    Hay incluso quienes sostienen que el propio Obdulio aseguró que Gambetta había sido el autor de la frase “Los de afuera son de palo” antes del partido definitorio con aquellas doscientas mil personas en contra, algo que no sería descabellado para quienes supieron qué clase de persona era. De todas maneras, aunque la realidad y la ficción se mezclen cada vez más, complicando la reconstrucción precisa de los hechos que son cada vez más legendarios, su valía en la final de Maracaná fue inconmensurable.

    A los pocos minutos del partido, el puntero izquierdo de Brasil le hizo un foul fuerte, pero él respondió con firmeza. Ahí, en ese pequeño detalle que no tenía nada que ver con la táctica ni con la técnica, afirmó muchas veces el Negro Jefe que se empezó a definir el partido en favor de Uruguay.

    Tan importante fue el marcador de punta aquel 16 de julio contra los brasileros, que alcanza con recordar las palabras del capitán cuando lo consultaron acerca de la actuación de los once jugadores uruguayos (y eso que mencionó solo a diez, omitiendo sin querer a Míguez): “Hubo cuatro fenómenos: Matías González, Gambetta, Ghiggia y Julio Pérez; hubo cuatro que cumplimos: Máspoli, Tejera, Rodríguez Andrade y yo; el Pepe Schiaffino mostró a rastro su calidad e hizo el gol, y Morán era Morán”. Obdulio, personificado como el emblema del Maracanazo, hizo una virtud de no tener oído para los insultos del público cuando quiso enfriar los ánimos. Al fin y al cabo, era el centrojás un tipo común y alejado de cualquier virtuosismo. Sin embargo, había también en el equipo uruguayo un hombre predestinado a poner en práctica algunas de las cualidades que hicieron de Franz Peter Schubert un elegido para recibir el regalo divino del oído absoluto.

    Esa tarde, el Mono inmortalizó su imagen entre las leyendas históricas del fútbol. Primero, metiendo y jugando como el que más. Luego, corriendo con la cara llena de algarabía e inmortalizado por la cámara en una de las pocas imágenes que quedan de la gesta, cuando le hizo honor a su nombre de genio musical capaz de identificar cualquier sonido sin tener ninguna referencia y de escuchar lo que los demás no logran escuchar, demostrando que esa rara facultad no está limitada al campo de la música. En el instante final del partido, tras un córner para el equipo local que el delantero Friaça manda desde la derecha y cae por el segundo palo antes de que Máspoli pueda contener, Gambetta corre con los brazos en alto buscando la pelota y la toma con las dos manos. Algunos de sus compañeros pensaron que había enloquecido, otros se quedaron helados, otros le recriminaron por haber cometido el penal en la hora que podía darle el empate y el título a Brasil. Mientras tanto, entre lágrimas, con la guinda en las manos, el Mono solo era capaz de decir “Terminó, terminó”. Uruguay ya era campeón del mundo, pero ninguno de los restantes héroes celestes había escuchado el pitazo final del inglés Mr. Reader por el griterío ensordecedor de las tribunas. Solo Schubert, el del oído absoluto, había sido capaz de utilizar su don para ser el primero en abrazarse a la pelota y a la gloria. Aunque tiempo después, con la modestia y el perfil bajo que lo caracterizaban, les confesaría a sus allegados que solo había tenido la suerte de ser quien que estaba más cerca del árbitro.

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  • La imagen del recambio, por Enzo Olivera desde Turín

    Nunca jugó en la Primera División de Uruguay. No le dieron el sí en Peñarol. Saltó desde Nueva Helvecia a Argentina. Debutó en Boca Juniors con diecisiete años y le marcó un gol a River en el clásico de siempre. A los dos años su pase fue adquirido por la Juventus en 9,5 millones de euros.

    RODRIGO BENTANCUR: EL CAMINO DEL SACRIFICIO

     

    Nunca jugó en la Primera División de Uruguay. No le dieron el sí en Peñarol. Saltó desde Nueva Helvecia a Argentina. Debutó en Boca Juniors con diecisiete años y le marcó un gol a River en el clásico de siempre. A los dos años su pase fue adquirido por la Juventus en 9,5 millones de euros. Tan frenética como intensa, la vida del gurí que la remaba en los clubes Artesano y Lucerna hoy cambió por las luces del Allianz Stadium de Turín.

    Túnel mano a mano con el Lolo Bentancur en Italia. “En casa me dicen así, porque mi hermano no podía pronunciar Rodrigo y me decía ‘Loligo’, quedé como el Lolo”. Pueden pasar mil años, mis camisetas, mil estadios, pero sigue siendo el Lolo, el coloniense, el que hoy es una de las caras nuevas del recambio de una Celeste que apunta al Mundial Rusia 2018.

     

    È ilgiocatore con più futuro della squadra!”, nos dice un tifosi frente al estadio que esa noche albergará a 45 mil juventinos. Es la previa del duelo por Champions League entre la VecchiaSignora y el Barcelona. Grupo D. La Juventus forma con: Buffon, De Sciglio, Barzagli, Chiellini, Álex Sandro; Pjanic, Matuidi, Cuadrado, Dybala; Mandzukic e Higuaín. MassimilianoAllegri se guardó al Lolo para el recambio. En Barcelona ya lo había puesto como titular. Hoy lo guardó para el minuto 62.

    “Partido correcto. Claro en la entrega e incansable en la marca”, opinó sobre el uruguayo el matutino La GazzettaDello Sport. Fue un empate 0-0 entre bianconeros y blaugranas. Empate que terminó con ambos equipos –Bentancur y Suárez– clasificados a octavos de final. Cubrimos el juego. Luego, por la noche dimos un paseo por la bohemia turinesa: Piazza San Carlo. bares como La Drogheria, Bicerin, Savoia, en donde fueron clientes Nietzsche, Dumas, Gramsci y Bardot. Pero aunque el arte de Modigliani llame, el periodismo obliga. Muy temprano estamos en el centro de Turín. Desde ahí a Vinovo hay trece kilómetros. Nos dicen que vayamos a la Termini Porta Susa Stazioni. Tomamos el tren SFM con dirección Pinerolo. Tres paradas. Bajamos en el pueblo de Nichelino. Ahí no hay nada. A lo lejos, siempre hay una cantina. “¡A la sinistra! ¡35N!” Nos grita el dueño del boliche. Tomamos ese bus que tras diez minutos de recorrido entre los campos del norte de Italia nos deja en el pueblo de Vinovo. Hay que caminar cinco minutos por Vía Vinovo para llegar a uno de los centros de entrenamientos más modernos de Europa.

    “¿Enzo Olivera? ¿Giornalistauruguaiano?”… Asentimos con la cabeza y nos viene a buscar Gabriella, la jefa de Stampa de la Juventus. Impresiona entrar a la sala de entrevistas del club y ver cientos de copas y fotos de Zidane, Del Piero, Trezeguet, Deschamps y –como siempre– uruguayos… Zalayeta, Montero, Fonseca, Cáceres, O’Neill… Y uno más actual. Uno que no está pegado en la paredes sino que viene caminando hacia nosotros, con la campera oficial del club y una sonrisa que evidencia el presente que vive… y el futuro insospechado que puede tener. Es el número 30 de la Juventus, es Bentancur.

     

    ¿Cómo es estar en la Juventus?

    La verdad es que es increíble. Es un honor increíble poder estar acá. Parece que hace mucho tiempo que estoy, porque no me ha costado mucho la adaptación, pero lo cierto es que sólo hace cuatro meses que llegué. Ha sido poco, pero me acostumbré muy rápido, me acoplé muy bien y estoy muy contento de poder representar este equipo como un uruguayo en la Juve.

     

    Cuando estabas en Nueva Helvecia, jugando con los gurises del barrio… ¿Pensaste estar aquí ahora?

    El sueño siempre estuvo, desde que era chico. Pero yo siempre supe que esto del fútbol es para privilegiados, para los que mueren por lograrlo. Yo lo hice, me esforcé mucho. Pero si digo la verdad, llegar tan rápido a un equipo europeo como la Juve, de la primera línea, nunca se me pasó por la cabeza. Por ahí me imaginé un camino mucho más largo. Soy un agradecido a las personas que han confiado en mí, en mi talento. Lo único que quiero es devolver toda la confianza con fútbol, goles y títulos.

     

    ¿Qué le podés decir a los gurises del interior del país, los de Nueva Helvecia, los del barrio, los que te ven como ejemplo? ¿Qué receta les podés dar?

    No sé si receta. Porque el camino es uno sacrificio. Dejar muchas cosas de lado. La fiesta, la noche, amistades. Todo por el fútbol. Esa es la receta. Tener mucha voluntad, mucha actitud. La verdad es que ya el cambio de irme de Nueva Helvecia a Argentina fue tremendo. De pasar de un pueblo de quince mil personas a un país como Argentina… Una ciudad como Buenos Aires, es tremendo. Eso te golpea en el día a día. De la tranquilidad a la locura.

     

    Te adaptaste rápido…

    Nunca me costó la adaptación. Fui muy fuerte. Nunca extrañé tanto como para irme de vuelta a casa. Sabía que ese sacrificio, de dejar a mis viejos, tenía que hacerlo para lograr el éxito. Nunca me costó llevarme bien con la gente, los argentinos me arroparon muy bien y eso me ayudó mucho en los entrenamientos y concentraciones.

     

    Fuiste un bostero más…

    Y sí, en Boca me aceptaron muy bien, como uno más del grupo. Nunca sentí diferencias. El tiempo se me pasó volando ahí, cuando me quise acordar miré hacia atrás y ya habían pasado casi siete años desde mi llegada a Argentina y tengo la chance de estar ahora aquí.

     

    ¿Qué entrenador te marcó en Boca?

    Sin duda el primero, en Primera, fue el Vasco [Rodolfo] Arruabarrena. Yo tenía dieciséis años recién cumplidos y ya me dio la chance de subir para hacer una pretemporada, fue increíble. Estuve esos seis meses inolvidables, entrenaba con el primer equipo y jugaba con la reserva. Voy a estar eternamente agradecido al Vasco que me dio la chance de ponerme en los titulares y ganarme un puesto, a los diecisiete años.

     

    Después llegó el Mellizo Guillermo Barros Schelotto. Tuviste que pelearla. Hubo muchos que criticaron tu poca experiencia…

    Es cierto, tenía diecisiete años. Pero si me daban la oportunidad era porque me la había ganado.

     

    Él te bancó, pero trascendió que te pidió mejorar algunas cosas ¿Qué fue lo primero que te dijo?

    Es verdad. Me llamó en una práctica y hablamos mucho. Me dijo que tenía que mejorar en algunos aspectos y me lo trabajó, lo mejoré y cumplí. Control dirigido, entrega rápida, recuperación postpérdida, cosas tácticas. El Mellizo me bancó de una manera impresionante y llegué a tener mi puesto de titular y de jugar casi todo el campeonato argentino, que no es fácil y menos a los 18 años.

     

    Si tenés que elegir un momento en Boca, ¿con cuál te quedás?

    Es difícil…

     

    Un gol, un título, una charla, una imagen…

    Y bueno, sin duda el gol a River.

     

    ¿El de cabeza?

    Sí. Porque, imaginate, fue el segundo partido desde que había debutado en Boca y me toca entrar y hacer el gol del 5-0. Fue tremendo, histórico.

     

    ¿Recordás el gol?

    ¡Claro! Fue un gol lindo, por la derecha entraba Calleri y metió un centro al punto penal. Le gané el salto a los centrales. Metí el cabezazo al palo derecho y Barovero quedó parado. Fue un gol lindo. Bien técnico. Pero me lo quedo porque fue contra River, ellos terminaron con ocho jugadores y nosotros jugamos increíble. Ellos pasaron vergüenza. Fue un gran regalo para la hinchada que nos venía bancando en un año en que nos costó todo.

     

    Imagino que hay más recuerdos.

    Todo el mundo Boca es tremendo. La hinchada, la Bombonera, los compañeros, el camarín, la historia, la camiseta. Todo es muy emotivo. Es un equipo, una institución muy grande. Me quedo con muchas cosas más, los torneos que me tocó ganar, el grupo humano que había en el club, con la gente que me tocó jugar, los técnicos, la verdad que me llevo muchos amigos para la vida.

     

    ¿Qué compañero te marcó?

    Como en todos los planteles de Boca siempre hubo jugadores de carácter, estaba el Cata Díaz, Gago, Orión, Erbes, Benedetto, Burdisso, no era fácil llegar siendo un pibe e imponerte. Había que respetar y demostrar jugando.

     

    ¡Esos pegaban!

    Sí [risas]. Claro, cada uno se jugaba su nombre. Metían como locos. Pero está bien, tiene que ser así, esto es fútbol. Después conocerlos como personas fue espectacular. Enseguida que me subieron muchos se me acercaron para saber cómo estaba, qué necesitaba, un mate, una charla, un asado. Esa convivencia me ayudó para lograr buenos momentos y superar otros en los que sufrí mucho.

     

    Esos son los que más te enseñan ¿Con qué momento sufriste?

    Cuando me pasó lo de San Lorenzo. Sufrí mucho.

     

    Cuando metiste el pase atrás y resultó en gol.

    Sí, me quería matar.

     

    La imagen es muy cruda, se te ve a vos llorando en el camino a los vestuarios. Las críticas de los medios fueron muy duras. Muchos te querían fuera de Boca…

    Y tenían razón. Fue un error grosero. Lo asumí totalmente así. Si me podía enterrar por ahí, me enterraba solo. En el fútbol y en la vida hay que ser autocríticos. Fue mi culpa. Dejar al equipo así, el partido se terminaba y perdimos por mi culpa. Los medios hacen su trabajo y fue mi error, un desastre.

     

    ¿Cómo diste vuelta la página?

    Con huevos. Levantar la cabeza y seguir para adelante, no hay otro camino. Si no, habría fracasado, y estoy aquí. Recuerdo que al terminar el partido me escribió todo el mundo. Me llamó Carlos Sánchez que estaba en River y en la Selección, también Lodeiro. Luego compañeros, como el Cata Díaz, me abrazaron y cuando llegué llorando al vestuario me dijeron “tranquilo, pibe, no pasa nada, está todo bien”. Eso me ayudó un montón. Lo máximo fue al otro partido, era el clásico. Y el Vasco tuvo la confianza de ponerme de titular. Ganamos 1-0, San Lorenzo perdió y volvimos a estar en la punta.

     

    Se arregló todo…

    Sí [risas]. Ahora me río, pero en ese momento lloré y la vi fea. Pero esto es así, de dulce y agraz. Ese momento me lo guardo como el mayor aprendizaje de vida que tuve en el fútbol.

     

    ¿Pasar por Boca antes de venir a Europa te dio un salto necesario?

    No sé si necesario, porque está en la personalidad de cada uno, pero sí te ayuda un montón. Muchos compatriotas se van directo desde Uruguay a Europa y por ahí les cuesta adaptarse y fracasan. Está bueno pasar por Argentina, Brasil o México quizás, porque vas quemando etapas, tuve la suerte de pasar por la mejor escuela, que fue Boca. No hubiese sido lo mismo venir acá directamente desde Uruguay. Si te toca venir de un cuadro chico de Uruguay a Europa, es más jodido. Imaginate, tuve más de ochenta partidos en Boca antes de venir a la Juve, eso me curtió. Pero todo es trabajo y constancia. Cuando vine a Italia noté que me faltaba mucho trabajo.

     

    ¿Qué sentiste que te faltaba?

    La velocidad. Acá se juega a otro ritmo, un nivel altísimo. Me sentí más atrás que el resto. Me puse a laburar en eso como loco, para mejorar y estar a la par. El club me ayudó, además me traje un profe personal para trabajar todo lo físico en casa, ellos me pusieron a punto para rendir al máximo.

     

    ¿En qué momento sentiste que estabas un peldaño abajo?

    Lo sentí en los primeros entrenamientos. Ahora estoy más adaptado. Pero al inicio me costaba mucho la velocidad, la fuerza, el arranque, usar el cuerpo, los cambios de ritmo. Recuerdo que en la primera semana fui mano a mano contra Asamoah…

     

    Es fuerte el ghanés…

    Tal cual, es muy fuerte. Imaginate ¡Me chocó y volé tres metros! Y ahí dije, no, no puede ser, tengo que trabajar mucho.

     

    Ese fue el golpe, literal y metafórico, que te hizo mejorar…

    Totalmente. Le metí laburo a tope. No he parado. Y me siento mejor día a día. Si no hubiese tenido esas experiencias no habría mejorado en lo que me faltaba y no estaría jugando como lo estoy haciendo ahora.

     

    ¿Qué evaluación hacés de tus partidos con la Selección?

    Muy positivo. De cuatro partidos, haber jugado tres de titular y otro casi treinta minutos, me deja muy conforme. Estoy súper contento, pero tengo que ser sincero, no se hace fácil vestir la Celeste en la adulta por primera vez, es una obligación muy grande. Lo trato de disfrutar mucho. Cuando me tocó ir a la Eliminatoria tuvimos una presión extra, porque sabíamos que teníamos un paso adentro, pero no había que relajarse. Mi evaluación es muy buena, es obvio que el Maestro [Tabárez] aún está haciendo cambios en cuanto al funcionamiento y la llegada de jugadores nuevos como yo. Pero es normal, como en toda etapa de cambios. Espero seguir yendo, vamos a tratar de seguir laburando para estar siempre.

     

    ¿Te ves en Rusia?

    No lo sé… Sólo quiero disfrutar el momento. Si en marzo me toca estar en la China Cup bienvenido sea. Pero yo quiero disfrutar el momento y sumar. Si me toca ir al Mundial iré y si no, tengo mucho tiempo todavía para poder ir a otro mundial.

     

    Te lo pregunto de otra forma, ¿llegar a la Juventus te da ventaja sobre otros para ir al Mundial?

    Bueno, creo que sí. También llegar acá me dio la visibilidad para ser llamado a la Selección mayor.

     

    Te dio un empujón.

    Claro, porque si bien es cierto que estuve en selecciones juveniles, estar en la Juve ahora me da esa experiencia internacional que se necesita para defender a tu país. Las selecciones más importantes tienen a sus jugadores en los grandes equipos y eso es fundamental para tener un nivel competitivo. Es un plus estar jugando acá. Es como decir “tienen a un jugador en la Juventus y estaría bueno que lo lleven”. Pero la oportunidad yo la estaba esperando hace tiempo. Si se daba bien y si no, estando en aquella lista de reservados ya estaba loco de la vida.

     

    ¿Cómo te enteraste?

    Primero llamaron desde la Selección al club, pidiendo mi número. Luego, cuando el coordinador de acá me avisó, me puse muy feliz, es una sensación indescriptible defender a Uruguay, algo que siempre soñé. Al otro día me llamaron avisándome que estaba en la lista de reservados y que luego avisarían la nómina definitiva. Yo ya estando en la reserva era capaz de cualquier cosa, una locura, fue una tremenda alegría.

     

    ¿Merecía Uruguay estar en el Mundial?

    Creo que sí. No sé si a nivel futbolístico somos los mejores, pero sabemos la calidad de jugadores que tenemos. Con el recambio se está viendo una mejora que a Uruguay se le pedía, tratar mejor la pelota. Y lo hicimos. Pero falta mejorar muchas otras cosas que es obvio que falten cuando un equipo se renueva, aunque tenemos tiempo.

     

    ¿Cómo fue el encuentro con Suárez cuando enfrentaste al Barcelona en la Champions?

    Antes de que empezara el partido se acercó y estuvimos diez minutos hablando, me preguntó cómo andaba, cómo me sentía. Ahí se ve la calidad de persona que es. Imaginate, hace tres meses lo estaba viendo por la tele y ahora puedo compartir con él, en el vestuario y en contra, es impresionante.

     

    ¿Qué jugador de la Celeste admiraste?

    Siempre me gustó Forlán. La calidad, el trato con la pelota, el manejo con las dos piernas, es único. Marcó una época en la Selección, siempre me vi representado en Forlán.

     

    ¿Y de otras partes del mundo?

    Estando en Boca, miré mucho a Gago, Riquelme, ambos por su clase y lo que significan en Boca. De Europa siempre miré mucho a Gerrard y Lampard, en sus etapas en Liverpool y Chelsea, ambos son emblemas. En mitad de cancha hoy Pjanic es tremendo por el recorrido que hace. Y en los dos partidos que me ha tocado jugar contra el Barcelona, Sergio Busquets es impresionante, el toque, la marca, el pase, la capacidad de resolver problemas.

     

    Pjanic hoy es tu compañero en el vestuario…

    ¡Imaginate! Lo veía por la tele y hoy puedo aprender de él en vivo y en directo. De Pjanic miro mucho el posicionamiento, siempre está con un paso adelantado, ve la jugada antes que el resto, vive en el futuro uno o dos segundos antes. Estar bien colocado, te da la chance de, por ejemplo Pjanic, con un toque deja solo al Pipa (Higuaín) muchas veces. Ayer miraba a Busquets e Iniesta, con una sola recepción o control dirigido ya salen jugando. Son tipos clase A.

     

    Seguro que ya te nombraron a Fabián O’Neill, Martín Cáceres, Paolo Montero, Marcelo Zalayeta, Daniel Fonseca… Cada uno dejó su huella. ¿Qué huella querés dejar vos?

    Los uruguayos tenemos mucha historia aquí. Lo tomo como una linda experiencia y que nuestros compatriotas han hecho un buen papel aquí y eso me da gran motivación para poner mi sello propio y lograr mis objetivos.

     

    ¿Qué opinás de la renovación de Tabárez?

    Es una gran oportunidad. Como toda Selección todos están en períodos de cambios. A Uruguay le llegó la hora de esos cambios. Como Fede Valverde y yo que venimos de hacer un campañón con la Sub 20, que fue un éxito. El Maestro está buscando eso, cambiar un poco el juego y es un honor que haya recurrido a nosotros para esos cambios y vamos a tratar de hacer lo mejor posible para lograr el objetivo que es hacer un buen Mundial.

     

    ¿Cómo ves a Uruguay en el Mundial?

    Nos veo bien. Tenemos grandes jugadores. Por ahí falta encontrar el funcionamiento y la forma de jugar definitiva, pero nos veo muy bien. Sabemos que le vamos a dar pelea a todos, como siempre. Tenemos tiempo para trabajar y con el grupo humano que tenemos, hay para mucho.

     

    ¿Tenés candidatos?

    Brasil, España y Francia. Esos son mis candidatos. Brasil está jugando increíble, España hace un fútbol muy vistoso y Francia tiene un plantel muy fuerte. También agrego a Alemania que son los campeones vigentes.

     

    ¿Qué te pide Tabárez en lo técnico, táctico y futbolístico?

    Me dice que nos juntemos en el medio con los que estén. Por ejemplo cuando estuve me pidió que nos juntáramos en el medio con Matías Vecino, Fede Valverde y le simplifiquemos las cosas al que esté con la responsabilidad de ser el enganche, la salida en su momento, por ejemplo Giorgian de Arrascaeta o al que le toque. Y que tratemos de llegar mucho con ese pase entre líneas, que hicimos bien contra Bolivia. También me dice que llegue al área, que le pegue al arco, que probemos.

     

    ¿De qué cuadro sos hincha?

    De Peñarol, de toda la vida.

     

    ¿Te ves jugando ahí?

    Siempre hay que pegar la vuelta. Aún soy joven. Pero me gustaría en algún momento jugar en Peñarol. Siempre fui hincha, toda mi familia, pero pensando en un futuro lejano siempre lo tuve en mente. Fui, soy y seré de Peñarol.

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  • El otro uruguayo colchonero, por María Cappa

    Montevideo es un aroma, es un perfume. El que está en Montevideo y es montevideano sabe que tiene un aroma especial”, dice Óscar Ortega (Montevideo, 1958). Cuando el profe del Atlético de Madrid habla de su ciudad natal se le encienden los ojos. “El caminar por la rambla, salir a correr por ahí... Es único”.

    TúNEL EN MADRID

     

    Óscar Ortega, el preparador físico del equipo de Simeone

     

    “Montevideo es un aroma, es un perfume. El que está en Montevideo y es montevideano sabe que tiene un aroma especial”, dice Óscar Ortega (Montevideo, 1958). Cuando el profe del Atlético de Madrid habla de su ciudad natal se le encienden los ojos. “El caminar por la rambla, salir a correr por ahí... Es único”.

     

    Fotos cedidas por la Oficina de Prensa del Atlético Madrid

     

    “El aroma que hay al entrar al Mercado del Puerto no está en ningún otro lugar. Y Punta Carretas a la noche... El sábado a la mañana es Biarritz, el sábado a la tarde, Prado, y el sábado a la noche hay que comer en Punta Carretas. Ese es el planazo que hay”. Alguna vez le han dicho que se parece a Santander, aunque Ortega difiere: “Con todos mis respetos, Montevideo es único. Con su ritmo, su vida, lo cuidado que está, su belleza, su bohemia. Tiene tantos condimentos...”. Tampoco le faltan palabras para los uruguayos, de quienes dice que “están preocupados porque su país ande bien y eso se nota”. Con un cierto orgullo, Ortega explica que “la gente uruguaya, en general, es muy abierta, muy solidaria, está muy politizada, siempre con su punto de vista pero discutiéndolo con un buen nivel. Y tiene un nivel cultural muy bueno, también. Tú te parás con un señor que se dedica a una actividad básica y te habla de puntos de vista políticos y de base programáticas y está siempre fundamentado”.

     

    ¿Cuál era su relación con el fútbol cuando era pequeño?

    Me tocó vivir en una generación en la que jugábamos todos en los campitos, en la calle... Yo vivía en Punta Carretas. En el viejo Punta Carretas –matiza– no en este sofisticado de ahora con shopping. Nosotros veíamos la penitenciaría, jugábamos en los campos de la penitenciaría, en La Estacada... Después pasé a Carrasco, a la parte de Carrasco Norte, donde se jugaba mucho al fútbol en la calle. Así me fui formando como jugador en equipos de baby fútbol con todo lo que despierta a esas edades. No existían los teléfonos móviles, las tablets, las computadoras y todo estaba dedicado a jugar y, a través de la ley natural, divertirnos. Además, tenía mucho tiempo libre porque tampoco existía la doble escolaridad. Iba a la escuela pública que, en su momento (y probablemente hoy sea igual), era muy buena y mis padres confiaban en esa formación. A través del fútbol me fui formando. Era el deporte más específico que practiqué, aunque también aprendí natación, pero fundamentalmente jugaba todo el día al fútbol. Jugué en las inferiores de Defensor... Yo le llamo juveniles, pero en aquel entonces se llamaban inferiores. Fue una linda experiencia. Después, cuando entré a hacer la carrera ya era más difícil la práctica y poco a poco me fui alejando del fútbol profesional.

    Así que no llegó a debutar en la primera de Defensor.

    No, llegué hasta la tercera. Después tuve la oportunidad de irme a Danubio, pero Defensor no me dejó salir y ahí ingresé en Educación Física. No era algo que tuviera previsto. A mí me gustaba jugar al fútbol, pero mi madre me dijo: “Tenés que hacer una carrera, tantos años haciendo deporte y los profes me dicen que tenés condiciones para hacerla”. Le di la razón y me presenté a las pruebas de admisión pensando que no iba a entrar porque eran casi quinientos chicos, pero entré en una de las cuarenta plazas que había. Tuve mucha suerte, porque, como todos, tuve algunas dificultades y pensaba que era uno más, pero entré. Después me encontré con la carrera más linda que pude haber hecho en mi vida. Los primeros tres meses, te soy honesto, me quería retirar porque no me salía nada. Cuando se lo comenté a uno de los catedráticos me dijo: “Vas a andar muy bien. El que siente eso es porque va a ser un buen docente. Me pasó exactamente lo mismo”. Es que no encontrás el ritmo, es todo nuevo, tenés mil dudas... De a poquito me fui adaptando, me empezó a gustar enormemente y terminó siendo devoción. Vivía para esa carrera. Por suerte, tuve una muy buena generación que me ayudó mucho. Fue una experiencia espectacular, la volvería a repetir mil veces.

     

    Durante la carrera se especializó en fútbol y ¿en gimnasia deportiva?

    Sí. Mi idea era fútbol, pero la gimnasia deportiva fue algo que aprendí en el instituto. Cuando entré pertenecía al grupo de selección y era espectacular la experiencia deportiva; para mí supuso una cultura física formidable y es un deporte que siempre trato de inculcar como parte formativa. Fue una experiencia sensacional que me sirvió muchísimo los primeros años para trabajar en los colegios. Hacía fútbol, pero, por razones económicas, tenía que dedicarme a otras actividades y enseñaba gimnasia deportiva. Para trabajar en este deporte tienes que estar muy al día y, como me fui vinculando cada vez más al fútbol... Hoy veo gimnasia deportiva y estoy muy lejos, no puedo puntuar la dificultad que trabajan los gimnastas.

     

    Loco por el fútbol

     

    Más allá del hecho de ser el deporte más popular de Uruguay, es probable que el vínculo emocional del profe Ortega con el fútbol esté ligado a la relación que tuvo desde chico con este deporte. “Vi mucho fútbol porque mi padre me llevaba mucho y tenía la suerte de que equipos como Peñarol y Nacional, sobre todo Peñarol, practicaban al lado de mi casa, así que vi a muchos jugadores: al PardoAbbadie, a Rocha, a Spencer, a Joya... También vi a los grandes de Nacional, porque íbamos mucho al Parque Central”, cuenta. Ortega recuerda que vivió el fútbol de oro de Uruguay, “cuando Peñarol y Nacional tenían equipos importantísimos, campeones del mundo, de Copas Libertadores”. Además, fue alcanzapelotas, por lo que, de un modo u otro, siempre estuvo rodeado de futbolistas. “Sobre todo tengo grabado cuando tenía nueve años y vi el Sudamericano del 67, con una selección argentina en la que jugaban Roma, Marzolini... Jugadores espectaculares. La final la ganó Uruguay 1-0 con gol de Rocha en el arco de la Colombes. Me acuerdo porque justo yo estaba atrás de ese arco. Y otra de ese mismo año que no me voy a olvidar más es el gol que Cárdenas le hizo al Celtic en la Copa Intercontinental... De esas cosas no me voy a olvidar más”, recalca.

    Aunque el fútbol lo apasionaba, cuando terminó la carrera se sentía más vinculado a la docencia.

    Sí, empecé dedicándole más tiempo a la docencia, la carrera me había ganado; me había ido muy bien en las asignaturas de práctica docente, tanto en la escolar como en la de secundaria, y en la especialidad de fútbol también, así que estaba más inclinado hacia lo formativo. Aunque siempre tenés ese gusanito que te hace querer trabajar en la alta competencia y compaginé las dos facetas.

     

    ¿Dónde comenzó su carrera?

    En las inferiores de River trabajando con Carlos Aguilera, el papá del Pato Aguilera –al que tuvo como jugador– cuando estaba Jesús Rodríguez como entrenador. Era muy jovencito, tenía 21 años y los muchachos, 18 o 19, estaban en cuarta. Aunque me apasionaba el fútbol, respetaba la docencia. Trabajaba en un colegio muy importante de Uruguay, el British, donde empecé a aprender la parte formativa del rugby y a extraer cosas que veía de entrenadores europeos que estaban formando jugadores de rugby o enseñando el deporte en el colegio. Fue ahí donde conocí el sistema de cuadrículas, entrenar en situaciones de juego... Es mucho más apropiado para el rugby, pero también me hizo abrir los ojos para el fútbol.

    Después tuve la suerte de recibir mucho material de Francia. Tenía un primo viviendo allí, en Grenoble, que hoy es entrenador en Colombia: Carlos Ortega; él me mandaba mucho material. Era muy novedoso porque los franceses en esa época estaban muy al día. Conocí más al detalle cómo medir los metabolismos, cómo respetar las cargas, cómo respetar los microciclos... Me ayudó muchísimo para compararlo con lo que hacíamos nosotros y para nutrirme. Me fue envolviendo cada vez más el tema competitivo, pero como tenía esa base formativa de docente empecé en inferiores y me sentía bien haciendo ese trabajo.

     

    ¿Le gustaba el fútbol formativo?

    Imaginate si me gustaría que trabajaba en la sexta de Progreso a las nueve de la noche en el gimnasio de ahí y para poder llegar me tomaba el 306, que daba vuelta a todo Montevideo desde Carrasco. Trabajábamos con pelotas de goma chiquititas así [dice mientras dibuja con las manos una esfera de un tamaño similar al de una pelota de handball] porque entrenábamos en lo que, en definitiva, era un cine; lo transformaban en un cine para la gente del barrio, pero para nosotros lo limpiaban, corrían sus butacas y ahí practicábamos. Era un trabajo sobre todo vocacional. Después estuve en la Liga Universitaria donde tenía doble función: dirigía y entrenaba. Tuvimos la suerte de lograr un récord: empezamos muy abajo, pero ganamos todos los torneos y llegamos a primera división. Es un grupo fantástico que hoy día, siendo gente grande, se siguen juntando, siguen jugando al fútbol, me esperan cuando voy a Montevideo, viven alentándome en los resultados... Tenemos una relación formidable con los chicos del Montevideo Cricket.

     

    Después de esta experiencia pasó a Peñarol.

    Sí, de ahí me fui a las inferiores de Peñarol. Y de ahí me llegó el salto a primera, que fue cuando tuve que dejar todo lo docente. A Peñarol llegué en 1985, me llevó Alfredo Estavillo. Él me conocía desde niño, del barrio, y sabía que había hecho la carrera, así que me llevó como ayudante a la tercera. Me tocó ir a India cuando él hacía la liguilla, viajar con el primer equipo... Trataba de nutrirme de todo: cómo entrenaba, cómo trataba a jugadores de esa talla... Porque tenía a Fernando Morena, Alzamendi... Fue una experiencia muy linda. Estuve con él en el 85 y 86 de ayudante. En 1987 llegó el maestro Tabárez con José Herrera y yo estaba con Ramón Silva en el segundo equipo. Terminó ese proceso y Luis Garisto me invitó a trabajar con él en el fútbol argentino. Fue otro salto muy importante, porque Argentina fue campeón del mundo en el 86 y yo fui en la temporada 86/87. Estoy muy agradecido a Luis. Siempre digo que fue mi padre deportivo. Me enseñó la otra parte: “Dejemos la docencia de lado, dejemos los metabolismos de lado”, me decía. Me enseñó cómo debía trabajar en esta profesión. Me enseñó muchas cosas.

     

    ¿Recuerda algo concreto que aprendiera de él?

    ¡Sí! Te digo... He recibido la gran ayuda de Luis, trabajé ocho años con él. Un día, cuando estábamos en Unión de Santa Fe, hice un trabajo de circuitos. Muy bueno, estaba muy bien, era muy novedoso para la época porque eran situaciones de juego que se mezclaban con cargas físicas. Estaba bastante bien. Y cuando terminó el entrenamiento se me acercó Luis y me dijo: “Muy bien el entrenamiento de hoy, muy bien dosificado, tuviste en cuenta lo táctico. Me ha gustado. Pero ¿ves el cono que está allá? ¿El naranja? Tiene que ser amarillo. ¿Ves el palo que está allá? Le falta la bandera. ¿Ves la portería? Tiene la red rota”. Y yo lo miraba sin entender muy bien. Entonces agarró un papel de diario y me preguntó si conocía el chocolate suizo. “Sí, lo conozco. No tuve la suerte de probarlo, pero lo conozco”, le dije. Y me respondió: “Sabés que es muy bueno, entonces. Bueno, yo lo voy a envolver en este papel de diario. ¿Te acordás del chocolate de Uruguay? Uno cualquiera, el que te guste. Bueno, lo voy a envolver en papel de celofán. Si vos no sabés qué tiene cada envoltorio, ¿cuál agarrás?”. “El de celofán”, le dije. “Bueno –respondió– hay que vender bien el trabajo. Tenés que poner el cono bien, la bandera donde va... El trabajo fue muy bueno, pero si está bien vendido, va a ser espectacular”.

    Todo ese tipo de vivencias me fueron formando. Aprendí a armar un entrenamiento antes que entren los futbolistas porque si está todo armado, todo bien colocado, el jugador que entra piensa: “Esto sí es organización, esto es entrenamiento de verdad”. Más allá de que la propuesta sea buena, la presentación es fundamental. De Luis aprendí muchas más cosas, esto sólo es un ejemplo. Al estar tantos años con él fui corrigiendo y aprendí a vender mejor las tareas profesionales, a darle una imagen, lo mismo que la vestimenta o los lugares.

     

    ¿Los lugares?

    Quiero decir que los jugadores tienen que cuidarse cuando van a un lugar. Qué toman, cómo van, hasta cuándo están. Tienen que cuidarse porque viven del deporte y de su estado físico. No sólo se trata de ir aprendiendo, que lo va a hacer, sino de cómo lo vende, porque es muy difícil llegar al fútbol competitivo.

     

    ¿Hay diferentes corrientes dentro de la preparación física?

    Sí, hay corrientes que se van diferenciando por metodologías y estas van marcando los pasos. Siempre tuve una metodología integrada al deporte.

     

    ¿Eso qué quiere decir?

    Que trabajo integralmente para un deporte y que tengo que conocerlo. No sólo en su reglamento, sino en su gasto metabólico, las características que tiene... Conocerlo para poder buscar una metodología, en cuanto a la forma deportiva, que sea aplicable a ese deporte. Eso no quiere decir que no extraigas estructuras de otros deportes. Yo del rugby extraje muchas cosas, de la gimnasia deportiva también... Pero básicamente se trata de conocer en profundidad lo que es el fútbol. Aunque no seas entrenador, tenés que conocer las distintas formas tácticas que aplican los entrenadores, las distancias que se manejan, a nivel reglamentario hay que estar al día de todas las novedades, de las intensidades con que se juega. También, respecto a las distintas escuelas o metodologías, hay que saber por qué se llega a esas conclusiones y, sobre todo, tenés que sentir cómo te gustaría que te entrenaran, tener tu propia convicción, más allá de que puedas ver metodologías o estructuras que te gusten o que te parezcan buenas. Tienes que estar abierto, pero hay que entrenar como nos gustaría que nos entrenaran, no copiar por copiar, sino llevar al campo lo que realmente sentís, porque si no es imposible. Es como los cantantes. Uno puede cantar excelente, ser un tenor espectacular, pero viene otro que tiene una voz rasgada, algo peor técnicamente, pero a vos te llega. ¿Por qué? Porque lo está sintiendo. Con el entrenamiento pasa lo mismo. Tienes que ver cómo se está trabajando, lo que se está haciendo y, lo que te guste, tratar de transferirlo como lo sentís tú. Más allá de si vamos a tratar con un metabolismo, se estudia, todos vamos a aplicar macropausas y micropausas acordes... Pero en los contenidos es donde tenés que hacerlo tuyo.

     

    A grandes rasgos, Ortega distingue tres tipos de metodologías. Primero, la ortodoxa, que se basa en un trabajo meramente físico y sin guardar una relación concreta con el fútbol; según afirma, “ya prácticamente no se utiliza”. En segundo lugar aparece la que él denomina “integrada pura”, que podría definirse como aquella en la que se trabaja casi exclusivamente a partir de situaciones que pueden darse en un partido y en la que la pelota adquiere un papel fundamental. Finalmente está la “metodología integrada plural”, de la que podríamos decir que aglutina diferentes disciplinas (trabajos puramente físicos, trabajos con pelota, ejercicios que se practican en otros deportes) que después se van a aplicar a la preparación física del futbolista.

    ¿Cómo trabaja usted?

    Trabajo con la metodología integrada [plural]. Es decir, integro estructuras de muchos lados. Así interpreto yo el significado de “integrada”. Hay otros que interpretan que “integrada” se refiere sólo a las situaciones de juego, pero considero, sin ser el dueño de la verdad, que el método integrado necesita cubrir las fugas que habría si trabajáramos sólo sobre las situaciones de juego. Creo que hay que utilizar también métodos más ortodoxos. El futbolista está mucho tiempo sin el balón en el campo y necesita estar en el juego en condiciones, tanto cuando es definitorio en la toma de decisiones como cuando tiene que salir a recuperar. Necesita las cualidades físicas y hay veces que hay que desarrollarlas con métodos más ortodoxos. Así lo entendemos nosotros. Esto no quiere decir que no sean integrados; no, están integrados en el juego y van a ser transferidos a través de situaciones de juego. Y también son distintos los contenidos en función de que se esté en un período preparatorio, en uno competitivo. No hay que descartar nada. Hay estructuras para entrenar todo, no hay que cerrarse, todo se puede integrar. La fuerza se puede integrar, la velocidad se puede integrar.

     

    Siempre y cuando se apliquen al fútbol.

    Exacto, en cuanto a relación de gastos metabólicos, distancias, los contactos que hay, los cambios de ritmo... Siempre tratando de buscar el sistema de juego que aplica el entrenador, que es muy importante. Trabajamos para una forma concreta de jugar y con un entrenador que es muy dinámico. Es un fútbol en el que hay que salir a presionar, si perdés la primera presión tenés que recuperarte muy atrás y de ahí salir al contragolpe. Son distancias largas y es distinto entrenar eso a un equipo que juega sobre la base de la posesión del balón. Las dos estructuras técnicas son muy válidas, pero la forma de entrenarlas es distinta. Por eso buscamos un método integrado plural y no uno puro, porque no puedo establecer situaciones de juego permanentemente cuando necesito mucho recorrido, más allá de que lo pueda hacer con el balón, que creo que es donde empiezan las discrepancias. Hay gente que cree que si tienes un balón ya es una metodología integrada, pero hay que tener cuidado con eso porque un balón se le puede poner a cualquier ejercicio. El problema es qué importancia tiene dentro de ese ejercicio y qué importancia tiene si no está. Por ejemplo, un ejercicio integrado también es que un futbolista recorra cuarenta o cincuenta metros para crear un espacio que otro pueda explotar.

     

    Otra de sus características es que entrena recreando situaciones del partido, incluso en función del rival. ¿Cómo trabaja, desde lo físico, para enfrentar a un equipo como el Barça, el Sevilla o Las Palmas?

    Sabemos que, para jugar contra aquellos equipos que tienen una buena posesión del balón, tenemos que buscar sectores del campo donde podamos presionar y hacerles daño. Por tanto, buscamos tareas que estén orientadas a esto. Un intermitente táctico, por ejemplo. Son trabajos intermitentes sobre la resistencia con una finalidad táctica en recorridos que se nos van a presentar. Si sabemos que es un equipo que tiene mucha posesión y no tiene mucha velocidad arriba, salimos a presionar arriba. Esos trabajos de presión son duelos en sectores del campo que son más amplios. Otra cosa es trabajar duelos de uno contra uno o de dos contra dos, que pueden suceder en cualquier sector. Pero es distinto cuando se sale a presionar a campo abierto, hay que bascular de una forma y buscar las presiones de una forma. Toda esa estructura tiene que tener una finalidad también desde el punto de vista físico, táctico y psicológico. A eso le llamamos elaboración de situaciones de juego según el rival.

     

    ¿Y si tienen que enfrentarse a un equipo más físico, que prescinde más de la pelota y cuyo juego está basado en el contragolpe?

    Si nos encontramos con un equipo más físico sabemos que domina el juego largo, que se trabaja mucho el juego aéreo, que nada más llegar a banda te va a colocar la pelota de primera al punto de penal. Entonces trabajamos mucho el juego aéreo –porque sabemos que nos van a tirar centros de todos lados–, la segunda pelota, que es muy importante y que tiene que ver con los cambios de ritmo hacia atrás, porque no sólo se achica para adelante, sino también hacia atrás.

    En el carácter ofensivo, si es un equipo que sale jugando tenemos que tratar de salir a presionar y atacarlo rápido. Contra algunos equipos es importante hacerlo. Respecto a los trabajos de definición, si en un partido nos vamos a replegar, sabemos que los trabajos defensivos son de distancias un poco más largas que las normales. Podría dar mil ejemplos de esta forma de trabajar, que llamamos microciclos inducidos al rival. De todas maneras, armamos los microciclos según la etapa del año, nunca son planos, nunca son iguales. Y no sólo por las características del rival, sino también porque unas semanas disponemos de estructuras para fuerza, otras, de estructuras para la resistencia o estructuras para la velocidad. Algunas semanas vamos cargando, otras recargamos, descargamos en otra. Es lo que se llama dinámica de carga, que no es otra cosa que buscar los contenidos de cada uno de los entrenamientos que conforman cada uno de los microciclos y que elaboran esa cadena que es el meso y el macrociclo, que buscan una dinámica que pueda mantener la forma del equipo.

     

    Supongo que el entrenamiento físico de los porteros será diferente.

    Sí. Generalmente, ya desde el acondicionamiento tienen un trabajo específico que está inducido por nosotros en algunas cualidades como la fuerza y la velocidad, pero fundamentalmente es el entrenador de porteros el que se encarga del trabajo. Eso sí, siempre teniendo en cuenta lo que hace el resto del equipo esa semana. Si hacemos trabajos de fuerza, los porteros, también, o resistencia, técnica... Esa estructura se respeta.

    Fútbol y carnaval

     

    Una de las cosas que Ortega más echa de menos de Montevideo es la feria de Villa Biarritz. “La extraño mucho. Mucho

    –subraya–. Desde chiquito que voy ahí. Hoy, la única propiedad que tengo está en Villa Biarritz. No por la feria, sino porque salió un buen negocio y pude comprar en una zona que es hermosa de Montevideo por todo lo que la rodea: ese pico con Pocitos, ese enganche con La Estacada... Y es mi viejo barrio. En aquellos tiempos era imposible que pudiéramos comprar algo, pero ahora, gracias al trabajo y a tantos años, pude tener algo ahí”.

    Es en donde cada año le gustaría estar para disfrutar de su otra gran pasión: el Carnaval. “El Carnaval y el fútbol son elementos populares que van muy de la mano. En Uruguay son el sentir del pueblo”. Dice que cuando trata de explicárselo a los españoles, no entienden ese fervor, lo que es bastante lógico. Aunque los carnavales de Cádiz y Santa Cruz de Tenerife tienen categoría de Fiesta de Interés Turístico Internacional y en Las Palmas también se celebran con un gran despliegue, en general en España estas fiestas pasan bastante desapercibidas. A diferencia de lo que ocurre en territorio español, Ortega explica que en Uruguay “el Carnaval está tan bien diseñado que ves revistas de primera línea, lubolos, humoristas, murguistas, parodistas...”.

    Su vínculo con esta fiesta popular le viene de muy pequeño: “Lamentablemente falleció hace unos años, pero mi tío fue el dueño de la Embajada del Buen Humor, entonces siempre estuve muy relacionado con el Carnaval. Cuando empecé como preparador físico en River tenía mucha relación, a través del Tucho Orta, con Los Gabys y a Mario (hijo de Orta) lo tuve de futbolista. Hoy día mantenemos una muy buena relación, nos vemos casi siempre aquí, en España”. A pesar de que lo disfruta todo, si tuviera que quedarse con una categoría sería, sin duda, la murga. “Siempre lo asocio a los equipos de fútbol”, explica. “Cuando hacen la pretemporada y se juegan un par de amistosos, digo: ‘Guarda que tiene buena letra, ¿eh?’. O: ‘Este año está para Agarrate Catalina’ o ‘para la Reina de la Teja’... El carnaval para mí es... Mirá, yo voy a los partidos y mientras muchos de los muchachos escuchan su música yo escucho murga. Desde que subo al bus hasta que llego al estadio estoy compenetrado con la letra de la murga porque me da fuerza”.

     

    A lo largo de su carrera ha trabajado con varios entrenadores durante largos períodos. ¿Es mejor así o da lo mismo que integrar un cuerpo técnico de manera puntual siempre que haya diálogo y entendimiento?

    Defiendo enormemente la estabilidad de un cuerpo técnico. Si se quiere no he estado con muchos entrenadores, pero siempre que he trabajado con alguien me ha tocado estar mucho tiempo con él. O sea que siempre tuve la suerte de tener estabilidad. La otra situación de ir de un entrenador a otro no la conozco, no la he vivido, pero sí me he sentido muy cómodo y soy muy afortunado porque he podido trabajar con entrenadores que me han soportado [dice con cierta sorna] durante mucho tiempo y he podido hacer lo que realmente he sentido. Más allá de ponerme de acuerdo o explicarles algo que me parecía importante, que es trabajar para su forma de jugar, todos los entrenadores con los que estuve siempre me dieron su confianza, siempre tuve su aval. Eso también me ha ayudado a desarrollarme. Aunque siempre fui muy cauto y respeté mi lugar y el lugar del entrenador.

     

    ¿En qué sentido?

    En darle la última palabra a él. Comentarle todo lo que pasa, sí, pero darle la última palabra porque los entrenadores tienen un sexto sentido. Intuyen más de lo normal y, aunque a veces se equivocan, como todos, hay veces que no encontrás la solución y ellos tienen la punta. Después está en vos seguir transitando, pero hay que escucharlos. Generalmente son gente de muchos años de fútbol, de mucho vestuario, hay muchas experiencias vividas... Y aunque no las tengan, sí que tienen mucha convivencia con el futbolista. Saben que del otro lado hay alguien que calzó bota y saben lo que sienten esos jugadores. Saben lo que les pasa cuando los quitas, saben qué significa un gesto, saben cuándo no están bien porque los sacaste, saben cuándo están mal porque no lo ponés y merece jugar. Todo eso hay que escucharlo. Y también cuando te dicen que les gustó un trabajo o que se incida en una determinada actividad porque estamos llegando bien a los partidos, una dinámica que le parece la más adecuada...

     

    En el caso del Atlético de Madrid, ¿cómo se planifican los entrenamientos? ¿Se diseña la preparación física en función de los trabajos tácticos que quiera hacer Simeone?

    Sí. Por ejemplo, si vamos a enfrentar a un equipo como el Barcelona necesitamos muchos trabajos neuromusculares porque ellos toman decisiones muy rápido y son jugadores de alto nivel técnico. Si los dejás pensar la vas a tener muy difícil. Si vas a la presión, no podés dudar y si tenés que acortar los espacios en determinados momentos del partido, hay que estar preparado. Tenés que estar muy coordinado, muy agresivo. Agresivo no en el mal sentido, en el sentido de golpear, sino de intenso. La intensidad no es locura, tiene un escalonamiento atrás. Entonces el entrenamiento tiene que tener un acondicionamiento hacia la fuerza explosiva y trabajos rápidos en la salida, porque a los equipos que tienen posesión de balón, atacándolos rápido es cuando los podés agarrar en alguna situación más precaria. En los repliegues tenés que tomar la iniciativa, en la presión tenés que trabajar muy bien los cierres. Esos son todos trabajos neuros.

    Todos estos trabajos vienen de una línea que te marca el entrenador. Por ejemplo, dice que tenemos que trabajar en definición o que tenemos que hacer sobreposición para romper las líneas. Bueno, tus trabajos de coordinación de ataque tienen que ser con sobreposiciones, con trabajos en forma de U, giros para evitar ese achique. Y eso viene de la lectura del rival que han hecho el entrenador y su ayudante, viendo videos o como sea.

     

    El rol del entrenador es el de líder del grupo; los futbolistas tienen referentes dentro del vestuario, que suelen ser los jugadores más grandes... ¿Cuál es el papel del preparador físico dentro del equipo?

    El de mantener una forma deportiva estable, buena. Creo que es el principal camino. Muchos dicen que es más amigo del jugador, pero yo, de lo que conozco del fútbol profesional, de los treinta años de experiencia que tengo en primera, creo que la amistad en los entrenamientos de alta competencia tiene que ser paralela al entrenamiento, pero no confundir ambas cosas. Si entrenamos en alta competencia, tú tenés que exigir y en el momento en el que exiges, se va la amistad. Hay que exigir rendimiento y para ello tienes que preparar para el alto rendimiento. Entonces eso de que el entrenador está apartado porque es el que toma las decisiones y el profe es el que está con los jugadores... no. Tengo muy buena relación con los jugadores y siempre la voy a tener, fundamentalmente porque les hablo claro. Les digo la verdad, que para mí es el mejor camino. Cuando no estás, no estás y cuando estás, estás. Y cuando creo que tenés que descansar, descansás; y cuando creo que tenés que trabajar, trabajás. Entonces considero que el preparador físico es la persona que marca una línea, un trayecto de vuelo que busca estabilizar la forma deportiva y llegar a un buen puerto en función de los objetivos que se marcan, junto con el entrenador, para el equipo.

     

    En el número de julio/agosto de Túnel, el profe Herrera contaba que, antes de jugar las copas América, planifica una especie de pretemporada que los seleccionados tienen que hacer desde seis semanas antes de que empiece el torneo. Siempre en función de la disponibilidad del equipo en el que juegue cada futbolista. ¿Lo han podido hacer alguna vez los uruguayos del Atlético de Madrid?

    Lo que pasa es que Godín y Giménez están en un equipo en el que es un poco complicado. Por ejemplo, el año que ganamos la Liga fuimos el equipo que jugó más partidos, 61 en total. El año pasado, que llegamos a la final de la Champions, teníamos siete partidos más que el Real Madrid. Y encima somos un equipo que no tiene mucha rotación. Es muy difícil hacer algunas de las tareas porque aquí hay un buen trabajo de los rehabilitadores en cuanto a la parte preventiva, pero fundamentalmente hay muy poco tiempo porque jugamos tantos partidos que se hacen muy difíciles esas últimas seis semanas. Y el poco tiempo que hay se dedica a la preparación porque estás llegando a los seis últimos partidos de liga, estás llegando a los momentos clave de la Champions, Copa del Rey... Entonces es muy difícil hablar de carga extra o de esa mini pretemporada... Sí, a veces hay 48, 72 horas, a veces hay cuatro días... Pero no tenemos ninguna semana libre. Lo que sí intentamos hacer es mucho trabajo preventivo. Por eso, cuando llegan esas semanas, tratamos de establecer las bases para que cuando lleguen a ese momento tengan una acumulación de trabajo tal que nos dé la posibilidad de seguir afrontando todas las competencias. Con esto quiero decir que el plan me parece una muy buena medida de José, pero a veces, por razones de tiempo, no se pueden realizar.

     

    ¿Está al tanto del movimiento que protagonizan los futbolistas uruguayos, el llamado #MásUnidosQueNunca?

    Sí, a través de Diego [Godín], que me cuenta algún detalle, aunque muy por encima. Más que nada es una inquietud de los futbolistas. No estoy demasiado al tanto como para dar una opinión. Seguramente, si existe este tipo de movimiento, sabiendo cómo se manejan los chicos que tengo aquí, que son muy buenas personas, seguro que será para hacer alguna mejora en el fútbol uruguayo. Pero realmente no estoy informado como para decir si lo veo correcto. Sé que quien lo impulsa, al menos los que tengo aquí, que son Giménez y Godín, son grandes futbolistas de excelente calidad como personas, pero desconozco la realidad uruguaya.

     

    ¿Siente que le queda algo por aprender? ¿Se sigue formando, investigando?

    Sí, sí. Sé que es un error, pero soy un profundo lector del entrenamiento, me encanta, me encanta mirar videos, miro muchísimos videos de entrenamientos de los lugares más insólitos. Ahora estoy mirando los trabajos de posesión y de transiciones que se están haciendo en Japón. Tengo una experiencia muy linda, porque trabajé en Japón. Fui el primer profe uruguayo que trabajó allá, en el año 1990. Y ya trabajaban técnicamente muy bien porque tenían mucha inclinación por el fútbol brasileño.

    Había muchos entrenadores brasileños trabajando allá. Fue una linda experiencia. Además de ver videos, leo mucho. Vuelvo a leer muchas publicaciones antiguas y comparo con lo que sucede ahora. Tengo un profundo respeto por lo que se hacía antes. No había GPS, no había pulsómetros, apenas existían los cronómetros, la toma de la frecuencia cardíaca era dactilar. Me gusta leer cómo se las ingeniaban esos profes para trabajar. Y qué bien lo hacían. Peñarol fue campeón del mundo en el 67 y jugaron 70 partidos con las giras. Y lo lograban. Además, como generacionalmente estoy en el medio, vi muchos de esos trabajos. Vi mucho de Alberto Langlade... También veo lo que se hace ahora. Eso me ha enseñado mucho. Llegas a la conclusión de que siempre es muy importante tener un GPS de alta gama, como tenemos nosotros, que nos da mucha información que nos previene. Pero también es importante saber que sin tenerlo se puede entrenar. Todas estas cosas me intrigan mucho y me nutren.

    También me encanta ver entrenamientos de otros deportes. De hecho practico. Hago sesión de box, tengo mi profe. Me gusta desde el punto de vista de coordinación, como deporte individual, porque siempre me dediqué a deportes colectivos (excepto la gimnasia deportiva). Pero, además de que me gusta, siempre saco alguna cosa. Del rugby, me gustan determinadas estructuras o elementos de trabajo del fútbol americano, del básquet también, su disciplina... De todos los deportes se puede sacar algo aplicable al fútbol. Todo eso va dando esa variabilidad generosa que necesita el entrenamiento como estímulo porque, si no, todo sería muy plano, muy lineal, y no podría estar tanto tiempo en un club, llegaría la saturación si siempre hiciera lo mismo.

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  • La gran Darío, por Sebastián Chittadini

    Cuando Darío Rodríguez marcaba, siempre dejaba registros. Pero el título no va por ahí precisamente, sino más bien por una jugada que supo patentar como seña distintiva sin tener que pasar nunca por Agadu.

    Marca registrada

     

     

    Cuando Darío Rodríguez marcaba, siempre dejaba registros. Pero el título no va por ahí precisamente, sino más bien por una jugada que supo patentar como seña distintiva sin tener que pasar nunca por Agadu.

     

    Si habláramos de las demarcaciones posicionales como expresiones artísticas, el lateral sería considerado como una suerte de género menor o de clase B. Casi nadie llega al fútbol queriendo jugar en ese puesto, en el que se termina por descarte o por necesidad de equipo en un momento determinado, cuando un veloz puntero con poca profundidad o un zaguero de baja estatura son desplazados hacia un lugar de la cancha que en otras latitudes –en Brasil, por ejemplo– goza de mucha mayor consideración. Dependiendo de la procedencia, se será para siempre un lateral con mucha subida y poca marca, o viceversa. Aquello de la manta corta que impide tapar los pies y la cabeza al mismo tiempo y que obliga a la adaptación.

    Octavio Darío Rodríguez no fue la excepción a esa máxima según la cual se otorga a ciertos jugadores la responsabilidad de jugar de laterales porque no hay otro dispuesto o medianamente capacitado para la función. Así se desplazó –sin saber que sería lo mejor para él– desde el centro al costado izquierdo de la defensa en los albores de su carrera y construyó una trayectoria repleta de oficio, haciendo del pundonor y la sobriedad una forma de vida. Artista del cuerpo a cuerpo y el golpe cortito, fue pura potencia y carpeta bajo el brazo en 42 partidos con la camiseta celeste (en los que convirtió nueve goles), poniendo siempre lo que había que poner en la marca férrea y en lo anímico.

    El gran Quique Yannuzzi siempre decía que Darío se parecía a Obdulio Varela, en el físico y hasta en cómo se calzaba el short por arriba del ombligo. Y no le quedó grande esa comparación, ya que siempre fue un hombre en el que sus compañeros podían apoyarse en las difíciles por la firmeza de su temple. Con esas condiciones, no es de extrañar que haya sabido ganarse el favor del público, como también lo hizo con una jugada característica e inconfundible que dejó registrada para siempre sin tener que presentar ninguna documentación probatoria.

     

    No acepte imitaciones

     

    En el mundo comercial, las marcas permiten a los consumidores distinguir un producto o servicio de otros de su misma especie en el mercado. En el fútbol pasa algo parecido, ya que, a lo largo de la historia, han sido varios los futbolistas que se destacaron por jugadas características que los distinguían y quedaron grabadas en la mente de los aficionados como “marcas registradas”. El público que entiende de fútbol las disfruta y no acepta imitaciones porque sabe lo que cuesta registrar una jugada como marca en el imaginario colectivo.

    De la misma forma en la que en los registros de propiedad intelectual pueden ingresar solicitudes tanto las personas físicas como morales, en el fútbol hay lugar para que tanto los cracks como los peones instalen una jugada patentada. Así, quedaron en la memoria de los hinchas movimientos como la “calesita” de Romario, la “elástica” de Rivelinho, la “lambretta” de Djalminha, la “ruleta marsellesa” de Zinedine Zidane, o el “escorpión” de René Higuita, pero también la “gravesinha” de Thomas Gravesen. Y si uno piensa en un jugador uruguayo con una jugada propia, personal e intransferible, bautizada incluso con su nombre, enseguida le viene a la mente Darío Rodríguez y esa especial demostración de fundamentos que conocimos con el nombre comercial de “la gran Darío”.

    Una vez finalizado el proceso de registro de una marca, el titular tendrá el derecho exclusivo de utilizarla. En el caso de Darío, fue en forma de clásica salida desde el fondo luego de ponerle el cuerpo al atacante que intentaba obstaculizarlo de forma infructuosa. Tal vez no tenía la estética de aquellos jugadores que parecen flotar sobre el pasto con singular gracia y sin transpirar, pero se las arreglaba para que siempre fuera efectiva y eficiente. Con la misma regularidad que un reloj, Darío siempre se salía con la suya cuando ejecutaba su jugada patentada, aguantando la pelota con el cuerpo y saliendo triunfante por el lateral. No fallaba nunca.

    Cuando el espectador veía que el enjundioso lateral hundía la cabeza, arqueaba la espalda, sacaba culo y con el brazo rodeaba la humanidad del pobre delantero que osaba ir a presionarlo; sabía que se venía algo grande. La línea lateral hacía el resto, ordenando la salida limpia y victoriosa previa al uñazo providencial en busca de sorprender a la defensa rival y alimentar el pique del hombre de punta de turno. A veces, solo a veces, podía hacerle un enganche al puntero rival para salir jugando desde abajo. Pero eso sí, siempre lograba su cometido y el público se volvía loco con esa jugada tan carente de glamur como repleta de enjundia.

     

    Todos los derechos reservados

     

    A lo largo de la historia del fútbol han sido muchos los futbolistas que lograron ganarse a las diversas aficiones por jugadas memorables que se transmitieron de generación en generación y pasaron también a los libros de historia del deporte rey. Talentos insuperables que inventaron filigranas inimaginables para el ser humano promedio, que la gente común jamás podría soñar con emular. Ahí radica la importancia de La gran Darío; porque fue una jugada del pueblo, de esas que cualquiera siente que puede ejecutar, aunque sepa que no hay manera de llevarla a cabo igual que su creador. Por una vez, no hubo que ser número 10 o delantero para llevar un fundamento del juego a su máxima expresión y dejarlo para siempre asociado al nombre de un jugador. Con esa jugada, Darío se convirtió nada menos que en un reivindicador de la posición de lateral.

    Aquel jugador que empezó sus andanzas en el fútbol conocido como “el hermano de Héctor Samantha Rodríguez” y dio sus primeros pasos como un expeditivo zaguero de la B, discípulo directo del gladiador Julio César Ribas, terminó siendo una referencia absoluta en el fútbol alemán y caudillo de la selección. Por si fuera poco; se mandó el mejor gol de un mundial, gol que terminó siendo el cuarto mejor de la historia de las Copas del Mundo y ostenta la titularidad de una de las marcas registradas más representativas del fútbol uruguayo. Hasta el día de hoy, uno ve a cualquiera haciendo esa jugada y piensa instantáneamente en La gran Darío. Cada uno de esos jugadores debería pagarle derechos de autor por su enorme contribución al fútbol cada vez que la reproduce de forma total o parcial, sea en un fútbol 5 o en un mundial.

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  • El fútbol no tiene memoria, por Pablo Aguirre Varrailhon

    Ambiente distendido y natural en la sede y estadio del Club Atlético River Plate en el Prado. En una mesa bajo un frondoso árbol lo esperamos después del entrenamiento, junto al sol y pájaros cantando en armonía, a pocos metros de dos canchas de fútbol 5 donde juegan niñas y niños con moño escolar.

    GONZALO CHORI CASTRO, DEL PORONGOS DE TRINIDAD AL MUNDO

     

    Ambiente distendido y natural en la sede y estadio del Club Atlético River Plate en el Prado. En una mesa bajo un frondoso árbol lo esperamos después del entrenamiento, junto al sol y pájaros cantando en armonía, a pocos metros de dos canchas de fútbol 5 donde juegan niñas y niños con moño escolar. Gonzalo es el último en salir del vestuario, recién vestido de “civil”, sin los “tarros” y las pilchas de entrenamiento.

    El entrevistado nota el calor y trae botellitas de agua bien frías para todos; nada puede fallar. Había que romper el hielo para repasar su pasado, presente y adivinar el futuro.

     

    Gonzalo o Chori, ¿por qué te dicen así?

    Por mi padre. Mi padre en realidad es el Chori, yo soy el Chori chico. Lo que pasa es que ahora yo soy el Chori, y él es Chori viejo [ríe]. Mi viejo salía en los carnavales como bailarín, y cuando se movía se “quebraba como chorizo seco”, como dice el dicho, y le quedó el Chori. Viste que el chorizo seco vos lo querés quebrar ¡y no se termina de romper! [vuelve a reír]. Y de ahí la barra le puso el sobrenombre.

     

    Tus hermanos también juegan al fútbol

    Mis hermanos están jugando: Juliana en Defensor, Francisco en Nacional de Flores, y Lucas (el más chico, tiene 17 años) en Porongos. Mi viejo jugó 25 o 30 años en Porongos. Si no me equivoco jugó hasta los 42.

     

    Tu hermana, tu padre y vos tienen algo en común acá en el Saroldi.

    Varias cosas, sí. Mi viejo jugó una previa de Copa Conmebol (1996). Clasificaron por una liguilla y les tocó jugar con River, que siempre con los de Porongos comentamos que no nos dejaron jugar el partido de ida en Flores: lo jugamos en San José y empatamos 2-2. Y acá sí nos ganó bien River. Tengo una foto y varios recuerdos con él acá en la cancha [se refiere al Saroldi]. Tenía esa costumbre, hasta los 14 o 15 años, entraba como “mascota”. Mi padre jugaba de cinco, o volante por fuera, incluso de lateral. Siempre más marcador que creador.

     

    ¿Cómo fue tu infancia en Trinidad?

    Muy linda. Los recuerdos del barrio… bueno, hasta el día de hoy tenemos un grupo con los amigos del barrio Independencia y tenemos una relación muy linda. Trinidad es una ciudad chica y nos conocemos todos. Jugaba en Porongos, después un año en Nacional de Flores, volví al club e hice todo el baby fútbol hasta los 13 años. Teníamos un buen equipo y con muchos nos vemos hasta hoy. Los que estamos en Montevideo nos juntamos una vez al mes, alguno propone un lugar y es la excusa para vernos.

     

    Sos muy arraigado a Trinidad.

    Siempre tira Flores…

     

    ¿Cómo sobrellevaste la lejanía estando en Europa tantos años?

    Estaba haciendo la carrera, lo que me gusta, jugando en el primer nivel mundial de una de las grandes ligas. Disfrutaba ese momento y sabía que cada seis meses regresábamos a Flores o a Durazno, de donde es mi señora. Ahí nos turnábamos, un rato en cada lado. A veces se hace difícil juntar la familia, porque están los chicos, y nosotros a veces tenemos libre un lunes o un martes y van a la escuela. Pero siempre que podemos nos hacemos un lugar para ir.

     

    ¿Cómo nace la vinculación para venir a Nacional?

    Había venido a Nacional con 12 años a una prueba y ya querían que me quedara, pero mi vieja prefería que no. Le dimos la palabra a Nacional pero tenía que seguir estudiando. No quería que estuviese lejos de la familia. Al año se me dio la oportunidad de ir a Durazno, entonces estudiaba en Flores y jugaba allá, eso fue hasta los 17 años. Jugaba en un cuadro llamado Juvenil, pero en la semana practicaba en Porongos. Como jugaba en Durazno me tocaba jugar en su selección y tenía que ir todos los días. Me turnaba quedándome en casas de compañeros y para estudiar volvía de madrugada.

     

    Pero ya jugabas con mayores.

    Sí, después de los 15 ya jugaba con los mayores en Durazno. No jugaba siempre pero alternaba. Y tuve un torneo donde Juvenil me prestó para jugar una fase de grupos [de la Copa de OFI] a Porongos. Cuatro o cinco partidos con 16 años. Al año siguiente ya se dio el pase y me vine a Montevideo.

     

    ¿Es duro el fútbol del interior comparado con el profesional?

    Es fútbol. El fútbol uruguayo tiende siempre más a destruir que a construir, por lo que todo se empareja mucho. Y ha sido duro siempre. Ahora acá un poco menos por el tema del VAR, o que hay veinte mil cámaras. Y como me decía mi viejo: antes vos entrabas al área y era una guerra a ver quién pegaba primero. Si no te veía el juez y el línea marchaste, ¡cuarto árbitro no existía! Cambió todo y creo que para bien del juego. Puede pasar igual, uno que llega tarde a la jugada, pero no a hacer daño a propósito. Pero sí, se ve más el roce en el fútbol del interior.

    ¿Seguís el torneo de OFI?

    Sí, lo seguimos a Porongos y si cuadra lo acompañamos. Yo me crie y mi viejo pasó una vida ahí. Mi madre era la cocinera, y viajábamos con papá cuando jugaba. Ahora mis padres están de nuevo como los cocineros, pero ya no soy mascota [ríe a carcajadas].

     

    Los Castro son referentes en Porongos…

    Y sí, mi padre jugó muchos años y estuvo tres veces de las cuatro que Porongos fue campeón del interior (1988, 1994 y 1995).

     

    ¿Cómo fue llegar a Nacional con edad de cuarta división?

    Ya me había acostumbrado cuando jugué en Durazno, entonces no tuve problemas en dejar la familia, la casa. En Nacional yo me quedé en la residencia (unos cuatro meses), y como tenía unos tíos, la hermana de mi padre, me mudé con ellos. Lo principal pasó a ser el cambio de compañeros que es algo habitual en el fútbol cada temporada.

     

    ¿Qué jugadores admiraste de chico o tenías como espejo?

    En mi época miraba mucho a Julio César Dely Valdés, cuando estaba en Nacional y hacía goles todos los partidos. A Ruben Sosa y Enzo Francescoli también los miraba mucho. Cuando fui creciendo, uno que admiraba cuando arranqué era Andrés D’Alessandro que aparecía en River argentino, junto a Cavenaghi, Saviola, Aimar… una camada que tenía cosas para ver. Uno mira, trata de sacar algo, pero en realidad no nos parecemos en nada uno a otro y cada uno tiene que construir su propio yo. Un pedacito acá, otro allá, lo que te dice un técnico y otro te vas construyendo porque es la manera de encontrarse uno mismo y hacerse como jugador.

     

    ¿Como juvenil en qué puesto aspirabas jugar?

    Yo era enganche, un puesto que desapareció. Entonces cuando llego a Nacional todavía se jugaba con enganche pero en primera ya no. En ese momento estaba Daniel Carreño y jugaba con una línea de tres o cuatro volantes y dos puntas, por lo que me tuve que adaptar a jugar de volante o punta. Así me manejé en mi carrera, media punta al lado del nueve, o volante por fuera que fue donde más jugué en Europa. Algunos técnicos en el transcurso del partido me mandaban de media punta. En un equipo pasó que éramos tres zurdos, uno por derecha, otro de punta y otro por izquierda pero con libertad de movernos y elegir donde jugar. Uno de mis fuertes es la asistencia, no es que me guste más que hacer un gol pero me reconforta y mis números en esa función son mejores.

     

    ¿Es difícil construir nuevas relaciones cada año en un grupo?

    En Uruguay es más fácil por las costumbres. En cambio cuando vas a otro país se nota. Vos llegás y también viene gente de otros países, cada uno con su manera de actuar, su religión… Cuando fui a Europa me juntaba más con argentinos, brasileños, sudamericanos en general. Pero no es por no compartir con el español, sino que tenés mayor afinidad. Por suerte nunca tuve un problema con nadie en ese sentido. Soy de relacionarme, trato de ser abierto y de buscar integrarme no importando el origen de los otros. Si después no funciona, bueno…

     

    Cuando volviste, ¿sentiste algún cambio importante en el fútbol uruguayo después de once años jugando fuera del país?

    No muy grande, esa es la realidad. Al fútbol uruguayo le cuesta. Ahora, de a poco, los clubes están invirtiendo en infraestructura, que es un poco la carencia que tenemos. Porque jugadores sobran y yo creo que van a seguir saliendo, y si les facilitamos que tengan mejor infraestructura con mejores canchas, por ejemplo, a la larga es mejor para nosotros y para el espectáculo.

     

    ¿Y el aspecto físico?

    Y… acá terminás corriendo menos porque algunas canchas no te ayudan a jugar rápido, entonces están siempre bien parados y el esfuerzo es menor. En el fútbol uruguayo se te hacen fuertes los equipos que se meten atrás y te juegan de contra.

    ¿Es verdad que el profesionalismo en Europa se aprende de otra manera? ¿A vos te cambió en tus hábitos?

    Eso sí, la verdad que lo noté en Nacional también al regreso. Se mejoró mucho en juveniles, por ejemplo en hábitos alimentarios, ya que el fútbol se vuelve cada vez más físico, y si no estás bien te pasan por arriba. Lo técnico tiene que estar, pero si no acompañás con físico no jugás, fíjate que en el puesto del 10 que jugaba dos metritos para acá y dos para allá, desapareció. Y no solo en el fútbol, la gente en general también apuesta a lo físico, por ejemplo, con el crossfit, zumba, la alimentación, etcétera. Y algo que en Uruguay no cambia, por ejemplo, es en no alimentarse con mariscos, pescado. O solo comés milanesa de pescado, es un tema cultural.

     

    ¿Cómo afectan las redes sociales a los jóvenes que comienzan su carrera? En tus comienzos no había.

    Creo que afecta mucho, para bien o para mal, pero afecta. El tema es aprender a usarlas. Con 15 años publicás una foto

    –porque te puede pasar– con la camiseta de Peñarol porque sos hincha y capaz que más adelante te toca ir a Nacional, pero esa foto quedó guardada y las redes te matan. Vos lo hiciste con todo el amor por tu club, pero te toca ir a otro y eso te puede poner en contra a la gente para tu carrera; eso pasa factura. Leer las redes sociales es lo peor que hay: primero que se esconde el que te insulta, porque no viene acá a la puerta a decírtelo; y está el que lo lee. A mí no me importa, ya esto me agarró grande y sé que tengo que escuchar a mi técnico, los compañeros y la familia. Después pasa que las redes pueden hacer echar un director técnico, a ponerte la hinchada en contra, en eso el tema mediático es jodido, difícil, y tenés que aprender a convivir con eso pero no es fácil para los chicos.

     

    ¿En Europa trabajan con psicólogos? Es un aspecto cada vez más importante en el deporte.

    En los equipos hay psicólogos, y creo que acá también se está implementando. Es importante, está la presión de jugar en Nacional o Peñarol y con 17 años estabas tomando mate en la plaza con tus amigos –siendo un desconocido– y pasar a tener que ganar el domingo, y el otro domingo también, y así. Ganar y rendir, con toda la gente atrás.

     

    ¿Cómo lo llevaste en tus inicios?

    Bastante bien, pero a mí me gusta y cuando el partido es más difícil, mejor me siento. Después depende de la cabeza de uno, la concentración, el día a día no es fácil porque en la calle se vive mucho, no es solo jugar. Tenés que estar preparado no solo en la parte técnica, táctica, sino preparado mentalmente: el fútbol de elite es muy exigente. Ganaste 4-0 hoy y el miércoles tenés que ganar de vuelta, y si no ganás no te perdonan ni se acuerdan que ganaste hace unos días. Como decimos nosotros: el fútbol no tiene memoria. Nacional ya ganó el bicampeonato, el tricampeonato se le puede complicar y es todo negro, todo malo.

     

    Fuiste a Mallorca, ¿cómo es vivir en la isla?

    Es espectacular. En España, sea el equipo que te toque, está en una ciudad muy buena, en general es un país muy lindo porque tenés todo y con la facilidad de tener el mismo idioma. Un club que tenía el objetivo de salvarse del descenso y nada más, cumpliendo con eso está todo bien. Al Mallorca ahora lo maneja un grupo de Estados Unidos que comenzó en 2015, yo ya me había ido. Pero cuando estaba en 2009, el club había ingresado en Ley Concursal. Ponen gente a manejar el club y hasta que no se pague toda la deuda los ingresos los manejan ellos. Entre 2005 y 2010 la mayoría de los clubes españoles ingresaron en esa ley por la crisis, fue muy jodido. Después los clubes se sanearon y comenzaron otra vez.

     

    ¿Ves viable ese modelo en Uruguay?

    La gran diferencia es que la televisión paga mucho dinero. Pero mucho dinero. Creo que llega a ser 80% de los ingresos de un club que te asegura armar un buen equipo. En la liga española el cuadro que sube a primera maneja 30 o 40 millones de dólares de presupuesto. Después están Barcelona y Real Madrid que manejan 300 millones. El problema es que hay disparidad con el resto, no como en Inglaterra que es más parejo.

     

    Los españoles son más parecidos a nosotros: dos equipos acaparan mucho…

    Sí, en España hacen eso y en la televisación lo hacen ver, mientras que los ingleses no, es más parejo y eso hace que el torneo sea más equilibrado. Pero en el fútbol uruguayo no hay ingresos grandes por televisación. La diferencia con Nacional y Peñarol es eso, y después ellos manejan un buen número de socios. ¿Entonces los demás clubes qué tienen que hacer? Tienen que vender, apuestan a los chicos. Yo sé que la gente quiere ganar la Copa Libertadores, pero para eso también tenés que invertir. Ves los equipos brasileños y argentinos e invierten para salir campeón y acá no tenemos ese capital para invertir; podés pelear un año, estar ahí… pero lo veo muy difícil por un tema de lógica de mercado y encima se te llevan los mejores jugadores.

     

    Viviste los mejores momentos de la liga española, justo cuando salen campeones del mundo y Uruguay obtiene el cuarto puesto, ¿cómo se vivió esa euforia?

    En el Mundial [Sudáfrica 2010] yo estaba de vacaciones en Uruguay y tuve que volver antes de que se jugara el tercer y cuarto puesto porque empezaba la pretemporada. Para Uruguay estar peleando el torneo, fuerte y con posibilidades es lo mejor que te puede pasar como uruguayo. Verte con la ilusión de saber que el Mundial ¡está ahí, que se puede ganar! Pero bueno, fue Holanda que nos tocó, y ya a ese nivel te tocan grandes selecciones, si estás en una semifinal no es porque te regalen las cosas. ¡En Flores cuando terminaban los partidos hacíamos caravana! Y España ya había ganado una Eurocopa en 2009 que se había vivido con una euforia grande y después el Mundial, años muy buenos de la selección española.

     

    Jugaste en Real Sociedad. ¿Los vascos cómo toman a la selección española?

    Bien, no es que la sientan tanto… pero bien, la respetan. Cuando llegué ya estaba acordada la paz por lo que había sucedido, y habían entregado las armas [se refiere a ETA]. La gente hincha por España, no todos, son más bien simpatizantes. Fijate que la selección tampoco va a jugar ahí… Al estadio de la Real Sociedad no va, a Bilbao no va… Juegan en Andalucía, Sevilla, Córdoba, Madrid… A Barcelona no sé si van. El tema político es pesado, se hace sentir, por más que hayan llegado a un acuerdo existe un recelo entre Cataluña, País Vasco y el Estado, aunque no como antes.

     

    El Clásico Real Sociedad versus Athletic Bilbao, ¿es pasional como acá?

    Sí, sí, son muy pasionales, pero allá cada uno es hincha del equipo de su ciudad. Los de San Sebastián son de la Real Sociedad, y cuando vas a Bilbao lo mismo, hay rivalidad. Pero cuando vas a la cancha no hay tanto fanatismo. Mi suegro con mi concuñado estaban en Bilbao cuando fuimos a jugar y un amigo de San Sebastián los invita para ir a la previa del partido. Y ellos iban un poco asustados en la parte del casco antiguo de la ciudad y estaban todos los de la Real, los del Bilbao… ¡todos juntos! Tomando algo, se sacaban fotos, cambiaban bufandas de los equipos, y ellos no lo podían creer viendo lo que es un clásico acá con una hinchada por acá y otra por allá para evitar problemas. Allá puede existir un problema pero es mínimo, cada uno grita por lo suyo y listo. ¡Ellos no podían creer que se jugara un clásico y estuvieran todos juntos!

     

    El 19 de enero de 2013, con Real Sociedad juegan de local contra el Barcelona de Messi, Xavi, Iniesta, Puyol, equipo que saldría campeón ese año. Van 25 minutos y pierden 0-2. Y aparece un muchacho…

    Y el 20 de enero es San Sebastián, fecha patria… En los tres años y medio que estuve Barcelona de local no nos ganó nunca. No sé por qué, pero no nos ganó nunca, siempre lo complicábamos. Pero en ese partido hice el gol del descuento en el primer tiempo, la peina Antoine Griezmann, controlo afuera del área y la cruzo. En el segundo es una jugada entreverada, pateo y roza en Iniesta –creo–, descoloca a Víctor Valdés y empatamos el partido. Un ratito después hacemos el tercero, imagínate. Nos ayudó irnos con el gol del descuento al entretiempo, si no nos hacían cinco, no te perdonaban. En el partido de la primera rueda (visitante), primera fecha y primer partido que jugaba hago el 1-0, pero nos metieron cinco… Por suerte en San Sebastián le dimos vuelta el partido de atrás, y cuando termina nos invitan al Ayuntamiento a izar la bandera por el día de San Sebastián. Fue espectacular: le ganamos al Barcelona en esa fecha y después que seas un invitado de honor… ¡no iba cualquiera!

     

    Al Real Madrid también le hiciste goles.

    Sí, creo que dos, a Casillas y López, al Barcelona cinco o seis.

     

    ¿Te recuerdan allá?

    Sí, más que nada en las redes cuando cumplís años. Lo que me gustó mucho fue que la Liga misma hizo un video de jugadas y goles míos que te hace pensar que algo bueno hicimos [ríe]. Los clubes te recuerdan, y también dejás amigos que es lo lindo del fútbol al conocer otras culturas y otras personas.

     

    ¿Entre ellas está Lionel Scaloni, el actual entrenador de la selección argentina?

    Sí, Scaloni tiene una linda aventura en Porongos de Flores… En los 100 años del club fue invitado Nacional, y como yo iba a jugar en Porongos me piden si puedo invitar compañeros que estaban en Europa. Y bueno, vino Juan Albín, el Cebolla Rodríguez, Chengue Morales y… Lionel Scaloni. ¡Y jugaron eh! El primer tiempo fue empate a un gol que lo hizo el Cebolla, y después, bueno, se hicieron los cambios y ganó Nacional. ¡Hay foto! Hicimos una buena amistad, vino a mi boda en 2011. Es un loco lindo, un crack. Andaba complicado pero se hizo un rato para venir. Como soy amigo de Poroto Germán Lux, muchas veces fui a Carcarañá (Argentina) que queda cerca de Pujato, de donde es Lionel. Entonces iba a lo de Poroto y a verlo a él. Por suerte tenemos una relación que perdura.

     

    ¿Por qué no jugaste más en la Selección?

    ¡Eso hay que preguntarle a Tabárez! [ríe]. Fui citado un par de veces, jugué amistosos y después es jugar y esperar la oportunidad. Después es decisión del cuerpo técnico y hay que aceptarlo. Yo estaba tranquilo porque en mi club estaba haciendo las cosas bien. Si yo me merecía más que otros, es una decisión del técnico, no mía. Los momentos que fui los disfruté y era mágico cada vez que vestí la Selección. Hincha soy, ¡salía en caravana por Trinidad! Aparte uno tiene amigos en la Selección.

     

    ¿Qué es más fuerte emocionalmente, una Copa Libertadores o una Champions?

    Para mí la Copa Libertadores. Es el día anterior del partido… de visitante… en Brasil se pasa jodido con los fuegos artificiales. Ahora es más tranquilo porque actúa la Conmebol. Esa presión es linda. Capaz que no podés descansar, pero es muy lindo y si hacen esas cosas es porque algo pasa, un poquito de miedo tienen [risas].

     

    ¿La mayor emoción con la camiseta de Nacional?

    Salir campeón.

     

    ¿Más que un clásico?

    Sí, ser campeón es redondear el trabajo del año. Ganar los clásicos, también, pero si tengo que elegir uno prefiero ser campeón. El clásico no deja de ser un partido, muy importante por todo, por la gente… Yo prefiero el campeonato no solo por el trabajo individual, sino lo grupal, el día a día, y llegar a la copa es poder decir “lo logramos”.

     

    ¿Si te dan a revivir un momento, un gol?

    Incomparable el gol que hice en el clásico [el del Intermedio 2019, disparo de afuera del área]. Es único, por cómo se dio, cómo veníamos nosotros, no muy bien, y ese clásico fue el cambio de chip nuestro que nos llevó al campeonato. Pero también era un clásico que podía marcar si tocaba perder… Al final salió redondo con ese golazo en un partido que fuimos muy superiores a Peñarol y lo ganamos bien por 3-0. Sin excusas, sin nada. A veces aparece el tema del árbitro, o algo… ¡no hubo nada en ese partido! Solo que fuimos superiores a ellos, y ese gol… bueno, le dicen el clásico del Chori. A mí me marcó mucho.

    ¿Para venir a River, Juliana te dio referencias? Ella jugó hace unos años.

    Le pregunté un poco cómo era el entorno, pero algo conozco y también tenía referencias de compañeros, como Michael Santos (hoy en Talleres de Córdoba). Acá es chiquito y se conoce todo. Cuando tomamos la decisión sabíamos que veníamos a un club ordenado que está tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Ahora nosotros trataremos de responder en la cancha con el objetivo de clasificar a una copa internacional. No solo por el prestigio de jugarla, también ayuda económicamente, no nos vamos a mentir. Es un respiro grande para los clubes.

     

    ¿Por qué elegiste River? Me imagino que tuviste varias ofertas.

    Hubo varias. Primero, yo quería jugar en primera división. Tuve ofertas de equipos de la B, y más del exterior… Pero quería quedarme en Uruguay. Me vine de Europa por eso, ya quería instalarme y no volver a salir. La vuelta fue un tema familiar, dijimos con mi señora: ya cumplimos; estuvimos once años afuera, tenemos dos niños de seis y ocho años. Cuando nos volvimos tenían tres y cinco de edad, era el momento justo, y pude ir a Nacional. Y estar cerca de la familia. Uno que podía ser era Defensor, pero no se dio. Apareció River, hablé con el Chavo [Gustavo] Díaz, tuvimos una buena conversación. Vinimos a sumar a un plantel joven, con algunos “viejitos” [ríe] que estamos ahí para dar una mano y tratar de potenciar esa juventud.

     

    ¿Sentís diferencia con los árbitros? No es lo mismo un grande que un club en desarrollo.

    No, no… Los árbitros se pueden equivocar, es parte del juego. Tampoco soy mucho de hablar y meterme con los jueces. Trato de respetar. No soy de los que hablan todo el tiempo. Si hablo, es para ayudar, para que el partido fluya. Pasa que en el fútbol uruguayo hacés un gol y empezás a hacer tiempo, que esto, lo otro… Claro, de 45 minutos terminás jugando 15 o 20 minutos. No está bueno para el espectáculo. Y uno si habla con el juez es para eso, para jugar, porque ellos terminan tomando las decisiones. Puede haber alguna discusión por algo… pero alguna vez… Trato de tener mucho respeto: ya salir del vestuario, que te estén puteando… es sacrificado, y son parte de que el juego salga bien.

     

    ¿Cómo pasaste esos meses que no jugaste?

    En familia, disfrutando. Tratando de tomar unas vacaciones, lo hablábamos con mi mujer que nunca habíamos tenido vacaciones en verano. Porque si veníamos de España era invierno acá. Hacer las cosas que por el fútbol no podés con los amigos, la familia.

     

    ¿Entrenabas de algún modo?

    Sí. Estuve un mes y medio que no hice nada, lo tomamos de vacaciones absolutas. Y como el torneo empezaba en abril sabía que tenía tiempo. Iba al gimnasio de unos amigos todas las mañanas con Sebastián Fernández, sabiendo que podíamos ir a un equipo en cualquier momento.

     

    ¿Cómo te gustaría que te recordaran?

    Como una buena persona. Tratando de ser buen compañero en cada lado que estuve, eso es fundamental. Después si jugaste bien o no está en los “fenómenos” que analizan el fútbol. Mientras digan que fui buena persona y buen compañero me alcanza.

     

    ¿El fútbol tiene poca memoria?

    ¡Cortita! [ríe].

     

    ¿Te deja amigos el fútbol?

    Deja amigos [lo dice firme]. Muchos compañeros, y amistades que esperemos mantener en el tiempo.

     

    ¿Qué futuro imaginás para vos? ¿Director técnico?

    Director técnico, no. Trabajar voy a trabajar.

     

    ¿Periodista?

    Mmm… no descarto [risas]. Descarto en el momento ser técnico. No tengo el curso hecho, y aparte sería estar metido en la misma rosca. Quiero salir un poco, llevo veinte años casi, desde el 2002, en el fútbol profesional. Tenés responsabilidades, tenés presión, ¡y te la ponés vos mismo esa responsabilidad! De momento quiero salir un poco, el tema de técnico lo quiero dejar apartado. Quién te dice que en dos o tres años quiera serlo. Tengo caballo de raid, quiero correr alguna carrera. Y después sí quiero trabajar, de representante, de periodista… pero de algo hay que trabajar porque queda mucha vida por delante. Por suerte estoy bien, hice una buena carrera.

     

    ¿Hay Chori para rato?

    De momento, mientras me sienta útil, pueda ayudar y las lesiones me respeten, sí. Yo soy un agradecido a mi físico, tuve solo lesiones musculares de recuperar enseguida. Tuve una fractura cuando tenía diez años que fue lo que más me costó recuperar. Y las lesiones musculares son parte de la exigencia. Pero si puedo ser útil, seguiré jugando.

     

     

     

    Juliana, “la mejor de los Castro”

     

    Ella arrancó en baby fútbol y después tuvo problemas porque no la querían dejar jugar. Ahí mi madre hizo todo lo posible para lograr que pudiera hacerlo. Juliana no se daba cuenta, pero mamá la pasaba mal por eso: no entendía por qué no la dejaban jugar. Era baby fútbol, siete u ocho años. Mi madre incluso vino a hablar a Montevideo y al año siguiente pudo jugar mixto hasta los 13 o 14 años. Después le sale la oportunidad de jugar acá en Montevideo, entrenaba allá entre semana y el fin de semana venía a jugar. Siempre que podía la acompañaba, y como siempre decimos: de los Castro es la mejor [ríe]. Y los números lo demuestran. Lamentablemente no tuvo la oportunidad de hacerse profesional porque recién ahora está el fútbol femenino dando pasos importantes en ese sentido, comparado con lo que es a nivel mundial. Ojalá siga creciendo.

     

     

     

     

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  • Danubio regresa a primera, por Hamlet Tabárez

    Allá por la década del 70, en la cancha de Danubio,se jugaba un amistoso contra Chacarita Juniors de Argentina. Faltando poco para terminar el partido, cambian a Julio Larrosa.

    Allá por la década del 70, en la cancha de Danubio,se jugaba un amistoso contra Chacarita Juniors de Argentina. Faltando poco para terminar el partido, cambian a Julio Larrosa. Cuando se está sacando la ropa, entra al vestuario el Toto, que le pide la camiseta de su Danubio querido. El milico Larrosa no solo le puso la camiseta sino que lo mandó a entrar a la cancha en pleno partido, no había Dios que lo pudiera sacar, ¡Bo, a mí me dijo el Julio que entrara, no salgo nada! Julio Larrosa y el Cholito Mendoza, hermanos de la vida que el futbol me dió, con quienes vivimos momentos inolvidables en Venezuela.

    Con el brasileño Araquem de Melo, goleador de Danubio, nos reencontramos en Caracas. Lamentablemente Ara nos dejó hace unos años, amaba a Uruguay y a su Danubio y era querido por todos los uruguayos en Venezuela.

    Les cuento el gol que Araquem le hizo a Racing  jugando con Danubio en el Parque Roberto.

    En aquellos tiempos la cancha era pequeña y con bajada hacia la Avenida Millán, hicimos una falta en la cancha de ellos, como a cinco metros de la línea del medio. Ara, que jugaba de 9, vino a pedir la pelota para patear el tiro libre, recuerdo clarito que nos miramos como diciendo “dale Petrone” y no hicimos barrera, tomó carrera casi con un doble ritmo como en el basket, le pegó de derecha con el empeine y se la clavó en el ángulo a Luisito Alayón, filho da puta.

    Botija, antes de decir “ya fue”, preguntá a algún veterano quienes eran el Milico Larrosa, su compadre Cholito Mendoza y el Negro Araquem, puede ser a Carlos Genta, el padre, porque los dos jugaron en Danubio.

    Te cuento que en el año 1989, los dos Genta vinieron a Caracas. Carlitos, con los botijas de Danubio, a jugar un torneo sub 15, con compañeros como el Cabeza Delgado, el Chino Recoba, con Rafa Perrone de DT, y en la delegación Carlos Genta. Esos botijas de la Curva, nos hicieron ser hinchas de Danubio a todos. La Murga de Caracas les dedicó una canción, les mando la letra, o se la piden a los Genta.

    Felicitaciones a Danubio, me dejaron más Hamlet que nunca: ser o no ser ¿Racing o Defensor a primera?

     

     

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  • Nace la leyenda, nota de redacción

    Nadie más que los jugadores, las decenas que estuvieron bajo su égida en el proceso de 15 años, tienen la palabra autorizada para evaluar lo que significó el entrenador de la selección nacional para el fútbol uruguayo.

    SE VA TABÁREZ, PERMANECE VIVO SU EJEMPLO EN LA MEMORIA DEL PUEBLO

     

    Nadie más que los jugadores, las decenas que estuvieron bajo su égida en el proceso de 15 años, tienen la palabra autorizada para evaluar lo que significó el entrenador de la selección nacional para el fútbol uruguayo. El fútbol, en tanto espectáculo de masas, tiene actores principales y numerosos asistentes. Entre los protagonistas de primera línea que generan los más diversos sentimientos están los futbolistas y los cuerpos técnicos. Ellos son quienes merecen el respeto mayor. Es su palabra la que interesa y la que nos interesa hacer llegar a los lectores. Ellos compartieron años de trabajo, de objetivos, de búsqueda sin pausas para alcanzar los mejores rendimientos. El resultado a la vista. Tras 15 años de continuidad -quebrada absurda e irrespetuosamente por figuras de opacas intenciones- en la que reposicionaron a nuestro fútbol en el mundo, Túnel recoge las palabras de 50 futbolistas, lamentando que seguramente no hemos logrado reproducir todas las que se hicieron públicas en las redes y medios en las últimas horas.

     

     

    Sebastián Abreu: Maestro, muchas gracias. El camino es la recompensa y el legado que dejas será eterno, lo que generaste en todos nosotros fue fantástico, nos demostraste que podíamos competir con valores, humildad y respeto. Generar esa comunión con nuestro pueblo y tener un único sentimiento. Agradezco haberlo vivido para poderlo contar. Hoy no es un día más pero ser agradecido es algo más de lo que nos inculcó constantemente y hoy yo le agradezco a todo el cuerpo técnico (Profe Herrera, Celso Otero y Mario Rebollo). Gracias, gracias, gracias.

    Agustín Álvarez: Me permitiste creer en grande y cumplir un sueño inolvidable. Siempre estaré agradecido contigo, por tus palabras, por tu sabiduría y por tu forma de ser. Gracias Maestro, lo mejor para vos siempre.

    Mauro Arambarri: Gracias, Maestro. Agradecer por cada consejo que desde que pisé el complejo con 18 años me has dado, consejos que marcan y solo hacen crecer y progresar. Podría seguir pero lo único que me sale es agradecer y solamente agradecer.

    Egidio Arévalo Ríos: Gracias por siempre, maestro, por todo lo que hizo con la selección y con  el país que volvió a creer en la celeste. Eternamente agradecido por cada momento a su lado. Su nombre quedará grabado en la historia. Fuerte abrazo a la distancia.

    Rodrigo Bentancur: Pusiste de vuelta a esta selección y a este país en el radar y a la altura de las mejores del mundo y fue un honor que me hayas dado la oportunidad de ser parte de esto, de poder vestir esta camiseta y representar a mi país. Quedan solo palabras de agradecimiento hacia usted y hacia el cuerpo técnico. Gracias, muchas gracias de verdad.

    Martín Cáceres: Para muchos no fue solo nuestro DT. A lo largo de años pudimos compartir cosas más profundas que solo fútbol, charlas, mensajes, anécdotas, historias, consejos, valores, adhesión. Gracias, Maestro.

    Juan Castillo: Bueno, llegó el momento de la injusta despedida en un fútbol que cada vez tiene menos valores (como la sociedad misma). Estos señores fueron capaces de cambiar el rumbo de nuestra hermosa celeste, la cual estaba perdida. Muchas gracias por dejarme haber sido parte de este cambio verdadero. Abrazo de atajada para los cuatro.

    Edinson Cavani: Soy de pocas palabras pero de sentimientos muy amplios. Gracias Maestro, se lo quiere mucho.

    Sebastián Coates: Llegué con 16 años al Complejo con la ilusión que todos teníamos jugar por la celeste. Desde el primer día nos inculcaron el sentido de pertenencia que debíamos tener con la selección, el respeto con quienes compartíamos el día a día. Durante ese camino me tocó vivir cosas inolvidables que quizás pocos tienen ese privilegio. Muchas gracias Maestro, Celso, Profe Herrera y Mario por dejarme ser parte de un antes y un después en la historia del fútbol de nuestro país.

    Mathías CorujoPor sus enseñanzas, su respeto, por ser ejemplo y referente. Por el sentido de pertenencia y el orgullo. Por los momentos vividos y por haberme dado el privilegio de vestir la camiseta de nuestro país. Por la palabra justa, en el momento justo. Por trascender al fútbol inculcando principios y valores a la sociedad. Por Celso, por Mario, por el Profe. Porque el camino es la recompensa. Por todo esto y mucho más, hoy con tristeza pero con el pecho inflado, le digo: eternamente gracias Maestro. 

    Giorgian De Arrascaeta: Simplemente palabras de agradecimiento por todos los momentos vividos como jugador e hincha de esta selección.

    Nicolás de la Cruz: Querido Maestro: Quiero agradecerle todos los momentos que hemos compartido estos últimos años. Cuando tenía 16 años fui por primera vez al Complejo Celeste. Desde el comienzo usted siempre presente, generando encuentros, charlas, consejos, intercambios, pequeños momentos que fueron construyendo mi camino como futbolista y como persona. Usted me hizo entender que esto era lo que usted llamaba “proceso”, un camino que nos forma como futbolistas pero por sobre todo como personas, herramientas para la vida que es lo más importante, siempre haciendo hincapié en valores como la humildad, el esfuerzo, el trabajo, el compañerismo, sin importar el resultado deportivo. Usted generó un sentido de pertenencia con respecto a la selección que estará conmigo siempre, haría lo que fuera por defender nuestra camiseta y ese sentimiento que parece obvio es gracias a su trabajo. Gracias por haberme hecho cumplir mi sueño que es jugar para la selección mayor. Gracias por los consejos, los intercambios, gracias por los valores. Le mando un abrazo eterno tanto a usted como a su cuerpo técnico. Ha sido un honor tenerlo como entrenador, referente y guía todos estos años. Gracias, Maestro.

    Álvaro Fernández: El camino fue, es y será la recompensa. Gracias Maestro y cuerpo técnico, fue un orgullo ser parte de este proceso.

    Diego Forlán: Gracias Maestro por todo lo que hiciste por Uruguay a nivel de selección y a nivel de país. Marcaste un antes y un  después, por eso tu nombre quedará en la historia por siempre.

    Jorge Fucile: ¡Gracias por tanto! Siempre te voy a llevar en mi corazón, nunca te voy a olvidar. Gracias por todo, Maestro.

    Walter Gargano: Son tantas las emociones y momentos que nos has hecho vivir que no alcanzaría el mensaje para poder agradecerte. Nos hiciste volver a creer, nos hiciste volver a sentir el sentimiento del hincha. En lo personal me siento un afortunado por haber sido parte del proceso y conocer desde adentro tu forma de trabajar y de sentir tu profesión como entrenador. Eternamente gracias. No solo de mi parte, sino también de todo el pueblo uruguayo. De corazón espero que el legado que transmitieron junto a Celso Otero, Mario Rebollo y José Herrera continúe de alguna manera. En el Complejo Celeste nunca debe dejar de sonar sus nombres. ¡Gracias Maestro, Celso, Mario y José!

    Josema Giménez: Son tantas las cosas que uno puede decir sobre lo que ha hecho por la selección y sobre todo en la persona, que no alcanzarían las palabras para agradecerle. Me ayudó a cumplir el sueño máximo que tenía desde chiquito y para no ser reiterativo con lo que muchos han dicho que es tal cual lo dicen. Solamente agradecerle todo en mi nombre y en el de mi familia. Gracias Maestro.

    Diego Godín: Ahora le voy a hablar a usted, porque siempre lo traté así con respeto y admiración. Usted logró generar ese respeto entre nosotros y con y para la gente. Y eso fue lo que se trasmitió siempre desde adentro hacia afuera, hacia el mundo. Quiero agradecerle por todo lo que me enseñó y por todo lo que ayudó en mi vida y en mi carrera profesional.

    Maximiliano Gómez: Gracias por todo lo que nos enseñaste Maestro. Agradecer a ti a todo tu cuerpo técnico por darme la confianza de vestir la celeste del alma. Solo tenemos palabra de agradecimiento.

    Álvaro Tata González: Gracias, no sólo por darme la posibilidad de ser una mínima parte de todo lo bueno del proceso, sino también como uruguayo por enseñarnos que a través de un deporte, por más que se tenga, se puede trasmitir valores. Durante todo el proceso hubo contras, es normal en el fútbol, lo extraño es que ya la selección ya les había demostrado ser capaz de salir de peores situaciones en las eliminatorias y ésta seguro no hubiese sido la excepción. A un punto del cuarto y con el fixture como nos apretó este mes, ahora nos aflojaba. Ojalá su angustia pase rápido y puede mirar atrás con la alegría de saber que ganamos mucho más que una Copa América. Abrazo apretado para todo el cuerpo técnico.

    Fernando Gorriarán: Gracias por tanto, Maestro.

    Abel Hernández: Fue un verdadero placer tener como técnico de la selección uruguaya. Me diste la oportunidad de jugar un Mundial y ganar una Copa América defendiendo la camiseta de mi país. Marcaste un camino de trabajo y espero que se siga aplicando a futuro. Gracias, Maestro.

    Nicolás Lodeiro: Por la experiencia de tantos años, por las enseñanzas y la confianza, por haberme ayudado a cumplir mi sueño de vestir la camiseta celeste y ser parte de la historia de nuestra selección. Muchas gracias Maestro y cuerpo técnico.

    Brian Lozano: Simplemente gracias maestro. Como hincha me hiciste ilusionar en el mundial de 2010, poco tiempo después en 2011 me hiciste festejar la Copa América, y por si fuera poco me hiciste cumplir el sueño que todo niño tiene cuando empieza a jugar a la pelota que es vestir la camiseta más hermosa que hay, la celeste del alma. Gracias por tantas enseñanzas, valores y respeto por sobre todas las cosas. Gracias Maestro.

    Diego Lugano: Gracias eternas Maestro.

    Federico Martínez: Gracias por darme la oportunidad de vestir la camiseta de mi país, Maestro.

    Rodrigo Muñoz: Solo tengo palabras de agradecimiento por la oportunidad tan grande que me dieron de ser parte del proceso de selección y por tantas enseñanzas durante estos años, Gracias Maestro.

    Fernando Muslera:  Al final en la rica historia del fútbol uruguayo solo quedan los grandes y Usted lo será por siempre, por haberle dado a los uruguayos tanta felicidad , sentido de pertenencia y por colocar a nuestro país en los primeros planos del mundo.

    Nahitan Nández: La formación integral de personas como prioridad antes que todo. Respeto, trabajo en equipo y sentido de pertenencia sea cual sea el resultado. Fue un placer ser parte de tu proceso Maestro. Gracias por todo este tiempo de aprendizaje.

    Darwin Nuñez: Maestro, solo le puedo expresar palabras de agradecimiento como uruguayo por devolvernos al lugar de prestigio que merecemos. Pero sobre todo por todas las enseñanzas que me regaló. Me acuerdo que cuando estuve en la Sub-20 verlo en cada entrenamiento acompañando, dando el consejo justo y estando siempre disponible, invitaba a ilusionarse y poner el doble de esfuerzo. Gracias por darme la oportunidad de formar parte con la selección mayor, algo con lo que soñé toda mi vida. Gracias por sus palabras de aliento, por ayudarme en los malos momentos, por enseñarme el camino. La marca que ha dejado en todos nosotros y en el fútbol no se borra más. Le deseo lo mejor tanto a usted como a su cuerpo técnico. ¡Gracias, Maestro! ¡Vamos Uruguay!

    Álvaro Palito Pereira: Enseñar es dejar una huella en la vida de una persona. Gracias.

    Gastón Pereiro: Gracias maestro por devolverle la ilusión a Uruguay, gracias por darme la oportunidad de jugar en la selección y gracias también por todas las enseñanzas y respeto desde el primer día que llegué al complejo! Agradecido a todo el cuerpo técnico por el trabajo y calidez humana.

    Diego Ruso Pérez: Gracias Maestro por todo lo que hiciste por nuestra selección. Agradezco haber vivido esos momentos inolvidables juntos.

    Brian Rodríguez: Haber sido dirigido por el maestro y todo su cuerpo técnico es una experiencia que guardaré toda mi carrera. Gracias por todo lo que le dio a la selección, al fútbol uruguayo y a nuestro pueblo. Eternamente agradecido.

    Joaquín Piquerez: Gracias Maestro por darme la oportunidad de representar a mi país. Me hizo disfrutar de la selección como hincha y después como jugador. Me ayudó a seguir formándome como futbolista. Su legado quedará presente en todo nuestro pueblo y en cada uno de los futbolistas.

    Cristian Cebolla Rodríguez: Muchas gracias Maestro por todos esos años lindos de selección.

    Jonathan Rodríguez: Gracias Maestro, fuiste y será un ejemplo para siempre. Profe Herrera, Mario y Celso Otero… Estoy orgulloso de haber compartido con ustedes.

    Vicente Sánchez: ¡15 años cumpliendo sueños! Gracias Maestro, solo palabras de gratitud por tantos años en los cuales el trabajo, la humildad y el profesionalismo fueron los pilares principales de la selección Uruguay. ¡Un cuerpo técnico con excelente compromiso y un Maestro inolvidable! Gracias infinitas por soñar con cada uno de nosotros durante tanto tiempo. Aprecio y gratitud siempre por ustedes, Maestro, Mario Rebollo, Celso, profe Herrera, y todos los demás integrantes del cuerpo técnico.

    Andrés Scotti: Termina el ciclo de una leyenda y de una gran persona por sobre el entrenador.

    Bruno Silva: Un orgullo haber podido participar de esta linda historia. Gracias por todo señor Maestro.

    Gastón Silva: Solo tengo palabras de agradecimiento, Maestro, por tantas alegrías, enseñanzas, sueños cumplidos y sobre todo por guiarme en mi carrera como profesional. Gracias, gracias y mil gracias.

    Cristhian Stuani: Eternamente agradecido maestro. Me enseñaste a ser mejor futbolista y mejor persona, me has permito disfrutar de los mejores momentos de mi carrera, sos un ejemplo para todos los que amamos este deporte. Leyenda del fútbol.

    Luis Suárez: Hoy lo que tengo para decir es gracias, gracias y miles de gracias a un entrenador que fue todo para mí. Gracias Maestro por hacer realidad el sueño de poder defender la camiseta de la selección uruguaya que tanto quiero. Gracias por confiar en mí en todo momento y cuando las cosas no me salían me enseñaste a que no dejara de luchar por algo que tanto quería que era jugar al fútbol, gracias por enseñarme a que la crítica te hace más fuerte y apoyarme en todos los momentos malos que viví, gracias por hacer que cada jugador que vista la selección sepa el valor que representa vestir la camiseta, gracias por hacerme vivir momentos inolvidables como ser semifinalista de un Mundial y ser campeón de América, que es el mayor orgullo que uno puede sentir, gracias por hacer que nuestra selección se identifique en valores, esfuerzo, humildad y trabajo. Y que todo eso lleve al que "el trabajo es la recompensa", así podría seguir agradeciéndote muchas cosas más, no solo a usted Maestro sino que a todo su cuerpo técnico que para mí son como mi familia. Profe (Herrera), Celso y Mario. Gracias eternas a ustedes por enseñarme a mejorar cada vez que los veía, porque uno siempre tiene cosas que mejorar y así me lo hacían saber y por eso siempre les estaré agradecido a todos ustedes. No es una despedida solo es un agradecimiento por todo lo que ustedes le han dado a nuestro fútbol y a nuestra selección.

    David Terans: Me sorprendió mucho. Yo siempre voy a estar agradecido porque él me llevó a la selección y me hizo debutar. Todos sabemos lo que significa el Maestro no solo para la selección sino para todo el Uruguay. Estas cosas pasan, es fútbol, pero obviamente siempre voy a estar agradecido por todo lo que le dio a la selección en este tiempo.

    Lucas Torreira: Con mucha tristeza escribo estas palabras de agradecimiento para el Maestro y su cuerpo técnico. Ha sido un honor y un privilegio haber compartido todos estos años junto a ustedes. Maestro, usted devolvió a nuestra querida celeste al lugar de privilegio que se merecía.

    Facundo Torres: Por las enseñanzas, por el legado y por la huella que dejaste en el camino, siempre será un orgullo para mí haber sido parte de este maravilloso proceso que formaste. Gracias Maestro, fue un placer.

    Manuel Ugarte: Muchas gracias por haberme dado la oportunidad y el privilegio de vestir la celeste, pero más que nada por haberme hecho sentir tan identificado con mi selección. Su nombre quedará en la historia, Maestro.

    Jonathan Urretaviscaya: Gracias por lo que me hiciste vivir, gracias por lo que nos hiciste vivir.

    Federico Valverde: Gracias a vos yo pude cumplir mi sueño de jugar en la selección del país donde orgullosamente nací y por eso, siempre voy a estar agradecido. Iniciaste un proceso para que muchos de los jóvenes tengamos la ilusión de cumplir nuestros sueños. Por eso y mucho más gracias Maestro.

    Matías Vecino: Quince años que seguro marcarán un antes y un después en nuestra querida selección, trabajo, respeto, profesionalismo, humildad, sentido de pertenencia, orden volvieron a posicionar a Uruguay en el más alto nivel tanto en mayores como en juveniles devolviéndole la ilusión y el orgullo a un pueblo entero. El legado que deja es mucho más grande que cualquier resultado deportivo. Gracias Maestro, Celso, Mario, José por darme la posibilidad de cumplir mi máximo sueño como futbolista. Fueron seis años inolvidables junto a todos ustedes, gracias de corazón, gracias, arriba Uruguay.

    Matías Viña: Es imposible expresar en pocas palabras lo importante que es usted para todos los uruguayos. Dejaste una marca imborrable en nuestra historia la cual es digna de recordar siempre. La deuda y el agradecimiento son muy grandes. Gracias a usted y a todo el cuerpo técnico por confiar en mí. ¡Muchísimas gracias Maestro!

     

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  • Hay cita en el Centenario, por Adrián Marcelo López Hernaiz, Adriano (La Plata, Argentina)

    La historia grande del fútbol global le tiene reservado un lugar de privilegio al Estadio Centenario de Montevideo, construido especialmente para la primera Copa del Mundo en 1930. Ese escenario forma parte del acervo que hace del deporte más popular del planeta un evento de múltiples repercusiones.

    Libertadores y Sudamericana se definirán en el monumento al fútbol

     

    La historia grande del fútbol global le tiene reservado un lugar de privilegio al Estadio Centenario de Montevideo, construido especialmente para la primera Copa del Mundo en 1930. Ese escenario forma parte del acervo que hace del deporte más popular del planeta un evento de múltiples repercusiones. Dimensiones sociales, culturales y políticas, entre otras, dan sustento a un fenómeno que trasciende a los campos de juego.

     

    Hay templos que son verdaderos patrimonios para países o ciudades. Por citar tan solo algunos casos:Wembley en Inglaterra, el Azteca de México, el Maracaná de Brasil, la Bombonera de Buenos Aires.

    Y a ese selecto grupo también pertenece el Centenario de Montevideo, orgullo de la República Oriental del Uruguay, una pequeña nación que entre sus motivos para darse a conocer comparte la mística del fútbol. Que los artistas del balón desplieguen sus destrezas y conviertan sus hazañas actuando en un contexto así, tiñe de brillo y esplendor cualquier conquista, especialmente aquellas que hablan de un trofeo muy particular para la región: la Copa Libertadores de América, principal torneo de clubes para Sudamérica desde 1960.

    En estos tiempos cuyas distancias entre el fútbol de estas tierras dista cada vez más de aquel proveniente del Primer Mundo europeo (en cuanto a organización, infraestructura, recursos, nivel de juego, competitividad), América Latina resiste siendo todavía la cuna de una pasión inexplicable, fervorosa, fiel, partidaria y laboriosa.

    La pandemia del Covid-19 dejó vacíos los estadios; y con esa realidad, también quedó silenciada la idiosincrasia que sostiene a la cultura futbolera en estas latitudes. Pero ahora, con el regreso a las canchas, la fiesta promete volver a visibilizarse.

    El Centenario de Montevideo será sede de las definiciones de ambas competencias internacionales organizadas por la Conmebol y cuyos partidos decisivos se jugarán en el mes de noviembre: la Copa Sudamericana (sábado 20, entre Paranaense y Bragantino) y la Copa Libertadores (sábado 27 entre Flamengo y Palmeiras).

    Más allá de que ambos títulos viajarán hacia los pentacampeones mundiales, la alegría no será solo brasileña.

    Desde hace una década y media, Uruguay está reposicionándose en el mapa del fútbol como una potencia que a pesar de tener períodos de prosperidad y crisis, está llamada a ser valorada permanentemente como animadora (por historia y tradición) de instantes cumbres para la memoria colectiva.

    Y en esas circunstancias, es importante agregar que tal grandeza también se explica por ser anfitrión de momentos cruciales, algunos de los cuales involucran a clubes argentinos, ya que de sus veinticinco títulos continentales en Libertadores, ocho de ellos se consagraron (ya sea en partidos de ida, de vuelta o de desempate) en el Centenario: Independiente, en 1964, 1965 y 1973 (venciendo a Nacional y Peñarol, respectivamente; para luego triunfar en un desempate frente a ColoColo de Chile); Racing en 1967 (imponiéndose ante Nacional); Estudiantes en 1968, 1969 y 1970 (desempatando con Palmeiras de Brasil y superando tanto a Nacional como a Peñarol, en ese orden); y Boca en 1977, a través de un tercer partido frente a Cruzeiro de Brasil, al que derrotó en la tanda de penales.

    En esas imágenes se muestran las primeras apariciones de Bochini en el Rojo; el único grito continental del Racing de José, con Perfumo, Basile y el Chango Cárdenas en sus filas; el comienzo de la hegemonía pincharrata, con Zubeldía en la conducción técnica y la Bruja Verón junto a Bilardo en la cancha; más la inmortal volada del Loco Gatti para desviar el disparo de Vanderley y así darle la primera Copa al xeneize. Todas ellas tienen como telón de fondo la estela de un teatro que ilumina para siempre.

    La gloria eterna no solamente es ganar sino también identificar la fecha y el lugar de esos oasis de felicidad.

    Por eso y mucho más, el Centenario de Montevideo siempre será una estrella con luz propia.

     

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  • Hincha se hace, por Martín Monroy

    Todos tenemos alguien que nos lleva por primera vez a una cancha de fútbol. Hay momentos en que no sabemos por qué pero los recordamos siempre.

    El Albion, El Deivy y su nuevo amor

     

    Todos tenemos alguien que nos lleva por primera vez a una cancha de fútbol. Hay momentos en que no sabemos por qué pero los recordamos siempre. Esas primeras veces no entendemos nada, tenemos una edad en que no importa dónde estamos, todo nos asombra: la gente, el color, los lugares, todo. Somos impresionables, tenemos la inocencia a flor de piel, nos dicen y es, nos cuentan algo y no dudamos.

    A medida que vamos creciendo se nos va curtiendo la piel, empezamos a elegir, hasta que llega ese momento en que nos hacemos hinchas porque hincha se hace, no se nace. No nacemos sabiendo, por suerte tenemos que recorrer el camino para elegir; hay opiniones y gustos que influyen en nosotros, pero hay un momento en que nos toca elegir y lo hacemos siendo sinceros con nuestra cabeza y, sobre todo, con nuestro corazón: ahí es cuando entra El Deivy en escena, el único hincha oficial de Albion, el decano del fútbol uruguayo.

    Contextualicemos. Actualmente el decano se encuentra en la Segunda División –mal llamada profesional– de nuestro viejo y querido fútbol uruguayo. Luego de navegar por los mares de la Segunda B Amateur (la vieja C, o la intermedia) por unos 126 años, logró el campeonato en 2017 y por ende el ascenso a la Segunda División. Vale la pena remarcar que solo asciende un equipo por temporada. Cada partido de Albion, no importa el lugar ni la hora, más allá de algún familiar nómade, esos que siguen al pariente y la camiseta que vista de momento a donde sea, en la tribuna que le toque, va a estar El Deivy, un tipo que vive por y para el decano, en el acierto o en el error del grito, en la victoria o en la derrota o en el empate, el tipo va, con su vestimenta, sus papeles, su camiseta, su corneta –la cual no es muy querida por las hinchadas rivales– y su infaltable bandera.

    El tipo no persigue sueños de campeonatos, sabe que Albion es más que un título, aunque si vienen, bienvenidos sean. Ver al decano para El Deivyes verse a sí mismo. Le encantaría jugar pero no todos pueden entrar en el rectángulo de pasto o tierra, aunque todos quieran y parezca fácil desde la tribuna.

    Retrocedamos un poco: para que El Deivyvaya cada fin de semana a la cancha, tuvo que haber un momento de decisión, un momento de elección, es tan difícil que casi nadie lo hace, ver religiosamente al decano. El momento de decisión de El Deivy fue hace un tiempo, solo, así como se lo ve en la tribuna, pero en la cancha de la vida, cansado de tanta hipocresía de este mundo futbolero, cansado de mentiras, de falsas expectativas, como quien deja un amor de años, capaz el amor de su vida, dejó de ser hincha de Nacional. Con el dolor en el pecho del duelo pero con la valentía de tomar la decisión. Es que así no podía seguir, tenía que volver a encontrar el motivo para pensar cada día de la semana en el partido del domingo. Salió humo blanco, su nuevo cuadro, su nueva novia, su nuevo amor era Albion, con destellos y alguna cosa asociada a su viejo amor pero renovando sentimientos, renovando pensamientos.

    Fin de semana a fin de semana hay un ritual: ver al decano en la cancha, llegar y que lo saluden. La cancha es el lugar en el cual la gente sabe quién es, los jugadores, el presidente, los dirigentes saben, saben donde se ubica, donde planta su bandera para ver el calentamiento de los goleros. La gente conoce el tono de su voz. Se calienta como cualquiera, a veces grita acertado, otras se deja llevar por el humano auténtico que cree en algo y va y va, porque nadie le puede sacar su ritual. Habla con los jugadores, se pronuncia ante medidas injustas, vive, lo vive, cada día de su vida. Un día decidió y su corazón le dijo que era con Albion. Hasta el día de hoy sin importar las circunstancias, ese amor sigue intacto, con idas y vueltas como cada relación pero la fidelidad no está en cuestión.

    Si lo ven en el próximo partido de Albion, por favor, mándenle un saludo de mi parte.

     

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  • El único hincha del primer equipo, por Agustín Lucas.

    Albion es el equipo más viejo de Uruguay, no hay discusiones posibles sobre la cuestión siempre latente del decanato que ostentan los grandes de nuestro país. El único decano es el viejo Albion que en junio de 2019 cumple 129 años de historia.

    DEIVY MARCEL MORILLAS

    Y SU AMOR INCONDICIONAL POR EL ALBION

     

    Albion es el equipo más viejo de Uruguay, no hay discusiones posibles sobre la cuestión siempre latente del decanato que ostentan los grandes de nuestro país. El único decano es el viejo Albion que en junio de 2019 cumple 129 años de historia. Otro es el cuento del Curcc, que en algún momento de la historia fue Peñarol, y del Club Nacional de Football, nacido por la escisión de dos futbolistas de Albion que fundaron el club albo: los hermanos Céspedes.

     

    Según Deivy Morillas, también el bohemio del Prado, el viejo Montevideo Wanderers, nació por una lucha entre clases internas de los futbolistas fundadores del pionero; estaban los cajetillas del colegio inglés y los bohemios laburantes criollos que dieron origen al club albinegro. “Muchos de los padres que fueron conmigo a la cancha en 2017, el año del ascenso, se terminaron yendo porque sus hijos no siguieron. Mirkon Rodríguez, por ejemplo, el padre de Maxi, que me aguantó todo el año, hasta al interior fuimos juntos. Cambió mucho del amateurismo al profesionalismo, yo sigo alentando al Albion pero se tocan otras cosas ahora, y si sos padre de un jugador de fútbol viste cómo es, vas a ver al cuadro pero tu hijo no juega más, entonces es bravo. Yo soy el único hincha. Es la historia del cuadro desde que empezó, eran unos estudiantes, algunos con la nariz parada de un tal colegio inglés y otros no tanto, y siempre hubo diferencias entre unos y otros. Entonces los bohemios, los vagabundos, se fueron y fundaron Wanderers. También se fueron los hermanos Céspedes y fundaron Nacional. El decano es Albion por donde se lo mire, pero nos fuimos desmantelando. Y nunca se generaron hinchas. No hay hinchas, solo yo. Albion es el primer club de Uruguay, el primero en tener estadio propio, el primero que jugó un partido internacional contra los Lobos y contra Belgrano en Argentina. Fue la primera camiseta uruguaya porque todavía no había camiseta celeste y entonces se usaba la de Albion. Además fundó la Asociación Uruguaya de Fútbol. También fue uno de los primeros clubes en desaparecer”.

    Deivy Morillas es el único hincha del Albion, un club históricamente ligado a la dificultad de generar hinchada. Al principio por ser el verdadero primer club absolutamente criollo, luego por la escisión de futbolistas cansados del derrotero inacabado, que dieron pie a la primera desaparición. Como los ingleses dominaban la materia, el Albion llegó a sus primeros diez años sin mayores albores, cascoteado por la época, pero con la virtud de haber sido el pionero de los fundadores de la Asociación Uruguaya de Fútbol. A partir de ese momento la vida del club azul y rojo ha sido un ida y vuelta entre la nada y el todo, entre existir y no existir, y sentenciar la vieja C como su hábitat natural hasta diciembre de 2017: “Hasta 2006 fui de Nacional, es larga la historia, era hincha de Nacional porque me hicieron cuando era chico. Por un problema familiar dije: el fútbol no va más. No fui más de Nacional, los jugadores no duraban ni cinco días. Se rompió lo familiar entonces también se rompió el fútbol. Ahí me hice hincha del Albion. Trabajar en la noche es muy solitario, entonces yo necesitaba un cuadro para ser solitario, para estar solo. Disfruto estar solo. He estado trabajando en garitas en el medio del campo sin electricidad ni nada, mejor ni hablar. Hace años que laburo así. Me dieron el teléfono de la casa de los Chainca, fueron pasando los días hasta que llamé al número de Pocitos que me habían dado. Me atendió una veterana que era la madre de ellos que habían sido los últimos dirigentes antes de Leo [Leonardo Blanco]. Le pregunté cuánto me podía costar una camiseta y la vieja se reía. Estuvimos hablando como 45 minutos. En esa época empecé a trabajar en seguridad y me enteraba por la radio de que el Albion perdía 15-0 con Basáñez, 9-0 con Uruguay Montevideo. Cuando tuve licencia en el laburo dije ‘si nos vapulean así yo quiero saber qué pasa’. Agarré mi camarita de cinco megapíxeles y fui. El primer partido que vi de Albion fue con Uruguay Montevideo. Entré a la cancha y había un veterano con un gorrito pescador, dos muchachas y dos muchachos tomando mate, y yo. Será la tribuna del Albion, pensé. Cuando entraron los jugadores empecé a gritar como un descosido ‘Vamo el Albionvamo! ¡Y dale Albionnomá!’. Los jugadores me miraban, ahí me di cuenta de que era el único que gritaba. No había nadie, la gente es así, no hay uno que pegue un grito. Van como obligados, se creen que como están los asientos uno tiene que sentarse. Les queda el culo aplastado mirando el partido, no le gritan a un jugador, nada, nada. Terminó 0-0 el partido y sentí que algo estaba pasando. El segundo partido fue en el Suero, contra Basáñez. Yo sabía muy poco de fútbol. Cuando llegué vi la tribuna vacía y me fui para una punta, solo como siempre. Empezó el partido y lo mismo, me puse a gritar ‘¡vamo el Albion!’ y de repente vi venir como cuarenta de la hinchada de Basáñez. Empezaron a colgar los trapos rojos y negros, y sentí esa rebeldía por mi cuadro, que siempre dijeron que es un cuadro bolso, pero Nacional nunca lo financió al Albion, sentí eso de ser chiquitito así [hace el gesto con la mano]. Veía a Basáñez, su gente, su todo, y yo meta gritarle a los jugadores ‘¡agarren el medio, agarren el medio, tomen las marcas!’. Se me arrimaron los de la hinchada de Basáñez diciéndome ‘bo, no le faltes el respeto a la gente de Basáñez’. Yo les dije ‘ah, no sabía que no se podía gritar’. Me tuve que aguantar, ganaba Basáñez 1-0. Encima empatamos y le metimos el 2-1. No pude gritar el segundo. ¿Sabés cómo me miraba la hinchada de Basáñez? Éramos un cuentito para ellos y de repente le ganamos 2-1 y conmigo ahí. En el tercer partido en el Suero también con Colón hablé con Juan [Álvarez], dirigente de Albion, porque hacía varios partidos que veían a un loco que gritaba solo ahí en la punta. Me preguntó si no quería ir con la gente de Albion pero yo prefería quedarme ahí donde estaba”.

    El popular Deivy nació hincha de Nacional; al Albion siempre lo vincularon con el club de La Blanqueada con cancha en la vieja Quinta de la Paraguaya, pero en realidad nunca hubo un vínculo real financiero, económico o de dependencia. Albion creció como pudo en paralelo. Deivy también. Por un problema familiar encontró en la soledad su lugar y quiso ser solitario, entonces buscó un club donde poder ser solitario, colgar su bandera, sonar la corneta, avisar que no hay que perder el medio nunca.

    “Un partido nos tocó con Alto Perú en cancha de Basáñez, ellos jugaron con chalecos fluorescentes porque no tenían camiseta. En los noventa minutos íbamos 0-0 y nos quedábamos afuera de la liguilla y el Felo [Felipe] Laurino mete el gol en la hora. ¿Sabés cómo me puse? En la última pelota. Entramos a la liguilla, pero perdimos los dos primeros partidos. Cuando le ganamos a Oriental de La Paz filmé mi primer video con la porquería de cinco megapíxeles. Pero después no pudimos, quedamos segundos. En 2015 hice una bandera de agradecimiento por esa alegría. En las canchas de la C no había una puta bandera, salvo Basáñez y de repente Platense, pero nada más. Las tribunas son frías, sin banderas, sin cornetas, sin nada. En 2016 no hubo fútbol y en 2017 logramos el ascenso. Estuve un año escuchando la radio a ver cómo se armaban los equipos. No fui a ninguna otra cancha, solo pago los ochenta pesos para ver a Albion”.

    El año 2017 encontró al veterano Albion 127 años después de la gesta fundacional hecha por estudiantes a quienes un viejo profesor les había enseñado las reglas del fútbol asociación, incluso ese fue el primer nombre del antiguo club. El club FootballAsociation con una estrella roja sobre el fondo blanco de camisetas, short y medias, pasó a llamarse Albion debido a la primera nomenclatura de Gran Bretaña: la Albion. Y adoptó sus colores.

    “Debería haber algo más social del club, que se abra, que tenga una sede, volver al Parque Falco que es la cancha del cuadro, al lado de la de Huracán Buceo. Para 2017 nos agarramos cada mojadura... me acuerdo con Potencia en el Parque Salus que ganamos 1-0, era un barrial. Jugamos nueve partidos ahí. Fue increíble, salimos de la nada, de un partido con tres hinchas a ganar la final en el Estadio Centenario. Yo llevaba papelitos, bengalas de humo, corneta, llevaba todo. Al Estadio fui con mi viejo, a varios partidos fue mi viejo. Nos ubicamos en la parte baja del segundo anillo. Parecía un club de verdad. Y yo gritando como un descosido”. En la actualidad el club milita su segundo año en el profesionalismo. Deivy sigue colgando su bandera. Sonando su corneta. Quemando bengalas, armando el medio, avivando a las marcas en el córner. Se jacta de ser el único y cualquiera que lea estas líneas y se anime puede corroborarlo con sus propios ojos, registrarlo como con una camarita de cinco megapíxeles y gozar de la soledad de un hincha en un libro de historia color pasto que se plasma en el semblante de once jugadores contemporáneos y de turno: “En 2018 tuvimos tres partidos a puertas cerradas por un lío con Uruguay Montevideo el año anterior. Llegó el profesionalismo, el nuevo sistema, y en una cancha me dijeron que la bandera era muy grande. Fui un rebelde sin causa, sin quererlo, les decía ‘¿ustedes no vieron el partido de la mañana que jugó Oriental en la cancha de Progreso? ¿No vieron la bandera que tenía como veinte metros?’. Ahí me enteré de que depende del dispositivo de seguridad, depende de la onda del policía. En la cancha de Central no me dejaban entrar y los de Central tiraban el bolso por arriba del muro y tenían tremendas banderas. Al final me la dejaron entrar pero me la pisotearon toda. Cuando llegó el partido para la televisión llevé todo el arsenal, bengalas de humo, papel picado, corneta y a mi viejo. Yo no sabía que no se podía prender bengalas. Me compré como cinco bengalas y preparé la logística. Ese día Albion salió con la bandera de Palestina porque había muerto un futbolista palestino. Prendí todas las bengalas a la vez y se llenó todo de humo. De repente no se veía un carajo y cuando quisimos acordar el juez lo quería suspender. Empezó el partido y vino uno de la AUF a decirnos que iban a multar al club por las bengalas. Diez minutos después dos policías aparecieron diciendo que al veedor o a alguien de traje no le gustaba lo que habíamos hecho. Nos pidieron documentos, les pregunté cuántos policías eran. Cuando me dijo que eran ellos dos le dije que eran demasiados para nuestra hinchada. Albion precisa de todo, precisa cancha, precisa plata, precisa de todo, menos hinchada. Hinchada no precisa porque me tiene a mí”.

     

     

     

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  • De paso, por Mariana Sequeira

    Mariana Pion volvió a Uruguay tras cuatro años en el exterior. La futbolista maragata es una de las profesionales celestes por el mundo. Su trayectoria internacional incluye Atlético Nacional y Millonarios en Colombia, Deportivo Limpeño en Paraguay y Audax en Brasil. La pandemia la trajo de vuelta a Uruguay y, con 28 años, decidió quedarse esta temporada para estar cerca de su familia.

    MARIANA PION, LA EXPERIMENTADA JUGADORA CELESTE MIRA HACIA EL VIEJO CONTINENTE

     

     

    Mariana Pion volvió a Uruguay tras cuatro años en el exterior. La futbolista maragata es una de las profesionales celestes por el mundo. Su trayectoria internacional incluye Atlético Nacional y Millonarios en Colombia, Deportivo Limpeño en Paraguay y Audax en Brasil. La pandemia la trajo de vuelta a Uruguay y, con 28 años, decidió quedarse esta temporada para estar cerca de su familia. Se sumó al plantel de Wanderers con el objetivo de ascender. Pero a su carrera profesional le quedan sueños por cumplir y Europa es el próximo.

     

    Pion empezó en este deporte cuando era una niña y pocos años después decidió que quería dedicarse al fútbol. Debutó en primera en Nacional a los catorce años y no paró más. Pasó por Rampla Juniors, Sportivo Artigas, Colón y River Plate antes de salir del país. La primera propuesta llegó de forma inesperada en la Copa Libertadores, una de las seis que disputó. Conoció diferentes ligas de la región y lamenta que no se haya avanzado más en Uruguay. Ella, que logró vivir de lo que más le gusta, no lo cambia por nada, pero por un ratito está de vuelta.

     

    Volvés después de varios años viajando y jugando en el primer nivel en diferentes equipos de América. ¿Cómo empezó toda esta experiencia en el exterior?

    Arrancó cuando jugamos con Colón la Copa Libertadores acá, en Uruguay, y salimos cuartas. El presidente del club que había salido campeón, Deportivo Limpeño, en medio de los festejos viene y me dice que quería contar conmigo para la temporada siguiente. Y ahí lo tomé con pinzas, porque ellos estaban en medio de un festejo y que me vinieran a decir eso... Quería salir a jugar afuera pero nunca me imaginé de esa manera. Aparte, no tenía representante, era más difícil. Al año siguiente me llamó, me dijo si me acordaba de él y que quería que fuera en marzo. A mí no me convencía mucho y no cerré el trato. A mitad de año insistió: “Te quiero para la Copa Libertadores”, y como eran tres meses me animé a probar y de ahí arranqué a jugar afuera hasta el día de hoy. En Paraguay el club me dio una casa, comida, transporte para ir a entrenar y me quedaba con mis otras compañeras extranjeras. Esa primera experiencia me gustó y empecé a salir a jugar afuera.

     

    ¿Cómo viviste ese cambio después de tantos años jugando en Uruguay?

    Me cambió mucho porque acá yo trabajaba, era un hobby, más allá de que Colón me daba un sueldito. Allá me dedicaba solamente al fútbol. Además, yo no vivía sola, no me cocinaba, y al salir tuve que hacer todas esas cosas: lavar ropa, cocinar, levantarme temprano. En lo personal me ayudó muchísimo.

     

    ¿Fuiste aprendiendo comidas típicas de cada país o intentabas cocinar comidas uruguayas?

    No, no, fui a lo básico uruguayo porque no sabía cocinar nada, tenía que aprender primero lo uruguayo para poder hacer lo de afuera. Era lo que quería. Obviamente, también quería seguir mejorando porque el fútbol en Paraguay no es profesional.

     

    Nunca imaginó que de ahí llegaría al fútbol profesional de Colombia y por segunda vez todo empezó en una Libertadores. Físicamente, fue como se sintió más exigida. También en esa oportunidad la volvieron a convocar a la selección. Tuvo que adaptarse y pasar del fútbol “aguerrido” de Uruguay y Paraguay a minimizar las faltas para tocar más y jugar al pie. Con la prensa no le quedó opción, aunque dice que no le gusta. Las cláusulas en los contratos obligan a las jugadoras a dar notas: “Cuando te toca, tenés que ir”, explica. También hay presión, tiene que haber resultados y hay desafíos.

    “Jugamos la copa en Paraguay ese año y una periodista que fue a cubrir la Libertadores, amiga de mi compañera de casa, me dijo que tenía condiciones, que me daba una mano si quería ir a Colombia. Ella gestionó todo e hizo que llegara. Ahí sí fue profesional, firmé contrato, entrenaba de lunes a domingo, doble horario. En Colombia vivía de jugar al fútbol y es lo mejor que he vivido, tanto en Atlético Nacional como en Millonarios. Allá se concentra en hoteles, todo igual a los hombres, nada distinto. Además, la gente es muy cariñosa, acompaña mucho al fútbol femenino. Me gustó por todo el entorno no solamente en la cancha, afuera también. Fui a los clubes más grandes, hay mucha presión. Una tiene que entrenar al máximo y dejar todo”, nos cuenta Mariana.

     

    ¿Cómo se maneja la presión?

    Eso es muy complicado. Primero estaba bueno, es lo que quería, pero después, obviamente, estar lejos de tu familia y que a veces los resultados no se den… Y los dirigentes a quienes les marcan más la presión es a los refuerzos o a los extranjeros. A veces cuesta un poco.

     

    ¿Cómo es esa presión?

    Justo había llegado a Atlético Nacional, tuvimos dos amistosos y los perdimos. Vino la gerente, Sofía Navarro, y nos agarró a las cinco o seis extranjeras que estábamos y nos dijo: “Miren que ustedes son la cara visible del club, y con ustedes contamos. Tienen que ser todas titulares y tienen que salir los resultados como sea”. Ahí dije: “Esto va en serio, no es Uruguay ni Paraguay”. Hasta ese momento estaba en el banco porque ya había otra 5 y me propuse que hasta que no fuera titular no me bajaba. Y fui titular y capitana de Atlético Nacional.

    ¿Cambia en algo ser extranjera en el rol de capitana?

    Eso no importa, sos la capitana y como que te hacen un poco de caso porque no sos cualquier cosa, ¿no? Venís de afuera y te ganaste la cinta de capitana. Todas las jugadoras son selección Colombia o selección de algo. Por suerte eran todas más chicas, eran selección Colombia sub 20. Si fuera capitana de una selección de mayores dirían: “Qué me viene a mandar a mí si nunca ganó nada”. Eso me da un poco de vergüenza.

     

    Nutricionista, psicólogo y yoga:

    el mundo profesional

     

    “En Colombia me complicó un poco el desayuno porque nos sacaron la leche, nos sacaron pila de cosas y había que desayunar huevo y jugo de naranja, que una no estaba acostumbrada. En Uruguay era leche y pancitos con manteca. ‘No va más eso’, me dijeron. Costó un poco, pero después que le vas agarrando la mano ya no. En Atlético Nacional y Millonarios teníamos todo”, recuerda la jugadora.

     

    ¿Es un plus importante?

    Sí, ni que hablar. En la alimentación muchísimo. Hasta el día de hoy me sirvió. Si no hubiese tenido ese pasaje por Colombia, capaz que hoy me seguía alimentando mal. Yo creía que me estaba alimentando bien, pero no. Me sirvió para mi vida personal también.

     

    ¿Y psicólogo? ¿Grupal o individual?

    Los dos. Teníamos en Colombia y en Brasil también, hasta yoga teníamos en Brasil. Hacíamos una vez por semana o a veces, cuando estaba mal el tiempo, metían algo de eso.

     

    Un día tipo de una jugadora profesional incluye doble horario, descanso y autógrafos. Después del desayuno y con el infaltable mate pronto, Mariana sale a entrenar a la mañana. Después de entrenar, era común tener otras obligaciones.

    “Por ejemplo, en Atlético Nacional a veces terminabas de entrenar y te decían que había que ir a una casa de deportes a firmar autógrafos. Entonces tenías que ir al shopping y estar una o dos horas firmando tu camiseta o unas tarjetitas en que estabas vos. Y miles de niños pidiéndote autógrafos, nunca me había pasado. O, por ejemplo, ir a una escuela a dar alguna charla y sacarte fotos con niñas y niños. Eso pasaba mucho en Colombia. Después un descanso y el otro entrenamiento. En la pretemporada también salías a las 8 de la mañana y podías volver a las 6 de la tarde porque almorzabas en el club, sesteabas un ratito y teníamos otro”.

    Su pasaje por Audax en Brasil no es algo que volvería a hacer: “Yo llegué a un club que estaba mal económicamente y en organización, pero capaz que si me toca ir a algún club más grande u organizado quizás me animaría a ir. Ahí se juegan los dos campeonatos: entre semana el Paulista y fines de semana el Brasileirão. Siempre tenés dos partidos”.

    A Paraguay vuelve cada vez que tiene seis meses libres para sumarse y jugar la Libertadores. Su experiencia afuera la hizo madurar dentro y fuera de la cancha: ya no la echan tan seguido como en sus inicios, por ejemplo. Pero aun viviendo sus sueños más anhelados, estar lejos de casa no es fácil. “Se extraña, se extraña muchísimo. Pero cuando llamo a mi madre y a mi padre me dicen: ‘Era lo que querías, estás donde querés, lo lograste’, y bueno, ahí se pasa un poco”, confiesa Mariana.

    El apoyo de la familia y amigos siempre está. Nos contó que ven sus partidos siempre que los pasan y son fanáticos. Pero también hay cariño de sus compañeras, de los entrenadores y la gente que la rodea: “Siempre estuve con extranjeras que están en la misma y la gente de ese país en que estábamos nos brindaba su familia”.

    El inicio de la pandemia la sorprendió en Paraguay, donde se quedó por casi un año sin campeonato local y a la espera de la Copa Libertadores postergada. Explica que gracias al sueldo del club estuvo tranquila. Sin embargo, cuando pudo volvió a casa y, sin esperarlo, su rumbo cambió.

    “Estaba complicado estar afuera, lejos de la familia con la pandemia. Y realmente veía más fácil conseguir la vacuna acá. Vine por la selección a jugar un partido FIFA. Mientras mi familia me decía que me quedara hasta vacunarme, me llamó [Fabiana] Manzolillo y me preguntó si quería venir a practicar sin compromiso. Y bueno, decidí quedarme para vacunarme, me gustó el proyecto de Wanderers y quise dar una mano. Es lindo volver a jugar en nuestro país y encontrarme con mucha gente conocida, compañeras, técnicas que te quieren en el plantel”, repasa la centrocampista.

    Ya viviendo en Uruguay y jugando el torneo local analiza la situación del fútbol nacional y asegura que no ve cambios importantes: “Creo que no hemos mejorado nada, algunas compañeras me dicen que sí, pero es nada comparado a cómo está el fútbol afuera. Yo no veo avances, es muy lento, ojalá el avance fuera más notorio. En la selección tampoco hemos avanzado, creo que me fui cuatro años atrás y estábamos peleando por unos viáticos, llegué ahora y seguimos peleando por esos viáticos. Acá en Wanderers sí nos dan cancha, pero la ropa la tenemos que comprar nosotras. Es todo muy difícil, creo que volví a lo mismo que cuatro años atrás”.

    Para la futbolista las pequeñas cosas hacen la diferencia, como los viáticos para moverse, que te den la ropa, así como tener una cancha para entrenar. En su opinión, lo que falta se refleja en los resultados de la selección: “Lo dicen las estadísticas, cada vez que jugamos un sudamericano estamos allá abajo. Por algo es que nunca clasificamos a un mundial en la mayor, nos falta muchísimo”.

    Hasta el momento la selección mayor no ha logrado clasificar a un campeonato mundial y es una de las cinco selecciones sudamericanas en esta situación. La selección sub 17 fue la primera de la rama femenina en clasificar a una Copa del Mundo, cuando quedó en segundo lugar del Sudamericano 2012 en Bolivia y clasificó al Mundial de Azerbaiyán. Por segunda vez y siendo anfitriona, la selección disputó su segundo mundial en 2018.

    Fabiana Manzolillo, actual DT de Mariana Pion en Wanderers, fue su entrenadora en el primero de varios procesos de selección en 2007. En la última convocatoria de la selección Mariana fue citada para la fecha FIFA en la que se disputaron dos amistosos. Los partidos fueron preparatorios para la próxima edición de la Copa América que se jugará en julio de 2022 y contará con las diez selecciones sudamericanas. El torneo clasifica, además del Mundial, para los Juegos Olímpicos y Juegos Panamericanos.

    Pero estos desafíos con la selección vendrán más adelante. Ahora el foco está en dar su máximo para lograr el ascenso bohemio. El pasaje por Uruguay es momentáneo y ya se está preparando para su próximo destino.

    “Me falta dar el salto a Europa, que es lo que estoy trabajando. He tenido muchas propuestas, pero el tema de la pandemia no me dejó dar ese paso tan importante. Justo me había salido la posibilidad de ir a Portugal, pero fue en medio de la pandemia y no me animé. Mejor me quedo acá con la familia, si pasa algo estoy acá cerca. El representante ha tirado mucho para Brasil y para Europa, pero la que no ha querido salir soy yo. Es un parate, cuando termine acá con el lindo objetivo que tenemos con Fabi en Wanderers me voy”, concluye la internacional. 

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  • Charla técnica, por Ricardo Piñeyrúa

    Los golpes en el techo de chapa nos sacaron del viaje al que nos había llevado Pedro con su relato. Sorprendidas por el granizo, las cabezas asomaron entre la ropa colgada en clavos y estalló una carcajada con aquella frase final.

    Del vestuario del Paladino al Palacio de Buckingham

     

    Los golpes en el techo de chapa nos sacaron del viaje al que nos había llevado Pedro con su relato. Sorprendidas por el granizo, las cabezas asomaron entre la ropa colgada en clavos y estalló una carcajada con aquella frase final.

     

    Con Pedrín Graffigna arrancamos en Cerro, en 1986, y duramos apenas un par de semanas: nos echaron antes de debutar. Una nota de El Diario, en la que contaba las pésimas condiciones de trabajo, enojó a los dirigentes y chau sueño de trabajar en un equipo de Primera.

    Nos había recomendado Pepe Sasía, que dejaba el equipo para ir a dirigir en Paraguay. El plantel tenía no más de seis o siete jugadores y estábamos buscando los que faltaban mientras empezaba una pretemporada que, como primer almuerzo, tuvo dos empanadas de carne con arroz. Los jugadores sesteaban sobre los bancos del vestuario, apoyados en unas colchonetas finitas que servían de respaldo a las sillas del palco. Pedro le mostró todo al periodista, el fotógrafo se deleitó con esas imágenes, y nosotros, afuera.

    Pero, como dicen, la vida da revancha y a los pocos meses nos encontramos en una actividad del deporte con el Pistola Marsicano que nos propuso ir a Progreso. Tenía un buen equipo, con Pedro Pedrucci entre otros.

    Las condiciones no eran mucho mejores, pero había preocupación por resolver los problemas y ayudar a que la cosa anduviera. Faltaba ropa, no siempre funcionaba la caldera, faltaba leña y a veces eran los propios jugadores quienes, después de dejar los termos y los mates, iban a buscar cualquier cosa para encenderla.

    El equipo jugaba bien pero no ganaba, costaban los resultados y en medio del campeonato nos agarró una semana de lluvia torrencial, no paraba nunca, parecía que se acababa el mundo. La cancha estaba inundada y no se podía entrar, así que entrenábamos en una plazoleta que tenía algo de pasto frente a la refinería de Ancap o en un gimnasio que nos consiguieron, que no llegaba a las medidas de una cancha de pádel, con un suelo de hormigón que destrozaba las piernas.

    Ya nadie tenía ropa seca y corríamos el riesgo de que los jugadores se enfermaran. Ese día le propuse a Pedrín que diera una charla técnico-táctica, argumenté que, en ese momento, descansar era mejor que exponerse a una gripe colectiva. Los muchachos fueron llegando y creo que recibieron con mucha alegría la idea de la charla. Munidos de sus termos y mates, se fueron sentando sobre los bancos de madera, apoyados contra la pared húmeda, separados por la ropa colgada en los clavos y comenzaron a escuchar la “charla” técnica.

    Pedrín es un hombre de fútbol, jugó con éxito durante años, muchos de ellos en Chile, fue seleccionado uruguayo y regresó para ser campeón con el Defensor del 76, fue la figura del campeonato y tapa de la revista Sport Ilustrado como mejor jugador de la temporada. Hubo mucho sacrificio en su vida, era parte de una familia numerosa que vivía, entre otras cosas, de la pesca artesanal, en la que él colaboraba saliendo al mar antes del amanecer.

    Vivía entre Punta Carretas y el Parque Rodó, en esa isla que nadie sabe a qué barrio pertenece, al costado de Bulevar Artigas, cerca del Club de Golf y a dos o tres cuadras del Franzini, por lo cual su vida de futbolista comenzó en la viola.

    Se fue a Chile, formó él también una familia numerosa y, tras varios buenos años de jugador de calidad, volvió a Uruguay. Le costó el fútbol uruguayo, aquel jugador técnico acá tuvo que aprender a aguantar las patadas, salía de las prácticas dolorido, pero entendió y pasó a ser el que las daba y trancaba fuerte. De gran resistencia, pasó a ser un volante todoterreno, pura personalidad y con gran lectura del juego.

    Era comunista y, en parte, su regreso de Chile fue por persecución política, llegó con su familión y un disco de los Quilapayún que tenía la canción ‘El pueblo unido jamás será vencido’, que me prestó y nunca se lo devolví. Lo conocí cuando el plantel violeta se juntaba a cenar en la sede de Sporting, alguien nos presentó y entre charlas de fútbol y de política, nos fuimos acercando. Un día me dijo que cuando dirigiera me iba a llevar como profe con él. La oportunidad llegó muchos años después, tras mi exilio y su retiro.

    Pedro tiene una forma muy particular de expresarse, es muy entretenido. Aquella charla comenzó con algunos temas tácticos, figura, presión a la pelota, achique, equipo apretado y de a poco fue saltando a la motivación: “Piensen que si ganamos dos o tres partidos entramos a la liguilla, ¿se imaginan?”. Decía: “La jugamos, la ganamos y vamos a la Libertadores”.

    La lluvia seguía golpeando el techo de lata. “Hay que ilusionarse y soñar”, afirmaba. “Todo es posible, mientras estamos acá, los soviéticos tienen una base en el espacio y están plantando cebollas a ver cómo salen, ¿entienden?, plantando cebollas, así que

    ‒siguió entusiasmándose‒ por qué no soñar con jugar la Libertadores, jugarla y ganarla, nada es imposible”.

    Su imaginación volaba y con todo el cuerpo seguía su relato: “La ganamos y vamos a jugar la Intercontinental contra el Nottingham Forest, allí en Inglaterra”. Entusiasmando cada vez más y ya eufórico, dijo: “Le ganamos y la reina nos invita al palacio y le tomamos todo el whisky”.

    Los jugadores estaban absortos en ese creciente relato que los llevaba del empapado y minúsculo vestuario del Paladino, con el rumor de la lluvia que nos adormecía, hasta el Palacio de Buckingham.

    En el mejor momento del relato, se descargó un granizo ensordecedor de pocos segundos. Tras el ruido infernal se hizo un silencio y Pedro, el único parado frente a los jugadores, miró hacia arriba y dijo: “A la mierda, se cayeron las cebollas”.

     

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  • El nombre del gol, por Juan Aldecoa

    ¿Qué representaba Fernando Morena para el fútbol uruguayo? ¿Qué cualidades técnicas tenía (además de ser un goleador)? ¿Qué representaba para la sociedad uruguaya? Esas son algunas de las preguntas que tratarán de reconstruir la carrera de Fernando Morena, el máximo goleador de los campeonatos uruguayos y, como apuntan algunas voces, un jugador que marcó una época dentro y fuera de las canchas.

    FERNANDO MORENA, SU VIDA, SU JUEGO Y LA IDOLATRÍA QUE DESPERTÓ

     

    ¿Qué representaba Fernando Morena para el fútbol uruguayo? ¿Qué cualidades técnicas tenía (además de ser un goleador)? ¿Qué representaba para la sociedad uruguaya? Esas son algunas de las preguntas que tratarán de reconstruir la carrera de Fernando Morena, el máximo goleador de los campeonatos uruguayos y, como apuntan algunas voces, un jugador que marcó una época dentro y fuera de las canchas.

     

    La carrera de Fernando Morena tomó relevancia en 1973, cuando fue contratado por un Peñarol que se planteaba el objetivo de cortar la racha ganadora de Nacional, que acababa de lograr el cuarto Campeonato Uruguayo de manera consecutiva. Cortar el quinquenio tricolor era la premisa, misión para nada fácil que recaía sobre un joven de 21 años que venía de jugar en Racing y RiverPlate. Pablo Muró, autor de El Nando: Biografía futbolística de Fernando Morena, dice que el Potrillo siempre asumía responsabilidades: “Además, se sabía que de chico era hincha de Nacional. Todos conocemos el gol sobre el final en 1982, para ganar la Libertadores contra Cobreloa, sin embargo, él te dice que su gol más importante no fue ese, sino el que le metió a Nacional en el 73 para ganar el Uruguayo y cortar el quinquenio”. En conversación con Túnel, Muró contó que algo que empezó con el objetivo de divertirse, escribir y homenajear a su ídolo de la infancia, terminó con la publicación de un libro: “Empecé a ir a la biblioteca del Palacio Legislativo tres veces por semana, una hora cada día, a escanear diarios de 1969 a 1984. Escaneé cerca de diez mil páginas de diarios con todos los partidos que jugó, las fichas y los comentarios”.

    Fernando Morena es uno de los máximos ídolos de Peñarol. Jugando para el Manya logró siete Campeonatos Uruguayos, una Copa Libertadores (es el segundo goleador histórico de esa copa, con 37), una Copa Intercontinental y marcó más de cuatrocientos goles contando partidos amistosos (en el Uruguayo tiene el récord de goles en una temporada, 36, y ostenta también el récord nacional con 230 goles en el torneo local). Fue el goleador del Uruguayo en siete ocasiones y también llevó sus goles a Europa: Rayo Vallecano y Valencia lo vieron ponerse sus mejores telas. Fue campeón de la Supercopa de Europa con el Valencia, en 1980, anotando un gol en la final ante NottinghamForest.

    Antes de todos esos logros, sus comienzos en Primera División fueron en RiverPlate (tras su paso por las formativas de Racing). En el darsenero jugó entre 1969 y 1972 y anotó 27 goles. Con la selección uruguaya disputó 54 partidos y marcó 22. Con la Celeste fue campeón de América en 1983. Su paso por Boca Juniors fue el menos extenso: siete partidos y un gol.

    La construcción del jugador

    “Hay claramente cuatro fases. La inicial en RiverPlate, donde era un incipiente proyecto de delantero por izquierda (jugaba de puntero izquierdo), un jovencito más de los de buenas condiciones y aplicado. No era un proyecto deslumbrante, un futuro segurísimo por el que disputarían Peñarol o Nacional; no era un ChinoRecoba o un Matías Arezo, ni siquiera un Brian Ocampo”, narra el periodista y comunicador Rómulo Martínez Chenlo. Y agrega: “Su segunda etapa, la de Peñarol, fue espectacular, avasallante. Rápidamente, en un año, todo giraba alrededor de él. Transformaba en gol y en triunfo todo lo que tocaba con Peñarol, y asumió un impactante liderazgo futbolístico que también ejercía una atracción positiva sobre su colectivo y derramaba hacia la gente de Peñarol. Ello polarizó las cosas con Nacional. La gente de Nacional lo odiaba”.

    Sobre su salida al exterior, a jugar en el Rayo Vallecano que dirigía Héctor Pichón Núñez, el periodista floridense apunta que, en esta su tercera etapa como futbolista, la grandeza del jugador quedaba demostrada de hecho: “Creo que nosotros acá no nos dábamos cuenta lo que era el Rayito, se había ido a un equipo muy menor y había hecho goles y un campañón. Después pasó al Valencia, ese sí es un grande, hasta que se dio su regreso”. Claro, el famoso “A Morena lo traemos todos”, jingle con el que crecieron muchos niños y niñas en loop.

    Dice Martínez Chenlo: “La cuarta etapa es épica, por su retorno en plenitud, por la avivada de alguno que tiró al pueblo la idea de que no lo trajera Peñarol, sino la gente. Y a Morena lo trajeron todos y fue brutal. Se sabe, ganó todo y además iba camino a mejorar su único punto débil, la Celeste, cuando la fractura de René Torres en 1983. La fractura terminó su carrera por más que se retiró campeón de la Liguilla de 1984 y que después volvió oscuramente para la Libertadores de 1986”.

    Estaban los aficionados, los hinchas de Peñarol y adoradores de Morena, los periodistas, pero también sus pares, los futbolistas. Uno muy bueno, Julio César Giménez, el Pibe de Oro, recuerda en Garra, las páginas deportivas de La Diaria: “Yo ya estaba en Peñarol cuando él vino de River. Ya demostraba que era uno de los mejores 9 que vi. Muy profesional, muy inteligente, porque ya sabía que, si lo marcaba un zurdo, arrancaba para el lado de la derecha. Yo era un jugador de pelota y me chupaba un huevo quién jugaba, ni conocía. Él conocía a todos: sabía cuánto calzaba, cuánto medía, cuántos partidos jugó”.

    Los entrevistados destacan sus condiciones técnicas, su condición atlética, su oportunismo y ser un tipo “extremadamente inteligente, que hizo pesar su desarrollo de conocimiento para explotar y acompañar a sus compañeros en un gran lugar como Peñarol. Su esfuerzo, sus desarrollos trabajados, su capacidad de entender cómo, cuándo y por qué lo convirtieron en ese individuo absolutamente determinante”, dice Martínez Chenlo. Su lateralidad, su pegada, sus movimientos sin pelota, su ubicación en el área lo ponían por encima de sus rivales. “Era avasallante a juego, no a fuerza”, remata el periodista.

    Los caminos de la vida

    Fernando Morena nació en Montevideo el 2 de febrero de 1952. En los recreos del colegio Maturana dejaba mostrar sus dotes futbolísticos. Nació en Punta Gorda y su niñez estuvo atravesada por Punta Carretas, en la calle Patria. El barrio y su cercanía con el Club Atlético Defensor lo hicieron vestir esos colores en básquetbol. De hecho, llegó a jugar en Defensor y en la Liga Palermo. Después, el colegio La Mennais y el Juan XXIII también fueron parte de su vida antes del salto a la fama, previo a que fuera la figura más buscada. “El tipo era crack, parecía de clase social alta cuando los futbolistas solo podían ser bestias. Los vehículos por los que llegabas a armar tus propios relatos de otros individuos, otros colectivos, eran la tribuna, donde solo se podían calificar aptitudes técnicas, infladas o descalificadas por nuestra bestialidad de hinchas, los diarios, y la radio”, cuenta Rómulo Martínez, quien agrega: “El día de su casamiento, que lo pasó Canal 10, me parece que fue tapa de los diarios, y esas cosas, parece, lo alejaban un poco del populacho. Pero no de todo el populacho, no de todas las clases sociales, porque en el mundo Peñarol era y sigue siendo Dios”.

    La figura de deidad, el aura de ese jugador trascendía, esa cuestión de persona inalcanzable en épocas en que no existían ni los Messi ni los Ronaldo parece estar impregnada hoy y mañana también en los hinchas carboneros. “Para los peñarolenses Morena era nuestro orgullo más grande. Era una figura inalcanzable, pero nuestro y solo nuestro. Recuerdo que muchos no le decían ni Fernando, ni Potrillo, ni Morena. Para referirse a él le decían El Hombre. Era la forma más laica y uruguaya posible de llamarlo ‘Dios’. Es que Fernando tenía un comportamiento milagroso”, narra el docente de historia Pablo Vega a Túnel. Vega habla de Morena y se sigue emocionando. Parecería que ese amor tan puro y real de la niñez no conoce de olvidos. Dice Vega: “Verlo en persona cada vez que íbamos a la puerta de la América a esperar la salida de los jugadores era muy raro, era ver a Clark Kent. Éramos decenas que lo acompañábamos cien metros hasta el auto, y si bien no había selfies, él le acariciaba la cabeza a cada niño y les regalaba una sonrisa. A todos. Creo que también aquella era una sociedad que sufría la dictadura, Montevideo era una ciudad abrumadoramente triste, aburrida, pesada, silenciosa, fría. No había política, teníamos televisión con cuatro canales de seis de la tarde a doce de la noche, el fútbol pasaba el calderín y recogía todas las ansiedades y los sueños del pueblo”.

    Momentos de resistencia

    Morena fue determinante en la historia de Peñarol con goles que valieron títulos, récords que hasta hoy en día no han podido batirse, pero en la Selección uruguaya no brilló como en los clubes donde jugó. Sin embargo, fue campeón de la Copa América 1983, incluso no habiendo jugado los últimos partidos. La historia es conocida, René Torres, de Venezuela, le entró durísimo y el destino estaba escrito: fractura de tibia y peroné para el delantero celeste. “Cuando volvió de España, Fernando era otro jugador. Se tiraba mucho más atrás y jugaba, distribuía y asistía. Y ese papel lo estaba cumpliendo en la Copa América del 83 cuando lo quiebran. El 9 más adelantado era Wilmar Cabrera, y a Morena lo lastiman porque viene a buscar una pelota al campo propio, ese gesto era desacostumbrado en el Fernando pre-Rayo Vallecano”, recuerda Pablo Vega.

    La prensa le caía mucho a Morena en ese entonces por sus actuaciones con la camiseta celeste. Algunos dicen que recaía sobre él la responsabilidad de los malos resultados a nivel de selecciones. El autor Pablo Muró remarca que “verdaderamente, su actuación con la Selección no quedó a la altura de lo que fue su actuación con Peñarol”. “Nos llamaba mucho la atención cómo muchos periodistas y algunos medios que tenían para el público una llegada mucho más directa que ahora, atacaron a Fernando, y eso fue tema de conversación muchas veces en mi casa. Recuerdo que toda mi familia defendía a Fernando ante los ataques de Víctor Hugo, Juan Carlos Paullier, Juan Ángel Miraglia y algunos otros periodistas de aquel momento que salían en un programa que se llamaba Muy comentado, en Canal 4. Así que mi punto de partida en la relación con Morena iba a ser la del niño reivindicador. Para nosotros no era que Morena jugara mal en la Selección, sino que la Selección le hacía mal a Fernando”, relata Vega.

    Unos años antes Uruguay no clasificó al Mundial que se disputó en Argentina, en 1978. La selección compartía grupo con Bolivia y Venezuela en las clasificatorias, pero no pudo meterse en la Copa del Mundo. Morena fue responsabilizado entonces por algunos periodistas, especialmente por Víctor Hugo Morales, que había sido vetado por los futbolistas aurinegros, quienes ya no le daban notas a Radio Oriental, según el relator a instancias del goleador de Peñarol y de Walter Corbo, golero aurinegro. “A mí el capítulo Morena no es algo que me dé satisfacción. Aun si tuviese razón, es un capítulo muy pobre de mi vida. ¿Por qué? Porque fue un problema personal que se trasladó a mis páginas y a mis relatos”, contó Morales en El tipo de la radio: Trayectoria radial de Víctor Hugo Morales en el Río de la Plata.

     

     

    Recomendaciones

     

    La carrera deportiva de Fernando Morena ‒y también su vida‒ tuvo una extensa cobertura en medios, tanto en televisión, prensa escrita como audiovisual. Túnelrecomienda seis piezas que ayudarán a entender mejor por qué Morena es sinónimo de gol. Y de Peñarol.

    Tal vez la nota de prensa más detallada haya sido el perfil escrito por Ramón Mérica en 1973. Este reportaje se puede encontrar en internet y en el libro El equipo soñado: 20 goles de perfil, publicado en 2018 por Ediciones de la Banda Oriental. Es mucho más que una entrevista, es una pieza literaria; Mérica se metió en su casa, en el cuarto donde dormía, describía las situaciones que se vivían en la casa, comentaba cosas con su madre y con su padre, ¡hasta lo despertó a Morena! Luego, lo subió a un auto, lo llevó a la playa, lo hizo hablar de Peñarol, de Nacional, de política. El jugador admitió que tanto Nacional como Peñarol le pagaban lo mismo, pero la decisión la tomó una vez que se reunió con el presidente tricolor, Miguel Restuccia: “Me recibió en la casa, sentado así, de costado, con un cigarro y me hablaba desde arriba, no me miraba, miraba para el costado, y yo estaba con unas ganas de tomármelas, volaba de rabia, hasta que al final terminamos de hablar y me fui. Al salir de ahí sabía que no iba a Nacional. El tipo me cayó mal de entrada”. Su carrera fue formidable, y no era casualidad: “Yo no me puedo olvidar de ningún detalle. Tengo que cuidarme en el físico, cuidarme en las comidas, cuidarme en las relaciones sexuales, pero más que nada cuidar algo mucho más importante: la imagen”. Un adelantado.

    ‘El gol 500 de Fernando Morena’, artículo de El País de Madrid del periodista Alfredo Relaño, que trae al recuerdo, como menciona el título de la nota, la conversión del gol número 500 del Nando, cuando jugaba en Valencia. Además de contar cómo fue el gol, recuerda la llegada a España de Víctor Hugo Morales, quien viajó especialmente para relatar ese gol del uruguayo. ¿Por qué esta nota fue escrita en marzo de 2021? Fácil, porque Luis Suárez alcanzó esa cifra goleadora jugando para Atlético Madrid.

    Fernando Morena: el nombre del gol. El legendario programa de televisión conducido por Julio Sánchez Padilla, Estadio Uno,cuenta la vida y la carrera de Morena en un documental que combina entrevistas con el protagonista (también con futbolistas y entrenadores, como IldoManeiro, Jorge Barboza, Héctor Núñez, entre otros, y hasta el doctor Walter Rienzi), imágenes de archivo y la narración a dos voces de los periodistas y realizadores del trabajo audiovisual que se encuentra en Youtube: Juan Carlos Scelza y Eduardo Rivas. No hay dudas: Morena era una celebridad (su casamiento fue televisado en directo por televisión, en 1975) y queda demostrado en la vuelta del Nando a Uruguay para volver a jugar en Peñarol, en 1981. La tarde de su llegada al aeropuerto de Carrasco, la conferencia de prensa ante ocho mil personas en el Palacio Peñarol (con Washington Cataldi echando humo a su lado) y una frase para la historia: “Si yo en agosto del 79, cuando me fui al Rayo Vallecano, hubiera sabido que la gente de Peñarol me quería como me quiere, no me hubiera ido nunca”.

    El Nando: Biografía futbolística de Fernando Morena, libro de Pablo Muró editado por PenguinRandomHouse en 2018 da la posibilidad al lector de atender a una de las últimas notas realizadas a Morena, quien por cuestiones de salud no conversó con Túnel. “A través de un amigo conseguí el teléfono de Fernando, lo llamé, me presenté, me recibió en su casa y me aparecí con dos ejemplares encuadernados, muy prolijos. Uno para él, para que tenga como recuerdo, y otro para mí, autografiado por mi ídolo. Con eso ya estaba orgulloso yo, hasta que en 2018 Jorge Barrera me instó a contactar alguna editorial. PenguinRandomHouse se interesó, me hizo editarlo (tenía más de seiscientas páginas y demasiados detalles), me pidieron que entrevistara a Morena, que me recibió en su casa para hacer un par de entrevistas y finalmente se publicó. La presentación en el Palacio Peñarol, junto con él, fue como tocar el cielo con las manos”, cuenta Muró a Túnel.

    ‘Morena, siempre Morena’, columna de opinión de Jerónimo Rocca en La Diaria, en 2013. Rocca comienza hablando de Arturo Pérez Reverte para terminar contando que tuvo la suerte de jugar en la cuarta y tercera división de Peñarol y enfrentar en las prácticas a Fernando Morena. Dice el periodista: “Dentro de los que viven en ese frío confort que otorgan las etiquetas, están los que piensan que Fernando Morena fue un gran goleador pero que fracasó como director técnico. Los entiendo, porque todavía no se han enterado de que Morena fue campeón de América y del mundo dirigiendo a Peñarol”. Rocca te la deja picando y describe cómo se comportaba el Potrillo en los entrenamientos. Era un técnico adentro de la cancha (junto con su ayudante, Walter Indio Olivera), pero no por ello pasaba por encima del director técnico “oficial”: “Hugo Bagnulo era inteligencia emocional en estado puro y tenía una fuerte personalidad. Pero don Hugo era un sabio y tenía claro que si algo funcionaba había que dejarlo fluir”.

    Muchas gracias jugadores,programa de 2016 conducido por los periodistas y comunicadores Martín Rodríguez y Gonzalo Delgado en Canal 10. En 47 minutos, con Morena invitado en piso, hacen un repaso por su carrera y la entrevista es bien acompañada por mucho material de archivo. Se puede ver en Youtube.

     

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  • Dominar la guinda, por Mauricio Pérez

    Los gritos quiebran el frío de una gélida noche de invierno. Son gritos de aliento mezclados con risas y suspiros de esfuerzo. En las canchas del complejo Guinda! nueve mujeres participan de una intensa práctica de la escuela de fútbol para mujeres adultas, que funciona hace cuatro años de forma ininterrumpida. Un espacio donde ellas y otras aprenden los secretos del deporte más popular del mundo.

    Una escuela de fútbol exclusiva para mujeres

     

    Los gritos quiebran el frío de una gélida noche de invierno. Son gritos de aliento mezclados con risas y con suspiros de esfuerzo. En las canchas del complejo Guinda! nueve mujeres participan de una intensa práctica de la escuela de fútbol para mujeres adultas, que funciona hace cuatro años de forma ininterrumpida. Un espacio donde ellas y otras aprenden los secretos del deporte más popular del mundo.

     

    “Presión arriba, presión arriba. No dejen salir; una a una, una a una. ¡Vamos, vamos! Arriba, arriba”. Denise grita desde el fondo, ordena al equipo, marca el ritmo. Es el final de un largo entrenamiento, en una fría noche de invierno, que incluyó entrada en calor, circuitos técnicos y tácticos, y ejercicios de transición de defensa a ataque y de ataque a defensa. El partido es un cinco contra cuatro: de un lado Denise, Victoria, Cecilia Dos, Mariana y Kathy; del otro, Lorena, Tatiana, Cecilia y Juliany. El equipo con más jugadoras solo puede hacer goles desde dentro del área. Para eso, lo importante es jugar ordenado, achicar espacios, presionar arriba y llegar al arco con pelota dominada. El otro equipo apuesta a la velocidad y la habilidad, al juego atildado desde el fondo, pero sin dar ninguna por perdida cuando toca recuperar el balón.

     

    Guinda! nació cómo un proyecto que, entre otras cosas, fomenta la inclusión de las mujeres en los ámbitos vinculados al fútbol. Comenzó a gestarse hace cuatro años, en 2017, con el objetivo de cubrir un espacio que faltaba: una escuela de fútbol para mujeres mayores de edad. Denise Irigoin y Leticia Pérez son las impulsoras y referentes de ese espacio, que hoy nuclea a un grupo de mujeres de entre 20 y 46 años, que se juntan cada martes para despuntar el gusto no solo de correr detrás de una pelota sino de jugar al fútbol. Jugar en sentido amplio. “Siempre tuvimos ganas de armar algo y viendo que había un montón de gurisas mayores de edad que querían empezar a jugar al fútbol y no encontraban un espacio, decidimos crear esta escuela de fútbol para grandes, para mujeres adultas”, explica Denise. “Fue lo primero que logramos materializar, aun sin saber mucho hacia dónde iba, pero sí con esa idea de buscar fomentar la inclusión. […] Cada vez más mujeres arrancan a jugar al fútbol, algunas con idea, otras sin idea, la mayoría en forma recreativa”, agrega.

    Con el tiempo, ese espacio encontró su sede definitiva, en un predio de dos canchas sobre avenida Pedro Millán. Se expandió con otras ofertas (un taller para goleras y una escuelita de fútbol para niños y niñas) y adoptó su nombre: Guinda! Pero la idea primigenia, la semilla, venía desde muchos años antes. Denise y Leticia fueron compañeras de equipo en Central Español y en Fénix en torneos organizados por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), y estuvieron en el armado de las categorías de niñas y Sub 15 femenino del club de Capurro. Desde entonces les quedaron las ganas de volver a trabajar juntas en proyectos vinculados al fútbol. En medio de ese proceso, se produjo un quiebre positivo para el fútbol femenino, coincidente con el Mundial de 2010 y los logros obtenidos por la Selección uruguaya liderada por Óscar Washington Tabárez. Una especie de boom. “La mujer salió a jugar al fútbol, recreactivamente, y se fueron generando cada vez más espacios para hacerlo”, cuenta Leticia.

    Primero eran espacios difíciles, poco accesibles y amigables. Pero con el tiempo, eso cambió. Actualmente, un torneo de fútbol 5 femenino puede contar con casi cincuenta equipos, lo que habla de la popularidad de un deporte que sigue en ascenso. “Está buenísimo este fenómeno, las chiquilinas están accediendo a espacios que antes estaban vedados”, afirma Leticia. En la escuela de fútbol de Guinda! se entrecruzan las historias de mujeres de distinta edad y con diferentes objetivos. Todos acompañados de una pelota que rueda. Y que pronto será responsable de un grito de gol.

     

    “Falta una en el ala opuesta. Están las dos del mismo lado. Jueguen, jueguen. Con apoyo, falta el apoyo”, grita Denise, que oficia de golera, desde el fondo. Pese a la diferencia numérica, el partido es parejo; pero las llegadas de mayor peligro las genera el equipo en minoría. Una pared entre Tatiana y Juliany deja a la primera de cara al arco; remate fuerte, arriba, contra el palo. Inatajable. Fue el 1-0. La respuesta llegó enseguida. Pase profundo, Kathy que hace de pivot, y descarga con Cecilia Dos, que ingresa al área, sola, sin marca. 1-1. Recién empieza.

     

    Mariana es la primera en hablar. Dice que le gustaba jugar al fútbol desde que era niña, pero que siempre se encontró con la barrera que imponía un deporte reglado para hombres. Hasta que tuvo la posibilidad de jugar un campeonato de fútbol interno que se realizó entre las trabajadoras del Ministerio de Desarrollo Social. En ese equipo también estaba Cecilia Dos. Ambas trabajan en el Inju. Allí conocieron a Denise, que fue la directora técnica del equipo. “En el campeonato te dabas cuenta de que es distinto jugar con alguien que te dirija y que sepa de fútbol, que juntándote con nueve amigas en una cancha”, afirma Mariana. “Yo me defendía bien, pero era muy de recreación; ahí empezamos a aprender un montón de cosas: de táctica, de técnica, y cuando surgió la idea de esta escuela de fútbol enseguida me copó”, agrega.

    Kathy jugó en el Femenino Línea D de Cutcsa en cancha de fútbol 11. “Ahí empecé a jugar al fútbol. Cuando jugaba en el colegio pensaba que jugaba como los dioses y en verdad no estaba jugando, más bien corría la pelota e intentaba hacer un gol; igual en cualquier arco, porque nunca tenía noción de cuál era el mío, siempre tenía que andar preguntando”, recuerda. Según Kathy, sus conocimientos sobre el fútbol se limitaban a lo que miraba en la televisión, en ese equipo aprendió de posiciones, de estructura de juego, y le gustó. Allí le comentaron sobre esta escuela. “Vine a aprender desde cero”, afirma quien ahora está aprendiendo los secretos del puesto de arquera.

    Luciana –que ese martes estaba lesionada y no practicó– llegó a la escuela por intermedio de una amiga. Cuenta que empezó a jugar hace cinco años, cuando con una compañera propusieron organizar un equipo de fútbol femenino en su lugar de trabajo: “Estábamos todas en la misma situación, ninguna había jugado nunca y nos copaba la idea de juntarnos fuera del trabajo. Ahí empezamos. […] Las primeras veces eran cualquier cosa, después llevamos una profe para que nos entrenara; estuvo buenísimo”. Trabajaba en una empresa grande, donde la actividad fue bien recibida, pero se encontraron con esa mirada masculina de “¿qué están haciendo?”. Una vez llegaron a jugar un partido de fútbol mixto con sus compañeros. No fue una buena idea: “Fue cualquiera, te tiraban tremendos pelotazos o querían demostrar todo el tiempo qué habilidosos eran”. Sin embargo, la experiencia fue positiva; se conformó “un equipo lindo”, que aún se sigue juntando.

    Tatiana quería hacer deporte. Primero probó con el handball, después empezó a jugar al fútbol en un club de barrio. “Me sumé y me gustó mucho”. Y en el fútbol se quedó. De a poco aprendió los secretos del deporte y, al ingresar a la universidad, jugó en el equipo de la Facultad de Veterinaria, en el torneo Interfacultades, que “es muy competitivo, hay mucho nivel”. Este año se unió a la escuela. La más joven de todas es Juliany. Tiene 20 años, es venezolana. De chica jugaba en el patio de su casa con sus primos; pero en realidad le gustaba más el béisbol. Recién al llegar a Uruguay empezó a jugar al fútbol con mayor interés. Llegó a la escuela por intermedio de una amiga de Denise que conocía a su madre. Dice que la impresiona cómo juegan sus compañeras y que en este tiempo aprendió muchas cosas que desconocía del deporte. Porque, como coinciden todas, una cosa es jugar al fútbol y otra muy distinta es saber jugar al fútbol.

    “Son dos contra una ahí. Presionen, presionen. Eso, eso, bien ahí. Sigan, sigan. Muy bien”. La presión alta permite recuperar un par de pelotas que terminan dentro del arco, con un toque suave, hacia el arco desguarnecido. La superioridad numérica, por algunos minutos, se hace sentir. Pero el juego sigue siendo parejo. Los dos equipos apuestan por el juego a ras del piso, con un juego a dos toques o de primera. Pelota bajo el pie, pisadas, enganches. También pierna fuerte para trancar y cortar. De repente, un remate de Tatiana pega en el palo, el rebote le cae a Juliany que le pega de primera, su remate vuelve a dar en el palo, pero la pelota cae nuevamente en sus pies. Esta vez no falla. Gol. 2 a 3. Pelota al medio, todavía hay esperanza.

     

    “A veces creés que sabés jugar al fútbol, pero en realidad no sabés”, dice Mariana. Todas asienten con la cabeza. La diferencia refiere no solo a conocer las reglas, sino los secretos del deporte. Las pequeñas cosas que hacen la diferencia. “Se aprende que hay distintas posiciones, cómo te tenés que mover, qué se espera de vos en un partido”, afirma. Esos detalles se perciben en cambios al momento de jugar. En la escuela, Kathy es la golera. “Una vez me metí al arco, atajé algo y quedé”, dice ella. “Porque tiene condiciones, es multifuncional”, acota Cecilia. De a poco está aprendiendo conceptos que desconocía. “Me pasaba que yo [a la pelota] la tiraba con la mano y la tiraba alta, y me decían que la tirara arrastrando, por el suelo, porque si no pica y [quien recibe] se tiene que posicionar para parar la pelota. Pensaba que era pasarle la pelota a una compañera, pero no. Hay que buscar siempre a la persona que está más libre”, señala. “Yo aprendí bastante”, dice Juliany, como “las posiciones o aguantarme duro, porque Ceci Dos me zumba”, cuenta, ante las risas de todas. “Somos las dos puntas [en edad], pero nos marcamos, nos toca jugar una contra la otra”, contesta Cecilia Dos, aunque no reconoce que esa “zumba” sea real.

    La otra Cecilia explica que esos detalles son los que hacen la diferencia cuando se habla de saber jugar al fútbol, y que eso se nota cuando compiten. “El estilo que nos trata de enseñar Denise es el del fútbol sala; hemos jugado contra otros equipos y está bueno, porque en esos lugares queremos demostrar lo que hemos aprendido y ganar; en las prácticas lo tomamos como algo más recreativo”, afirma Cecilia. “Seguimos viniendo a divertinos”, agrega Mariana. ¿Después de aprender a jugar al fútbol es distinto cuando entrás a una cancha? “Sí, porque jugás con personas que juegan a lo mismo que vos. Te das cuenta cuando lo ves”, afirma Mariana.

    “Atentas las marcas. Sigan, sigan, presión. Bien ahí. Ahora jueguen, jueguen. Toquen la pelota. Abrila, abrila, está sola. Bien, bien, jueguen”. El partido sufrió un cambio brusco. Dos goles y el equipo en minoría retomó la delantera en el marcador. Un par de ataques del equipo en mayoría terminaron en gol, pero fueron anulados por haber pateado desde fuera del área. Del otro lado aprovecharon sus situaciones, a partir de paredes construidas entre Cecilia y Juliany, y otro tiro de Tatiana. El cansancio afecta a los dos cuadros. Pero ninguno de los equipos pierde la línea: la pelota sigue girando por el piso, pases cortos hasta encontrar el espacio para el pase profundo, la pelota bajo la suela para facilitar el control, la devolución al jugador que llega de frente, paredes y gambetas largas en velocidad. El fútbol bien jugado.

     

    El fútbol 5 tiene sus propios secretos. El más relevante es el espacio. “Los espacios son más reducidos, tenés que tomar decisiones más rápidas, la marca está más cerca, entonces vos tenés la pelota y la marca ya te vino y tenés que resolver más rápido. Y es mucho más dinámico, porque llegás más rápido al arco rival, el contragolpe es más rápido”, dice Cecilia. “En el fútbol 11 la cancha es más grande y es un fútbol más estacionado; acá es tic, tac, vos, yo, acá, tic, tic, la pelota va así”, agrega Luciana, mostrando el movimiento de la pelota con sus dedos. “Yo jugué fútbol 11 y prefiero el fútbol 5, es más entretenido”, acota Mariana. “Somos cuatro y es mucho más probable que intervengas en una jugada que en el fútbol 11, donde es más grande y hay mucha más gente. [En el fútbol 5] todos defienden y todo el equipo ataca; la defensa está disponible para atacar”, explica Cecilia. Tatiana dice que es un juego más rápido, donde hay que buscar los espacios para distribuir, que la idea es siempre abrir y no jugar apretados.

    En el fútbol 5 el equipo forma con un golero, un líbero, dos alas (o laterales) y un pivot. “Todas hemos pasado por casi todas las posiciones, intentamos aprender en todas las posiciones y ver dónde cada una se siente más cómoda o juega mejor. Todas aprendemos a ser líbero y a ser pivot”, explica Cecilia Dos. Sin embargo, en la conversación con Túnel, quedaron claras algunas posiciones: Cecilia Dos es líbero, su apodo es precisamente por el número de camiseta; Mariana y Juliany juegan de pivot; Luciana y Cecilia, de alas.

    ¿Las pivot son las que hacen goles, las que más se lucen? “No, no, no. Es la que corre para todos lados y toca pocas pelotas, siempre de espalda al arco”, contesta Mariana. ¿Y quién hace los goles? “Seguramente las que jueguen más adelante son las que tienen más posibilidades de hacer un gol, pero no de lucirte; es un juego más de equipo”, responde Cecilia Dos. “El lateral es el que más corre; es el lugar de apoyo, apoyás al defensa y al pivot cuando vas para adelante”, explica Luciana.

    Cecilia Dos, al igual que Mariana, considera que el que más corre es el pivot: “Corrés mucho sin pelota, estás todo el tiempo buscando el espacio para darle opción de pase a la otra persona; estás todo el tiempo corriendo, para adelante, para atrás, para los costados”. Según cuenta, ella empezó jugando de pivot, pero con el tiempo se fue retrasando en la cancha hasta su puesto actual: “El defensa es el que menos corre”, dice riéndose.

    ¿Cuál de los cinco es quien debe jugar mejor con los pies? “Para mí, el pivot”, dice Cecilia Dos. “Para mí, el líbero”, retruca Cecilia. “Los dos son importantes”, salda Mariana. “Es un rombo, y el pivot y el líbero son dos piezas que influyen en cuánto podés generar, los laterales también, sin dudas, pero es más una función de pasarla e ir a buscar la recepción. Capaz que el pivot y el líbero toman más decisiones de hacia dónde va el juego”, agrega Mariana. Y Cecilia suma: “En el juego que nosotras jugamos, que no es tirar la pelota para adelante, sino jugar en largo y desde ahí empezar a distribuir para llegar al arco rival, tirar una pared, triangular, para llegar lo mejor posible, para mí, el líbero tiene la responsabilidad de que el juego empieza en sus pies, y tiene que saber aguantarla, pasarla”.

     

    “No se queden, sigan jugando. Atentas a las marcas. Muy bien, muy bien, bien ahí. Pase largo, pase largo. Bien igual”. El partido se hace de ida y vuelta. La mitad de la cancha es un lugar apenas de tránsito. Los dos cuadros pasan al ataque con vértigo, pero el retorno a la defensa se hace difícil. El equipo en mayoría sigue perdonando jugadas claras de gol, con un par de pases que quedaron largos y otro nuevo gol invalidado. Un lujo de Victoria, pisando la pelota para un lado y para otro y una llegada de Mariana, sola, por el medio, permitieron el gol del empate. 4-4. Juliany respondió con un buen gol contra el palo, 5-4. Se está haciendo la hora, el partido está próximo a terminar.

    Denise cuenta que el fútbol femenino tuvo una evolución muy importante en los últimos años. Junto a Leticia, su compañera de Guinda!, jugaron juntas en Central Español y en Fénix, entre 2003 y 2006, y son testigos del cambio que ocurrió desde aquellos años a la actualidad. Y de los espacios que se abrieron para que las mujeres puedan jugar desde edades cada vez más tempranas. Eso es importante porque practicar un deporte desde niñas hace que se incorporen más rápido habilidades y conceptos, y que lleguen con otros fundamentos de juego a la edad adulta. La idea de la escuela de fútbol para mujeres surgió con esa premisa. “Hay edades en las que uno incorpora muchas más cosas. Cuando pasás esas etapas todo es más difícil, se hace más cuesta arriba. En este grupo todas arrancaron a jugar de grandes, por lo que la idea es incorporar cosas de grande; la idea es que aprendan y que se diviertan”, explica. Y destaca el buen relacionamiento que se genera en un grupo heterógeno, cuyo vínculo central es una pelota de fútbol y el deseo de aprender.

    Sin embargo, pese al transcurso del tiempo, las mujeres aún conviven con comentarios de extrañeza cuando dicen que juegan al fútbol. “Es como algo gracioso, pero ahora ya están acostumbrados”, cuenta Luciana. “Se siente, abundante, ni te digo a mi edad”, acota Cecilia Dos. “Imaginate, vestida de trabajo diciendo: ‘Juego al fútbol en la escuelita’”. Esos preconceptos, dice, eran muchos más fuertes hace algunos años: “Cuando tenía la edad de Juli si decía que jugaba al fútbol había una etiqueta bastante fuerte de que no eras femenina, y tampoco había muchos lugares porque el fútbol no estaba habilitado para mujeres. Siempre me gustaron los deportes colectivos, y si mirás la oferta que hay en los clubes para mujeres, encontrás step, zumba, pero no básquetbol ni fútbol. Y yo quiero jugar a algo, no quiero bailar, no me gusta”.

    Pero todas coinciden que, de a poco, las cosas empiezan a cambiar. Lo resume Cecilia Dos: “Hay una movida que me asombra, vas a cualquier lugar y es común ver mujeres jugando, ya no es un impacto. En el medio de ese proceso veías gente que se paraba a mirar un partido de mujeres y escuchabas decir: ‘Ah, juegan bien’. No se trata de comparar si juegan mejor o no, sino de que todas y todos tengan la posibilidad de jugar, porque está bueno jugar, está bueno encontrarse, tener un espacio de recreación y aprender algo. Si solo fuera un lugar de encuentro no me motivaría, por eso lo de escuelita, de aprender y avanzar”. Por eso está Guinda!, un espacio creado hace cuatro años que sigue dando sus pasos por más inclusión. Porque se aprende toda la vida, porque es mejor aprender jugando.

     

     

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  • Volver a ser, por Adrián Marcelo López Hernaiz

    No hay que ser una eminencia para afirmar que el fútbol uruguayo es uno de los principales animadores, no solamente a nivel sudamericano sino también mundial. La historia lo avala en cuanto a logros de la Selección: quince títulos obtenidos de Copa América, dos Copas del Mundo ganadas, dosmedallas de oro en Juegos Olímpicos y un galardón de Copa de Oro de Campeones Mundiales, entre otros.

    Trabajo, criterio y sentido común

     

    No hay que ser una eminencia para afirmar que el fútbol uruguayo es uno de los principales animadores, no solamente a nivel sudamericano sino también mundial.

    La historia lo avala en cuanto a logros de la Selección: quince títulos obtenidos de Copa América, dos Copas del Mundo ganadas, dosmedallas de oro en Juegos Olímpicos y un galardón de Copa de Oro de Campeones Mundiales, entre otros.

     

    Esa hegemonía alcanzó su auge en 1950 con el Maracanazo, brillante épica de visitante frente a Brasil en su propia casa, ante la incredulidad de miles de personas presenciando una frustración que dio lugar a un sinfín de mitos y leyendas.

    Con otros impactos, el ser potencia se ratificó a escala de clubes.

    La Copa Libertadores de América, principal torneo de equipos de la Conmebol, lleva al día de la fecha 61 ediciones disputadas en su totalidad (hasta la edición de 2020). Si se hace el desglose, década por década, el palmarés muestra a Uruguay en los primeros planos durante las primeras tres décadas de la competencia: en los años 60, Peñarol se alzó con tres títulos (1960, 1961, 1966); en los 70, Nacional logró el único trofeo (1971); y en los 80 se da el último decenio que ubica al fútbol charrúa alcanzando el máximo lugar del podio: Nacional (1980 y 1988) y Peñarol (1982 y 1987).Fue su década más fructífera. Desde entonces, los años 90 y las dos décadas del siglo XXI lo encuentran vacío en sus vitrinas.

    ¿Cómo podría explicarse este fenómeno?

    Es probable que para ensayar una respuesta deba hacerse un recorrido con análisis sociológico al respecto.

    En los países de la región, el rápido crecimiento demográfico se da en las zonas portuarias, con inmigrantes aprovechando la histórica chance de hacer riquezas hacia fines del siglo XIX y luego escapando de un contexto de guerras al siglo siguiente.

    A tal efecto, tanto Montevideo como Buenos Aires se vuelven destinos inevitables, recibiendo la afluencia de oleadas provenientes de países como Inglaterra, una potencia que si no creó el deporte más popular del planeta, al menos se ha encargado de expandirlo masivamente, siendo fiel a su ideología imperial.

    Con la apertura de numerosos clubes, el fútbol pasó a ser una práctica no solamente deportiva sino también cultural. De allí tiene sentido comprender cómo Uruguay y Argentina devinieron puntales en Sudamérica, con una rica tradición que se consolidó a lo largo del tiempo.

    En esas circunstancias, el rápido desarrollo del fútbol uruguayo comenzó a marcar hegemonía hacia la década de 1920, logró su mayor impacto en 1950, se estabilizó en la década de 1960 y comenzó un lento estancamiento a partir de 1970, para reposicionarse en los años 1980 y luego volver a caer en la década siguiente, atravesando una crisis que aún los clubes no logran revertir pero sí la Selección, en un ciclo que comenzó en 2006 y le devolvió prestigio a la camiseta celeste.

    Por estos días, el aficionado uruguayo está muy expectante al tener a un represente en las semifinales de la Copa Sudamericana, la segunda competencia a nivel clubes de la Conmebol y que aún, en sus 19 ediciones, no tiene como ganador a conjuntos charrúas.

    En las últimas semanas de setiembre, Peñarol medirá fuerzas con Atlético Paranaense de Brasil; y de vencer, enfrentará al ganador de la otra llave, conformada por Libertad de Paraguay y Bragantino, oriundo del Estado de San Pablo. Si la realidad sonríe, el Carbonero disputaría la final a partido único el próximo 20 de noviembre, con sede en el Centenario de Montevideo (elegida en el pasado mes de mayo), casi un guiño del destino.

    ¿Qué significa este posible desenlace?

    Básicamente, la oportunidad de volver a ser.

    En un mundo cada vez más desigual, con mayores distancias entre Europa y Sudamérica, Uruguay asiste al premio de recuperar el prestigio postergado, en parte por malas administraciones y deficientes políticas deportivas que evitaron una consistente estructura organizativa que diera apoyo, difusión y fomento a la práctica futbolística, algo clave para una nación pequeña de poco más de 3 millones de habitantes.

    No es magia sino trabajo.

    No es milagro sino criterio.

    No es ciencia exacta sino sentido común.

    Que los clubes y la Selección den alegrías genera identidad y pertenencia, además de botijas festejando por las calles; o lo que es lo mismo decir, las postales de un futuro que se vislumbra alentador.

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  • La bandera del Bigote, por Carla Rizzotto

    Otro camino, otra recompensa: cuando juega al fútbol, no lo hace por plata. Cuando pelea por algo, lo hace desde adentro. Así es, un futbolista inusual en un medio obvio.

    Otro camino, otra recompensa: cuando juega al fútbol, no lo hace por plata. Cuando pelea por algo, lo hace desde adentro.Así es, un futbolista inusual en un medio obvio.

     

     

    El torneo de truco se pasó para mañana, así que los veteranos mentirosos tendrán 24 horas más para ensayar las jugadas. En un rincón del salón está todo armado para un festejo de cumpleaños; ya llegaron los invitados, sólo falta el homenajeado. Mientras tanto en una sala a puerta cerrada, intentando esquivar el alboroto, se encuentra reunida la comisión directiva. Es la primera reunión pos regreso a la A.

    Esa cuadra de Camino Corrales está iluminada. Los autos que van y vienen por la avenida José Pedro Varela le dan cierta vida a la esquina. La sede del Club Social y Deportivo Villa Española es inconfundible. El rojo y amarillo de las paredes que dan al frente sobresalen en el monótono paisaje; y desde lejos se alcanza a ver un boxeador pintado en la fachada. Nacido en 1940 como club de boxeo, de ahí surgió el peso pesado Alfredo Evangelista, famoso por haber aguantado 15 rounds de pie ante el legendario Muhammad Alí.

    Santiago López, Bigote, frecuenta esa esquina desde que tiene uso de razón. Se crió en el barrio montevideano elegido por los inmigrantes españoles, aunque recién de grande conoció la historia del célebre luchador uruguayo. “Yo tengo 34 años y él había peleado antes –en mayo del 77 fue el combate con CassiusClay–; mi viejo sí se acuerda bien. Pero el año pasado Alfredo –nacionalizado español– volvió a Montevideo, con mi barra de amigos le hicimos un video a modo de homenaje y diseñamos la camiseta de fútbol con su cara. Ahí me enteré de su grandeza”.

    Con la pelota o la onda, Bigote pateó cada calle del barrio, el de Funsa y del demolido Cilindro. “Cuando había básquet todo el barrio estaba ahí. Me acuerdo del sudamericano que ganó la selección uruguaya, éramos chicos y nos colábamos, hacíamos un relajo bárbaro”, suelta frente al esqueleto del Antel Arena. Él, al igual que muchos villeros de ley, se buscó un lugarcito detrás del vallado para ver la demolición del viejo estadio. “Sonó el impacto de la bomba y en dos segundos no quedó más Cilindro. Fue bastante triste”. Pero el barrio no perdió vida, dice, “vamos a ganar mucho más con el Antel Arena que con el Cilindro como había quedado” después del incendio.

     

    ¿Qué cambió en el barrio desde tu infancia a estos días?

    La gente. Se perdió la reunión, el verse cara a cara. Ahora somos amigos por WhatsApp, y está de menos. En nuestra banda tratamos de encontrarnos en la sede al menos dos veces por mes, además de hablarnos mil cosas por WhatsApp.

     

    Bigote elige una mesa, la más apartada del festejo. La parrilla marcha esta noche de lunes a ritmo de fin de semana. De repente aparece un directivo, se acerca y saluda con un beso. Luego otro, pues otro beso; y así hasta completar el cupo.

    Entre beso y beso, Santiago cuenta que la sede es como su casa, y a esa altura ya resulta obvio: “La cantina está abierta desde el año pasado que la agarró mi cuñado, pero estuvo como nueve años cerrada. A un amigo nuestro lo mataron ahí en la puerta, no andaba en buenas cosas, como diría el Indio Solari, ‘venía rápido y se le soltó un patín’. Lo vinieron a buscar a la sede y no tuvo escapatoria”. Ahora sólo amigos y familia, aclara. Su compañera Natalia y su hija Mariana –de cuatro años– son las primeras. “Igual me calienta cuando dicen que el barrio es zona roja, me enferma. Yo ando por todos lados, estoy enamorado del barrio. Elegí comprarme mi casa acá; es mi lugar en el mundo”.

    No tiene ningún cargo en el club, ni quiere tenerlo, al menos no el de presidente. “¿¡Estás loca!? No, está heavy”.

     

    ¿Qué está heavy?

    El fútbol en sí. Me tiene un poco harto el sistema. Y siendo presidente tenés que lidiar con el sistema todo el tiempo. Peor.

     

    Desde que volvió de Guatemala amaga con dejar el fútbol. “La nena crecía allá, mientras mi viejo envejecía acá sin poder verla. Entonces en un momento con mi mujer nos preguntamos: ¿vale la pena cambiar plata por felicidad? Nos fuimos de viaje a Cuba y encontramos una realidad que nos refortaleció la idea de que no se tranza felicidad por plata, regresamos a Guatemala, rescindí el contrato y nos fuimos”.

    Jugaba en el Club Social y Deportivo Municipal, uno de los equipos guatemaltecos más ganadores, con siete millones de socios –agrega Santiago–. “Me reconocían en todos lados. Al principio andaba en ómnibus, y cuando subía todos me miraban. ¡Tenía que firmar autógrafos en el bondi!”.

    Lo deslumbró el paisaje volcánico y la vegetación; el contraste socioeconómico le impactó. “Niños cargando azúcar, descalzos, con ampollas en los pies. Y Mercedes último modelo que ni siquiera existen acá, pasándoles como si nada por al lado”.

     

    ¿Tuviste miedo alguna vez?

    Yo soy bastante kamikaze en ese sentido, mi señora es remiedosa, pero cada día que tenía libre recorríamos, y nunca nos pasó nada. Jamás vimos un hecho de violencia. Pero que existían, existían; porque prendíamos la tele y chorreaba sangre.

     

    ¿Pensás qué sería de ustedes si se hubieran quedado allá?

    Hubiese seguido jugando, no nos iría mal, tendríamos un poco más de dinero. Capaz que en el fondo seríamos unos infelices. Pero no me lo cuestiono. Somos felices donde estamos.

     

    Es que en el barrio no es Bigote a secas, es el Bigote de Villa Española, que no es lo mismo. Aunque siempre intente ponerse a la misma altura que el resto, sabe que es un referente. Por algo el presidente Fabián Umpiérrez pensó en él cuando se propuso poner al cuadro en carrera. “Volví de Guatemala sin querer jugar más al fútbol. Pero en una comida de cumpleaños del club, Fabián me comentó que iban a volver a la C. Habían jugado un amistoso con Basáñez y les había encajado cuatro goles. Era un desastre. Me dijo ‘no aguanto perder, armate una barra’. Hablé con Fernando Cañarte, El Caña, y ahí nos embarcamos en esta locura de llevarlo a la A”.

    No quedaba otra que ponerse la camiseta, “no me cabía la idea de no hacer nada desde adentro siendo hincha del club, me parecía hipócrita de mi parte”.

    Sumaron a Damián Santín, a Pablo Silva de las inferiores, a Martín González, todos identificados con los colores. “Y después pibes del barrio que habían jugado en el interior y eran hinchas”. Con un mismo objetivo: subir escalón por escalón hasta llegar a la máxima categoría. “Hoy se logró, pero si no se hubiese logrado, igual lo hubiésemos disfrutado. Estuvo bueno pasar por las tres categorías, fue tremendo aprendizaje”.

    ¿Cuáles son las diferencias más notorias entre una y otra categoría?

    De la C a la A hay un abismo. El fútbol es amateur de verdad, jugábamos contra pibes que ni siquiera entrenaban, era drástico. Les hacíamos seis goles a algunos cuadros. En el cuadrangular final éramos todos bastante parejos, si bien llevábamos una diferencia sobre el resto, eran partidos complicados. Además nosotros éramos el grande de la divisional, no podíamos fallar. Entre la B y la A, la B es mucho más difícil. Es una divisional jodida, a nosotros nos costó. El primer año no pudimos ascender y lo hicimos el segundo. Se marca mucho, los pibes están con hambre de gloria, saben que el único salvavidas es ascender, entonces te arrancan la cabeza. En la A se juega más, es más vistosa.

     

    ¿En cuál te sentís más cómodo?

    A mí me encantó la C. Me gustó mucho ir por todos los barrios, jugar en canchas horribles pero en los barrios. La B también tiene lo suyo. De la A me gusta ir a jugar al Tróccoli, por ejemplo; pero el Centenario no me gusta mucho. Lo mío son las canchas chicas, con el tejido cerca, que te comés una puteada. En el primer partido de este campeonato, contra Rampla en el estadio Obdulio Varela, un rato antes salí a dar una vuelta por el barrio. La gente cuelga banderas, tiene una mística, me llena eso.

     

    “¿Te querés matar, no?”, le dice uno en la sede. “Y sí, ni me hables”, contesta Bigote al pasar, sin ánimos de ir más allá. Ayer era Su partido –su, con mayúscula–, el del regreso a la A, una meta que lo había mantenido enfocado e ilusionado los últimos tres años. A él y a todos los villeros. “Era como sacarme un peso de encima, sabía que cuando comenzara a rodar la pelota, el objetivo estaba cumplido”.

    Pero ya sabemos que el fútbol, además de hermoso, es ingrato; y justo en la vuelta, a Santiago le tocó mirarla desde el banco. Entró ocho minutos, y la bronca le puede durar ochenta años. “Lo que pasa es que yo había germinado una semillita, la flor era este primer partido, y no pude verlo desde adentro de la cancha. Me pareció demasiado injusto, aunque queda feo que yo lo diga”. Cuando habla de sí mismo se siente egocéntrico, por eso “te lo traslado a otro equipo, a otro futbolista, que con lo emblemático que es tendría que jugar. Si pierde o gana es lo de menos, ponelo y que disfrute de que volvió a la A”.

     

    ¿Alcanza con un buen cuadro para volver a la A?

    No, no. Hay un par de factores clave: primero, una buena gestión de la directiva desde el punto de vista económico es fundamental. Y segundo, el sentido de pertenencia de los jugadores hacia el club, el amor a la camiseta. Creo que aun con una buena gestión, sin el sentido de pertenencia no se hubiera logrado.

     

    ¿Está bien que los jugadores tengan que levantar un club o esa es una responsabilidad exclusiva de los dirigentes?

    Creo que los jugadores se tienen que involucrar en el juego; porque además de deportivo es un juego político y económico, y los futbolistas no pueden mirar para el costado. Por eso cuando se involucraron los jugadores de la selección en el tema del sponsor de la camiseta, está de más. Equivocados o no, cada uno tendrá su opinión, pero a mí me encanta que lo hagan. Me encanta que Godín, que es el capitán celeste, se esté preocupando indirectamente por mí. Hasta ahora no habían alzado la voz, no se involucraban con el fútbol uruguayo; me parece que se hartaron y yo los aplaudo.

     

    Villa Española votó en contra de la propuesta de Nike…

    Sí, y no estoy de acuerdo. Pero es difícil juzgar a Villa Española cuando antes tenía deudas con un montón de empresas. A veces jugábamos gracias a Tenfield aunque nos estábamos embargando. Son decisiones difíciles. No comparto la de la directiva en este caso, pero tampoco la juzgo ni ahí. Si yo tuviera que votar lo haría en contra del sistema, pero yo no soy nadie.

     

    La conciencia antisistema no se gesta de un día para el otro, es un proceso mental y emocional de años. En verdad, este futbolista antisistema que insta a sus colegas –sobre todo a los principiantes– a pelear por sus derechos y a no dejarse pisotear por los oportunistas, aceptó en sus inicios un sueldo de 650 pesos en la mano. “En el fútbol no había un sueldo mínimo, era el mínimo nacional, 1.200 pesos. Te descontaban 550 y te quedaban 650. Esta anécdota siempre la cuento: iba en bicicleta a la AUF a cobrar el sueldo, el presidente era Eugenio Figueredo y tenía un lugar reservado en el garaje para estacionar su auto. El tipo de seguridad no me dejaba poner la bici justo en ese lugar, pero yo no le daba bola. ‘Este mamadera se llena los bolsillos con plata que yo genero, tengo que venir en bicicleta a cobrar 600 pesos y este se la lleva toda’, pensaba. A la cuarta vez, imaginate. Era una baraja yo también. Con otros compañeros nos tomamos un par de cervezas, fuimos a cobrar, arrancamos el cartel de Figueredo; le queríamos pegar al de seguridad, no cobramos el cheque; fue cualquiera”.

    ¿Por qué fuiste gestando esa conciencia?

    En mi vida siempre fui bastante radical con algunas cosas, y en el fútbol viví experiencias que me llevaron a pensar así. Se llenan los bolsillos gracias a mí, eso está mal, es impresentable. Fui creando ideas en mi cabeza, y hoy de grande tomo más la bandera y me animo a decir cosas. No me lo inculcaron en el baby fútbol, aprendí porque la pasé mal, porque mis compañeros la pasaron mal, y porque había cosas que no me gustaban. Fue un aprendizaje de vida.

     

    ¿Qué no te gustaba?

    Qué no me gusta, querrás decir. No me gusta que los pibes no cobren, no me gusta que la pasen mal, no me gusta que tengan que salir a laburar con la ilusión de jugar al fútbol, no me gusta que el sistema juegue con esa ilusión. Y sin embargo, la pelota sigue girando.

     

    ¿Cuál es la ilusión?

    Ser Suárez. El hecho de pensar: hoy la paso mal pero mañana la puedo pasar bien. Yo prefiero que la pase bien y alegrarme si el día de mañana es Suárez, a que la pase mal para ser Suárez. La ideología no es esa, se puede pasar bien y ser Suárez.

     

    ¿Pasarla mal en qué sentido?

    En todo. En bañarse con agua fría, entrenar en canchas deplorables, tener que salir a laburar para comer.

     

    ¿Te hubiera gustado ser Suárez?

    No, horrible, detestable. Debe ser un infeliz, pero en el buen sentido. Me parece un genio, un crack, pero cuando no podés hacer cosas que los demás pueden hacer me parece que sos un infeliz. Si yo no pudiera ir a un almacén a comprarle un chocolate a mi hija y tuviera que ir un tipo de seguridad en mi lugar, me sentiría bastante infeliz. Esa vida te la regalo. El Indio Solari dice que cuando la persona se come al personaje no hay vuelta atrás. A ellos se los come el personaje. Nadie conoce al Luis Suárez verdadero, todos conocemos al que nos muestra. Aunque es verdad que rompe con toda la imagen de jugador de fútbol, porque es un loco que llora en cámara, que se enoja, patalea. Esa parte sensible es divina. Pero no me gustaría llevar su vida, me mato. A mí a veces me embola ser el Bigote de Villa Española, imaginate.

    Las cosas a medias no le van. Si participa en una reunión general de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, es el primero en levantar la mano para dejar sentada su opinión. Sin embargo, jamás tuvo un cargo en el sindicato. “Siempre increpé a la mutual, pero en el buen sentido, de una forma constructiva; cosas que me parece que están mal y hay que cambiarlas. Pero habría que empezar a cuestionarse de cambiar el sistema desde adentro; no tanto opinar sino construir. Entrar sería una opción, hoy no la pienso, quizás mañana. Si tengo la posibilidad de llegar a un jugador de fútbol lo voy a hacer, pero no sé si me pondría a pensar en armar una lista. Sé que hay que pelear contra un sistema jodido y perverso, eso me embola un poco”.

     

    ¿Sirve la mutual?

    Sirve. Los jugadores la respetan mucho. Creo que no crea muchas políticas sociales, es ahí donde hay que apuntar: a crear semillas que luego den su fruto. Pero a la hora de reclamar, la mutual se sienta y logra que cobres. Tiene una forma muy dinámica, implementada hace mil años. Lo que yo planteo es algo más profundo, que creo es a lo que apunta la selección: “no seamos la selección pateando la pelotita”. Ellos están planteado algo drástico: “eduquémonos, vamos por acá, no peleemos cosas por pelear”. Entendamos que es un deporte, entendamos que es un negocio y participemos. La mutual no participa, deja que se haga. Deja que algunos partidos se jueguen a las doce del mediodía. No, mi amor, a las doce no. La mutual tiene que ser amiga de la AUF, la AUF no puede poner un partido a esa hora porque a la tele se le ocurre. El que juega soy yo. Y yo quiero jugar a las tres de la tarde para que mi barrio me acompañe, si vos no lo podés televisar es problema tuyo, no mío. La AUF se rige por un sistema que se llama Tenfield y la mutual no tiene muchas herramientas para meterse en eso.

     

    ¿Hoy es Tenfield y mañana será otro igual?

    Es lo mismo que la puja entre Nike y Puma. Yo digo que Nike no es Robin Hood. Lo tengo claro. No viene a salvar a un pueblo, sino a llevarse la plata de un pueblo. Que deje más plata y que todo sea más equitativo es otra cosa, pero no es Robin Hood. Cuando se vaya Paco –Casal–, van a venir Hugo y Luis. Los intereses van a ser siempre los mismos. Cuando invierten en un negocio es para ganar, no para hacer beneficencia. La cosa es que quede más plata en las arcas de la AUF para que los jugadores se puedan manejar mejor. Esa es la idea, que todos la pasemos mejor.

     

    Una vez dijiste que Maradona era el primer revolucionario del fútbol. ¿Existe un uruguayo revolucionario en este medio?

    Lo dije porque quise hacer una comparación entre Maradona y Messi. Maradona estaba recomprometido con lo social, el loco tenía su bandera y no le importaba vivir en la burbuja del futbolista famoso. Messi vive en otro mundo, le interesa más estar en su burbuja que ver lo que pasa a su alrededor. Fabián O’Neill es un loco lindo. En el sentido de que todo el mundo dice “pah, yo quiero ser millonario, quiero jugar en el Inter” y él no, él “quiero ser feliz”. El loco tiene algo de revolucionario en ese sentido, vive la vida que quiere, no la que le quieren imponer.

     

    ¿Y vos?

    Yo soy un bicho raro, como Agustín Lucas. No sé si somos revolucionarios, porque no nos da para hacer la revolución. No tenemos peso.

     

    ¿Por qué?

    Por no haber jugado en equipos grandes. Hoy en día somos más conocidos por lo que decimos que por lo que jugamos. Si yo hubiese jugado en otras ligas, mi palabra tendría más peso, como pasa con Godín. Lo que dice Godín yo lo dije cincuenta mil notas atrás. No me di cuenta de que Tenfield era una monarquía cuando me lo dijo Godín, yo la viví y la vivo todos los días. Pero él tiene un peso, entonces movió los cimientos. Capaz que Godín es el primer revolucionario del fútbol.

     

    ¿Fue una circunstancia no haber jugado en un cuadro grande o no quisiste?

    En 2008, cuando salí goleador de la B, tuve la chance de ir a los grandes. No se concretó, no sé por qué, pero no me quitaba el sueño tampoco. Creo que no se cumplió porque nunca fue mi sueño; porque en una temporada hice 25 goles, podría haber ido perfectamente. El máximo goleador de la B hizo 27, yo estuve ahí. Las cosas se dan por causalidad, y a mí nunca me inquietó.

     

    ¿Peñarol o Nacional?

    Odio a los dos por igual. Nos han pisado tanto la cabeza a los cuadros chicos que me dan asco. Son los que mandan en el fútbol. Los grandes votan algo, y los chicos van detrás. Te das cuenta en las últimas elecciones; Peñarol tiene seis o siete cuadros que lo acompañan y Nacional lo mismo. Se manejan así, porque se deben favores, ‘te cambio la localía y te doy plata’. Es impresentable que en el fútbol uruguayo los cuadros grandes no se quieran mover de sus canchas, y siempre jueguen en el Centenario. Es joda, yo tengo que ir a jugar a todas las canchas y hay una desventaja brutal.

     

    ¿Qué cosas lindas te dio el fútbol?

    Las ganas y la pasión por una institución.

     

    ¿Qué pueden pelear en la A?

    Tenemos un objetivo claro que es no descender. Para los cimientos del club que estamos generando la meta es no bajar. Después, todo se va dando. Plaza Colonia demostró que no es imposible pelear un campeonato en la A, aunque la historia y los números muestran que pocos equipos chicos salen campeones.

     

    Cuando el cuadro ascendió, Bigote pensó “ya está, me voy por la puerta grande”, pero los colores del club siguieron siendo más fuertes que sus propios deseos. Dice estar en los descuentos como futbolista, ¿qué pasara una vez que tome la decisión? Dará un paso al costado, literalmente. Dejará la cancha para ir a la tribuna, a alentar con el resto de los villeros.

     

    _Por Carla Rizzotto

     

    Ricotero hasta la muerte

     

    Los Redondos tocaron una fibra suya. Dijeron cosas que él quería escuchar, que él necesitaba reivindicar. Los vio por primera vez en vivo a los diecisiete años en Jesús María, Córdoba y alucinó. Es, además de Villa Española, su otro lugar en el mundo. “Llego al toque y me cuestiono pila de cosas. Estamos en un lugar donde todos pensamos lo mismo, y queremos lo mismo. Yo te respeto a vos, vos a mí, son cosas que se pierden en la vida”.

    Decidido a empuñar la bandera del Indio Solari, cada vez que Santiago López convierte un gol muestra la remera de la banda que lleva debajo de su camiseta. “Siento que rompo el molde”, dice. Sólo una vez la cambió por la de Todos somos familiares, en el marco de una campaña para concientizar al fútbol sobre la desaparición de personas en la dictadura y la importancia de no dejarlo en el olvido. “Tengo pensado hacerlo de vuelta, cuando juguemos para la tele en el Estadio, pero con algo más armado. Tal vez un discurso, que diga algo así como ‘hoy hice un gol y mi mamá festeja, pero un día como hoy de tal año, una niña desapareció y su mamá la llora’. Hay que tener un poco más de solidaridad para que al menos aparezcan los cuerpos, enterrarlos y hacer el duelo”.

    Bigote dice lo que piensa y hace lo que siente, le guste a quien le guste. Hizo las inferiores en Villa Española hasta quinta división, se le vino el rock encima y abandonó las canchas por un tiempo. “Me gustaba andar en la esquina con mis amigos, tomar un vino cuando tuviera ganas y salir cuando tuviera ganas. Curtir la cultura de barrio”, cuenta. “¿Si me lo recrimino? ¿Estás loca? No, me encantó. Es otra de las cosas que si no la hubiese hecho, me hubiese arrepentido. Esas cosas me formaron como individuo. Cuando las vuelvo a hacer me siento joven”.

    La vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo, canta el Indio. Conocedores de su locura, los hinchas le pintaron el año pasado una bandera que reza La vida sin el Villa es matar el tiempo a lo bobo. Esa música es su filosofía de vida. “He dejado de jugar al fútbol por ir, he dejado cualquier cosa. Y lo seguiría haciendo. Ahora el Indio tiene ganas de tocar allá abajo, en Ushuaia.

     

    ¿Vas a ir?

    Y sí, no queda otra.

     

     

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  • Romper estereotipos, por Carla Rizzotto

    Hay voces autocríticas, que piensan el fútbol también fuera de la cancha, que se rebelan frente a vicios enquistados. La de Álvaro El Flaco Fernández es una. El capitán de Plaza Colonia se entrega a una charla cuasi terapéutica, en la que bucea entre los claroscuros de una vertiginosa carrera y examina los códigos prehistóricos de un deporte con poca memoria.

    EL FLACO FERNÁNDEZ, UN JUGADOR CON OPINIÓN

     

     

    Hay voces autocríticas, que piensan el fútbol también fuera de la cancha, que se rebelan frente a vicios enquistados. La de Álvaro El Flaco Fernández es una. El capitán de Plaza Colonia se entrega a una charla cuasi terapéutica, en la que bucea entre los claroscuros de una vertiginosa carrera y examina los códigos prehistóricos de un deporte con poca memoria.

     

    Primer intento, fallido. Segundo intento, frustrado. Tercer intento, malogrado. La promesa de Agraciada empezó a dudar de sí misma. El gurí que la descosía en el pueblo sorianense de quinientos habitantes pensó que quizás no era tan bueno como creía y comenzó a debatirse entre el deseo y la resignación. “Me había ido a probar a varios equipos, pero por H o por B no quedaba”, recuerda. Tenía mucha edad (para el fútbol) y poca esperanza: 18 años y ni miras de jugar en Montevideo. “Te pega duro, porque muchas veces te das cuenta de que podés quedar, pero justo eligen a otro chico que no es tan bueno, o al que capaz le ven otras condiciones, pero en ese momento yo no las veía porque estaba cegado”.

     

    ¿Hay que preparar a los gurises para esas frustraciones, advirtiéndoles que solo llegan unos pocos, y bajar sus expectativas?

    Ahí hay que tener cuidado, porque si les bajás las expectativas quizás les estés coartando el sueño antes de intentarlo. La idea es que lo intenten tomando los recaudos de la realidad o sabiendo los números fríos.

     

    Entre seiscientos y setecientos. Álvaro contaba las bolsas de semillas y abono diarias que descargaba del camión junto a su papá, Obdulio Lorenzo; o los panes y bizcochos que repartía cuando su tío le pedía una mano en la panadería. El ultimátum llegó al repetir tercero de liceo: “Te ponés las pilas con el estudio o te ponés a laburar”.

    El “cumpleaños eterno”, como describe, que vivía de niño en el pueblo, libre de cualquier obligación y peligro, estaba terminando. Pero, como esa vela de la torta que persevera y sigue encendida sin intención de apagarse, él no dejaba ir la ilusión de ser un futbolista profesional. “Se me dio la oportunidad de jugar en la selección de Colonia y salimos campeones. Ahí me vio un representante y me llevó a jugar a la B de Montevideo”.

    Perdió la cuenta de cuántas valijas armó y desarmó para estar en quince clubes, de doce ciudades, de siete países. De Uruguay a Portugal, de Portugal a Chile, de Chile a Estados Unidos, de Estados Unidos a Catar, de Catar de vuelta a Uruguay, y de nuevo a Estados Unidos. Más tarde a Argentina y, finalmente (al menos por ahora), a Uruguay. Hay una cuenta que no falla: en 2005 era campeón de la Liga amateur en Colonia y en 2010 era cuarto en el Mundial en Sudáfrica. “En cinco años me cambió la vida”, expresa.

     

    ¿Cuál fue el cambio que más te costó asimilar?

    La verdad, el más vertiginoso fue irme de Agraciada a Montevideo. Desde mi casa hasta el otro lado del pueblo lo hacía en diez minutos caminando, y pasé a vivir en el barrio Maroñas, donde tenía que tomarme dos ómnibus y salir de madrugada para llegar de mañana al entrenamiento en la otra punta de la ciudad. Dejé de ser Alvarito, un mimado del pueblo, para no ser nadie en Montevideo.

     

    ¿En qué club te sentiste más cómodo, profesional y personalmente?

    No tengo dudas de que mi equipo es y será Seattle Sounders. Y mi segunda casa, Seattle. Es la ciudad donde mejor la pasé, hice una cantidad de amigos, gané títulos. Tuve la posibilidad de regresar después de unos años, ya con mis hijos más grandes, y volvimos a salir campeones.

     

    La MLS no tiene muy buena prensa, ¿cuál es tu visión de la liga estadounidense?

    Ha cambiado muchísimo. Cuando fui por primera vez [2010] llevaban jugadores más veteranos, de renombre. Pero cuando volví, en 2016, había jóvenes con gran proyección, jugadores de Boca, River, Nacional y Peñarol, algo impensado unos años atrás. Eso habla de una liga que crece a pasos agigantados. A eso se suma lo positivo que tienen ellos: una infraestructura y organización impresionantes. Además, es súper competitiva, porque a último momento todos los equipos tienen chances de meterse en una liguilla y pelear el campeonato. Por más que uno se despegue al principio con muchos puntos de diferencia, al final lo que importa son los cruces y ahí es mano a mano.

     

    ¿Catar fue el gran contraste?

    Sí, porque el fútbol no es tan bueno y no va gente a los estadios. Pasé de jugar en Seattle, donde en cada partido había 45 mil hinchas, a jugar en Catar [Al-RayyanSports Club], donde había 150. El único día que se llena el estadio es en la final de la Copa Príncipe de la Corona, cuando el príncipe asiste al partido y la gente lo va a ver a él. Del juego ni se enteran porque todos están mirando hacia el palco del príncipe. Los días de partido, el rezo se hacía en el entretiempo para que no coincidiera con el juego, entonces en el vestuario estábamos los extranjeros y el técnico [que en ese momento era Diego Aguirre], y los cataríes, en la mezquita. En ese sentido era extraño. Igual, lo que más me impactó fue el rol de la mujer, que tenía que caminar atrás del hombre, que no podía demostrar cariño en público. Por suerte son cosas a las que no estamos acostumbrados.

     

    ¿Viviste algún episodio complicado?

    En Argentina, con la barra brava de uno de los equipos, donde hubo armas dentro del vestuario. Era un terreno desconocido, nunca había vivido un apriete, más allá de algún pedido de camiseta acá en Uruguay o alguna boludez, pero nada comparado con lo que me pasó allá.

     

    ¿Tuviste miedo?

    Lo que más me generaba era incomodidad e impotencia, por el hecho de no poder hacer nada. Pensaba: ¿por qué nosotros nos tenemos que fumar a estos tipos acá adentro si yo no me meto con el trabajo de nadie? ¿Por qué estamos viviendo esto con gente que no tiene que ver con el club? Bueno, en realidad sí tienen que ver, por algo llegan hasta el vestuario.

    Sudáfrica

     

    Fue el único encuentro, de su único Mundial, que jugó desde el arranque. El Maestro Óscar Washington Tabárez lo colocó en el lugar indicado, en el momento justo: el duelo con Ghana en cuartos de final: “Soy un privilegiado por haber jugado uno de los partidos más importantes de la historia de los mundiales”, dice orgulloso. La mano y expulsión de Suárez, el penal errado por los africanos y la picada del Loco: todo eso concentrado en 120 minutos de un viernes 2 de julio. Y Uruguay, semifinalista de la Copa del Mundo. Hablame de felicidad.

     

    ¿Sos feliz en la cancha?

    La frase “Soy feliz jugando al fútbol” es compleja. Yo soy feliz yendo a entrenar, compartiendo el vestuario con mis compañeros, viajando. Ahora, dentro de la cancha rara vez soy feliz. Tenés un montón de responsabilidades y preocupaciones, un equipo enfrente que quiere que te vaya mal, entonces es muy difícil disfrutar. Generalmente es al revés, la pasás mal. Soy feliz siendo futbolista, es la profesión más linda del mundo y vivo de lo que soñé; pero disfrutar los noventa minutos es muy complicado.

     

    ¿Has intentado manejarlo o vivirlo con más disfrute?

    Cuando uno es joven, cree que los nervios o la sensación de malestar antes del partido van a ir aflojando con el tiempo; pero en realidad es cada vez peor, porque la responsabilidad es cada vez más grande. Cuando fui al Mundial tenía 24 años, jugaba tranquilo porque si pasaba algo, a mí no me iban a caer, le iban a caer a Diego Lugano, a Sebastián Abreu, a los más grandes.

     

    No quiero ni pensar, entonces, qué hubiera pasado si la pelota que picó Abreu en el penal terminaba afuera o en las manos del golero africano.

    Si el Locoerraba, seguíamos con chance todavía. Pero si hubiera sido el decisivo y quedábamos fuera del Mundial, la gente y la prensa lo habrían acribillado. Lo cierto es que no era la primera vez que el Loco la picaba en un penal; de hecho, era uno de sus métodos más seguros para convertir y lo usó.

     

    Pregunto porque cuando un jugador la pica en un penal y convierte es Dios, pero cuando no lo hace, recibe el doble de castigo que si la hubiera tirado fuerte contra un palo. En definitiva, la intención es la misma…

    Es una cuestión de forma y de exitismo. Cuando un jugador pica la pelota y el golero la ataja, queda parado en el medio del arco pensando: “Qué papa”. Pero en definitiva es un penal tan errado como el que le pega a toda pata, da en el travesaño y se va a la mitad de la cancha. El resultado es el mismo, pero la forma no. Creo que hubiera estado mal si Sebastián nunca la hubiera picado y lo hubiera hecho ese partido por lucimiento personal, para decir: “Quedé como un fenómeno”. La intención era pasar a semifinales y buscar la mejor forma para hacerlo. Igual, así es el fútbol: un domingo sos un crack y al otro, un perro. Un día sos el mejor y al otro ya no servís. Es con lo que tenemos que convivir.

     

    ¿Te afecta?

    Ya estoy curado, tengo caparazón. Con los años uno va aprendiendo que solo tiene que escuchar a los compañeros, al técnico y a la gente cercana. Obviamente, algunas críticas me pegaban más que otras, pero desde hace años no me entran ni las balas.

     

    ¿Qué te provocan las críticas que está recibiendo Tabárez?

    No me gustó para nada cómo jugó la Selección los últimos dos o tres partidos [se refiere a los encuentros con Venezuela, Paraguay y Argentina por las Eliminatorias a Catar 2022]. Pero eso no significa que el proceso no sirva o que lo hecho hasta acá fue poco. Escuché decir que con los jugadores que tenemos es muy poco haber ganado una Copa América, cuando este proceso logró acomodar un montón de cosas que venían mal de tiempo atrás: tenemos un complejo envidiable, jugadores que se han potenciado y vamos a los mundiales. Hoy parece normal y es casi una obligación, pero yo en el Mundial 94 hinché por Argentina, en el 98 hinché por Argentina y en el 2006 hinché por Argentina. Entonces es muy injusto que se diga que el proceso ganó poco. Sí entiendo que no guste cómo juega el equipo y que debe mejorar, más ahora con la calidad de jugadores que tiene, pero hay que ser memorioso. El proceso no fueron los últimos cinco partidos, es un camino largo y nos ha puesto en las primeras planas mundiales. Después, quienes deban hacerlo, tendrán que sentarse a discutir si el Maestrotiene que seguir o no, si terminó un ciclo o no. Pero poner en tela de juicio el proceso Tabárez es una falta de respeto.

    Las redes sociales

     

    Álvaro es un twittero activo. En la red, @flaco_fernandez se ríe de sí mismo cuando promete que al dejar el fútbol será el doble de Nole, por su parecido físico con el tenista Novak Djokovic; se hace preguntas tales como “¿Si salís segundo, te sacás la medalla o te la dejás colgada? Para mí siempre se deja puesta”. Celebra el #DíaDelOrgulloLGTBIQ con la imagen de un corazón y los colores del arcoíris, y reclama #NiOlvidoNiPerdon el día de la muerte del represor José Gavazzo con la frase: “Lo único para lamentar es que te fuiste sin hablar”.

     

    ¿Tenés algún familiar desaparecido en la dictadura?

    No me tocó vivirlo en carne propia con algún familiar, pero es una causa que me sensibiliza. Nunca es lindo alegrarse por la muerte de alguien, pero que Gavazzo se haya ido sin decir todo lo que sabe me genera bronca, más que nada por los familiares que todavía no saben dónde están sus seres queridos.

     

    ¿Los futbolistas deberían pronunciarse más sobre estas causas, sobre política?

    A mí me gusta hablar y dar mi punto de vista, porque más allá de ser jugador de fútbol, soy un ciudadano más y me gusta pronunciarme. Tal vez la política partidaria no está bueno mezclarla con el fútbol, pero sí hay sucesos sociales que nos involucran a todos y el futbolista debería involucrarse más, sobre todo cuando es de renombre y tiene llegada en la sociedad.

     

    ¿El fútbol ha evolucionado a la par de los cambios sociales tales como el feminismo, la diversidad y los derechos humanos?

    No, ha quedado desfasado. Hoy son seis o siete clubes de Uruguay los que se pronuncian sobre la diversidad o los desaparecidos; los que tienen más fuerza o más gente, no lo hacen. Y acá no estamos hablando de política partidaria, estamos hablando de derechos humanos. La sociedad ha avanzado muchísimo en ese sentido, por suerte; pero el fútbol ha quedado para atrás. Quizás en el feminismo no está quedando tan atrás: el fútbol femenino está agarrando fuerza, hay juezas. Hay costumbres muy machistas todavía en el fútbol, pero están cambiando.

     

    En temas políticos que atañen al propio deporte, ¿hay una postura pasiva del jugador?

    A veces no. Fijate lo que pasó con Nacional cuando fue a Colombia [a enfrentar a Atlético Nacional de Medellín por la Copa Libertadores], se plantó que no iba a jugar [pues había una manifestación en la puerta del hotel donde estaba concentrado]. Pero le dijeron que si no se presentaba suspendían al club por dos años en la copa y lo multaban. Los grandes que manejan el fútbol a nivel económico o comercial a veces no te lo permiten, por más que como jugador quieras plantarte y decir: “En Colombia no juego porque el pueblo está viviendo una tragedia y nosotros vamos a estar pateando la pelota como si no pasara nada”. Fue una vergüenza haber jugado, pero existe un poder y ciertos intereses ante los que el futbolista queda por fuera.

     

    ¿Alguna vez sentiste vergüenza dentro de la cancha?

    Una vez. Fue en San Martín de San Juan. Me peleé con un compañero, le reclamé una jugada, él me respondió. Lo agarré del cuello y lo quise mandar al vestuario. El episodio salió más tarde en los noticieros, en programas de fútbol. Hoy lo veo y me llena de vergüenza, porque no soy así y mi compañero tampoco. A la noche le pedí disculpas. Es una de las situaciones del fútbol que me hubiera gustado borrar, pero pasó.

     

    ¿Qué fútbol hay que construir?

    Un fútbol mucho más inclusivo. Crecimos con ciertos códigos que no están buenos, por ejemplo, que nadie se acuerda del que sale segundo. Llegar a una final cuesta muchísimo trabajo, muchísimo tiempo y no es para nada desmerecedor. Lo que hizo EdiCavani [dejarse puesta la medalla de plata tras perder la final de la última UEFA Europa League] me emocionó mucho porque se la ganó; él y su equipo se sacrificaron para estar ahí, perdieron con un gran rival que ese día los superó. Ganar una medalla en este deporte tan complicado no se da todos los días. Hay muchos vicios de tiempos pasados que siguen quedando en el fútbol.

     

    ¿Son vicios propios o son para alimentar vicios de afuera?

    Un poco y un poco. Hay muchos que se sacan la medalla de plata para que digan “Mirá, está recaliente porque salió segundo”. Otra estupidez instalada es no poder cambiar camisetas en un clásico; me parece totalmente prehistórico y tendríamos que erradicarlo porque hace mal. ¿Cómo no voy a poder cambiar una camiseta con un compañero que juega en Peñarol porque yo tuve pasado en Nacional? Uno quiere la camiseta porque es de su amigo, su compañero, no por la camiseta en sí. Entonces son cosas que se hacen para que el que te está mirando te dé el visto bueno, y en realidad está de menos.

     

    ¿Cómo imaginás este deporte en cincuenta años?

    Ha evolucionado tanto, han cambiado tanto las formas de juego que me cuesta imaginarlo. Pero quizás súper veloz, con jugadores de dos metros de altura, todos marcados, tipo jugadores de fútbol americano. Mucho físico, muy estructurado, medio robotizado. Prefiero quedarme con este fútbol o el de antes. No quiero que sigan inventando nada más.

     

     

     

     

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  • Desde otro lugar, por Mintxo

    Sobran palabras cuando la verdad es implacable: hay un hombre, de baja estatura pero guapo, complicado pero honesto, que está haciendo historia a dos frentes. Por un lado, con su camiseta bohemia está muy cerca de convertirse en el máximo goleador en la historia del club. En otro frente de ataque, es uno de los tantos jugadores que pretenden y exigen un mejor fútbol uruguayo.

    SERGIO CHAPITA BLANCO, DELANTERO DEL MONTEVIDEO WANDERERS

     

    Sobran palabras cuando la verdad es implacable: hay un hombre, de baja estatura pero guapo, complicado pero honesto, que está haciendo historia a dos frentes. Por un lado, con su camiseta bohemia está muy cerca de convertirse en el máximo goleador en la historia del club. En otro frente de ataque, es uno de los tantos jugadores que pretenden y exigen un mejor fútbol uruguayo.

     

     

    ¿Qué supone estar viviendo este momento de lucha y reivindicaciones que está llevando adelante #MásUnidosQueNunca?

    Es algo que nos tomamos como un momento importante para tratar de cambiar algo para el bien del fútbol uruguayo, para que todos los que estamos involucrados, jugadores, ex jugadores, dirigentes, empresarios, hinchas, nos demos cuenta de que necesitamos mejorar y que se puede hacer. Es un tema de convencimiento. Los que creemos, debemos seguir creyendo, y los que no, que se den cuenta de que el único objetivo es mejorar un fútbol que hoy está mal. No hay condiciones buenas de trabajo, hay equipos que no cobran. Necesitamos buscarle una solución. La idea es que estemos todos juntos, pero lamentablemente no se logró.

     

    Mucho se centra en el dinero, pero sos de los que creen que no estamos en un fútbol pobre.

    Claro, yo me la comí y se la comieron varios. Me crié en Wanderers y, por ejemplo,  la recaudación no genera dinero, o si no hay ventas de jugadores no se genera. Pero hoy, gracias a los fenómenos como Suárez, Cavani, Godín, Lugano, Forlán en su momento, que estando afuera venden el producto fútbol uruguayo, además la selección está bien, hay un proceso de Tabárez que consolidó un deporte, un país, a nivel de estar peleando constantemente todo, hay algo para aprovechar, para que todos juntos, los de afuera y los de adentro, aportemos para el crecimiento del fútbol local.

     

    Históricamente hubo reivindicaciones dentro del fútbol, quizá la más famosa de las nuestras haya sido la huelga del 49. Pero las personas y las situaciones cambian. ¿Se puede hablar de una nueva postura, no sólo con las cosas que los rodean, sino frente a la sociedad?

    Sí, hay cosas que están saliendo desde adentro. Apoyar y participar, por ejemplo, en el Paro Internacional de Mujeres lo deja claro. Es una forma de aporte social. Es un tema jodido por los femicidios que han habido últimamente, lo conversamos y había que estar. Era el momento. Después habrá que estar en otras movilizaciones o apoyar otro tipo de reivindicaciones. Son formas de manifestar algo para que quien nos va a ver no sólo vea que corremos atrás de la pelota, sino que queremos aportar algo a la sociedad. Todos, desde el lugar que nos toque, deberíamos involucrarnos un poquito más porque estamos perdiendo los valores o los códigos que nos enseñaron.

     

    Sin ir más lejos, con puntos de contacto o no, en Argentina pasó algo similar: el torneo se demoró en iniciar justamente por reclamos salariales de los jugadores.

    Todo tiene que ver con todo. Equipos que no cobran hace dos o tres meses pasa hace tiempo, allá y acá. Es un asunto que no hay que esquivar. El dirigente está muy en la cómoda de decir “no tengo la plata para pagar”, y no es así. Si sos dirigente, ocupás una posición donde tenés que buscar soluciones, y no venir a decirme que no está la plata, que vas a ver de dónde aparece o que la semana que viene vemos. Si estás en ese cargo buscá los recursos para pagar algo que te comprometiste. Pasa así en todos los ámbitos: un supermercado, una empresa, en shopping. Si vos no le pagás al empleado... Pasa que el jugador a veces es tan noble de decir “bueno, no pasa nada, es el club y lo quiero, hago el esfuerzo, mirá si hago un buen campeonato, me venden y agarro plata”, y no está bien. Acá, desde chico, cada vez que iba a pelear un contrato me decían “no, pero acá la plata no la vas a hacer. La plata está afuera”. Está bien, es verdad, está afuera. Pero acá tengo que vivir y necesito tenerla acá. Creo que nos metimos en una pelea en la que ellos, los dirigentes, tendrían que estar codo a codo con nosotros pero –por distintos intereses– no todos están. Esta pelea también tendría que ser de ellos.

     

    ¿Quedó radicalizado el tema entre los jugadores y los dirigentes de la Mutual? ¿Se perdió el foco que eran los derechos de imagen?

    Sí, claro. Se abrió otra discusión y quedó atrás por lo que se arrancó, que era buscar la solución entre todos: generar más recursos para el fútbol. Hoy estamos en algo que está trancando lo global. Lo que pasa es que lo segundo se dio con base en lo primero. Como el grupo entendió que no estaban dadas las condiciones para que los dirigentes nos vayan a representar a la hora de pelear mejoras, se fue desvirtuando y se llegó a lo que se llegó y es público. Pero el objetivo final, y personal en mi caso, no es ni pelearme con los dirigentes de la Mutual, ni con las empresas ni con los dirigentes de los clubes; el objetivo sigue siendo que entre más dinero a los clubes, se reparta mejor y todos estemos mejor. Hoy, más allá de que venimos tapando baches y remando sin descansar, así como está no es viable.

     

    ¿Cómo se explica que en el pasado acto eleccionario de la Mutual haya votado aproximadamente el diez por ciento del padrón y unos meses después se juntaron casi seiscientas firmas que, entre otras cosas, solicitaron un pedido de nuevas elecciones?

    Te puedo decir lo que me pasó a mí. Yo no tenía ningún problema con los directivos de la Mutual. De hecho iba a todas las reuniones de los jueves a buscar soluciones. Cuando fueron las elecciones hubo una sola lista y yo no estaba en contra de ella. De repente mal yo porque tendría que haber ido a votar igual. Pero no estaba en el país y el apoyo se lo daba porque quería que siguieran ellos. El problema vino con lo que pasó después. Cambiaron las cosas, muchas no me gustaron y no las compartí, así como también te digo, porque no soy necio, que en el pasado hubo cosas que se ganaron y las reivindico. Ahora, cuando pasó esto y demostramos con números que había que buscarle la vuelta, creo que ellos tendrían que haber entendido que el fútbol uruguayo no puede seguir así. No sentimos el espaldarazo.

     

    Abrieron los ojos, se indignaron. Le metieron carne y acción, o sea que no quedó solamente en indignación y se capitalizaron cosas. ¿Por dónde se avizora la solución al problema? ¿Hay plan de acción?

    Sí, creemos con #MásUnidosQueNunca que la solución es estar juntos. Armar las cosas colectivamente como se venía haciendo, porque, ya te digo, en los últimos años era cuando estábamos más alineados jugadores y directivos, y los últimos jueves de cada mes nos juntábamos a discutir; eso era bueno. Hay que volver a eso y ser más críticos. Ahí está lo que se necesita.

     

    Todo es hablar de fútbol, pero quiero traerte un poco hacia adentro de la cancha. En la política como en el juego, ¿la mentalidad por encima del talento?

    Es una mezcla. El talento es innato, pero necesitás lo otro. El que sólo tiene talento o improvisación es un jugador de pelota, no un jugador de fútbol, que es un deporte conjunto con reglas que hay que cumplir. En la vida tal vez sea igual.

     

    ¿Alcanza talento y mentalidad para solidificar y perdurar una carrera como futbolista?

    No. Hay que tener cuidado, constancia, profesionalidad, responsabilidad. Amo tanto el fútbol que es lo que más respeto en el mundo, entonces tengo que entregar todo. Es lo que trato de hacer. Pasé y paso toda mi vida buscando cómo mejorar. Dentro de lo que puedo hacer, le doy todo. La carrera que hice no sólo la logré por las condiciones, sino también por todo el esfuerzo que le puse.

     

    Hablás de tu carreta, ¿te imaginabas algo de lo que te pasó cuando ibas al campito de La Teja?

    No, no. No me imaginaba ni jugar en primera. Eso está bueno. Hoy de repente que, capaz que por la sociedad o por los padres, que inculcan que hay que jugar para llegar, no se ve, pero yo jugaba por divertirme. El primer día que vine a probarme a Wanderers no quería venir. Había terminado el baby fútbol en Carlitos Prado y un técnico amigo había llevado a cinco o seis a probarnos a Cerro. Estábamos bien, contentos, pero al final por un problema con el entrenador decidimos irnos. Estábamos jugando un picado en La Teja, en la calle, está muy bueno de verdad el picado, y caen dos amigos diciendo que había prueba en Wanderers. ¡Pero el partido estaba divino y yo quería seguir jugando! Al final, la mayoría quería ir y no quedó otra que dejar el picadito e ir a la prueba de Wanderers que era en Mauá. Ese día arrancó mi amor con el club.

     

    De La Teja a Wanderers. Contame ese transitar bohemio.

    Fue todo. Desde la octava hasta hoy. Siempre de delantero, por más que una vez jugué de lateral.

     

    ¿De lateral? Estaba lejos el arco.

    Sí. En esa octava teníamos un cuadrazo. En las finales tenía que jugar, pero los delanteros andaban bien, entonces terminamos jugando el enganche, que era Damián Charruti, de lateral derecho, y yo de lateral izquierdo. Imaginate, salimos campeones. Después séptima no hice, pasé a sexta y de ahí hasta primera, donde arrancó el rodar de mi carrera en Wanderers. Es un recuerdo divino. Muchos amigos que por suerte hoy siguen estando. Eso marca más lo que es mi amor por el club, mi amor por el juego, mi amor por el deporte.

     

    De todos los entrenadores que tuviste siempre decís que Daniel Carreño te marcó para siempre. ¿Por qué?

    Por su personalidad, por la forma de sentir el fútbol, por la forma de hacer el juego. Creo que a las dos semanas de que llegó estábamos todos enamorados de la idea. En lo personal, enseguida, más allá de que fue el entrenador con el que más me peleé, fue uno de los técnicos que si me decía: “Sergio, tenés que darte contra ese palo”, no lo pensaba; me daba contra el palo porque estaba convencido, creía en lo que él decía. Ni que hablar que los resultados ayudaron. Nos agarró y nos sacó campeones invictos en cuarta, después subimos, ganamos la liguilla, entramos a la Copa Libertadores. Se dio todo, porque también tenía un grupo de jugadores que entendíamos lo que él quería. Lo defendíamos a morir y él nos defendía a nosotros.

     

    Sos un ícono contemporáneo de Wanderers, has estado buena parte de tu carrera en el club y seguramente vayas a ser el goleador histórico del club. ¿Cómo convivís con eso?

    Si se da, sería algo único, maravilloso, que nunca me imaginé. Nunca fui goleador en las inferiores, pero se fue dando. Por ahí cambié cosas del juego, empecé a ser menos asistidor y a hacer más goles. Un día me dijeron que faltaban veinte, después faltan siete y está buenísimo. Sería hacer historia con el club que amo. No hay muchas más palabras para describirlo.

     

    ¿Qué sabés de Óscar Chelle?

    Los goles que hizo. Podía haber hecho menos [risas]. Lamentablemente no sé mucho de él, nadie me ha contado cómo fue como jugador. Pero hizo algo muy difícil. Hacer 104 goles en un club es algo que no sé cuántos lo lograron en un equipo chico. Es un mérito enorme, en una época distinta. Cuando gente hace tanta historia en el club durante tanto tiempo, si mañana llega a pasarme algo increíble de llegar a los goles que hizo él, también te queda eso: estar tapando a alguien que hizo historia pura en el club.

     

    Has dicho que te gusta mucho conocer la historia de tu club. ¿Cuál es la identidad de Wanderers?

    Wanderers hoy tiene una identidad que arrancó por la época de Carreño. Capaz que antes, pero tengo uso de razón desde ahí. Antes de él el club no estaba bien, había descendido, no podía ascender. Esa es la imagen desde donde yo parto. Daniel hizo un equipo ganador, que se acostumbró a pelear arriba, que empezó a generar el “vamos a ganar jugando” y no como sea. Eso se fue enganchando. Vino Alfredo Arias, que coronó eso con un campeonato, luego vino Gastón Machado, ahora está Jorge Giordano, y el fútbol se mantiene. Hoy se sabe a qué quiere jugar Wanderers.

     

    ¿Lo que más te dolió en la carrera fue perder la final del Uruguayo 2013-14?

    Tuve momentos fuertes. Me tocó quedar afuera de un Preolímpico el día antes, me tocó perder alguna otra final, me lesioné feo alguna vez. Pero sí, ese momento fue el que más me dolió. Aparte se juntó que no la pude jugar porque me rompí la rodilla el día antes, en la práctica, una pelota que no debí ir, pero que por mi forma de ser fui. Estar tan cerca te genera dolor. En su momento me costó recuperarme.

     

    Has dicho varias veces que te cuesta salir del pozo de perder.

    Después de ese día hay una anécdota. Estuve cuatro días en mi casa, sentado en el mismo lugar, con la misma ropa, sin salir a ningún lado. Me bañaba, me volvía a poner la misma ropa y así todos esos días. Fue fuerte. Hoy tengo la tranquilidad de haberle hecho vivir a la gente de Wanderers algo que nunca soñaron. Yo sí, yo lo soñé, yo lo prometí, estaba convencido de que se iba a dar en algún momento. Para Peñarol y Nacional salir campeón de un Apertura o un Clausura no es nada. Pero para Wanderers, para Fénix, para Plaza en su momento, para Rocha, es histórico. Quedamos en la historia del club. Hicimos el camino. No tuvimos la recompensa final, pero tuvimos una recompensa enorme de lograr lo que logramos.

     

    ¿Ese tipo de situaciones refuerzan para adelante?

    Tengo una ilusión muy grande de ganar un Uruguayo. De repente antes no pasaba, sí querías hacer un buen campeonato, entrar a la copa, pero ahora tengo la ilusión de ganarlo, de salir campeón. Sentimos que estamos mucho más cerca que antes. Capaz que no se da, pero está, siento que ya hicimos algo muy bueno y podemos hacer algo mejor.

    Vamos de viaje, ¿te acordás del orden de equipos en lo que jugaste?

    Salí al América de México joven, con veinte años, después San Luis, volví a Wanderers, me volví a ir a México, a Dorados, otra vez Wanderers, luego al Shanghái de China, Nacional acá, otra vez al fútbol mexicano en Querétaro y Necaxa, Wanderers, Patronato en Argentina, volví a Wanderers, Sporting Cristal de Perú y acá de nuevo.

     

    ¿Por qué no se dio Europa?

    Quedó pendiente. Siempre hubo rumores, pero nunca se concretó nada. Cada vez que hubo algo firme de Europa aparecía una oferta de México que rompía todo. México me cambió, me rompió la cabeza totalmente. Ojo, tampoco hubo un equipo de Europa que dijeras “me voy, es ahí”. Es un poco el debe, seguramente, de haber salido goleador uruguayo varias veces y no poder ir a probarme con los mejores.

     

    ¿Qué recuerdos tenés de la selección?

    Estuve y la disfruté mucho, capaz que es lo que más disfruté en mi carrera. Cuando arranca el proceso del maestro Tabárez, que jugué los dos amistosos con Venezuela allá y acá, termino saliendo goleador uruguayo y me sale lo de China. Era perderse un poco, lo sabía, por eso pedí para buscar otro mercado para estar más cerca de la selección. Pero se dio así. Luego se consolidó mucho el grupo de Uruguay y se hizo muy difícil de entrar. A todos, no sólo a mí. Pasa que cuando arrancó ese proceso yo estaba. Antes era un cambio constante, jugabas tres partidos bien o hacías cuatro goles y estabas citado. Después, con Tabárez, ya no. Se cerró el grupo y creo que hizo bien, fue por el bien de la selección y del fútbol uruguayo.

     

    El futbolista, pero en general el hombre, como ícono machista, parece no tener lugar para demostrar tristeza o debilidad, incluso llorar. Pero las hay. ¿Te pasó? ¿Cómo conviviste cada caso?

    Obvio que me pasó. Lo sentí y lo hice. Igual yo tengo un defecto muy grande, que a su vez gracias a eso hice lo poco o mucho de mi carrera. Soy un tipo que disfruta muy poco las alegrías, los logros, y que sin embargo sufre mucho lo otro. Lo bueno es normal, porque me preparo todos los días para conseguirlo, para que me vaya bien. Entonces cuando me va bien lo tomo normal, trabajé para eso. Cuando me va mal, “puta madre, si hice todo para que me vaya bien”, ¿entendés? Ya no creo lograrlo, pero si en alguna parte de mi carrera hubiese logrado ese equilibrio tal vez disfrutaba más de las ganadas. Después, más que nada en Wanderers, sé que buena parte del ambiente está pendiente de mí. Entonces, si yo estoy bajón, que puedo estarlo, en el club no puedo demostrarlo. Si estoy positivo, sí puedo demostrarlo. Te limita el sentimiento real que tenés como persona. Pero es asumir la responsabilidad de saber lo que sos y cuánto repercute lo que hacés.

     

    ¿El Chapa Blanco esposo y padre cómo hizo para conciliar la vida de jugador con la familiar?

    Es muy triste y crudo lo que voy a decir, pero el fútbol está primero. Soy feliz si el fin de semana gano, yo no soy feliz si pierdo, por lo menos me lleva dos o tres días normalizarme para pensar en el próximo fin de semana. Un día, hace mucho tiempo, estábamos paseando por Querétaro con mi señora, íbamos tomando mate y en un momento le digo, así como de la nada: “¿Sabés lo que me hace feliz? El gol me hace feliz. Y ganar”. Y ella me respondió: “¿Y recién te das cuenta?”. La otra bien clara es la del campeonato pasado. Último partido jugando contra Rampla, y Nacional jugando para salir campeón. Nosotros empatamos, y campeón Nacional. Llego a mi casa, muerto, al ratito llega mi hijo y se me viene a los gritos “¡papá, bien, clasificamos a la copa!”. Me da un abrazo y queda sorprendido porque como que no le correspondí la alegría. Me mira y le digo “sí, mi amor, pero no salimos campeones”. Él me repite lo de la clasificación a la Libertadores, se dio media vuelta y se fue. Ahí me quedé pensando que le tranqué la alegría con un mambo mío, también me acordé de que en el vestuario hice lo mismo, cuando ni siquiera dependíamos de nosotros y terminamos entrando a una Libertadores que no estaba ni en los planes. Era para disfrutar y no pude. Me di cuenta de que me equivoqué. Con lo único que me puedo escudar es porque si logré algo no sé si lo hice por las condiciones, seguramente ser así me haya ayudado mucho a lograr algo o a superarme.

     

    ¿Pensás en el futuro, cuando cuelgues los botines?

    Estoy empezando a pensar. Me voy a preparar para entrenador. Me veo en eso, me gusta y necesito estar en el fútbol, ¿será masoquismo? [Se ríe]. He hablado con varios entrenadores y creo que va por ahí. Seba Eguren, que se retiró hace poco, me dijo que está bueno, que cambia la perspectiva. Veremos.

     

    La última: ¿qué hacemos cuando se manche la pelota? ¿Se mancha la pelota?

    Y... el Diego dijo que no. Qué difícil. Cuando se suspende un campeonato por violencia, cuando matan a alguien en una tribuna, no se mancha la pelota pero se mancha el deporte. Es jodido. Y ahora estamos en una situación muy jodida, porque estamos al límite de que lo que está mal parece que está bien. Parece que está bien que si perdés te vayan a apretar o si un rival te canta en contra entonces vas y das la vuelta para pegarle dos tiros o cagarse a piñas, parece que está bien que si tu equipo está perdiendo hagas cosas para suspender el partido. Y no están bien esas cosas. Ya sabemos que un delantero le puede errar al arco, que el arquero se la puede meter para adentro, que el árbitro se puede equivocar. ¿En serio creemos que lo hace de gusto? Yo la quiero meter, el arquero la quiere atajar y el juez quiere cobrar bien. Es nuestro trabajo. ¿Entonces por qué no aprendemos que eso forma parte del juego? Si estás en la tribuna tendrás derecho a juzgar, no digo que no, pero a tirar una piedra, a escupir o a insultar, no. Y lo amparan en el folclore del fútbol. No sé si está bien, el folclore es otra cosa. No puedo concebir, como persona, mañana estar en una tribuna con mi hijo y estar puteando descaradamente a alguien. No lo puedo concebir porque estoy transmitiendo cosas. Bueno... parece que sí, que está bueno transmitir esas cosas y que si mi hijo putea con diez años y yo lo filmo estoy orgulloso de eso. Estamos muy mal en ese sentido y hay que buscar formas de educar más.

    Con 97 goles, Sergio Blanco está a solamente siete tantos de igualar la marca de Óscar Chelle, histórico goleador bohemio. Ambos, además, son los únicos jugadores de Wanderers que han logrado convertir cuatro goles en un solo partido. Chelle se los metió a River en 1947, mientras que Blanco se los hizo a El Tanque Sisley en 2013.

    Pero el Chapa ya es líder de una tabla: la del máximo anotador del fútbol uruguayo en lo que va del siglo XXI. Según datos que nos aportó el propio jugador, es el primero de dicha tabla con 121 goles, anotados tanto en el club bohemio como en su paso por Nacional, dejando atrás a goleadores de la talla de Carlos Bueno, Ignacio Risso, Antonio Pacheco y Alexander Medina, estos tres ya retirados del fútbol profesional.

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  • Mujer detrás del arco, por Patricia Pujol

    Primero se siente, después se sabe. Cuando se empieza a saber, hay que entender que todo en su casa es rojo y amarillo.

    Perica, el cuadro de un presidente y La Teja

     

     

    Primero se siente, después se sabe.

    Cuando se empieza a saber, hay que entender que todo en su casa es rojo y amarillo. Tazas, banderas, banderines, almohadones, llaveros, fotos, cuadros. Después hay que entender que su Progreso, Club Atlético de nombre, no es solo un cuadro de fútbol o un club de barrio, es, acaso, un familiar más.

    También hay que entender que la causa es amplia y profunda, como son las cosas que verdaderamente importan: recibir a niños en un comedor improvisado en algún salón del barrio para darles la leche, porque no tienen, porque no pueden, es parte de sus horas dedicadas a los demás; atender una policlínica barrial, donde asisten muchos de esos niños que toman la leche, también fue parte de su rutina social de vaivén de ayudas y sostenes.

    Hay una murga en este barrio obrero, de casitas bajas, techos de chapa y otros de teja, con un nombre pretencioso, La Reina, y hay un club de fútbol, que tiene en su sede un teatro, que antes tenía otro comedor, que hasta hace unas semanas alojaba una olla popular, en momentos de coronavirus y confinamiento, cuando muchos vecinos, trabajadores formales e informales, quedaron sin su fuente de ingreso y fueron perdiendo las ganas de comer y también la comida para poner en su plato. Cuando las cosas se caen, o se están por caer, Perica está. Todo tiene que ver con todo en La Teja, en 2020, al oeste de las cosas, en Montevideo, en Uruguay. Se teje una trama fina de hilos gruesos que no pasan de moda. Pericadice que no sabría qué hacer si no colaborara, si no se sumara. Y lo que dice es importante: la solidaridad va más allá de cualquier color posible.

    Es domingo por la tarde y está por empezar el partido. Las autoridades del gobierno no permiten el acceso a las canchas de fútbol en Uruguay desde marzo de 2020, alegando medidas sanitarias. El campeonato Clausura se reanudó tarde, después de varios meses de vacío e incertidumbre. Para una hincha de estas dimensiones, las consecuencias son inauditas. La televisión está ya encendida. Ella se sienta en una silla, al borde de la mesa de madera, en diagonal al televisor. De su respaldo cuelga la bandera a bastones rojos y amarillos, heredados de un pasado que fue anarquista, del Club Atlético Progreso. Hoy no está como siempre colgada detrás del arco. El comedor es amplio, integrado con la cocina. A la casa se accede por un largo pasillo, hacia el fondo de otra vivienda más amplia que da a la calle Martín Berinduague. Pericase mudó al fondo para que al frente habitara su hija Nora, que falleció hace algunos años. Hoy viven su yerno, su nueva pareja y una de sus nietas. “Me encanta que estén ahí”, nos cuenta.

    Para hablar de los inicios, hay que saber que sus padres la llamaron Irma Susana Veró. “Tanto nombre para terminar siendo Perica”, se ríe. Muchas veces se ríe y pregunta. Al finalizar sus frases busca la complicidad del interlocutor, pero eso no cierra sino abre la posibilidad de un diálogo: “¿Viste?”, “¿Qué te parece?”. Así se conversa con ella, como quien juega al pingpong.

    Sobre su apodo piensa o cree ‒que a los efectos es casi lo mismo‒ que viene desde la infancia, por haber tenido un peinado al estilo “periquito”. “Yo qué sé”, cuenta divertida. Hace poco cumplió 79 años. Tiene un espíritu de hincha vivaz. Estatura media, robusta, de cara despierta, pelo corto, fino y gris, peinado al costado, cachetes colorados, camina con algo de dificultad, como si le doliera algo al dar un paso largo. Es una de las mujeres que grita sin parar cuando los partidos del gaucho del Pantanoso se disputan como locatario. También tiene una bandera que la nombra: es parte de “Las mujeres de atrás del arco”. Cuenta que junto a ese grupo de hinchas intentaron averiguar cómo patentar el nombre, pero los datos hallados no fueron concluyentes y la iniciativa no prosperó.

    El estadio Abraham Paladino, la cancha de Progreso, está apenas a unas cinco cuadras; ella camina, sosteniendo en su mano la bandera, paseándola, bordeando la planta industrial de la Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland (Ancap), “la refinería”, como la nombran en el barrio, hasta desembocar en el portón de acceso.

    No existe, o para ser más precisos no conozco, hincha de Progreso que se digne de tal sin saber de ella. Tal vez debería ser pregunta de examen para ingresar al club: “¿Usted sabe quién es Perica?” O lo que es fundamental: “¿Usted sabe qué hace y qué ha hecho Pericapor todos nosotros?”.

    Hoy tiene que ver el partido que disputa su equipo, nuestro equipo, con Deportivo Maldonado a algo más de 120 kilómetros, pero desde la distancia de su casa. No habrá una fila de vecinas y vecinos esperando por sus besos, ni banco frío donde sentarse, ni gritos característicos: “¡Saquen, chiquilines!”, cuando la pelota entre en zona de peligro y el arco del cuadro del barrio corra riesgo de ser vencido. Progreso es un ser querido para Perica, una razón para iluminar la existencia. Sin embargo, cuando se le pregunta qué es para ella, suspira como toda respuesta: “Estoy yo hoy, pero antes estuvo Progreso y va a seguir siendo así”. Me quiere decir que ella no es la importante, que es el club, el cuadro, el resto, todos los que construyeron la historia. Y son todas y todos, sí. Cierto. Y también es ella.

    Es domingo, el cielo está gris y se siente un frío húmedo. El sonido de la transmisión se colará por el grabador que pongo sobre la mesa, que intento que pase desapercibido cuando me pregunta si lo que tiene que decir para este texto es “difícil”. Le contesto que no, que no será relevante cómo describa los episodios, que estaremos hablando un rato para entender qué piensa ella sobre ella misma y sobre su trayectoria en el barrio.

    La conozco desde niña. No podría decir desde cuándo. Nací en 1980, época de dictadura militar en Uruguay, rodeada de cosas que no se podían decir mucho, ni alto, ni de ese modo. Aprendimos a hacer piruetas con palabras. A los pocos años, en mi etapa escolar, la democracia volvió y con ella una sensación de barrio movilizado, solidario, compañero. Así lo describían mis padres y así se lo escucho narrar hoy a ella. No con estas palabras, más bien con gestos, con anécdotas que nombran apodos, personas que intentaron mejorar la vida de otros.

    Pericaes tejana desde el 18 de agosto de 1941. No hay demasiados datos, pero sí muchos recuerdos. Segunda hija del matrimonio entre Sofía y Florentino, cuatro hermanos: Sofía, Julio, Ilda, Hugo. “Quedamos dos nomás”, dice. Cursó la escuela primaria en la 170, Ancap, en la misma en que aprendí a escribir y a jugar al fútbol en los recreos. Empezó a trabajar en su casa, cuidando de sus hermanos, cuando murió su padre y su madre quedó sola realizando “los trabajos de limpieza para afuera”. Pericahacía los propios hacia adentro.

    Una casa de lata, “un ranchito” en la calle Ascasubí y Martín Berinduague. Recuerda a su madre yendo al almacén de la esquina de Emilio Romero, con la libreta en la mano, donde anotaba lo que cancelaría con el pago a principio del mes siguiente. Se vivía con lo justo. Se compraba lo imprescindible.

    Cuenta: “Me casé muy joven, con Julio. Tuve a mis cuatro hijos seguiditos, Eduardo, Mariela, Julio y Nora. Tengo cuatro nietos y dos bisnietos. Siempre hice trabajos en la casa, criando a mis hijos.

    Su vinculación con Progreso empezó a través del mayor, Eduardo: “Hizo baby fútbol en varios cuadros de la zona y se fue a practicar a Progreso. Era cuando Progreso estaba en la C. Tuvo una lesión de ligamentos, pero no se recuperó. En ese tiempo ayudamos junto a otros padres, haciendo rifas, kermeses, para comprarles la ropa a los gurises. Ahí ya me quedé, metiéndome cada vez más, colaborando en más cosas. Éramos un grupo de madres que siempre estábamos ahí. Después hubo un tiempo en que íbamos con Julio a cocinar a la concentración de Progreso, hacíamos todo lo que se podía. Me acuerdo cuando Progreso traía a jugadores de afuera. Por ejemplo, al jugador Jacinto Cabrera, de Mercedes, Soriano, que tuvo después un paso por el fútbol español y hasta llegó a jugar en la selección uruguaya. Había una pieza en el club, donde él dormía, que era horrible y nosotros íbamos a limpiar, lavar sábanas. A Jacinto le hice hasta el ruedo del pantalón. Un día en el Estadio Centenario, cuando él ya estaba jugando en Nacional y se enfrentaba a Progreso, le grité: ‘Pobre de vos que nos hagas un gol. Bastante te lavé los calzoncillos’. [Se ríe]. Y vas tomando cariño. También nos pasa con la murga, con La Reina de La Teja. Tenemos la camiseta puesta. Progreso es más que jugar al fútbol, no es pagar la entrada e irte a tu casa, es ayudar a alguien que tiene menos que vos. Salíamos puerta por puerta a vender bonos de diez pesos porque no teníamos para pagar la luz del club, no teníamos un peso. Por eso, cada vez que viene un jugador nuevo, hay que explicarle qué es Progreso”.

    La pandemia pudo haber enseñado muchas cosas. También dejó al descubierto las desigualdades de acceso en las sociedades más desparejas, al sur del sur del mundo: pérdida de fuentes de trabajo, paralización de actividades, ollas populares colmadas de vecinos.

    “Con esto del coronavirus yo no pude salir por ser población de riesgo, pero se me ocurrió pedirle a la gente del club que me trajera las verduras a casa y yo las picaba. Eso sí podía hacer. Fuimos como diez familias de personas mayores que nos apuntamos para eso. Ahorramos pila de tiempo a los que cocinaban. Yo les devolvía todo picadito y los demás atendían en la olla. Esto no lo hacen en todos lados. Progreso es uno más de la familia. Nosotros no sabemos hablar si no nombramos a Progreso. En cualquier conversación sale”, revela Perica

    Sobre el mueble donde está la televisión encendida se ve una bandeja pintada con su nombre. Tal vez ya no sea necesario aclarar de qué colores. Mientras espera el pitazo inicial, clava los ojos en el rectángulo encendido. Se mece sobre la silla: “Está por empezar. A veces pierde Progreso y yo digo: ‘Pobre, Progreso, ¡con todo el sacrificio que hacen!’. Ojalá que ganen, porque se lo merecen. A veces no hay plata para nada y no se llega. Ahora se formó una comisión y se juntó dinero para arreglar los vestuarios, ¿sabés? Dicen que está quedando todo muy lindo. Si no, no te permiten jugar, ¿viste? Nuestros vestuarios son del tiempo de Matusalén y todo es mucha plata, mucha plata”.

    En la pared de la izquierda a la puerta de entrada, al costado del televisor, hay un cuadro. Es una foto de Tabaré Vázquez, presidente de la República en dos períodos (2005-2010 y 2015-2020), fallecido en diciembre de 2020, proveniente del Partido Socialista dentro del Frente Amplio, también nacido en La Teja, doctor en Medicina, presidente de Progreso hasta 1989, año en que salió campeón uruguayo, e intendente de Montevideo en 1990. En la foto, luce su segunda banda presidencial y muestra una sonrisa que parece una mueca. Sobre el vidrio del cuadro, con trazo grueso de drypen negro, el presidente le mensajeó: “Para La Perica, con cariño. Tabaré. Dic. 2017”. Y Perica explica: “Ese cuadro me lo trajo Nacho, el hijo, envuelto en un papel de regalo. Siempre voté al Frente. No teníamos una relación de amigos con Tabaré, pero del barrio nos conocíamos desde cuando era estudiante. Él cuenta que nos juntábamos en una esquina a hablar de Progreso y nos quejábamos de que siempre estaba en otras divisiones, de la B a la C, de la C a la B, y él nos pedía que tuviéramos paciencia. Con el Frente yo ahora no ando, pero soy votante. Antes era más joven y estaba mucho. Ahora me tengo que cuidar. A veces hablo con mis nietos y les digo que vayan pensando a quién van a votar”.

    El partido comenzó y parece parejo. Ninguno de los dos equipos llega con algo de asombro al arco contrario. Van empatando sin goles.

    Por unos segundos queda en silencio mirando la pantalla.

    “Antes yo preguntaba qué jugador era del Frente Amplio. Me gustaba saber y también poder transmitirles algunas cosas. Progreso es un cuadro luchador. Me han dicho que algunos jugadores no tienen mucha idea de la política, que no se habla de eso. Es una pena”.

    La voz del relator interrumpe la charla: “¡Penal para Deportivo Maldonado!”.

    Perica comenta: “Pero qué mala liga, che. [En la televisación reiteran la jugada y se nota un forcejeo en el área]. Lo empuja, claro. ¡Pobre gente! Me imagino a la gente de Progreso… Qué horrible. Los chiquilines… Sufro... ¡Buena, buena! Atajó el golero. ¡Qué alegría!”. 

     

     

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  • El Maestro y el fútbol que nos pasa, por Agustín Lucas

    Una serie de testimonios para revisar la amplitud del proceso de selecciones y el momento actual de cara al Mundial de Qatar.

    El proceso Tabárez: una serie de testimonios para revisar la amplitud del proceso de selecciones y el momento actual de cara al Mundial de Catar.

     

    El fútbol es una máquina de triturar gente, y el fútbol uruguayo es un aparato condescendiente con esa característica. No quiere decir que aquí no exista la belleza. Pero hay un rencor que prima en la psiquis humana cuando defenestramos a los deportistas impunemente y de modo serial con los años. El fútbol, ese sistema al horno, es aún más categórico y violento a la hora de referirse tanto a los más grandes íconos de su historia como a los pequeños ídolos de barrio. Hay un rencor que prima ahí, desde los padres que putean en un partido de baby fútbol hasta los energúmenos que hacen del alambrado un portal de descargas para quienes, de la línea de cal hacia adentro, hacen con esa pasión lo que pueden. Esa hostilidad con los héroes efímeros del fútbol se reproduce por todo el globo como una pandemia. Hay una especie de ansiedad inaudita para que los jugadores se extingan y entonces vengan otros nuevos para elegir. Lo mismo pasa con los técnicos. Úselos y tírelos: úselos en familia cuando gana y tírelos por un empate. Úselos con amistades en un bar y tírelos por quedar afuera. Úselos para ser reconocidos como uruguayos en el mundo entero y tírelos cuando los vea entrados en años.

    Esta no es una semblanza del Maestro Óscar Washington Tabárez ni una mera crítica al usufructo de nuestra pasión como futboleros enmarcados en un mundo globalizado, hostil, futbolero también. Se tratan estas líneas de una serie de testimonios para revisar y revisarnos quienes hablamos de fútbol, quienes vemos fútbol, quienes consumimos fútbol, comemos y bebemos y sudamos fútbol, como decía un viejo eslogan televisivo de una marca de gaseosa segundona. Hay una necesidad de hurgar no solo en la memoria reciente de los últimos quince años, sino en las miles de aristas que ha generado el mentor que más tiempo ha dirigido a una selección nacional en la historia. Y que transformó el fútbol que nos pasa.

     

    Verónica Brunati: “El mejor de la historia”

     

    “Hay que amar mucho al fútbol y a los jugadores para desarrollar la tarea del Maestro. Su legado trasciende al fútbol uruguayo por todo lo que transmitió con los años al frente de las selecciones uruguayas, porque siempre la mira está puesta en lo que hace con la selección mayor, pero él es el pilar del desarrollo de todo el proyecto de selecciones de Uruguay. Y por todo lo que ha transmitido a través de sus enseñanzas, de sus jugadores, en Uruguay debería ser considerado el mejor de la historia. Su legado es el de un hombre imprescindible para el fútbol sudamericano y para el fútbol mundial”. Verónica Brunati, periodista y comunicadora argentina.

     

    Ruben Silva: Compromiso y respeto

     

    “Mi experiencia a nivel de selección es muy corta, estuve apenas una semana concentrado para un partido que le ganamos a Ecuador 5-2 en el Campus. Tuve la suerte de entrar quince minutos, lo que significó el epílogo de mi carrera. El técnico era Roque Gastón Máspoli con Osvaldo Giménez. Ese día nos dijeron que habíamos sido citados jugadores a quienes no les gustaba perder a nada. Y eso también es la selección de Tabárez: jugadores con un compromiso enorme, con un respeto enorme por la Selección. Desde las juveniles hasta primera, esa humildad que nos hace sentir orgullosos a los uruguayos, que nos hace sentir que podemos. El Maestro ha cambiado cosas que hacen que el equipo, el grupo y la gente crean en la Selección”. Ruben Silva, entrenador, futbolista retirado.

    Bigote López: Educación y profesionalismo

     

    “El proceso del Maestro Tabárez es el más revolucionario y transformador que existió. Desde la educación, desde el orden, desde el profesionalismo y desde la forma. Sobre todo, ha encontrado el recambio de jugadores, desde el Cacha o el Ruso Pérez hasta los pibes de hoy que son los mejores del mundo. Lo otro que es un punto tremendo es haber transformado el Complejo Celeste. Antes los representantes deambulaban por ese lugar que es la materia prima más rica de Uruguay”. Bigote López, futbolista de Villa Española.

    Sebastián Fernández: “Dignificó todo el fútbol uruguayo”

     

    “¿Cómo miraba al fútbol la sociedad antes de que Tabárez agarrara la Selección y después? Tabárez fue importante para nosotros como sociedad. Estamos yendo a los campeonatos casi con la obligación de ser campeones y eso era impensado hace quince años. Y más allá de ir y ganar o no el campeonato, el cambio en la mirada de la gente hacia el fútbol, y hacia el jugador de fútbol en particular, dignificó a la camiseta celeste y a todo el fútbol uruguayo”.Sebastián Papelito Fernández, futbolista de Liverpool.

     

    StefaníaMaggiolini: “Generó un clima sano”

     

    “El Maestro hizo despertar esa pasión por la camiseta celeste, la pasión de querer seguirla. Antes la pasión existía, pero no teníamos una línea, una estructura que mostrara la formación desde la juventud hasta la primera división, desde lo deportivo y desde otros aspectos que hicieron que el fútbol sea mucho más sano, mucho más limpio, fue el puntapié inicial para que más niñas empezaran a disfrutar este deporte. No importaba clase social, género, niñas, niños, gente adulta, han sido momentos de mucha felicidad, donde llegamos a festejar –recuerdo un día– hasta con la Policía en la calle. Generó un clima sano, todo lo contrario a un clima de violencia. El Maestro aportó un montón de herramientas desde la estructura que marcaron una línea de trabajo que significó no solamente el modelo de juego sino una serie de políticas de convivencia, de grupo, de llevar la camiseta celeste, que también lo sentimos nosotras como entrenadoras”. StefaníaMaggiolini, futbolista retirada, entrenadora.

     

    Sebastián Domínguez: “Uruguay supo reciclarse”

     

    “Hace un tiempo lo noto cansado y ese cansancio que él tiene es un poco el reflejo del proceso, pero eso no lo convierte para nada en un ser obsoleto, en alguien descartable. Uruguay supo reciclarse, y tener a Cavani, a Suárez y a Forlán tan seguido no es normal para nadie, menos para un país de tres millones de habitantes. Y así, puesto por puesto, vino Lugano, vino atrás Godín, vino Giménez, vino Cáceres. Es muy competitivo Uruguay y eso desgasta un montón. Me generan ganas de darle un abrazo al Maestro, hay que cuidarlo. Porque el éxito es placentero, pero a la vez es desgastante. El legado es comprobar que un proyecto bien manejado a largo plazo da frutos y que el resultado siempre viene después del proceso, del trabajo, no viene antes. Y el proyecto tiene que trascender el tiempo, por una creencia, por un convencimiento, por una identidad, no puede ser solamente sostenido por resultados”. Sebastián Domínguez, futbolista retirado, comunicador argentino.

    Alejandro Capuccio: Los logros del Maestro

     

    “Desde mi punto de vista, el proceso de Selección del Maestro Tabárez es y ha sido muy importante para nuestro fútbol uruguayo. Logró la homogeneización de los procesos de Selección con criterios comunes, con el logro de clasificaciones regulares a los mundiales en todas las categorías. Además, sobre todo después de 2010, alcanzó una identificación de la gente con la Selección que perdura. Después vino el proceso de Copa América de 2011, con miles de uruguayos, entre los cuales estuvo toda mi familia, viajando a Mendoza, Santa Fe y Buenos Aires, llenándonos de recuerdo imborrables. Aumentó el respeto y la valoración de la Selección nacional, volvimos a ganarle a rivales europeos en mundiales, fuimos siempre competitivos y somos una de las selecciones con mejor pressing y plan de neutralización del rival en el mundo”. Alejandro Capuccio, entrenador del Club Nacional de Fútbol.

    Mauricio Larriera: “Mi admiración hacia el proceso”

     

    “Yo a Catar, porque estoy seguro de que vamos a clasificar, le llamaría el último tablado del Maestro. Soy carnavalero y soy murguero. Diría que el Maestro es como el Tito Pastrana, con una murga a la que fue año a año mejorando, cambiando de integrantes, actualizando, mejorando el coro, afinando la batería. Esa murga, incluso, ganó algún título. Pero, como toda murga, trasciende con sus textos, con su forma, con su manifestación y con su conducta todo lo que meramente tiene que ver con el concurso. El legado que nos deja el Maestro trasciende los resultados y es transversal a toda nuestra sociedad, sobre todo por devolver la familia a la cancha, que los niños vean a Uruguay protagonizando un Mundial, cosa que los críticos ven como algo simple por la calidad de futbolistas que hay, pero es mucho más complejo que eso. El proceso es profundo. Volvió el respeto, la organización, el sentido de pertenencia. Mi admiración para un proceso que ha sido integral, y también destaco esa capacidad camaleónica de jugar, adaptándose a los rivales y a la aparición de nuevas figuras. Lo más importante ahora es clasificar al Mundial para que el Maestro tenga ese último tablado. Pero el Maestro debería seguir siendo el director de selecciones en algún lugar donde pueda volcar todas sus experiencias nacionales e internacionales, y a nivel de selección para la Selección misma”.Mauricio Larriera, entrenador del Club Atlético Peñarol.

     

    Kurt Lutman: “Los futbolistas uruguayos lo van a honrar”

     

    “El Maestro Tabárez arrancó criando a la Selección uruguaya en 2006. Digo ‘criando’ porque ya lleva quince años al frente. Hasta cuándo, lo va a decidir él seguramente. Yo siento que es un tiempo que él dedicó como un padre, por eso lo vinculo a la crianza. Quizás se le venga la etapa más difícil, que es cuando uno suelta al hijo, cuando el hijo ya no necesita al padre cerca, porque ya puede defenderse solo o empieza a encontrar otros maestros. Es un momento de mucho dolor porque hay un desgarro, hay un soltar las manos, pero es un momento de mucha fuerza. Los futbolistas uruguayos lo van a honrar así, como un hijo a un padre”. KurtLutman, escritor, futbolista retirado, argentino.

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  • Un debut y una despedida, por Ignacio Alcuri

    El equipo necesitaba la victoria para cortar una racha nefasta, para zafar de las posiciones de descenso y para llevarse unos pesitos de premio, que muchos jugadores habían gastado a cuenta hacía tres empates y cuatro derrotas

    SÍ, LA VERDAD QUE SÍ

     

     

    El equipo necesitaba la victoria para cortar una racha nefasta, para zafar de las posiciones de descenso y para llevarse unos pesitos de premio, que muchos jugadores habían gastado a cuenta hacía tres empates y cuatro derrotas. El panorama era alentador: a los 89 minutos ganaban 1-0 y tenían la pelota, generando ocasiones como para liquidar el pleito. Para esta recuperación había sido fundamental la llegada al equipo del experimentado Henry Malabuena, que se había quedado sin cuadro unos meses atrás y había aprovechado tanto tiempo libre para presidir el sindicato de futbolistas. Sus habilidades para la oratoria se veían plasmadas dentro de la cancha, donde organizaba al equipo desde su posición de zaguero central, mandando compañeros al ataque y reagrupando la defensa cuando los rivales tenían el balón. En un solo partido había logrado cambiarle la cara a ese grupo de mediocres.

    Sin embargo, Henry cometió un pecado mortal para alguien en su línea de trabajo: se engolosinó. Creyó que la mejor forma de cerrar su debut era metiendo un gol y dedicándoselo a la hinchada, así que corrió toda la cancha y pidió la pelota cuando estaba llegando a la otra área. La pidió con esa voz de mando que resultaba irresistible, así que el marcador de punta decidió obedecer la orden, pese a que tenía una opción de pase mucho más clara, y darle la pelota al nuevo capitán.

    Con buena visión del arco contrario, Henry quiso acomodar la pelota con la zurda para rematar con la derecha, pero solamente le pegó al aire. La pelota ya no estaba ahí.

    –¿Dónde...?

    Se dio vuelta y vio al delantero rival haciéndose cada vez más chiquito, corriendo como si su vida (o el premio por empatar un partido) dependiera de ello. Y empezó a correr, persiguiéndolo a lo largo de un terreno completamente vacío, a excepción del pobre arquero que se persignaba debajo de los tres palos. Llegó a acercarse bastante, pero sus 34 años le pasaron factura y quedó sin aire luego de atravesar el círculo central. Cayó al piso y vio la acción desarrollarse en cámara lenta. Un segundo delantero lo pasó por el costado y enfiló al arco para asegurarse el gol. Entraron al área y de un toque dejaron al arquero literalmente sentado en el piso. Hasta que la voz de Henry los dejó petrificados.

    –¡Paro sorpresivo!

    El presidente del gremio había hablado. En la última asamblea general se había votado esa medida distorsiva a raíz de los salarios impagos, y no acatarla los habría transformado en carneros. Así que se quedaron paraditos, mientras el balón se iba por la línea de fondo y el juez pitaba el final del encuentro.

    Se convocó a una asamblea general urgente, que determinó que Henry fuera relevado de su cargo. Los únicos votos en contra fueron los de sus compañeros, que el domingo anterior se habían llevado unos pesitos que la mayoría de ellos se había gastado tres empates y cuatro derrotas antes.

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  • Argentina vs Uruguay en 1916: El comienzo de la batalla del Plata

    La Copa Centenario a jugarse en Estados Unidos, lejos está de mantener las tradiciones de este longevo torneo que tuvo su primera edición en Buenos Aires, Argentina, hace exactamente un siglo.

    Copa América Centenario

     

    Por Pablo Aguirre

    La Copa Centenario a jugarse en Estados Unidos, lejos está de mantener las tradiciones de este longevo torneo que tuvo su primera edición en Buenos Aires, Argentina, hace exactamente un siglo.

    Únicamente el negocio, y la justificación de billetes vedes puede llevar a hacer posible esta sede donde nunca se realizó anteriormente, al ser uno de los países invitados. Recordemos que este torneo sudamericano de selecciones, el más antiguo en su estilo, paseó sus ediciones anteriores por cada uno de los diez países que habitan la parte sur del continente americano.

    Volviendo a aquella oportunidad, en 1916, se festejaba el centenario de la independencia argentina, y para estar a tono con ese clima se organizó un torneo sudamericano, del cual se sabrían mayores detalles–como es el caso del fixture– al arribar cada una de las delegaciones invitadas. Los traslados en aquel momento eran muy dificultosos, para hacernos una idea, la delegación brasilera una vez reunida demoró una semana en llegar a Buenos Aires.

    Otro tanto le habría pasado a Chile, que tuvo que cruzar la cordillera de los Andes en pleno invierno, ya que se jugó en el mes de julio.