Logo

Noticias

ID Name

67


  • Dominar la guinda, por Mauricio Pérez

    Los gritos quiebran el frío de una gélida noche de invierno. Son gritos de aliento mezclados con risas y suspiros de esfuerzo. En las canchas del complejo Guinda! nueve mujeres participan de una intensa práctica de la escuela de fútbol para mujeres adultas, que funciona hace cuatro años de forma ininterrumpida. Un espacio donde ellas y otras aprenden los secretos del deporte más popular del mundo.

    Una escuela de fútbol exclusiva para mujeres

     

    Los gritos quiebran el frío de una gélida noche de invierno. Son gritos de aliento mezclados con risas y con suspiros de esfuerzo. En las canchas del complejo Guinda! nueve mujeres participan de una intensa práctica de la escuela de fútbol para mujeres adultas, que funciona hace cuatro años de forma ininterrumpida. Un espacio donde ellas y otras aprenden los secretos del deporte más popular del mundo.

     

    “Presión arriba, presión arriba. No dejen salir; una a una, una a una. ¡Vamos, vamos! Arriba, arriba”. Denise grita desde el fondo, ordena al equipo, marca el ritmo. Es el final de un largo entrenamiento, en una fría noche de invierno, que incluyó entrada en calor, circuitos técnicos y tácticos, y ejercicios de transición de defensa a ataque y de ataque a defensa. El partido es un cinco contra cuatro: de un lado Denise, Victoria, Cecilia Dos, Mariana y Kathy; del otro, Lorena, Tatiana, Cecilia y Juliany. El equipo con más jugadoras solo puede hacer goles desde dentro del área. Para eso, lo importante es jugar ordenado, achicar espacios, presionar arriba y llegar al arco con pelota dominada. El otro equipo apuesta a la velocidad y la habilidad, al juego atildado desde el fondo, pero sin dar ninguna por perdida cuando toca recuperar el balón.

     

    Guinda! nació cómo un proyecto que, entre otras cosas, fomenta la inclusión de las mujeres en los ámbitos vinculados al fútbol. Comenzó a gestarse hace cuatro años, en 2017, con el objetivo de cubrir un espacio que faltaba: una escuela de fútbol para mujeres mayores de edad. Denise Irigoin y Leticia Pérez son las impulsoras y referentes de ese espacio, que hoy nuclea a un grupo de mujeres de entre 20 y 46 años, que se juntan cada martes para despuntar el gusto no solo de correr detrás de una pelota sino de jugar al fútbol. Jugar en sentido amplio. “Siempre tuvimos ganas de armar algo y viendo que había un montón de gurisas mayores de edad que querían empezar a jugar al fútbol y no encontraban un espacio, decidimos crear esta escuela de fútbol para grandes, para mujeres adultas”, explica Denise. “Fue lo primero que logramos materializar, aun sin saber mucho hacia dónde iba, pero sí con esa idea de buscar fomentar la inclusión. […] Cada vez más mujeres arrancan a jugar al fútbol, algunas con idea, otras sin idea, la mayoría en forma recreativa”, agrega.

    Con el tiempo, ese espacio encontró su sede definitiva, en un predio de dos canchas sobre avenida Pedro Millán. Se expandió con otras ofertas (un taller para goleras y una escuelita de fútbol para niños y niñas) y adoptó su nombre: Guinda! Pero la idea primigenia, la semilla, venía desde muchos años antes. Denise y Leticia fueron compañeras de equipo en Central Español y en Fénix en torneos organizados por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), y estuvieron en el armado de las categorías de niñas y Sub 15 femenino del club de Capurro. Desde entonces les quedaron las ganas de volver a trabajar juntas en proyectos vinculados al fútbol. En medio de ese proceso, se produjo un quiebre positivo para el fútbol femenino, coincidente con el Mundial de 2010 y los logros obtenidos por la Selección uruguaya liderada por Óscar Washington Tabárez. Una especie de boom. “La mujer salió a jugar al fútbol, recreactivamente, y se fueron generando cada vez más espacios para hacerlo”, cuenta Leticia.

    Primero eran espacios difíciles, poco accesibles y amigables. Pero con el tiempo, eso cambió. Actualmente, un torneo de fútbol 5 femenino puede contar con casi cincuenta equipos, lo que habla de la popularidad de un deporte que sigue en ascenso. “Está buenísimo este fenómeno, las chiquilinas están accediendo a espacios que antes estaban vedados”, afirma Leticia. En la escuela de fútbol de Guinda! se entrecruzan las historias de mujeres de distinta edad y con diferentes objetivos. Todos acompañados de una pelota que rueda. Y que pronto será responsable de un grito de gol.

     

    “Falta una en el ala opuesta. Están las dos del mismo lado. Jueguen, jueguen. Con apoyo, falta el apoyo”, grita Denise, que oficia de golera, desde el fondo. Pese a la diferencia numérica, el partido es parejo; pero las llegadas de mayor peligro las genera el equipo en minoría. Una pared entre Tatiana y Juliany deja a la primera de cara al arco; remate fuerte, arriba, contra el palo. Inatajable. Fue el 1-0. La respuesta llegó enseguida. Pase profundo, Kathy que hace de pivot, y descarga con Cecilia Dos, que ingresa al área, sola, sin marca. 1-1. Recién empieza.

     

    Mariana es la primera en hablar. Dice que le gustaba jugar al fútbol desde que era niña, pero que siempre se encontró con la barrera que imponía un deporte reglado para hombres. Hasta que tuvo la posibilidad de jugar un campeonato de fútbol interno que se realizó entre las trabajadoras del Ministerio de Desarrollo Social. En ese equipo también estaba Cecilia Dos. Ambas trabajan en el Inju. Allí conocieron a Denise, que fue la directora técnica del equipo. “En el campeonato te dabas cuenta de que es distinto jugar con alguien que te dirija y que sepa de fútbol, que juntándote con nueve amigas en una cancha”, afirma Mariana. “Yo me defendía bien, pero era muy de recreación; ahí empezamos a aprender un montón de cosas: de táctica, de técnica, y cuando surgió la idea de esta escuela de fútbol enseguida me copó”, agrega.

    Kathy jugó en el Femenino Línea D de Cutcsa en cancha de fútbol 11. “Ahí empecé a jugar al fútbol. Cuando jugaba en el colegio pensaba que jugaba como los dioses y en verdad no estaba jugando, más bien corría la pelota e intentaba hacer un gol; igual en cualquier arco, porque nunca tenía noción de cuál era el mío, siempre tenía que andar preguntando”, recuerda. Según Kathy, sus conocimientos sobre el fútbol se limitaban a lo que miraba en la televisión, en ese equipo aprendió de posiciones, de estructura de juego, y le gustó. Allí le comentaron sobre esta escuela. “Vine a aprender desde cero”, afirma quien ahora está aprendiendo los secretos del puesto de arquera.

    Luciana –que ese martes estaba lesionada y no practicó– llegó a la escuela por intermedio de una amiga. Cuenta que empezó a jugar hace cinco años, cuando con una compañera propusieron organizar un equipo de fútbol femenino en su lugar de trabajo: “Estábamos todas en la misma situación, ninguna había jugado nunca y nos copaba la idea de juntarnos fuera del trabajo. Ahí empezamos. […] Las primeras veces eran cualquier cosa, después llevamos una profe para que nos entrenara; estuvo buenísimo”. Trabajaba en una empresa grande, donde la actividad fue bien recibida, pero se encontraron con esa mirada masculina de “¿qué están haciendo?”. Una vez llegaron a jugar un partido de fútbol mixto con sus compañeros. No fue una buena idea: “Fue cualquiera, te tiraban tremendos pelotazos o querían demostrar todo el tiempo qué habilidosos eran”. Sin embargo, la experiencia fue positiva; se conformó “un equipo lindo”, que aún se sigue juntando.

    Tatiana quería hacer deporte. Primero probó con el handball, después empezó a jugar al fútbol en un club de barrio. “Me sumé y me gustó mucho”. Y en el fútbol se quedó. De a poco aprendió los secretos del deporte y, al ingresar a la universidad, jugó en el equipo de la Facultad de Veterinaria, en el torneo Interfacultades, que “es muy competitivo, hay mucho nivel”. Este año se unió a la escuela. La más joven de todas es Juliany. Tiene 20 años, es venezolana. De chica jugaba en el patio de su casa con sus primos; pero en realidad le gustaba más el béisbol. Recién al llegar a Uruguay empezó a jugar al fútbol con mayor interés. Llegó a la escuela por intermedio de una amiga de Denise que conocía a su madre. Dice que la impresiona cómo juegan sus compañeras y que en este tiempo aprendió muchas cosas que desconocía del deporte. Porque, como coinciden todas, una cosa es jugar al fútbol y otra muy distinta es saber jugar al fútbol.

    “Son dos contra una ahí. Presionen, presionen. Eso, eso, bien ahí. Sigan, sigan. Muy bien”. La presión alta permite recuperar un par de pelotas que terminan dentro del arco, con un toque suave, hacia el arco desguarnecido. La superioridad numérica, por algunos minutos, se hace sentir. Pero el juego sigue siendo parejo. Los dos equipos apuestan por el juego a ras del piso, con un juego a dos toques o de primera. Pelota bajo el pie, pisadas, enganches. También pierna fuerte para trancar y cortar. De repente, un remate de Tatiana pega en el palo, el rebote le cae a Juliany que le pega de primera, su remate vuelve a dar en el palo, pero la pelota cae nuevamente en sus pies. Esta vez no falla. Gol. 2 a 3. Pelota al medio, todavía hay esperanza.

     

    “A veces creés que sabés jugar al fútbol, pero en realidad no sabés”, dice Mariana. Todas asienten con la cabeza. La diferencia refiere no solo a conocer las reglas, sino los secretos del deporte. Las pequeñas cosas que hacen la diferencia. “Se aprende que hay distintas posiciones, cómo te tenés que mover, qué se espera de vos en un partido”, afirma. Esos detalles se perciben en cambios al momento de jugar. En la escuela, Kathy es la golera. “Una vez me metí al arco, atajé algo y quedé”, dice ella. “Porque tiene condiciones, es multifuncional”, acota Cecilia. De a poco está aprendiendo conceptos que desconocía. “Me pasaba que yo [a la pelota] la tiraba con la mano y la tiraba alta, y me decían que la tirara arrastrando, por el suelo, porque si no pica y [quien recibe] se tiene que posicionar para parar la pelota. Pensaba que era pasarle la pelota a una compañera, pero no. Hay que buscar siempre a la persona que está más libre”, señala. “Yo aprendí bastante”, dice Juliany, como “las posiciones o aguantarme duro, porque Ceci Dos me zumba”, cuenta, ante las risas de todas. “Somos las dos puntas [en edad], pero nos marcamos, nos toca jugar una contra la otra”, contesta Cecilia Dos, aunque no reconoce que esa “zumba” sea real.

    La otra Cecilia explica que esos detalles son los que hacen la diferencia cuando se habla de saber jugar al fútbol, y que eso se nota cuando compiten. “El estilo que nos trata de enseñar Denise es el del fútbol sala; hemos jugado contra otros equipos y está bueno, porque en esos lugares queremos demostrar lo que hemos aprendido y ganar; en las prácticas lo tomamos como algo más recreativo”, afirma Cecilia. “Seguimos viniendo a divertinos”, agrega Mariana. ¿Después de aprender a jugar al fútbol es distinto cuando entrás a una cancha? “Sí, porque jugás con personas que juegan a lo mismo que vos. Te das cuenta cuando lo ves”, afirma Mariana.

    “Atentas las marcas. Sigan, sigan, presión. Bien ahí. Ahora jueguen, jueguen. Toquen la pelota. Abrila, abrila, está sola. Bien, bien, jueguen”. El partido sufrió un cambio brusco. Dos goles y el equipo en minoría retomó la delantera en el marcador. Un par de ataques del equipo en mayoría terminaron en gol, pero fueron anulados por haber pateado desde fuera del área. Del otro lado aprovecharon sus situaciones, a partir de paredes construidas entre Cecilia y Juliany, y otro tiro de Tatiana. El cansancio afecta a los dos cuadros. Pero ninguno de los equipos pierde la línea: la pelota sigue girando por el piso, pases cortos hasta encontrar el espacio para el pase profundo, la pelota bajo la suela para facilitar el control, la devolución al jugador que llega de frente, paredes y gambetas largas en velocidad. El fútbol bien jugado.

     

    El fútbol 5 tiene sus propios secretos. El más relevante es el espacio. “Los espacios son más reducidos, tenés que tomar decisiones más rápidas, la marca está más cerca, entonces vos tenés la pelota y la marca ya te vino y tenés que resolver más rápido. Y es mucho más dinámico, porque llegás más rápido al arco rival, el contragolpe es más rápido”, dice Cecilia. “En el fútbol 11 la cancha es más grande y es un fútbol más estacionado; acá es tic, tac, vos, yo, acá, tic, tic, la pelota va así”, agrega Luciana, mostrando el movimiento de la pelota con sus dedos. “Yo jugué fútbol 11 y prefiero el fútbol 5, es más entretenido”, acota Mariana. “Somos cuatro y es mucho más probable que intervengas en una jugada que en el fútbol 11, donde es más grande y hay mucha más gente. [En el fútbol 5] todos defienden y todo el equipo ataca; la defensa está disponible para atacar”, explica Cecilia. Tatiana dice que es un juego más rápido, donde hay que buscar los espacios para distribuir, que la idea es siempre abrir y no jugar apretados.

    En el fútbol 5 el equipo forma con un golero, un líbero, dos alas (o laterales) y un pivot. “Todas hemos pasado por casi todas las posiciones, intentamos aprender en todas las posiciones y ver dónde cada una se siente más cómoda o juega mejor. Todas aprendemos a ser líbero y a ser pivot”, explica Cecilia Dos. Sin embargo, en la conversación con Túnel, quedaron claras algunas posiciones: Cecilia Dos es líbero, su apodo es precisamente por el número de camiseta; Mariana y Juliany juegan de pivot; Luciana y Cecilia, de alas.

    ¿Las pivot son las que hacen goles, las que más se lucen? “No, no, no. Es la que corre para todos lados y toca pocas pelotas, siempre de espalda al arco”, contesta Mariana. ¿Y quién hace los goles? “Seguramente las que jueguen más adelante son las que tienen más posibilidades de hacer un gol, pero no de lucirte; es un juego más de equipo”, responde Cecilia Dos. “El lateral es el que más corre; es el lugar de apoyo, apoyás al defensa y al pivot cuando vas para adelante”, explica Luciana.

    Cecilia Dos, al igual que Mariana, considera que el que más corre es el pivot: “Corrés mucho sin pelota, estás todo el tiempo buscando el espacio para darle opción de pase a la otra persona; estás todo el tiempo corriendo, para adelante, para atrás, para los costados”. Según cuenta, ella empezó jugando de pivot, pero con el tiempo se fue retrasando en la cancha hasta su puesto actual: “El defensa es el que menos corre”, dice riéndose.

    ¿Cuál de los cinco es quien debe jugar mejor con los pies? “Para mí, el pivot”, dice Cecilia Dos. “Para mí, el líbero”, retruca Cecilia. “Los dos son importantes”, salda Mariana. “Es un rombo, y el pivot y el líbero son dos piezas que influyen en cuánto podés generar, los laterales también, sin dudas, pero es más una función de pasarla e ir a buscar la recepción. Capaz que el pivot y el líbero toman más decisiones de hacia dónde va el juego”, agrega Mariana. Y Cecilia suma: “En el juego que nosotras jugamos, que no es tirar la pelota para adelante, sino jugar en largo y desde ahí empezar a distribuir para llegar al arco rival, tirar una pared, triangular, para llegar lo mejor posible, para mí, el líbero tiene la responsabilidad de que el juego empieza en sus pies, y tiene que saber aguantarla, pasarla”.

     

    “No se queden, sigan jugando. Atentas a las marcas. Muy bien, muy bien, bien ahí. Pase largo, pase largo. Bien igual”. El partido se hace de ida y vuelta. La mitad de la cancha es un lugar apenas de tránsito. Los dos cuadros pasan al ataque con vértigo, pero el retorno a la defensa se hace difícil. El equipo en mayoría sigue perdonando jugadas claras de gol, con un par de pases que quedaron largos y otro nuevo gol invalidado. Un lujo de Victoria, pisando la pelota para un lado y para otro y una llegada de Mariana, sola, por el medio, permitieron el gol del empate. 4-4. Juliany respondió con un buen gol contra el palo, 5-4. Se está haciendo la hora, el partido está próximo a terminar.

    Denise cuenta que el fútbol femenino tuvo una evolución muy importante en los últimos años. Junto a Leticia, su compañera de Guinda!, jugaron juntas en Central Español y en Fénix, entre 2003 y 2006, y son testigos del cambio que ocurrió desde aquellos años a la actualidad. Y de los espacios que se abrieron para que las mujeres puedan jugar desde edades cada vez más tempranas. Eso es importante porque practicar un deporte desde niñas hace que se incorporen más rápido habilidades y conceptos, y que lleguen con otros fundamentos de juego a la edad adulta. La idea de la escuela de fútbol para mujeres surgió con esa premisa. “Hay edades en las que uno incorpora muchas más cosas. Cuando pasás esas etapas todo es más difícil, se hace más cuesta arriba. En este grupo todas arrancaron a jugar de grandes, por lo que la idea es incorporar cosas de grande; la idea es que aprendan y que se diviertan”, explica. Y destaca el buen relacionamiento que se genera en un grupo heterógeno, cuyo vínculo central es una pelota de fútbol y el deseo de aprender.

    Sin embargo, pese al transcurso del tiempo, las mujeres aún conviven con comentarios de extrañeza cuando dicen que juegan al fútbol. “Es como algo gracioso, pero ahora ya están acostumbrados”, cuenta Luciana. “Se siente, abundante, ni te digo a mi edad”, acota Cecilia Dos. “Imaginate, vestida de trabajo diciendo: ‘Juego al fútbol en la escuelita’”. Esos preconceptos, dice, eran muchos más fuertes hace algunos años: “Cuando tenía la edad de Juli si decía que jugaba al fútbol había una etiqueta bastante fuerte de que no eras femenina, y tampoco había muchos lugares porque el fútbol no estaba habilitado para mujeres. Siempre me gustaron los deportes colectivos, y si mirás la oferta que hay en los clubes para mujeres, encontrás step, zumba, pero no básquetbol ni fútbol. Y yo quiero jugar a algo, no quiero bailar, no me gusta”.

    Pero todas coinciden que, de a poco, las cosas empiezan a cambiar. Lo resume Cecilia Dos: “Hay una movida que me asombra, vas a cualquier lugar y es común ver mujeres jugando, ya no es un impacto. En el medio de ese proceso veías gente que se paraba a mirar un partido de mujeres y escuchabas decir: ‘Ah, juegan bien’. No se trata de comparar si juegan mejor o no, sino de que todas y todos tengan la posibilidad de jugar, porque está bueno jugar, está bueno encontrarse, tener un espacio de recreación y aprender algo. Si solo fuera un lugar de encuentro no me motivaría, por eso lo de escuelita, de aprender y avanzar”. Por eso está Guinda!, un espacio creado hace cuatro años que sigue dando sus pasos por más inclusión. Porque se aprende toda la vida, porque es mejor aprender jugando.

     

     

  • 66


  • Volver a ser, por Adrián Marcelo López Hernaiz

    No hay que ser una eminencia para afirmar que el fútbol uruguayo es uno de los principales animadores, no solamente a nivel sudamericano sino también mundial. La historia lo avala en cuanto a logros de la Selección: quince títulos obtenidos de Copa América, dos Copas del Mundo ganadas, dosmedallas de oro en Juegos Olímpicos y un galardón de Copa de Oro de Campeones Mundiales, entre otros.

    Trabajo, criterio y sentido común

     

    No hay que ser una eminencia para afirmar que el fútbol uruguayo es uno de los principales animadores, no solamente a nivel sudamericano sino también mundial.

    La historia lo avala en cuanto a logros de la Selección: quince títulos obtenidos de Copa América, dos Copas del Mundo ganadas, dosmedallas de oro en Juegos Olímpicos y un galardón de Copa de Oro de Campeones Mundiales, entre otros.

     

    Esa hegemonía alcanzó su auge en 1950 con el Maracanazo, brillante épica de visitante frente a Brasil en su propia casa, ante la incredulidad de miles de personas presenciando una frustración que dio lugar a un sinfín de mitos y leyendas.

    Con otros impactos, el ser potencia se ratificó a escala de clubes.

    La Copa Libertadores de América, principal torneo de equipos de la Conmebol, lleva al día de la fecha 61 ediciones disputadas en su totalidad (hasta la edición de 2020). Si se hace el desglose, década por década, el palmarés muestra a Uruguay en los primeros planos durante las primeras tres décadas de la competencia: en los años 60, Peñarol se alzó con tres títulos (1960, 1961, 1966); en los 70, Nacional logró el único trofeo (1971); y en los 80 se da el último decenio que ubica al fútbol charrúa alcanzando el máximo lugar del podio: Nacional (1980 y 1988) y Peñarol (1982 y 1987).Fue su década más fructífera. Desde entonces, los años 90 y las dos décadas del siglo XXI lo encuentran vacío en sus vitrinas.

    ¿Cómo podría explicarse este fenómeno?

    Es probable que para ensayar una respuesta deba hacerse un recorrido con análisis sociológico al respecto.

    En los países de la región, el rápido crecimiento demográfico se da en las zonas portuarias, con inmigrantes aprovechando la histórica chance de hacer riquezas hacia fines del siglo XIX y luego escapando de un contexto de guerras al siglo siguiente.

    A tal efecto, tanto Montevideo como Buenos Aires se vuelven destinos inevitables, recibiendo la afluencia de oleadas provenientes de países como Inglaterra, una potencia que si no creó el deporte más popular del planeta, al menos se ha encargado de expandirlo masivamente, siendo fiel a su ideología imperial.

    Con la apertura de numerosos clubes, el fútbol pasó a ser una práctica no solamente deportiva sino también cultural. De allí tiene sentido comprender cómo Uruguay y Argentina devinieron puntales en Sudamérica, con una rica tradición que se consolidó a lo largo del tiempo.

    En esas circunstancias, el rápido desarrollo del fútbol uruguayo comenzó a marcar hegemonía hacia la década de 1920, logró su mayor impacto en 1950, se estabilizó en la década de 1960 y comenzó un lento estancamiento a partir de 1970, para reposicionarse en los años 1980 y luego volver a caer en la década siguiente, atravesando una crisis que aún los clubes no logran revertir pero sí la Selección, en un ciclo que comenzó en 2006 y le devolvió prestigio a la camiseta celeste.

    Por estos días, el aficionado uruguayo está muy expectante al tener a un represente en las semifinales de la Copa Sudamericana, la segunda competencia a nivel clubes de la Conmebol y que aún, en sus 19 ediciones, no tiene como ganador a conjuntos charrúas.

    En las últimas semanas de setiembre, Peñarol medirá fuerzas con Atlético Paranaense de Brasil; y de vencer, enfrentará al ganador de la otra llave, conformada por Libertad de Paraguay y Bragantino, oriundo del Estado de San Pablo. Si la realidad sonríe, el Carbonero disputaría la final a partido único el próximo 20 de noviembre, con sede en el Centenario de Montevideo (elegida en el pasado mes de mayo), casi un guiño del destino.

    ¿Qué significa este posible desenlace?

    Básicamente, la oportunidad de volver a ser.

    En un mundo cada vez más desigual, con mayores distancias entre Europa y Sudamérica, Uruguay asiste al premio de recuperar el prestigio postergado, en parte por malas administraciones y deficientes políticas deportivas que evitaron una consistente estructura organizativa que diera apoyo, difusión y fomento a la práctica futbolística, algo clave para una nación pequeña de poco más de 3 millones de habitantes.

    No es magia sino trabajo.

    No es milagro sino criterio.

    No es ciencia exacta sino sentido común.

    Que los clubes y la Selección den alegrías genera identidad y pertenencia, además de botijas festejando por las calles; o lo que es lo mismo decir, las postales de un futuro que se vislumbra alentador.

  • 65


  • La bandera del Bigote, por Carla Rizzotto

    Otro camino, otra recompensa: cuando juega al fútbol, no lo hace por plata. Cuando pelea por algo, lo hace desde adentro. Así es, un futbolista inusual en un medio obvio.

    Otro camino, otra recompensa: cuando juega al fútbol, no lo hace por plata. Cuando pelea por algo, lo hace desde adentro.Así es, un futbolista inusual en un medio obvio.

     

     

    El torneo de truco se pasó para mañana, así que los veteranos mentirosos tendrán 24 horas más para ensayar las jugadas. En un rincón del salón está todo armado para un festejo de cumpleaños; ya llegaron los invitados, sólo falta el homenajeado. Mientras tanto en una sala a puerta cerrada, intentando esquivar el alboroto, se encuentra reunida la comisión directiva. Es la primera reunión pos regreso a la A.

    Esa cuadra de Camino Corrales está iluminada. Los autos que van y vienen por la avenida José Pedro Varela le dan cierta vida a la esquina. La sede del Club Social y Deportivo Villa Española es inconfundible. El rojo y amarillo de las paredes que dan al frente sobresalen en el monótono paisaje; y desde lejos se alcanza a ver un boxeador pintado en la fachada. Nacido en 1940 como club de boxeo, de ahí surgió el peso pesado Alfredo Evangelista, famoso por haber aguantado 15 rounds de pie ante el legendario Muhammad Alí.

    Santiago López, Bigote, frecuenta esa esquina desde que tiene uso de razón. Se crió en el barrio montevideano elegido por los inmigrantes españoles, aunque recién de grande conoció la historia del célebre luchador uruguayo. “Yo tengo 34 años y él había peleado antes –en mayo del 77 fue el combate con CassiusClay–; mi viejo sí se acuerda bien. Pero el año pasado Alfredo –nacionalizado español– volvió a Montevideo, con mi barra de amigos le hicimos un video a modo de homenaje y diseñamos la camiseta de fútbol con su cara. Ahí me enteré de su grandeza”.

    Con la pelota o la onda, Bigote pateó cada calle del barrio, el de Funsa y del demolido Cilindro. “Cuando había básquet todo el barrio estaba ahí. Me acuerdo del sudamericano que ganó la selección uruguaya, éramos chicos y nos colábamos, hacíamos un relajo bárbaro”, suelta frente al esqueleto del Antel Arena. Él, al igual que muchos villeros de ley, se buscó un lugarcito detrás del vallado para ver la demolición del viejo estadio. “Sonó el impacto de la bomba y en dos segundos no quedó más Cilindro. Fue bastante triste”. Pero el barrio no perdió vida, dice, “vamos a ganar mucho más con el Antel Arena que con el Cilindro como había quedado” después del incendio.

     

    ¿Qué cambió en el barrio desde tu infancia a estos días?

    La gente. Se perdió la reunión, el verse cara a cara. Ahora somos amigos por WhatsApp, y está de menos. En nuestra banda tratamos de encontrarnos en la sede al menos dos veces por mes, además de hablarnos mil cosas por WhatsApp.

     

    Bigote elige una mesa, la más apartada del festejo. La parrilla marcha esta noche de lunes a ritmo de fin de semana. De repente aparece un directivo, se acerca y saluda con un beso. Luego otro, pues otro beso; y así hasta completar el cupo.

    Entre beso y beso, Santiago cuenta que la sede es como su casa, y a esa altura ya resulta obvio: “La cantina está abierta desde el año pasado que la agarró mi cuñado, pero estuvo como nueve años cerrada. A un amigo nuestro lo mataron ahí en la puerta, no andaba en buenas cosas, como diría el Indio Solari, ‘venía rápido y se le soltó un patín’. Lo vinieron a buscar a la sede y no tuvo escapatoria”. Ahora sólo amigos y familia, aclara. Su compañera Natalia y su hija Mariana –de cuatro años– son las primeras. “Igual me calienta cuando dicen que el barrio es zona roja, me enferma. Yo ando por todos lados, estoy enamorado del barrio. Elegí comprarme mi casa acá; es mi lugar en el mundo”.

    No tiene ningún cargo en el club, ni quiere tenerlo, al menos no el de presidente. “¿¡Estás loca!? No, está heavy”.

     

    ¿Qué está heavy?

    El fútbol en sí. Me tiene un poco harto el sistema. Y siendo presidente tenés que lidiar con el sistema todo el tiempo. Peor.

     

    Desde que volvió de Guatemala amaga con dejar el fútbol. “La nena crecía allá, mientras mi viejo envejecía acá sin poder verla. Entonces en un momento con mi mujer nos preguntamos: ¿vale la pena cambiar plata por felicidad? Nos fuimos de viaje a Cuba y encontramos una realidad que nos refortaleció la idea de que no se tranza felicidad por plata, regresamos a Guatemala, rescindí el contrato y nos fuimos”.

    Jugaba en el Club Social y Deportivo Municipal, uno de los equipos guatemaltecos más ganadores, con siete millones de socios –agrega Santiago–. “Me reconocían en todos lados. Al principio andaba en ómnibus, y cuando subía todos me miraban. ¡Tenía que firmar autógrafos en el bondi!”.

    Lo deslumbró el paisaje volcánico y la vegetación; el contraste socioeconómico le impactó. “Niños cargando azúcar, descalzos, con ampollas en los pies. Y Mercedes último modelo que ni siquiera existen acá, pasándoles como si nada por al lado”.

     

    ¿Tuviste miedo alguna vez?

    Yo soy bastante kamikaze en ese sentido, mi señora es remiedosa, pero cada día que tenía libre recorríamos, y nunca nos pasó nada. Jamás vimos un hecho de violencia. Pero que existían, existían; porque prendíamos la tele y chorreaba sangre.

     

    ¿Pensás qué sería de ustedes si se hubieran quedado allá?

    Hubiese seguido jugando, no nos iría mal, tendríamos un poco más de dinero. Capaz que en el fondo seríamos unos infelices. Pero no me lo cuestiono. Somos felices donde estamos.

     

    Es que en el barrio no es Bigote a secas, es el Bigote de Villa Española, que no es lo mismo. Aunque siempre intente ponerse a la misma altura que el resto, sabe que es un referente. Por algo el presidente Fabián Umpiérrez pensó en él cuando se propuso poner al cuadro en carrera. “Volví de Guatemala sin querer jugar más al fútbol. Pero en una comida de cumpleaños del club, Fabián me comentó que iban a volver a la C. Habían jugado un amistoso con Basáñez y les había encajado cuatro goles. Era un desastre. Me dijo ‘no aguanto perder, armate una barra’. Hablé con Fernando Cañarte, El Caña, y ahí nos embarcamos en esta locura de llevarlo a la A”.

    No quedaba otra que ponerse la camiseta, “no me cabía la idea de no hacer nada desde adentro siendo hincha del club, me parecía hipócrita de mi parte”.

    Sumaron a Damián Santín, a Pablo Silva de las inferiores, a Martín González, todos identificados con los colores. “Y después pibes del barrio que habían jugado en el interior y eran hinchas”. Con un mismo objetivo: subir escalón por escalón hasta llegar a la máxima categoría. “Hoy se logró, pero si no se hubiese logrado, igual lo hubiésemos disfrutado. Estuvo bueno pasar por las tres categorías, fue tremendo aprendizaje”.

    ¿Cuáles son las diferencias más notorias entre una y otra categoría?

    De la C a la A hay un abismo. El fútbol es amateur de verdad, jugábamos contra pibes que ni siquiera entrenaban, era drástico. Les hacíamos seis goles a algunos cuadros. En el cuadrangular final éramos todos bastante parejos, si bien llevábamos una diferencia sobre el resto, eran partidos complicados. Además nosotros éramos el grande de la divisional, no podíamos fallar. Entre la B y la A, la B es mucho más difícil. Es una divisional jodida, a nosotros nos costó. El primer año no pudimos ascender y lo hicimos el segundo. Se marca mucho, los pibes están con hambre de gloria, saben que el único salvavidas es ascender, entonces te arrancan la cabeza. En la A se juega más, es más vistosa.

     

    ¿En cuál te sentís más cómodo?

    A mí me encantó la C. Me gustó mucho ir por todos los barrios, jugar en canchas horribles pero en los barrios. La B también tiene lo suyo. De la A me gusta ir a jugar al Tróccoli, por ejemplo; pero el Centenario no me gusta mucho. Lo mío son las canchas chicas, con el tejido cerca, que te comés una puteada. En el primer partido de este campeonato, contra Rampla en el estadio Obdulio Varela, un rato antes salí a dar una vuelta por el barrio. La gente cuelga banderas, tiene una mística, me llena eso.

     

    “¿Te querés matar, no?”, le dice uno en la sede. “Y sí, ni me hables”, contesta Bigote al pasar, sin ánimos de ir más allá. Ayer era Su partido –su, con mayúscula–, el del regreso a la A, una meta que lo había mantenido enfocado e ilusionado los últimos tres años. A él y a todos los villeros. “Era como sacarme un peso de encima, sabía que cuando comenzara a rodar la pelota, el objetivo estaba cumplido”.

    Pero ya sabemos que el fútbol, además de hermoso, es ingrato; y justo en la vuelta, a Santiago le tocó mirarla desde el banco. Entró ocho minutos, y la bronca le puede durar ochenta años. “Lo que pasa es que yo había germinado una semillita, la flor era este primer partido, y no pude verlo desde adentro de la cancha. Me pareció demasiado injusto, aunque queda feo que yo lo diga”. Cuando habla de sí mismo se siente egocéntrico, por eso “te lo traslado a otro equipo, a otro futbolista, que con lo emblemático que es tendría que jugar. Si pierde o gana es lo de menos, ponelo y que disfrute de que volvió a la A”.

     

    ¿Alcanza con un buen cuadro para volver a la A?

    No, no. Hay un par de factores clave: primero, una buena gestión de la directiva desde el punto de vista económico es fundamental. Y segundo, el sentido de pertenencia de los jugadores hacia el club, el amor a la camiseta. Creo que aun con una buena gestión, sin el sentido de pertenencia no se hubiera logrado.

     

    ¿Está bien que los jugadores tengan que levantar un club o esa es una responsabilidad exclusiva de los dirigentes?

    Creo que los jugadores se tienen que involucrar en el juego; porque además de deportivo es un juego político y económico, y los futbolistas no pueden mirar para el costado. Por eso cuando se involucraron los jugadores de la selección en el tema del sponsor de la camiseta, está de más. Equivocados o no, cada uno tendrá su opinión, pero a mí me encanta que lo hagan. Me encanta que Godín, que es el capitán celeste, se esté preocupando indirectamente por mí. Hasta ahora no habían alzado la voz, no se involucraban con el fútbol uruguayo; me parece que se hartaron y yo los aplaudo.

     

    Villa Española votó en contra de la propuesta de Nike…

    Sí, y no estoy de acuerdo. Pero es difícil juzgar a Villa Española cuando antes tenía deudas con un montón de empresas. A veces jugábamos gracias a Tenfield aunque nos estábamos embargando. Son decisiones difíciles. No comparto la de la directiva en este caso, pero tampoco la juzgo ni ahí. Si yo tuviera que votar lo haría en contra del sistema, pero yo no soy nadie.

     

    La conciencia antisistema no se gesta de un día para el otro, es un proceso mental y emocional de años. En verdad, este futbolista antisistema que insta a sus colegas –sobre todo a los principiantes– a pelear por sus derechos y a no dejarse pisotear por los oportunistas, aceptó en sus inicios un sueldo de 650 pesos en la mano. “En el fútbol no había un sueldo mínimo, era el mínimo nacional, 1.200 pesos. Te descontaban 550 y te quedaban 650. Esta anécdota siempre la cuento: iba en bicicleta a la AUF a cobrar el sueldo, el presidente era Eugenio Figueredo y tenía un lugar reservado en el garaje para estacionar su auto. El tipo de seguridad no me dejaba poner la bici justo en ese lugar, pero yo no le daba bola. ‘Este mamadera se llena los bolsillos con plata que yo genero, tengo que venir en bicicleta a cobrar 600 pesos y este se la lleva toda’, pensaba. A la cuarta vez, imaginate. Era una baraja yo también. Con otros compañeros nos tomamos un par de cervezas, fuimos a cobrar, arrancamos el cartel de Figueredo; le queríamos pegar al de seguridad, no cobramos el cheque; fue cualquiera”.

    ¿Por qué fuiste gestando esa conciencia?

    En mi vida siempre fui bastante radical con algunas cosas, y en el fútbol viví experiencias que me llevaron a pensar así. Se llenan los bolsillos gracias a mí, eso está mal, es impresentable. Fui creando ideas en mi cabeza, y hoy de grande tomo más la bandera y me animo a decir cosas. No me lo inculcaron en el baby fútbol, aprendí porque la pasé mal, porque mis compañeros la pasaron mal, y porque había cosas que no me gustaban. Fue un aprendizaje de vida.

     

    ¿Qué no te gustaba?

    Qué no me gusta, querrás decir. No me gusta que los pibes no cobren, no me gusta que la pasen mal, no me gusta que tengan que salir a laburar con la ilusión de jugar al fútbol, no me gusta que el sistema juegue con esa ilusión. Y sin embargo, la pelota sigue girando.

     

    ¿Cuál es la ilusión?

    Ser Suárez. El hecho de pensar: hoy la paso mal pero mañana la puedo pasar bien. Yo prefiero que la pase bien y alegrarme si el día de mañana es Suárez, a que la pase mal para ser Suárez. La ideología no es esa, se puede pasar bien y ser Suárez.

     

    ¿Pasarla mal en qué sentido?

    En todo. En bañarse con agua fría, entrenar en canchas deplorables, tener que salir a laburar para comer.

     

    ¿Te hubiera gustado ser Suárez?

    No, horrible, detestable. Debe ser un infeliz, pero en el buen sentido. Me parece un genio, un crack, pero cuando no podés hacer cosas que los demás pueden hacer me parece que sos un infeliz. Si yo no pudiera ir a un almacén a comprarle un chocolate a mi hija y tuviera que ir un tipo de seguridad en mi lugar, me sentiría bastante infeliz. Esa vida te la regalo. El Indio Solari dice que cuando la persona se come al personaje no hay vuelta atrás. A ellos se los come el personaje. Nadie conoce al Luis Suárez verdadero, todos conocemos al que nos muestra. Aunque es verdad que rompe con toda la imagen de jugador de fútbol, porque es un loco que llora en cámara, que se enoja, patalea. Esa parte sensible es divina. Pero no me gustaría llevar su vida, me mato. A mí a veces me embola ser el Bigote de Villa Española, imaginate.

    Las cosas a medias no le van. Si participa en una reunión general de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, es el primero en levantar la mano para dejar sentada su opinión. Sin embargo, jamás tuvo un cargo en el sindicato. “Siempre increpé a la mutual, pero en el buen sentido, de una forma constructiva; cosas que me parece que están mal y hay que cambiarlas. Pero habría que empezar a cuestionarse de cambiar el sistema desde adentro; no tanto opinar sino construir. Entrar sería una opción, hoy no la pienso, quizás mañana. Si tengo la posibilidad de llegar a un jugador de fútbol lo voy a hacer, pero no sé si me pondría a pensar en armar una lista. Sé que hay que pelear contra un sistema jodido y perverso, eso me embola un poco”.

     

    ¿Sirve la mutual?

    Sirve. Los jugadores la respetan mucho. Creo que no crea muchas políticas sociales, es ahí donde hay que apuntar: a crear semillas que luego den su fruto. Pero a la hora de reclamar, la mutual se sienta y logra que cobres. Tiene una forma muy dinámica, implementada hace mil años. Lo que yo planteo es algo más profundo, que creo es a lo que apunta la selección: “no seamos la selección pateando la pelotita”. Ellos están planteado algo drástico: “eduquémonos, vamos por acá, no peleemos cosas por pelear”. Entendamos que es un deporte, entendamos que es un negocio y participemos. La mutual no participa, deja que se haga. Deja que algunos partidos se jueguen a las doce del mediodía. No, mi amor, a las doce no. La mutual tiene que ser amiga de la AUF, la AUF no puede poner un partido a esa hora porque a la tele se le ocurre. El que juega soy yo. Y yo quiero jugar a las tres de la tarde para que mi barrio me acompañe, si vos no lo podés televisar es problema tuyo, no mío. La AUF se rige por un sistema que se llama Tenfield y la mutual no tiene muchas herramientas para meterse en eso.

     

    ¿Hoy es Tenfield y mañana será otro igual?

    Es lo mismo que la puja entre Nike y Puma. Yo digo que Nike no es Robin Hood. Lo tengo claro. No viene a salvar a un pueblo, sino a llevarse la plata de un pueblo. Que deje más plata y que todo sea más equitativo es otra cosa, pero no es Robin Hood. Cuando se vaya Paco –Casal–, van a venir Hugo y Luis. Los intereses van a ser siempre los mismos. Cuando invierten en un negocio es para ganar, no para hacer beneficencia. La cosa es que quede más plata en las arcas de la AUF para que los jugadores se puedan manejar mejor. Esa es la idea, que todos la pasemos mejor.

     

    Una vez dijiste que Maradona era el primer revolucionario del fútbol. ¿Existe un uruguayo revolucionario en este medio?

    Lo dije porque quise hacer una comparación entre Maradona y Messi. Maradona estaba recomprometido con lo social, el loco tenía su bandera y no le importaba vivir en la burbuja del futbolista famoso. Messi vive en otro mundo, le interesa más estar en su burbuja que ver lo que pasa a su alrededor. Fabián O’Neill es un loco lindo. En el sentido de que todo el mundo dice “pah, yo quiero ser millonario, quiero jugar en el Inter” y él no, él “quiero ser feliz”. El loco tiene algo de revolucionario en ese sentido, vive la vida que quiere, no la que le quieren imponer.

     

    ¿Y vos?

    Yo soy un bicho raro, como Agustín Lucas. No sé si somos revolucionarios, porque no nos da para hacer la revolución. No tenemos peso.

     

    ¿Por qué?

    Por no haber jugado en equipos grandes. Hoy en día somos más conocidos por lo que decimos que por lo que jugamos. Si yo hubiese jugado en otras ligas, mi palabra tendría más peso, como pasa con Godín. Lo que dice Godín yo lo dije cincuenta mil notas atrás. No me di cuenta de que Tenfield era una monarquía cuando me lo dijo Godín, yo la viví y la vivo todos los días. Pero él tiene un peso, entonces movió los cimientos. Capaz que Godín es el primer revolucionario del fútbol.

     

    ¿Fue una circunstancia no haber jugado en un cuadro grande o no quisiste?

    En 2008, cuando salí goleador de la B, tuve la chance de ir a los grandes. No se concretó, no sé por qué, pero no me quitaba el sueño tampoco. Creo que no se cumplió porque nunca fue mi sueño; porque en una temporada hice 25 goles, podría haber ido perfectamente. El máximo goleador de la B hizo 27, yo estuve ahí. Las cosas se dan por causalidad, y a mí nunca me inquietó.

     

    ¿Peñarol o Nacional?

    Odio a los dos por igual. Nos han pisado tanto la cabeza a los cuadros chicos que me dan asco. Son los que mandan en el fútbol. Los grandes votan algo, y los chicos van detrás. Te das cuenta en las últimas elecciones; Peñarol tiene seis o siete cuadros que lo acompañan y Nacional lo mismo. Se manejan así, porque se deben favores, ‘te cambio la localía y te doy plata’. Es impresentable que en el fútbol uruguayo los cuadros grandes no se quieran mover de sus canchas, y siempre jueguen en el Centenario. Es joda, yo tengo que ir a jugar a todas las canchas y hay una desventaja brutal.

     

    ¿Qué cosas lindas te dio el fútbol?

    Las ganas y la pasión por una institución.

     

    ¿Qué pueden pelear en la A?

    Tenemos un objetivo claro que es no descender. Para los cimientos del club que estamos generando la meta es no bajar. Después, todo se va dando. Plaza Colonia demostró que no es imposible pelear un campeonato en la A, aunque la historia y los números muestran que pocos equipos chicos salen campeones.

     

    Cuando el cuadro ascendió, Bigote pensó “ya está, me voy por la puerta grande”, pero los colores del club siguieron siendo más fuertes que sus propios deseos. Dice estar en los descuentos como futbolista, ¿qué pasara una vez que tome la decisión? Dará un paso al costado, literalmente. Dejará la cancha para ir a la tribuna, a alentar con el resto de los villeros.

     

    _Por Carla Rizzotto

     

    Ricotero hasta la muerte

     

    Los Redondos tocaron una fibra suya. Dijeron cosas que él quería escuchar, que él necesitaba reivindicar. Los vio por primera vez en vivo a los diecisiete años en Jesús María, Córdoba y alucinó. Es, además de Villa Española, su otro lugar en el mundo. “Llego al toque y me cuestiono pila de cosas. Estamos en un lugar donde todos pensamos lo mismo, y queremos lo mismo. Yo te respeto a vos, vos a mí, son cosas que se pierden en la vida”.

    Decidido a empuñar la bandera del Indio Solari, cada vez que Santiago López convierte un gol muestra la remera de la banda que lleva debajo de su camiseta. “Siento que rompo el molde”, dice. Sólo una vez la cambió por la de Todos somos familiares, en el marco de una campaña para concientizar al fútbol sobre la desaparición de personas en la dictadura y la importancia de no dejarlo en el olvido. “Tengo pensado hacerlo de vuelta, cuando juguemos para la tele en el Estadio, pero con algo más armado. Tal vez un discurso, que diga algo así como ‘hoy hice un gol y mi mamá festeja, pero un día como hoy de tal año, una niña desapareció y su mamá la llora’. Hay que tener un poco más de solidaridad para que al menos aparezcan los cuerpos, enterrarlos y hacer el duelo”.

    Bigote dice lo que piensa y hace lo que siente, le guste a quien le guste. Hizo las inferiores en Villa Española hasta quinta división, se le vino el rock encima y abandonó las canchas por un tiempo. “Me gustaba andar en la esquina con mis amigos, tomar un vino cuando tuviera ganas y salir cuando tuviera ganas. Curtir la cultura de barrio”, cuenta. “¿Si me lo recrimino? ¿Estás loca? No, me encantó. Es otra de las cosas que si no la hubiese hecho, me hubiese arrepentido. Esas cosas me formaron como individuo. Cuando las vuelvo a hacer me siento joven”.

    La vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo, canta el Indio. Conocedores de su locura, los hinchas le pintaron el año pasado una bandera que reza La vida sin el Villa es matar el tiempo a lo bobo. Esa música es su filosofía de vida. “He dejado de jugar al fútbol por ir, he dejado cualquier cosa. Y lo seguiría haciendo. Ahora el Indio tiene ganas de tocar allá abajo, en Ushuaia.

     

    ¿Vas a ir?

    Y sí, no queda otra.

     

     

  • 64


  • Romper estereotipos, por Carla Rizzotto

    Hay voces autocríticas, que piensan el fútbol también fuera de la cancha, que se rebelan frente a vicios enquistados. La de Álvaro El Flaco Fernández es una. El capitán de Plaza Colonia se entrega a una charla cuasi terapéutica, en la que bucea entre los claroscuros de una vertiginosa carrera y examina los códigos prehistóricos de un deporte con poca memoria.

    EL FLACO FERNÁNDEZ, UN JUGADOR CON OPINIÓN

     

     

    Hay voces autocríticas, que piensan el fútbol también fuera de la cancha, que se rebelan frente a vicios enquistados. La de Álvaro El Flaco Fernández es una. El capitán de Plaza Colonia se entrega a una charla cuasi terapéutica, en la que bucea entre los claroscuros de una vertiginosa carrera y examina los códigos prehistóricos de un deporte con poca memoria.

     

    Primer intento, fallido. Segundo intento, frustrado. Tercer intento, malogrado. La promesa de Agraciada empezó a dudar de sí misma. El gurí que la descosía en el pueblo sorianense de quinientos habitantes pensó que quizás no era tan bueno como creía y comenzó a debatirse entre el deseo y la resignación. “Me había ido a probar a varios equipos, pero por H o por B no quedaba”, recuerda. Tenía mucha edad (para el fútbol) y poca esperanza: 18 años y ni miras de jugar en Montevideo. “Te pega duro, porque muchas veces te das cuenta de que podés quedar, pero justo eligen a otro chico que no es tan bueno, o al que capaz le ven otras condiciones, pero en ese momento yo no las veía porque estaba cegado”.

     

    ¿Hay que preparar a los gurises para esas frustraciones, advirtiéndoles que solo llegan unos pocos, y bajar sus expectativas?

    Ahí hay que tener cuidado, porque si les bajás las expectativas quizás les estés coartando el sueño antes de intentarlo. La idea es que lo intenten tomando los recaudos de la realidad o sabiendo los números fríos.

     

    Entre seiscientos y setecientos. Álvaro contaba las bolsas de semillas y abono diarias que descargaba del camión junto a su papá, Obdulio Lorenzo; o los panes y bizcochos que repartía cuando su tío le pedía una mano en la panadería. El ultimátum llegó al repetir tercero de liceo: “Te ponés las pilas con el estudio o te ponés a laburar”.

    El “cumpleaños eterno”, como describe, que vivía de niño en el pueblo, libre de cualquier obligación y peligro, estaba terminando. Pero, como esa vela de la torta que persevera y sigue encendida sin intención de apagarse, él no dejaba ir la ilusión de ser un futbolista profesional. “Se me dio la oportunidad de jugar en la selección de Colonia y salimos campeones. Ahí me vio un representante y me llevó a jugar a la B de Montevideo”.

    Perdió la cuenta de cuántas valijas armó y desarmó para estar en quince clubes, de doce ciudades, de siete países. De Uruguay a Portugal, de Portugal a Chile, de Chile a Estados Unidos, de Estados Unidos a Catar, de Catar de vuelta a Uruguay, y de nuevo a Estados Unidos. Más tarde a Argentina y, finalmente (al menos por ahora), a Uruguay. Hay una cuenta que no falla: en 2005 era campeón de la Liga amateur en Colonia y en 2010 era cuarto en el Mundial en Sudáfrica. “En cinco años me cambió la vida”, expresa.

     

    ¿Cuál fue el cambio que más te costó asimilar?

    La verdad, el más vertiginoso fue irme de Agraciada a Montevideo. Desde mi casa hasta el otro lado del pueblo lo hacía en diez minutos caminando, y pasé a vivir en el barrio Maroñas, donde tenía que tomarme dos ómnibus y salir de madrugada para llegar de mañana al entrenamiento en la otra punta de la ciudad. Dejé de ser Alvarito, un mimado del pueblo, para no ser nadie en Montevideo.

     

    ¿En qué club te sentiste más cómodo, profesional y personalmente?

    No tengo dudas de que mi equipo es y será Seattle Sounders. Y mi segunda casa, Seattle. Es la ciudad donde mejor la pasé, hice una cantidad de amigos, gané títulos. Tuve la posibilidad de regresar después de unos años, ya con mis hijos más grandes, y volvimos a salir campeones.

     

    La MLS no tiene muy buena prensa, ¿cuál es tu visión de la liga estadounidense?

    Ha cambiado muchísimo. Cuando fui por primera vez [2010] llevaban jugadores más veteranos, de renombre. Pero cuando volví, en 2016, había jóvenes con gran proyección, jugadores de Boca, River, Nacional y Peñarol, algo impensado unos años atrás. Eso habla de una liga que crece a pasos agigantados. A eso se suma lo positivo que tienen ellos: una infraestructura y organización impresionantes. Además, es súper competitiva, porque a último momento todos los equipos tienen chances de meterse en una liguilla y pelear el campeonato. Por más que uno se despegue al principio con muchos puntos de diferencia, al final lo que importa son los cruces y ahí es mano a mano.

     

    ¿Catar fue el gran contraste?

    Sí, porque el fútbol no es tan bueno y no va gente a los estadios. Pasé de jugar en Seattle, donde en cada partido había 45 mil hinchas, a jugar en Catar [Al-RayyanSports Club], donde había 150. El único día que se llena el estadio es en la final de la Copa Príncipe de la Corona, cuando el príncipe asiste al partido y la gente lo va a ver a él. Del juego ni se enteran porque todos están mirando hacia el palco del príncipe. Los días de partido, el rezo se hacía en el entretiempo para que no coincidiera con el juego, entonces en el vestuario estábamos los extranjeros y el técnico [que en ese momento era Diego Aguirre], y los cataríes, en la mezquita. En ese sentido era extraño. Igual, lo que más me impactó fue el rol de la mujer, que tenía que caminar atrás del hombre, que no podía demostrar cariño en público. Por suerte son cosas a las que no estamos acostumbrados.

     

    ¿Viviste algún episodio complicado?

    En Argentina, con la barra brava de uno de los equipos, donde hubo armas dentro del vestuario. Era un terreno desconocido, nunca había vivido un apriete, más allá de algún pedido de camiseta acá en Uruguay o alguna boludez, pero nada comparado con lo que me pasó allá.

     

    ¿Tuviste miedo?

    Lo que más me generaba era incomodidad e impotencia, por el hecho de no poder hacer nada. Pensaba: ¿por qué nosotros nos tenemos que fumar a estos tipos acá adentro si yo no me meto con el trabajo de nadie? ¿Por qué estamos viviendo esto con gente que no tiene que ver con el club? Bueno, en realidad sí tienen que ver, por algo llegan hasta el vestuario.

    Sudáfrica

     

    Fue el único encuentro, de su único Mundial, que jugó desde el arranque. El Maestro Óscar Washington Tabárez lo colocó en el lugar indicado, en el momento justo: el duelo con Ghana en cuartos de final: “Soy un privilegiado por haber jugado uno de los partidos más importantes de la historia de los mundiales”, dice orgulloso. La mano y expulsión de Suárez, el penal errado por los africanos y la picada del Loco: todo eso concentrado en 120 minutos de un viernes 2 de julio. Y Uruguay, semifinalista de la Copa del Mundo. Hablame de felicidad.

     

    ¿Sos feliz en la cancha?

    La frase “Soy feliz jugando al fútbol” es compleja. Yo soy feliz yendo a entrenar, compartiendo el vestuario con mis compañeros, viajando. Ahora, dentro de la cancha rara vez soy feliz. Tenés un montón de responsabilidades y preocupaciones, un equipo enfrente que quiere que te vaya mal, entonces es muy difícil disfrutar. Generalmente es al revés, la pasás mal. Soy feliz siendo futbolista, es la profesión más linda del mundo y vivo de lo que soñé; pero disfrutar los noventa minutos es muy complicado.

     

    ¿Has intentado manejarlo o vivirlo con más disfrute?

    Cuando uno es joven, cree que los nervios o la sensación de malestar antes del partido van a ir aflojando con el tiempo; pero en realidad es cada vez peor, porque la responsabilidad es cada vez más grande. Cuando fui al Mundial tenía 24 años, jugaba tranquilo porque si pasaba algo, a mí no me iban a caer, le iban a caer a Diego Lugano, a Sebastián Abreu, a los más grandes.

     

    No quiero ni pensar, entonces, qué hubiera pasado si la pelota que picó Abreu en el penal terminaba afuera o en las manos del golero africano.

    Si el Locoerraba, seguíamos con chance todavía. Pero si hubiera sido el decisivo y quedábamos fuera del Mundial, la gente y la prensa lo habrían acribillado. Lo cierto es que no era la primera vez que el Loco la picaba en un penal; de hecho, era uno de sus métodos más seguros para convertir y lo usó.

     

    Pregunto porque cuando un jugador la pica en un penal y convierte es Dios, pero cuando no lo hace, recibe el doble de castigo que si la hubiera tirado fuerte contra un palo. En definitiva, la intención es la misma…

    Es una cuestión de forma y de exitismo. Cuando un jugador pica la pelota y el golero la ataja, queda parado en el medio del arco pensando: “Qué papa”. Pero en definitiva es un penal tan errado como el que le pega a toda pata, da en el travesaño y se va a la mitad de la cancha. El resultado es el mismo, pero la forma no. Creo que hubiera estado mal si Sebastián nunca la hubiera picado y lo hubiera hecho ese partido por lucimiento personal, para decir: “Quedé como un fenómeno”. La intención era pasar a semifinales y buscar la mejor forma para hacerlo. Igual, así es el fútbol: un domingo sos un crack y al otro, un perro. Un día sos el mejor y al otro ya no servís. Es con lo que tenemos que convivir.

     

    ¿Te afecta?

    Ya estoy curado, tengo caparazón. Con los años uno va aprendiendo que solo tiene que escuchar a los compañeros, al técnico y a la gente cercana. Obviamente, algunas críticas me pegaban más que otras, pero desde hace años no me entran ni las balas.

     

    ¿Qué te provocan las críticas que está recibiendo Tabárez?

    No me gustó para nada cómo jugó la Selección los últimos dos o tres partidos [se refiere a los encuentros con Venezuela, Paraguay y Argentina por las Eliminatorias a Catar 2022]. Pero eso no significa que el proceso no sirva o que lo hecho hasta acá fue poco. Escuché decir que con los jugadores que tenemos es muy poco haber ganado una Copa América, cuando este proceso logró acomodar un montón de cosas que venían mal de tiempo atrás: tenemos un complejo envidiable, jugadores que se han potenciado y vamos a los mundiales. Hoy parece normal y es casi una obligación, pero yo en el Mundial 94 hinché por Argentina, en el 98 hinché por Argentina y en el 2006 hinché por Argentina. Entonces es muy injusto que se diga que el proceso ganó poco. Sí entiendo que no guste cómo juega el equipo y que debe mejorar, más ahora con la calidad de jugadores que tiene, pero hay que ser memorioso. El proceso no fueron los últimos cinco partidos, es un camino largo y nos ha puesto en las primeras planas mundiales. Después, quienes deban hacerlo, tendrán que sentarse a discutir si el Maestrotiene que seguir o no, si terminó un ciclo o no. Pero poner en tela de juicio el proceso Tabárez es una falta de respeto.

    Las redes sociales

     

    Álvaro es un twittero activo. En la red, @flaco_fernandez se ríe de sí mismo cuando promete que al dejar el fútbol será el doble de Nole, por su parecido físico con el tenista Novak Djokovic; se hace preguntas tales como “¿Si salís segundo, te sacás la medalla o te la dejás colgada? Para mí siempre se deja puesta”. Celebra el #DíaDelOrgulloLGTBIQ con la imagen de un corazón y los colores del arcoíris, y reclama #NiOlvidoNiPerdon el día de la muerte del represor José Gavazzo con la frase: “Lo único para lamentar es que te fuiste sin hablar”.

     

    ¿Tenés algún familiar desaparecido en la dictadura?

    No me tocó vivirlo en carne propia con algún familiar, pero es una causa que me sensibiliza. Nunca es lindo alegrarse por la muerte de alguien, pero que Gavazzo se haya ido sin decir todo lo que sabe me genera bronca, más que nada por los familiares que todavía no saben dónde están sus seres queridos.

     

    ¿Los futbolistas deberían pronunciarse más sobre estas causas, sobre política?

    A mí me gusta hablar y dar mi punto de vista, porque más allá de ser jugador de fútbol, soy un ciudadano más y me gusta pronunciarme. Tal vez la política partidaria no está bueno mezclarla con el fútbol, pero sí hay sucesos sociales que nos involucran a todos y el futbolista debería involucrarse más, sobre todo cuando es de renombre y tiene llegada en la sociedad.

     

    ¿El fútbol ha evolucionado a la par de los cambios sociales tales como el feminismo, la diversidad y los derechos humanos?

    No, ha quedado desfasado. Hoy son seis o siete clubes de Uruguay los que se pronuncian sobre la diversidad o los desaparecidos; los que tienen más fuerza o más gente, no lo hacen. Y acá no estamos hablando de política partidaria, estamos hablando de derechos humanos. La sociedad ha avanzado muchísimo en ese sentido, por suerte; pero el fútbol ha quedado para atrás. Quizás en el feminismo no está quedando tan atrás: el fútbol femenino está agarrando fuerza, hay juezas. Hay costumbres muy machistas todavía en el fútbol, pero están cambiando.

     

    En temas políticos que atañen al propio deporte, ¿hay una postura pasiva del jugador?

    A veces no. Fijate lo que pasó con Nacional cuando fue a Colombia [a enfrentar a Atlético Nacional de Medellín por la Copa Libertadores], se plantó que no iba a jugar [pues había una manifestación en la puerta del hotel donde estaba concentrado]. Pero le dijeron que si no se presentaba suspendían al club por dos años en la copa y lo multaban. Los grandes que manejan el fútbol a nivel económico o comercial a veces no te lo permiten, por más que como jugador quieras plantarte y decir: “En Colombia no juego porque el pueblo está viviendo una tragedia y nosotros vamos a estar pateando la pelota como si no pasara nada”. Fue una vergüenza haber jugado, pero existe un poder y ciertos intereses ante los que el futbolista queda por fuera.

     

    ¿Alguna vez sentiste vergüenza dentro de la cancha?

    Una vez. Fue en San Martín de San Juan. Me peleé con un compañero, le reclamé una jugada, él me respondió. Lo agarré del cuello y lo quise mandar al vestuario. El episodio salió más tarde en los noticieros, en programas de fútbol. Hoy lo veo y me llena de vergüenza, porque no soy así y mi compañero tampoco. A la noche le pedí disculpas. Es una de las situaciones del fútbol que me hubiera gustado borrar, pero pasó.

     

    ¿Qué fútbol hay que construir?

    Un fútbol mucho más inclusivo. Crecimos con ciertos códigos que no están buenos, por ejemplo, que nadie se acuerda del que sale segundo. Llegar a una final cuesta muchísimo trabajo, muchísimo tiempo y no es para nada desmerecedor. Lo que hizo EdiCavani [dejarse puesta la medalla de plata tras perder la final de la última UEFA Europa League] me emocionó mucho porque se la ganó; él y su equipo se sacrificaron para estar ahí, perdieron con un gran rival que ese día los superó. Ganar una medalla en este deporte tan complicado no se da todos los días. Hay muchos vicios de tiempos pasados que siguen quedando en el fútbol.

     

    ¿Son vicios propios o son para alimentar vicios de afuera?

    Un poco y un poco. Hay muchos que se sacan la medalla de plata para que digan “Mirá, está recaliente porque salió segundo”. Otra estupidez instalada es no poder cambiar camisetas en un clásico; me parece totalmente prehistórico y tendríamos que erradicarlo porque hace mal. ¿Cómo no voy a poder cambiar una camiseta con un compañero que juega en Peñarol porque yo tuve pasado en Nacional? Uno quiere la camiseta porque es de su amigo, su compañero, no por la camiseta en sí. Entonces son cosas que se hacen para que el que te está mirando te dé el visto bueno, y en realidad está de menos.

     

    ¿Cómo imaginás este deporte en cincuenta años?

    Ha evolucionado tanto, han cambiado tanto las formas de juego que me cuesta imaginarlo. Pero quizás súper veloz, con jugadores de dos metros de altura, todos marcados, tipo jugadores de fútbol americano. Mucho físico, muy estructurado, medio robotizado. Prefiero quedarme con este fútbol o el de antes. No quiero que sigan inventando nada más.

     

     

     

     

  • 63


  • Desde otro lugar, por Mintxo

    Sobran palabras cuando la verdad es implacable: hay un hombre, de baja estatura pero guapo, complicado pero honesto, que está haciendo historia a dos frentes. Por un lado, con su camiseta bohemia está muy cerca de convertirse en el máximo goleador en la historia del club. En otro frente de ataque, es uno de los tantos jugadores que pretenden y exigen un mejor fútbol uruguayo.

    SERGIO CHAPITA BLANCO, DELANTERO DEL MONTEVIDEO WANDERERS

     

    Sobran palabras cuando la verdad es implacable: hay un hombre, de baja estatura pero guapo, complicado pero honesto, que está haciendo historia a dos frentes. Por un lado, con su camiseta bohemia está muy cerca de convertirse en el máximo goleador en la historia del club. En otro frente de ataque, es uno de los tantos jugadores que pretenden y exigen un mejor fútbol uruguayo.

     

     

    ¿Qué supone estar viviendo este momento de lucha y reivindicaciones que está llevando adelante #MásUnidosQueNunca?

    Es algo que nos tomamos como un momento importante para tratar de cambiar algo para el bien del fútbol uruguayo, para que todos los que estamos involucrados, jugadores, ex jugadores, dirigentes, empresarios, hinchas, nos demos cuenta de que necesitamos mejorar y que se puede hacer. Es un tema de convencimiento. Los que creemos, debemos seguir creyendo, y los que no, que se den cuenta de que el único objetivo es mejorar un fútbol que hoy está mal. No hay condiciones buenas de trabajo, hay equipos que no cobran. Necesitamos buscarle una solución. La idea es que estemos todos juntos, pero lamentablemente no se logró.

     

    Mucho se centra en el dinero, pero sos de los que creen que no estamos en un fútbol pobre.

    Claro, yo me la comí y se la comieron varios. Me crié en Wanderers y, por ejemplo,  la recaudación no genera dinero, o si no hay ventas de jugadores no se genera. Pero hoy, gracias a los fenómenos como Suárez, Cavani, Godín, Lugano, Forlán en su momento, que estando afuera venden el producto fútbol uruguayo, además la selección está bien, hay un proceso de Tabárez que consolidó un deporte, un país, a nivel de estar peleando constantemente todo, hay algo para aprovechar, para que todos juntos, los de afuera y los de adentro, aportemos para el crecimiento del fútbol local.

     

    Históricamente hubo reivindicaciones dentro del fútbol, quizá la más famosa de las nuestras haya sido la huelga del 49. Pero las personas y las situaciones cambian. ¿Se puede hablar de una nueva postura, no sólo con las cosas que los rodean, sino frente a la sociedad?

    Sí, hay cosas que están saliendo desde adentro. Apoyar y participar, por ejemplo, en el Paro Internacional de Mujeres lo deja claro. Es una forma de aporte social. Es un tema jodido por los femicidios que han habido últimamente, lo conversamos y había que estar. Era el momento. Después habrá que estar en otras movilizaciones o apoyar otro tipo de reivindicaciones. Son formas de manifestar algo para que quien nos va a ver no sólo vea que corremos atrás de la pelota, sino que queremos aportar algo a la sociedad. Todos, desde el lugar que nos toque, deberíamos involucrarnos un poquito más porque estamos perdiendo los valores o los códigos que nos enseñaron.

     

    Sin ir más lejos, con puntos de contacto o no, en Argentina pasó algo similar: el torneo se demoró en iniciar justamente por reclamos salariales de los jugadores.

    Todo tiene que ver con todo. Equipos que no cobran hace dos o tres meses pasa hace tiempo, allá y acá. Es un asunto que no hay que esquivar. El dirigente está muy en la cómoda de decir “no tengo la plata para pagar”, y no es así. Si sos dirigente, ocupás una posición donde tenés que buscar soluciones, y no venir a decirme que no está la plata, que vas a ver de dónde aparece o que la semana que viene vemos. Si estás en ese cargo buscá los recursos para pagar algo que te comprometiste. Pasa así en todos los ámbitos: un supermercado, una empresa, en shopping. Si vos no le pagás al empleado... Pasa que el jugador a veces es tan noble de decir “bueno, no pasa nada, es el club y lo quiero, hago el esfuerzo, mirá si hago un buen campeonato, me venden y agarro plata”, y no está bien. Acá, desde chico, cada vez que iba a pelear un contrato me decían “no, pero acá la plata no la vas a hacer. La plata está afuera”. Está bien, es verdad, está afuera. Pero acá tengo que vivir y necesito tenerla acá. Creo que nos metimos en una pelea en la que ellos, los dirigentes, tendrían que estar codo a codo con nosotros pero –por distintos intereses– no todos están. Esta pelea también tendría que ser de ellos.

     

    ¿Quedó radicalizado el tema entre los jugadores y los dirigentes de la Mutual? ¿Se perdió el foco que eran los derechos de imagen?

    Sí, claro. Se abrió otra discusión y quedó atrás por lo que se arrancó, que era buscar la solución entre todos: generar más recursos para el fútbol. Hoy estamos en algo que está trancando lo global. Lo que pasa es que lo segundo se dio con base en lo primero. Como el grupo entendió que no estaban dadas las condiciones para que los dirigentes nos vayan a representar a la hora de pelear mejoras, se fue desvirtuando y se llegó a lo que se llegó y es público. Pero el objetivo final, y personal en mi caso, no es ni pelearme con los dirigentes de la Mutual, ni con las empresas ni con los dirigentes de los clubes; el objetivo sigue siendo que entre más dinero a los clubes, se reparta mejor y todos estemos mejor. Hoy, más allá de que venimos tapando baches y remando sin descansar, así como está no es viable.

     

    ¿Cómo se explica que en el pasado acto eleccionario de la Mutual haya votado aproximadamente el diez por ciento del padrón y unos meses después se juntaron casi seiscientas firmas que, entre otras cosas, solicitaron un pedido de nuevas elecciones?

    Te puedo decir lo que me pasó a mí. Yo no tenía ningún problema con los directivos de la Mutual. De hecho iba a todas las reuniones de los jueves a buscar soluciones. Cuando fueron las elecciones hubo una sola lista y yo no estaba en contra de ella. De repente mal yo porque tendría que haber ido a votar igual. Pero no estaba en el país y el apoyo se lo daba porque quería que siguieran ellos. El problema vino con lo que pasó después. Cambiaron las cosas, muchas no me gustaron y no las compartí, así como también te digo, porque no soy necio, que en el pasado hubo cosas que se ganaron y las reivindico. Ahora, cuando pasó esto y demostramos con números que había que buscarle la vuelta, creo que ellos tendrían que haber entendido que el fútbol uruguayo no puede seguir así. No sentimos el espaldarazo.

     

    Abrieron los ojos, se indignaron. Le metieron carne y acción, o sea que no quedó solamente en indignación y se capitalizaron cosas. ¿Por dónde se avizora la solución al problema? ¿Hay plan de acción?

    Sí, creemos con #MásUnidosQueNunca que la solución es estar juntos. Armar las cosas colectivamente como se venía haciendo, porque, ya te digo, en los últimos años era cuando estábamos más alineados jugadores y directivos, y los últimos jueves de cada mes nos juntábamos a discutir; eso era bueno. Hay que volver a eso y ser más críticos. Ahí está lo que se necesita.

     

    Todo es hablar de fútbol, pero quiero traerte un poco hacia adentro de la cancha. En la política como en el juego, ¿la mentalidad por encima del talento?

    Es una mezcla. El talento es innato, pero necesitás lo otro. El que sólo tiene talento o improvisación es un jugador de pelota, no un jugador de fútbol, que es un deporte conjunto con reglas que hay que cumplir. En la vida tal vez sea igual.

     

    ¿Alcanza talento y mentalidad para solidificar y perdurar una carrera como futbolista?

    No. Hay que tener cuidado, constancia, profesionalidad, responsabilidad. Amo tanto el fútbol que es lo que más respeto en el mundo, entonces tengo que entregar todo. Es lo que trato de hacer. Pasé y paso toda mi vida buscando cómo mejorar. Dentro de lo que puedo hacer, le doy todo. La carrera que hice no sólo la logré por las condiciones, sino también por todo el esfuerzo que le puse.

     

    Hablás de tu carreta, ¿te imaginabas algo de lo que te pasó cuando ibas al campito de La Teja?

    No, no. No me imaginaba ni jugar en primera. Eso está bueno. Hoy de repente que, capaz que por la sociedad o por los padres, que inculcan que hay que jugar para llegar, no se ve, pero yo jugaba por divertirme. El primer día que vine a probarme a Wanderers no quería venir. Había terminado el baby fútbol en Carlitos Prado y un técnico amigo había llevado a cinco o seis a probarnos a Cerro. Estábamos bien, contentos, pero al final por un problema con el entrenador decidimos irnos. Estábamos jugando un picado en La Teja, en la calle, está muy bueno de verdad el picado, y caen dos amigos diciendo que había prueba en Wanderers. ¡Pero el partido estaba divino y yo quería seguir jugando! Al final, la mayoría quería ir y no quedó otra que dejar el picadito e ir a la prueba de Wanderers que era en Mauá. Ese día arrancó mi amor con el club.

     

    De La Teja a Wanderers. Contame ese transitar bohemio.

    Fue todo. Desde la octava hasta hoy. Siempre de delantero, por más que una vez jugué de lateral.

     

    ¿De lateral? Estaba lejos el arco.

    Sí. En esa octava teníamos un cuadrazo. En las finales tenía que jugar, pero los delanteros andaban bien, entonces terminamos jugando el enganche, que era Damián Charruti, de lateral derecho, y yo de lateral izquierdo. Imaginate, salimos campeones. Después séptima no hice, pasé a sexta y de ahí hasta primera, donde arrancó el rodar de mi carrera en Wanderers. Es un recuerdo divino. Muchos amigos que por suerte hoy siguen estando. Eso marca más lo que es mi amor por el club, mi amor por el juego, mi amor por el deporte.

     

    De todos los entrenadores que tuviste siempre decís que Daniel Carreño te marcó para siempre. ¿Por qué?

    Por su personalidad, por la forma de sentir el fútbol, por la forma de hacer el juego. Creo que a las dos semanas de que llegó estábamos todos enamorados de la idea. En lo personal, enseguida, más allá de que fue el entrenador con el que más me peleé, fue uno de los técnicos que si me decía: “Sergio, tenés que darte contra ese palo”, no lo pensaba; me daba contra el palo porque estaba convencido, creía en lo que él decía. Ni que hablar que los resultados ayudaron. Nos agarró y nos sacó campeones invictos en cuarta, después subimos, ganamos la liguilla, entramos a la Copa Libertadores. Se dio todo, porque también tenía un grupo de jugadores que entendíamos lo que él quería. Lo defendíamos a morir y él nos defendía a nosotros.

     

    Sos un ícono contemporáneo de Wanderers, has estado buena parte de tu carrera en el club y seguramente vayas a ser el goleador histórico del club. ¿Cómo convivís con eso?

    Si se da, sería algo único, maravilloso, que nunca me imaginé. Nunca fui goleador en las inferiores, pero se fue dando. Por ahí cambié cosas del juego, empecé a ser menos asistidor y a hacer más goles. Un día me dijeron que faltaban veinte, después faltan siete y está buenísimo. Sería hacer historia con el club que amo. No hay muchas más palabras para describirlo.

     

    ¿Qué sabés de Óscar Chelle?

    Los goles que hizo. Podía haber hecho menos [risas]. Lamentablemente no sé mucho de él, nadie me ha contado cómo fue como jugador. Pero hizo algo muy difícil. Hacer 104 goles en un club es algo que no sé cuántos lo lograron en un equipo chico. Es un mérito enorme, en una época distinta. Cuando gente hace tanta historia en el club durante tanto tiempo, si mañana llega a pasarme algo increíble de llegar a los goles que hizo él, también te queda eso: estar tapando a alguien que hizo historia pura en el club.

     

    Has dicho que te gusta mucho conocer la historia de tu club. ¿Cuál es la identidad de Wanderers?

    Wanderers hoy tiene una identidad que arrancó por la época de Carreño. Capaz que antes, pero tengo uso de razón desde ahí. Antes de él el club no estaba bien, había descendido, no podía ascender. Esa es la imagen desde donde yo parto. Daniel hizo un equipo ganador, que se acostumbró a pelear arriba, que empezó a generar el “vamos a ganar jugando” y no como sea. Eso se fue enganchando. Vino Alfredo Arias, que coronó eso con un campeonato, luego vino Gastón Machado, ahora está Jorge Giordano, y el fútbol se mantiene. Hoy se sabe a qué quiere jugar Wanderers.

     

    ¿Lo que más te dolió en la carrera fue perder la final del Uruguayo 2013-14?

    Tuve momentos fuertes. Me tocó quedar afuera de un Preolímpico el día antes, me tocó perder alguna otra final, me lesioné feo alguna vez. Pero sí, ese momento fue el que más me dolió. Aparte se juntó que no la pude jugar porque me rompí la rodilla el día antes, en la práctica, una pelota que no debí ir, pero que por mi forma de ser fui. Estar tan cerca te genera dolor. En su momento me costó recuperarme.

     

    Has dicho varias veces que te cuesta salir del pozo de perder.

    Después de ese día hay una anécdota. Estuve cuatro días en mi casa, sentado en el mismo lugar, con la misma ropa, sin salir a ningún lado. Me bañaba, me volvía a poner la misma ropa y así todos esos días. Fue fuerte. Hoy tengo la tranquilidad de haberle hecho vivir a la gente de Wanderers algo que nunca soñaron. Yo sí, yo lo soñé, yo lo prometí, estaba convencido de que se iba a dar en algún momento. Para Peñarol y Nacional salir campeón de un Apertura o un Clausura no es nada. Pero para Wanderers, para Fénix, para Plaza en su momento, para Rocha, es histórico. Quedamos en la historia del club. Hicimos el camino. No tuvimos la recompensa final, pero tuvimos una recompensa enorme de lograr lo que logramos.

     

    ¿Ese tipo de situaciones refuerzan para adelante?

    Tengo una ilusión muy grande de ganar un Uruguayo. De repente antes no pasaba, sí querías hacer un buen campeonato, entrar a la copa, pero ahora tengo la ilusión de ganarlo, de salir campeón. Sentimos que estamos mucho más cerca que antes. Capaz que no se da, pero está, siento que ya hicimos algo muy bueno y podemos hacer algo mejor.

    Vamos de viaje, ¿te acordás del orden de equipos en lo que jugaste?

    Salí al América de México joven, con veinte años, después San Luis, volví a Wanderers, me volví a ir a México, a Dorados, otra vez Wanderers, luego al Shanghái de China, Nacional acá, otra vez al fútbol mexicano en Querétaro y Necaxa, Wanderers, Patronato en Argentina, volví a Wanderers, Sporting Cristal de Perú y acá de nuevo.

     

    ¿Por qué no se dio Europa?

    Quedó pendiente. Siempre hubo rumores, pero nunca se concretó nada. Cada vez que hubo algo firme de Europa aparecía una oferta de México que rompía todo. México me cambió, me rompió la cabeza totalmente. Ojo, tampoco hubo un equipo de Europa que dijeras “me voy, es ahí”. Es un poco el debe, seguramente, de haber salido goleador uruguayo varias veces y no poder ir a probarme con los mejores.

     

    ¿Qué recuerdos tenés de la selección?

    Estuve y la disfruté mucho, capaz que es lo que más disfruté en mi carrera. Cuando arranca el proceso del maestro Tabárez, que jugué los dos amistosos con Venezuela allá y acá, termino saliendo goleador uruguayo y me sale lo de China. Era perderse un poco, lo sabía, por eso pedí para buscar otro mercado para estar más cerca de la selección. Pero se dio así. Luego se consolidó mucho el grupo de Uruguay y se hizo muy difícil de entrar. A todos, no sólo a mí. Pasa que cuando arrancó ese proceso yo estaba. Antes era un cambio constante, jugabas tres partidos bien o hacías cuatro goles y estabas citado. Después, con Tabárez, ya no. Se cerró el grupo y creo que hizo bien, fue por el bien de la selección y del fútbol uruguayo.

     

    El futbolista, pero en general el hombre, como ícono machista, parece no tener lugar para demostrar tristeza o debilidad, incluso llorar. Pero las hay. ¿Te pasó? ¿Cómo conviviste cada caso?

    Obvio que me pasó. Lo sentí y lo hice. Igual yo tengo un defecto muy grande, que a su vez gracias a eso hice lo poco o mucho de mi carrera. Soy un tipo que disfruta muy poco las alegrías, los logros, y que sin embargo sufre mucho lo otro. Lo bueno es normal, porque me preparo todos los días para conseguirlo, para que me vaya bien. Entonces cuando me va bien lo tomo normal, trabajé para eso. Cuando me va mal, “puta madre, si hice todo para que me vaya bien”, ¿entendés? Ya no creo lograrlo, pero si en alguna parte de mi carrera hubiese logrado ese equilibrio tal vez disfrutaba más de las ganadas. Después, más que nada en Wanderers, sé que buena parte del ambiente está pendiente de mí. Entonces, si yo estoy bajón, que puedo estarlo, en el club no puedo demostrarlo. Si estoy positivo, sí puedo demostrarlo. Te limita el sentimiento real que tenés como persona. Pero es asumir la responsabilidad de saber lo que sos y cuánto repercute lo que hacés.

     

    ¿El Chapa Blanco esposo y padre cómo hizo para conciliar la vida de jugador con la familiar?

    Es muy triste y crudo lo que voy a decir, pero el fútbol está primero. Soy feliz si el fin de semana gano, yo no soy feliz si pierdo, por lo menos me lleva dos o tres días normalizarme para pensar en el próximo fin de semana. Un día, hace mucho tiempo, estábamos paseando por Querétaro con mi señora, íbamos tomando mate y en un momento le digo, así como de la nada: “¿Sabés lo que me hace feliz? El gol me hace feliz. Y ganar”. Y ella me respondió: “¿Y recién te das cuenta?”. La otra bien clara es la del campeonato pasado. Último partido jugando contra Rampla, y Nacional jugando para salir campeón. Nosotros empatamos, y campeón Nacional. Llego a mi casa, muerto, al ratito llega mi hijo y se me viene a los gritos “¡papá, bien, clasificamos a la copa!”. Me da un abrazo y queda sorprendido porque como que no le correspondí la alegría. Me mira y le digo “sí, mi amor, pero no salimos campeones”. Él me repite lo de la clasificación a la Libertadores, se dio media vuelta y se fue. Ahí me quedé pensando que le tranqué la alegría con un mambo mío, también me acordé de que en el vestuario hice lo mismo, cuando ni siquiera dependíamos de nosotros y terminamos entrando a una Libertadores que no estaba ni en los planes. Era para disfrutar y no pude. Me di cuenta de que me equivoqué. Con lo único que me puedo escudar es porque si logré algo no sé si lo hice por las condiciones, seguramente ser así me haya ayudado mucho a lograr algo o a superarme.

     

    ¿Pensás en el futuro, cuando cuelgues los botines?

    Estoy empezando a pensar. Me voy a preparar para entrenador. Me veo en eso, me gusta y necesito estar en el fútbol, ¿será masoquismo? [Se ríe]. He hablado con varios entrenadores y creo que va por ahí. Seba Eguren, que se retiró hace poco, me dijo que está bueno, que cambia la perspectiva. Veremos.

     

    La última: ¿qué hacemos cuando se manche la pelota? ¿Se mancha la pelota?

    Y... el Diego dijo que no. Qué difícil. Cuando se suspende un campeonato por violencia, cuando matan a alguien en una tribuna, no se mancha la pelota pero se mancha el deporte. Es jodido. Y ahora estamos en una situación muy jodida, porque estamos al límite de que lo que está mal parece que está bien. Parece que está bien que si perdés te vayan a apretar o si un rival te canta en contra entonces vas y das la vuelta para pegarle dos tiros o cagarse a piñas, parece que está bien que si tu equipo está perdiendo hagas cosas para suspender el partido. Y no están bien esas cosas. Ya sabemos que un delantero le puede errar al arco, que el arquero se la puede meter para adentro, que el árbitro se puede equivocar. ¿En serio creemos que lo hace de gusto? Yo la quiero meter, el arquero la quiere atajar y el juez quiere cobrar bien. Es nuestro trabajo. ¿Entonces por qué no aprendemos que eso forma parte del juego? Si estás en la tribuna tendrás derecho a juzgar, no digo que no, pero a tirar una piedra, a escupir o a insultar, no. Y lo amparan en el folclore del fútbol. No sé si está bien, el folclore es otra cosa. No puedo concebir, como persona, mañana estar en una tribuna con mi hijo y estar puteando descaradamente a alguien. No lo puedo concebir porque estoy transmitiendo cosas. Bueno... parece que sí, que está bueno transmitir esas cosas y que si mi hijo putea con diez años y yo lo filmo estoy orgulloso de eso. Estamos muy mal en ese sentido y hay que buscar formas de educar más.

    Con 97 goles, Sergio Blanco está a solamente siete tantos de igualar la marca de Óscar Chelle, histórico goleador bohemio. Ambos, además, son los únicos jugadores de Wanderers que han logrado convertir cuatro goles en un solo partido. Chelle se los metió a River en 1947, mientras que Blanco se los hizo a El Tanque Sisley en 2013.

    Pero el Chapa ya es líder de una tabla: la del máximo anotador del fútbol uruguayo en lo que va del siglo XXI. Según datos que nos aportó el propio jugador, es el primero de dicha tabla con 121 goles, anotados tanto en el club bohemio como en su paso por Nacional, dejando atrás a goleadores de la talla de Carlos Bueno, Ignacio Risso, Antonio Pacheco y Alexander Medina, estos tres ya retirados del fútbol profesional.

  • 62


  • Mujer detrás del arco, por Patricia Pujol

    Primero se siente, después se sabe. Cuando se empieza a saber, hay que entender que todo en su casa es rojo y amarillo.

    Perica, el cuadro de un presidente y La Teja

     

     

    Primero se siente, después se sabe.

    Cuando se empieza a saber, hay que entender que todo en su casa es rojo y amarillo. Tazas, banderas, banderines, almohadones, llaveros, fotos, cuadros. Después hay que entender que su Progreso, Club Atlético de nombre, no es solo un cuadro de fútbol o un club de barrio, es, acaso, un familiar más.

    También hay que entender que la causa es amplia y profunda, como son las cosas que verdaderamente importan: recibir a niños en un comedor improvisado en algún salón del barrio para darles la leche, porque no tienen, porque no pueden, es parte de sus horas dedicadas a los demás; atender una policlínica barrial, donde asisten muchos de esos niños que toman la leche, también fue parte de su rutina social de vaivén de ayudas y sostenes.

    Hay una murga en este barrio obrero, de casitas bajas, techos de chapa y otros de teja, con un nombre pretencioso, La Reina, y hay un club de fútbol, que tiene en su sede un teatro, que antes tenía otro comedor, que hasta hace unas semanas alojaba una olla popular, en momentos de coronavirus y confinamiento, cuando muchos vecinos, trabajadores formales e informales, quedaron sin su fuente de ingreso y fueron perdiendo las ganas de comer y también la comida para poner en su plato. Cuando las cosas se caen, o se están por caer, Perica está. Todo tiene que ver con todo en La Teja, en 2020, al oeste de las cosas, en Montevideo, en Uruguay. Se teje una trama fina de hilos gruesos que no pasan de moda. Pericadice que no sabría qué hacer si no colaborara, si no se sumara. Y lo que dice es importante: la solidaridad va más allá de cualquier color posible.

    Es domingo por la tarde y está por empezar el partido. Las autoridades del gobierno no permiten el acceso a las canchas de fútbol en Uruguay desde marzo de 2020, alegando medidas sanitarias. El campeonato Clausura se reanudó tarde, después de varios meses de vacío e incertidumbre. Para una hincha de estas dimensiones, las consecuencias son inauditas. La televisión está ya encendida. Ella se sienta en una silla, al borde de la mesa de madera, en diagonal al televisor. De su respaldo cuelga la bandera a bastones rojos y amarillos, heredados de un pasado que fue anarquista, del Club Atlético Progreso. Hoy no está como siempre colgada detrás del arco. El comedor es amplio, integrado con la cocina. A la casa se accede por un largo pasillo, hacia el fondo de otra vivienda más amplia que da a la calle Martín Berinduague. Pericase mudó al fondo para que al frente habitara su hija Nora, que falleció hace algunos años. Hoy viven su yerno, su nueva pareja y una de sus nietas. “Me encanta que estén ahí”, nos cuenta.

    Para hablar de los inicios, hay que saber que sus padres la llamaron Irma Susana Veró. “Tanto nombre para terminar siendo Perica”, se ríe. Muchas veces se ríe y pregunta. Al finalizar sus frases busca la complicidad del interlocutor, pero eso no cierra sino abre la posibilidad de un diálogo: “¿Viste?”, “¿Qué te parece?”. Así se conversa con ella, como quien juega al pingpong.

    Sobre su apodo piensa o cree ‒que a los efectos es casi lo mismo‒ que viene desde la infancia, por haber tenido un peinado al estilo “periquito”. “Yo qué sé”, cuenta divertida. Hace poco cumplió 79 años. Tiene un espíritu de hincha vivaz. Estatura media, robusta, de cara despierta, pelo corto, fino y gris, peinado al costado, cachetes colorados, camina con algo de dificultad, como si le doliera algo al dar un paso largo. Es una de las mujeres que grita sin parar cuando los partidos del gaucho del Pantanoso se disputan como locatario. También tiene una bandera que la nombra: es parte de “Las mujeres de atrás del arco”. Cuenta que junto a ese grupo de hinchas intentaron averiguar cómo patentar el nombre, pero los datos hallados no fueron concluyentes y la iniciativa no prosperó.

    El estadio Abraham Paladino, la cancha de Progreso, está apenas a unas cinco cuadras; ella camina, sosteniendo en su mano la bandera, paseándola, bordeando la planta industrial de la Administración Nacional de Combustibles Alcohol y Portland (Ancap), “la refinería”, como la nombran en el barrio, hasta desembocar en el portón de acceso.

    No existe, o para ser más precisos no conozco, hincha de Progreso que se digne de tal sin saber de ella. Tal vez debería ser pregunta de examen para ingresar al club: “¿Usted sabe quién es Perica?” O lo que es fundamental: “¿Usted sabe qué hace y qué ha hecho Pericapor todos nosotros?”.

    Hoy tiene que ver el partido que disputa su equipo, nuestro equipo, con Deportivo Maldonado a algo más de 120 kilómetros, pero desde la distancia de su casa. No habrá una fila de vecinas y vecinos esperando por sus besos, ni banco frío donde sentarse, ni gritos característicos: “¡Saquen, chiquilines!”, cuando la pelota entre en zona de peligro y el arco del cuadro del barrio corra riesgo de ser vencido. Progreso es un ser querido para Perica, una razón para iluminar la existencia. Sin embargo, cuando se le pregunta qué es para ella, suspira como toda respuesta: “Estoy yo hoy, pero antes estuvo Progreso y va a seguir siendo así”. Me quiere decir que ella no es la importante, que es el club, el cuadro, el resto, todos los que construyeron la historia. Y son todas y todos, sí. Cierto. Y también es ella.

    Es domingo, el cielo está gris y se siente un frío húmedo. El sonido de la transmisión se colará por el grabador que pongo sobre la mesa, que intento que pase desapercibido cuando me pregunta si lo que tiene que decir para este texto es “difícil”. Le contesto que no, que no será relevante cómo describa los episodios, que estaremos hablando un rato para entender qué piensa ella sobre ella misma y sobre su trayectoria en el barrio.

    La conozco desde niña. No podría decir desde cuándo. Nací en 1980, época de dictadura militar en Uruguay, rodeada de cosas que no se podían decir mucho, ni alto, ni de ese modo. Aprendimos a hacer piruetas con palabras. A los pocos años, en mi etapa escolar, la democracia volvió y con ella una sensación de barrio movilizado, solidario, compañero. Así lo describían mis padres y así se lo escucho narrar hoy a ella. No con estas palabras, más bien con gestos, con anécdotas que nombran apodos, personas que intentaron mejorar la vida de otros.

    Pericaes tejana desde el 18 de agosto de 1941. No hay demasiados datos, pero sí muchos recuerdos. Segunda hija del matrimonio entre Sofía y Florentino, cuatro hermanos: Sofía, Julio, Ilda, Hugo. “Quedamos dos nomás”, dice. Cursó la escuela primaria en la 170, Ancap, en la misma en que aprendí a escribir y a jugar al fútbol en los recreos. Empezó a trabajar en su casa, cuidando de sus hermanos, cuando murió su padre y su madre quedó sola realizando “los trabajos de limpieza para afuera”. Pericahacía los propios hacia adentro.

    Una casa de lata, “un ranchito” en la calle Ascasubí y Martín Berinduague. Recuerda a su madre yendo al almacén de la esquina de Emilio Romero, con la libreta en la mano, donde anotaba lo que cancelaría con el pago a principio del mes siguiente. Se vivía con lo justo. Se compraba lo imprescindible.

    Cuenta: “Me casé muy joven, con Julio. Tuve a mis cuatro hijos seguiditos, Eduardo, Mariela, Julio y Nora. Tengo cuatro nietos y dos bisnietos. Siempre hice trabajos en la casa, criando a mis hijos.

    Su vinculación con Progreso empezó a través del mayor, Eduardo: “Hizo baby fútbol en varios cuadros de la zona y se fue a practicar a Progreso. Era cuando Progreso estaba en la C. Tuvo una lesión de ligamentos, pero no se recuperó. En ese tiempo ayudamos junto a otros padres, haciendo rifas, kermeses, para comprarles la ropa a los gurises. Ahí ya me quedé, metiéndome cada vez más, colaborando en más cosas. Éramos un grupo de madres que siempre estábamos ahí. Después hubo un tiempo en que íbamos con Julio a cocinar a la concentración de Progreso, hacíamos todo lo que se podía. Me acuerdo cuando Progreso traía a jugadores de afuera. Por ejemplo, al jugador Jacinto Cabrera, de Mercedes, Soriano, que tuvo después un paso por el fútbol español y hasta llegó a jugar en la selección uruguaya. Había una pieza en el club, donde él dormía, que era horrible y nosotros íbamos a limpiar, lavar sábanas. A Jacinto le hice hasta el ruedo del pantalón. Un día en el Estadio Centenario, cuando él ya estaba jugando en Nacional y se enfrentaba a Progreso, le grité: ‘Pobre de vos que nos hagas un gol. Bastante te lavé los calzoncillos’. [Se ríe]. Y vas tomando cariño. También nos pasa con la murga, con La Reina de La Teja. Tenemos la camiseta puesta. Progreso es más que jugar al fútbol, no es pagar la entrada e irte a tu casa, es ayudar a alguien que tiene menos que vos. Salíamos puerta por puerta a vender bonos de diez pesos porque no teníamos para pagar la luz del club, no teníamos un peso. Por eso, cada vez que viene un jugador nuevo, hay que explicarle qué es Progreso”.

    La pandemia pudo haber enseñado muchas cosas. También dejó al descubierto las desigualdades de acceso en las sociedades más desparejas, al sur del sur del mundo: pérdida de fuentes de trabajo, paralización de actividades, ollas populares colmadas de vecinos.

    “Con esto del coronavirus yo no pude salir por ser población de riesgo, pero se me ocurrió pedirle a la gente del club que me trajera las verduras a casa y yo las picaba. Eso sí podía hacer. Fuimos como diez familias de personas mayores que nos apuntamos para eso. Ahorramos pila de tiempo a los que cocinaban. Yo les devolvía todo picadito y los demás atendían en la olla. Esto no lo hacen en todos lados. Progreso es uno más de la familia. Nosotros no sabemos hablar si no nombramos a Progreso. En cualquier conversación sale”, revela Perica

    Sobre el mueble donde está la televisión encendida se ve una bandeja pintada con su nombre. Tal vez ya no sea necesario aclarar de qué colores. Mientras espera el pitazo inicial, clava los ojos en el rectángulo encendido. Se mece sobre la silla: “Está por empezar. A veces pierde Progreso y yo digo: ‘Pobre, Progreso, ¡con todo el sacrificio que hacen!’. Ojalá que ganen, porque se lo merecen. A veces no hay plata para nada y no se llega. Ahora se formó una comisión y se juntó dinero para arreglar los vestuarios, ¿sabés? Dicen que está quedando todo muy lindo. Si no, no te permiten jugar, ¿viste? Nuestros vestuarios son del tiempo de Matusalén y todo es mucha plata, mucha plata”.

    En la pared de la izquierda a la puerta de entrada, al costado del televisor, hay un cuadro. Es una foto de Tabaré Vázquez, presidente de la República en dos períodos (2005-2010 y 2015-2020), fallecido en diciembre de 2020, proveniente del Partido Socialista dentro del Frente Amplio, también nacido en La Teja, doctor en Medicina, presidente de Progreso hasta 1989, año en que salió campeón uruguayo, e intendente de Montevideo en 1990. En la foto, luce su segunda banda presidencial y muestra una sonrisa que parece una mueca. Sobre el vidrio del cuadro, con trazo grueso de drypen negro, el presidente le mensajeó: “Para La Perica, con cariño. Tabaré. Dic. 2017”. Y Perica explica: “Ese cuadro me lo trajo Nacho, el hijo, envuelto en un papel de regalo. Siempre voté al Frente. No teníamos una relación de amigos con Tabaré, pero del barrio nos conocíamos desde cuando era estudiante. Él cuenta que nos juntábamos en una esquina a hablar de Progreso y nos quejábamos de que siempre estaba en otras divisiones, de la B a la C, de la C a la B, y él nos pedía que tuviéramos paciencia. Con el Frente yo ahora no ando, pero soy votante. Antes era más joven y estaba mucho. Ahora me tengo que cuidar. A veces hablo con mis nietos y les digo que vayan pensando a quién van a votar”.

    El partido comenzó y parece parejo. Ninguno de los dos equipos llega con algo de asombro al arco contrario. Van empatando sin goles.

    Por unos segundos queda en silencio mirando la pantalla.

    “Antes yo preguntaba qué jugador era del Frente Amplio. Me gustaba saber y también poder transmitirles algunas cosas. Progreso es un cuadro luchador. Me han dicho que algunos jugadores no tienen mucha idea de la política, que no se habla de eso. Es una pena”.

    La voz del relator interrumpe la charla: “¡Penal para Deportivo Maldonado!”.

    Perica comenta: “Pero qué mala liga, che. [En la televisación reiteran la jugada y se nota un forcejeo en el área]. Lo empuja, claro. ¡Pobre gente! Me imagino a la gente de Progreso… Qué horrible. Los chiquilines… Sufro... ¡Buena, buena! Atajó el golero. ¡Qué alegría!”. 

     

     

  • 60


  • El Maestro y el fútbol que nos pasa, por Agustín Lucas

    Una serie de testimonios para revisar la amplitud del proceso de selecciones y el momento actual de cara al Mundial de Qatar.

    El proceso Tabárez: una serie de testimonios para revisar la amplitud del proceso de selecciones y el momento actual de cara al Mundial de Catar.

     

    El fútbol es una máquina de triturar gente, y el fútbol uruguayo es un aparato condescendiente con esa característica. No quiere decir que aquí no exista la belleza. Pero hay un rencor que prima en la psiquis humana cuando defenestramos a los deportistas impunemente y de modo serial con los años. El fútbol, ese sistema al horno, es aún más categórico y violento a la hora de referirse tanto a los más grandes íconos de su historia como a los pequeños ídolos de barrio. Hay un rencor que prima ahí, desde los padres que putean en un partido de baby fútbol hasta los energúmenos que hacen del alambrado un portal de descargas para quienes, de la línea de cal hacia adentro, hacen con esa pasión lo que pueden. Esa hostilidad con los héroes efímeros del fútbol se reproduce por todo el globo como una pandemia. Hay una especie de ansiedad inaudita para que los jugadores se extingan y entonces vengan otros nuevos para elegir. Lo mismo pasa con los técnicos. Úselos y tírelos: úselos en familia cuando gana y tírelos por un empate. Úselos con amistades en un bar y tírelos por quedar afuera. Úselos para ser reconocidos como uruguayos en el mundo entero y tírelos cuando los vea entrados en años.

    Esta no es una semblanza del Maestro Óscar Washington Tabárez ni una mera crítica al usufructo de nuestra pasión como futboleros enmarcados en un mundo globalizado, hostil, futbolero también. Se tratan estas líneas de una serie de testimonios para revisar y revisarnos quienes hablamos de fútbol, quienes vemos fútbol, quienes consumimos fútbol, comemos y bebemos y sudamos fútbol, como decía un viejo eslogan televisivo de una marca de gaseosa segundona. Hay una necesidad de hurgar no solo en la memoria reciente de los últimos quince años, sino en las miles de aristas que ha generado el mentor que más tiempo ha dirigido a una selección nacional en la historia. Y que transformó el fútbol que nos pasa.

     

    Verónica Brunati: “El mejor de la historia”

     

    “Hay que amar mucho al fútbol y a los jugadores para desarrollar la tarea del Maestro. Su legado trasciende al fútbol uruguayo por todo lo que transmitió con los años al frente de las selecciones uruguayas, porque siempre la mira está puesta en lo que hace con la selección mayor, pero él es el pilar del desarrollo de todo el proyecto de selecciones de Uruguay. Y por todo lo que ha transmitido a través de sus enseñanzas, de sus jugadores, en Uruguay debería ser considerado el mejor de la historia. Su legado es el de un hombre imprescindible para el fútbol sudamericano y para el fútbol mundial”. Verónica Brunati, periodista y comunicadora argentina.

     

    Ruben Silva: Compromiso y respeto

     

    “Mi experiencia a nivel de selección es muy corta, estuve apenas una semana concentrado para un partido que le ganamos a Ecuador 5-2 en el Campus. Tuve la suerte de entrar quince minutos, lo que significó el epílogo de mi carrera. El técnico era Roque Gastón Máspoli con Osvaldo Giménez. Ese día nos dijeron que habíamos sido citados jugadores a quienes no les gustaba perder a nada. Y eso también es la selección de Tabárez: jugadores con un compromiso enorme, con un respeto enorme por la Selección. Desde las juveniles hasta primera, esa humildad que nos hace sentir orgullosos a los uruguayos, que nos hace sentir que podemos. El Maestro ha cambiado cosas que hacen que el equipo, el grupo y la gente crean en la Selección”. Ruben Silva, entrenador, futbolista retirado.

    Bigote López: Educación y profesionalismo

     

    “El proceso del Maestro Tabárez es el más revolucionario y transformador que existió. Desde la educación, desde el orden, desde el profesionalismo y desde la forma. Sobre todo, ha encontrado el recambio de jugadores, desde el Cacha o el Ruso Pérez hasta los pibes de hoy que son los mejores del mundo. Lo otro que es un punto tremendo es haber transformado el Complejo Celeste. Antes los representantes deambulaban por ese lugar que es la materia prima más rica de Uruguay”. Bigote López, futbolista de Villa Española.

    Sebastián Fernández: “Dignificó todo el fútbol uruguayo”

     

    “¿Cómo miraba al fútbol la sociedad antes de que Tabárez agarrara la Selección y después? Tabárez fue importante para nosotros como sociedad. Estamos yendo a los campeonatos casi con la obligación de ser campeones y eso era impensado hace quince años. Y más allá de ir y ganar o no el campeonato, el cambio en la mirada de la gente hacia el fútbol, y hacia el jugador de fútbol en particular, dignificó a la camiseta celeste y a todo el fútbol uruguayo”.Sebastián Papelito Fernández, futbolista de Liverpool.

     

    StefaníaMaggiolini: “Generó un clima sano”

     

    “El Maestro hizo despertar esa pasión por la camiseta celeste, la pasión de querer seguirla. Antes la pasión existía, pero no teníamos una línea, una estructura que mostrara la formación desde la juventud hasta la primera división, desde lo deportivo y desde otros aspectos que hicieron que el fútbol sea mucho más sano, mucho más limpio, fue el puntapié inicial para que más niñas empezaran a disfrutar este deporte. No importaba clase social, género, niñas, niños, gente adulta, han sido momentos de mucha felicidad, donde llegamos a festejar –recuerdo un día– hasta con la Policía en la calle. Generó un clima sano, todo lo contrario a un clima de violencia. El Maestro aportó un montón de herramientas desde la estructura que marcaron una línea de trabajo que significó no solamente el modelo de juego sino una serie de políticas de convivencia, de grupo, de llevar la camiseta celeste, que también lo sentimos nosotras como entrenadoras”. StefaníaMaggiolini, futbolista retirada, entrenadora.

     

    Sebastián Domínguez: “Uruguay supo reciclarse”

     

    “Hace un tiempo lo noto cansado y ese cansancio que él tiene es un poco el reflejo del proceso, pero eso no lo convierte para nada en un ser obsoleto, en alguien descartable. Uruguay supo reciclarse, y tener a Cavani, a Suárez y a Forlán tan seguido no es normal para nadie, menos para un país de tres millones de habitantes. Y así, puesto por puesto, vino Lugano, vino atrás Godín, vino Giménez, vino Cáceres. Es muy competitivo Uruguay y eso desgasta un montón. Me generan ganas de darle un abrazo al Maestro, hay que cuidarlo. Porque el éxito es placentero, pero a la vez es desgastante. El legado es comprobar que un proyecto bien manejado a largo plazo da frutos y que el resultado siempre viene después del proceso, del trabajo, no viene antes. Y el proyecto tiene que trascender el tiempo, por una creencia, por un convencimiento, por una identidad, no puede ser solamente sostenido por resultados”. Sebastián Domínguez, futbolista retirado, comunicador argentino.

    Alejandro Capuccio: Los logros del Maestro

     

    “Desde mi punto de vista, el proceso de Selección del Maestro Tabárez es y ha sido muy importante para nuestro fútbol uruguayo. Logró la homogeneización de los procesos de Selección con criterios comunes, con el logro de clasificaciones regulares a los mundiales en todas las categorías. Además, sobre todo después de 2010, alcanzó una identificación de la gente con la Selección que perdura. Después vino el proceso de Copa América de 2011, con miles de uruguayos, entre los cuales estuvo toda mi familia, viajando a Mendoza, Santa Fe y Buenos Aires, llenándonos de recuerdo imborrables. Aumentó el respeto y la valoración de la Selección nacional, volvimos a ganarle a rivales europeos en mundiales, fuimos siempre competitivos y somos una de las selecciones con mejor pressing y plan de neutralización del rival en el mundo”. Alejandro Capuccio, entrenador del Club Nacional de Fútbol.

    Mauricio Larriera: “Mi admiración hacia el proceso”

     

    “Yo a Catar, porque estoy seguro de que vamos a clasificar, le llamaría el último tablado del Maestro. Soy carnavalero y soy murguero. Diría que el Maestro es como el Tito Pastrana, con una murga a la que fue año a año mejorando, cambiando de integrantes, actualizando, mejorando el coro, afinando la batería. Esa murga, incluso, ganó algún título. Pero, como toda murga, trasciende con sus textos, con su forma, con su manifestación y con su conducta todo lo que meramente tiene que ver con el concurso. El legado que nos deja el Maestro trasciende los resultados y es transversal a toda nuestra sociedad, sobre todo por devolver la familia a la cancha, que los niños vean a Uruguay protagonizando un Mundial, cosa que los críticos ven como algo simple por la calidad de futbolistas que hay, pero es mucho más complejo que eso. El proceso es profundo. Volvió el respeto, la organización, el sentido de pertenencia. Mi admiración para un proceso que ha sido integral, y también destaco esa capacidad camaleónica de jugar, adaptándose a los rivales y a la aparición de nuevas figuras. Lo más importante ahora es clasificar al Mundial para que el Maestro tenga ese último tablado. Pero el Maestro debería seguir siendo el director de selecciones en algún lugar donde pueda volcar todas sus experiencias nacionales e internacionales, y a nivel de selección para la Selección misma”.Mauricio Larriera, entrenador del Club Atlético Peñarol.

     

    Kurt Lutman: “Los futbolistas uruguayos lo van a honrar”

     

    “El Maestro Tabárez arrancó criando a la Selección uruguaya en 2006. Digo ‘criando’ porque ya lleva quince años al frente. Hasta cuándo, lo va a decidir él seguramente. Yo siento que es un tiempo que él dedicó como un padre, por eso lo vinculo a la crianza. Quizás se le venga la etapa más difícil, que es cuando uno suelta al hijo, cuando el hijo ya no necesita al padre cerca, porque ya puede defenderse solo o empieza a encontrar otros maestros. Es un momento de mucho dolor porque hay un desgarro, hay un soltar las manos, pero es un momento de mucha fuerza. Los futbolistas uruguayos lo van a honrar así, como un hijo a un padre”. KurtLutman, escritor, futbolista retirado, argentino.

  • 59


  • Un debut y una despedida, por Ignacio Alcuri

    El equipo necesitaba la victoria para cortar una racha nefasta, para zafar de las posiciones de descenso y para llevarse unos pesitos de premio, que muchos jugadores habían gastado a cuenta hacía tres empates y cuatro derrotas

    SÍ, LA VERDAD QUE SÍ

     

     

    El equipo necesitaba la victoria para cortar una racha nefasta, para zafar de las posiciones de descenso y para llevarse unos pesitos de premio, que muchos jugadores habían gastado a cuenta hacía tres empates y cuatro derrotas. El panorama era alentador: a los 89 minutos ganaban 1-0 y tenían la pelota, generando ocasiones como para liquidar el pleito. Para esta recuperación había sido fundamental la llegada al equipo del experimentado Henry Malabuena, que se había quedado sin cuadro unos meses atrás y había aprovechado tanto tiempo libre para presidir el sindicato de futbolistas. Sus habilidades para la oratoria se veían plasmadas dentro de la cancha, donde organizaba al equipo desde su posición de zaguero central, mandando compañeros al ataque y reagrupando la defensa cuando los rivales tenían el balón. En un solo partido había logrado cambiarle la cara a ese grupo de mediocres.

    Sin embargo, Henry cometió un pecado mortal para alguien en su línea de trabajo: se engolosinó. Creyó que la mejor forma de cerrar su debut era metiendo un gol y dedicándoselo a la hinchada, así que corrió toda la cancha y pidió la pelota cuando estaba llegando a la otra área. La pidió con esa voz de mando que resultaba irresistible, así que el marcador de punta decidió obedecer la orden, pese a que tenía una opción de pase mucho más clara, y darle la pelota al nuevo capitán.

    Con buena visión del arco contrario, Henry quiso acomodar la pelota con la zurda para rematar con la derecha, pero solamente le pegó al aire. La pelota ya no estaba ahí.

    –¿Dónde...?

    Se dio vuelta y vio al delantero rival haciéndose cada vez más chiquito, corriendo como si su vida (o el premio por empatar un partido) dependiera de ello. Y empezó a correr, persiguiéndolo a lo largo de un terreno completamente vacío, a excepción del pobre arquero que se persignaba debajo de los tres palos. Llegó a acercarse bastante, pero sus 34 años le pasaron factura y quedó sin aire luego de atravesar el círculo central. Cayó al piso y vio la acción desarrollarse en cámara lenta. Un segundo delantero lo pasó por el costado y enfiló al arco para asegurarse el gol. Entraron al área y de un toque dejaron al arquero literalmente sentado en el piso. Hasta que la voz de Henry los dejó petrificados.

    –¡Paro sorpresivo!

    El presidente del gremio había hablado. En la última asamblea general se había votado esa medida distorsiva a raíz de los salarios impagos, y no acatarla los habría transformado en carneros. Así que se quedaron paraditos, mientras el balón se iba por la línea de fondo y el juez pitaba el final del encuentro.

    Se convocó a una asamblea general urgente, que determinó que Henry fuera relevado de su cargo. Los únicos votos en contra fueron los de sus compañeros, que el domingo anterior se habían llevado unos pesitos que la mayoría de ellos se había gastado tres empates y cuatro derrotas antes.

  • 58


  • Argentina vs Uruguay en 1916: El comienzo de la batalla del Plata

    La Copa Centenario a jugarse en Estados Unidos, lejos está de mantener las tradiciones de este longevo torneo que tuvo su primera edición en Buenos Aires, Argentina, hace exactamente un siglo.

    Copa América Centenario

     

    Por Pablo Aguirre

    La Copa Centenario a jugarse en Estados Unidos, lejos está de mantener las tradiciones de este longevo torneo que tuvo su primera edición en Buenos Aires, Argentina, hace exactamente un siglo.

    Únicamente el negocio, y la justificación de billetes vedes puede llevar a hacer posible esta sede donde nunca se realizó anteriormente, al ser uno de los países invitados. Recordemos que este torneo sudamericano de selecciones, el más antiguo en su estilo, paseó sus ediciones anteriores por cada uno de los diez países que habitan la parte sur del continente americano.

    Volviendo a aquella oportunidad, en 1916, se festejaba el centenario de la independencia argentina, y para estar a tono con ese clima se organizó un torneo sudamericano, del cual se sabrían mayores detalles–como es el caso del fixture– al arribar cada una de las delegaciones invitadas. Los traslados en aquel momento eran muy dificultosos, para hacernos una idea, la delegación brasilera una vez reunida demoró una semana en llegar a Buenos Aires.

    Otro tanto le habría pasado a Chile, que tuvo que cruzar la cordillera de los Andes en pleno invierno, ya que se jugó en el mes de julio.

    En este aspecto, Uruguay fue quien lo tuvo más corto. Estos tres paies, más el anfitrión, disputaron un torneo todos contra todos, cuando el fútbol era amateur y no se disponía de un trofeo para el campeón.

    Estas selecciones más que ser de carácter “nacional”, tenían más bien una característica regional, ya que no se podía realizar todavía una búsqueda exhaustiva de jugadores en cada país.

    Esta buena iniciativa deportiva llevó a que durante la disputa de la “copa”, los dirigentes decidieran fundar lo que hoy conocemos como Conmebol, o Confederación Sudamericana de Fútbol, gracias a las gestiones de Héctor Rivadavia Gómez, dirigente uruguayo que fuera su primer presidente durante diez años consecutivos.

    Ya en aquel momento, argentinos y uruguayos disputaban varias veces al año partidos internacionales donde se ponía a disposición algún trofeo, o el simple carácter amistoso, que ayudó a gestar una rivalidad permanente. Aprovechaban las fechas libres que tenían en común, como por ejemplo el 15 de agosto, día de Santa María.

    El primero trofeo en disputarse, fue justamente en esa fecha del año 1905, llamado Copa Lipton, donada por el magnate de té.

    Sin perder la caballerosidad, los viajes de las delegaciones desde 1900 a esta parte de la historia siempre fueron de una fuerte rivalidad en el campo de juego. Antes del sudamericano habían jugado en esos 16 años, nada menos que unas 45 veces (¡un promedio de tres juegos al año!), y el seleccionado uruguayo, salvo estos partidos con Argentina, solo jugó una vez contra Chile, y nunca contra Brasil.

    También eran muy frecuentes los enfrentamientos entre clubes de ambos países, haciendo que las victorias o derrotas contra el vecino fuese la medida exacta para la alegría o el fracaso.

    Enfrentamientos que no nacen solo de un aspecto deportivo: ambos países tienen muchísimos puntos en común, desde su historia, la cual supieron escribir juntos, geografía, aspectos culturales, usos y costumbres.

    En contraposición, saben diferenciarse y mantener distancia, sobre todo sus capitales, Montevideo y Buenos Aires, que los llevó a una disputa de poder en la lucha de puertos que mantenían ambas ciudades, uno enfrente del otro, con el Río de la Plata como testigo desde la época de la corona española.

    Así, desde la margen baja del río, eran los uruguayos sus vecinos, mientras que para los del otro lado, los vecinos eran “los porteños” (denominación usada por los uruguayos para referirse en general a los argentinos).

    Con el fútbol, el hermano más grande y el más pequeño (en extensión territorial, recursos económicos y demográficos), igualaban sus diferencias y las dirimían con once hombres en cada lado de la “cancha”.

    Si bien en aquel momento se tomaba té en el entretiempo, se hacían paseos a los visitantes y cenas de camaradería, siempre se buscaba el éxito deportivo, donde perder pasaba por los errores propios.

    Sabiéndose fuertes en esto del “fúbol” o “fulbo” como solía decirse al juego de la “globa” (pelota), los dirigentes dejaron este enfrentamiento rioplatense del sudamericano de 1916 para el último partido, la frutilla del postre. Los locales llegaban al partido definitorio con tres puntos (recordar que en aquel momento eran dos puntos para el ganador), al golear 6 a 1 a Chile, y un magro empate ante Brasil en un gol.

    Los “celestes” en tanto vencieron a los trasandinos (4 a 0, cuando se acusóa los ganadores de tener entre sus filas a dos jugadores profesionales “africanos”), y a Brasil 2 a 1, por lo que tenían puntaje perfecto (cuatro puntos)y al goleador del torneo, el velocista Isabelino Gradín, con tres goles, acusado por su color de piel de ser un jugador “africano”.

    El empate consagraba a los uruguayos como campeones del torneo.

    La expectativa era grande, a tal grado que viajaron uruguayos para alentar a su combinado nacional. El estadio de Palermo (GEBA) estuvo desbordado de espectadores al punto de que la gente estaba sobre la línea de cal del campo de juego. La policía intentó contener haciendo un vallado humano que resultó ineficaz que llevó al juez del partido, Carlos Fanta (director técnico de Chile) a suspenderlo a los cinco minutos.

    Esta decisión enfureció a los asistentes que comenzaron los desmanes en el lugar, arrojando diferentes objetos y sillas, hasta el incendio en parte de las tribunas. Hubo varios heridos, entre ellos algunos uruguayos. Un detalle de ese malogrado día, es que un conscripto argentino llamado Juan Pallas evitó que se quemara una bandera uruguaya, desvaneciéndose por los efectos del humo.

    El partido se reanudó al día siguiente en la vieja cancha de Racing, en Avellaneda. Uruguay mantuvo el empate siendo su arquero, Cayetano Saporiti (el único en su puesto que viajó en la delegación), la figura del encuentro ante el bombardeo albiceleste. Uruguay era el campeón jugando de visitante.

    En Montevideo los festejos se prolongaron por la principal avenida de Montevideo, 18 de Julio, camino al puerto donde llegaba el Buque que trajera a los campeones, quienes fueron llevados en andas.

    Éste sería uno de los grandes mojones de la historia futbolística en el Río de la Plata de una rivalidad que pasará a ser mundial cuando los Juegos Olímpicos y la Copa del Mundo lleven esteespectáculo a todo el planeta, en todas las competencias de cualquier especie que se presenten.

     

    Nota: Publicado en el sitio vice.com en el año 2016

  • 57


  • Ellas firmes en El Ciclón

    Si una va a hablar del fútbol femenino de San Lorenzo de Almagro hay que saber: existe en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) desde 2002, y desde entonces se convirtió en un club que aguó las fiestas que planteaban la hegemonía de títulos de Boca Juniors y River Plate en los torneos argentinos.

    Dos futbolistas uruguayas visten la casaca de San Lorenzo de Almagro

    Por Patricia Pujol

    Si una va a hablar del fútbol femenino de San Lorenzo de Almagro hay que saber: existe en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) desde 2002, y desde entonces se convirtió en un club que aguó las fiestas que planteaban la hegemonía de títulos de Boca Juniors y River Plate en los torneos argentinos. En 2008 se consagraron campeonas del Torneo Apertura, título que defendieron con éxito a comienzos de 2009. En 2015, lograron el campeonato regulado por la AFA. Antes habían sido subcampeonas en ocasiones sucesivas entre 2004 y 2007, y en 2009 resultó el primer equipo argentino en jugar la Copa Libertadores de América, en Brasil, título que ganaron las locatarias de Santos Futebol Clube, en su primera edición.

    En la página web del club se lee un hito: aportó quince jugadoras a las selecciones argentinas sub 17, sub 19, sub 20 y mayor, para disputar sudamericanos, mundiales, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos y amistosos internacionales. Todos estos detalles podrían no significar casi nada; sin embargo, enmarcan al equipo en su contexto.

    La lupa estuvo puesta en 2019. El 12 de abril, San Lorenzo fue el club pionero en el camino hacia la profesionalización con la firma de quince contratos. Macarena Sánchez, jugadora que lideró esa lucha, fue la flamante incorporación con la que cerraron el año en la pelea por el campeonato.

    Ahí están, en ese club juegan, a puro deseo y dedicación, las futbolistas uruguayas Sindy Ramírez y Federica Silvera.

    Sindy y Federica comenzaron a jugar siendo niñas. Si bien parece que no pasó tanto tiempo, no era bien visto en su entorno. Ya de más grandes las dos vistieron la celeste. En Buenos Aires compartieron apartamento por casi tres años, en el barrio Boedo. Ambas forman parte del plantel actual de futsal y fútbol 11 en el club.

    Sindy, nacida el 28 de enero de 1991, estuvo primero en la pensión que San Lorenzo propone para las jugadoras. Ahora vive con su pareja en el barrio de Caballito. Está terminando secundaria y hace un curso sobre entrenamiento en equipo.

    Federica, del 13 de febrero de 1993, se muda seguido y dice no tener barrio porteño estable. Combina el fútbol con la Licenciatura en Economía en la Universidad Católica, le falta presentar la tesis para graduarse.

    A ambas la pandemia las estacionó del otro lado del Río de la Plata, separándolas de las familias que tienen raíces de este lado. En Sauce, Canelones, la de Sindy; en Montevideo la de Federica. Mientras el fútbol estuvo detenido por la pandemia de covid-19, intentaron no perder el entrenamiento ni la motivación para seguir enganchadas con lo que más les gusta. Mientras tanto, persiguen un sueño: continuar dedicándose al fútbol.

     

    ¿Cómo arrancaron a jugar al fútbol? ¿De quién o quiénes recibieron apoyo?

    Sindy Ramírez: Arranqué a los seis años, en Sauce, Canelones. Me gustaba jugar desde muy chica. Empecé con varones en Club Sportivo Artigas hasta que, a los 13, ya no pude jugar más con ellos. Mi viejo [Jorge Ramírez] armó un cuadro de Fútbol Femenino sub 14 y ahí arranqué.

     

    Federica Silvera: Tengo fotos de cuando era chica, de antes de cumplir cinco años, con pelotas y jugando al fútbol. Cuando tenía esa edad, nos mudamos con mi madre a un complejo nuevo sobre la avenida Bulevar Artigas, en Montevideo, donde había más niños que niñas. Al principio intentaba hacerlos jugar a las maestras o muñecas y no me daban bola. Ellos me enseñaron a jugar. Armábamos partidos y campeonatos contra otras viviendas. A los once años le dije a mi madre que quería pertenecer a un club y competir, jugar por algo. No tuvo problemas con eso, pero quería que jugara con nenas y no con varones, porque estaba en una edad donde empezamos a tener diferencias físicas. Salimos a buscar. Fuimos al Urreta y me dijeron que no había fútbol femenino. Luego dimos con Nacional, soy hincha del club. Fuimos a preguntar y estaba Hugo Laborda con Tricolor Fútbol Club. Jugué torneos sub 13. Luego pasé a Colón y participé en torneos sub 16. No había categoría de mayores y me fui a Fénix, con 14 años. Jugué hasta 2010. Después me fui a Nacional y estuve hasta fines de 2017, cuando me vine a San Lorenzo.

     

    ¿Cómo llegaron al futsal? Ambas son mediocampistas en 11 y pívot en sala. ¿Qué diferencias aplican en el juego en los dos roles?

    SR: En 2009 tuve la posibilidad de viajar a Argentina y jugar 11. Me dieron la posibilidad de jugar futsal y me metí de lleno, con todo. La verdad es que tener dos roles se me complicaba, porque era más jugadora de 11, pero me enganché y me empezó a gustar. Son dos cosas diferentes. El futsal es más rápido, hay que tomar decisiones rápidas, tiene otro sistema de juego. Juego de pívot la mayoría de las veces. En 11 he jugado en diferentes puestos, estuve en casi todos. Diría que soy volante, en realidad.

     

    FS: Empecé a jugar en Colón, a los 14 años, para participar en un torneo internacional en el Club Atenas, se jugaba un torneo interno primero. Ganó Malvín, recuerdo, y reforzó su plantel llamando a jugadoras. Es cuando me integro a jugar con ellas y participo de mi primera competencia. En una etapa de aprendizaje ambos son complementarios por el juego reducido y la velocidad que tiene el futsal, pero son dos deportes distintos. Ayuda mucho a tomar decisiones más rápido y resolver una jugada. Eso se puede trasladar a mayores espacios y resolver mejor. Me gustan ambos y más allá de que me dedique a los dos, soy la misma jugadora, intento jugar de la misma manera. Capaz soy más vistosa en futsal. Mi fuerte es la velocidad.

     

    ¿Cómo llegaron a Argentina? ¿Cómo fueron esos primeros momentos?

    SR: Tuve la posibilidad de viajar porque me habían visto en la sub 17 de Uruguay y jugué en primera en 2006. El técnico de San Lorenzo me vio y me ofreció sumarme en 2008 para jugar toda la temporada siguiente. Viajé con 17 años y fue una hermosa experiencia. Cumplí 18 en Argentina; aprendés a hacerte persona. Siendo tan chica, me fui de mi país a cumplir mi sueño. Fue importante viajar y disfrutar del fútbol.

     

    FS: Llegué en 2017, después de haber jugado la Copa Libertadores de Futsal con Río Negro City, que fue la última que jugué con ese equipo. Me contactaron para ir a San Lorenzo a hacer 11 y futsal. Me entusiasmó la idea de vivir una experiencia nueva, porque hasta el momento no tenía otras posibilidades. Era muy difícil ser profesional, no lo tenía tan pensado y me tocó. La realidad que enfrentaba en Uruguay era que tenía que salir a trabajar o estudiar para ser alguien en el mundo y el fútbol no me iba a dar eso. Esto sigue pasando en Uruguay, porque las jugadoras tienen que hacer otras cosas y no solo jugar al fútbol. Tal vez ahora las más chiquitas pueden soñar con eso, porque se está caminando hacia otros rumbos, pero en mi generación todas sabíamos que teníamos otro destino y no podíamos depositar todo en el deporte. Es algo que las mujeres que nos dedicamos al fútbol femenino en Sudamérica en general quisiéramos. Si nos dieran a elegir o si nos hubieran dado la posibilidad, tal vez no hubiésemos estudiado una carrera para tener una salida laboral y hubiéramos puesto más energías en entrenar.

    ¿Cuál fue la primera citación que les llegó para jugar en la selección uruguaya?

    SR: Tuve la posibilidad de que mi viejo armara el Sportivo Artigas sub 14 en Sauce, que se jugara un campeonato del interior en el Complejo Celeste de la AUF. Ahí estuvo [Juan] Duarte, que era el DT de la selección mayor femenina en 2006. Pude demostrar muchas cosas a mi favor y me pidió los datos, me dijo que me quería en la selección. Yo tenía 14 en ese momento y me estaba llamando para citarme a una selección mayor. Siempre soñé desde chica jugar en la selección. Es un orgullo.

     

    FS: En 2007 estuve en una selección sub 17 para entrenar para el primer Sudamericano sub 17, que se jugó en Chile.

     

    ¿Cómo fue esa experiencia de selección? Ustedes juegan, además, con compañeras que integran la selección argentina y, algunas de ellas, jugaron el último Mundial en Francia, ¿Qué consideran que le falta a Uruguay para alcanzar mayor nivel en el fútbol femenino?

    SR: Cruzarme con las jugadoras de la selección argentina, o jugar en contra o entrenar con ellas, es lindo, saber que pudieron disfrutar del Mundial, de esa experiencia. Lo que pienso es que en Uruguay el desarrollo del fútbol femenino fue de menor a mayor y le falta aún muchas cosas. Pienso que tenemos que luchar todas juntas para lograr lo que se logró en Argentina, que es la semiprofesionalización. Eso es importante. En Argentina le dan mucha importancia, casi todos los clubes tienen contrato, se trata de ser lo más profesional posible. En Uruguay las cosas se van a ir dando de a poco. Se necesita que luchemos todas nosotras, que los dirigentes y los clubes les den a las jugadoras lo importante, las pelotas, los viáticos. Eso para una jugadora es fundamental. Creo que Uruguay avanza y falta lo colectivo que es fundamental. Tengo fe que de a poco se van a ir logrando muchas cosas.

     

    FS: Representar a tu país como jugadora es lo mejor. Uno de mis sueños sería jugar un Mundial con la celeste, obviamente, clasificar, algo que nunca pasó. Se necesita trabajo y muchas de las que pasamos por procesos de selección vemos que se ha estado en todas las competencias y no se ha trabajado para clasificar, me parece, y eso requiere competencia mayor de la liga. Si las jugadoras de tu país enfrentan un torneo no competitivo o no profesional, cuando enfrenten un torneo con chicas que juegan de otra forma, que lo vivan distinto y tengan los espacios y otros medios, la diferencia será muy notoria. Para que crezca, los clubes tienen que abrir un espacio para el fútbol femenino. Hay que empezar a cambiar esas cosas.

     

    Ustedes son deportistas que tienen un contrato firmado con San Lorenzo. ¿Cómo vivieron la repercusión del caso de Macarena Sánchez y qué piensan que se aprendió de eso?

    SR: Por suerte pude tener mi contrato después de muchos años de tener ese sueño de ser profesional, aunque una trata de ser lo más profesional posible siempre; poder vivir de lo que hacés es hermoso. Maca, para nosotras, llegó diez puntos. Es una amiga, no la conocíamos mucho, pero logró muchas cosas para el fútbol argentino porque pelear por la igualdad o los derechos nuestros es fundamental. Lo colectivo es fundamental para alcanzar muchas cosas, que se hagan valer los derechos como trabajadoras, porque lo real es que somos eso. Para nosotras Maca es importante porque admiramos su lucha.

     

    FS: La profesionalización del fútbol femenino en Argentina es muy reciente, queda mucho por crecer. Macarena alzó la voz y por suerte tuvo el peso para que la AFA reaccionara y empezara a trabajar para que el fútbol sea profesional, pero queda mucho camino por recorrer. Si analizamos la liga argentina, entre todos los equipos, no es un porcentaje significativo el que hay de jugadoras profesionales, si bien los clubes más grandes sí, como nosotras, tienen casi todo el plantel profesional, al día de hoy sigue habiendo jugadoras sin contrato. Me parece que para profesionalizar se necesita más que eso: formar desde chicas, crear espacios para que las niñas puedan formarse adecuadamente. Si lo comparamos con el fútbol masculino es el mismo juego, estamos todos de acuerdo, y se forman desde muy chicos con compañeros de la misma edad y compiten, lo forman como jugador y persona, con valores de vida y eso en Sudamérica ni las generaciones más chicas de niñas lo están pudiendo vivir. No sé si en todos los países hay sub 12 o sub 10. En los inicios las chicas y chicos pueden competir juntos hasta determinada edad y eso ayuda a que más niñas se animen a jugar y cambie esa idea cultural para que acompañe el crecimiento. Se necesita también eso. Me era muy difícil de chica pensar que iba a ser futbolista profesional. No crecí pensando que era posible para mí.

     

    Vivieron el Mundial de Fútbol 2019 en Argentina, con la selección femenina disputándolo. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué selección les gustó más y por qué?

    SR: El Mundial lo pude ver por televisión, porque pasaban los partidos de Argentina. Me gustó mucho Estados Unidos, Francia. Tienen un juego increíble, una potencia que es lo que se nota como diferencia con Sudamérica, los trabajos, los entrenamientos, la fuerza que tienen, la calidad que para mí es fundamental en el trabajo de inferiores, que se van formando a lo largo del tiempo; cuando debutás en primera te das cuenta del desarrollo que esas jugadoras tienen.

     

    FS: Viví más otros mundiales de fútbol masculinos y no femeninos, y eso influye en la cultura de que no todo el mundo está mirando el fútbol femenino. Solo estamos aquellos a los que nos interesa el fútbol femenino y todavía no se le da el espacio suficiente. El Mundial masculino tiene cinco canales pasando los partidos. En el femenino tenías que tener cable, o verlo por web, o cuando jugaba Argentina, lo pasaron en la TV pública. Falta difusión. Francia fue muy buen anfitrión. Me tocó jugar con la selección mayor de Uruguay contra Francia, antes de que se jugara el Mundial e ir a Europa y verlas. Son profesionales y tienen los espacios, un estadio para entrenar. Tal vez pueden ser detalles y en Uruguay no los ves. En Francia pudimos ver cómo ellas son tratadas como profesionales y tenían esa educación y formación, era duro chocar contra ellas, tenían una idea de juego y los objetivos muy claros; y así es que se convirtieron en uno de los equipos que resaltaron en el Mundial.

     

    ¿Cuál creen que es la mejor jugadora? ¿Por qué?

    SR: Siempre me gustó Marta, desde chica, porque tiene humildad, es muy sacrificada, lucha mucho por muchas cosas del derecho de la mujer, tiene mucha habilidad y es muy laburadora. Salió mejor jugadora del mundo por muchos años. En Brasil le van a hacer una estatua. Es increíble por sus valores, su constancia y su experiencia, es una rejugadora. Es admirable.

     

    FS: La mejor jugadora que conocí y admiré fue Marta –porque hay otras que son cracks, pero no encontrás en la tele porque no están tan disponibles–, que salió de Brasil, porque Brasil es potencia mundial, tuvo los lugares y tiene la infraestructura. Cómo se peleó contra todo, cómo tuvo sus objetivos claros y cómo pensó en ser futbolista y lo consiguió, me hace admirarla porque siento que tuvo una fortaleza enorme y demostró que con su juego el fútbol femenino es grande. Una de las cosas que me llamó la atención cuando llegué a Argentina es que tenían una cancha y un gimnasio para entrenar todos los días. Eso en Uruguay está cambiando pero cuando yo jugué entrábamos en la peor cancha, incluso jugando en el mejor cuadro.

     

    ¿Y qué jugadora les parece la más destacada en Argentina? ¿Por qué?

    SR: Hay jugadoras que se están destacando mucho. Lore Benítez, jugadora de Boca, juega en el medio y lo hace muy bien Es simple, trata de hacer jugar al equipo y el juego pasa por ella siempre. Son muy buenas todas, pero creo que la más destacada es ella.

     

    FS: La jugadora más destacada es Mariana Larroquette. Es goleadora, desequilibrante, con una fortaleza física muy grande.

     

    ¿Cómo llevaron el confinamiento planteado por las medidas de seguridad sanitaria debido a la pandemia sin poder practicar o jugar? ¿Qué experiencia personal destacan de ese momento?

    SR: En la pandemia fue muy complicado. Fueron casi siete meses de estar encerrada, de ni salir, entrenar en casa vía Zoom con el profe y el grupo sabiendo que no es lo mismo. Se me complicó los primeros meses, porque tenía una rutina de todos los días ir al club. Pude disfrutar y estudiar un poco más estando en casa, pero costó bastante. Ahora estamos entrenando. Volvimos a entrenar con protocolos.

     

    FS: La pandemia fue un momento difícil para todos, para cualquier deportista. Se padeció también porque no se sabía cuándo terminaba, te generaba desesperación, te cambiaba el ánimo. En San Lorenzo no paramos de entrenar y me ayudó a encontrar ganas de hacerlo para crecer físicamente y superarme. Estaba en mi casa, tenía que entrenar igual y doble turno, y a veces entrenaba por mi cuenta porque sabía que después iba a ser más difícil. Intenté no detenerme cuando era difícil, porque no tenés un objetivo cerca, sino que es contigo misma. Me parece que intenté continuar. Por momentos veía trabajos que volvían y nosotras no; de hecho, volvió el fútbol masculino y el femenino no, si bien se dio autorización para que volvieran a la par, no fue lo que pasó. Hoy están jugando los hombres y nosotras arrancamos recién en diciembre. Esto te desequilibra, te da bronca, son todos elementos de desigualdad que una jugadora siente constantemente y también se vieron en la pandemia.

     

    ¿Qué esperan del fútbol y qué les gustaría que cambiara?

    SR: Espero que sea igualitario, que se nos den las mismas condiciones que a los varones. He visto pasar muchas etapas en el fútbol femenino, sé que va de menor a mayor en muchos casos Que se pueda vivir de lo que amás, porque es un laburo. Tengo fe en que va a cambiar. También que las más chicas, porque son el futuro, van a aprovechar esto al máximo para disfrutar más del fútbol. Ojalá que sea más igualitario y quiero que el femenino siga creciendo y disfrutarlo a mil.

     

    FS: Que se consolide como una profesión, y eso no es solo decir que la liga sea profesional, sino trabajar para que esa profesión sea una más realmente. Esto requiere que las niñas se formen, tengan espacios, que en las escuelas haya fútbol femenino, que se cambie culturalmente y que no vuelva a suceder como cuando yo era chica que se decía que estaba mal. Que tengamos las mismas oportunidades, en todos los ámbitos no solo en el fútbol. El fútbol es una ventana muy grande para hacer cambiar eso, porque es un deporte que atrae a mucha gente, y si se trabaja para que sea igual al fútbol masculino se verá que el género no te condiciona a nada.

  • 56


  • El héroe silencioso

    Ruben Morán, con apenas diecinueve años, dejó inscrito su nombre en la historia de la final del Mundial de Maracaná en 1950. Su carrera prometía muchas alegrías similares, pero el futuro no llegó como él seguramente esperaba.

    Ruben Morán, el juvenil campeón de Maracaná en 1950

     

    Por Pablo Aguirre

     

     

    Ruben Morán, con apenas diecinueve años, dejó inscrito su nombre en la historia de la final del Mundial de Maracaná en 1950. Su carrera prometía muchas alegrías similares, pero el futuro no llegó como él seguramente esperaba.

    Aprovecharon el momento en que salía el equipo local para pasar inadvertidos entre el humo producido por la cohetería infernal que iniciaba la fiesta. El aspecto que presentaba el mítico estadio de la ciudad de Río de Janeiro no era para cualquiera: lo habían sufrido los jugadores suecos y posteriormente los españoles que tuvieron el trabajo extra de llevarse la canasta llena de goles. Once orientales ingresaban al campo de juego –mientras el resto de la delegación observaba desde una fosa contigua–, a la misma hora que algunos dirigentes volvían presurosos con la excusa de que no se habían presentado antes, presos de sus miedos ante el posible papelón. Igual no importaba, poco tiempo después se mandaron hacer medallas de oro, mientras a los verdaderos protagonistas (los jugadores, claro está) les obsequiaron una de plata. Se escribieron libros, historias y novelas sobre los leones de Maracaná y seguramente se realizarán tantos otros trabajos. En ellos se cuentan las míticas escenas de quien durmió la siesta antes del partido, el capitán que enfrió el partido después del gol de Brasil, las corridas del autor del gol más importante de la historia de los mundiales, el porte del flaco que empató el encuentro.

    Todos ellos tienen un pedazo de gloria, algunos más grande y otros capaz que no tanto, pero nadie les puede quitar el nombre ubicado en el bronce de la gloria eterna; entre ellos había un muchacho de apenas diecinueve años, delgado, surgido en el Cerrito de la Victoria, que estaba soñando despierto mientras con su mirada serena posaba hincado a la izquierda de Juan Alberto Schiaffino para la histórica foto grupal, ante los pocos flashes que se animaron a tomar la instantánea, previo al comienzo del encuentro. En la misma foto, a su derecha, estaba Ernesto Matucho Fígoli, histórico colaborador de la Selección, que lo abraza hasta donde llega con su mano derecha, como quien trata de cuidar a un joven que daba sus primeros grandes pasos.

    Ruben Morán, el Tiza –como lo conocían en el barrio–, tuvo en vilo a sus vecinos la tarde del 16 de julio, en el que fue el único partido que jugó en todo el Mundial de 1950. Debutaba en una final con menos de veinte años. En realidad el titular era el puntero de Peñarol, Ernesto Patrulla Vidal, quien por una lesión no pudo jugar el encuentro decisivo ante Brasil. El dilema quedaba planteado para el entrenador, Juan López, que debía decidir entre incluir al “botija” que ya jugaba en Cerro, o poner con el “perfil cambiado” al experimentado Julio César Britos. Tiempos en que el fútbol ponía nombres y funciones a cada puesto, para que el director técnico asignara el titular y a su respectivo suplente, como fichas en un tablero. Finalmente, en una discutida conversación con los dirigentes y referentes del plantel, Juan López mostró el buzo con las siglas “D.T.” y se la jugó por el chiquilín que aparecía como una de las grandes promesas del fútbol uruguayo.

    Sus comienzos fueron en la incipiente institución del barrio, el Club Sportivo Cerrito, fundado en 1929 por modestas familias (entre ellos por el árbitro asignado al Mundial del 50, Esteban Marino) y que se afilió a las competiciones de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, siendo el único en ganar un torneo en 1948 (la Divisional Extra) por la huelga de jugadores. Casualmente utiliza los colores verde y amarillo, como la bandera del país que vio consagrar a nuestro protagonista: Brasil. El modesto “clusito” –como solía decir el gran periodista Diego Lucero–, en sus primeros pasos ya tenía la fortuna que de su corazón surgieran tres figuras que estuvieron en el primer Mundial de la postguerra: el ya nombrado Esteban Marino como juez, el propio Ruben y también Héctor Vilches, a quien seguiría ligado en su carrera.

    Precisamente Vilches fue el primer jugador de los auriverdes en pasar a una institución de Primera División con la que tendría una prolongada relación: el Club Atlético Cerro. Vaya paradoja: Cerro y Cerrito, un juego de nombres pero que hacen referencia a una misma situación: la representación del barrio. Sobre aquella época, y de cómo Ruben Morán también llegaría al club de la Villa, consultamos a un allegado a los albicelestes, un referente histórico de los cerrenses, Lorenzo Nusa, quien con nueve décadas de vida y de fútbol nos brinda mayor detalle: “El 13 de abril de 1949 Cerro le plantea al Club Cerrito su interés prioritario por el pase de Ruben Morán (el Tiza) y pocos días después se realiza la transferencia. Cerro tiene una buena relación con Cerrito en razón de la incorporación de Héctor Vilches el año anterior. Este fue quien sugirió el pase de Morán”.

    De esta manera, ambos jugadores formaban el plantel de los villeros al momento de ser citados a la Selección junto a Matías González, titular en todos los partidos jugados en ese Mundial. Cerro concluía esa década formando con Luis Bella en el arco; Matías González y Perrone; César González, Carlos Carranza y Héctor Vilches; Raúl Iglesias, Rodolfo Pippo, Nelson Cancela, Washington Estula y Ruben Morán, que por muchos años disputaba el puesto de mejor puntero izquierdo del Campeonato Uruguayo, para la prensa de entonces.

    Volviendo a nuestro protagonista, tuvo la oportunidad de jugar en aquella contienda precisamente en el partido más importante, el último, de una copa que tuvo como característica única que no se trataba de una “final” propiamente dicha, ya que el empate favorecía al local. No fue nada fácil para Ruben Morán haber formado parte del plantel que lograría traer la Copa del Mundo. Primero, jugó un par de amistosos en abril de 1950 (cuando debutó con la Celeste) en Santiago de Chile ante el local, donde convirtió un gol. Aquel seleccionado lo dirigió de manera interina Romeo Vázquez, quien a la postre fue el preparador físico en el Mundial, mientras la AUF era un caos donde no se ponían de acuerdo para designar al director técnico a menos de sesenta días del magno evento. Pero Ruben en ese aspecto tuvo suerte. Él peleaba el puesto en la lista de convocados con otros jugadores que contaban con más experiencia, como Hugo Villamide y Juan Ramón Orlandi, pero ambos, por diferentes circunstancias, padecieron lesiones que los marginaron de la convocatoria, lo que allanó el camino del joven jugador de Cerro.

    En la tarde del 16 de julio, Ruben tuvo en el primer tiempo la oportunidad de destacarse cuando en una incidencia de ataque del conjunto oriental, y con el arquero rival en el piso fuera de acción, disparó su remate por encima del travesaño en lo que pudo ser la apertura del score. Pecados de juventud, propio de los nervios de un joven que vivía sus primeros minutos en ese gran acontecimiento, aunque ya se habían desarrollado acciones de peligro para ambas vallas.

    El resto es historia conocida (obligatoriamente) para todos los uruguayos; el ataque uruguayo se profundizó por la banda contraria, el flanco derecho, donde Alcides Edgardo Ghiggia gestó las principales jugadas para ganar el partido ante la marca infructuosa de la defensa rival representada principalmente por dos jugadores: Bigode (lateral izquierdo de Brasil) y Barbosa, el guardameta que fuera condenado en vida por recibir ese día los dos goles.

    Con la victoria consumada y el regreso triunfal a su hogar, al barrio (que lo recibió como a un héroe), continuó su carrera en la institución cerrense que intentaba crecer de la mano de su presidente, Luis Tróccoli, quien en alguna oportunidad le negara ser transferido a la vecina orilla, más precisamente a Boca Juniors.*

    Ruben seguía siendo una de las promesas que tenía el fútbol uruguayo para conquistar nuevos títulos en ese período soñado de la Selección. Ya era Campeón del Mundo, estaba asentado como un jugador en la Primera División, augurando enormes posibilidades de un futuro tan prometedor como años de carrera tendría por delante.

    Aquel Cerro promediaba la tabla, generalmente en el quinto lugar, cuando el campeonato uruguayo se formaba con diez equipos. Épocas de elencos estables en los clubes, de recitar “formaciones de memoria” durante años, salvo algún cambio de figuritas. Por ejemplo en 1951, Cerro formaba con Juan Carvidón; Matías González y Omar Perrone; Humberto Cardozo, Carlos María Carranza y Héctor Vilches; Héctor Delgado, Miguel Martínez, Nelson Cancela, Ramón Acosta y Ruben Morán. Increíblemente en el citado año (al igual que los meses posteriores a la consagración en Brasil), no jugó la Selección uruguaya bajo ningún concepto por lo que el público local no pudo disfrutar de los campeones del mundo en el Estadio Centenario, algo que cuesta creer hoy en día.

    En 1952 llegó el Campeonato Panamericano en Chile para el cual Ruben Morán no fue citado, volviendo a integrar una delegación en la Copa América jugada en la ciudad de Lima el año siguiente (recién en mayo de ese año el seleccionado uruguayo jugó en el Estadio Centenario, por primera vez luego de Maracaná). En aquella oportunidad Uruguay no fue con sus mejores jugadores por la negación de algunos clubes a brindar lo mejor al combinado uruguayo. No es titular en este torneo y apenas ingresa unos minutos en el partido que terminó con derrota por la mínima diferencia frente a Brasil, cuando además se produjeron incidentes en algunos pasajes del encuentro. Sin saberlo, esa sería su última actuación con la camiseta celeste, en un total de cuatro partidos que tuvieron una particularidad: ninguno fue en tierra uruguaya, ante su público. El torneo sudamericano fue el presagio de un año difícil en su carrera y para su club: en el Torneo Competencia Cerro salió último, y en el Campeonato Uruguayo noveno (penúltimo), a un paso del descenso. Ya nada volvería a ser igual.

    Los avatares de la vida harían que el muchacho prometedor –que en su mejor momento tuvo más de una oportunidad de pegar el salto al exterior y no pudo o no lo dejaron–, en el fin de la temporada de 1953 entrara en una especie de canje con el club Defensor en lugar de Argimón.

    Uruguay estaba con la cabeza puesta en repetir la gloria de Maracaná en Lausana (Mundial de Suiza en 1954), mientras Ruben luchaba por un lugar en el equipo violeta, lo cual no lograría. Apenas jugó un solo partido en todo el año, contra Peñarol, en el comienzo de la segunda rueda, que terminó con derrota 2-0. Posteriormente la carrera del futbolista siguió en el Huracán de Rivera, para volver al barrio ya con la misión de trabajar. El Cerrito de la Victoria fue testigo de su vida, en sus diferentes pasos y tropiezos, junto a los recuerdos que habían quedado en la memoria colectiva y en la gloria que se esfumaba con los años, como sucede habitualmente en la tranquila Montevideo; su andar era el de un vecino más.

    Hace cuarenta años, con el verano a medio andar, el titular de la camiseta número once en la gloriosa gesta de Maracaná dejó de existir físicamente con apenas 47 años; fue el primero de los campeones del cincuenta en abandonarnos. Vivió sus últimos tiempos, como tantos otros jugadores olvidados, de manera humilde y lejos del reconocimiento. Como se fueron tantos campeones que dio esta tierra, en medio del silencio, sin hacer ruido, para que cada tanto algún memorioso levante una copa en su honor.

     

    *Suplemento Ovación, 29 de enero de 2017, nota de Luis Prats, ‘El campeón olvidado de Maracaná’.

    Agradecimientos: Lorenzo Nusa y Museo del Fútbol.

  • 55


  • ¡El Feni no baja!: un grito de resistencia

    En el barrio Capurro, en Montevideo, nació uno de los mitos futboleros uruguayos, allá por la década del sesenta. En otro siglo, otro Uruguay. El Parque Capurro ya formaba parte del paisaje montevideano –tanto el espacio público perteneciente a la Intendencia de Montevideo como la cancha de Fénix– y el oeste estaba definitivamente perfilado como un destino industrial y obrero.

    Origen e identidad de una leyenda que trasciende el fútbol

     

    En el barrio Capurro, en Montevideo, nació uno de los mitos futboleros uruguayos, allá por la década del sesenta. En otro siglo, otro Uruguay. El Parque Capurro ya formaba parte del paisaje montevideano –tanto el espacio público perteneciente a la Intendencia de Montevideo como la cancha de Fénix– y el oeste estaba definitivamente perfilado como un destino industrial y obrero. Atrás –muy atrás– había quedado el barrio-balneario, y el deporte y el fútbol ya habían tomado protagonismo para transformar al barrio en metáfora.

     

     

     

    Por Juan Aldecoa

     

     

    “Fue una cosa espontánea, ese grito de desahogo; siempre estábamos penúltimos, últimos, que bajamos, que no bajamos, y resurge de las cenizas el ave”, cuenta Mario Sanseverino, presidente del Centro Atlético Fénix cuando en la entrevista para Túnel surge la pregunta cantada: ¿cómo nació el grito “¡El Fénix no baja!”? Dice Sanseverino que “la frase viene desde el año 56, 57, más o menos. Fénix sube por primera vez a la divisional A en el año 56, tiene muy buena actuación en el 57 pero desciende. En ese momento se comienza a decir que Fénix es un cuadro de la B, y vuelve a subir en el 59”. Los recuerdos se entremezclan –algunos son difusos–, y cuando hay dudas lo que pesan son las vivencias: “Lo vengo viviendo a Fénix desde el año cuarenta y pico”, agrega.

    Ir a la cancha de Fénix (ya sea como hincha, espectador o a trabajar) tiene un gusto especial. El Parque Capurro es de los estadios más hermosos, porque junto con el Olímpico de Rampla Juniors tienen el agregado ideal: las cuatro tribunas conviven con el césped, las pelotas y el agua. En el caso de la cancha albivioleta, la ruta es el destino de muchos uñazos perpetrados por recios defensores. Al marco y el paisaje, agréguele una pizca de barrio, una historia colmada de sufrimientos, el orgullo de pertenecer y una cucharadita de inventiva popular futbolera. “Es curioso, pero recuerdo alguna ocasión de Fénix saliendo campeón de la B, y en los festejos frente a la sede, la gente en lugar de gritar ‘Fénix campeón’, gritaba ‘Fénix no baja’”, dice Juan José Calvo, referente uruguayo de la demografía (y uno de los principales de la región).

    Calvo, entre investigaciones políticas de población, la búsqueda de vínculos entre economía, población y desarrollo, y sus viajes al exterior por su trabajo en Naciones Unidas, no abandona su pasión por Fénix. “Trabajé muchos años en Naciones Unidas, tengo colegas dispersos por todas partes y varias barras futboleras en el mundo. El grito de guerra ‘Fénix no baja’ es inigualable, yo no conozco otro equipo en el mundo –a pesar de que tengan cierta tradición de jugar de la mitad de la tabla para abajo– que tenga un grito similar, que justamente tuvo que ver con todas esas subidas y bajadas, y aquella serie de clásicos contra Racing”, cuenta. Sobre el grito que da origen a esta nota, no duda: “Es un grito de resistencia, y uno se identifica con eso. El ‘Fénix no baja’ es resistencia; uno no dice Fénix campeón. Tiren todo lo que tiren vamos a aguantar. Fuera de la cancha de Fénix, y fuera del fútbol, en Uruguay se utiliza la expresión aplicada a cuestiones de resistir a algo, ha trascendido”.

     

    La metáfora del barrio

    Gustavo Perini, conocido popularmente como El gran Gustaf, suma en su currículum varias pasiones como la actuación, el humor y Fénix. Memorioso de las viejas alineaciones futboleras, siempre pone entre sus maestros a Luis Bebe Cerminara, Alberto Restuccia y Mary Minetti –entre otros y otras–. La cultura es parte de Gustaf, y también de Fénix. “‘El ‘Fénix no baja’ es la metáfora del barrio. Es un barrio trabajador, obrero, luchador, que trasciende a su equipo de fútbol: el club de fútbol interpreta a la gente del barrio, esa gente que intenta día a día, minuto a minuto, no descender”, cuenta Perini.

    “La leyenda en sí misma nace de un caricaturista de El Diario de la noche, donde se hacían apostillas deportivas con humor, y le pone un globo a un hincha con un gorrito de Fénix que está gritando ‘el ‘Fénix no baja’”. Pero es claro, según Gustaf ese grito trascendió y es “genuino” de la hinchada: “son más de cien años peleando el descenso”. El humorista considera que Fénix no es solo un club de fútbol, ya que el capurrense ha sido parte de momentos históricos de la cultura uruguaya. “Cuando se crea la murga Falta y Resto, sale del Fénix. Es una murga combativa, majestuosa; y en esa metáfora de resurgir de las cenizas, Jaime Roos se puso la camiseta de Fénix para el disco Mediocampo”. Para cerrar menciona a la Escuelita del Crimen y a uno de los personajes que nació en ese grupo de humoristas: el Niño Calatrava. “Eran todos hinchas de Fénix”, no lo duda.

    Desde adentro

    “En los últimos años Fénix está mal acostumbrado –en el buen sentido–, pero la historia de Fénix era un subibaja. Ahora se ha estabilizado; a mí me tocó estar en dos etapas, y las dos fueron espectaculares. En ningún momento se pasó zozobra, digamos, a pesar de que la segunda vez sí peleamos el descenso, pero no solo nos salvamos sino que el puntaje nos dio para meternos en la Copa Sudamericana”. La palabra autorizada es del 10, uno de los ídolos del club: Martín Ligüera.

    Ligüera, más allá de que nació en Montevideo, es floridense. Debutó siendo un chiquilín muy joven, con 16 años en Nacional, en 1996. Aquel equipo tricolor de Miguel Ángel Puppo enfrentaba a Peñarol en el estadio Centenario. El clásico de la Supercopa terminó empatado 2-2, en una tarde invernal que le dio la bienvenida a Martín, quien luego recorrió muchas canchas y varios países atrás de la pelota. En Nacional es queridísimo, y en Fénix se convirtió en ídolo tras dos pasajes en el club de Capurro. “La esencia de Fénix es eso, tratar de siempre ir remándola para no descender”, recuerda Ligüera, a pesar de que también vivió momentos de los dulces en el club, como haber jugado las copas Libertadores y Sudamericana.

    “El jugador que llega va absorbiendo toda esa historia. Es un equipo que por lo general todos los años sufre deportiva y económicamente en muchos pasajes, entonces esa conjunción se transmite de afuera hacia adentro de la cancha”, argumenta el jugador sobre la mística capurrense. El actual entrenador de la tercera división de Nacional no oculta su amor por los tricolores: “La gente sabe que yo estoy identificado con Nacional –y soy hincha de Nacional– pero va más allá de eso el cariño que nos tenemos, por las circunstancias que a mí me tocó pasar con uno de mis hijos. Me tuve que venir de Brasil y ellos me abrieron la puerta para entrenar y jugar con la voluntad de que si yo me tenía que ir a Estados Unidos durante el campeonato lo podía hacer. Y me tuve que ir dos o tres veces, perderme partidos, y no había problemas”.

    Al final de cuentas, el club de barrio lo “arropó”, y cuenta que se sintió “uno más desde el primer día”: “El cariño que me dieron fue muy grande. Hay algo más que lo deportivo; la gente me lo hace sentir, y yo siempre traté de demostrarles mi respeto con mi forma de jugar y mi forma de actuar”.

    Una cuestión de estilos (y de historias)

    “En los años 60 y 61 anda por allá abajo, y en el 61 termina último junto con Wanderers y tiene que ir a unas finales. ‘El ‘Fénix no baja’, comenzó a decirse. Wanderers era un equipo económicamente más fuerte, con más historia, más respaldo a nivel de la Asociación Uruguaya de Fútbol, y logra habilitar un período de pases especial para jugar esos partidos. De esa manera, se refuerza con jugadores de Peñarol, y hasta con brasileros. Era ampliamente favorito, vamos a jugar al estadio y Fénix le gana los dos partidos”. Mario Sanseverino lo cuenta y se traslada a los años de su juventud. El libro de los cien años de Fénix rememora esos momentos de sufrimiento, de campañas angustiantes hasta el último suspiro.

    Más acá en el tiempo Fénix no estuvo ajeno a la pelea por el descenso. Si bien existe una cierta estabilidad –permaneció en primera y ha clasificado a copas internacionales–, los estilos futbolísticos han sido bien marcados, como lo cuenta el demógrafo Juan José Calvo: “En los últimos años –sobre todo desde la primera llegada de Juan Ramón Carrasco– Fénix juega mucho más atildado. Cuando le ganamos 6-1 al Cruz Azul en el Franzini, por la Libertadores, fue apoteótico. Siempre lo recuerdo: saliendo de la cancha, aquella noche, vi a dos veteranos que iban abrazados, llorando”.

    Pero Fénix ha tenido otras noches, no tan dulces al paladar del hincha. Durante varios años se los ha acusado de ser defensivos, de plantear partidos aguerridos y no colaborar con el espectáculo. ¿Qué es jugar bien? ¿Qué es jugar mal? “Es un estilo. A mí me gusta mucho más ver el fútbol de las canchas chicas que ver al Barcelona o al Real Madrid. Se juega al fútbol pero tiene una significación totalmente diferente”, agrega Calvo.

    El corazón casi siempre puede más que la razón. “El Fénix no baja”, ese grito que nació de la tribuna y se cruzó con la cultura popular y los dichos futboleros, es parte del día a día de un barrio, de una cancha, de un club y de sus sentimientos. Ese grito de resistencia vale lo que un campeonato y trasciende las generaciones. Es la esencia del ave mitológica, el ave Fénix que desaparece y resurge de sus cenizas, el símbolo de la renovación en general.

     

     

    Un amuleto

     

    Cuenta Juan José Calvo: “En 1995 me fui becado a estudiar a Francia, a hacer mi posgrado. Me iba por unos años, y uno ahí tiene que pensar qué llevar. Además de la ropa y otras cuestiones, había tres cosas que tenía que llevar: uno era el manual de econometría básico –esto lo voy a precisar, dije–; otro fue el libro de cocina del Crandon; y lo tercero fue la camiseta del Fénix, que estuvo colgada en mi apartamento en París durante años”.

    El demógrafo, nacido en Uruguayana y Capurro –“a menos de cien metros de la sede de Fénix”, dice–, hace una radiografía de la hinchada: “Tiene una parte obrera, una parte un poco lumpen, y también, después, una parte de profesionales del barrio que siguió vinculada a ir a la cancha”. Ese pedazo representativo de la mayoría de los barrios montevideanos se lo llevó consigo para siempre. El amuleto hecho de tela –la camiseta– recorrió el mundo: Haití, cuando el terremoto de 2010; Siria, cuando el final del conflicto en Damasco, en 2018; Venezuela y Burkina Faso, más acá en el tiempo: “A las misiones complicadas siempre me la llevo; para mí tener la camiseta de Fénix era como llevarme un pedacito de Uruguay”.

  • 54


  • El Partido

    Hay al menos tres grandes razones por las cuales el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra por México 1986 excede a un evento meramente deportivo: En ese encuentro suceden las dos anotaciones más famosas de la historia, que por su magnitud han recibido (cada una de ellas) su apelativo particular: “La Mano de Dios” y “El Gol del Siglo”.

    Publicado el 22 junio, 2021 por Adriano LH

     

    Hay al menos tres grandes razones por las cuales el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra por México 1986 excede a un evento meramente deportivo:

     En ese encuentro suceden las dos anotaciones más famosas de la historia, que por su magnitud han recibido (cada uno de ellas) su apelativo particular: “La Mano de Dios” y “El Gol del Siglo”.

     Acontece en una instancia decisiva de un Mundial de Fútbol, la cita máxima para el deporte más popular del planeta.

     Se inscribe en el contexto de la geopolítica internacional, habida cuenta de que puso en disputa a dos países que recientemente habían dirimido sus diferencias en la guerra de Malvinas, ocurrida entre abril y junio de 1982.

    Además de lo anterior, resulta un hito para ese postergado y sufrido pueblo argentino que recién llevaba tres años desde el retorno de la democracia, tras haber atravesado la última Dictadura Militar, el período más oscuro de su vida como nación independiente.

    En tal sentido, el encuentro disputado el 22 de junio de hace ya 35 años, consagra a Diego Maradona como una figura exponencial que trasciende al fútbol, y que desde esa fecha comparte la galería de los héroes contemporáneos de la patria, junto a celebridades como Perón, Evita, Gardel o el Che Guevara, los argentinos mayormente distinguidos por el mundo.

    En 2016, a tres décadas de la gesta, el periodista Andrés Burgo (Buenos Aires, 1974) tenía la intención de escribir un libro sobre el título argentino en el Mundial 86, pero rápidamente advirtió que Argentina-Inglaterra se llevaba toda la atención: El Partido (editado por Tusquets) es una obra monumental que se circunscribe exclusivamente al cotejo mencionado, narrando el antes, el durante y el después, de un hecho único, con ribetes tan particulares que brillantemente se reúnen en un trabajo de investigación con muestras representativas del universo en cuestión. Tiene aportes de protagonistas directos e indirectos (futbolistas, periodistas y aficionados de ambos bandos que estuvieron en el Estadio Azteca) y se vale de una precisa recolección de datos a partir de fuentes primarias y secundarias que revelan detalles ignorados hasta entonces.

    ¿Qué tuvo de especial ese cotejo?

    Entre otras cosas, el espíritu amateur de los protagonistas, personas comunes capaces de hacer algo extraordinario. Con miserias propias, egos y limitaciones tan humanas, logran unirse detrás de una causa: hacer historia y regalar una alegría eterna al país.

    Por ejemplo, una de las anécdotas más pintorescas tiene que ver con las camisetas: el día anterior, un grupo de mujeres se encontraba bordando y ploteando el juego de casacas azules que integrantes de la delegación del combinado nacional, a pedido del entrenador Carlos Bilardo, había comprado de urgencia en un local de Ciudad de México para cumplir con la reglamentación de la FIFA, porque al jugarse en horas del mediodía, la marca que vestía al equipo no había dispuesto para la vestimenta suplente una tela calada para soportar el calor (algo que sí tenía la prenda titular, celeste y blanca).

     

    Asimismo, el texto reúne voces que establecen dificultades de relación entre los hechos y los recuerdos: muchos testigos del encuentro tienen versiones muy distintas acerca de lo ocurrido, y hasta llegan a evocar episodios que no han sucedido.

    Lógicamente, se recupera al Maradona íntimo y cotidiano, un líder que vivió con naturalidad su momento más sublime, con declaraciones potentes que ha realizado y otras que le atribuyeron (¿Quién sugirió el bautismo de “La Mano de Dios”?).

    Hay en él la majestuosa expresión del talento y la picardía, algo muy identificado con sus orígenes humildes. En un país que empezaba a dejar atrás la represión, fue festejado por partida doble sus dos acciones fundamentales: la trampa del gol con su puño izquierdo, que quiebra la sumisión a las leyes; y la maravillosa acción desde mitad de cancha, esquivando a cuanto rival se interpusiera. Esta última épica también tuvo el acompañamiento de un relato que contó la secuencia en tiempo real: la poesía de Víctor Hugo Morales, con la pasión del momento, hizo más inmortal la gestación y culminación de una obra tan única como irrepetible, canonizando a su autor con el epíteto de “Barrilete cósmico”.

    El libro viene a contar lo que el paso de los años ha dejado en el camino.

    Enseña que la historia, como ciencia social, siempre está escribiéndose.

    Y confirma que de los grandes momentos del pasado aún habrá algo más por compartir, sobre todo ahora, cuando la estrella más rutilante ya no está en este plano.

     

     

  • 53


  • Si dejamos la vida, van a seguir cantando

    En el metro de Madrid están pintadas un centenar de caras y banderas. Digamos, cada cara sobre cada bandera. Algunas caras parecen conocidas, otras anónimas. Cuando pienso que identifico una de las caras pintadas en las paredes del metro de Madrid, no coincide en realidad con la bandera que hay pintada detrás, que es como su piel.

    En el metro de Madrid están pintadas un centenar de caras y banderas. Digamos, cada cara sobre cada bandera. Algunas caras parecen conocidas, otras anónimas. Cuando pienso que identifico una de las caras pintadas en las paredes del metro de Madrid, no coincide en realidad con la bandera que hay pintada detrás, que es como su piel. Puede ser simplemente que no se condicen, o puede ser simplemente que las caras del metro de Madrid nos representan a nosotros mismos en el rostro de un otro, una especie de espejo inexacto que nos interpela, un culto al anonimato, una representación de la pluralidad de culturas que atraviesa la puerta de Alcalá.

     

     

     

    Por Agustín Lucas, desde Madrid

     

    A un lado de una de las salidas del metro Portazgo, después del Puente de Vallecas, está el Bar La Uña, un sucucho tras un par de escalones donde suenan tragamonedas. Unas cortinas rojas, unas conversaciones de la hostia, de puta madre digamos, un lunfardo que madre mía para un momento de la semana bien cojonudo: el día del partido. O la noche más bien, una nueva noche fría en el barrio, resguardados en un bar que también es como un espejo inexacto, un culto al anonimato. Las caras del bar son las del metro de Madrid. El bar es como un faro que se erige en el destino, una parroquia donde entrar a vislumbrar lo que se busca: la cancha. Al mozo no le sorprende el acento porque él también es extranjero, y le alegra que preguntemos por el estadio, muy amablemente nos dice que es para el lado contrario a donde venimos caminando. Entonces pedimos unas cañas y antes del brindis el mismo mozo desliza un plato de tapas que hace que las glándulas segreguen y que hasta el brindis se distraiga. Estamos en Vallecas, el barrio obrero, donde no se habla de inmigrantes sino de vecinos, el barrio del Rayo Vallecano. “El Rayo es distinto, estás en Europa, no tenés vallas, no tenés nada, pero la tribuna de atrás del arco se agita de verdad. Son Los Bukaneros. Hay equipos que de repente tienen más gente pero vas al Bernabeu y no cantan, vas a la cancha del Valencia y cantan unos pocos, en Villareal está lleno el estadio pero no sentís ambiente, no sentís canto, no sentís bombo, nada, acá sí, todos los partidos, y ahora que vamos mal, más todavía. Ellos quieren que vos corras, les da igual si ganás o perdés, quieren que te identifiques con el barrio, que hagas todo por el equipo. Ellos insisten en que vos sientas lo que es el barrio, lo que es el Rayo Vallecano”.

    Emiliano Velázquez nació en Danubio, o sea, nació en Potencia, más bien nació en Piedras Blancas. Claro, de alguna forma los futbolistas tenemos esa manera de recordar los años según los colores que usamos. El 103 y el 300 le fueron marcando la vida. Emiliano sabe lo que es el barrio porque Danubio es barrio. A las caras de la Curva les atraviesa el semblante una franja negra, y en el bullicio de la gurisada se va tejiendo esa cosa que se llama identidad, que a veces se termina con el profesionalismo, y a veces no. Hay nichos en el mundo donde el mercado no se lo ha comido todo, donde esa lucecita fundacional de los cuadros sigue rindiendo en cada cabecera con el póster de los campeones, en cada banderín, en cada tatuaje. “A todos los equipos se les complica. Acá la hinchada te ayuda a morir. Es difícil para cualquiera venir a Vallecas. Mañana en el partido van a cantar más de lo normal, jugamos contra el Eibar que es un rival directo, que está abajo en la tabla como nosotros y que le ganó al Real Madrid 3-0. Pero que le ganen al Real Madrid es una cosa y mañana es otra”. Mañana es hoy. Ayer, en la previa al partido entre el Rayo Vallecano y el Eibar, tomamos unos mates con Emiliano en su casa, con sus perros adoptados que conocen de aviones, y que por lo tanto conocen Piedras Blancas. “Hoy fueron a hablar del partido de mañana. Que es un partido importante, pero que ellos no presionan, no nos piden más de lo normal, que ganemos o perdamos pero que se noten las ganas. De visita con Valencia viajaron como siempre quinientas personas, que no es normal. Siempre te piden que los saludes aunque estén allá arriba en la tribuna. En un partido contra Villareal que perdimos en casa, nosotros entramos al vestuario y nos vinieron a buscar. Nos pidieron que saliéramos a saludar de nuevo porque había muerto un niño del barrio. Ellos no nos recriminan si jugamos mal, nos piden que estemos en esos momentos. Que dejes la vida, y que des la cara por el Rayo. Que si nosotros dejamos la vida ellos van a seguir cantando”. A unas cuadras del Bar La Uña está el Mesón Moreno, bien enfrente a la tribuna donde cantan Los Bukaneros, la hinchada banda sonora de cada partido, la que pinta una pancarta distinta porque siempre hay algo para decir ante cada conflicto social, la de las raíces en la identidad y en el barrio y en la fidelidad por los colores. Supieron escribir, entre otras manifestaciones, que “La franja no se mancha con racismo” en repudio a la contratación de un futbolista ucraniano identificado con la ultraderecha. Por otro lado, reciben a los nuevos futbolistas con un recorrido por la zona y por las costumbres y les hablan de rayismo, los empapan de su idiosincrasia y los devuelven a la cancha para alentarlos siempre y cuando sientan como propio el sudor de la casaca blanca atravesada en diagonal por la histórica franja roja: “Todos los jugadores nuevos tienen que hacer un recorrido por el barrio caminando con ellos. Es para que conozcas cómo es la hinchada, cómo es el barrio, ellos quieren que los jugadores vivan en el barrio. Te llevan a una iglesia, a la casa de la fundadora, a un colegio abandonado donde hicieron una escuelita y un ring de boxeo, al lugar donde se juntan a pintar los tifos, que son las banderas que llevan para los partidos. Esa es su sede, donde se juntan antes y después de los partidos. Tienen indumentaria para la venta, que no es oficial pero es la de la hinchada. Arreglan el barrio, hacen sociabilidad. El Día del Rayismo, desde el estadio se hace una carrera que recorre todo Vallecas. Siempre piden que los jugadores participen, y nosotros vamos, claro”. En el Mesón Moreno también hay hinchas del Eibar bebiendo en la previa. Viajan por el aire las jarras y las tapas y en la tele el fútbol se apodera de los píxeles. El partido se relata en conversaciones, el equipo se delinea en la fila del baño. Una cuadra más adentro hay un mar de gente empinando birras: es la hinchada. Nos metemos en esa mersa, somos parte del caudal rayista que se mueve ameboide hacia la cancha. El equipo no gana desde hace varias fechas, pelea los últimos puestos con el rival de turno y por eso la hinchada alentará más que siempre. Siempre un poco más, que se puede. Emiliano volvió esta semana de París donde estuvo citado a la Selección uruguaya. Forma parte de ese grupo selecto de valores. Quiere rendirle al cuadro para rendirle al barrio para rendirle al Maestro, de quien habla con el respeto supremo que generan a veces los padres, o esos tutores que te da la vida. “Mañana es un rival directo y la gente va a estar apoyando más que siempre. Todavía no sé si juego, se lesionó un lateral derecho y el suplente está suspendido, no jugué nunca de lateral, pero si tengo que jugar mañana estoy preparado. Siempre estoy preparado para jugar”. Mañana es hoy, adentro Los Bukaneros cubren las espaldas de los backs con un canto de izquierda en el pretil de la popular. En las tribunas se arma el coro. Todo rebota en la pared atrás del arco y vuelve, empapa a los jugadores. Emiliano al fin tuvo que jugar de lateral, sacó pelotas como el barrio manda. El equipo ganó y el barrio es fiesta. Emiliano volverá a su casa y a sus perros con el sabor de la gente contenta. Seguirá soñando con la Celeste, y esperará al mes de junio o a los escasos días de diciembre, para volver a Piedras Blancas, a contar peripecias rayistas, a hablar de Danubio, a ver pasar el 103 como si pasara la vida por la avenida.

  • 52


  • Con el diario del viernes

    El exitismo en el fútbol es cosa de todos los días. Alguien gana, es un fenómeno, si pierde, en el mejor de los casos es una buena persona que no logra disimular lo poco o nada que sabe de fútbol. No es de ahora, ya se vivía en la lejana segunda mitad del siglo XX, de lo que fue testigo quien esto escribe.

    11 CONTRA 11 Y LOS DE AFUERA SON DE PALO

     

    El exitismo en el fútbol es cosa de todos los días. Alguien gana, es un fenómeno, si pierde, en el mejor de los casos es una buena persona que no logra disimular lo poco o nada que sabe de fútbol. No es de ahora, ya se vivía en la lejana segunda mitad del siglo XX, de lo que fue testigo quien esto escribe.

    Pedro Cribari

     

    Cuestionaron a Spencer por “cagón” porque el día del debut ante Nacional, se mantuvo en cuclillas mientras sus compañeros se liaban a piñazos con los rivales. Cerró la boca de sus detractores con goles y más goles erigiéndose en el máximo goleador de la Copa Libertadores, sin que ningún otro jugador pudiera superar su impactante marca de 64 tantos. Más acá en el tiempo cuestionaron a Francescoli por “lagunero” pese a que con media docena de apariciones en el partido mostraba su calidad distintiva y su capacidad de desnivelar la partida. Cómo habrá sido su trayectoria en el fútbol que hasta Zidane le rindió homenaje bautizando a su hijo con el nombre de Enzo.

    El exitismo no es solo patrimonio de algunos uruguayos, es un fenómeno universal, tanto es así que llegaron a cuestionar a Messi por frío y que en la selección no ganó nada.

    Cuestionaron a Luis Suárez porque “ya había sido”, que “era un gordo”, que no tenía cabida en el Barcelona de fino paladar, y alcanzaron unos pocos meses para responder con goles y título y así humillar a quienes pretendieron humillarlo.

    Solo saben contar monedas, se ganó, se engrosan sus bolsillos, se perdió, hay que atacarlos para que vengan otros que nos den la rentabilidad perdida.

    La lista de los cuestionados es muy extensa, pagaron ese tributo grandes figuras, desde entrenadores a jugadores.

    ¡Cómo no iba a ser cuestionado Tabárez!

    Que Uruguay no juega a nada, que demora los cambios, que no renueva el plantel, que es defensivo y varios otros etcéteras. Son los que no aceptan que Uruguay no vuelva a salir campeón del mundo, ¿por qué no serlo?, como si fuera un mandato divino. Gritan en la tribuna, manipulan desde los micrófonos, lanzan rumores, por desgracia forman opinión. Siempre dicen o sugieren tener la respuesta a los problemas. Uruguay le gana de visitante a Colombia, bueno Tabárez no es tan malo pese a que demoró en hacer ingresar a tal o cual futbolista (“ya lo habíamos dicho”), por fin se percató, agregan con suficiencia; empata la selección de local ante Paraguay, armó mal el equipo, de nuevo no jugamos a nada, es hora que dé un paso al costado. Son vaivenes propios del fútbol, esos sabelotodo si alguna vez tocaron una pelota en una cancha saben que así es, pero igual arremeten, por ahí les sube el rating y conquistan algún otro avisador.

    Sin embargo una vez más los datos matan los infundios. Clasificados al Mundial del 2010, al del 2014, al del 2018. Cuartos en Sudáfrica, pasando de grupo a octavos en Brasil y Rusia. Respetados en el mundo, recuperando el prestigio perdido, el mundo del fútbol mirando hacia Tabárez buscando la respuesta de cómo un país de poco más de 3 millones puede competir de igual a igual contra las potencias futbolísticas, económicas y demográficas.

    Pero si así no lo hubiera sido, solo con la labor de crear una cultura de selección nacional que va desde los futbolistas, pasando por los funcionarios hasta la mayoría de los parciales, ya el Maestro habría cumplido, con creces.

    A pocas horas, con el diario del viernes, no el del lunes, el colectivo de Túnel, el que creo interpretar en este tema, extiende una nueva cuota de confianza a todos quienes nos representarán en la Copa América, a sabiendas que lo más importante estará presente, la voluntad de hacer lo mejor posible en cada instante del juego. Ojalá se inspiren y además de la actitud de responsabilidad profesional obtengan buenos resultados. Hay talento, hay inteligencia, hay disciplina, hay conciencia plena que el fútbol es un juego colectivo en el que lo individual aparecerá si todas las piezas armonizan.

    Confiamos en los futbolistas, confiamos en el equipo de profesionales que acompaña al entrenador, confiamos más allá de lo efímero de los resultados en la aún vigente obra del Maestro Washington Tabárez.

  • 51


  • Doble de riesgo

    Hay cifras que tienen encanto. Suma 25 años de carrera, 30 equipos de fútbol, 400 goles. Usa la camiseta 13 o le agrega 100 –si la otra está ocupada– para llegar al 113; fue dirigido por 40 entrenadores. Nació en Minas, Lavalleja, a 105 kilómetros de Montevideo. Tiene 43 años, mide casi dos metros, tiene cuatro hijos: Facundo, Franco, Diego y Valentina. Jugó al voley, al básquetbol ...

    Charla con el Loco Sebastián Abreu

     

     

    Hay cifras que tienen encanto. Suma 25 años de carrera, 30 equipos de fútbol, 400 goles. Usa la camiseta 13 o le agrega 100 –si la otra está ocupada– para llegar al 113; fue dirigido por 40 entrenadores. Nació en Minas, Lavalleja, a 105 kilómetros de Montevideo. Tiene 43 años, mide casi dos metros, tiene cuatro hijos: Facundo, Franco, Diego y Valentina. Jugó al voley, al básquetbol y debutó como futbolista en Defensor, en 1994. Con la selección uruguaya jugó 70 partidos, ganó 26, hizo 26 goles. En 2020 cumplirá un sueño: ser el director técnico del mismo equipo en el que juega.

     

     

     

    Por Patricia Pujol

     

     

    Estará dentro y fuera de la cancha al mismo tiempo, una experiencia que pocos cuentan en su legajo profesional. Él lo sabe y despeja pronto los posibles cuestionamientos recitando, con celeridad y de memoria, algunos nombres de colegas en su misma –y doble– condición: el colombiano José Manuel Charro Moreno en Independiente de Medellín, que ganó un campeonato, el brasileño Romario en Vasco Da Gama, Gianluca Zambrotta en Chiasso, Italia, y GennaroGattuso en FC Sion, Suiza. No lo dice y no se lo digo, sabemos que también en Uruguay pasó algo de esto que parece tener visos de insensatez: Juan Ramón Carrasco en Rocha Fútbol Club, en 2000. Hoy la locura tiene nombre: Sebastián Abreu.

     

     

    Amaneció despejado el cielo en camino Pichincha. Un viento fresco es el condimento ideal para animar la mañana de verano y que no abrume el entrenamiento. Boston River se prepara para el campeonato uruguayo en las canchas del Complejo Deportivo Santa Rita, un lugar amplio, rodeado de árboles, con varios campos de juego abiertos y verdes. Es el mismo equipo que zafó del descenso en la última fecha del campeonato pasado. Acá no sobra nada.

    A las 9 los jugadores ya están prontos, sentados en ronda fuera del vestuario, esperando la señal del entrenador para comenzar los ejercicios en la cancha. A unos metros, un equipo de asistentes trabaja colocando una cámara fija. Hoy habrá dos personas más filmando lo que va a suceder: se prepara un video motivacional para el arranque de temporada. Se acerca el Locoy a los gritos cruza la cancha: “¡Ya encontré la clave: 4-3-3 y los matamos a todos!”. Se ríe y sus colegas le devuelven el gesto. En la cancha están alistando los materiales Claudio Pérez, el segundo entrenador, el entrenador de goleros Jorge Rodríguez y los profes Facundo Altamira y Jorge Hernández. Los ejercicios combinarán fuerza individual y dinámica grupal. Luego, los jugadores ocupan la cancha en espacio reducido con indicaciones precisas: dos equipos, tres pases, la pelota no vuelve y hay que generar y encontrar los espacios para dar el pase. Todo eso lo explica el LocoAbreu a los gritos después de haber hecho los mismos ejercicios que todo el plantel. Cuando comienza a rodar la pelota, también juega. Cuando ve que se desalinea su plan en el campo, para, se retira del límite que marca la cancha y grita más fuerte: “Hay que buscar los espacios. Me muevo. Son tres toques. Rápido”.

    Abreu ya fue entrenador en Santa Tecla, El Salvador, donde logró el título del campeonato local en 2019. Su trayectoria como jugador es conocida y vasta: Defensor, Nacional, Central Español de Uruguay; RiverPlate, San Lorenzo, Rosario Central de Argentina; Dorados de Sinaloa, Monterrey, Tigres, América, por decir algunos equipos de México; Real Sociedad y Deportivo La Coruña de España, Botafogo, Gremio de Brasil, Deportes Puerto Montt, Audax Italiano de Chile, Beitar Jerusalén de Israel y Aris Salónica de Grecia. Vistió la celeste desde 1996 hasta 2012 y su nombre se lee en la cima de varias tablas de goleadores de campeonato.

    Terminó su rol de conductor televisivo en Trato hecho, en Teledoce, para seguir pensando en los partidos de fin de semana. En Boston River tiene contrato hasta julio de 2020 como jugador y hasta fin de año como entrenador. Sabe que el nuevo camino no será fácil.

     

    ¿Cómo estás encarando esta nueva etapa de entrenador? ¿Con qué idea y posibilidades de desarrollarla?

    Lo bueno de llegar a un club es saber las carencias, las virtudes y dónde podés apretar para mejorar. Hemos ido mejorando cosas que entendemos que son necesarias para llegar a la exigencia máxima que sea acorde a cómo te la piden. Porque muchas veces se exige que hay que jugar bien, pelear arriba, entrar a copas internacionales… pero una cosa es el domingo, ¿y de lunes a viernes? Las condiciones son diferentes. Pedimos como élite pero tenemos condiciones de amateur, hemos podido encontrar un espacio físico acorde, lindo, donde el paisaje te ayuda a oxigenarte, estamos solos, no compartimos con nadie más, que era una de las cosas que veníamos sufriendo y tenías que manejar los horarios. Químicas, vibras que se van generando... A nivel de materiales hemos ido mejorando, pero siempre hay que insistir, porque hay que entender que la experiencia que uno puede llegar a tener en el mundo entero, a veces, por más que se tenga la idea, no se tiene el conocimiento. No se tiene la experiencia y uno ayuda de ese lado a ir incrementando cosas. En líneas generales hemos ido mejorando, pero esto es como todo, podés valorar todo lo que se entrena, todo lo que se ha mejorado, y podés seguir consiguiendo cosas para mejorar, pero si llega el fin de semana y ganás, porque ese es el aditivo psicológico positivo que genera el ser humano, sobre todo al que le pedís cosas. Si va viendo los resultados está motivado a dártelo, si no ve resultados va perdiendo la motivación y entiendo que es un gasto innecesario, porque los resultados no se consiguen, por eso somos realistas.

     

    ¿Qué debilidades y fortalezas tiene tu equipo?

    Tenemos un plantel con mezcla de todas las edades: hay jugadores adolescentes, de edad intermedia y grandes. Veo el deseo de poder sentirse a gusto dentro del campo de juego. Cuando digo “sentirse a gusto” es llegar al campo de juego, saber lo que se quiere, lo que se plantea, poder plantearle al rival dificultades. Otra de las cosas que tienen es el anhelo de hacer un buen año. Veníamos de hacer un año en el cual se terminó noveno, que es la posición que en Boston se maneja. El tema del promedio te condiciona mucho la parte psicológica, porque muchas veces te olvidás de ver la tabla anual, que puede ser relativamente buena, con el promedio del descenso que te lleva a pensar que fue un año horrible, malo. Estás todo el año peleando el descenso y no te das cuenta de que esa diferencia de tabla, que es un promedio acumulativo de torneos anteriores, te lleva a perder la visión del año, que no fue malo futbolísticamente pero te lleva a pensar que fue sufrido y nos quedamos con esa sensación desde lo emocional, psicológico, físico. Y arrancar el año mejorando las condiciones, que en el promedio estás a mitad de tabla, ya no estás sufriendo y tenés condiciones dentro de la humildad y nuestras características para poder plantearle igualdad de condiciones al rival, también desde lo psicológico te da una posibilidad de pedir algo más. A veces no se puede, porque importa el resultado y tenemos que ser expeditivos y pragmáticos, y en esta condición inicial estamos convencidos de que podemos plasmar ese “de tú a tú” con el rival de turno.

     

    Interpretando en forma muy atrevida a DT que vos has conocido bien a lo largo de tu carrera, como Pep Guardiola o el CholoSimeone, y citándolos como el paradigma de las “buenas cosas que hacer desde el banco”, si es que existe algo así, despliegan propuestas distintas para sus equipos: uno propone tenencia y control todo el tiempo, y el otro recupera y contraataca. ¿Vos qué le proponés a tu equipo?

    Una cosa es lo que uno quiere y otra es lo que podés. Esto es como si tenés una parrillita, me encantaría hacer pasta pero tengo que hacer carne. Si tengo un restaurante grande puedo hacer pasta y carne. Llevado al fútbol, si yo tuviera jugadores entre los que puedo elegir lo que quiero, tendría una idea, pero acá tengo que ser inteligente y creo que lo más importante es sacar lo mejor de lo que tenés y no querer modificar lo peor de lo que puede tener el jugador. Con base en las características, al funcionamiento, a lo que puede ser colectivamente el equipo, nos sienta mejor replegarnos rápido, pasamos la línea de la pelota, cerramos la línea de pases y a la hora de recuperar, tener una transición rápida defensa-ataque; lo que era antes esperar para contraatacar. Ahora hay modismos de palabras que tenés que actualizarte porque si no te tildan de antiguo, pero también entrás a utilizar palabras de antes para los que no están preparados para la modernidad verbal. Uso las dos formas. Te doy las dos opciones, para todo público [bromea y sonríe].

     

    En una entrevista reciente de la periodista argentina Viviana Vila a Alejandro Sabella, hablaban del liderazgo. Él decía que era la condición principal del entrenador para dirigir un equipo. ¿Coincidís con eso? ¿Qué es el liderazgo?

    Liderazgo es poder llegar y que el grupo se convenza del mensaje que estás dando, simplemente eso. Después están las formas, más pausado, más armonioso, efusivo, están los perfiles. [Juan Manuel] Lillo era pausado, tranquilo pero te llegaba. [Diego] Simeone era efusivo, intenso, pero te llegaba y el grupo se convencía de la idea. El maestro [Óscar Washington] Tabárez es tranquilo, pausado, medido en sus palabras, convencía al grupo. Es eso, llegar al equipo y convencerlo, independientemente de que algún jugador, por su nivel intelectual o su experiencia futbolística, interprete que hay más cosas para hacer, pero igual conseguís que ese jugador compre la idea y la transmita de la misma forma que los demás.

    Parece que hablaras de vos como jugador, ahora mezclando ese nuevo rol de DT. ¿Sos receptivo con ese tipo de perfil?

    Tengo que ponerme en ese lugar porque fui ese perfil. Con muchos entrenadores que me abrieron esa posibilidad, desde la coherencia, de saber que me está haciendo un análisis general y no uno para su propio beneficio. No es lo mismo que yo venga como delantero y te diga: me parece que si el equipo juega más replegado vamos a tener mejor posibilidad de atacar, a decir: a mí me gustaría jugar con dos puntas, uno cerca mío, porque ahí vamos a tener más chance de gol. No, ahí me estás dando un análisis que te beneficia a vos y no al equipo, y de la otra manera es con lo que uno puede hacer otro tipo de evaluación. Siempre estoy abierto al diálogo, uno tiene que estar preparado para escuchar y después responder. Hoy en día, lamentablemente, a nivel social, ya estamos preparados para responder, porque ya estamos con una idea y no queremos escuchar a otra persona y abrir la mente, y decir: “Mirá, la verdad, no estaba de acuerdo pero en la manera en que me lo decís empiezo a interpretar que hay cosas que sí y otras que no”. Estamos preparados para querer responderle y convencerlo o penetrarle la cabeza con que él tiene que estar de acuerdo contigo. Ahí es donde estamos fallando como seres humanos y sociedad. Y por eso trato de usar siempre la expresión “sentido común”. Llevarlo al lugar de trabajo y al fútbol, porque somos parte de. Somos un reflejo más visible por lo mediático y somos parte de lo que somos como sociedad. Tratar de hablar con argumentos y no exigirle a alguien algo desde la mala palabra, sino sumarle el argumento, la explicación. Tratar de que el otro entienda por qué está enojado y así se mejora mucho en el relacionamiento.

     

    Tuviste muchos, pero ¿qué DT te parece que te marcó en tu carrera?

    Tuve muchos de los buenos, saqué de ellos lo que me identifica; y tuve de los malos, que también te deja.

     

    ¿Te deja para luego no hacer?

    Claro, te deja enseñanzas dentro del grupo, de lo que no le podés errar, de lo que no podés negociar. Lo que no podés transar.

     

    Dame un ejemplo de eso.

    Llegar y decirle a un jugador: “Mirá, vas a jugar el fin de semana”. Y después, porque el otro que estaba lesionado se recuperó, ponés al otro. Ya le erraste. No generar falsas expectativas. Tratar de hablar poco. A veces, por querer hablar mucho terminás afilando y el grupo te termina agarrando la mano. Hablar concreto, conciso, no dejar que crezca una bola de nieve por una actitud de indisciplina. No porque sea un jugador de nombre dejarla pasar, porque el grupo después mide: “El que no tiene nombre paga”. Son detalles que el grupo va midiendo. No hacer charlas largas antes del entrenamiento. Cuando vienen al entrenamiento y te tienen veinte minutos, te escuchan cinco y después viajan, y no queda el concepto. Si hay un tema delicado o importante sí, pero algo puntual. Un sinfín de cosas que uno ha ido aprendiendo. Las charlas de partido, prepararlas claras y cortas. El poder de concentración de un futbolista cambió. Debe ser también por la tecnología, te quita atención. Entonces duran quince minutos, antes eran treinta. Después de quince minutos, arrancan a mirarte y viajan. En algún momento los sorprendés y les decís: “Fulano, ¿cuál era tu marca?”. Te van a decir “no sé”. Lo otro es que tiene que estar todo en cancha. Ahí es donde están prestando atención, porque están disfrutando el entrenamiento. Si son dinámicos, modificando ejercicios para que sigan desarrollando la parte cognitiva, que no es solo entrenar por entrenar sino que es llevado al juego de lo que se le va a presentar el fin de semana, están prestando atención a lo que hacen. Voy aprendiendo de lo que como jugador no me servía. Después sacaba cosas buenas de los entrenadores como Hugo de León, Daniel Carreño, Juan Ahuntchaín, Tabárez, Daniel Passarella, Lillo, CholoSimeone, Miguel Ángel Russo, he sido un bendecido en tener entrenadores que me han marcado. Lo más lindo es que ha existido una identificación mutua, una química en la cual ellos se reflejaban como el técnico en la cancha conmigo y yo me identificaba por su forma en general, por manejo del grupo, su metodología de entrenamiento. Al día de hoy mantengo relación con todos ellos, y en esta etapa me trato de nutrir y me sigo nutriendo con todos los consejos que ellos me pueden dar.

     

    Estarán ex compañeros tuyos como DT en este campeonato que viene, como Gustavo Munúa en Nacional, Diego Forlán en Peñarol y Alejandro Orfila en Defensor. ¿Tuviste oportunidad de charlar con ellos?

    En el caso de Diego debe estar un poco como yo, viviendo cosas nuevas en el día a día, y la verdad es que no te da… A veces quedo mal con gente porque me manda un mensaje y respondo días después, pero no es porque no quiera, lo ves pero no estás en ese momento para contestar y decís “más tarde”. Pero resulta que más tarde te acostaste y, claro, uno sigue en la rutina de futbolista. Salimos [del entrenamiento], nos juntamos con el grupo de trabajo, terminamos de ver los videos del entrenamiento, descanso un rato, me voy al gimnasio con los profes y hago la rutina personalizada, salgo de ahí y vamos a preparar el rival del fin de semana y modificar cosas que querés con base en el rival para el entrenamiento del otro día. Cuando querés acordar son las 11 de la noche. Comés algo y te acostás, porque al otro día hay que levantarse a las 6.30 y preparar todo temprano, y otra vez la misma rutina. Y el teléfono a veces no se lo atendés ni a tu familia. Creo que me hago los tiempos para todo, pero a veces creo que si le preguntara a mi familia y en esta nueva etapa más, nos vemos poco.

     

    *  *  *

     

    Sebastián Abreu es un tipo Guinnes. Estuvo en 29 equipos durante su carrera futbolística que aún no terminó. Hablar detalladamente sobre su trayectoria sería casi imposible, parece que reúne demasiadas cosas que contar: compañeros, viajes, países, estilos, vivencias, anécdotas, derrotas, victorias, cabezazos, golazos, disgustos, pelotas picadas, aprendizajes, entre selecciones y clubes. Pero hay que hacer el intento, o por lo menos, tentarlo.

     

    Si tuvieras que destacar tres equipos que te marcaron en tu carrera futbolística, ¿cuáles serían?

    Es difícil. Me tocó vivir de todo. Me tocó ganar títulos con equipo chico, ganar títulos con equipo grande, pelear descensos con equipo grande y también con chico, jugar en la B, jugar Champions League, jugar Copa Libertadores, Sudamericana, Mundiales, Copa América, jugar la Copa de El Salvador, que es hermosa pero en lugares inhóspitos, entonces es como que… ¿viste cuándo te dicen “a mí no me la contaron, las viví todas”? Me quedo con cosas del grupo humano. Pensar que ese entrenamiento, ese club, ese partido es la final del mundo, como puede ser lo que me pasó en Central Español. Las condiciones eran muy precarias, con un amor... y la gente que estaba se brindaba al máximo por el club, o los jugadores con amor propio valoraban ese privilegio y ese sueño de querer ser futbolista. Fue una experiencia hermosa, sin título, sin nada, pero un valor desde lo emocional tremendo, por cómo me despidió el grupo, la manera en que me lo hicieron saber fue un título para mí, porque llegar con todo un nombre a un vestuario así, con las condiciones que había. Al inicio podía haber rispidez, porque podrían haber dicho: “Estamos con meses de atraso en el cobro de salarios y viene el Loco Abreu”. Es como que a ellos le generaba malestar, aunque uno no cobrara sueldo, y pensaban: “¿Van a traer a otro más?”. Hoy tengo un amigo trabajando conmigo que surgió de esa experiencia, Sebastián Flores (es el analítico), era el capitán, el que me cedió la cinta de capitán, porque me dijo que respetaba mi trayectoria. Cuando me fui, la plaqueta y todo lo que hicieron fue emocionalmente como un título ganado. Después tenés lugares como Botafogo, RiverPlate, San Lorenzo, ir a jugar a España en Real Sociedad en momentos muy buenos que tuve, sobre todo en La Coruña, y que son llegar a lo máximo, porque estás jugando contra Cristiano Ronaldo, en su momento contra Hierro, Roberto Carlos, en el Barcelona, contra Rivaldo, Guardiola, contra los monstruos de la época, que vos los veías por tele hacía tres años y cuando te diste cuenta, los estabas enfrentando. Pero hay diferentes momentos que te marcan. Al ser tantos años, tantos clubes… No me olvido del inicio en Defensor Sporting con [Santiago] Ostolaza, Carlos de Lima, [Hebert] Silva Cantera, José Chilelli, jugando Copa Libertadores. Era cumplir el sueño del niño. Mi primera citación a la selección, mi primer partido con Nacional. Ser capitán y campeón con Nacional. Hay muchos momentos… No tengo un solo club con el que me identifico. Con Nacional me pasó desde niño, pero cuando fui a jugar fui construyendo distintos sentimientos por los clubes.

     

    Has dicho que la selección de 2010/2011 tenía todo: solidaridad, pertenencia, era un grupo ganador…

    Sí, arranca en 2007 y se consolida con el Mundial y la Copa América. Tenía todo.

     

    ¿Creés que se puede repetir algo así o fue algo excepcional?

    Podrán venir grupos diferentes, pero como ese creo que no. Podrán venir peores o mejores, pero ese era diferente. Que quede bien claro, porque a veces cuando se dice “otro igual no”, se piensa que es peor. No. Podrán venir mejores, con títulos, pero lo que se generó en ese grupo fue diferente y no creo que se pueda generar lo mismo. Porque se dan muchas circunstancias, casualidades, causalidades. Podrán venir otros con mejor nivel técnico, que ya se está viendo, puede ser. Y selecciones ganadoras también. Pero con ese plus sentimental de química, de pueblo, de transmitirlo y absorberlo, será difícil.

     

    ¿Con qué logro deportivo te quedás?

    El más importante y con el que entrás en la historia grande del fútbol uruguayo es ser Campeón de América. Estás en las páginas de oro en la historia del fútbol uruguayo. Humildemente, todos los campeones del mundo, olímpicos y los de América, está ese plantel de 2011. Eso no tiene precio. Es lo que uno soñaba siempre. Ibas al Museo del Fútbol y están los cuadros de los campeones, no están los cuadros que hicieron un buen mundial. Todos dirán: “Sí, pero aquel cuadro de 2010 en el Mundial”… Claro, digo yo, pero ese cuadro no lo van a colgar en el Museo del Fútbol ni en el Complejo Celeste, no te van a recordar de acá a veinte años. Van a recordar títulos. Y eso fue en 2011, y te genera un orgullo grande. Siempre está esa anécdota que cuento del maestro Tabárez de convivir con la historia presente que es fundamental. Porque muchas veces nos ponemos una camiseta… porque se habla del sentido de la pertenencia, pero se cree que es ponerse la camiseta y la garra charrúa, pero no, es saber de la historia, pero muchas veces nos poníamos una camiseta sabiendo que es pesada, sin saber los detalles. “¿Quién usó la 4 en tal año? No sé. ¿Quién usó la 5? No sé”. Llegamos al Complejo Celeste, todo muy lindo, paredes. Y el maestro dijo que tenemos que mostrar la historia. Ahí no tiene que ser una presión, es al revés, tiene que ser una ilusión querer estar ahí. Después que se le ocurrió poner todo cuadros alrededor del Complejo de todos los planteles ganadores, de todos los campeonatos, con los nombres de cada uno, recordándolos como se merecen y algunos individuales que marcaron épocas como [José] Nasazzi, como Obdulio Varela. Siempre decía: “Loco, ¿cuándo será el momento en que lleguemos y yo tenga 60 años y venga al Complejo Celeste con mis hijos, mis nietos, y vean que está el padre o el abuelo ahí?”. Y no duró mucho. Se me pone la piel de gallina [N de R: Confirmado: le miro el brazo y se le ve la piel erizada]. Salimos campeones, llegamos a la eliminatoria 2012 y llegué con el bolsito. Se ve que el maestro había avisado en la puerta que me llamaran. Yo también participaba mucho en lo que era ir mejorando la infraestructura del Complejo, con una maceta, una sillita, lo que fuera. El maestro hacía mucho en eso. Cuando llegábamos nos decía: “¿A ver qué encuentran de diferente?”. Siempre era como cuando llegabas a la casa de tus padres, que te ponías a buscar en todos lados. Veíamos el jardín, los cuartos, las canchas, era como un juego. Encontrábamos siempre algo. En una llego, en un lugar que no había nada, hay un cuadro grande. Cuando voy caminando, me empezó una emoción y orgullo… Era el cuadro de todo el equipo en la Copa América y decía: “Uruguay campeón invicto, 2011”. Después pasaron tres años, me pegó no haber estado más convocado y estuve tiempo sin ir al Complejo Celeste, no me podía despegar de que ya no estaba. Pasaba el tiempo y la barra me decía que fuera a tomar unos mates. Voy con mis hijos y sin darme cuenta uno de ellos me grita: “Papá, papá –los gemelos tenían ocho años–. Vení, vení que acá estás cuando salieron campeones”. No tuve que esperar a tener nietos. A los años viví eso, aunque yo veía antes que se me iban acortando las chances. Por eso te digo, el logro que voy a recordar toda la vida es el que me genera mayor emoción.

     

     

    El plantel está organizando hacer un asado para la previa del arranque del campeonato uruguayo. Según Abreu, los jugadores quedaron en coordinar los detalles en el vestuario, después de la práctica. Él ya les había gritado que compraba la carne. El resto era tarea del equipo. Mientras conversamos sentados a la sombra en uno de los bancos de las canchas de entrenamiento, un jugador se queda parado a unos tres metros. Lo mira. Cuando Sebastián se da cuenta, se levanta y acude. Al volver, sonriente, dice que no puede ser, que tiene que resolver todo, que es un disparate. “Siempre vuelven al pie”. Tendrá que solucionar un poco más que “la carne”.

     

    ¿Cuáles son tus referentes o ídolos en el fútbol?

    Mi padre, Juan Carlos de Lima, Wilmar Cabrera y Julio César Dely Valdés.

     

    ¡Ya tenías la respuesta preparadísima!

    Sí [sonríe].

     

    Son todos futbolistas de hace tiempo…

    Sí, porque los ídolos se van construyendo desde la infancia, vas visualizando un perfil de jugador. Mi padre fue mi primer perfil como ídolo, jugaba de 9 también. Después Wilmar Cabrera, centrodelantero de Nacional; Juan Carlos de Lima, Campeón de América y del Mundo, centro delantero de Nacional y el centro delantero, el Panagol, Dely Valdés, panameño, campeón con Nacional, que después fue a Italia, a España y tuve la posibilidad de jugar contra él, pero se retiró por 2004. Era coqueto, siempre bien vestido.

     

    ¿Hablamos un poco de tu familia? Tu madre, Marita Gallo…

    María Elba… [aflauta el tono de voz. Bromea].

     

    María Elba, claro, y tu padre Washington Miguel. ¿Cómo acompañaron tus procesos?

    Son y fueron fundamentales. Desde las bases, la exigencia del estudio de la vieja, la disciplina en el deporte de mi viejo. En la vida caminar derecho, que no es un detalle menor.

     

    ¿Qué es caminar derecho?

    Es decir buen día, gracias, pedir por favor. Eso es caminar derecho desde lo básico. A veces creemos que caminar derecho es decir las cosas en la cara, ir de frente. Tenemos un poco esa mezcla de ser guapo. Es agradecer, poder inculcar eso a los demás, predicar con el ejemplo. Muchas veces exigimos del otro algo que no hacemos. Tener armonía sin tener que ser falso. Tener diálogo directo, conversar desde la honestidad.

     

    ¿Qué queda de aquel gurí de Minas?

    Los sueños, las ilusiones, la alegría. El disfrutar cada momento, claro que está la responsabilidad y las obligaciones y no pierdo disfrutar todo lo que me toca, que soy un privilegiado. Encontrar en lo malo lo positivo. En vez de quedarme en “no se va a poder”, saber sacarle algo bueno a ese mal momento. Si llamás a lo negativo siempre verás eso. Trato de manejar la parte psicológica. En Uruguay nos pasa mucho. A veces con el grupo de trabajo se dan algunas conversaciones donde algo falla y eso genera inquietud. Les digo que vamos a solucionarlo, que lo hacemos igual pero de otra manera. No nos quedemos por ese no. Trato de verle algo bueno a ese comentario que contamina y sumar algo que me pueda servir para mejorar. Siempre trato de estar en esa porque convivimos en un microclima uruguayo y del fútbol de situaciones complejas en las instituciones en desarrollo que lleva a achancharsey a lo chato, y no valorar lo bueno. Y si no lo teníamos y lo tenemos, no es bueno: es muy bueno. No porque conseguimos una cosita buena y tenemos ocho malas vamos a dejarlo así, vamos a sacarle provecho a las buenas y pensar en algo para lo que viene. Si hay algo de lo que me convencí es de que no me van a contaminar, no lo van a conseguir. Voy a tomar la pastilla anticontaminación [ríe]. Si tengo que remar con cuchara dentro del dulce de leche, lo haré y les diré: “Mirá, por remar ahí ¿mirá los brazos que saqué?”. Siempre le voy a sacar lo bueno. No me van a ganar.

     

    ¿Qué es para vos la belleza en el fútbol?

    Como entrenador es ver reflejado en cancha lo que uno entrenó o lo que uno quiere. Si está saliendo lo que entrenamos, lo planificado, está saliendo lo que cada jugador quiere plantear dentro de la cancha, eso es la belleza. Otros dirán un caño, un sombrero, una chilena. La belleza te genera admiración, ¿no? Te ilumina los ojos.

     

    ¿Te pasó? ¿Se te iluminaron los ojos?

    En El Salvador. Cuando jugamos la final. Planificamos una estrategia y terminamos ganando. Te genera una satisfacción. Porque al terminar el partido los propios jugadores te dicen que salió lo entrenado. Eso es bello.

     

    ¿Tenés tiempo libre?

    Sí, pero sigo dentro del fútbol. Tengo tiempo para ir a ver a mis hijos jugar al fútbol. Aprontamos termo y mate con mi señora y mi hija y nos vamos a ver a Diego o a los gemelos. Si algo aprendí también de la época de mi padre futbolista que me iba a ver jugar es que llegaba a casa y me quería corregir todo en el momento posterior a terminar el partido. Aprendí que hay que esperar el momento porque el hijo llega. Hay que esperar. Si vos les das confianza de que ellos pueden hablar con vos, es esperar el momento a que se abran, no forzar, porque ahí el consejo va a tener mayor receptividad. Eso pasa también con los jugadores. Hay que esperar que se abran para hablar. Es esperar a que un joven te diga: mirá, Loco, tengo este problema, esta situación y él va a estar receptivo. Termina el partido y mis hijos me preguntan: “Che, papá, ¿qué te pareció aquella jugada?”. Recién ahí vos podés aportar. Ahora tienen prioridad los partidos de mis hijos sobre los míos. Si coinciden los días, la familia acompaña. Veremos en esta etapa de entrenador si van a querer apoyar un poco más porque hay otra responsabilidad.

     

    Se puede decir que sos mediático, pero ¿cómo encaraste ese rol de conductor televisivo?

    Fue una experiencia muy linda que por esta nueva responsabilidad se terminó. Me descubrí con otra faceta y poder ayudar a la gente a mejorar su vida y dar a conocer su historia es un legado que me dejó el programa. Más allá de la aceptación del público y del canal, lo importante fue poder ser el nexo para colaborar con alguien a mejorar su vida.

     

    ¿No te agota ser conocido, ir a todos los lugares y que la gente sepa quién sos?

    No, es un reconocimiento. Te piden una firma, una foto, te piden un abrazo. Es un reconocimiento que nunca imaginé. ¿Cómo me voy a molestar por eso? Te pasa que te conocen, pero notás la admiración, la vibra, el cariño y el afecto. Soy un agradecido. Tengo la virtud, la paciencia o la memoria de acordarme de cuando fui hincha y tuve mis ídolos, y que a veces salían corriendo y no me daban la foto. A veces se hacen tumultos y la misma seguridad de los partidos te dice que no se puede. Pero dentro de las posibilidad, responder de buena manera, con una sonrisa, porque para mí es una más, pero para el otro es su foto y la va a encuadrar. Y que se vea que está disfrutando. Es la forma de decirle al otro que yo también disfruto de que me tenga en cuenta de esta manera. No me genera estrés.

     

    ¿A qué le tenés miedo?

    A la muerte [lo dice rápido, luego queda pensativo]. Me genera incógnitas, en el sentimiento, qué pasará, de cómo quedará la familia, de no estar más con los seres queridos. Es increíble cómo las notas te llevan a ponerte del otro lado. Ahora me pongo a pensar que mis viejos deben pensar que les doy poca bola. Los tengo presentes. Ahora me está generando ese remordimiento de pensar: “Puta, yo estoy pensando eso de mis hijos, que quisiera que lo hicieran y yo no lo estoy haciendo de la manera que tendría con mis padres”. Capaz que porque están en Minas, y uno se sumerge en esto del fútbol y los tengo presentes con un mensajito pero no de la manera que quisiera [N. de R. Se conmueve. Se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra un poco la voz]. Tal vez participarlos más, poder abrazarlos, pero bueno, sirve la nota porque estoy haciendo catarsis y es algo a mejorar como hijo porque ya tengo a mis padres grandes. El otro día me mandaron un mensaje con la cantidad de horas que estás con tus padres, y no es nada. Pero bueno, mirarlos a la cara, que te cargosee tu madre, porque mi madre habla mucho y es cargosa y te termina generando esa risa. ¡Qué personaje la vieja! O mi viejo, que está con mi vieja y empieza a rezongar [imita la voz del padre cuando le habla molesto]. Son cosas que terminás disfrutando. Que estén mis hermanos y mi hermana, que estemos juntos. Te agradezco, porque me ayudaste a mejorar ese déficit que tengo como hijo [nos reímos].

  • 50


  • El empedrado camino a la recompensa

    Graciana Ravelo es futbolista, abogada e integrante de la Organización de Futbolistas Uruguayas (OFU). Se consagró cuatro veces campeona del torneo uruguayo de fútbol sala. Disputó en dos instancias la Copa Libertadores y las define como “lo más lindo” que le dejó el fútbol. Desde su primer encuentro con la pelota, de chiquita y casi por azar, nunca se separaron: “Fue amor a primera vista”, dice.

    GRACIANA RAVELO, INTEGRANTE DE LA ORGANIZACIÓN DE FUTBOLISTAS URUGUAYAS

     

     

    Graciana Ravelo es futbolista, abogada e integrante de la Organización de Futbolistas Uruguayas (OFU). Se consagró cuatro veces campeona del torneo uruguayo de fútbol sala. Disputó en dos instancias la Copa Libertadores y las define como “lo más lindo” que le dejó el fútbol. Desde su primer encuentro con la pelota, de chiquita y casi por azar, nunca se separaron: “Fue amor a primera vista”, dice. Guarda como un tesoro su primera camiseta: la del cuadro de su pueblo (donde era la única niña). Se inició en el fútbol del interior y hace más de diez años que juega en Montevideo. Para ella, ser mujer y jugar al fútbol representa un acto político y sueña con un futuro en el que las jugadoras se planteen la posibilidad de ser futbolistas.

     

     

    Por Mariana Sequeira

     

     

    Nació, creció y conoció su pasión en San Antonio, Canelones, y al preguntarle por sus inicios en el fútbol o con la pelota, no dudó en compartir una anécdota que retiene gracias a su madre...

    “Esa pregunta es muy fácil porque en realidad el fútbol es como el eje de mi vida. Cuando era chiquitita, mi vieja –siempre me cuenta esto– me había comprado un caballito de madera que le había costado un huevo, básicamente. Mi mamá es maestra. Y fuimos a la plaza de mi pueblo donde se hacía una fiesta de Reyes, la típica que vienen y traen regalos. Ahí había regalos para las nenas y regalos para los varones, obviamente, y a mí me tocó una pelota roja no sé por qué, ligué un regalo de varón, entre comillas. Y ta, creo que fue amor a primera vista, a partir de ahí fue similar a lo de Oliver Atom, me parece que quedé atada de por vida a la pelota. Desde que tengo uso de razón juego al fútbol”.

     

    ¿Con quién jugabas?

    Yo me crié en una especie de cooperativa, en un Mevir, que es el Movimiento para la Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural. Y claro, en el seno de ese tipo de viviendas se permite más el desarrollo de determinadas amistades o de determinados núcleos. Tuve todos mis amigos de la infancia varones y ahí me inicié en el baby fútbol en un cuadro de mi pueblo: Porvenir, de San Antonio. En realidad, era un paraje rural cerca de ahí. 

     

    ¿Eras la única niña allí?

    Era la única nena de mi categoría. A veces, si tenía suerte, me ascendían a otra categoría, que era como el sueño del baby fútbol: que te subieran a la categoría siguiente. Tengo la camiseta todavía y me entra, así que imaginen el nivel de utilidad que le daban a las camisetas en esa época.

     

    ¿En tu casa apoyaban que jugaras?

    En mi casa somos dos nenas, mi viejo muy futbolero, mi mamá también muy futbolera, jugaba también. Siempre me apoyaron. Nos apoyaron a las dos, a mi hermana le faltó la parte de talento [risas].

     

    Vida Nueva fue su primer equipo de mujeres cuando empezó a jugar en la OFI (Organización de Fútbol del Interior). Sin embargo, al mudarse a Montevideo para empezar la Facultad de Derecho, sostener la frecuencia de viajes para entrenar se hizo cada vez más difícil. Pero la pelota la busca y ella encuentra un cartel colgado en la facultad: “Se busca jugadora de futsal”.

    “Fui un día a la hora que decía y obvio que no era la hora de la práctica, estaba mal el cartel. Así que hice básquetbol, que no tenía idea, con un par de gurisas de la Udelar. Después sí conocí a mis compañeras y a partir de ahí empecé a jugar futsal, en 2010. Ahí encontré un grupo de personas que atesoro hasta el día hoy, creo que es el mejor grupo del que he formado parte en el fútbol. Entrenábamos en el IAVA en condiciones pésimas, al aire libre y en una cancha de hormigón. Pero bien, teníamos un DT que era optimista y le ponía onda”.

    En ese momento conoció el fútbol sala, la competencia en AUF y una nueva institucionalidad que no había vivido. Para ella, que jugó ambos, el fútbol del interior y el de Montevideo son diferentes…

    “Hay dos cosas: para mí en Montevideo es como que tenés más un semillero, incluso en esa época [hace diez años] existía la posibilidad de formarte desde más pequeña, por lo menos juveniles. En el interior eso es más complejo porque tenías que hacerlo con varones. Pero en el interior es más sencillo acceder a mejores condiciones porque los clubes muchas veces tienen un respaldo comunitario. En mi caso, por ejemplo, que participé de un equipo de la OFI de once, teníamos condiciones mucho mejores de las que teníamos acá en un club AUF. Por ese apoyo más de la comunidad: se juntan los vecinos y hacen rifas para el club, se sostiene con el barrio, la ciudad o el pueblo. Los comerciantes de ese pueblo en general colaboran. Existe otra forma más social”.

    Nunca dejó de jugar: tras la experiencia en la Udelar, la llamaron de Río Negro City –que en ese momento era el mejor equipo del campeonato uruguayo– y levantó dos copas. Lo mismo hizo en Peñarol a continuación y, actualmente, juega en el Club Banco República. Participó en la Copa Libertadores de fútbol sala en 2014 con Río Negro City y, por segunda vez, en 2018 con Peñarol. No todo era fútbol en su vida y una anécdota lo grafica claramente: su último viaje por el fútbol coincidió con una audiencia fijada para el día siguiente, por lo que tuvieron que hacer magia para cambiarla y poder agarrar el vuelo. Pero ella sabía que valía la pena con tal de vivir el sueño de ser futbolista por un rato.

    “Es lo más lindo que me ha dado el fútbol. No importa lo adulto que seas, por quince días te abstraés de tu adultez y jurás que sos profesional. Es como vivir el sueño durante quince días de aspirar a, medianamente, entender que uno se dedica solo a eso. Durante la copa a vos te dicen lo que tenés que comer, te vienen a buscar al hotel, te llevan a jugar al partido. Un ejemplo hasta absurdo –que te puede parecer ridículo– es que en un partido salí seleccionada para el dopping y para mí fue maravilloso. Porque para mí era algo que solo les sucedía a los profesionales, ¿entendés? Me parece una experiencia inolvidable. Incluso con treinta años me ha resultado una experiencia muy linda de vivir”.

     

    ¿Cómo ves el fútbol femenino hoy en Uruguay? 

    Eso depende pila de la perspectiva. Una de las cosas que te da la competencia internacional es tener contacto con otras personas que viven otras experiencias, particularmente a nivel latinoamericano. En ese sentido, a veces uno piensa que está re lejos, pero después una se da cuenta de que el fútbol femenino en general está muy lejos. Si bien hay diferencias entre clubes, incluso hasta europeos, también es verdad que estamos muy lejos de forma global. Pero hay dos factores que han influido mucho: el feminismo como movimiento social ha apuntalado al fútbol femenino, porque jugar al fútbol como mujer ya representa un acto político, es como decidir estar en un lugar que históricamente es un nicho masculino. Entonces simplemente estar ahí, decidir practicar ese deporte, es un cambio. Decidir practicar ese deporte de por sí es un cambio. Y, punto número dos, que viene atado un poco, es que las jugadoras vemos que los clubes a nivel masculino generan determinada masividad que debería en algo beneficiar al fútbol femenino, más allá después de la lógica más comercial.

     

    Es recurrente escuchar que las mujeres están en otro nivel de condiciones de juego porque no generan ingresos para los clubes. ¿Cómo lo ves? ¿Qué respondés ante ese planteo?

    Ese es un tema sistémico, por eso digo que el movimiento feminista es muy importante. Porque en realidad la inequidad de género, particularmente salarial o en acceso a oportunidades, es una deficiencia del sistema que no se puede negar. Obviamente, hay que corregir esas fallas para después lograr una equidad real. Hay lógicas mercantiles que determinan diferencias y hay que aprender a convivir con eso, pero en principio deberían corregirse las inequidades sistémicas que están establecidas por el orden y la forma que tenemos de vincularnos.

    ¿Desde cuándo participás en la Organización de Futbolistas Uruguayas?

    No soy fundadora, me incorporé al grupo seis meses después de su creación. Hubo una convocatoria para las jugadoras que estuviesen interesadas en lograr el cambio, o por lo menos colaborar con eso, y me arrimé. Éramos un montón de jugadoras muy entusiastas, por cierto. Ahí me encontré con un grupo de mujeres muy poderosas y con muchas ganas de generar un cambio en el fútbol femenino y decidí unirme. La verdad es que hasta hoy trabajamos mucho, por lo menos para contribuir desde ese lugar a corregir esas inequidades.

     

    ¿En qué se han enfocado en este tiempo?

    Nuestro laburo fundamental tiene que ver con acompañar el proceso general del mejoramiento del fútbol femenino. El primer objetivo que se nos plantea como gremio, que todo el mundo pone sobre la mesa cuando habla de fútbol, es la profesionalización. A partir de ahí reflexionamos si realmente es el camino que queremos atravesar o por lo menos si es el objetivo a corto plazo. Nosotras como gremio decimos no, no es el objetivo a corto plazo. Para nosotras debería evolucionar primero hacia un fútbol equitativo, con condiciones reales para la práctica deportiva, con acceso a igualdad de oportunidades. Porque la realidad es que hoy la carrera en fútbol femenino tiene muchos obstáculos: uno son los propios clubes, el propio sistema institucional, otro son las propias posibilidades económicas que tienen las jugadoras. Una vez que se logren sacar todos estos obstáculos del camino, recién ahí capaz que podemos hablar de llegar al objetivo final de la profesionalización. Hoy la realidad es que nuestro trabajo fundamental es contribuir para mejorar las condiciones en el ámbito de la práctica deportiva.

     

    ¿Consideran profesionales a las jugadoras que actualmente tienen contratos con los clubes?

    Eso sin duda que no, pero nosotras no lo vemos con mal ojo. Generar un vínculo escrito con un club entendemos que no está del todo mal, pero no puede catalogarse como contrato profesional. No es en la única liga en la que suceden ese tipo de acuerdos. Lo que sí exigimos como jugadoras es que los clubes, que en definitiva son los principales responsables de otorgar esas condiciones, den un paso adelante y se hagan cargo de esas responsabilidades. Muchas veces tendemos a focalizar en la institución que organiza, que es la Asociación Uruguaya de Fútbol, pero no hay que desconocer que la jugadora, cuando sale a la cancha, se pone la camiseta de un club, representa a ese club y eso tiene un valor. Es como si yo saliera a la cancha con la camiseta de una marca, eso tiene un valor. Salir a la cancha con la camiseta de un club debe tener un valor para ese club. Entonces el club tiene que ponerse las pilas y decir “yo a mis jugadoras les doy condiciones básicas para que puedan representarme de la mejor forma posible”.

    Durante la pandemia, la OFU buscó tener un rol de acompañamiento de las jugadoras. ¿Qué actividades realizaron y cómo fueron recibidas por las futbolistas?

    La verdad es que nos encontró en una situación compleja, porque al haber tantas diferencias entre los desarrollos de los clubes y la dinámica general, estábamos un poco perdidas al principio, pero después pudimos encontrar la forma. Hicimos una campaña para repartir canastas cuando la situación se puso muy compleja, sobre todo para dar apoyo a las jugadoras que tenían una necesidad particular. Recibimos el apoyo de la Mutual en ese sentido. También trabajamos en varias instancias con las jugadoras para difundir derechos y tratar diversos temas que nos preocupan. Y la realidad es que hoy –un año y medio después– hemos logrado una unidad y una representatividad que no teníamos antes de la pandemia. Capaz que esas instancias virtuales nos han ayudado como gremio a nuclear más jugadoras, a que las personas se acerquen y consulten, eso nos ha sorprendido. El otro día tuvimos una reunión particular sobre un tema y nunca habíamos tenido tantas asistentes a una reunión, eso nos puso muy orgullosas.

     

    Sin desconocer que le quedan sueños personales por cumplir y muchos partidos por jugar, ahora se dedica a anhelar para las que vienen. Así cerraba la entrevista, imaginando dónde le gustaría encontrar al fútbol femenino en unos años.

    “En este caso me voy a tomar la facultad de hablar por todas las mujeres que nos ponemos la mochila de la OFU todos los días, creo que hablo por todas si digo que nuestra meta o nuestro objetivo sería que dentro de diez años tengamos la posibilidad de que las jugadoras se planteen ser jugadoras de fútbol. O sea, no tener que elegir. Sueño con vivir de esto, con levantarme todos los días y ser orgullosamente futbolista y no tener necesariamente que optar por otra cosa y que eso sea una actividad paralela o un hobbie. Creo que eso sería como la frutilla de la torta de un proceso de cambio y transformación en el fútbol femenino: crear en el seno o en la semilla de esas niñas la posibilidad del fútbol como una vocación. 

  • 49


  • Aquel puntero de maravilla

    Como jugador, Luis Alberto Cubilla fue un crack y un ganador. Fue considerado uno de los mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX.

    POTRERO, PICARDÍA Y HABILIDAD

     

    Como jugador, Luis Alberto Cubilla fue un crack y un ganador. Fue considerado uno de los mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX.

     

    Por Sebastián Chittadini

     

     

    Dicen, los que tuvieron la oportunidad de verlo jugar, que el Negro Cubilla fue uno de los más talentosos jugadores de fútbol que dio Uruguay. Y eso ya es mucho decir acerca de la picardía, la técnica y la impronta de aquel puntero que las hizo todas en una carrera que duró casi veinte años.

    Jugó tres mundiales e hizo goles en dos, ganó la Copa del Rey con el Barcelona antes que Luis Suárez, fue el primer jugador en ganar la Libertadores y la Intercontinental con los dos grandes, tuvo un rol importante en el primer campeonato de Defensor

    –con lo que se convirtió en el primero en salir campeón uruguayo con tres equipos diferentes– y no pudo jugar un Mundial por ser repatriado antes de enfrentarse a los repatriados. Lo que se dice un adelantado.

     

    “Busque a Cubilla, porque Cubilla

    es fútbol”

    En el número 26 de 100 años de fútbol, Carlos Naya y Erasmo Fried definían así de categóricamente a Cubilla antes del Mundial de 1970. Era ese hombre retacón, explosivo y habilidoso al que había que buscar en el momento de ensayar esas jugadas que pueden parecer imposibles, basado en su absoluta carencia de vergüenza y superávit de confianza en sí mismo a la hora de pedir la pelota y sacarse un marcador de encima. En un fútbol que supo producir calidad y cantidad de punteros, él fue uno de los mejores por habilidad, potencia y gol. Y nunca se escondía, lo que era claramente un valor agregado a su habilidad.

    Desde su 1,69 metro de altura, orgullosamente enfrentado a los ideales del índice de masa corporal, Cubilla era un puntero de los que jugaban pegados a la raya, de los que buscaban el enfrentamiento directo pie a pie con el marcador de punta, de los que hacían moñas y no las que se comen con aceite y queso. Técnica, potencia, guapeza y viveza sobraban en aquel prototipo de un fútbol lleno de variantes e imposible de ser esquematizado. Un rebelde, un desobediente lleno de mañas aprendidas en los potreros de Paysandú, que eludía en una baldosa al que viniera. Dijo alguna vez el enorme zaguero chileno Elías Ricardo Figueroa que era muy difícil agarrar a Cubilla para arrimarle la ropa al cuerpo, porque escondía la pelota y cuidaba el físico como nadie. Y si llegaba a haber contacto, el puntero tenía la habilidad de amortiguarlo y aparentar que había sido mayor de lo que en realidad había sido. Picardía, que le dicen.

    ¿Acaso Cubilla era perfecto? No, pero el jugador perfecto existe solamente en la Play Station y hay que crearlo. La lista de defectos que se le achacaban tenía dos vertientes: el físico y la cabeza. En cuanto a lo primero ‒quizás una mirada injusta que se deposita sobre todo aquel futbolista con tendencia a la retención de lípidos‒, era tal vez irrelevante y él se encargaba de rebatirlo cada vez que tenía la pelota en sus pies. En cuanto a lo otro, ahí ya era más complicado. Era Cubilla un hombre al que se criticaba por su temperamento difícil, por aquella tozudez propia de los que confían mucho en su habilidad y por un ego proporcional a su capacidad de desairar “jases”. Los cracks no suelen ser tipos sencillos y está bien que así sea, es algo que por lo general entienden los que juegan con ellos. Como aseguró el brasileño Didí, dos veces campeón del mundo, Cubilla era un jugador que destruía cualquier sistema y tiraba abajo cualquier estrategia, un jugador endiablado que dominaba al partido y al adversario.

    Con todos estos atributos, no es de extrañar que haya sido elegido por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) como uno de los once mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX –concretamente el undécimo– por delante de cracks como Tostão, Alberto Spencer, Enzo Francescoli y Mario Kempes, entre muchos otros, en una lista que encabezaban Pelé, Maradona y Di Stéfano.

     

    La historia la cuentan los ganadores

    Además de haber sido un demonio con el 7 en la espalda, Cubilla ganó. Y mucho. Solo en su carrera como jugador, fueron dieciséis las vueltas olímpicas. Más tarde, superó ese número como entrenador y terminó de adquirir con sus veinte títulos del otro lado de la raya de cal la chapa definitiva de ganador. Tal fue su estirpe ganadora, que cuando lo mandaron a la quinta división de Peñarol empezó a estudiar porque estaba seguro de que iba a tener que dejar el fútbol y terminó consiguiendo el primer título de su carrera: técnico en electrotecnia.

    Fue Peñarol el que lo trajo desde Paysandú y donde pasó de jugar de volante a hacerlo de puntero. Cuatro Uruguayos, dos Libertadores y una Intercontinental más tarde hizo las valijas para irse al Barcelona, donde ganó una Copa del Rey, pero chocó con el húngaro Ladislao Kubala porque lo mandaba al banco. Llegó así a RiverPlate de Argentina, donde la iba a romper toda sin poder sumar títulos. La vuelta a Uruguay fue con la camiseta de Nacional, donde mantuvo la saludable costumbre de ganar todo: otros cuatro Uruguayos, otra Libertadores, otra Intercontinental y una Interamericana fueron el saldo en títulos antes de irse a Chile para jugar en el Santiago Morning y de volver otra vez al país a hacer historia. Ya veterano, Cubilla fue uno de los pilares del equipo que torció la historia del fútbol uruguayo y cortó la hegemonía de los grandes en la era profesional. Con bigote y panza, quiso demostrarse a sí mismo que todavía servía y, tras comprobarlo, se retiró. Su técnico, el profesor José Ricardo de León, con el que se encontraban en las antípodas del pensamiento político y en el máximo del respeto mutuo, sostuvo que era “un jugador para todas las épocas”.

     

    Un genio con mucho genio

    Su paso por España y Argentina lo apartó casi siete años de la Selección. Fue así que se perdió el Mundial de 1966, porque la celeste no repatriaba jugadores. Tampoco pudo jugar ninguna competición sudamericana, ya que las ediciones de 1963 y 1967 del Campeonato Sudamericano lo agarraron jugando afuera y luego el torneo se suspendió hasta 1975 para pasar a llamarse Copa América.

    Fueron apenas 38 partidos de selección en quince años, con once goles. Sin embargo, la genialidad mayor por la que se recuerda a Cubilla no fue un gol, sino aquella pelota imposible que sacó de entre las piernas de un defensa soviético sobre la línea de fondo para tirar el centro que Víctor Espárrago transformó en pasaje a semifinales del Mundial de México. El comienzo de los años setenta, con “los rusos” enfrente, era el escenario ideal para lo que Cubilla definió años más tarde en la revista Estrellas deportivas como la satisfacción más grande de su carrera. “Esa fue mi más grande alegría, porque mi ilusión era ganarles siempre a los rusos”.

    ¿Polémico? Sí. ¿Soberbio? También. Tanto en juego como en personalidad. Cualidades de sobra, títulos para regalar, pero no tan sobrado de popularidad como de recursos para el amague. No era el sanducero un hombre que cayera especialmente simpático, más allá de su pícara sonrisa en las fotos previas a los partidos. De carácter difícil, el hombre que luego de retirado llenó el país de pelotas para hacer goles de maravilla reconoció en una entrevista con El Diario, después del Mundial de México, la dureza de su carácter: “Sé que parezco antipático. Soy muy parco y tengo pocos, muy pocos, amigos”.Había muchas noticias en aquella edición, pero esta declaración no era una de ellas. 

     

  • 48


  • Decano

    En pleno debate por el decatano entre los dos clubes más populares de Uruguay, Albion, club fundado por un grupo de jóvenes egresados de un colegio inglés, cumple 125 años. Lejos y desentendida de la discusión sobre quién fue el primero, la institución trabaja actualmente por volver a estar en los primeros planos del fútbol nacional.

    Albion Football Club: historia del primer grande del fútbol uruguayo

     

     

    Decano

     

     

    En pleno debate por el decatano entre los dos clubes más populares de Uruguay, Albion, club fundado por un grupo de jóvenes egresados de un colegio inglés, cumple 125 años. Lejos y desentendida de la discusión sobre quién fue el primero, la institución trabaja actualmente por volver a estar en los primeros planos del fútbol nacional.

     

     

    Junio de 1891. Henry Lichtenberger –quien con el tiempo castellanizó su nombre de pila, a Enrique–, un joven ex alumno del English High School (EHS), convocó a un grupo de sus antiguos compañeros de estudio a formar un club de fútbol, un deporte de origen inglés que se practicaba en los colegios y clubes británicos en el Río de la Plata. Concurrieron 24 jóvenes, todos nacidos en Uruguay –la mayoría con padres anglosajones–, quienes se transformaron en los fundadores del club FootballAssociation. Se estableció que la indumentaria sería una remera blanca con una estrella roja.

    Se trató del primer club que tenía al fútbol como su actividad principal, lo que lo diferenciaba de otros clubes de origen británico –Montevideo Cricket Club y Montevideo Rowing Club–, para los que el fútbol era un deporte secundario. Pero este club tenía otra característica: en sus estatutos se rechazó la presencia de jugadores extranjeros. El primer partido del novel club se disputó en agosto de ese año: fue derrota 3-1 contra el Montevideo Cricket. A los pocos días se jugó la revancha: derrota 6-0.

    En setiembre de ese año, la asamblea de socios decidió cambiar el nombre de la institución. Se eligió AlbionFootball Club, como parte de un homenaje a los creadores del deporte. Albion era el nombre que los antiguos griegos y romanos utilizaban para definir lo que hoy es Gran Bretaña. También se decidió cambiar la indumentaria: casaca azul con cuello y mangas blancas –en honor a los colores de la bandera de Uruguay–, con pantalón blanco y medias negras.

    Con el paso de los años, Albion se consolidó como institución y el fútbol como un deporte de relevancia en Uruguay. Cada vez aparecían más clubes y aumentaba el número de jugadores y de público. Albion tuvo mucha responsabilidad en ese proceso que derivó en la fundación, en 1900, de la Uruguay AssociationFootball League, lo que luego sería la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF).

    Junio de 2016. El club decano del fútbol uruguayo –entendido como el primer club que tuvo al fútbol como deporte principal– cumplió 125 años, alejado de aquella gloria efímera del pasado. Deambula en media tabla de la Segunda División Amateur, la división más baja de la AUF. Su sede y su cancha –Estadio Dr. Enrique Falco Lichtenberger–, ubicados en Menorca 2111, en pleno Malvín Norte, casi derruidos, son un reflejo del presente de un club que, más allá de todo, siempre estará presente.

    La historia de Uruguay

    La historia de Albion y su contribución al desarrollo del fútbol en Uruguay está sintetizada en la obra AlbionFootball Club. Profetas y maestros, del licenciado Juan Carlos Luzuriaga, que se publicó en la edición 8 de A romper la red, un compilado de textos sobre la historia del fútbol uruguayo del Grupo de Estudio del Fútbol Uruguayo (Grefu), de la Facultad de Humanidades.

    Allí Luzuriaga reconstruye –con base en documentos y fotografías de época– la historia de Albion, en aquellos fermentales años de fines del siglo XIX y principios del XX. Fue cuando se gestó la importancia de la institución no sólo en la fundación de la AUF y la liga uruguaya, sino también en la popularización del fútbol, un deporte hasta entonces practicado por una elite vinculada a los colegios y clubes británicos.

    Albion –destaca Luzuriaga– fue el primer club dedicado al fútbol como deporte principal. Pero sobre todo, fue un club cuyos integrantes tenían como objetivo la difusión del deporte en Uruguay. Pero no era un club que sólo jugaba al fútbol, sino que “en cierta forma lo predicaba”, ya que era un grupo de jóvenes que estaban “enamorados” de este deporte, contó Luzuriaga, en diálogo con Túnel.

    Una muestra de eso fue dónde eligieron instalar su primer campo de juego: “Fueron a jugar a Punta Carretas (donde hoy está la Iglesia Sagrado Corazón, en José Ellauri y Solano García) que era un lugar más cercano para la gente de la época que, por ejemplo, la cancha del club del ferrocarril. Además, eran chicos uruguayos –la mayoría–, hablaban todos castellano y tenían una vocación docente”, señala Luzuariaga.

    Con el objetivo de difundir el deporte, los jóvenes de Albion escribían la crónica de los partidos y los llevaban a las redacciones de los diarios para su publicación. Así lo contó Lichtenberger en 1924 en Mundo Uruguayo: “La prensa no nos llevaba el apunte. ¡Cuántas de nuestras crónicas sobre aquellos primeros matchs fueron a dar al canasto de El Siglo! Nosotros teníamos la constancia de, una vez terminado el encuentro, describir con lujo de detalles técnicos el desarrollo de todo el partido y llevar nuestra crónica a las imprentas, pero ¡ay! los redactores, poco menos que riéndose de nosotros, nos aconsejaban que no perdiéramos el tiempo: ‘Estas cosas no interesan a nadie’”.

    Por todo esto, Luzuriaga explica que la “diferencia” entre Albion y las demás instituciones de la época, como Montevideo Cricket o el Curcc-Peñarol, “es que tiene una notoria apertura”. Sin embargo, esa apertura no hizo que se convirtiera en un club popular. Albion “pertenecía a un círculo determinado de la sociedad, eran ex alumnos de un colegio de raíces británicas, y no todo el mundo podía ir a esos colegios ni tenía esas raíces. Era un club de una elite, pero estaba volcado hacia la gente, que con el tiempo se fue integrando”, afirma Luzuriaga.

    Cuando el número de clubes empezó a crecer y el deporte a expandirse, lo que se constataba en la cantidad de jugadores y de espectadores, Albion –con el “patrocinio” de la Compañía de Tranvías al Cerro y el Paso Molino– construyó su primer fieldque se ubicó en el Prado, por entonces un barrio en las afueras de Montevideo. Tenía un palco para invitados y una tribuna de madera para los partidos de mayor concurrencia. Sus partidos eran casi como un evento social.

    Pero la institución siguió con su papel de difusión del fútbol. “Ofrecieron el primer estadio para fútbol a los colegios y también para todos los que se interesaran. Por diferentes motivos las otras instituciones no tuvieron esa actitud abierta. Eso es lo que los define. Además era un equipo poderoso. Entre 1891 y 1899 la rivalidad era con Curcc, y le ganó, después empezó a perder, también con los equipos de los barcos de guerra”.

    Estos últimos eran los equipos de los buques británicos que llegaban al puerto de Montevideo y como práctica recreativa, apenas llegaban a tierra, jugaban contra los clubes uruguayos, sobre todo Albion. También disputó los primeros partidos internacionales de equipos uruguayos con enfrentamientos contra los también nacientes clubes de la República Argentina. A todo esto, se suma que el club participó muy activamente en la elaboración y aprobación de los reglamentos de fútbol de la época. “Hay un reglamento de 1898 que dice ‘Aprobado por Albion’. […] En esa época ya mucha gente jugaba al fútbol, pero Albion era un referente”, cuenta Luzuriaga.

    El histórico Albion

    En sus primeros años, los resultados deportivos de Albion no fueron los esperados: sufrió duras derrotas contra el Montevideo Cricket, algunas por abultado margen. Fueron goleados. Por eso, en 1895, a influjo de Lichtenberger, la institución modificó sus estatutos y dejó de lado una de sus características fundacionales: aceptó a jugadores extranjeros en su equipo. También se produjo un cambio en la camiseta, que pasó a ser azul y roja, en homenaje a Gran Bretaña, colores que distinguen a la institución hasta el presente.

    Aceptar jugadores extranjeros incrementó su poderío deportivo, ya que varios de origen británico se unieron al equipo, entre ellos William Poole, ex profesor del EHS y uno de los responsables de inculcar el deporte a sus alumnos. Poole, al decir de Luzuriaga, era un gran sportman. Con él en sus filas, Albion se convirtió “en la potencia futbolística del medio local”. En 1896, el club disputó diecinueve partidos, con una sola derrota, frente a los marinos del buque HMS Basilisk. Un año después, en 1897, el equipo sólo perdió dos partidos: ante el Curcc –en lo que empezó a transformarse en un clásico– y contra un combinado de la Royal Navy.

    Lo más importante es que la prédica de la institución en cuanto a la difusión del fútbol comenzó a tener resultados positivos: surgieron nuevos clubes, como el DeustcherFussballKlub, un equipo de la colectividad alemana, pero sobre todo aumentó el número de criollos que practicaban el deporte. En 1897 se formó el American Club de Punta Carretas, integrado por estudiantes universitarios. En 1899 se fundó el Club Nacional de Football. Y de las entrañas de Albion, el Montevideo Wanderers. “Había ochenta equipos de fútbol antes del 1900”, explica Luzuriaga.

    Más allá de esto, Luzuriaga considera que aun sin el impulso de Albion, el fútbol en Uruguay se habría desarrollado igual, pero dar una respuesta concreta sería hacer “futurología”, una especie de “¿qué hubiera pasado si...?”. Lo concreto es que “el papel de Albion es de apertura y no todos los clubes de la época la tenían”.

    Pero por qué, con esta historia y ese rol en la difusión del deporte, Albion no llegó a consolidarse como un equipo capaz de obtener el cariño popular. La respuesta no es sencilla: “Me da la impresión de que era un club que tenía estructuras demasiado rígidas para los que se venían formando. Tenían un esquema muy británico. Los chicos de Albion dijeron ‘acá sólo jugamos uruguayos’ –aunque eran de origen británico–, pero a los cinco años empezaron a jugar ingleses”.

    Esa decisión, que le trajo réditos deportivos, pudo tener una incidencia negativa en el nivel de adhesión popular. En efecto, la preponderancia de Albion en el fútbol uruguayo se extendió hasta 1901, aunque para los contemporáneos fue un club relevante hasta 1910. “El fútbol de 1897 no era el de 1905; el fútbol de 1905 reunía multitudes y Albion era un equipo que, de alguna forma, se había encapsulado nuevamente como británico […] Fue una vida corta y gloriosa, pero al ponerse los ingleses a babucha perdieron el toque nacional que ellos querían tener”, evaluó Luzuriaga.

    Hacia 1900 comenzó el declive. El club empezó a ocupar los últimos lugares de la incipiente liga uruguaya, y lentamente se gestó la rivalidad entre Nacional y el Curcc. En 1905, el equipo quedó último y ni siquiera pudo terminar de disputar el campeonato. De aquellos jugadores que lo habían llevado a la gloria sólo quedaba uno. Para 1908 Albion era ya una leyenda del fútbol uruguayo.

    Tiempos difíciles

    Al culminar su trabajo sobre la historia de Albion, Luzuriaga realiza una serie de reflexiones de lo que fue la fugaz y fructífera historia de la institución. Sobre todo acerca de la ambivalencia del club al presentarse como un club de criollos, y luego habilitar el ingreso de los jugadores británicos, lo que permitió que Nacional ocupara el lugar de club inequívocamente criollo. “Albion, prisionero de una política ambivalente, atrajo el respeto, la admiración de los aficionados, pero no el cariño y la pasión”, cuenta Luzuriaga en su texto.

    “Fue el primer grande en el último lustro del siglo XIX. Duraría sólo eso. Las circunstancias hicieron que en cinco años desapareciera de la primera división del fútbol uruguayo el club que vivió, en el sentido de la épica clásica, una vida gloriosa y corta en el cenit deportivo. Profetas del fútbol entre nuestros compatriotas, lo predicaron fervorosamente y lo enseñaron con generosidad”, expresa Luzuriaga.

    El lento y paulatino declive llevó al club casi al ostracismo. Se mantuvo a flote gracias a algunas familias que se negaron a su desaparición: los Lichtenberger, los Falco, los Chainca. Durante todos estos años, el club participó en ligas barriales, en la vieja división Extra, e intervino en la fundación de la Liga Universitaria y de la Liga Amateur. Hoy, a 125 años de su creación, busca resurgir. Y lo hace, con base en una Sociedad Anónima Deportiva (SAD), que asumió la conducción económica y deportiva de la institución, con un proyecto deportivo a tres años.

    Al frente de este grupo está Leonardo Blanco, quien jugó en la institución en 1986, hace tres años llegó como director técnico y asumió la dirección deportiva tras una conversación con Fernando Chainca, presidente de la asociación civil, quien le abrió las puertas del proyecto. En diálogo con Túnel, Blanco afirmó que la realidad del club no se condice con su historia ni con su influencia en el desarrollo del fútbol y la sociedad de nuestro país.

    “Lamentablemente, Albion se fue apagando, no tuvo la posibilidad de sostenerse, ni a nivel deportivo ni social, y hoy anda pululando por la segunda división amateur”, señaló. Era un club “con cero objetivo deportivo, sin sede, sin cancha y sin socios”, que tenía dos activos importantes: estar afiliado a la AUF y su historia.

    _Mauricio Pérez

  • 47


  • La sangre del Pepe

    “Me fui a Europa a los 19 años, al Atlético de Madrid. Al primer mes me quería volver a Uruguay, llamé a mi casa y dije que me quería volver, y a los dos días tenía a mi madre allá. No jugaba, y te sentís futbolista cuando jugás. Por eso siempre quiero jugar. Nunca dejé de extrañar, me costó tres o cuatro años adaptarme”.

    Leandro Cabrera, bastión del Getafe

    de los uruguayos

     

     

    La sangre del Pepe

     

     

    “Me fui a Europa a los 19 años, al Atlético de Madrid. Al primer mes me quería volver a Uruguay, llamé a mi casa y dije que me quería volver, y a los dos días tenía a mi madre allá. No jugaba, y te sentís futbolista cuando jugás. Por eso siempre quiero jugar. Nunca dejé de extrañar, me costó tres o cuatro años adaptarme”.

     

     

    Por Martín Monroy

     

     

    Leandro Cabrera, el Lele, a pocos partidos de haber debutado en la Primera de Defensor Sporting, partió rumbo al Atlético de Madrid para compartir plantel con Diego Forlán. Hace diez temporadas que juega en Europa. Pasó por varios equipos del ascenso español e italiano antes de plantar bandera en Getafe –junto a otros cuatro uruguayos– para coronar una campaña histórica.

    Nieto del emblemático José PepeSasía, hijo del entrenador Sergio Cabrera y de Martha Sasía, ama de casa, hermano de Rodrigo, otro que salió zaguero y anda por Chile corriendo atrás de la pelota, el Lele Cabrera, con casi trescientos partidos por ligas europeas, nos recibió en la casa de sus padres apenas llegó a nuestro país.

    Tres días atrás el Getafe empató con Villarreal, finalizaba quinto en la tabla y se metía en la UEFA Europa League. Con el viaje arriba y el cuerpo acusando dolores post partido, tuvimos una charla de vestuario, pero en una barbacoa llena de camisetas, banderas, pelotas y recuerdos. Hay olor a asado, hay olor a fútbol.

     

    ¿Qué sensaciones tenés al terminar la temporada?

    Una sensación de alegría tremenda. A lo largo del año, por la manera que tenemos de trabajar, el cuerpo técnico y un poco la forma de ser del grupo, disfrutamos muy poco de los pequeños triunfos. Cada partido que ganábamos era, literalmente, festejar ese día y al otro día ya fue.

     

    ¿Eso es algo común en el fútbol?

    Sí, pero más acá en Uruguay que en España. Yo hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación casi obligatoria de ganar.

     

    ¿A qué te referís cuándo decís “hace mucho tiempo”?

    Van a hacer diez años. Me fui en 2009. El primer equipo fue Atlético de Madrid, después Recreativo de Huelva, siguió Numancia, Hércules, Real Madrid Castilla ¡di más vueltas…! Después tres años en Zaragoza, y los seis meses siguientes me fui a Crotone de Italia, ahí jugué poco y nada, estuve media temporada, hasta que me llamó el entrenador del Getafe, José Bordalás.

     

    El fútbol tiene eso de montaña rusa: pasás del Crotone sin jugar a una campaña histórica en un club de barrio.

    Sí, de pueblo. Es como una pequeña ciudad en la periferia de Madrid. Cuando llegué al club en enero de la temporada anterior, el equipo venía bien, era la primera temporada después del ascenso, aunque tiempo antes ya habían estado como once años seguidos en Primera división. Getafe estuvo en Segunda B y Tercera División, lo que viene a ser la C y la D, hasta el año 2003 - 2004, de ahí hasta 2015 - 2016 si no me falla la memoria, hasta ahí no desciende.

     

    Un Getafe que se caracteriza por su cuota de jugadores sudamericanos.

    Sí, han pasado muchísimos. Muchos argentinos y uruguayos, Juan Albín, por ejemplo estuvo mucho tiempo. Hoy somos cinco uruguayos y un argentino: Leandro Chichizola. Somos una banda, nunca me había pasado compartir con tantos compatriotas; como mucho, antes tuve un solo compañero uruguayo en el plantel. Estás en la liga más competitiva que hay en el mundo, con rivales de locos y se da el caso de competir con ellos. Miro a mi costado y, por ejemplo, veo al Zorro Damián Suárez, que lo vi jugar todas las formativas en Defensor, nunca compartimos categoría hasta que estuvimos en Primera división, pero vivimos lo normal de estar en Uruguay juntos y ahora nos enfrentamos a los mejores del mundo. Además, Damián es uno de los capitanes del equipo, están los capitanes españoles que son tres y después está él. Es el que más tiempo lleva en el club. Al llegar, el entrenador nombra los capitanes y a medida que se van yendo, los que quedan ocupan esos lugares por veteranía. El Zorro llegó a descender y ascender a la temporada siguiente. Eso lo engrandece aún más.

    ¿Cuál es la relación entre las posiciones de la tabla y los presupuestos en una liga con tanto poderío económico?

    Si económicamente hablando cada uno quedara en el ranking que tiene que quedar, somos el decimoquinto equipo de la liga. Si fuéramos a los fríos y crudos números, terminamos quintos. Tendríamos que haber peleado por no descender. La lógica en el fútbol falla, pasó hace años con el Leicester, igual tenía un presupuesto mucho más alto que nosotros.

     

    ¿Calificas la actuación de Getafe cómo exitosa esta temporada o queda el gusto amargo de no llegar a Champions?

    Soy resultadista, puede molestar. Hay gente que puede no estar de acuerdo, pero nunca nos acordamos de los que pierden. El año pasado justo lo comentaba con un amigo que le gusta hablar de fútbol, quien me preguntaba la manera que teníamos de afrontar la temporada. El año pasado terminamos octavos, hicimos un campañón, un punto más y terminábamos séptimos, nos metíamos en la fase previa de la Europa League. Empezamos la pretemporada y el entrenador, Bordalás, si no recuerdo mal en la primera charla dijo: “El año pasado hicimos una buena campaña, pero les pregunto ¿quién salió octavo hace dos años?”. Nadie sabía. Nos dijo: “El fútbol es así, cuando no conseguís nada, nadie se acuerda de vos. Este año tenemos que mejorar lo que hicimos el año pasado”.

     

    La charla sirvió, se cumplió el objetivo.

    Sí se cumplió, con un desgaste mental enorme. No llegábamos a festejar ninguna victoria, porque teníamos que hacer borrón y cuenta nueva para afrontar el partido siguiente. El club es como es, somos los jugadores que somos, no somos campeones del mundo ni nada y teníamos que ir a hacerle cara al que sea, porque lo sentíamos así. La mayoría veníamos de situaciones similares, yo estuve mucho tiempo jugando en Segunda división. Damián desciende y asciende con el club y así se dio en muchísimos casos de jugadores. Los delanteros de nosotros, Jorge Molina, 14 goles con 37 años, un gran amigo. También Jaime Mata, con 31 años, hasta esa edad no había jugado en la Primera división española, siempre en categorías de ascenso. Se juntó un grupo que venía con hambre con un entrenador muy exigente. Hasta que no terminó el partido con Villarreal, en la última fecha, quedó la sensación de que no lo conseguimos, porque queríamos terminar cuartos. Pero fue un gran año, hasta que no terminó el partido no me relajé, para mí fue esa la clave: borrón y cuenta nueva constantemente. En muchos equipos faltan dos fechas para terminar el campeonato y los jugadores ya quieren terminar. En otras oportunidades a falta de dos semanas yo ya tenía las valijas prontas, y acá no.

     

    ¿Se puede decir que es el Getafe de las revanchas? Un delantero jugando por primera vez en primera con 31, otro con 37, y ambos haciendo goles es peculiar.

    Totalmente, si te nombrara uno por uno, todos son casos similares. Mi compañero de zaga por ejemplo, Djené, llegó hace tres años a España a jugar en Segunda división, en el Alcorcón. Subieron a Primera y el año pasado fue su primera temporada en Primera. Hace un campañón este año, considero que es el mejor defensa, sin dudas es impasable. Matías Olivera el año pasado estuvo en el club y jugó pocos minutos, lo mandaron a préstamo. Empezó a jugar en Albacete en Segunda división, hace una primera mitad de temporada de locos y el entrenador lo pidió. Volvió y jugó catorce partidos, todos de titular, de lateral o volante por izquierda. Mauro Arambarri se fue a Francia, donde jugó poco. El entrenador lo pidió, volvió y lo puso a jugar. Todos tuvimos situaciones similares.

     

    El entrenador quiere mucho la cultura uruguaya, por lo que veo.

    Le gusta la cultura del trabajador y él lo ve reflejado en nosotros.

     

    ¿Entonces busca algo más que el rendimiento deportivo?

    Busca más que la calidad, porque acá calidad hay en todos lados. Se le presentó la situación de juntarnos a todos los uruguayos y lo hizo. Por su experiencia personal, de jugadores uruguayos que estuvieron con él, no dudó. Tengo compañeros, como Andrés Lamas, que estuvo con él y confirmó lo dicho. Andrés ganó todo, fuimos compañeros y es un fenómeno cómo siente y vive el fútbol. Nuestro entrenador también estuvo con Facundo Guichón y vos lo veías jugar cuando estaba con él y corría para todos lados, se daba la cabeza contra un ventilador. Para mí la experiencia de este año fue espectacular. Nosotros, como país, como algo cultural, tomamos muy mal perder y las injusticias. Hubo momentos duros en el año, que empatás o perdés y estás ahí, y nosotros vamos como en la misma rueda. La sensación que me da es que los que no son uruguayos le quitan drama, lo viven mejor, nosotros somos de otro corte. Llegaba al partido y pasaba por al lado del Zorro y me decía “dale, Lele, que hay que ganar”. Partidos que nos estaban metiendo para adentro y con miradas nos entendíamos, desde pegar alguna patada o hacer tiempo, que si se lo decís a otro puede no tomarlo bien o capaz no entenderlo. Hay cosas que se tienen o no se tienen.

     

    ¿Fuera de la cancha también son así de compañeros?

    Sí. Entre nosotros y con el grupo en general. Ahora que terminó el año, festejaban los cumpleaños e invitaban a todo el grupo. Tenemos otro gran amigo uruguayo que está siempre al lado nuestro y es fundamental en nuestras juntadas, Andrés Espinoza. Un personaje, un uruguayo normal y corriente que cuando te tiene que decir algo te lo dice, si te mandabas una cagada en la cancha o afuera, te lo decía. Iba a todos los partidos de local y a los que podía de visitante. Fuera de lo que es el vestuario, amigo de los cinco, Andrés es el que hace el nexo entre nosotros, el que organiza. El Lolo (su hermano Rodrigo) también lo conoció cuando estuvo en Fuenlabrada.

     

    ¿Compartiste plantel profesional con tu hermano?

    Sí, compartimos plantel. Jugamos juntos en Tercera, en Primera no llegamos a compartir cancha. Compartimos todo en el fútbol; en baby, le tocaba jugar primero y cuando terminaba el partido yo le agarraba la camiseta. Nació y lo primero que nos regalaron fueron camisetas. Recuerdo a mi abuelo sentado en el sillón con dos camisetas colgadas atrás. Conozco muchos cuentos de mi abuelo. En mi casa hablamos de fútbol constantemente, mi novia es española y la otra vez me decía, ¿cómo pueden hablar tanto de fútbol? Pero no es que hablamos de cómo pegarle a la pelota, sino de quién enseñó a pegarle a quién.

  • 46


  • El que ríe último

    Seguramente haya sido la temporada en que el Atlético de Madrid haya tenido más seguidores en Uruguay, al punto de que en la última jornada muchos seguimos el partido con Valladolid en directo y sufrimos tanto como si en lugar de un equipo español fuera uno uruguayo.

    Seguramente haya sido la temporada en que el Atlético de Madrid haya tenido más seguidores en Uruguay, al punto de que en la última jornada muchos seguimos el partido con Valladolid en directo y sufrimos tanto como si en lugar de un equipo español fuera uno uruguayo.

    El equipo de Túnel siempre alentará a los equipos en que haya jugadores uruguayos, por eso nos congratulamos con el presente de Valverde en Real Madrid o de Araújo en el Barcelona, celebramos que el Seba Coates haya ganado la liga portuguesa con el Sporting de Lisboa, que el Fede Ricca obtuviera el bicampeonato belga con el Brujas, que De Aarrascaeta obtuviera un nuevo título en Brasil o el Canario Pablo García conquistara su primer lauro como entrenador en Grecia, que Godín, Nández y Pereiro se escaparan del descenso con el Cagliari en Italia.

    Por eso celebramos el triunfo del Atlético del Cholo, del profe Ortega, Josema Giménez, Torreira y Luis Suárez, pero con un agregado: siendo sabedores que Lucho tuvo que –como muchas veces le sucedió a lo largo de su carrera– superar la adversidad de una injusta salida institucional del Barça y volver a demostrar su vigencia goleadora y futbolística.

    Esta situación que narramos con palabras la describe mucho mejor Esteban Isnardi con su caricatura, que nos recuerda el viejo refrán que sentencia que el que ríe último ríe mejor.

     

  • 45


  • Cuestión de identidad

    La historia la conocemos muy bien, aunque no nos deja de sorprender y emocionar: Estela de Carlotto, fundadora y cara más visible de la organización Abuelas de Plaza de Mayo, recupera a su nieto después de 36 pesados años de paciente búsqueda. Ese nieto, hijo biológico de Laura y Oscar, se iba a llamar Guido Montoya Carlotto, pero la trama quiso que se llamara Ignacio Hurban.

    Ignacio Guido Montoya Carlotto: el nieto 114

     

     

    Cuestión de identidad

     

     

    La historia la conocemos muy bien, aunque no nos deja de sorprender y emocionar: Estela de Carlotto, fundadora y cara más visible de la organización Abuelas de Plaza de Mayo, recupera a su nieto después de 36 pesados años de paciente búsqueda. Ese nieto, hijo biológico de Laura y Oscar, se iba a llamar Guido Montoya Carlotto, pero la trama quiso que se llamara Ignacio Hurban. Hoy, este músico de Olavarría se llama Ignacio Guido Montoya Carlotto. Su crónica daría pie para conversar sobre muchas cosas, sabidas o supuestas. A días de confirmar su identidad, se descubrió que era hincha de RiverPlate. Ni lerdos ni perezosos, los dirigentes de River lo homenajearon, junto a Estela, en el pasto del Monumental. Sabia decisión. Esa imagen, sumada a su admiración por Enzo Francescoli, nos dio la excusa perfecta para conversar con él. Ignacio, el nieto 114.

     

     

    Alguna vez comentaste que más allá del dolor por el descenso, la época en la B fue, para vos como hincha de River, fantástica. ¿Cómo viviste esa etapa?

    Tuve una época de hincha fanático, cuando jugaba Francescoli. Fanático de ponerme a llorar por River. Pero después dejé de ver fútbol, lo borré de mi vida, me fui del fútbol. Sólo volvía a sintonizarme cuando había un Mundial, pero hasta ahí nomás. No sé qué estupidez me pasaba por la cabeza, pero lo abandoné de mis intereses. Habrá tenido que ver con que empecé a estudiar música. Y volví a ver fútbol cuando empezaron los rumores de que nos íbamos a la B. El primer partido con el que retomé el lugar de hincha fue contra Lanús, luego de haber perdido contra Olimpo, cuando creció la sensación de que era inevitable la promoción. Entré a preocuparme. Fue como subirme al avión que estaba a punto de estrellarse. Y en el momento en que escuché a Daniel Passarella –quien era el presidente del club– decir que era imposible que River descendiera, me di cuenta de que íbamos a descender. Él no estaba viendo la gravedad del asunto. El primer partido de la promoción contra Belgrano lo vi en un estudio de grabación, mientras mezclábamos un disco. La revancha no la pude ver. Estaba en casa, con la tele prendida, pero tenía tantos nervios que caminaba por todos lados y no lo vi. Esa noche, la del descenso, tenía un concierto con una big band donde había muchos hinchas de Boca. Y me di cuenta de la dimensión del asunto cuando ninguno de esos hinchas de Boca me dijo una palabra. Es más, estuve meses sin recibir una gastada sobre el tema. Un acto de nobleza increíble de parte de los “primos”. Incluso algunos padres les decían a sus hijos que no gastaran a otros niños en la escuela. Era terrible. Me acuerdo de la sensación de abrir un suplemento deportivo y no ver el escudo de River entre los equipos de primera. Posteriormente, durante la campaña en la B, fui muy feliz como hincha; el hecho de juntarse a ver a River sin importar si ganaba o perdía, una suerte de ritual. Sólo el hecho de ver a tu equipo significaba felicidad. Supongo que le sucederá a los hinchas de cuadros chicos: van a ver a su equipo, sabiendo que las posibilidades de perder son muchas.

     

    ¿Es cierto que la gran mayoría de los nietos recuperados son hinchas del mismo club que sus padres biológicos?

    Es así. Es algo muy loco pero se ha dado de esa forma, la estadística ha sido determinante. Incluso hay casos de nietos que son hinchas de clubes que no son particularmente populares en la ciudad donde crecieron, y ya recuperados se enteraron de que sus padres eran hinchas del mismo club. Hay algo muy fuerte allí, de trascendencia. En mi caso, mi abuela paterna y mi padre eran muy hinchas de River, así que heredé el sentimiento por allí. Aunque esa historia es un poco más rica aún: supuestamente mi madre y mi padre integraban un grupo de amigos que una vez iban a ir a ver a River juntos, en barra. Parece que mis padres se cortaron solos y se fueron al cine, aún siendo amigos. Ese día habría comenzado su historia amorosa. Esto me lo ha comentado más de una persona que los conoció, aunque tampoco tengo tanta certeza de que haya sucedido exactamente así. ¡Ojalá que sí!

     

    Se puede decir que River tiene que ver hasta en tu gestación.

    Es que el club, sin quererlo, ocupa un lugar muy importante en mi historia. De hecho, el 5 de agosto del año pasado River ganó la Libertadores. Ese mismo día, pero un año antes, yo me enteraba sobre mi real identidad. Así que ese partido lo viví con una carga pesada, de responsabilidad. Y cuando ganamos lo tomé como un regalo de cumpleaños.

     

    ¿Cuán importante fue enterarte de que tu padre era de River?

    Fue muy importante. Mi abuela paterna, su madre, me dijo con orgullo: “Hincha de River como tu papá”. Fue como una confirmación para ella, como si ese dato terminara de certificar que yo fuese su nieto.

     

    Fuiste homenajeado junto a tu abuela Estela en la cancha del Monumental, lugar donde se estaba jugando un particular mundial en los días de tu nacimiento. ¿Cómo es tu relación con el estadio, considerando esa carga histórica?

    Creo que una de las intenciones del homenaje que me hicieron fue, justamente, exorcizar ciertos fantasmas, cerrar una historia que tuvo mucha oscuridad. Pensemos que Videla fue socio honorario del club por un tiempo, hasta que fue expulsado. Por eso acepté recibir el homenaje, más allá de mis vergüenzas. Además no había ido nunca a ver un partido al Monumental, hasta me daba un poco de pavor decirlo.

     

    Habías ido al estadio pero no a un partido.

    Claro, fui a conocerlo, a visitar el museo. Y en esa visita me sacaron una foto que después subí al Facebook. Por esa foto “descubrieron” que era hincha de River y gestionaron el homenaje.

     

    El fútbol y la música son vasos comunicantes muy poderosos. ¿Pueden ayudar en la búsqueda que lleva adelante Abuelas, junto con otras organizaciones?

    Sí, pienso seguido en ello. La gran mayoría de los clubes han dado su apoyo a las organizaciones, a su forma se han sumado a la búsqueda. Y desde la selección lo mismo, ya que, poco antes de mi encuentro, Messi, Mascherano y algunos otros referentes estuvieron con las abuelas y se sacaron fotos con una pancarta de apoyo. El fútbol, como manifestación popular, sirve para muchas cosas, más allá de sus funciones obvias. Me encantaría que fuera una actividad más honrosa, dentro y fuera de la cancha, que fuera ejemplarizante. Creo que en el fútbol está todo muy exacerbado, hay mucha violencia, sólo sirve ganar y no importa cómo lo logres. No son valores positivos. El juego del fútbol es muy poético, tiene mucho de música, de estructura orquestal, en el que hay lugar para la improvisación, un plan general, apoyo entre los componentes, cierta armonía en los movimientos, etcétera. Pero aun con eso, teniendo una gran oportunidad, no suele utilizarse como ejemplo positivo.

     

    Te referiste a la poética futbolera. En Uruguay hay una rica tradición de componerle canciones al fútbol. ¿Incursionaste en esa área? ¿Te interesa?

    Compuse dos canciones instrumentales vinculadas al fútbol. Una se llama ‘Santa Rosa y La Rosales’, en honor a los dos clubes que se fusionaron y fundaron River. Y la otra es un vals que le dediqué a mi amigo Antonio, quien me hizo hincha de River en la escuela primaria. Lo escribí cuando descendimos, en un estado de total desazón y bronca, y lo titulé sutilmente “Antonio la reputa que te parió”…, embroncado con quien, en definitiva, era el responsable de mi sufrimiento. Todavía no grabé ninguna de las dos canciones, pero ya llegará el momento.

     

    ¿Cómo se transmite un mensaje futbolero, con sus metáforas, en una canción que no lleva letra?

    Es muy difícil, porque el fútbol tiene que ver mucho con la oralidad. Aún no he logrado llevar el juego a una letra, como han hecho brillantemente tantos autores uruguayos, muchas veces a través de la murga, y que tanta admiración me genera. El fútbol es un juego lleno de metáforas, recrea muchísimas situaciones de la vida cotidiana: la ira, el amor, la desesperación, creer y descreer en Dios de un momento al otro. Aunque algunas cosas han cambiado; ahora, como le pasó a River en el Mundial de Clubes, hay cierta lógica en los resultados: el poderoso le gana categóricamente a su rival. En eso se está pareciendo más al básquetbol. Antes, y es algo que nos cuentan mucho los veteranos, las epopeyas se veían más seguido, un equipo de barrio le podía ganar al poderoso. Esa era una metáfora hermosa, la del “siempre se puede”. De hecho, la épica uruguaya está muy basada en eso, principalmente por Maracaná. He escuchado la canción de Tabaré Cardozo sobre el golero brasileño de esa final, “Barbosa”, quien cargó una pena terrible y lo mandaron a cuidar el pasto de la cancha. Cuentan que se llevó los palos del arco para quemarlos en la casa y exorcizarse.

    ¿Jugaste al fútbol?

    Pocas veces e informalmente, porque soy extremadamente malo. Es más, el día del homenaje en el Monumental, cuando estaba entrando a la cancha se me acercó el vicepresidente de River y me dijo “podés patearle al arco a Barovero que se va a dejar meter el gol”. Y yo vi la pelota en el pasto, el arco, todo precioso, y me dije “soy tan malo que la voy a tirar a la mierda, voy a quedar pegado y no se lo van a olvidar más”. Así que me hice el boludo y no le pateé. Jugar al fútbol no es lo mío, me gusta filosofarlo, leerlo, me gusta la poesía futbolera, los cuentos de Fontanarrosa, de Sacheri, etcétera. De hecho he escrito algunos relatos que se publicaron en una revista de Rosario. Uno de ellos también fue dedicado a Antonio, en la misma tónica que la canción, donde fantaseo con que él se refugia en Paraguay, exiliado, huyendo de todos los hinchas de River que lo culpaban por la desgracia del descenso. Otro texto trata sobre una remontada que tuvo San Lorenzo en el campeonato, al mismo tiempoo en que se designaba al papa Francisco, reconocido hincha. Contra esa circunstancia “divina” poco se puede hacer.

     

    El River del 96 te agarró con 18 años, una edad plena para ver fútbol. ¿Cómo recordás ese equipo?

    Ese River lo disfruté muchísimo, era un equipo con mucho vuelo. Ya me gustaba ver al equipo entrar a la cancha, con Enzo adelante masticando chicle, con la cinta de capitán y la pelota debajo del brazo. Esa imagen era maravillosa. Se transmitía una sensación de seguridad, que realmente creí que no iba a volver a sentir, que no se iba a repetir jamás. Pero el equipo de Gallardo, que ganó todo en la temporada pasada, me generó la misma sensación, de cobijo, de que “va a estar todo bien”. Ojo, con la posibilidad de perder partidos, pero siempre estando a la altura y dando mucha pelea. El año pasado fue un año épico, ganamos mucho, le ganamos a Boca. Fue particularmente maravilloso.

     

    ¿Qué lugar ocupa el concepto de identidad en todo eso? ¿Existe realmente la diferencia con Boca, entre el “paladar negro” y el “ganar como sea”?

    Creo que en algún momento eso existió, mucho más que ahora, pero se fue perdiendo y hoy en día todos queremos, ante todo, ganar. El cómo, lo vemos. De hecho, muchos partidos de la última Libertadores los ganamos como supuestamente gana Boca: metiendo mucho, haciendo un gol y especulando, sin el toque bonito histórico. La San Martín baja sí continúa siendo la tribuna del “paladar negro”, que demanda más y más aunque River vaya ganando 3-0 con goles de caño. Y en algún lugar me parece que está bien, porque en definitiva representa y defiende una biología. Pero no deja de ser una identidad construida, muchas veces, desde la necesidad. Sí considero que los hinchas de River y Boca tienen características diferentes, más allá de los colores, que hoy están consolidadas en lo que no le podemos perdonar a los jugadores. Un “bostero” no perdonaría que su jugador no diera esa patadita, y nosotros no perdonaríamos que el pase no llegara a destino. El gen identitario está en lo que no se perdona. Igualmente somos bastante parecidos.

    ¿Conociste personalmente a Enzo?

    Sí, lo conocí el día del homenaje y después lo vi un par de veces más. A veces uno tiene miedo de conocer al ídolo, por el riesgo de llevarse una decepción, pero no fue el caso. Encontré un tipo muy sencillo, muy humano.

     

    Ustedes, los hinchas de River, tienen una relación con él que acá no se tiene. Aunque le dio mucho a la selección, le tocó jugar en épocas complejas y siempre se le demandó un poco más.

    Claro, quizás pase lo mismo con Messi acá. Para los hinchas del Barcelona es un dios incuestionable, mientras que en Argentina tenemos el tupé y la estupidez de cuestionarle que con la selección no juega como en su club. Enzo en River es un prócer, y se lo respeta como tal.

     

    ¿Qué lugar ocupa el jugador uruguayo en el hincha de River?Considerando lo de Enzo, pero también lo de Alzamendi en el 86 y lo de Carlos Sánchez y compañía el año pasado.

    El cantito “uruguayo, uruguayo” está pegado a las tribunas del Monumental, es como la voz del estadio, una institución.

     

    ¿Estás al tanto del fútbol uruguayo?

    El problema es que acá no se televisa, no tenemos mucha información. Antes, cuando TyCSports transmitía algún partido, estaba más actualizado. La relación que tengo con el fútbol uruguayo es, principalmente, a través de los referentes que juegan en el campeonato argentino y a través de la selección uruguaya. Acá hay mucho hincha de la celeste. Algunos amigos son más hinchas, incluso, que de la propia selección argentina. Admiramos esa característica uruguaya de ir de puntos y ser muy peleadores y dignos. A nosotros nos pasa que creemos que tenemos los mejores jugadores y terminamos fracasando, porque eso no te asegura tener un buen equipo. También admiramos el sentido de pertenencia que los jugadores uruguayos han construido con su selección, algo que por acá añoramos.

     

    ¿Qué hiciste con la camiseta 114 que te regaló River en el homenaje?

    La volví a usar el día de la final de la Copa Sudamericana y el día de la final de la Copa Libertadores. Ahora está colgada al lado del piano, la voy a encuadrar y la voy a dejar ahí. Dio todo lo que tenía para dar.

     

    _Mateo Magnone

     

     

  • 44


  • Ahí, donde más rueda la pelota

    El niño León Duarte decía que la gente era bastante haragana, que no le gustaba trabajar. Lo decía y le daba gracia. Se dirá que un niño de doce años en 1940 era distinto a uno de igual edad en el presente; que las infancias cambiaron.

    La Funsa, Villa Española y el fútbol

     

    Por Mateo Magnone

     

     

    El niño León Duarte decía que la gente era bastante haragana, que no le gustaba trabajar. Lo decía y le daba gracia. Se dirá que un niño de doce años en 1940 era distinto a uno de igual edad en el presente; que las infancias cambiaron. Es cierto y no tiene mucho sentido hacer las comparaciones, al fin forzadas, ya que cada uno es uno en su contexto y su época. Pero, al fin y al cabo, era un niño de doce años, del barrio Pajas Blancas, que tenía una changa juntando papas y se gastaba las monedas en el cine. “Por historias que me contaron mi abuela y mis tíos, sé que jugaba al fútbol en unos campeonatos infantiles en el barrio”, dice Néstor Duarte, hijo de León. Pero el asunto no terminaba en la cancha, ya que, por tener buena voz, narrativa fluida y memoria fotográfica, el joven era incitado por sus amigos a relatar las mejores jugadas del partido que recién habían jugado. León agarraba una hoja de diario, la enrollaba y se armaba un micrófono ficticio. Ya con la herramienta, se subía a un cajón de verduras y arrancaba a revivirlas hazañas deportivas, gestadas hacía diez minutos. Luis Moco Romero fue su amigo y compañero en la Fábrica Uruguaya de Neumáticos Sociedad Anónima(Funsa), casi veinte años después, pero en algún momento le llegaron las anécdotas con aquella imagen, aunque con un agregado, forjador de la construcción política de Duarte con el paso del tiempo: “León fue uno de los mejores dirigentes sindicales de la historia de Uruguay. Ya se paraba arriba de un cajón en Pajas Blancas, con dieciséis años. Un tipo con mucha visión, muy claro con lo que pregonaba”. Duarte ingresó a la Funsa con 25 años, en 1952; Romero con 18, en 1958. A comienzos de los sesenta se iniciaron los campeonatos internos de la fábrica, con equipos armados por sección. Duarte trabajaba en la sección Batería, equipo vestido con camiseta blanca y una franja roja en diagonal.“Mi viejo jugaba en el fondo, de líbero, y no era particularmente habilidoso, aunque le gustaba mandarse para arriba”, señala Néstor, a quien la vida lo obligó a reconstruir esta y otras tantas características de su padre: cuando León Duarte desapareció, en 1976, su hijo tenía nueve años. En el vínculo generado, lo lúdico y la pelota ocupan un lugar especial en la memoria de Néstor. Recuerda al viejo sentenciando que no era fútbol a lo que jugaban, sino fóbal; “a mí me decía ‘mijo, cuando juegue al fóbal, elija el puesto que quiera, pero nunca juegue de golero”.

    Al tiempo de trabajar en la sección Batería, Duarte pasó a la sección Cuero. En 1972,se cumplían veinte años de su ingreso a la fábrica y de la fundación del sindicato, que se había solventado por especial impulso de León en 1958, un año de ocupación, huelga y activas movilizaciones hasta casa de gobierno. Néstor Gallito Rodríguez comenzó a trabajar en la fábrica en aquel tormentoso año 72: “Yo estaba en la sección del cuero, el mismo sector donde estaba Duarte. A los dos meses de haber entrado yo, León cayó detenido y lo tuvieron en el cuartel de San Ramón, pasándola particularmente mal. Cuando salió, comentaba que la represión y la tortura venían en serio, y aún no se había dado el golpe, era agosto del 72”. La sección del cuero, donde se hacían los calzados, era famosa por la cantidad de gente opuesta al sindicato, que si se decidía parar las actividades ante un conflicto, iba a trabajar igual. Ya en la década del cincuenta, aun en los sesenta –incluso con la creación de la CNT en el 64, con Duarte y otros compañeros de Funsa presentes– y comenzando la década del setenta, por más tejido sindical y lucha por los derechos colectivos, los “carneros” estaban. Con el pasaje de León a la sección, la posibilidad de diálogo con quienes aún no habían sido seducidos por la herramienta sindical, crecía. Hubo avances, se conversó “de tú a tú”, más aún sabiendo que se vendrían años de extremo cuidado para el obrero. El rol de líder y los años lo llevaron a ser el director técnico del equipo de la sección. Romero recuerda la reacción de su amigo, dirigiendo un partido entre Cueros y la sección A: “Ganó la ‘A’2-0, y podría haber sido por tres o cuatros goles. Ese día en el cuero había algunos que más de una vez habían carnereado y Duarte los tenía bastante controlados. Terminó el partido y cargado de bronca cruzó la cancha, diciendo a regañadientes: ‘Sabrán carnerear, pero jugar al fútbol no saben un carajo, la puta que los parió’”.

    Al barrio, amigo

    El primer campeón de los torneos internos de la Funsa fue el sector I, en el año 1963, cuando los trabajadores creyeron que el fútbol podría generar algo importante para adentro y afuera. El vicecampeón fue el sector de terminado de neumáticos, donde trabajaba Luis Romero: “Nos pareció que había que activar el deporte, aprovechando la cancha que tenía la fábrica, porque era una forma más de socializar entre los compañeros, lo tomábamos como una extensión del desarrollo sindical”, sintetiza Romero, y agrega:“Pero además nos permitíaprofundizar los vínculos con el barrio, juntar a las familias, cosas que aunque estés en una fábrica grande y con mucha gente, de repente no hacés”. La camiseta del sector de terminado era negra con un escudo blanco, por eso al cuadro le decían “Los Cuervos”.

    Durante cualquier testimonio de quienes trabajaron en la Funsa, ante la consulta por la coordinación de los campeonatos internos de fútbol, salta el nombre de Pedro Robert, quien también entró a trabajar en 1972: “Laburé 42 años allí, así que imaginate. En mi última etapa integré la comisión de deporte, pero antes coordinaba los campeonatos, junto con otros compañeros. Llamábamos a los representantes de cada sector y armábamos reuniones semanales para coordinar los partidos”. En planta de Funsa llegaron a trabajar más de dos mil personas, distribuidas en las diferentes áreas; por lo tanto, se pudieron formar decenas de equipos. Si el cuadro de un sector chico no llegaba a completarse, se negociaba para que se sumara gente de alguno más grande y así podía participar del campeonato. “Estaban los cuadros de Incal, Pirelli, el del Taller, Armado de cubiertas, Vulcanizado y terminado, Batería, Cuero, Administración y varios más. Se armaba el fixture y se jugaba”,explica Robert. En la primera época, los partidos se practicaban en la propia cancha de Funsa, luego en la de Villa Española y, tras el regreso de la democracia, en la cancha de La Escuelita, ubicada frente al Cilindro Municipal. Para el diseño y confección de las camisetas, cada sector hacía una colecta con el apoyo de las familias y del barrio. El logo de Funsa era rojo y blanco, por lo tanto los equipos se las ingeniaban para elaborar la estética de sus vestimentas a partir de esos dos colores, con el negro como agregado. En la sección Cuero, la camiseta era roja con una “v” negra en el pecho. Pedro trabajaba en ese sector, así que compartía equipo con algunos “carneros”: “Llegó a suceder que la pica por temas laborales se trasladó a la cancha, que se armaran grandes líos y terminara viniendo la Guardia Republicana”, recuerda, pasado el tiempo, ya con cierta gracia.

    Cuando la situación política en el país se fue decantando en un estado general de represión y miedo, cuando integrar un sindicato empezó a ser un riesgo latente de vida, el entramado que se activaba en el fútbol de la fábrica pasó a otro estrato, según recuerda Gallito Rodríguez:“La coordinación de los campeonatos, de los partidos, se aprovechaba para generar contactos y averiguaciones, dentro del sindicato de Funsa y en otros gremios, sobre la situación de los compañeros detenidos o de ciertos movimientos que las autoridades estaban teniendo. Después del 73 se aprovechaban esos vínculos para averiguar sobre compañeros detenidos o requeridos, y también para apoyar económicamente a las familias de los detenidos”.

     

    El equipo de todos

    La cantidad de trabajadores interesados y el fácil acceso a canchas del barrio fueron algunas de las variables que permitieron el desarrollo del fútbol en Funsa, a través de cierta regularidad en la generación de campeonatos. En muchas industrias se jugaba al fútbol, pero no en todas se podía sostener con demasiadas pretensiones. Aparte de los campeonatos internos, estaba el campeonato comercial, con selecciones que representaban a cada fábrica. La selección de Funsa siempre arrancaba como candidata. “En su historia, Funsa fue particularmente buena en sindicalismo y en fútbol”, sostiene Romero. Tanto así que, tras ganar uno de los primeros campeonatos, en los sesenta, la selección fue invitada a jugar partidos amistosos en Buenos Aires, contra equipos de fábricas porteñas en la cancha de Temperley. El hecho generó algunas discusiones entre futbolistas-obreros y patronal, sobre los días de licencia a tomarse para ir hasta Argentina, jugar y volver. En el recuerdo de Romero hay dos campeonatos ganados por la selección, uno en la cancha de Ferrocarril y otro en Belvedere: “Si los campeonatos internos eran duros, imaginate el comercial. No me olvido más cuando un compañero me dijo, antes de un partido en la cancha de Liverpool, ‘Negro, de la nariz pa’bajo es todo canilla’”.Casualmente, fue contra el club de la cuchilla que la selección de Funsa jugó uno de sus partidos más especiales. En una de las ediciones nocturnas de la vieja liguilla prelibertadores, disputada en enero en el Estadio Centenario, el representativo de la fábrica fue invitado a jugar contra la reserva de Liverpool, como preliminar de un partido entre la mayor y Nacional. El Gallito Rodríguez, que jugaba de 8 en el equipo de la sección Cuero y en la selección, integró el once inicial. “Era flor de jugador, un Gattuso con más habilidad. Yo también jugué ese partido, de dos, y recuerdo que después nos contaban cómo los relatores y comentaristas que estaban en el Estadio preparando la transmisión del partido de Nacional, habían quedado fascinados con cómo jugaba el Gallito”, cuenta Pedro Robert. Antes y después de esa noche, a Rodríguez lo tentaron de algunos equipos para sumarse, pero el trabajo y la militancia, cada vez más intensa, no se lo permitían: “Agregar la actividad deportiva a la laboral, me hizo aprender mucho sobre el compañerismo, la solidaridad, pensar en el otro”,reflexiona. La camiseta de la selección de Funsa fue roja y blanca primero, y roja y negra, a mitades, después. La asociación con líneas anarquistas del pensamiento y la práctica ocupa un lugar preponderante en la historia del sindicato de esta fábrica. En la memoria compartida, perdura otro partido importante disputado por la selección, contra su par de Hospital de Clínicas en el Parque Central. Pedro trae a cuento, con jocosidad, la actitud de un integrante de la comisión deportiva de Funsa en los vestuarios del estadio de Nacional: “El tipo era manya perdido, enfermo, y se puso a escupir las paredes del Parque. ‘Mirá dónde terminaste viniendo’, le decíamos, y seguía escupiendo los rincones”. Gallito también jugó ese partido, aunque, para el final del recuerdo, recupera una tarde de 1974, ya en dictadura, en que la selección de Funsa debía jugar contra los trabajadores de la Asociación Española: “Ese día quedé en encontrarme con Duarte frente a la fábrica. Él me había mandado a buscar, todo bajo una comunicación en códigos, para que lo acompañara. Aún no había decidido irse para Buenos Aires. Quiso que fuera con él al partido para hablar con Luis Romero –quieniba a jugar– y comunicarle que la cosa estaba realmente brava y podían caer en cualquier momento, que fuera pensando qué hacer después del partido para zafar”. Romero lo recuerda bien, “porque con León siempre jugabas al límite”.Ambos decidieron que al otro día se iban para Buenos Aires, incluso Duarte se llevó algunas cosas de Luis para su casa y viceversa. Pero Romero llegó a su casa y ya lo esperaban “los muchachos”,así que fue detenido en Montevideo y no se pudo ir. La vida, sus interrogantes y sus paradojas, lo dejan pensando por un instante: “Quién sabe, si el plan hubiese salido como lo habíamos planificado, tal vez ahora no estaría dando esta nota”.

    “Flor de Montevideo, orgullo nacional”

    En agosto de 1940 se fundó el Club Social y Deportivo Villa Española. Lo primero fue el boxeo y, por un tiempo, la actividad deportiva se instaló en ese interés y ejercicio; luego vino el fútbol. La Funsa había nacido cinco años atrás, y es hasta lógico imaginarse –y comprobar– que la historia generara una hermandad entre los dos núcleos sociales del barrio. “El vínculo entre el club y la fábrica fue, principalmente en algunos momentos, estrechísimos. Tanto así que hubo muchos futbolistas que, ante imposibilidades económicas del club, como parte del premio recibían un trabajo en Funsa. Eso lo facilitaba un dirigente del club llamado México, que a su vez era directivo en la fábrica. Incluso, hubo momentos en que más de 300 obreros figuraban como socios activos en los registros del club”,explica Horacio Hermida, actual dirigente de Villa Española. Luis Romero concuerda en la existencia de un vínculo estrecho, del que, por otro camino al referido, también fue parte: “Entre los sesenta y los ochenta, principalmente, la Funsa fue un poco el sostén económico del club. Es que el barrio acompañó y creció con el desarrollo de la fábrica. Entré en el 58 hasta el 75 que caí preso, salí en el 80 y quise volver pero los militares no lo permitieron. Ahí armamos entre algunos compañeros una empresa constructora, con la que, entre otras cosas, hicimos el gimnasio de boxeo de Villa Española”.

    La lista de hombres que jugaron en el club y trabajaron en la fábrica es larga, y los recorridos son diversos. En algunas situaciones, el movimiento era de Villa Española a la Funsa; en otras, a la inversa. A su vez, esa llegada del club a la fábrica, para algunos fue la forma de “parar la olla” con una changa, pero para otros fue encontrar un oficio por años y definitorio. Robert Figueredo, jubilado de la Funsa, tiene un recuerdo bastante minucioso al respecto: “El BochaTzizios del Villa a Funsa, el Zurdo Miguel Zárate –goleador del club por años– de Funsa al Villa (después de los campeonatos de la fábrica, lo llevaron al club), el Gato Pereyra del Villa a Funsa, Julio Rosa fue capitán de Villa Española, laburó en Funsa y cayó por militar en el MLN (cuando yo era niño, iba con mi viejo a las ocupaciones de la fábrica y Julio cocinaba para todo el mundo), Ruben Marta –jugador histórico, se terminó jubilando en la Funsa y llegó a dirigir la primera del club–, Jorge Bértola, Hugo Bermúdez, el Negro Garay de Funsa al Villa, el Pirincho Pérez, que jugó aquel partido con Bella Vista contra Huracán a Estadio lleno, después jugó en el Villa y fue carpintero en la fábrica”.Hermida agrega a Óscar Castagnetto, quien luego de jugar en Nacional y Defensor, llegó a Villa Española y a la Funsa, y desarrolla la dinámica del uso de la cancha del Villa para los campeonatos de la fábrica, cuando la interna se dejó de usar: “Era la que le quedaba más cerca a los trabajadores y además no existía la idea del cuidado de las canchas que hoy puede haber. El pasto de la cancha del Villa, en invierno, estaba amarillo, sin embargo se jugaba ahí casi sin preguntar. Aunque Villa Española estuviese en un buen momento, compitiendo en la B, si jugaba por su campeonato en su cancha un sábado, el domingo se jugaban ahí cuatro partidos del campeonato de la Funsa, dos de mañana y dos de tarde. Incluso se sumaba algún partido que jugaran los equipos de Cutcsa por el campeonato de transporte”.

    En la narrativa obrera del Uruguay del siglo XX, la huelga general de 1973 ocupa un lugar de privilegio, trascendente en cuanto a un tipo de práctica política que, lejos de ser simbólica, profundizó una construcción identitaria. Quienes ocuparon la Funsa por aquellos días, quienes sostuvieron aquella reacción dictaminada por la central de trabajadores, señalan con firmeza que no estuvieron solos y recuerdan con especial emoción la respuesta del barrio al levantarse la vuelta, cuando los militares llegaron a desalojar, con la gente cantando el himno nacional en la calle, en honor a la lucha obrera. Pavada de orgullo para la historia de un barrio.

     

  • 43


  • Dónde estarán los zapatos aquellos

    “Había una vez un hilito de alegría, una mano como una flor” Tengo que volar un beso, Roberto Santoro

    Adalberto Plomito Soba, futbolista desaparecido

     

     

    “Había una vez un hilito

    de alegría, una mano como una flor”

    Tengo que volar un beso, Roberto Santoro

     

     

     

    Por Agustín Montemuiño y Mintxo

     

     

    El juego

     

    Mucho antes de tener 31 años, Adalberto Soba jugaba al fútbol. Tal vez lo hizo siempre porque, a partir de los barcos y los trenes, en Uruguay se juega al fútbol desde el fondo del espejo y nace en cada partido una historia. Así es un poco todo.

    En 1968, cuando Adalberto pateaba los 24 años, el emperrado corazón tras la pelota lo tenía despuntando el vicio en la Divisional Extra, el último confín del fútbol organizado de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), lo que hoy sería una categoría por debajo de la vieja C. Soba, a quien apodabanPlomito, defendía los colores de Artigas donde, menudito como era, trillaba el lateral izquierdo con buena técnica. Dirigido por Gregorio Maldonado, Soba, uno de los pocos jugadores que disputó los doce partidos del torneo en la defensa del club de La Teja, se coronó campeón de la divisional, consagración que es el último título oficial que registra el Artigas.

    Las crónicas en sepia dicen que el campeonato empezó un 13 de octubre y que Artigas debutó con triunfo 3-2 sobre El Puente. También habrán dejado escrito los periodistas que el primer equipo debutó con Barreto; Héctor Calvo y Óscar Jerez, Aseoli, Juan A. Castro y Soba; Luis Páez, Hugo Peña, Luis Dávila, García y José del Río.

    La seguidilla de resultados fue: 6 -0 sobre Independiente; 1-1 con Huracán Cerrito; victoria 4-3 ante Olímpico Duilio; otro 1-1, esta vez ante Misterio; vuelta al triunfo con victorias 4-0 sobre Unión Vecinal, 1-0 a Lucero, 3-2 contra El Tanque y 4-2 sobre Ipiranga. Artigas ganó su serie y pasó como primero al cuadrangular final. El título se lo quedó tras dos victorias, 3-0 ante San Borja y 1 -0 contra Unión Vecinal, más un empate final, 1 -1 con Defensa. Así fue campeón por cuarta vez en la Extra el Club Atlético Artigas, fundado en 1927. Antes tenía los títulos de 1934, 1938 y 1946. Un año después, en 1947, ganó el título de la Divisional Intermedia, que en esa época era la tercera categoría de la AUF.

    La historia continuó. En los años sesenta y setenta, Artigas estuvo vinculado a la izquierda revolucionaria. Jugó activamente hasta 1971, cuando se desafilió de la AUF. Desde adentro y desde afuera no son pocos quienes creen que por esa razón político-social el club estuvo más de cuatro décadas desafiliado. Desde 2014 volvió a la actividad oficial jugando en la Segunda División Amateur. Hoy es el único cuadro que se recuerda con un jugador de sus filas desaparecido.

     

    La vida

     

    “¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,

    hasta aquí el odio?

    ¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,

    hasta aquí no?

    Solo la esperanza tiene las rodillas nítidas”

    Límites, Juan Gelman

     

    PlomitoSoba nació y vivió sus primeros años en La Teja, barrio de legendaria melodía, de vida cercana, apretada, de raigambre trabajadora, punto cardinal de fábricas con fascinantes caminos por donde alguien vio los sueños pasar. En el medio, en Vicente Yáñez Pinzón esquina Ruperto Pérez Martínez, Plomitofue criado por la familia Lázaro –a unas casas de distancia de ese, su primer hogar, nació un tal Obdulio Varela–. Cuenta Héctor Cabeza Olivera, su amigo del ayer, que juntos fueron a la escuela Washington Beltrán, una de las más viejas del Montevideo extramuros. En quinto año, cuando picaban mariposas,Plomito fue compañero de clases de quien, tiempo después, sería su esposa, Elena.

    Como esos amigos inseparables, Soba y Olivera transitaron varias bandideadas y ciertos lugares. Uno de los primeros fue la Institución Atlética La Cumparsita, club de barrio fundado en 1936 que vestía camiseta celeste. El equipo generalmente jugaba torneos hacia el oeste: Rincón del Cerro, Pajas Blancas, la Barra de Santa Lucía; aquellos dos gurises acompañaban los camiones partido tras partido, rescatando manzanas o naranjas, cazando pájaros, escuchando a los veteranos hablar de política. Se conversaba mucho y La Cumparsita siempre estuvo ligado a la anarquía. Desde ahí algo prendió para siempre.

    Fútbol y política parecieron entrelazarse desde temprana edad. Plomito y Cabeza,más allá de que iban a ver al Artigas, decidieron hacerse hinchas de Liverpool y fueron compinches en azul y negro. “Era muy futbolero”, recuerda Cabeza Olivera sobre su amigo, con quien no faltaron paradas en el bar La Razón, mármol para alimentar y regar los sermones de siempre. Si no era en La Razón era en la sede del Artigas, sobre todo cuando había bailes con orquesta.

    En ese trayecto entre la niñez, adolescencia y adultez, aquello que pasó en La Cumparsita fue premonitorio: PlomitoSoba cultivó el fútbol por izquierda, fuera de lateral o fuera político. Aquellas conversaciones de los viejos anarcos prendieron mucho más en Plomito cuando empezó a llegar a La Teja la revista cubana Bohemia –fundada en 1908 y que aún existe en su portal de internet bohemia.cu–. En esas páginas con acento caribeño se hablaba de la revolución, del Che Guevara, de Camilo Cienfuegos, de Fidel Castro, historias que cautivaron a Soba y que fueron parte central de su formación militante.

    En 1971, en un tablado barrial actuó La Censurada, una especie de selección uruguaya de carnaval donde participaban, entre otros, actores del teatro El Galpón. Al finalizar la actuación le dijeron al CabezaOlivera que alguien quería saludarlo. Fue en la Plaza 25 de Mayo. Soba, ya en la clandestinidad, esperaba por su amigo de todas las horas. Se dieron un abrazo para siempre. Fue la última vez que se vieron.

     

    Los zapatos aquellos

     

    “Otros cambios se gestan

    imperceptiblemente.

    De una oscura manera

    de un modo

    silencioso

    lo que no estaba está y lo que estaba

    es destruido”.

    Cambios, Circe Maia

     

    Mucho antes de tener 31 años, Plomito Soba trabajó en casi todas las industrias de su barrio: en la Fábrica del Vidrio, en la compañía BAO, en Ancap y en algunos frigoríficos. A propósito de esto último, la actividad sindical de Soba por aquel tiempo fue en el gremio de la carne. Su militancia política, por otra parte, trascendió entre la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) y la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR 33). Más cerca de sus 31 años, ya en Buenos Aires, Plomito participó de la fundación del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP).

    Dos meses después del golpe de Estado de junio de 1973, requerido por las Fuerzas Conjuntas, Soba partió hacia Argentina y vivió semiclandestinamente en Buenos Aires, más precisamente en la localidad de Haedo. Tenía una pequeña imprenta en la habitación del fondo de su casa, donde convivía junto a su esposa, Elena Laguna, y a sus tres hijos: Sandro, Leonardo y Tania. Según detalla el Grupo de Trabajo por Verdad y Justicia, los alias de Soba clandestino fueron, además dePlomito, Benito, Julio, Petiso, Chiquito, Manteca, Polo, Flaco Chico, Mac Eachen y Maqueca.

    Se presume que Soba, a sus 31 años, fue secuestrado cuando se dirigía a juntarse con Alberto Pocho Mechoso. El relato en primera persona documentado en el Grupo de Trabajo por Verdad y Justicia (13/11/2000) es de su esposa: “El 26 de setiembre de 1976 mi marido salió de mañana de nuestra casa, sita en la calle Emilio Castro 749 de la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. En casa, en una pieza al fondo, tenía una pequeña imprenta, donde trabajaba. Aproximadamente a las 14.00, varios vehículos y personas de particular fuertemente armadas irrumpieron en mi casa por la puerta delantera y por el fondo. Calculo que serían unas diez personas. Mi hijo Sandro, que en ese momento tenía siete años, jugaba en el techo de la casa y vio que la casa lindera a la nuestra, que estaba desocupada, también había sido ocupada por personal armado. Se asustó y corrió a mi lado. En ese momento mi casa estaba también copada. Mis otros hijos tenían en ese momento cuatro años, Leonardo, y dos Tania. Por el fondo de la casa trajeron un hombre arrollado en una manta, lo tiraron al piso y me dijeron: ‘ahí está tu esposo’. Yo tiré la frazada y lo desenvolví. Estaba semidesnudo y ensangrentado. Mis hijos me agarraban y lloraban, mientras tanto ellos daban vuelta la casa, tirando y rompiendo todo, hasta que encontraron una caja de madera con dólares, que no pertenecían a mi familia sino al PVP”.

    La banalidad del mal continuó. PlomitoSoba, su esposa y sus tres hijos fueron llevados al centro clandestino de detención Automotores Orletti por, entre otros, José Nino Gavazzo y Manuel Cordero. Madre e hijos quedaron por un lado, a Adalberto Soba lo torturaron con saña.

    Un día después, el 27 de setiembre, Elena Laguna y sus tres hijos, Sandro, Leonardo y Tania, fueron trasladados ilegalmente a Uruguay. En los registros de pasajeros de la Dirección Nacional de Migraciones consta que viajaron en el vuelo F.L.T. 162 junto a Beatriz Castellonese –pareja de Mechoso– y sus dos hijos, Alberto y Beatriz. Los acompañantes “oficiales” de ese vuelo fueron el propio Gavazzo y Ricardo Arab, quienes, con documentación falsa se hicieron pasar como sus esposos. En una entrevista realizada por el semanario Brecha el 14 de mayo de 2015, Sandro, el hijo mayor, contó que, una vez aterrizados en Montevideo, los llevaron a la casona de detención clandestina ubicada en Punta Gorda. A los días, a él y a Tania los dejaron afuera de la casa de su bisabuela. “Hicieron sonar las palmas delante de la puerta, y cuando salió mi bisabuela los milicos se fueron”, contó. Su mamá y Leonardo llegaron al día siguiente. A su padre, luego de un breve encuentro en Automotores Orletti, no lo volvieron a ver.

    Nadie explicó con certeza, pero la búsqueda de PlomitoSoba no ha cesado. En tiempos de dictadura se realizaron denuncias y gestiones ante Amnistía Internacional, Cruz Roja, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ante Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en Argentina, pero no se dio con su paradero.

    El proceso de búsqueda en democracia tiene una larga lista de denuncias que va desde abril de 1985 hasta la actualidad, tanto en nuestro país como en Argentina. Bajo la lluvia ajena, hoy y mañana, en esta patria enclenque, pero con los pies todos juntos, por Adalberto Soba se seguirá reclamando verdad y justicia.

     

    Memoria

     

    Entre el 26 de agosto y el 4 de octubre de 1976, 29 adultos (24 de ellos desaparecidos) y ocho niños fueron secuestrados en Argentina. Los 29 ciudadanos detenidos-desaparecidos son: Mario Cruz Bonfiglio, WalnerBentancour, Miguel A. Morales, Josefina Keim, Mario Julién, Victoria Grisonas, Adalberto Soba, Alberto Mechoso, Juan P. Errandonea, Raúl Tejera, María Emilia Islas, Jorge Zaffaroni, Washington Cram, Cecilia Trías, Ruben Prieto, Armando Arnone, Rafael Lezama, Casimira Carretero, Miguel A. Moreno, Carlos Rodríguez Mercader, Segundo Chegenian, Graciela Da Silveira, Juan P. Recagno y Washington Queiro. Además, fueron secuestrados en el operativo y sobrevivieron: Beatriz Barboza y su esposo, Javier Peralta (procesados por la Justicia Militar); Beatriz Castellonese de Mechoso y Elena Laguna, compañera de Adalberto Soba; juntas fueron trasladas a Uruguay y puestas en libertad días después. Por último, fue secuestrado Álvaro Nores, trasladado a Uruguay y dejado libre meses después.

  • 42


  • El fútbol como religión, por Mauricio Pérez

    La pelota es una parte de su vida desde que, de niña, corría detrás de ella por las calles de Nueva Palmira (Colonia). Dentro de la cancha, la busca en forma incesante, con el objetivo último de hacerla besar la red; fuera de la cancha, la lleva sobre el pecho casi pegada al corazón. Esperanza Pizarro cumplió 20 años el 15 de abril y es la goleadora de Nacional. ...

    LA GOLEADORA PALMIRENSE Y SU PRESENTE EN NACIONAL

     

     

    El fútbol como religión

     

     

    La pelota es una parte de su vida desde que, de niña, corría detrás de ella por las calles de Nueva Palmira (Colonia). Dentro de la cancha, la busca en forma incesante, con el objetivo último de hacerla besar la red; fuera de la cancha, la lleva sobre el pecho casi pegada al corazón. Esperanza Pizarro cumplió 20 años el 15 de abril y es la goleadora de Nacional. Fue elegida por Túnel como la mejor jugadora del fútbol uruguayo.

     

     

    Por Mauricio Pérez

     

     

    Esperanza Pizarro sonríe. Piensa unos segundos, baja un poco la mirada y vuelve a sonreír. La pregunta es ¿qué se siente al hacer un gol? Levanta la vista, mira la cancha vacía del Parque Central y sonríe de nuevo. Contesta con una palabra: felicidad. “Si jugás al fútbol, más allá de la posición, a cualquiera le gusta convertir”, dice Pizarro. “Pero siendo delantera [el gol] es como completarte; es tu función, lo que tenés que hacer. Más allá de esa felicidad, es sentir que estás logrando el propósito de tu puesto en la cancha”.

    Pizarro sabe muy bien qué es eso de hacer goles: en el último campeonato uruguayo anotó 19 en diez partidos. Su primer gol fue en un clásico, contra Peñarol, el día de su debut en la máxima categoría. “Era el gol que nos ponía 1-0 arriba, para mí fue una felicidad total. No puedo decir otra cosa que no sea eso: una felicidad tremenda”. El partido término 1-1, con un gol casi en la hora. Y más allá de la bronca por el resultado, ese día quedó guardado en su memoria como una marca indeleble.

    Pizarro empezó a jugar a los cinco años en el club Sacachispas de Nueva Palmira. Un año antes, había pedido a sus padres para jugar al fútbol, pero aún no tenía edad para empezar. Cuando ese impedimento burocrático era parte del pasado, volvió a insistir y su madre, enseguida, salió a buscarle club. “Siempre me dejaron hacer todo lo que quería”, dice.

    ¿Qué te dijeron tus padres cuando les dijiste que querías jugar al fútbol? “Al principio pensaron que era un capricho, porque cuando era chica yo quería hacer todo lo que había, todo lo que veía me gustaba. No importa si era jugar al fútbol, otro deporte o un trabajo. Cuando era más chica me gustaba ir a la carnicería con mi mamá, y una vez dije que quería ser carnicera. Ellos pensaban que era un capricho de la edad, pero después se dieron cuenta de que no era un capricho”, cuenta.

    Pizarro tiene dos hermanas mayores, a quienes el fútbol no las atraía demasiado. Su gusto por la pelota parece ser una herencia de su padre, quien “siempre jugó al fútbol”.

    “Yo andaba con él para todos lados, la pelota siempre estuvo conmigo. Desde chica siempre me regalaron pelotas; todo lo que pedía para mi cumpleaños, Día del Niño o Navidad eran pelotas. Ni qué decir que en el barrio, en la cuadra, siempre se jugaba al fútbol. Éramos como trece y jugábamos todas las tardes. Cuando pedí, estaba mirando un partido de fútbol con mi padre; siempre miraba a RiverPlate argentino o al Real Madrid, se ve que eso me llamó la atención. Si te ponés a mirar, tenía fútbol por todos lados, era difícil que no me atrapara”. Y la atrapó.

     

     

    Solo ella

    Cuando Pizarro comenzó a jugar, los equipos con niñas eran casi una excepción. “En todo el baby había una sola niña, pero en las categorías más grandes en mi club era la única”, recuerda. Por suerte, dice, eso cambió. “Hoy vas a ver el baby y hay un montón de chiquilinas, y eso me pone muy contenta porque el rendimiento sale primero del baby, si no tenés una base es muy difícil agarrar cosas básicas que son ahí donde se aprenden”.

    ¿Te hicieron sentir el hecho de ser la única niña en el baby? “Quizás un poco al principio, con algunos compañeros tenía una disputa, pero la mayoría eran compañeros de escuela, entonces estaban acostumbrados”. Según recuerda, el problema no era ni en su club ni con los demás niños, sino con los adultos de los cuadros rivales: “El problema era en los partidos, no tanto por los niños, que no tenían ningún problema, sino los padres, que gritaban cosas de afuera, y los niños tienden a hacerle caso al padre, es su referente. Ahí un poco los gritos afectaban, pero a mí no”, afirma.

    Por esos años, jugaba más cerca de su arco que del arco contrario. “En el baby empecé los dos primeros años jugando de lateral, y después pasé a jugar de 5”. ¿Raspando? “No, no. Yo jugaba, era la que armaba [la jugada] para que el delantero hiciera el gol”. Cuando jugaba en Cerro Oriental, otro cuadro de la zona, se ponía del otro lado del mostrador: era golera. “Cuando no nos llegaban al arco, me sacaban del arco y me ponían arriba”. Su calidad la llevó a jugar de 5 en la Selección de Nueva Palmira de varones.

    Por esos años, el gol no era algo habitual en su juego. “Tengo un leve recuerdo de un gol, no sé si fue el primero. En una final, jugábamos contra Parque Deportivo Juvenil de Nueva Palmira, ganamos cuatro o cinco a cero. Hago un gol, le pegan para arriba y queda ahí, en el área, y entro por el medio y le pego un puntazo”. ¿Un gol de 9? “Sí, bien de 9. Ahí ya jugaba de 5. Clarito me acuerdo del primer gol con la Selección de Nueva Palmira, fue contra Ombúes de Lavalle, lo hice con la panza, con la rodilla, con todo, me metí para adentro del arco con la pelota. Nunca había hecho un gol y de la desesperación que tenía, ahí en la línea, hice cualquier cosa, pero la pelota entró”.

    Con el paso del tiempo, su calidad comenzó a abrirle nuevos desafíos. En el interior, el fútbol femenino tiene solo dos categorías: sub 16 y Primera división. Cuando Pizarro tenía 14 años, ya jugaba en Primera. Según dice, esa posibilidad de jugar con gente grande desde chica le permitió adaptarse rápidamente al cambio entre juveniles y Primera en el campeonato AUF. En 2019, tras varios meses sin jugar llegó a Nacional. Un salto cualitativo en su carrera. “Me genera felicidad poder representar a Nacional en su máxima categoría”, dice. Y sonríe, otra vez.

     

    La gran ciudad

    Su primera experiencia futbolística lejos de su casa fue en Paraguay, para disputar un torneo de fútbol sala. Según recuerda, ella no quería viajar. Fue su madre quien la convenció de que tenía que ir. “A partir de ese momento me costó muchísimo menos alejarme de casa”, cuenta Pizarro. Esa experiencia hizo que su llegada a Montevideo fuese más sencilla. Sobre todo porque fue progresiva y porque estuvo acompañada.

    “Mi primera llegada fue por la Selección sub 17, tenía 14 años. Veníamos dos o tres meses, pero me volvía todos los fines de semana. De a poco me iba quedando un poco más, hasta que el año pasado me vi obligada a venir a entrenar. La adaptación no fue muy díficil, tengo una hermana acá y muchas compañeras que conozco desde hace cinco o seis años y, por ese lado, fue bastante fácil”, cuenta.

    Según dice, las facilidades que le brindó Nacional fueron claves en ese proceso de adaptación. Su llegada al club fue en 2019. Pizarro había viajado a Brasil para jugar en el Inter de Porto Alegre, pero no se adaptó y decidió volver a Uruguay. Por esos tiempos tenía discrepancias con su club, Palmirense, por lo que dejó de jugar. Estuvo seis meses parada; al siguiente período de pases, el club seguía negándole el pase en libertad. Fue allí que apareció el elenco tricolor.

    “Nacional apostó fuerte por mí; me cubría todo lo que necesitaba. Fue la mejor opción. Yo estaba desesperada por volver a jugar, hacía meses que no pisaba la cancha. Nacional negoció directamente con el club anterior, y mi madre quedaba muy conforme con que venía a Nacional. Era cómodo el traslado a Montevideo, me cubrían pasajes, viáticos. Estaba terminando bachillerato de Medicina en Nueva Palmira y ellos fueron muy flexibles en eso. Hoy en día Nacional tiene un proyecto lindo en el fútbol femenino”, afirma.

    Su llegada al tricolor fue para jugar en la sub 19; en 2020, ya integraba el plantel principal. En su primer partido oficial, contra Peñarol, hizo un gol; y en su primer torneo se consagró campeona uruguaya y goleadora. Mejor, imposible. Un dato anecdótico: antes de debutar en la Primera división de Nacional ya había debutado en la Selección mayor de Uruguay, en una serie de partidos amistosos.

    Eso es parte del proceso en el que está inmerso el fútbol femenino en Uruguay, que tiene una figura clave: Ariel Longo. “Fue el entrenador que hizo posible que las jugadoras del interior pudieran jugar en la Selección uruguaya. Fue él quien salió a hacer un recorrido por todo Uruguay para hacer la captación de jugadoras y fue cuando me vio a mí y a otras compañeras de Palmirense; fue mi llegada a la sub 17”.

    ¿Qué representa Longo para el fútbol femenino? “Cada persona puede tener su opinión, pero no cabe duda de que Ariel es una pieza clave en el fútbol femenino. Ha hecho un proceso silencioso que ha dado muchos frutos. La base de las jugadoras que empezaron en 2015 somos cinco o seis que seguímos hasta hoy. Desde que empecé siempre [a nivel internacional] hemos quedado un escalón más arriba que en las competencias anteriores, logrando cosas históricas”, dice.

    Según Pizarro, que jugadoras del interior puedan competir en la Selección es muy importante para el fútbol femenino, sobre todo por las dificultades que significa para ellas llegar a competir en Montevideo. “Las jugadoras del interior no se vienen a Montevideo a jugar a AUF porque recién se está empezando a profesionalizar y es difícil dejar todo para venirte. Es más por cuenta propia que por lo que te puedan brindar los clubes”, dice. Eso, por suerte, empezó a cambiar.

     

     

    Techo de cristal

    Pizarro es una de las jugadoras con contrato profesional en Uruguay. Se trata de un proceso clave para el avance definitivo del fútbol femenino. En Nacional, este proceso de profesionalización es parte de una simbiosis entre las jugadoras y el club. “El proyecto nace desde la dirigencia […] pero nosotras estábamos haciendo nuestra parte para que creciera”, afirma Pizarro.

    “Si uno estaba en el club en el 2019 ni siquiera se entrenaba en Los Céspedes. En el 2020, ni bien empezamos, había un rumor de que se apostaba fuerte al fútbol femenino, y enseguida nos lo comunicaron”. Esto incluía profesionalizar el fútbol femenino y que las jugadoras firmaran –en forma escalonada y progresiva– contrato con el club, así como un cambio sustantivo en la infraestructura destinada a las jugadoras. Actualmente, el plantel femenino tiene una cancha a su disposición en Los Céspedes, psicólogo y otras instalaciones destinadas a la preparación deportiva. “A partir de ese proyecto nosotras apostamos a entrenar muchísimo más, a mejorar muchísimo, fue de los dos lados”, afirma Pizarro.

    Sin embargo, las diferencias entre hombres y mujeres aún persisten. “En Uruguay se tiene que ver todo el panorama. Ni siquiera en la Primera división masculina son todos profesionales. Vos ves clubes como Nacional totalmente profesional, con un estadio e instalaciones a disposición, y después ves clubes que están peleando el descenso y no tienen todo lo que se debería para ser un club profesional”. Pasa lo mismo en el fútbol femenino: “Hay clubes que están muchísimo más arriba que otros. Las jugadoras pueden entrenar, mejorar, dar todo, pero también se necesita un poco del otro lado. Es lo que pasó en Nacional: nosotras estábamos dando todo y hubo una mano del otro lado que ayudó a romper barreras e ir en camino hacia la profesionalización”.

    Todo esto hizo que las diferencias con el resto de los países del continente se acorten: “Con Nacional, solo tuvimos un partido amistoso el año pasado, con RiverPlate [Argentina] y no hubo ninguna diferencia, se jugó de igual a igual. River está jugando Libertadores y no le fue mal. Hay nivel en el plantel para competir internacionalmente. Hay una base de entrenamiento muy buena”. Eso también ocurre con la Selección uruguaya. “Por suerte, hoy día se emparejó muchísimo. Si ibas a competir en otros años, la verdad, estábamos muy lejos”. Eso a nivel sudamericano, con Europa las diferencias aún persisten: “es otro mundo, para llegar ahí falta muchísimo todavía, pero se está en un proceso de mejorar cada vez más y la Selección está muy bien encaminada”.

    En este sentido, Pizarro tiene claro su objetivo: “Quiero competir en lo máximo”. ¿Qué sería el máximo nivel? “En Uruguay no hay que buscar mucho. Se sabe que lo máximo, hoy día, son Nacional y Peñarol, no hay otros clubes que estén a ese nivel. Hoy estoy en el máximo. Pero lo que busco es hacer una espectacular Copa Libertadores y llegar lo más lejos posible. Ese es mi techo de hoy día, donde me encuentro. Poder competir a nivel internacional pero compitiendo, no participar por participar”. ¿Jugar en Europa es un objetivo? “Hoy el fútbol femenino ya tiene sus ‘extranjeras’, la salida es mucho más fácil. Igual que en los hombres, quien tiene buen nivel busca salir y siempre se mira la máxima competición para poder jugar ahí”, contesta.

     

     

    Sola en el área

    Dentro de la cancha, Pizarro se transforma. La sonrisa queda de lado; su juego se caracteriza por su calidad para definir, pero también por su esfuerzo de correr cada pelota como si fuera la última. Y también por su personalidad. Que a veces, la traiciona. “Se enoja mucho. Y si está enojada…”, dice Agustina Sánchez, su amiga, golera de Nacional. “La cara se le transforma”, agrega.

    Pizarro reconoce que es así, pero dice que está cambiando. “Es parte de mi personalidad, porque no es solo en el fútbol. En cualquier cosa que esté haciendo me recaliento si no me sale lo que quiero. Por ejemplo, si estoy jugando al truco, estoy jugando de verdad y alguien está jugando para la joda, ya me enojo. Y me pasa lo mismo en la cancha”.

    Según Pizarro, ese enojo es parte de su búsqueda permanente por la perfección. “Cuando estás dentro de la cancha, tenés que jugar como si ese fuera el último partido que vas a jugar. Hay cosas que pasan por desconcentración, y esas cosas me enojan. Pero es mi carácter”.

    Con el tiempo, sin embargo, aprendió a descargar esas tensiones, sobre todo en el post partido. “A nivel local, por suerte, todavía no me ha tocado perder. Pero ahora aprendí a manejar mejor los partidos después que terminan. Dentro del partido, no lo pienso, y lo vivo como si fuera el último. Dejo todo en la cancha, todo lo que tenga ese día para dar, lo voy a dejar. Pero aprendí a manejar el resultado”.

    Esto implica intentar transformar ese enojo, y pensar en por qué no se le dio el resultado, para poder mejorar de cara al siguiente partido.

    El fútbol es un juego colectivo, de equipo, pero muchas veces –dice Pizarro– uno está solo, sobre todo en la toma de decisiones. “En el momento de definir, por ejemplo, quedás en un mano a mano contra la golera y sos vos contra ella. Ya está. El equipo ya te la dio, ahora tenés que hacer todo lo posible para resolver de la mejor manera”. ¿Qué se piensa en ese momento? “Capaz que sentís la presión… la soledad se siente en cuanto sentís que toda la responsabilidad está en vos. En el fondo sabés que si errás ese gol estás acompañada como para que vayas en busca de otra posibilidad. Pero esos son los momentos en lo que te encontrás solo. O cuando ejecutás un penal. Son momentos de soledad. Para la golera ni qué hablar, cuando se para debajo de los tres palos y tiene que atajar un penal”.

     

     

    Garra y corazón

    Pizarro disfruta de su tiempo libre en reuniones con amigas, ruedas de mate y de música (“escucho de todo, soy muy amplia, desde rock hasta Joaquín Sabina, no tengo punto medio”). De otros deportes, le gusta el básquetbol. “Lo empecé a mirar con una compañera, pero no entendía ni las reglas. Y fui aprendiendo. Ella es hincha de Goes y me acercó ahí”. Con ella fue a la cancha de Plaza de las Misiones: “me regustó, fui a ver un clásico y todo. A partir de ahí nunca más me perdí ningún partido, incluso miro partidos que no son de Goes”.

    Pero el fútbol ocupa buena parte de su día. Pizarro mira mucho fútbol por televisión; juegue quien juegue. “Capaz que me comentás un partido que lo vio una sola persona y yo lo vi. Mis redes sociales son todo fútbol”, afirma. Además, está realizando el curso C de director técnico, que habilita a dirigir a niños hasta 12 años.

    Pero también está cursando la Facultad. Pizarro quiere estudiar Fisioterapia, pero por ahora no ha podido. El año pasado no pudo dar la prueba de ingreso porque tenía que jugar el Sudamericano Sub 20; y este año no quedó en el sorteo. Por eso, mientras tanto, cursa otras carreras para poder revalidar materias. Este año, está haciendo el curso de partera. ¿Cómo se conjuga el estudio y el fútbol? “Hay personas muchos más organizadas, para mí es todo un desafío porque soy muy despistada. Lo llevo bien. Ahora no empecé facultad, estoy solo con el curso y el entrenamiento. Es una cosa de locos, pero uno se acostumbra, se puede hacer tiempo para todo”.

    El símbolo de la relevancia del fútbol en su vida lo revela la cadenita que cuelga en su cuello que, cada tanto, sostiene con su mano derecha. La cadenita tiene un dije con forma de pelota. “Me la regaló un técnico de cuando yo jugaba al baby, Kevin [Fuentes]. Es un técnico muy querido por mí, que más que enseñarme cómo se juega, o gestos técnicos, me enseñó la disciplina. Fue un año en que yo no hacía mucho caso, no quería ir a entrenar, estaba como rebelde y él me encaminó enseguida. Me encaminó en el buen sentido”.

    Un día, Kevin le dijo que quería regalarle una cadenita y ella le dijo que sí. “Desde que me la regaló en 2018 nunca me la he sacado”. ¿Qué valor tiene esa cadenita? “Es una forma de llevar al fútbol siempre conmigo. Yo lo llevo en todo lo que puedo, el fútbol está presente las 24 horas del día. No hay ninguna medallita más linda que esta, que tiene una pelota de fútbol. Además del valor sentimental, también es una forma de llevar el fútbol conmigo siempre”. ¿Casi como una religión? “Claro”, contesta Pizarro. Y sonríe. Como hace a cada rato fuera de la cancha, como cada vez que su disparo besa la red.

  • 41


  • O patrão, por Enzo Olivera

    El mito dice que Portugal es el país en donde pregonan en la sociedad las tres efes: “Fátima, fado e futebol”. Primero, la religión y la creencia en la virgen a la que tantos devotos lusitanos y del mundo dedican sus plegarias...

    Sebastián Coates: triunfa en Portugal, sueña con Nacional

     

    O patrão

     

     

    El mito dice que Portugal es el país en donde pregonan en la sociedad las tres efes: “Fátima, fado e futebol”. Primero, la religión y la creencia en la virgen a la que tantos devotos lusitanos y del mundo dedican sus plegarias. Luego, la música. Ese canto desgarrador en el que asoman los sentimientos de una voz única, que llena los bares, las cantinas y los cafés en el puerto. Y luego, el juego que despierta las pasiones más profundas de un país ligado históricamente a los colores del Benfica, Porto y Sporting, sus clubes más ganadores.

     

     

     

    Por Enzo Olivera, desde Lisboa.

     

     

    Lo fui comprobando cuando en Lisboa el chofer de un uber me preguntó: “¿Ya visitaste la virgen de Fátima?”. Bajo su espejo retrovisor, colgaba la figura de la santa. Al bajar del recorrido llegué a una plaza en el pintoresco barrio de Alfama: en una esquina, un stencilcon el rostro de Fernando Pessoa, seguramente el poeta portugués más famoso: “Amo estas plazuelas solitarias, intercaladas entre calles de poco tránsito, y sin más tránsito, ellas mismas”. Pessoa y las callecitas empedradas de la capital que tanto y tan bien definió el artista en su libro Lisboa.

    Esas mismas vías de Alfama nos llevan al Barrio Alto, el corazón del canto popular, con íconos como Alfredo Marceneiro, AmáliaRodrigues y Carlos do Carmo... “Vem saber se o mar terárazão. Vemcá ver bailar meucoração”, cantó Dulce Pontes en Cançao do Mar. Mientras, tomé una copa de vino do Oporto, dulce, muy dulce para un uruguayo que toma mate. Fue dulce al igual que el golazo de Sebastián Coates en el Estadio José Alvalade, triunfo ante el Istambul por la UEFA Europa League.

    Futebol, faltaba lo tercero, el futebol... en estas tres efes; eso vino cuando llegué para entrevistarlo por Túnel, claro, hasta ese día se podían hacer notas, era enero, no había coronavirus, ni pandemia, ni confinamiento, ni cuarentena, sí, eran otros tiempos... tiempos de “Esforço, dedicação, devoção e glória”, así dice el emblema en el vestuario del Sporting. Arriba, las fotos en gigantografías de ídolos del club: Ricardo Sá Pinto, Cristiano Ronaldo, Luis Figo y el capitán de hoy, un montevideano.

    Llegaste en 2016 y hoy sos el capitán. ¿En qué momento estás aquí, en Portugal?

    La verdad que tanto mi familia como yo estamos muy cómodos en Portugal. Veníamos de Liverpool y luego del Sunderland. En Inglaterra la gente es más fría y se notó el cambio. La verdad que acá nos han tratado espectacular, y en lo deportivo acabo de renovar contrato por dos años más. Así que feliz, porque puedo jugar siempre, me siento importante y me hacen sentir importante; eso es clave.

     

    ¿Y en lo futbolístico?

    Me siento más maduro, con más experiencia. Imaginate que cuando salí de Nacional y me fui a Inglaterra fue un cambio bastante brusco, por todo lo que significa: el idioma, la liga, la forma de vida, hasta el clima. Entonces aquí hoy me siento con mucha más experiencia.

     

    ¿En qué lo notás?

    Lo veo a la hora de tomar decisiones en la cancha, del timing, de diversas situaciones del juego que quizás por ahí antes pensaba un poco menos, era más instinto, todo más en caliente, que muchas veces está bien porque uno es pasional. Pero hoy siento que leo mejor el juego, y eso me lo ha dado la continuidad de estar aquí, de ser protagonista. Cuando llegué necesitaba sumar minutos, veníamos de momentos complicados en Sunderland y hoy me encuentro en mi mejor momento deportivo.

     

    ¿Cuál es tu rol en el Sporting?

    Por la salida de Bruno Fernandes, un referente, quedé como primer capitán del plantel. Nunca me había pasado en mi carrera y es una gran responsabilidad de traspasar a los más jóvenes toda mi experiencia y tratar de ayudar en orden, en voz, en defensa y –de vez en cuando– algún gol hago [se ríe].

     

    Estuve en el estadio y te dedican una canción, eso no te pasó ni en Inglaterra ni, incluso, en Nacional: “O patrão, o patrão, Seba Coates o patrão”.

    Esas son las cosas por las que sigo aquí y uno se queda más con eso: el reconocimiento y el cariño.

     

    Ese cántico sonó luego de tu gol. Venís de marcar uno muy importante en Europa League, en donde siguen vivos. Y en Liga de Portugal has sido fundamental en un campeonato que no logran desde 2002.

    Hay mucha presión por lograr el título. Han pasado muchos años, los que conocemos este equipo sabemos que aquí siempre hay mucha presión por lograr el título. Es cierto que últimamente no se nos han dado bien las cosas.

    La prensa ha sido muy dura. El diario A Bola decía: “Historia sin fin”.

    Acá la presión es grande y la prensa pega. Es una lástima porque siento que tenemos un gran equipo, con muchos chicos jóvenes y otros con mayor recorrido que han venido para sumar, como el argentino [Luciano] Vietto, que es un goleador. Se nos dio la Taça de Portugal en 2017, 2018 y 2019, pero el torneo nacional se nos ha hecho muy esquivo, es nuestro gran objetivo.

     

    Hablemos de la celeste.

    Por supuesto, siempre... la celeste siempre.

     

    Yo lo hablaba con Diego Godín en Inter, Lucas Torreira en Arsenal y me decían, claro, Chile tiene la pelota, les gusta tener el balón, pero hoy Uruguay también, con este recambio en mitad de cancha tiene más la pelota. ¿Este nuevo escenario beneficia a Uruguay?

    Se vio durante este cambio que han hecho ellos que quizás no tienen un recambio tan claro y nosotros sí. Creo que hoy en día tenemos jugadores como Torreira, Vecino, Bentancur, Valverde, Giorgian, que en sus equipos son protagonistas y desarrollan un juego con la pelota al pie y de posesión; por eso siento que en la selección se nos está pidiendo que seamos más protagonistas en el sentido de manejar más la pelota nosotros, y está bueno.

     

    Pero no siempre se puede jugar a placer.

    Cierto, a veces se da, porque el rival te deja, y a veces no, es así. Tenemos jugadores con mucha experiencia en Eliminatorias que saben medir cuándo hay que defender, atacar, tener la pelota, y cuándo salir de contragolpe, eso es clave y muy positivo. Además, tenemos un cuerpo técnico de primer nivel que tiene muchos procesos en el cuerpo y esa experiencia marca muchas diferencias.

    ¿En qué incide en la defensa que Uruguay tenga más la pelota?

    En todo, porque la pelota sale de atrás. Y ahí tenemos que ser finos y elegir bien el pase. El cambio de ritmo es más seguido y siempre vas a quedar más a contramano o en desventaja en el contragolpe porque la pelota está más en riesgo de perderse arriba o al medio. Pero es lindo tener ese desafío. Claro, lo primero para un defensa es defender bien; eso ha sido así y seguirá siendo toda la vida.

     

    ¿Cómo sentís que se ha dado este recambio de jugadores de la Eliminatoria pasada a esta que se viene?

    Es lo normal y pienso que el propio fútbol ha sido el que le ha dado al Maestro los mensajes para que en esta adaptación los nuevos vayan tomando protagonismo, un protagonismo que el propio fútbol dicta, es normal y está bien que sea así, de forma natural. Ellos se han adaptado de forma espectacular a lo que es el grupo.

     

    Como Fede Valverde...

    Sí, se ha adaptado de forma espectacular, pero no te olvides que se quedó afuera del Mundial de Rusia y de la Copa América. Imaginate, el jugador del momento hoy en Uruguay es él, por el gran momento por el que está pasando y la revelación que significa para nuestro fútbol y para el Real Madrid. Pero ese simple hecho de que haya quedado afuera de competencias tan importantes te dice mucho de cómo el proceso ha ido paso a paso y él ha esperado su momento.

     

    ¿Cómo lo definís?

    Un futbolista moderno. Hace todo bien, puede jugar en todas las posiciones del mediocampo. Se ha adaptado mucho al grupo, ha aprendido un montón y también eso lo vuelca a nosotros. Bentancur también está en un gran nivel en la Juventus.

     

    Volviendo a tu momento deportivo, el juego aéreo está claro que es un diferenciador y tu gran potencial, al igual que el de Godin y Josema en la selección y en sus clubes. ¿Cómo llevás el tema de la competencia en la zaga de Uruguay?

    En mi caso siempre lo analicé de la misma manera para que el que decida siempre sea el Maestro. Es una realidad que Diego y Josema se conocen muy bien desde el Atlético de Madrid y son dos jugadores importantísimos para nosotros, están a un gran nivel y lo han demostrado con creces, tanto en clubes como en la selección.

     

    Pero más allá de todo, es dura la competencia.

    Es dura, pero nivela para arriba. Siempre tomé mi rol de la misma manera en todos los lugares en que he estado. Lo bueno de la selección es que aquí nosotros sabemos que el que no juega es porque el otro está mejor o el entrenador es el que decide y ahí nos toca desde otro lugar apoyar y estar disponible. Siento que esa solidaridad y ese compañerismo es el eje que identifica este proceso.

     

    ¿En qué cambia jugar con o sin Suárez?

    La calidad de Luis, tanto para nosotros en la selección como para el Barcelona es clave. Y se está notando en España, sus compañeros hablan y dejan claro que sin Luis es complicado por esa referencia de área que es él siempre. Enfrentarlo es un dolor de cabeza porque desarma toda línea defensiva, rompe esquemas, es imposible definir para qué perfil va a entrar. Aparte está lo otro, lo que da anímicamente al equipo es tremendo, corre todas las pelotas. Tenerlo a favor es un gran puntal.

     

    Hablando de goleadores, mucho se ha hablado estos últimos días sobre si Cavani va para Danubio o Nacional, algunos incluso lo quieren en Peñarol. ¿El retorno a Nacional está planificado para vos?

    No sé exactamente cuándo. En realidad, una vez que salí de Nacional, mi sueño fue volver y vestir esa camiseta nuevamente. Todos mis amigos lo saben y todos los que hemos pasado por las juveniles de Nacional nos ponemos ese objetivo en algún momento: volver. Sinceramente te digo que mi regreso a Nacional depende de cómo yo esté y si el equipo me necesita en ese momento. Se tienen que juntar muchas cosas, si me lo preguntás ahora, claro que me gustaría volver, es un sueño.

     

    ¿Terminar tu carrera en Europa?

    Sería duro, no lo veo. Siempre pienso en Nacional. Pero yo no quiero ser una carga o una obligación para Nacional, por respeto primero al club, porque soy hincha y lo amo. Después está el tema futbolístico, ver si estoy apto para jugar al nivel que el equipo lo necesita, si les puedo dar una mano y si me aceptan.

     

    ¿Volver para ganar el Uruguayo o la Libertadores?

    Copa Libertadores a ojos cerrados, todos los que somos sudamericanos queremos la Libertadores, es el gran anhelo que no se logra hace muchos años y es mi gran sueño poder volver para ganarla con Nacional.

     

    Si se ponen todos de acuerdo los que jugaron en Nacional y quieren la Libertadores (Suárez, Coates, Muslera, Godín) se puede armar un buen cuadro. ¿Viste lo que hizo Flamengo? Trajo a figuras de Europa y ganaron la Copa Libertadores.

    Y bueno, si me decís que vienen todos esos mostros, yo me voy al toque [ríe]. Si nos ponemos a ver todos los que pasaron por Nacional y están en Europa hay muchos más. Se podría hacer cosas importantes si se organizara algo así, sería interesante armar un Nacional con grandes figuras.

     

    ¿Es más una utopía?

    Es muy difícil. Tendrían que darse muchos factores. La realidad marca que un club del fútbol uruguayo, por presupuestos, centros de entrenamientos e instalaciones, está a años luz del nivel que hoy tiene Brasil en nuestro continente. Pero lógicamente que el sueño de todos los uruguayos, y los bolsos mucho más, es ganar la Libertadores.

     

    ¿Estás viendo a Nacional? ¿Qué opinión te merece el juego?

    ¿Y qué te parece? Es el último campeón, mal no está. Miro mucho a Nacional, trato de ver los partidos importantes a pesar del cambio de hora. Vi el título y lo disfruté mucho, fueron superiores jugando muy bien. Es cierto que la llegada de Álvaro Gutiérrez trajo orden, porque se veía que estaban poco claros con Domínguez, eso les dio el título.

     

    ¿Debía salir Gutiérrez después de ser campeón?

    Me parece que arreglaron para esos partidos. Vino y le dio tremenda mano al club. Me gusta la idea de Gustavo. Creo que Gustavo y su equipo de trabajo llegan con más experiencia que antes y se está viendo un buen juego que me gusta. Fui compañero de Gustavo y sé que le gusta jugar bien al fútbol, me gusta su estilo.

     

    ¿Aunque no se hayan logrado algunos buenos resultados al inicio?

    Es cierto que la gente quiere resultados rápidos y eso es imposible, hay que tener paciencia para que pueda plasmar su juego y su idea, cosas que a veces el tiempo no da. Ojalá que para todos los que somos hinchas, le vaya bien.

     

    Pero no corre solo, la llegada de Forlán a Peñarol significó un golpe muy grande al mercado y a la competencia.

    Y es bueno, porque hace que haya mayor calidad en todo sentido. La llegada de Diego y de Gustavo le va a hacer muy bien al fútbol uruguayo. Después a veces esto es resultadista y lamentablemente no depende de si ellos trabajan bien o si tienen buenas ideas de juego; va a depender de los resultados.

     

    ¿Cuál es la solución?

    Ese es el gran problema que tenemos en Uruguay, porque no se evalúa hoy sobre las ideas –lo digo a nivel dirigencial y de hinchas–, sino sobre los resultados y eso está matando al fútbol uruguayo. Todo es inmediatez. Es lamentable, pero son las reglas del juego.

  • 40


  • Mujeres que volaron alto, por Emilio Martínez Muracciole

    Las Águilas Negras de Isla Mala: la historia de un grupo de mujeres futbolistas de la cuenca lechera que hace más de medio siglo llenaron las canchas de su pueblo y terminaron jugando en el estadio Centenario.

    LA HISTORIA DE LAS ÁGUILAS NEGRAS DE ISLA MALA

     

     

    Mujeres que volaron alto

     

     

    Las Águilas Negras de Isla Mala: la historia de un grupo de mujeres futbolistas de la cuenca lechera que hace más de medio siglo llenaron las canchas de su pueblo y terminaron jugando en el estadio Centenario.

     

     

    Por Emilio Martínez Muracciole

     

     

    No siempre les creen. A veces, cuando alguna de ellas le cuenta a un contertulio de ocasión sobre aquellos partidos a cancha llena, sobre golazos, goleadas y triunfos heroicos que derivaron en caravanas, en ocasiones es como que el ceño y el brillo de los ojos de quien escucha no pueden disimular una mínima desconfianza. A casi todas les ha pasado. Y si alguien no les cree todo eso, se vuelve al ñudo intentar convencerlo de que jugaron en el estadio Centenario, y con mucho público porque fueron el preliminar de un partido internacional de Peñarol, y que ese día salieron por el túnel, con todos los periodistas ahí en la vuelta.

    No les sorprende que desconfíen. Tienen claro desde el arranque que puede resultar un tanto inverosímil, por sí misma, la historia de un grupo de mujeres que hace más de cincuenta años anduvo jugando al fútbol en un pueblo de menos de dos mil habitantes, en el corazón de la cuenca lechera. Pero así fue.
    María del Carmen Oroño tiene 85 años. Vive en la primera cooperativa de viviendas que se construyó en el país, la de Isla Mala (o 25 de Mayo, como se prefiera), en el sur de Florida. Los ladrillos que desde hace más de medio siglo están acostados de panza al sol en el frente de su casa, como vereda, fueron la explanada perfecta para instalar un círculo de sillas y abrir la canilla de la memoria junto a algunas de sus compañeras futbolistas de las Águilas Negras: Zulma Muniz, Anair Pérez y Alicia Colombo. También estuvo Roberto Oroño, hermano mayor de María del Carmen y director técnico del equipo.

     

    En el interior del interior, hace más de cincuenta años, que una mujer jugara al fútbol era un acto de arrojo. Es de imaginar que fue socialmente juzgado, y más todavía porque en los pueblos pequeños pesa mucho más el qué dirán.

    –Creo que fue medio inconsciente de nuestra parte. Éramos muy jovencitas

    –señala Anair.

    –El pueblo lo aceptó de muy buena manera –agrega María del Carmen.

    –A lo primero hubo críticas, como todo –interrumpe Roberto, anteponiéndose a otras voces que apoyarían la idea de la aceptación y adhesión espontánea–. En aquellos años se criticaba mucho a la mujer que jugaba al fútbol. Se hablaba y se conversaba sobre eso. Les digo porque en esa época yo iba mucho a los boliches, y ahí, en los boliches, salen las conversaciones. Yo pasaba en el boliche y sentía las conversaciones. Cuando empecé a practicar con ellas, que íbamos a la cancha, ahí venía [al boliche] y hablaban, y a mí no me importaba. Yo había empezado [a dirigirlas] porque Nilda [Naya], Pocha [Eglantine Naya] y Alicia [Paolino] vinieron un día y me preguntaron si me animaba a entrenarlas. Y claro, ¿cómo no me voy a animar?

     

    –¿Qué decía la gente en el boliche?

    –Y… en el boliche se hablaba…

    –¡Decinos, dale! –empiezan a impacientarse, entre risas, Alicia y Anair.

    –Hablaban de “las machonas” y de esto y de aquello –suelta Roberto, y el resto explota en una sola carcajada–. Es que en aquellos años se criticaba mucho a la mujer que jugaba al fútbol. Después vino la admiración.

     

    Hubo un episodio, una instancia, que puede identificarse como la génesis del equipo. Fue una jornada benéfica en Mendoza Chico, organizada por el Club Treinta y Tres de esa localidad. Fue en 1967, según recuerdan. Las invitaron para jugar un partido de algo parecido a fútbol, pero sin poder pegarle a la pelota con los pies: tenían que hacerlo con una escoba. Cada jugadora con una escoba, como si fuera un palo de hockey, para que resultara atractivo por ese juego de pertenencias y no pertenencias: mujeres con lo suyo (la escoba) en algo que –siempre desde la mirada de las representaciones sociales– les es ajeno (el fútbol). Más que un deporte, un espectáculo de kermés.

    Pero a ellas les interesó el deporte, la experiencia, y ese partido –que recuerdan con cariño y sobre el cual no necesariamente hacen lecturas deconstructivas– sirvió de disparador para empezar a juntarse para jugar al fútbol. Algunas de ellas lo jugaron en la infancia. En el caso de Alicia Paolino, capitana de las Águilas Negras, de niña ya andaba corriendo atrás de una pelota junto a su hermano en el establecimiento rural que habitaban en Estación Parish, en el norte de Durazno. Su padre la apoyó y acompañó desde los primeros partidos cuando formaron el equipo, pero por sobre todo lo hizo su madre, Luisa Vargas, quien de algún modo fue un pilar de aquella experiencia, así como fue un pilar en la historia del club Mejoral de Isla Mala; de hecho, hoy la cancha de Mejoral –club que no cuenta con un equipo de fútbol jugado por mujeres, como casi todos los de tierra adentro en Florida– lleva su nombre: Luisa Vargas de Paolino.

    Alicia Colombo también lo practicó siendo niña, por criarse entre hermanos varones. “Además a mi madre le encantaba el fútbol, así que desde chica empecé a ir, y mi hermano Juan jugaba al fútbol, así que empecé a jugar porque me gustaba. Me gustaba mirarlo, y después también me gustó jugarlo”, explicó durante la charla en lo de María del Carmen.

    –¿De dónde sale lo de las Águilas? Al mirar las camisetas es inevitable ver cierta similitud con las águilas nazis…

    –¡Noooo! –exclaman al unísono.

     

    –¿Y de quién fue la idea del nombre?

    –Fue mía –apunta María del Carmen–. No queríamos ponerle un nombre del pueblo ni de nada, porque la que no era de un cuadro, era de otro. Fue en lo de doña Luisa que lo elegimos. Nos juntábamos ahí. Pensamos algunos nombres, y yo dije Águilas Negras, y a todas les gustó, y a la señora, que ya era mayor, le gustó muchísimo y dijo de poner un águila negra en el pecho, con un ojo como de perla. Y así quedó: camisetas rojas con el águila negra.

     

    Un artículo de la revista Isleña de enero de 2001 –recordando a Las Águilas Negras– señala que la encargada de la confección de las camisetas fue Nilda Larrañaga, también jugadora. Durante la charla, Zulma apuntó que en eso estuvieron, además, Nilda y Pocha Naya, que eran las equipiers del grupo y también fotógrafas oficiales; Alicia Paolino y las hermanas Naya (Nilda y Eglantine) se dedicaban a la fotografía, firmando sus trabajos como ANE, por las iniciales de las tres.

    La actividad de las Águilas Negras se extendió desde 1967 a 1972. Ir consiguiendo rivales no fue sencillo, pero así como ellas hubo otras mujeres, también de tierra adentro, oponiéndose –por la vía de la acción– a la idea de que el fútbol era cosa de hombres y nada más que de hombres. Villa Rodríguez (San José), Tapia y Santa Lucía (Canelones) fueron algunos de los lugares a los cuales viajaron para enfrentar rivales, y desde los cuales llegaban a visitar Isla Mala para enfrentar a las Águilas Negras; con el paso de los partidos fueron sobresaliendo por sus virtudes.

     

    –Nosotras jugábamos bien, a pases, a buscar a nuestras compañeras para darles fútbol –cuenta María del Carmen–. Teníamos una defensa que se armaba muy bien y que buscaba siempre a las de arriba. Y claro que metíamos goles. Además, nosotras no éramos de pegar. Teníamos un fútbol muy limpio, muy limpio. En un partido contra Las Piedras hicimos cinco o seis goles, y seguíamos generando jugadas de gol. A mí me la daban para hacerlos y yo los hacía. Roberto nos decía que no hiciéramos más goles, pero adentro de la cancha alguna compañera me pedía que me hiciera la boba, como que no lo había escuchado.

     

    –Se habían traído una copa –apunta Zulma–. Había una copa en juego, pero como les ganamos 6-1 se enojaron y se fueron con la copa. No nos dieron nada

     

    Lo mismo les pasó en un partido en Villa Rodríguez: les negaron el trofeo, según cuentan. A esa altura ya eran invencibles. En 25 de Mayo incluso se formó otro equipo, las Defensoras del Barrio, de Las Canteras de Isla Mala, que se reforzaba con jugadoras de Las Rebeldes, de Florida capital.

    El equipo con mejores credenciales en aquel momento era de Paso de los Toros. También le ganaron. Alicia Paolino dijo a Túnel que hasta entonces ni después vio tanta gente en un partido de fútbol en 25 de Mayo, “ni cuando jugaba Mejoral ni cuando jugaba Alianza”, los clubes del pueblo.

    Hubo quienes en la previa difundieron que al final de ese partido las mujeres harían intercambio de camisetas. Ellas, en parte, jugaron ese juego y concretaron un simulacro de intercambio –después, en los vestuarios, cada equipo devolvió al otro la indumentaria–, pero lo hicieron llevando otras camisetas debajo de las del equipo.

    De ese día Zulma prefiere recordar que se confirmaron como invencibles, incluso ante el cuadro más temible de tierra adentro. En lo particular le resulta inevitable contar el gol “a lo Bengoechea” que hizo cuando iban perdiendo 1-0.

    Zulma narra con inflexiones atrapantes. No es raro para una persona que tiene como aficiones cantar y recitar; y que además lo hace bien.

    Cuida las palabras, maneja los silencios, y diferencia los tonos al reproducir diálogos. Con esas armas, describió lo que pasó aquel día puertas adentro de su hogar.

     

    –En el cuadro también jugaba Ema, una de mis hermanas. Jugábamos las dos. Mi padre estaba malísimo con mi madre. ¿Estas van a ir a jugar al fútbol? Sí, le dice mamá. Y él: “¡Uf! ¡Estas machonas!”. “Pero es lindo, se divierten”. Y él nada de nada –Zulma imita el gesto de resignación que lanzó su padre–. Cuando fuimos a jugar contra Paso de los Toros, que mamá iba a ir igual, papá pregunta “¿a qué hora juegan estas?”. “A las tres”. “Bueno, dale, vamos si querés”. No sabés después lo que ese hombre pudo divertirse, incluso lo que llegó a llorar de emoción yendo a vernos jugar. Nunca dejó de ir.

     

    –Cuando el partido contra Paso de los Toros, yo estaba en San Gerónimo, que queda lejos –cuenta Anair.

     

    –En ese tiempo San Gerónimo era más lejos todavía, por el estado de los caminos.

    –Claro. Y no tenía locomoción, no había teléfono, ni nada de nada. Me acuerdo que sentí en la radio que se jugaba el partido, y yo allá estaba que se me caía el alma porque no podía ir. ¡Qué tristeza! A la media hora llega una camioneta. Eran el cura párroco de acá de 25 de Mayo, Piero, y el señor Sergio Rava. Fueron a buscarme para que jugara.

     

    –Estamos hablando de que se hicieron más de cincuenta kilómetros por camino de tierra para ir a buscarte.

    –Yo en ese momento me sentía Pelé porque habían hecho todo eso para ir a buscarme para jugar. Fue algo emocionante.

     

    Después de tanto andar la pelota por los tantos interiores de tierra adentro, vino el estadio. Fue el 5 de abril de 1972. El que gestionó el partido fue Cacho Saldombide, un isleño allegado a un dirigente del fútbol profesional. Quedó pactado un amistoso con la selección uruguaya, la cual –según recuerda Roberto– se estaba preparando para un sudamericano en Argentina. La primera liga de fútbol jugado por mujeres en Uruguay fue la de la Asociación Amateur de Fútbol Femenino, fundada en noviembre de 1971, por lo cual esa selección bien puede considerarse la primera. Se conformaba con jugadoras de los clubes capitalinos pero, por lo que cuenta Roberto, estaba abierta a incorporar algunas del interior del país.

    –Cuando fuimos al Centenario, se quisieron llevar a Anair para la selección.

    –Yo no supe de eso hasta ahora, hace unos meses, que estábamos conversando y me contó –apunta Anair–. Y yo con la emoción de todo aquello, de estar en el estadio, y de jugar el preliminar de Peñarol y Guaraní, imagínate…

    –Era todo un tema. Era menor, y había que sacar un permiso y todo eso –añade el director técnico.

     

    El 5 de abril de 1972 Peñarol recibió a Guaraní de Paraguay para jugar la copa Oro y Negro. Peñarol ganó 3-2 con goles de Nilo Humberto Acuña, Julio César Jiménez y Luis Alberto Díaz. Según El Diario del 6 de abril, esa noche hubo en el estadio unas doce mil personas.

    Datos aportados por el historiador peñarolense Daniel Quintana, con base en el archivo de Ricardo Gutiérrez, señalan que hubo diarios que registraron el partido jugado entre “la selección de la Liga” y “las Águilas Negras de Florida”.

    Las jugadoras y el técnico recuerdan que perdieron 4-2, aunque en ocasiones surge la duda de si no fue 4-1. El dato aportado por Quintana señala que fue 4-0. El resultado, en definitiva, fue lo de menos cuando lo que estaba ocurriendo era que un grupo de mujeres de la cuenca lechera, en 1972, se estaba apropiando, junto a la selección, de un espacio por entonces enteramente ajeno para las mujeres: la cancha del estadio Centenario para jugar al fútbol.

    A Montevideo fueron en el camión de Sergio Rava, un vecino de Isla Mala que las solía llevar a los partidos de visitante. Viajaron como casi siempre, sentadas en los bancos de la capilla que colocaban en la caja del camión. A Anair le quedó grabada la imagen de “salir por el túnel, ver el césped arriba de los ojos, ver toda la gente”. Y continúa: “¡Fue una emoción tan grande! Yo veía todo eso y me decía ¡y esto qué es! Fue inolvidable. Queda marcado en el corazón para toda la vida”. Alicia Paolino dice que se paraba en un arco y miraba hacia el otro, “y parecía que quedaba tan lejos, ¡tan lejos! Aquello era inmenso. La cancha parecía mucho más grande”.

    Las Águilas –cuenta Roberto– se reforzaron con una jugadora que les aportó la selección.

    Ese día –añade Zulma– la selección, en el estadio, les quitó el invicto que traían desde 1967. Solo fueron vencidas por la selección y en el Estadio, según narran.

     

    –En ese partido fue la primera vez que vi una mujer tirando los centros desde la punta al segundo palo –cuenta Roberto–. Era Martha Benaprés, hermana de un centro forward que hubo. Y por el segundo palo venía siempre una muchacha Colina.

    Alicia Paolino recuerda a “una puntera izquierda” de la selección. “No te imaginás cómo jugaba. Pasaba a una y después pasaba a otra, y yo la venía a buscar desde la mitad de la cancha. Ya en una la voy a alcanzar, me dije. Y ahí volvió a agarrar la pelota, y pasó a una, pasó a otra y llegué para fajarla. ‘Ay, me pegaste’, me dice. Perdón, no me di cuenta, le contesté. No apareció más”.

    Tal como ocurrió tierra adentro, ver mujeres jugando al fútbol despertó los intentos de espectacularización del hecho desde una perspectiva chabacana y machista, sugiriendo, otra vez, el intercambio de camisetas como la escena más esperada. “En ese tiempo era muy promocionada la ropa interior Vestale, de París –recuerda Anair–. Cuando terminó el partido, y con eso que habían dicho del intercambio de camisetas, andaban los periodistas ahí y decían ‘¡bueno, vamos a ver los Vestale de París! ¡Vamos a ver los Vestale de París!’”.

    La vida que sigue, la familia, las labores, y la escasa actividad futbolística por la reducida cantidad de rivales resultaron fatales. Aquel partido en el Centenario terminó siendo el último de las Águilas Negras. Su existencia dejó el registro de mujeres haciendo propio, hace más de medio siglo, lo que siempre les fue presentado como ajeno, como exclusivamente masculino. Y dejó también el registro de un pueblo del interior de Florida en el cual la cantidad de mujeres que jugaron alguna vez en el Centenario supera sideralmente a la cantidad de varones que alguna vez lo hicieron. Ese sueño que tanto en los cuarenta como en los sesenta –casi como ahora– era solo para ser soñado por niños, ellas lo pasaron al hecho; casi una afrenta para las estructuras mentales formadas en una sociedad en la que el fútbol es cosa de varones.

    Tal vez es por eso que todavía hoy, medio siglo después, cuando ellas le cuentan a un contertulio de ocasión sobre aquellos partidos a cancha llena, sobre golazos, goleadas y triunfos heroicos que derivaron en caravanas, en ocasiones los ceños y los brillos de los ojos de quienes escuchan no pueden disimular una mínima desconfianza. No siempre les creen, pero así fue.

     

     

  • 39


  • Un faro en la resistencia, por Luis Morales

    En 1975, los primeros Juegos Deportivos de AEBU marcaron, en el contexto de la dictadura cívico-militar que asoló Uruguay entre 1973 y 1985, un hito en cuanto a la oposición al autoritarismo. Los Juegos, que incluían un variado número de actividades deportivas y culturales ...

    MEMORIA DE LOS PRIMEROS JUEGOS DEPORTIVOS DE AEBU

     

     

    Un faro de resistencia

     

     

    En 1975, los primeros Juegos Deportivos de AEBU marcaron, en el contexto de la dictadura cívico-militar que asoló Uruguay entre 1973 y 1985, un hito en cuanto a la oposición al autoritarismo. Los Juegos, que incluían un variado número de actividades deportivas y culturales, fueron también un espacio fermental para el desarrollo del teatro y manifestaciones musicales arraigadas en el pueblo, como la murga y el canto popular. En esta nota, escrita a partir de una entrevista con el expresidente del gremio bancario Juan Pedro Ciganda y material del archivo personal del autor, un coro de voces reconstruye, desde diversos puntos de vista, aquellos acontecimientos.

     

     

     

    Texto Luis Morales

    Fotos Archivo Histórico de AEBU

     

     

    Un contexto difícil

    Protagonista directo de los hechos, Juan Pedro Ciganda aporta su testimonio, que ayuda a comprender la importancia histórica que tuvieron los primeros Juegos Deportivos de AEBU. Acerca del contexto en que surgieron, recuerda el exdirigente bancario:

    “Era el conocido en cuanto a que la dictadura estaba instalada desde 1973. Y luego de la gran huelga de resistencia, que duró de junio a los primeros días de julio del 73, de hecho fueron limitadas todas las libertades sindicales y clausurados muchos locales sindicales. La peculiaridad de AEBU es que contaba, desde fines de los sesenta y principio de los setenta, con un local estupendo, con muchas capacidad locativa, una edificación muy moderna –que en su momento fue un ejemplo en cuanto a la arquitectura de Montevideo– y que, más allá de toda la actividad sindical, la cantina y un salón de fiestas, abrigaba un gran Sector Deportivo, con un gimnasio y una muy buena piscina; más una guardería infantil que funcionaba desde principios de los setenta; teníamos, además, una biblioteca importante; y una serie de actividades culturales que se desarrollaban habitualmente en nuestro local. Naturalmente que las limitaciones impuestas por la dictadura habían hecho que algunas de esas cosas se vieran dificultadas o directamente tronchadas”.

    Empero, para contrarrestar los efectos de la represión generalizada con que los militares y sus socios civiles pretendían aterrorizar a la sociedad entera, los sindicalistas buscaban mantener viva una llama de resistencia. Explica Ciganda cómo los Juegos se transformaron en parte fundamental de aquel propósito:

    “La gran definición estratégica de todo el sindicato bancario, que abarcó el período que va de 1973 hasta 1984 completo, esa década infame de la dictadura, fue la de multiplicar, dentro de sus posibilidades, todo tipo de actividades culturales, educativas, sociales y deportivas que permitían ser un centro de atención e interés social no solo para los bancarios y sus familias, sino también para mucha cantidad de gente que se arrimaba al sindicato bancario por ser un lugar atractivo y donde, con el paso del tiempo, notoriamente se respiraba un clima que era una de las pocas excepciones en aquella sociedad.

    “El criterio fue asegurarnos que, de todos modos, hubiera en el local una actividad permanente, estable y que supusiera ver el lugar lleno de gente en forma regular. Era la mejor cortina para que, de alguna manera, también el propio gremio pudiese hacer pequeñas reuniones de compañeros de distintos bancos; de gente que se arrimaba desde otros gremios que estaban totalmente clausurados, aunque más no fuera a tomar un café y charlar en nuestra cantina. Era una especie de faro de resistencia con esas características”.

    Otro protagonista de aquellos acontecimientos, el profesor Víctor Pérez, brinda sus recuerdos sobre lo ocurrido entonces:

    “Entré en AEBU en el 71, como profesor de educación física. Me llevó Maceiras, que era el director del Departamento Físico. Y me atrapó AEBU, desde todo punto de vista. Yo no lo vi como un trabajo sino como una forma de encarar lo que era mi filosofía y mi ideología de vida. En AEBU encontré una forma de resistencia y de poder seguir apostando a que los jóvenes pensaran por sí mismos, para que la familia no se despedazara, para que llegara la ayuda a los familiares de los presos políticos, a los despedidos, a los que estaban en la clandestinidad. Se hicieron muchas cosas que cuando las vivís no te parecen demasiado importantes, pero que luego, con el tiempo, decís: ‘¡Caramba! Todo lo que se hizo’, desde las cosas más pequeñitas a las más increíbles. Fue algo asombroso”.

    En ocasiones, el recuerdo puede limar las aristas más horribles de la experiencia humana. Así, para comprender a carta cabal la dimensión de los hechos cuya memoria aquí se rescata, es necesario recordar que 1975 fue un año particularmente duro para quienes pretendían resistir. No era un juego de niños enfrentarse a la dictadura y sus esbirros.

    A propósito de ello señala Ciganda:

    “En ese mismo año, el rigor de la barbarie dictatorial y de la represión se incrementó muy seriamente, se multiplicó. No hay que olvidar que en ese año se lanzó la que luego se conocería como Operación Morgan, en particular contra la militancia del Partido Comunista. Y que, en los años siguientes, a partir de 1975, el sindicato bancario tuvo mucha gente encarcelada e incluso desaparecidos. Este contexto se mantuvo hasta el año 1980. Fue particularmente duro, pues en ese momento lo que funcionaba en el país era el terrorismo de Estado”.

    Según Víctor Pérez, el sindicato de AEBU se enfrentaba a otro peligro. En efecto:

    “La idea era rodear a AEBU; llenarlo y asegurarlo con un gran colchón de gente para que no lo fuera a expropiar la Policía o el Fusna (Fusileros Navales). Porque el local, por el lugar donde se ubica, le pertenecía al Fusna, pero la Policía también tenía muchas ganas de quedárselo, tenía sus aspiraciones, porque estaba en una zona medio límite. Creo que esa fue una de las causas por las cuales no lograron intervenirlo ninguno de los dos”.

    Los Juegos

    En ese contexto tan difícil surgieron los primeros Juegos Deportivos de AEBU.

    “La dirección del sindicato apoyó la idea, que tuvo artífices estupendos en los profesores Ricardo Piñeyrúa, Jorge Roibal y Carlos Maceiras. En esos Juegos participaron, literalmente, miles de personas”, rememora Ciganda.

    Pero, ¿en qué consistían aquellos Juegos? Responde Víctor Pérez:

    “Eran una actividad que nucleaba hasta ochocientas personas y en ella participaban desde niños hasta abuelos, en grupos de más o menos cien personas. Los Juegos duraban dos semanas completas y tres fines de semana. El primer fin de semana era la inauguración; en el del medio se hacía mucho deporte; y en el último eran las finales de cada deporte; y luego, de noche, las actividades como el teatro y las murgas. En la semana, los Juegos comenzaban a las seis de la tarde y terminaban a las dos de la mañana; y el sábado y el domingo eran todo el día, de las nueve de la mañana a las once de la noche. Los Juegos se hacían hasta altas horas de la noche, con gente que al otro día tenía que levantarse temprano e ir a trabajar como cualquier trabajador. Era una actividad tremendamente intensa. Quedábamos agotados, pero valía la pena, porque el ánimo de la gente y el espíritu que ponía te empujaban, porque se veían cosas extraordinarias a todo nivel”.

    Por su parte, complementariamente Ciganda detalla:

    “Hubo desde maratones realizadas en zonas próximas al local sindical hasta torneos de básquetbol y fútbol de salón, pasando por competencias de natación, yincanas, juegos de salón como el truco, el ajedrez y las damas; también hubo una competencia en la cual los equipos relataban un cuento delante del público; café concert; y un concurso de murgas”.

    Los recuerdos de un tercer protagonista de esta historia, Eduardo Larbanois, quien con el transcurso del tiempo habría de transformarse en una figura ineludible de la música uruguaya, coinciden con los anteriores:

    “Los primeros Juegos Deportivos de AEBU los organizó Piñeyrúa, como para poder revitalizar la presencia social en la institución, porque la gente no se arrimaba por el terror que tenía. Los Juegos fueron una forma de que la gente se reencontrara. Se hacían espectáculos enormes en el gimnasio y yo estaba en cierta medida colaborando con Piñeyrúa en el armado de esos espectáculos”.

     

    Las murgas, el teatro y el Canto Popular en los Juegos

    Según el texto clásico La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, de Mijail Bajtin, el carnaval es un evento fundamentalmente subversivo. En su libro, el autor soviético pone el foco en las implicaciones que a ese respecto tienen la risa y la irreverencia, lo grotesco y el lenguaje popular. Las murgas uruguayas no son ajenas a esa tradición del espíritu carnavalero. Entonces, en aquel contexto, el concurso de este tipo de agrupaciones musicales de los Juegos brindaba una oportunidad para decir aquello que los ávidos oídos de la sociedad querían escuchar, pero no se podía expresar sin poner en riesgo la libertad y la vida.

    Así las cosas, según cuenta Ciganda:

    “En materia de espectáculos, el concurso de murgas fue excepcional. Primero, porque en las murgas se integró gente de todas las edades. El concurso fue de seis murgas que tomaron el nombre de grupos indígenas: Pieles Rojas, Charrúas, Incas y otros que no recuerdo. Una cosa muy interesante es que alguna gente de primera línea del carnaval se arrimó a dar una mano. José Alanís, Pepe Veneno, el director de La Soberana, que había hecho una campaña increíble a partir de los años 69 y 70, se acercó y ayudó a funcionar a dos de las murgas. También lo hizo el Gordo Antonio Iglesias, dirigente del vidrio y a la vez director de Los Diablos Verdes, que ayudó a funcionar a una de las murgas. Asimismo, para el concurso vino, con muy buena onda, a dar una mano e integrar el jurado, Dalton Rosas Riolfo, que era una personalidad del carnaval”.

    En el mismo sentido, desde su perspectiva de músico señala Larbanois:

    “A esas actividades se empezó a arrimar gente como don Antonio Iglesias, el de Los Diablos Verdes, Cacho Del Puerto, Pepe Veneno y Catusa Silva, lo cual fue un gran estímulo. Fue un montón de gente que colaboró con nosotros, nos enseñaron lo de ellos y nosotros aportamos lo nuestro. Carlitos Bouzas hacía letras para las murgas; yo dirigí murgas. Entonces, como siempre, en los intercambios es donde uno crece. El crecimiento que tuvo el carnaval en AEBU fue formidable”.

    Sin embargo, había que tener cuidado con los ímpetus en el manejo del transgresor espíritu carnavalero, pues los represores se servían de la más mínima excusa para hacer de las suyas. De modo tal que los organizadores, aun contra sus principios más íntimos, no tuvieron otro remedio que establecer una comisión de censura. Al respecto, entre risas, recuerda Ciganda:

    “El profesor Piñeyrúa lo comentaba charlando conmigo: los censores eran los propios organizadores. Porque de alguna manera tenían que controlar que los muchachos no se fueran a pasar de la línea. Había que apelar a la sutileza, pero sin pasarse de la línea, porque estábamos caminando por un pretil muy finito”.

    Como ya se ha dicho, en los Juegos también se desarrollaban otras actividades escénicas. En ese fermental ambiente, donde se encontraban diversas manifestaciones artísticas, se originó en buena medida lo que luego se conocería como el Canto Popular, algunas de cuyas raíces se pueden rastrear en los Juegos; un grupo de teatro que hizo historia y también una murga que se ha transformado en un mito: la BCG.

    A propósito, sostiene Víctor Pérez:

    “Lo mismo que pasaba con la murga ocurría con el teatro. Porque había gente de teatro que sabía que esto ocurría y venía a colaborar. En AEBU funcionaba el Grupo Ciudad Vieja, en el cual estaban el Flaco Jorge Esmoris, y otros grandes como Rosita Baffico, Fernando Toja y muchos otros que hoy en día vemos como personalidades asombrosas. ¡Y pasaron por AEBU! Estuvo también el Corto Buscaglia, que hizo teatro con padres para los niños del jardín”.

    Quizá el siguiente fragmento de la entrevista que en junio de 2005 le realizara este cronista a Horacio Buscaglia no solo resulte ilustrativo acerca de lo que significaba AEBU entonces, sino también sobre las múltiples y creativas formas que adquirió la resistencia a la dictadura en el terreno cultural.

    Sobre su pasaje por AEBU, nos decía Buscaglia:

    “A partir de la idea de la psicóloga Martha Klingler, que estaba en AEBU, hice una cosa maravillosa: darles clases a los padres y abuelos de los alumnos de la guardería de AEBU. Se les dieron clases de títeres, de música, y yo agarré viaje para darles clases de teatro. Fue una experiencia bárbara, divina, porque eran bancarios, hombres y mujeres, algunos muy veteranos, que nunca en su vida habían pisado un escenario. Yo les propuse armar un espectáculo para que ellos lo hicieran a fin de año para los niños, para sus hijos y nietos. Fuimos trabajando hasta que, por la cantidad de gente que había, armamos dos obras. Ellos mismos hicieron su vestuario, y fue maravilloso cuando a fin de año la gente actuaba para sus hijos. ¡Era tan lindo verles las caras a los niños que veían a su mamá, a su papá, a su abuela, que ni se imaginaban que podían pintarse la cara, ahí, haciéndoles una obra! Creo que para ellos debe de haber sido una experiencia inolvidable, igual que para mí”.

    “Esta era una de las formas de resistir a la dictadura...”, apostilló el periodista. Y su entrevistado completó la idea:

    “Claro, todo pasaba por ahí. Por supuesto que también las obras que elegíamos. Recuerdo que hice una versión de un cuento de una argentina que trataba de unos animales de un circo que se rebelaban porque los obligaban a actuar como humanos y ellos querían actuar como animales. Todo, obviamente, apuntando siempre a buscar la puntita para meter el pinchazo”.

    Por su parte, Juan Pedro Ciganda rememora:

    “En una de las murgas estuvo Eduardo Larbanois, que en ese momento estaba trabajando en la biblioteca de AEBU. Con él allí adentro, la biblioteca fue un ‘nido’ que permitió que mucha gente del Canto Popular se arrimara permanentemente a AEBU y allí estuvo un poco la base de la posterior organización de los cantores populares en Adempu. Y en esos café concert que se realizaban desfilaban las figuras jóvenes del Canto Popular del momento, como Los Peyrou, la gente de Canciones para no Dormir la Siesta, Darnauchans, Abel García…

    “La gente del Canto Popular desfiló por AEBU. Hacíamos espectáculos hasta que en cierto momento los representantes de la dictadura empezaron a cortarnos los víveres porque simplemente con eso congregábamos miles de personas. Los músicos lo hacían de forma totalmente desinteresada”.

    Eduardo Larbanois coincide con el testimonio del exsindicalista y agrega detalles sobre los difíciles momentos que pasaron juntos como parte de aquellas peripecias:

    “AEBU fue una de las cunas fundamentales del Canto Popular. Allí, en el gimnasio, se empezaron a realizar los primeros espectáculos masivos. Dos por tres se daban situaciones tragicómicas; por ejemplo, el hecho de que a veces caía la Policía a suspender el espectáculo y atrás venían los de la Marina y echaban a los policías porque decían que la Ciudad Vieja era jurisdicción de ellos. Se armaba un lío bárbaro entre ellos, y nosotros seguíamos con el espectáculo adelante. O, de repente, te caía la taquería con los palos y las metralletas, y era un susto bárbaro. Nunca sabíamos en qué terminaría aquello. Por lo general, íbamos todos presos, pero después nos soltaban. Y, por cierto, a cada espectáculo que hacíamos, marchábamos a la comisaría: don Juan Barbaruk, un tipo formidable que era el administrador; Antonio Marotta, que era el presidente; Juan Pedro Ciganda y yo, que estaba en la parte de organización, porque teníamos que dar información sobre cómo hacíamos, cuánto cobraban los artistas, para dónde iba la plata, qué íbamos a cantar... ¡una cosa lamentable!”.

    Pero, a pesar de los pesares, aquella arriesgada apuesta a la cultura dio unos frutos que llegan hasta nuestros días, desde su autorizado punto de vista sintetiza Larbanois:

    “Creo que las actividades de AEBU tuvieron una relevancia muy grande en el Canto Popular y en la murga. Allí fue donde se generaron los primeros movimientos en los cuales empezaron a integrarse cantores populares a la murga, así como gente de teatro. Lo cual generaba un cambio radical en la murga, que antes era un coro de barrio cuyo objetivo era divertirse criticando, nada más. Pero que no tenía el profesionalismo que tiene hoy día, cuando hay un cuidado en la presentación escénica y en la forma de cantar”.

     

    Leer entre líneas

    La sociedad uruguaya de entonces tenía una especial capacidad –desarrollada a contrapelo de la actividad represiva de esbirros, soplones y censores– para leer mensajes entrelineados. Así pues, en el marco de los Juegos, Juan Pedro Ciganda, en su calidad de integrante del Consejo Central de AEBU, aprovechaba la oportunidad para mandar alguno de aquellos mensajes en clave libertaria. Vistos desde la actualidad, pueden parecer ingenuos; sin embargo, en aquel contexto, ayudaban a mantener viva la llama de la resistencia a la dictadura. Cuenta Ciganda:

    “En los tiempos más horrorosos, lo que hay que rescatar es el espíritu de la gente y cómo la gente sabe leer entre líneas. En ese momento, ya el Consejo Central me estaba proponiendo para que en toda actividad pública el que hablara fuera yo. Entonces aprovechábamos la inauguración de los Juegos, la clausura de los Juegos y los aniversarios de AEBU, las despedidas de fin de año, todas las actividades donde pudiéramos juntar un poco de gente, para hacer un saludo y decir algo interlineado, pero muy interlineado. Porque sabíamos que había ‘tiras’ cerca. Por suerte, a algunos los conocíamos… ¡el problema eran los que no conocíamos! Y me acuerdo de que en más de una oportunidad hacía una presentación muy tranquila, agradeciendo la participación de la gente en el evento que fuera, cosas muy generales, de cumplido, como es obvio. Pero, simplemente, con agregar cerca del final: ‘Un abrazo grande, pues, compañeros, a todos los que están aquí y a todos los que, por distintas razones, no han podido venir’… Yo decía eso y la gente estallaba en aplausos. Leía entre líneas lo que quería decir”.

     

    Y al volver la vista atrás…

    Como cierre de estas memorias, conviene citar la valoración que ha hecho Víctor Pérez de aquellos Juegos:

    “Fueron una semilla asombrosa que alimentó algo que en ese momento ni el medio ni el país podían hacer, y esto era que la gente eligiera y siguiera teniendo contacto con el arte en sus diferentes expresiones. Como una forma de no bajar los brazos, de seguir diciendo: ‘La vida puede más que cualquier traba’”.

    Opinión que, desde su perspectiva, corrobora Juan Pedro Ciganda:

    “Ahora, mirados a la distancia, diría que fueron una cosa que sacudió la ciudad. Pero, todo esto era posible porque existía en la gente una vocación por expresarse, y la forma de hacerlo era participar en los Juegos. Participar de estos Juegos se transformaba en un acto de militancia para muchos chiquilines, incluso para familias enteras”.

     

    NOTAS

    Este texto se realizó a partir de una entrevista con Juan Pedro Ciganda y una serie de entrevistas con Horacio Buscaglia, Eduadro Larbanois y Víctor Pérez, que pertenecen al archivo del autor.

    El autor agradece especialmente a Andrea Moreni, encargada del Archivo Histórico de AEBU, y a Valeria de Souza, de la biblioteca de AEBU, por su valiosa colaboración.

    Todas las fotos que ilustran este texto pertenecen al Archivo Histórico de AEBU.

     

     

    Acatar la consigna

     

    Entre las muchas anécdotas jocosas de aquellos Juegos, vale la pena rescatar la que Ciganda cuenta:

    “Se dio la consigna de que los dirigentes no teníamos que quedarnos tomando café en la cantina, sino que debíamos participar activamente. El primer partido de básquetbol de los Juegos fue entre un equipo formado por muchachos del banco La Caja Obrera y otro por muchachos del Bank of America. En este último jugaba el Inglés Carlos Blixen, que, aunque era veterano ya, daba una mano; y también estaba el Tano Luchini. En el otro equipo estaba el Purrete Antognazza, dirigente bancario, una figura señera de AEBU. Y tan en serio se habían tomado aquella consigna de que los dirigentes debíamos actuar y participar con el mayor entusiasmo, que en ese partido casi hubo un incidente por un choque debajo del tablero entre aquellos dos militantes de primera línea: el Tano Luchini, que era del Bank of América, y el Purrete Antognazza, del Caja Obrera”.

     

    Los estudiantes navarros

     

     

    Por Ricardo Piñeyrúa

     

     

    Hace unos días, en una película, un personaje que escribía en un cuaderno historias que nunca mostraba, contestó que era para sacarlas de su cabeza. Me encantó la respuesta, porque me pasa eso, las escribo y se van, por suerte vienen otras. Pero yo algunas las pongo en Facebook y hoy, cuando vi que era el cumpleaños de Jorge Roibal, me acordé de una que escribí hace tiempo y creo que nunca la puse en Facebook, que lo nombra, vaya mi homenaje por su cumple.

     

    Los estudiantes navarros

    Si algo lo caracterizaba era su parsimonia, esa tranquilidad obtenida en años de pesca, y su gran mentón.

    Debe haber sido en una charla cualquiera, Jorge, me refiero a Jorge Roibal, siempre traía propuestas e ideas novedosas, y ese día dejó caer un: “Y si hacemos una olimpiada de AEBU”. Se refería a una olimpiada interna como hacíamos en Sporting, aunque él tomaba como ejemplo las del Náutico.

    La idea quedó madurando, él era un tipo que iba rumiando sus ideas hasta que las completaba y un día la trajo, casi terminada; muy audaz todo lo que quería hacer, pero me convenció y luego los dos a Carlos Maceiras, que era el director, y después a Juan Barbaruk, el administrador.

    Ni idea teníamos de la aceptación que iba a tener. La cosa empezó a crecer y nos desbordó cuando comenzaron a llegar las listas de inscriptos de los bancos y las decenas de socios del Sector Deportivo.

    Cuando armamos los equipos, juntos los de cada banco y distribuidos al azar los socios deportivos, empezaron los problemas: se querían cambiar, estar con sus compañeros o amigos; los capitanes traían nuevos inscriptos para reforzar el cuadro de fútbol o básquetbol; aparecieron ajedrecistas que se hacían socios; otros se anotaban dos veces con nombre diferente para cambiarse de equipo, y cada cambio era una protesta.

    Aparecieron directores de murga y teatro, actores que se inscribían, pero no eran socios; al final, con Jorge nos dimos cuenta de la magnitud que estaba tomando y entendimos que aquello iba más allá de una diversión, todos querían estar, encontrar en esos Juegos un espacio de participación y protagonismo.

    Los Juegos empezaron con un clima increíble, el desfile inaugural fue deslumbrante de creatividad y audacia, lo que entusiasmó aún más a todos los participantes. Los equipos, que al principio se reunían en la cantina, tomaron por asalto las salas de reuniones, aquellos santuarios del sindicalismo eran un depósito de disfraces, cartulinas en las paredes con letras de murga, carteleras con actividades.

    La sala del Consejo Central era ocupada por equipos y los dirigentes se refugiaban en la salita de la Presidencia, lo único que no fue asaltado.

    Era un ambiente de cordialidad y camaradería, todos sabían dónde estaban, pero se discutía por todo, por el reglamento del truco, por el ruido que no dejaba concentrar a los ajedrecistas, porque aparecían jugadores que no figuraban en las listas iniciales. Los ensayos de las murgas duraban hasta altas horas.

    En un momento nadie estaba por fuera, todos se involucraron, los dirigentes y militantes se incorporaron dejando salir el jugador que todos tenemos, así se los encontraba, dedicados a escribir las letras de las murgas o peleándose por una pelota abajo del aro de básquetbol.

    Horas vi al Gallego Carlos Bouzas, un ícono de la dirigencia sindical, escribiendo la letra para la murga de su equipo.

    Todo fue impresionante, pero el concurso de murgas se llevó la mayor atención. Los trajes, letras, coros, crearon un espectáculo a gimnasio lleno, una murga trajo a Antonio Iglesias para que los ayudara y otra al Pepe Veneno para contrarrestarla.

    Para amortiguar esa lucha de estilos, el jurado se formó con un par de dirigentes bajo la presidencia de Dalton Rosas Riolfo, sabio en temas de carnaval, dio un empate entre Iglesias y el Pepe Veneno, enemigos carnavaleros con sus Diablos Verdes y La Soberana. Alguien lo escuchó decir: “Amigo, en un sindicato, el Pepe no le puede ganar a Iglesias... Iglesias no le puede ganar al Pepe”.

    Fueron veinte días inolvidables, era la ebullición de la libertad y la participación creativa en medio de la negrura de la dictadura en el año 75.

    Pero lo mejor eran las noches, gloriosas, en largas mesas en la cantina, rebosantes, se discutía, se anotaban resultados, sumaban puntos, vitoreaban éxitos y se reía. Pero el punto culminante era cuando el Gallego, arquitecto o estudiante avanzado, alzaba su vozarrón y con aquel bigote a lo Capitán Alatriste cantaba:

    Los estudiantes navarros, me cago en la

    Cuando llegan a la posada,

    lo primero que preguntan

    chis pum jódete patrón

    saca pan y vino, chorizo y jamón

    y el porrón.

    ¿Dónde duerme la criada?

     

    Como un canto unificador, todos se sumaban golpeando sus vasos de cerveza en la mesa, olvidando las rencillas del día, las disputas por la pelota o la falta envido perdida.

    Aquello se transformó en una tradición, un himno, esa canción desconocida por la mayoría, era un canto de rebeldía de esos cientos que no se querían dejar ganar por la tristeza exterior.

    Una canción española que no era censurable, y sin darnos cuenta, mientras entonábamos la canción, había nacido una forma de resistencia.

    Vendrían después los café concert, los canto populares masivos y –sobre todo– un AEBU colmado de gente que la protegió hasta el final de la noche.

    Y si no hubiera criada, me cago en la

    Dónde coño duerme el ama,

    y si tampoco hubiera ama

    chis pum jódete patrón

    saca pan y vino, chorizo y jamón,

    y el porrón.

     

    Pienso en Jorge tirando la idea mientras miraba el mar por los ventanales de Camacuá; pienso en la gente adueñándose, empoderándose como se dice ahora, del juego, engañando a la censura con creatividad; pienso en los dirigentes y militantes entendiendo que ese era el camino y se llena mi cabeza con esa canción, quizás, porque al final decía lo que todos queríamos gritar:

    a la mierda la posada,

    me cago en la.

     

    NOTA

    Túnel agradece al profesor Ricardo Piñeyrúa la autorización para reproducir su texto en estas páginas.

     

     

  • 38


  • Con fe pa'l segundo tiempo, por Ignacio Alcuri

    –Muchachos, van solamente 45 minutos y perdemos 1-0. Tenemos que estar realmente agradecidos a la vida porque con lo mal que jugamos en el primer tiempo deberíamos estar cinco o seis goles abajo.

    SÍ, LA VERDAD QUE SÍ

     

     

    Con fe pa’l segundo tiempo

     

     

    Por Ignacio Alcuri

     

    –Muchachos, van solamente 45 minutos y perdemos 1-0. Tenemos que estar realmente agradecidos a la vida porque con lo mal que jugamos en el primer tiempo deberíamos estar cinco o seis goles abajo. Y me imagino que más de uno estará pensando: “Ahora el técnico nos va a decir que esto se puede dar vuelta”. Pero yo soy el que los estuve viendo jugar desde el costado de la cancha y ustedes son realmente espantosos. No voy a quitarme el mérito por proponer esa línea de tres que salió como el culo, pero el resto es responsabilidad de ustedes. Imagino que se dieron muchas casualidades para que ustedes once llegaran a jugar en el equipo titular, porque carecen de los mínimos conocimientos del deporte. Capaz que el día que se presentaron al entrenamiento un rayo fulminó a todos los que podían dar tres pases seguidos y el club tuvo que conformarse con los sobrevivientes. Y me imagino que más de uno estará pensando “Si somos tan malos, ¿por qué entramos de titulares?”. Porque los suplentes son peores. Los suplentes me dan angustia cuando los veo practicar. En verdad siento un dolor en el pecho, porque jamás pensé que se pudiera jugar tan mal. De todos modos estoy tentado de hacer algún cambio, pero mi cardiólogo me recomendó que evitara el exceso de tristeza, así que van a volver a entrar ustedes. Eso sí, tomen estos ejemplares de los avisos clasificados y espero que mañana mismo salgan a buscar trabajo de prácticamente cualquier cosa. Cuanto más alejados estén del fútbol, mejor. Ni siquiera les recomiendo que atiendan el quiosquito en una cancha de fútbol 5, porque quizás una pelota rebota y termina en los pies de alguno de ustedes y al devolverla les arruinan la vida a los tipos que estaban jugando. En serio, miren que no exagero. Soy una persona optimista por naturaleza y en este momento siento que como humanidad nos merecemos lo peor. Sí, solamente por verlos jugar a ustedes. Por favor consideren volver a los estudios, dar una mano en la empresa familiar, incluso manejen la posibilidad de delinquir, que aunque alguna persona salga herida en un asalto les juro que va a sufrir menos que si esta tarde está en la tribuna mirando el partido. Dentro de tres cuartos de hora, cuando termine el segundo tiempo, si es que el juez no tiene piedad y lo termina antes, no me van a encontrar en el vestuario. Pero en el casillero de cada uno de ustedes habrá una bolsa negra, una bolsa de basura, para que pongan el uniforme ahí y no vuelvan nunca más a pisar la sede del club. Les van a depositar el dinero que les deban, pero no quiero volver a verlos cerca de la institución. Un rato más tarde voy a volver, voy a cerrar cada una de las bolsas y las voy a tirar a una fogata, para empezar a olvidar este momento. Me tiraría hipoclorito en los ojos, pero quiero asegurarme de que las bolsas se prendan fuego. Bueno, era eso, nada más. Ya arranca el segundo tiempo, así que de vuelta a la cancha. Vamos, vamos. Cambien esa cara, che. Que solamente es fútbol.

  • 37


  • Todo terreno, por Patricia Pujol

    Se agacha a ordenar unos zapatos de fútbol en una caja que está apoyada en la puerta del vestuario. A Progreso le toca ser locatario en el Nasazzi. Una rareza para el cuadro de La Teja que se hace fuerte en el Estadio Abraham Paladino porque los vecinos acompañan de a montones.

    Fabián Canobbio, presidente del Club Atlético Progreso

     

    Todo terreno

     

    Se agacha a ordenar unos zapatos de fútbol en una caja que está apoyada en la puerta del vestuario. A Progreso le toca ser locatario en el Nasazzi. Una rareza para el cuadro de La Teja que se hace fuerte en el Estadio Abraham Paladino porque los vecinos acompañan de a montones. Así como le canta la alineación del partido a los periodistas que se arriman con sus preguntas, barre los restos del pasto que sobra cuando la máquina ya pasó. Apenas cumplió un año como presidente del club que lo vio nacer como futbolista. Ahora se preocupa por las formativas y de estirar como un chicle la esperanza de que la plata cubra las deudas. Un todo terreno.

     

     

    Por Patricia Pujol

     

     

    Hace cuatro años que el fútbol lo dejó. La pierna derecha y ese maldito tendón de Aquiles no daban para más. Estuvo en la selección sub 20 de Víctor Púa, en 1999 en el Mundial de Nigeria, y metió el gol que dejó afuera a Brasil en cuartos. Pasó por el fútbol del Celta de Vigo, del Villareal en España, AE Larisa en Grecia. Jugó en Progreso, Peñarol, Fénix y Danubio.

    El zurdo que nos hizo gritar tantas veces gol, ahora también revisa las cuentas de un club que sabe de compromiso y trabajo. Dejó La Teja por Lagomar, donde vive con Rosana, su esposa, y sus hijos: Damián, Fiorella, Arianna e Ismael, testigos y resultado de su trayectoria. Cada uno nació en un lugar donde jugó: Vigo, Valladolid, Grecia y Uruguay, en ese orden.

    Dice que es como un jubilado del fútbol. Debutó a los 17 en Progreso y se retiró a los 34 años en Danubio. Pasó por el Club Atlético Peñarol. Tiene 38, algunas manchas grises en el pelo negro y ya no entrena. Dejó el liceo en tercer año. Se dedicó a la Selección. “Me arrepentí en un momento de no haber estudiado. A mis hijos les digo que se preparen”. Habla Fabián Canobbio.

     

    Sos el único futbolista presidente en el fútbol uruguayo. ¿Qué significa para vos y qué implica como tarea?

    Más que nada es una responsabilidad enorme, pero traté de tomármelo con mucha naturalidad. Desde el principio intenté ser yo mismo, ser natural. Hago las cosas con mucho compromiso, de eso no hay dudas. Trato de dedicarme al máximo y dejar la menor cantidad de cabos sueltos posible.

    ¿De quién fue la idea?

    Entre directivos y gente que está hoy en la directiva. Flavio Ramón y Manuel Buroni me propusieron. Surgió en una conversación, donde yo dije en forma informal que algún día iba a ser presidente de Progreso. Fue conversando en el Cuartel de la Paloma, entrenando, tomando mate y pasó. Después en una reunión que se armó por los festejos de los cien años de Progreso, con gente de muchos años en el club, Flavio me dijo que el momento era ahora, a fines de 2016. Dije que no sabía, que tenía que conocer un poco más el rol del directivo. No conocía ese sector del fútbol porque lo mío era sólo jugar. Había tenido contacto, siendo capitán, con directivos pero no sabía la interna de los clubes. Me insistió con los cien años del club, que sería bueno que fuera un referente. Con los veteranos se planteó y tuve más apoyo del que yo esperaba. Sé que para el directivo el jugador de fútbol no es un enemigo, pero es de otro sector. El directivo es reacio a ocupar otros lugares. A partir de ahí, me lo pensé unos días y asumí esa responsabilidad de ser la cabeza del club. En Progreso se hace de todo. Nos basamos en el compañerismo, nos damos una mano entre todos. Sobre todo en la administración, que no es poca cosa. En el fútbol uruguayo no hay mucho dinero y hay que tratar que ese dinero pueda tapar todos los huecos que tiene el club. Hoy tenemos 55 empleados, entonces es un tema en el que hacemos hincapié. Y buscamos que el club vuelva a ser el que fue antaño, eso nos deja contentos porque uno de los objetivos logrados es que la gente de La Teja vuelva a ir a la cancha. La gente estaba muy reacia a ciertas gestiones que se hicieron, y generamos credibilidad por lo que se hacen socios, la gente apoya. Esa es la satisfacción más grande que tenemos.

     

    Todo esto que contás sucede en un momento en el que Progreso asciende. Ahora en Primera División hizo buenos partidos. Le ganó a Nacional. ¿Creés que tiene algo que ver con la gestión?

    El trabajo da sus frutos. A veces en el fútbol hay que tener paciencia, que es lo más difícil, porque ningún resultado se consigue de un día para el otro. Pero logramos que esa famosa pirámide del fútbol estuviera alineada, nos hace fuertes y un club serio donde todos los que componemos Progreso miramos para el mismo lado. El objetivo es que el club esté lo mejor posible. Además, empezaron las divisiones formativas de buena manera. La idea es que a medida que el club tenga un buen sustento económico, se vuelque a juveniles, porque está ahí el futuro del club. En este nuevo proceso es el camino indicado.

     

    ¿Qué es lo más difícil de ser presidente?

    Es siempre lo que refiere al dinero. Los déficits son muy grandes y es muy caro generar un espectáculo para organizar un partido de fútbol. Eso es un poco lo que te hace tambalear porque hay mucha gente a la que cumplir. Y el momento más duro es cuando no está el dinero en la fecha en que tenía que estar. De alguna manera tener que explicar a las personas que están esperando, que tienen que seguir esperando, sabiendo que necesitan ese dinero, es de las cosas más complicadas.

     

    ¿Cómo se financia Progreso?

    El 75 por ciento del financiamiento del club es por el dinero de televisación. Hay, además, personas que colaboran, sponsors. Tenés que administrar más que bien, porque a veces dan ganas de invertir o pagar más porque se lo merecen pero tenés que mirar por toda la financiación del club. La idea es estar lo más al día posible y tratar de cubrir deudas del pasado, que muchas las hemos cubierto y eso es algo que nos deja tranquilos.

     

    ¿Qué proyectos tiene esta nueva directiva?

    Queremos hacer un trabajo serio en juveniles. Sabemos que a los equipos pequeños si no venden jugadores se les hace difícil sobrevivir. Hay que hacer un presupuesto ajustado, volcando más tiempo para infraestructura y materiales, para buenos profesionales, para que se logre en algún momento estar sólidos y empezar a considerar que se vayan futbolistas y empiecen a dejar dinero legítimo del club.

     

    Hablemos del camino que te trajo hasta acá. ¿A qué edad empezaste a jugar al fútbol?

    Empecé a los seis años en Sagrada Familia, porque me mudé a Aires Puros. Después volví al año siguiente a La Teja y jugué trece años ininterrumpidos en Progreso.

     

    Tu familia está muy ligada al club desde siempre.

    Claro. El padre de mi abuela era kinesiólogo en Progreso. Mi abuelo fue jugador, director técnico, cocinero y tuvo durante muchos años la cantina en la sede. La carrera de mi hermano [Carlos, zaguero] y mía fue de muchos años. Mis abuelos siempre estuvieron acompañando en la tribuna y en casa.

     

    ¿Qué es lo más destacado de tu carrera o qué recordás más?

    He tenido la suerte de jugar muchísimo. En todos los lugares que he estado, he jugado y para quienes tienen vocación de futbolista, los que creemos que nacimos para esto, es lo más gratificante. Lo otro, viene y va. Los partidos y haber competido tanto tiempo. Tengo 17 años de futbolista.

     

    Es una carrera corta…

    No, no es corta. Dejé con 34 años. Si uno trabaja con el cuerpo y estás 17 o 20 años dándole al físico, no es poco tiempo. Sí es corta –como me pasó a mí– para la vida, sos súper joven, pero para el fútbol sos veterano. Tengo un carné de futbolista vitalicio [se ríe]. Parece de jubilado. Sos como un jubilado del fútbol con 35 años.

     

    ¿Te preparaste para dejar el fútbol?

    No me preparé. Las circunstancias se dieron solas por el tema de una lesión. Pasé muy mal. Me operaban cada tres meses. Así estuve un año por el talón de Aquiles. Entonces fue una agonía y ya dejé de disfrutar. Ese momento, cuando todo está centrado en recuperarse y todo es recaída tras recaída, se hizo cuesta arriba. Me reuní con los médicos y tomamos en conjunto esa decisión de parar. La pierna no daba para más. Me fui más tranquilo que preocupado. Fue como sacarme una mochila de arriba. Esa lucha por superarme a mí mismo y superar dolores, molestias, quedó a un lado.

     

    ¿Quién te hizo debutar en primera?

    ErardoCóccaro. Fue una persona siempre vinculada al club. Me dirigió en sexta y en quinta. En 1996 dirigió la primera y entrenaba con ellos pero jugaba en quinta. Se dio la casualidad de que me hizo debutar él. No se quedó por muchos partidos más. En ese plantel estaba Santiago Correa, Marcelo Espósito, Marcelo Guerra, Leo Díaz, Juan Rotondo, Fernando Arévalo. Había un montón de futbolistas formados en Progreso.

     

    ¿Qué técnico te inspiró?

    Tuve muchos y muy exigentes. Desde el fútbol, el entrenador, José Peluffo, ya era exigente. Éramos gurises pero te inculcaba el profesionalismo, la constancia que había que tener para jugar al fútbol. Después tuve a Cóccaro que repetía eso también y a los jugadores que soñábamos llegar a primera nos ayudaba un montón. El proceso de selección con Víctor Púa me enseñó mucho. Te trataba como a un hombre aunque tenías quince o dieciséis años. En el momento te enojabas pero con el correr de los años te ibas dando cuenta de que era bueno para el futuro y era el camino a seguir.

     

    Con esa Selección metiste el penal y dejamos a Brasil afuera del Mundial de Nigeria. Estabas con Forlán, Chevantón, Ligüera, el Ruso Pérez, Carini… ¿Cómo viviste esa experiencia?

    Fue buenísima por jugar un Mundial y por el lugar donde fue. Nos tuvimos que dar un montón de vacunas para viajar. Es un país muy peculiar. Fue como estar dentro de una película. La realidad es muy complicada para mucha gente en ese país. Es un lugar al que no se acostumbra a ir. Lo que he recorrido en el mundo es gracias al fútbol. La oportunidad de ir fue una gran experiencia. Era duro salir a entrenar y ver cómo vivían los niños, la gente. A uno le llama la atención y le duele eso. Te marca un poco dónde estás parado y te hace ver la vida desde otro punto de vista.

     

    En esa Selección de Brasil estaba Ronaldinho…

    Ya jugaba bien. Es de los que nunca jugó mal. Esas son las cosas que toman dimensión con el paso de los años. En su momento decías “dejaste afuera a Brasil del Mundial” y no tenía tanta repercusión, aunque siempre fue una potencia. Después con la carrera que hizo Ronaldinho, dejar a la Selección de él afuera, diez años después, ya era una hazaña.

     

    ¿Seguís en contacto con esos jugadores?

    Hoy en día tenemos un grupo de WhatsApp y estamos más en contacto. Nos reímos muchísimo porque quedan pocos futbolistas activos. El caso puntual como presidente soy yo, pero están trabajando como entrenadores, otros están vinculados a otra actividad. Juegan Carlos Bueno, Damián Macaluso y Diego Forlán. Los demás no jugamos. Todos estamos con panza.

    Es uno de los costos de parar.

    Sinceramente me cuesta mucho entrenar solo, porque estuve acostumbrado siempre a entrenar en grupo. Encerrarte en un gimnasio, acostumbrado a entrenar al aire libre, con veinte compañeros a meterte a correr en cinta. Me compré una bicicleta, porque por el tendón no puedo correr, no puedo hacer trabajo de impacto, y creo que la usé tres veces. Parece que fuera una penitencia. La comida cambia por la rutina misma. Es raro que jugando engordes, pero está en la naturaleza de cada uno.

     

    ¿Percibís que cambió el negocio del fútbol desde que vos te volviste profesional hasta ahora?

    Se profesionalizó mucho. En Uruguay el jugador de fútbol era el típico gurí de barrio que estaba todo el día jugando al fútbol pero hoy creo que en eso se está evolucionando. Los niños no están tanto en la calle, de alguna manera tienen un nivel cultural más alto y llegan un poco más preparados para enfrentar un cambio radical, como ir a vivir a otro país. También está el consumo de internet, la televisión, el futbolista joven se cuida mucho en las comidas, es modelo, es un atleta. Se lo ve como un ejemplo de imagen. Antes la imagen del futbolista no era tan considerada a nivel cultural. Ahora hacen publicidades y eso era raro verlo antes.

     

    ¿A qué jugador admirás?

    El jugador que me sorprendió dentro de una cancha fue Ronaldo. Creo que es el mejor delantero de la historia sobradamente. El otro que era impresionante era [Zinedine] Zidane. La elegancia que tenía ese ser humano era algo increíble. Te daban ganas de pararte a aplaudirlo y mirarlo dentro de la cancha. Son de esas cosas que te quedan y que haberlas vivido... son impresionantes.

     

    ¿Qué jugador te parecía más difícil de enfrentar cuando ibas derecho al arco?

    El jugador que uno decía que no iba a pasar era [Carles] Pujol, el central de Barcelona. Era muy fuerte, potente, rápido, con muchas cualidades. Si te enfrentabas, tenías que estar lejos de él, porque era uno de esos perros de caza.

     

    Te enfrentaste a Messi con el Valladolid. ¿Qué te pareció?

    Tiene otro vértigo. Es mucho más decisivo que otros jugadores. Desde que empezó a jugar se notaba que iba a ser distinto. Muchas jugadas donde los compañeros que lo tenían que seguir sabían para dónde iba a ir, él iba a ese lugar igual pero a su velocidad y con ese control de pelota era insuperable. Ha perdurado y se veía que iba a ser así.

     

    ¿Qué es lo que menos te gustó del mundo del fútbol?

    Creo que lo que menos me gusta es cómo se trata al futbolista desde el negocio. Tratar a alguien como producto y no como persona no está bueno. A veces hacen captaciones de niños de nueve años y parece que ya lo ven con el símbolo del dólar y le ponen precio. Es algo que no le hace bien al fútbol. El ambiente del fútbol no me gusta. Todo lo que está fuera del fútbol no me gusta. Contratistas, periodistas, directivos, todo ese entorno. Sin ofender a nadie, hay mucha gente que no le hace bien al fútbol. Lo de las coimas se ha visto con el tema de FIFA porque han salido a la luz, tengo la esperanza de que se vaya blanqueando. Sería bueno que quede gente que quiera al deporte como un juego, y a partir de ahí todos pensemos en ganar. Como presidente de Progreso lo digo, que hay que formar futbolistas desde niños para que lleguen a su adultez con todos los condimentos para ser una buena persona y buen profesional.

     

    ¿Cómo te describís como jugador?

    Fui siempre muy pensante. Eso fue catalogado por algún que otro periodista como un tipo frío. No tenía un fútbol de fricción. Si jugaba bien era porque mi cabeza, más que mis piernas, había funcionado los noventa minutos. Nunca fui un portento físico, no era mi cualidad. Lo mío era la técnica y la imaginación. Me metía en una burbuja y veía un partido que pasaba en mi cabeza. Era como estar en una isla. Siempre traté de ayudar. Creo que era solidario con el equipo. Disfrutaba más asistir a mis compañeros. Me hacía sentir importante.

     

    ¿Qué goles tuyos recordás?

    Por suerte hice muchos, pero no elijo ninguno. Hay goles que toman más relevancia por lo que lo rodea. Me dicen que en el José Zorrilla le hice un gol al Real Madrid con la camiseta del Valladolid. Ganamos 1-0. Hacía más de veinte años que no le ganaban al Real. Ese gol capaz que va a ser recordado el día que vuelva a pasar. El gol que hice en la Selección de penal, en la sub 20, en el partido contra Brasil, lo veo y se me ponen los pelos de punta. El gol que hice por la definición por penales con Progreso, en 2012 para el ascenso, lo mismo. La gente se acuerda de goles por el rival. Para mí son todos importantes. A veces hacés goles muy lindos pero no tienen repercusión porque ganaste 3-0.

     

    ¿Cómo fue la experiencia en el Celta de Vigo? Has dicho que vivirías en esa ciudad.

    Estuve casi cinco años. Mi primer hijo, Damián, nació ahí. La ciudad es muy parecida a Uruguay. Era como estar en mi casa. El trato humano, la gente, es muy acogedora. El gallego es una persona que al principio parece reacio pero te brinda todo. Pasé momentos tristes y hermosos. Me encariñé muchísimo y nos hicieron sentir muy cómodos.

     

    ¿Qué diferencias encontraste entre Grecia y España?

    La experiencia fue muy positiva y anecdótica, a pesar de que en lo deportivo, por supuesto, están muy lejos de la Liga española. Llegamos a Grecia con mi señora embarazada de cuatro meses. La barrera del idioma nos complicaba bastante. Tuvimos la suerte de que había un argentino en el equipo, Matías. La novia es española, Sara. Ellos nos hacían de traductores, y a través de eso se generó un muy lindo vínculo, a tal punto que Sara entró al parto con nosotros para traducirle a mi señora lo que le decían los médicos en griego.

     

    ¿Cuál es tu mejor recuerdo asociado a Progreso?

    No es de juego. En 2012, cuando ascendimos, vivía gente –como ahora– en el Paladino. El casero era el Kiko. Nos quedábamos dos horas después de cada partido en el vestuario. En invierno llegamos a comer guiso. No teníamos ni platos pero lo comíamos en unos recipientes, como si fueran unas cacerolas, y nos pasábamos la olla para comer todos. Parece de no creer. Venía de jugar en Europa, jugué en la B en Progreso y no me creían. Después lo hacíamos como festejo. Éramos diez esperando el guiso que tenía lo que había: un morrón, una cebolla, papa.

     

    Se viene el Mundial de Rusia, ¿cómo ves a la Selección?

    Creo que se consolidó un proyecto. Se ha logrado que un grupo perdure durante muchos años y fue el secreto. Esos futbolistas fueron creciendo y madurando con sus clubes y la Selección. Eso es un plus. Te da una ventaja sobre la experiencia que es muy positiva. La Selección ha logrado que haya una comunión entre el periodismo, la gente, los futbolistas y está bueno porque es como debe ser. Acá no estaba bueno cuando los jugadores venían y eran criticados. Ahora viene cualquiera de los que ha llamado y se lo recibe de buena manera, se lo apoya. Es el camino que hay que seguir. Los delanteros, Suárez y Cavani, están un escalón por encima de todos. Después Godín, Giménez, y los nuevos, Bentancur, Valverde. Esas incorporaciones últimas indican que estamos respaldados por muchos años. El Maestro es un tipo muy meticuloso y se toma su tiempo para sus cambios. Las últimas selecciones han demostrado que hay jugadores con mucha pasta. De acá al próximo Mundial va a haber competencia. No sé qué resultados habrá, porque eso nunca se sabe, pero da para hacer una buena participación, no pasar vergüenza.

     

     

    “Lamparita”

     

    ¿Cómo procesaste aquel episodio de Rafa Benítez, el DT de Valencia, que cuando llegaste al Valladolid dijo: “Pido una mesa y me traen una lámpara”?

    Pidió un extremo izquierdo y llegué yo que era más un volante interior y un media punta. Y dijo esa frase [Fabián la repite y nos reímos un poco]. Yo estaba recién llegado y los periodistas estaban buscando, porque había malestar y eso era público. Me llamó enseguida y me dijo que había puesto un ejemplo, porque venía con problemas con el director deportivo que le había hecho ciertas promesas y no había cumplido. Me dijo que no me lo tomara a mal, que no me miraría con ojos diferentes. Y me reí, me sorprendió pero no me dio tiempo para tomármelo mal. Estaba recién conociendo al equipo. Igual no daba para hacer nada. Uno va creciendo y va conociendo el ambiente y sabe qué puede hacer y qué no. En ese momento no podía hacer nada. Hacía diez días que había llegado. Después cada vez que me nombraban salía la famosa frase de Benítez con “lamparita”. Yo dije que no me había molestado.

     

     

     

     

     

  • 36


  • El Washin del Cerrito, por Hamlet Tabárez

    “Los boliches del Cerrito están llenos de milicos” Así decía Alfredo Zitarrosa en su “Chamarrita de los milicos”, esos boliches que lo vieron amanecer entre parroquianos somnolientos, trabajadores cansados de la jornada y algunos bohemios trasnochadores, hasta que como él decía: “el sol llamaba a silencio a las guitarras que la noche había fatigado”.

    Todo está guardado en la memoria

     

    El Washin del Cerrito

    “Los boliches del Cerrito están llenos de milicos”

    Así decía Alfredo Zitarrosa en su “Chamarrita de los milicos”, esos boliches que lo vieron amanecer entre parroquianos somnolientos, trabajadores cansados de la jornada y algunos bohemios trasnochadores, hasta que como él decía: “el sol llamaba a silencio a las guitarras que la noche había fatigado”.

    Alfredo no era muy futbolero (era hincha de Peñarol, decía que “los goles de Peñarol no duran tanto como los de Nacional”), si no se hubiera dado cuenta que en los boliches del Cerrito también abundan jugadores de fútbol, sobre todo de ayer, orgullo del barrio, excracks que “rebebiendo” reviven al recordar, los de hoy, al igual que el peluquero del barrio, pasan los lunes de noche un rato, los demás días se cuidan, porque ahora en el Primero si no corrés no jugás.

    Mi abuelo Gregorio Tabárez compró unos terrenos en Camino Propios y la calle Termópilas, en el Cerrito de la Victoria, hizo su casa ahí y le dio a cada uno de sus cuatro hijos –Élida, Óscar, el padre de Washington (el Maestro), Ismael y mi padre, Helvecio– un terreno para que construyeran sus casas. No piensen que el abuelo era un terrateniente, nada que ver, lo que construyeron a lo largo de la cuadra fueron casitas de techos de zinc, de lata por fuera y por adentro madera, y todo el mundo a laburar.

    En los barrios de Montevideo de mi niñez, todo giraba alrededor del fútbol y cuando Uruguay salió campeón del mundo en 1950 fue lo máximo, había una sana competencia sobre qué barrio de Montevideo le había aportado más al fútbol uruguayo, jugadores, técnicos, etcétera, si La Teja, si el Cerro, si la Unión, olvidando por orgullo capitalino o local el valioso aporte del interior, aunque Julio César Britos, el popular Poroto, campeón del 50, decía para hacerlos calentar (él era de la Unión) que Uruguay fue campeón del mundo hasta que empezaron a venir canarios a jugar en Montevideo.

    Brazo Oriental, Bolívar y el Cerrito de la Victoria entraron en esa competencia entre los barrios, aunque no creo que haya estadísticas al respecto, aportando numerosos jugadores y entrenadores. Sé que hubo muchos más, pero mi subjetiva memoria futbolera recuerda al Cotorra Omar Mígues y el Tiza Morán, campeones del 50, a Lorenzo Pino, Isabelino García, el Negro Pancho, a Emilio Cococho Álvarez, Pepito Urruzmendi, Cascarilla Morales, la Chita Ivaldi, Sapito Villar, el Bolita Arispe, y muchos más que escapan a mi memoria y con ellos los cracks que no llegaron pero contribuyeron a la rica historia del barrio. En esa época la carrera entre los barrios era pareja, pero ahora en el 2020, el Cerrito de la Victoria ha tomado una considerable ventaja en el aporte al fútbol uruguayo, gracias al Maestro Óscar Washington Tabárez, nacido en ese barrio en 1947, el Washin, el de Termópilas, el hijo del Negro y de la Chicha, el hermano de William y Walter, el zaguero medio “lenteja” que tenía las rodillas “que se amaban” como Cococho Álvarez, que jugó en el Fraternidad, que debutó a los 20 años en Primera en Sud América, en el Parque Roberto, partido adonde fue toda la familia porque era contra Racing, en donde el número 8 era “mi persona”. Después jugó en El Tanque, en Wanderers, en Fénix, se fue a jugar al Puebla, de México, cuando regresó jugó en Bella Vista, a los 32 años se retiró por problemas en esas rodillas que se amaban, y comenzó el Curso de Entrenadores. Su primer trabajo de DT fue precisamente en Bella Vista y de allí, por su capacidad, su experiencia en el manejo de grupos humanos (fue maestro y director de escuela), se convirtió en uno de los mejores entrenadores de fútbol de Uruguay en toda su historia y a nivel mundial, para orgullo de su familia, de los que nacieron en el Cerrito y de todos los futboleros de buena voluntad del paisito.

    Acá les voy a dar ventaja a los criticólogos de oficio en hablar exclusivamente de lo que ha hecho con la selección uruguaya, sin mencionar los logros a nivel de clubes, por problemas de espacio y porque no me gusta abusar y así tienen menos laburo para encontrar cosas que criticar. “La vanidad (envidia) es un yuyo malo que envenena cada huerta, es preciso estar alerta manejando el azadón, pero no falta el varón que la riegue hasta en su puerta”, agarrá ese centro de Atahualpa.

    Qué va a ser crack ese si vivía en la esquina de casa… que ya fue… que abrir cancha a otro… la uruguayez, descrita magistralmente por Mauricio Rosencof en su libro Cajón de sastre: así que era grande nomás, che. Mirá vos. Así que todo aquello de “que ya está viejo”, que ya fue”, “renovación”,” que no hay nadie imprescindible”, así que todo aquello parece que no era tan así. Andá llevando.

    El estilo es nacional, es como si en esta entrañable aldea donde vivimos tuviéramos el temor de que si alguien va para grande nos quite nuestro lugarcito en el sol. Entonces hay que caerle con las cuatro patas y entrar a jugar la sorna y la ironía en esas frases con puntos suspensivos, que no dicen un carajo pero sugieren mucho, “hay que saber retirarse a tiempo, los años no vienen solos”. Y sigue diciendo Rosencof: a mí se me fijó un comentario de Fernando Morena cuando Maradona surgía en Argentina: “Si Diego hubiera nacido acá, diríamos que es un petiso gordito que no cabecea ni tiene marca”. De esos sesudos analistas que critican de mala leche, lamentablemente hay algunos que jugaron al fútbol, pasaron por el fútbol pero no lo entendieron, por creerse los número uno cuando jugaban y los dueños de la verdad después, atrás de un micrófono. El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta (Quino), los que no jugaron son como la Iglesia de Mosquito, no tienen cura, les pongo un ejemplo: han hecho el comentario de que al “viejo” (creen que no diciéndole Maestro lo rebajan) lo salvó la mejor generación de futbolistas uruguayos de los últimos tiempos, con lo que estoy de acuerdo, porque el fútbol lo hacen bueno o malo los jugadores. Ahora yo pregunto, ¿esa generación de futbolistas salió tan buena por obra y gracia del Espíritu Santo? ¿O por el trabajo que hicieron con ellos desde que tenían 15 años en el Complejo Celeste? Espacio ideado y logrado por el cuerpo técnico de Tabárez, el Profe José Herrera, Jorge Rey, Mario Rebollo, Celso Otero, el Dr. Alberto Pan, Eduardo Belza, los técnicos de las juveniles, los utileros, masajistas, cocineros. Nadie puede ser tan desubicado o tan soberbio para sostener que todo es obra solo del Maestro Tabárez, ni yo, que estoy agrandado y orgulloso de ser su primo, podré ser un gil viejo, pero no un viejo gil, pero tampoco falsa modestia porque en el fútbol los logros o fracasos están ahí y nadie puede ocultarlos.

    Óscar Washington Tabárez:

    Quince años consecutivos como DT de Uruguay: 206 partidos dirigidos. 100 triunfos, 52 empates, 54 derrotas. Con el triunfo frente a Colombia 3-0 en Barranquilla se convirtió en el segundo entrenador en la historia del fútbol mundial en lograr cien triunfos dirigiendo la selección de su país (el primero es el alemán Joachim Low con 118).

    Cuatro clasificaciones a los Mundiales. Campeón de la Copa América.

    En estos quince años pasamos de ser considerados malos perdedores, con líos y expulsiones, a ser uno de los equipos con menos expulsiones, ganando el fair play en la Copa América 2011, con excelentes presentaciones en los campeonatos de las divisiones juveniles, desde la sub 15 a la sub 23. En la actualidad Uruguay es una de las selecciones con más jugadores jóvenes en su plantel: se renovó desde el Mundial de Sudáfrica casi totalmente, salvo cinco o seis jugadores referentes todavía activos en equipos de primer nivel en América y en Europa, y son numerosos los jugadores uruguayos jóvenes jugando en las mejores ligas de fútbol del mundo.

    En un país de tres millones de habitantes, de los cuales dos millones y medio “saben” de fútbol, nos cuesta darle el título de ídolo a alguien. Obdulio sí, pero por algo le decían Vinacho; el Pepe Schiaffino era medio cagón; el Óscar Moglia estaba muy gordo; el Tato López se daba la papa; con Morena y el Enzo en la selección no pasaba nada; el Pepe Guerra, el Sabalero y Zitarrosa se tomaban todo y para peor eran medio comunistas. En nuestro querido paisito hacés cinco cosas bien y una mal y los mediocres te recuerdan la que hiciste mal. El Maestro sabe de esa “uruguayez” y tiene claro que el camino es la recompensa, que debemos ayudar a los jóvenes a remplazar el “ya fue” por el “somos”, que sería bueno seguir el consejo de Julio Julián en su canción “Un domingo sin vos” –no te quedés en Maracaná pero llevalo como una escarapela y recordalo cada 16 de julio–.

    Admiración y respeto es lo que siente la gente del fútbol por el Maestro, como lo expresaron los entrenadores de Chile, Ecuador y Brasil, que algo deben saber.

    Tranquilo, Washin, que hasta Artigas tuvo contras.

     

    Hoy jugando los descuentos, lejos ya de la pelota

    el tesoro más grande que llevo conmigo

    más allá de la pasión, de triunfos y derrotas

    el fútbol me lo ha dado y han sido los amigos.

  • 35


  • Martín pensador, por Emilio Martínez Muracciole

    En un campeonato que tuvo como marco la pandemia mundial del Covid-19 Nacional se coronó campeón de la Copa Uruguaya, torneo Néstor Gonçalves, al derrotar en la final a un histórico equipo de Rentistas, que por primera vez jugará la Copa Libertadores de América...

    En un campeonato que tuvo como marco la pandemia mundial del Covid-19 Nacional se coronó campeón de la Copa Uruguaya, torneo Néstor Gonçalves, al derrotar en la final a un histórico equipo de Rentistas, que por primera vez jugará la Copa Libertadores de América.
    Sin hinchas en la tribuna, con un torneo que se vio interrumpido como consecuencia de la pandemia Nacional terminó obteniendo el bicampeonato con un plantel integrado prácticamente en su totalidad por jugadores producto de la “cantera inagotable” tricolor y encolumnado por dos figuras que resultaron claves, el goleador Gonzalo Bergessio y el arquero Sergio Rochet, que se quedó con la titularidad de la valla en la segunda parte del torneo.
    Nacional derrotó en las finales a Rentistas (3 a 0 la en el Parque Central y 0 a 1 en el complejo del bicho colorado), que se quedó con el bicampeonato luego de una temporada extraordinaria del equipo de Alejandro Capuccio.
    El elenco tricolor fue dirigido por tres entrenadores en la temporada: Gustavo Munúa en el Apertura, Jorge Giordano en el Intermedio y el Clausura, y Martín Ligüera, el director técnico de la tercera división alba que asumió el timón en los últimos cuatro partidos.
     

    Martín pensador

    Martín abre la puerta, se sube a la bici y pedalea. Pasa el puentecito que hay sobre una naciente de cañada, a pocos metros de su casa, y pedalea más. Tiene que pararse en los pedales para trepar el repecho largo hasta Julio César Grauert, con las ruedas de su bici montaña Albanés 2000 raspando el balasto. Grauert es la avenida del barrio Los Álamos, que en la perspectiva del floridense céntrico es uno de los barrios que está “del otro lado de la vía”. Martín dobla a la izquierda y se suma al viaje el Reta López, al que la maestra, después que crucen la vía, sigan pedaleando algunas cuadras, dejen la bici en la casa de Arrospide y entren a la escuela 116, le dirá “Martín”, como a él.

    Es jueves y Fénix entrena de mañana porque tiene amistoso. El escenario es el Parque Capurro, con la bahía como escenografía fija. Ya bañado, bolso en mano, aparece el floridense que vino a buscar este floridense. Aunque el primero, el entrevistado, en realidad nació en la capital del país. En Florida eso se sabe, pero a nadie se le ocurre ponerle otro gentilicio a Martín Ligüera. Lo lleva como los demás, pero se le pronuncia como pocos: cuando hay que destacar quiénes salieron del terruño. “Me considero de Florida. Si bien nací en Montevideo, mis padres son de Florida y trabajaban en Montevideo. Pero antes de que yo cumpliera los dos años nos mudamos a Florida. Siempre me preguntan de dónde soy, y digo que soy floridense. Mis valores, que obviamente se fueron fortaleciendo después con el paso de los años, tienen una base construida en Florida”.

    Martín recuerda al niño que salía de la casa, solo, y solo iba hasta la escuela como al almacén o a la casa de un amigo, y solos jugaban, como niños, sin tener que estar acompañados por adultos. “Hay una forma de criar diferente a la que hay acá [en Montevideo]. Me pasa hoy en día con mis hijos. El control es mayor aquí que el que yo vivía en Florida, independientemente de que fue hace unos 25 años y era otra la situación. Pero hoy en día me pasa de ir a Florida y ver a los niños que andan solos. Uno se pregunta con quién andarán, pero no, son de ahí nomás, de la esquina. En Montevideo es impensable que anden solos, con esa libertad”.

    Un vecino de Florida, criado en la misma cooperativa de viviendas en la que me crié, estaba armando su vida acá en Montevideo, con un buen trabajo, ya desarrollándose, y un día venía caminando por su barrio, Pocitos, y de repente ve a un niño andando en triciclo en un balcón. Dijo “No. Esto no es lo que quiero”. Rearmó su vida en Florida.

    A veces me cuestiono eso también. Vivo en un apartamento y por momentos me lo cuestiono. Es difícil, porque yo me crié de otra manera. Claro que hay más cosas para hacer, pero hay días que si no te armás un programa no tenés esa posibilidad, como niño, de salir a la calle y cruzarte con amigos, como yo salía y me cruzaba con el Reta, por nombrar a un amigo de la infancia. Yo tenía un entretenimiento todos los días sin tener que programar nada. Íbamos a jugar al fútbol a la cancha de Candil o a lo de Basignani. Iba hasta ahí y volvía sólo cuando me gritaba mi abuela que tenía que tomar la leche; era mi única obligación a esa hora. Iba y volvía, porque jugábamos hasta que se ocultaba el sol. Después, de noche, había que hacer los deberes. Mis días eran así.

    También es otra manera de desarrollar los vínculos, de generar y solidificar amistades.

    Bueno, yo tuve ese asunto también de que nunca pude fortalecer mucho los vínculos, porque después, más grande, vienen las salidas y todo eso, y si estás jugando al fútbol es muy difícil. Cuando vino la época de los cumpleaños de quince, prácticamente nunca podía ir. A veces iba, pero hasta las once y media o las doce, y me volvía a casa a acostarme. Me levantaba a las seis de la mañana para venir a jugar a Montevideo.

    Y después, más grande, nunca estuve mucho tiempo en una misma institución, a no ser en Nacional y en Fénix. No pude formar vínculos fuertes. Estuve en seis países y lo máximo que estuve fue uno o a lo sumo dos años en cada uno.

    De seguir en Fénix, sería tu período ininterrumpido más largo en un club.

    No me había puesto a pensar, pero sí. Si no me pasa nada extraño seguiré acá. Pienso jugar al menos un año más. La verdad es que estoy muy cómodo acá.

    Martín abre la puerta y va corriendo hasta la canchita de los Basignani, que está del otro lado del puentecito. Se pasa la tarde en eso. Casi no hay horarios. Es jugar, jugar y jugar, con entretiempos individuales cuando se escucha una voz que llama “¡a tomar la leche!”. Martín piensa mientras le viene la pelota, resuelve la jugada y va a merendar para volver enseguida. Sigue jugando. Es jugar, jugar y jugar, hasta que el sol dice basta. Del otro lado de la vía, cualquiera sabe, no hay o no había tanta iluminación como para que la claridad de algún foco cercano regale un reflejo de la pelota, que en definitiva es lo único que hace falta para jugar.

    Martín piensa y le brotan los nombres de los demás. La lista es larga e incluye a Pablo Cabrera, al Reta, Alfredo Chicusqui Soba, Nelson ChingoRocca y Fernando Noria, entonces niños o adolescentes que de mayores lograron destacarse en las canchas de la Primera división vernácula. En su mayoría son hinchas del club Candil, pero no podían jugar en el cuadro por un motivo con demasiado peso: no tenía todavía baby fútbol. Años después le llegó, aunque rebautizado como fútbol infantil.

    ¿Desde cuándo andás con la pelota?

    Desde que tengo uso de razón. Yo estaba convencido, desde chiquito, que lo mío era jugar al fútbol. Estaba convencido. Quería jugar en Nacional y en la selección uruguaya, y siempre se lo decía a mi padre. Mi padre dice que comencé con cuatro años. Cuando tuve de edad de baby fútbol fui a jugar a Quilmes. Fui porque no había baby fútbol en Candil, si no jugaba en Candil. Una de las cosas que me quedó pendiente es jugar en Candil. En Quilmes me trataron espectacular y estoy más que agradecido.

    De repente podés jugar algún año en Candil después que te retires del fútbol profesional.

    Hubo una época en que lo pensé, pero ahora el día que deje ya está, doy por cerrado todo. No me veo. Pero cuando era más joven sí, lo pensaba y lo conversábamos con mi padre y mis hermanos. Pero no. El día que cerrás, tenés que cerrar todo de una vez. Sí me quedó eso de no haber jugado en el baby de Candil, porque es el cuadro de mi barrio.

    La pelota le está llegando y Martín piensa. Piensa y hace, todos coinciden. La diferencia con el resto de los jugadores de su categoría en el baby fútbol era notoria, así que después de su partido se quedaba para otro medio tiempo, con la categoría de niños un año mayor. “Estaba despegado. La diferencia con el resto era abismal”, dice Juan Pablo Makovsky, quien fue su compañero en Quilmes. En ese club Martín jugó en todas las categorías que había entonces para cancha chica: churrinches, gorriones, semillas, cebollas y baby. “Una vez el técnico, creo que era La Vieja Cuadro, empezó a probar jugadores, a rotar. Era contra Avenida en el Complejo [N. de R.: el estadio infantil municipal en Florida]. Íbamos 0-0. Saca a Martín un rato, y en cuestión de veinte minutos nos hicieron como cinco o seis goles. Lo tuvo que poner de nuevo porque fue tremendo lo que cambió el cuadro”.

    Martín López, el Reta, comenta algo que, palabras más palabras menos, se fue repitiendo en los demás testimonios. “Martín en la cancha era como un hombre jugando con niños. Jugaba y pensaba las jugadas como si fuera un adulto”, dice el Reta, que además de vecino fue compañero de Ligüera en la escuela, y en baby fútbol tanto en Quilmes como en selecciones albirrojas. La pelota llegaba y el pase para habilitar a un compañero era inmediato. Jugaba sin pelota, estaba en el lugar indicado, le pegaba en el momento justo, y le pegaba bien.

    Le viene la pelota y Martín piensa. Piensa y hace, todos coinciden, pero él no lo recuerda.

    Ya desde chico le metías mucha cabeza, ¿pensabas mucho en la jugada?

    Mucha gente me lo ha dicho. Yo no tengo uso de razón de cómo pensaba en ese momento, pero casi toda la gente que me vio en el baby me suele decir eso, que pensaba como un grande dentro de la cancha, que ya pensaba la jugada cuando tenía ocho o nueve años.

    ¿De grande trabajaste en eso como una virtud a desarrollar para explotarla mejor?

    No lo pensaba como una virtud. Es algo que sale naturalmente. Pero es difícil de pensar en desarrollar eso. ¿Cómo hacés para trabajar eso? Obviamente que la base es la repetición, y de que cuantos más partidos tengas, mejor puede salir.

    Uno piensa en jugadores que de algún modo resolvían en lo inmediato situaciones complejas, como Zidane, por ejemplo. Y eso, parece claro, iba más allá de lo que podría decirse le era innato.

    Pero es imposible hacer lo de Zidane, por más que lo mires y lo mires. Hay detalles que uno va viendo en la medida que pasa tu carrera. Sé que si cuando me viene la pelota ya no decidí qué voy a hacer con ella, se me complica el juego; ya sé que no ando en una buena tarde. Cuando la pelota me viene ya tengo resuelto el destino. Después podré ejecutar mal, no me importa, pero sabiendo que al venirme ya puedo estar razonando qué puedo hacer, qué movimientos están haciendo mis compañeros, es cuando pienso: estoy claro.

    Después del baby fútbol, vino Nacional.

    A Montevideo, a Nacional, me trajo el mayor Julio Tarrech. Vine a probarme una semana. Me acompañaba mi viejo. Vine, me probé y quedé.

    ¿Quiénes jugaban con vos en esa generación que después se hayan consolidado en Primera?

    Prácticamente ninguno se pudo consolidar. Jugaron sí Peter Borges, Álvaro Giménez y Germán Domínguez. Pero el filtro es muy grande. Salimos campeones en Séptima, Sexta y primer año de Quinta. Fueron prácticamente dos años y medio de corrido saliendo campeones, y que se haya consolidado en Primera creo que fui yo solo. Es muy grande el filtro.

    Martín tiene doce años. Vive en Florida y tres días a la semana viaja a entrenarse a Montevideo. A las siete está en pie porque quince minutos antes de las ocho entra al liceo. Antes de las doce sale y va hasta la parada del ómnibus que está a dos cuadras, se toma un Bruno Hermanos para llegar a las dos de la tarde a Montevideo. A las tres se entrena. A las seis y poco tiene que estar en Tres Cruces porque se tiene que tomar un Turismar para volver. Como el ómnibus lo deja en la ruta, nueve menos veinte alguien lo estará esperando en la rotonda. En su casa cenará y hará los deberes para acostarse, porque mañana hay que estar a las siete en pie. “Era mortal, pero lo hacía con gusto”, asegura.

    “Yo tenía doce años. Había venido a Montevideo, pero igual miraba con los ojos del que veía Montevideo por la televisión. Las primeras veces le decía a mi viejo: ‘Mirá, ¡Los Cuatro Ases!’. Y cuando iba en el ómnibus, dentro de Montevideo, tenía que contar las paradas. La primera semana me acompañó mi viejo, pero después él ya no podía porque tenía que trabajar. Me dijo que después del túnel de 8 de Octubre contara tres paradas para bajarme. Yo iba con unos nervios de novela. Apenas el ómnibus pasaba el túnel, si había mucha gente me paraba y arrancaba con el ‘con permiso’ para quedarme paradito al lado de la puerta. Y después de entrenar, las primeras veces me iba sin bañarme por miedo a perder el ómnibus para volver a Florida. Llegaba a las seis y poquito a la terminal, así que después me fui acomodando mejor con el tiempo y me bañaba después del entrenamiento. Aquello era salado”.

    Después, instalarte en Montevideo te debe haber dado otra estabilidad, asentarte y tener una vida social acá.

    No llegué a disfrutarlo mucho. A mí me subieron [a Primera división] a los dieciséis años. Empecé a venir a los doce a Montevideo, y a los catorce vinimos a vivir con mi familia. Mi padre trabajaba acá y al fin de cuenta estábamos toda la semana cruzados, porque él iba los fines de semana pero yo me venía a jugar. En ese entonces ya casi tenía quince, y al año de eso ya me pusieron en un clásico. No voy a decir que estuvieron mal, pero en lo que sí estuvieron mal es en no bancarme después. Hoy a los juveniles los suben y tienen un respaldo. A mí me subieron, me mandaron a jugar, y respondí, porque anduve bien en esos clásicos. Pero después me bajaron a Tercera. Otra cosa es si estás preparado, aunque creo que con dieciséis años no estás preparado para ser el diez de Nacional, pero tampoco mandarte de una para Tercera. Por más que ande mal, no me podés poner allá arriba y enseguida pegarme un fierrazo.

    Era una época complicada para Nacional, en pleno fervor de Peñarol por el quinquenio.

    Sí, pero yo no tomaba la magnitud de lo que estaba pasando. Tenía dieciséis años y quería jugar al fútbol. No me importaba nada de cuánto ganar ni nada; yo quería entrar a la cancha. Después me pongo a pensar y ¡fa! ¡El partido aquel con Defensor! Yo ese día quería hacer cincuenta goles. Hoy pienso: poné la quinta. ¿Cómo vas a poner a los jugadores profesionales?

    Hasta hace unos días tenía en la retina la imagen de Juan Ramón Carrasco corriéndote para que vos no hicieras el gol, pero ahora vi la jugada en YouTube y veo que no es tan así.

    Sí, puede parecer como que me saca, pero no. Era que él venía de frente. Si no venía Juan Ramón yo le daba. No sé si terminaba en gol, pero intentaba. Yo jugué para ganar. ¿Quién va a jugar para perder? A mí al menos nunca me ha pasado. Hoy, a la distancia, creo que le erraron en cómo manejaron la situación. Hay mil maneras de enfrentar eso, pero no mandando al equipo profesional. Fue un partido incómodo.

    Martín tiene seis años. Es un niño, un escolar de primer año apenas, pero ya se le desprenden algunos destellos que harán que su maestra Nelly, tres décadas después, hable de él como si lo hubiera vivido hace unos meses. Parece que está disperso y Nelly lo asalta con una pregunta repentina que puede evidenciar la distracción. Pero no ocurre, porque tal vez Martín ya estaba pensando en lo que venía. “Era un excelente alumno, muy movedizo, pero muy inteligente. Y en eso de que se estaba moviendo, le preguntabas y respondía correctamente, porque en realidad estaba atendiendo”, comentó Nelly Enciso, hoy jubilada. “Quise mucho a mis alumnos en general, pero a Martín lo recuerdo con emoción. Tengo muy buenos recuerdos de él, porque era muy humano, muy buen compañero. Era además un alumno muy capaz. Incluso yo me lo hacía como que iba a hacer alguna carrera profesional”. Y sí, pienso: en los hechos hizo una carrera profesional.

    Es inevitable hacerse la idea de un niño y adolescente responsable.

    Sí. De repente he sido responsable hasta de más. Diría que me jugó en contra en mi carrera. Ahora he mejorado, pero hubo un tiempo en que me pasaba muchas facturas. Soy un tipo demasiado autocrítico. Eso, de repente en los mejores años de mi carrera llevaba a que me exigiera más, y al final terminé andando mal. Tal vez no mal, pero si lo pienso hoy me doy cuenta de que podía haber andado mucho mejor, presionándome menos. Tampoco me arrepiento.

    Una vez le preguntaron a Tabárez si había fracasado en el Milan y él respondió que había llegado al Milan. ¿Desde qué perspectiva analizás tu carrera?

    Estoy refeliz con mi carrera. Mi sueño era jugar en Nacional y en la selección. De grande se suma poder vivir del fútbol. Si podía haber jugado en tal cuadro, en tal otro, eso ya no depende tanto de vos. A veces son circunstancias y momentos que se dan. Fui a Europa y no tenía pasaporte. Estaba en Mallorca y por el cupo de extranjeros sólo podía entrar por Leo Franco, que era el golero, o por Samuel Eto’o. A todos los jugadores uruguayos se les hacía un contrato por cuatro años, y a mí sólo por uno. Yo fui a préstamo. A casi todos los jugadores que van a Europa les cuesta el primer año, hasta [Diego] Forlán en el Manchester United. Me tuve que volver, pero lo disfruté mucho de todos modos.

    Sos un pensador, un armador, pero me acuerdo en la selección de Carrasco verte ir y volver casi como un carrilero.

    Eso es porque estás convencido de lo que estás haciendo. Cuando el técnico consigue eso, que vos creas, ya está: es lo fundamental. Eso está incluso por encima de la idea táctica y todo lo demás. El jugador te tiene que creer lo que estás diciendo, y eso es difícil lograrlo con el día a día. El jugador de fútbol es muy bicho, así que lograrlo es una gran virtud. Después depende de que la pelota no te pegue en el palo y entre. Pasa ahora con este Fénix, que está convencido. Está convencido de que hay que defenderse a morir y generar chances para, en las que tenga, clavarte. Estamos convencidos de eso. En la época del Fénix de Carrasco el convencimiento era que si podíamos hacer ocho goles no íbamos a parar hasta hacer ocho goles. La forma te podía gustar o no, pero era así.

    ¿Qué te mueve?

    Quiero ganar, tener gloria en el fútbol. Siempre me gustó eso. Yo quería salir campeón con Nacional. Lógicamente que ganar plata y vivir del fútbol me gusta, pero incluso desde esa visión podría decir que es muy difícil hacer plata con el fútbol si no lográs algo en el fútbol. Quiero la gloria y después buenísimo si la gloria me lleva a Europa. De hecho me llevó aquel momento de Fénix en el que ganamos la liguilla, que hice más de veinte goles, y de ser considerado ese año el mejor jugador del fútbol uruguayo.

    ¿La aspiración a la gloria traerá sola lo otro?

    Absolutamente. Olvidate. Es así. Si pensás antes en lo otro, es frustrante.

    Y es un peligro el gran contrato por la posibilidad de achancharse.

    Claro. Por eso es admirable, por ejemplo, lo de Cavani bajando a todas en la selección, sacrificándose. Eso es de un sentimiento amateur. Es admirable. Cuando estamos en un picado en la playa, mi cuñado me dice “¡ta, ya te encarnizaste!”. Pero es que no quiero perder, ni ahí. Ese fuego es lo fundamental. Si perdés ese fuego no podés jugar más. Por más que ganés millones y millones, eso no se te puede apagar. Si se te apaga, no podés jugar más.

    Son las finales del campeonato estudiantil de ADELF, la asociación de estudiantes liceales. La clase de Martín está ahí, jugando la final de primeros y segundos años, en el segundo turno aunque les tocaba en el primero. Los compañeros lograron jugar más tarde para que Martín llegara hasta el Democrático Fútbol 5. Aldo Velázquez, el arquero, recibe un gol pero evita cinco o seis. El cuadro empata y resiste; el Caco Valerio hace valer técnica y físico, pero está complicado para aguantar el 1-1. Martín no ha llegado porque tenía partido en Montevideo. Llegó en el entretiempo. “Cuando entró Ligüera no lo podíamos agarrar ni para pegarle una patada. Perdimos 10-1”, recuerda Gerardo Schiavonni, uno de los rivales de aquella final jugada hace más de veinte años.

    ¿En algún momento sentiste que ya no ibas a estar más en la selección?

    Fueron dos cosas. Primero fue el partido con Venezuela. Ese fue el peor golpe que tuve futbolísticamente. Sentí que algo se había roto. Fue lo peor que me pasó en mi carrera.

    ¿Y lo mejor?

    Creo que son dos momentos. Uno es el clásico del 3-2 que lo dimos vuelta en 17 minutos con dos goles del Lucho [Romero] y uno del Loco Abreu, y el otro es el 6-1 de Fénix contra Cruz Azul. Son dos partidos, dos momentos, que me marcaron.

    Decías que fueron dos aspectos que te hicieron sentir ya definitivamente fuera de la selección.

    Después me vi afuera cuando Tabárez comenzó con el proceso. Pero está bueno eso. Está muy bueno. Antes uno andaba tres partidos mal y para afuera. Hoy alguien anda diez partidos mal y tiene el respaldo del proceso de que en algún momento vas a andar bien, que sos jugador de selección y que no estás ahí por casualidad.

    Después de esto, del proceso, se piensa de esto para arriba. Es muy en serio, no es casualidad lo que le está pasando con la selección uruguaya; hay algo más, porque no puede ser que se piense que “uf, siempre se salva Uruguay”. No, antes no nos salvábamos y no íbamos al mundial. Acá hay algo, hay un fuego que no se veía. No quiero decir que antes los jugadores no querían, pero se ve un compromiso que antes no. Eso se nota, o al menos uno lo palpa más por ser jugador. Es algo que hace la diferencia en los momentos críticos. Eso es resultado de algo, de una planificación de años, de un trabajo en sub 17 y sub 20. Por algo [Tabárez] cita a los de la sub 20, porque [los juveniles] vienen desde abajo con esa cabeza.

    Jugando a los 35 años, ¿te ves del modo que te imaginabas que ibas a llegar?

    No pensé que iba a jugar tanto tiempo. No me cansa. Incluso siento que lo estoy disfrutando mucho más. Me pasa desde que estuve en Paraguay en 2009. Hubo un cambio en mí. Siento que disfruto el fútbol mucho más que antes.

    En Brasil no te fue mal. Llegaste a estar en los once mejores jugadores del campeonato paranaense.

    Sí. En Brasil lo que me costó un poco fue el fixture y la competencia. Es mortal. Anduve muy bien, pero es complicado. Es todo muy seguido y no estás en tu casa. A mí me gusta estar en mi casa. Cada dos o tres días es un viaje, y en casa estaba sólo dos días. Aguanté porque era un contrato bueno, pero estaba perdiendo ese fuego, lo estaba perdiendo, me lo estaban sacando; diría que me sentía agobiado con tanto viaje. Llegaba al partido muerto y todavía planteándome todo lo que me estaba perdiendo, con un hijo recién nacido.

    ¿Te ves yéndote de Uruguay de nuevo?

    Me tendría que ir solo. Eso es seguro. Y yo solo puedo estar quince días, no aguantaría más. Ya sufrí lo que tenía que sufrir, en el buen sentido. Ahora las prioridades son otras: ver crecer a mis hijos y disfrutar de este momento deportivo y de Fénix, que está cumpliendo cien años y que para mí es un orgullo estar acá, por el cuadro y porque recibo un cariño enorme por parte de la gente.

     

     

     

  • 33


  • Salud viejo Racing, por Hamlet Tabárez

    Al amparo de jugadores como Pancho Quiroga, Miguel Moreno, Mario Bergara, Lalo Benítez, Liborio Ruilopez, los porteños Osvaldo Vega, Norberto Ravecca, Eugenio Calla, gracias a ellos y a otros "profesores" de la Academia, fuimos creciendo en el fútbol. Con Bebe Moreno, que como yo hace años que vive en Venezuela, hablamos del cumpleaños de nuestro querido Racing...

     

    Al amparo de jugadores como Pancho Quiroga, Miguel Moreno, Mario Bergara, Lalo Benítez, Liborio Ruilopez, los porteños Osvaldo Vega, Norberto Ravecca, Eugenio Calla, gracias a ellos y a otros "profesores" de la Academia, fuimos creciendo en el fútbol. Con Bebe Moreno, que como yo hace años que vive en Venezuela, hablamos del cumpleaños de nuestro querido Racing, y de "causalidad" me llamo el Bocha Cirilo Fernández de Estados Unidos. Les cuento a los jóvenes, el Bocha era uno de los jugadores que más admirábamos, no solo porque era un gran jugador, sino porque era el cantante de la famosa orquesta de Pedrito Ferreira (pregunten a sus viejos), Feliz cumpleaños de parte de Bebe, Bocha y Joroba.

    Eugenio Calla

    Cuando debutó contra Danubio yo también jugaba y lo observaba para ver si era garqueta. En una jugada Cincunegui, cuando Eugenio se la iba a llevar con el pecho, le hizo una chilena en la cara, cuando se recuperó, entró, se bajo las medias, y les dio un baile. El Piolín, arrepentido de haberlo hecho calentar, cuando en el vestuario se ponía hielo en la cara, lo miraba de reojo, pero esta vez con admiración. Aprendí a no juzgar a nadie por preconceptos. Conocí porteños cagones y uruguayos también.

    Juan Eduardo Hohberg

    Tengo el orgullo de haber sido parte de algo histórico en Racing. Primer partido del campeonato uruguayo, contra Fénix en el Roberto, para motivar a la hinchada albiverde, decidieron que Eduardo Hohberg, el DT, jugara. Cuando nos da la charla técnica, Eduardo nos explicó que se había decidido, que jugara él, da la alineación y nombra en la delantera: Etcheverria, yo, Virgili, Hamlet y Acuña. Carlitos Beauxis viendo que lo había sacado, le dice: "como va a jugar usted que es tremendo viejo!!” No hubo manera de hacerlo entender, no fue el partido, que creo terminó 1 a 1, y Eduardo demostró que calidad mata tiempo.

    Pronto retorno a Primera, Racing querido, el verde de la esperanza y el blanco de la pureza.

  • 31


  • LOS INICIOS DE LA COPA URUGUAYA.

    Hace 120 años se llevaba a cabo la primera edición del campeonato uruguayo con apenas cuatro equipos. Aquel período amateur del fútbol tenía otros detalles y problemas que con el paso del tiempo se solucionaron para dejar espacio a los nuevos, los de la era profesional. Cuáles fueron los clubes que la formaron inicialmente y cómo se desarrolló ese torneo son algunos de los puntos que nos [...]

    Los clubes pioneros

    Hace 120 años se llevaba a cabo la primera edición del campeonato uruguayo con apenas cuatro equipos. Aquel período amateur del fútbol tenía otros detalles y problemas que con el paso del tiempo se solucionaron para dejar espacio a los nuevos, los de la era profesional. Cuáles fueron los clubes que la formaron inicialmente y cómo se desarrolló ese torneo son algunos de los puntos que nos llevan a ver este deporte desde otra óptica.

    Por Pablo Aguirre Varrailhon

    Muchos libros dedican cientos de páginas a contar el régimen profesional del fútbol uruguayo que transitó a lo largo de 88 años (hasta este momento) por diferentes situaciones y escenarios; épocas de esplendor y de las otras desde 1932 a la fecha. Pero está más que claro que la génesis no se encuentra en este punto de la historia y –a su vez– puede servir a la hora de evitar algunas discusiones. El inicio de nuestro fútbol de manera organizada es a comienzos del siglo XX, sin contar las experiencias previas que nos llevan al siglo anterior, no muy lejos del momento histórico en Londres cuando los delegados de los colegios británicos se pusieron de acuerdo, en la Taberna del Francmasón (octubre de 1863, a pocos metros del río Támesis), para establecer las bases de este deporte que fue testigo de todos los cambios que se produjeron en el orbe hasta el presente y pone en vilo al mundo entero. La llamada “Copa Uruguaya” tuvo su primera edición exactamente en el año 1900 después de algunos ensayos y como resultado lógico de la formación de una fuerte corriente, cuando se iniciaban clubes a diestra y siniestra, con la sola voluntad de disfrutar de este juego como una nueva diversión.

    Para poner un ejemplo: en julio y agosto de ese mismo año de 19001 se formaron cerca de cuarenta clubes de barrio, y recién ese año se fundó la incipiente (y con mucho acento anglosajón) The Uruguayan Association Football League, primer nombre de la actual Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), en un país que a nivel político-social todavía no se había consolidado totalmente. Si mencionamos este inicio “formal” de nuestro fútbol corresponde dar crédito a quienes fueron grandes propulsores de él: la comunidad británica en Uruguay, que ya impulsaba desde hacía dos décadas este deporte, principalmente a través de su práctica en los colegios signados a ellos. Explicar este último punto en particular como corresponde merece su espacio y excede este tema.

    En la última década del siglo XIX, con el Montevideo Cricket Club ya fundado en 1861 –como uno de los primeros difusores de este deporte– comienzan a fundarse clubs (término inglés con origen nórdico para referirse a una unión) que son legendarios en los inicios de nuestro fútbol: Albion y el C.U.R.C.C. (Central Uruguay Railway Cricket Club, en la zona de Peñarol), ambos en 1891, Nacional –primer club de origen criollo en participar del torneo que nos ocupa, aunque se sumó más tarde (1899)–, para pasar a agregar otros que siguen hasta nuestros días. Muchos que –a pesar de que desaparecieron– dejaron una huella y otros que apenas lograron llenar formularios de inscripciones y partidos. Cada fin de semana se disputaba un sinfín de encuentros dentro de las posibilidades de los equipos, sobre todo en los campos libres de la zona de Punta Carretas, donde anteriormente unos señores ataviados con singulares ropas daban de patadas a un balón entre sí: eran los “ingleses locos”, al decir de muchos, que bajaban de los barcos a disfrutar de su juego ante el estupor de quienes los observaban.

    Los lugareños comenzaron a acercarse y con mucha curiosidad atendieron ese extraño comportamiento hasta comenzar a incorporarlo para finalmente tomarlo como propio. Un vaticinio de lo que sucedería un año después tuvo su primer intento: “en 1899 las entidades deportivas más antiguas y elitistas organizaron un calendario de partidos entre el Curcc, el Albion, el Uruguay Athletic y el Deutscher que incluía a los dos primeros teams de cada uno, con encuentros de ida y vuelta. Según las características del adversario, su posible fortaleza o debilidad, los clubes definían si jugaría el primer conjunto o el segundo. El Albion y el Curcc se enfrentaron por lo menos nueve veces. El sábado se reservaba para enfrentar a los siempre temibles conjuntos de la Royal Navy o a clubes argentinos. Frente a los marinos y a los porteños siempre se alineaba al primer equipo”2, explica Juan Carlos Luzuriaga, magíster en Historia, quien denominó a este primer intento como un “protocampeonato” en ese fin de siglo.

    La formalización de la league

    Henry Lichtenberger aglutinó como delegado del Albion a los demás clubes para formar la nueva asociación. Las reuniones fueron varias en diferentes lados, como por ejemplo en el café Gambrinus, hasta que con el paso del tiempo se pudo alquilar una pieza. “A las 9 pm el señor Leichemberger [sic], delegado del Albion, dio cuenta del objeto a que había sido convocada la reunión, por invitación del Albion FC que era tratar de formar un ‘League de Football’ bajo las mismas bases de constitución de la ‘Arg. Ass. Football League’. La idea fue bien acogida y después de leerse los reglamentos del AAFL, fue resuelto nombrar una comisión de un delegado de cada club para formar los reglamentos y traducirlos al español”, reza otra de las actas. El dominio británico se tradujo también en los delegados de los clubes; por ejemplo, los delegados del Albion eran A. J. Davies y Lichtenberger, del Curcc el señor P. D. Chater, por el Deutscher señores C. Leopold y L. Deagustini”. La vecina Asociación Argentina sirvió de base y apoyo para la idea en ciernes.

    El fútbol rioplatense creció y se desarrolló de la mano hasta nuestros días, tanto en la organización de torneos locales como internacionales, incluso a nivel de selección nacional. Uruguay en el sentido formal se apoyó en su similar vecina para sentar las bases y después hacer camino al andar, como por ejemplo en los aspectos organizativos y para conformar el primer reglamento. “Acta de la reunión celebrada el día 30 de marzo en el local en el local sito en la calle Solís 65. Abierta la sesión se dio lectura del Acta de la reunión anterior, siendo aprobada. Diose [sic] también lectura a las cartas recibidas de los Sres. Secretarios del Albion FC, Uruguay AC y Deutscher FK adhiriéndose a la idea de la formación de la League y nombrando a sus representantes. Se dio lectura a la carta enviada por el Sr. R. Rockbuch Secretario del C.U.R. Cricket Club en la cual proponía algunas modificaciones en los reglamentos”. Otro de los pasos a dar era conseguir una copa para el torneo a disputarse, para lo cual los propios clubes tuvieron que invertir una suma importante para la época. La copa fue importada desde Inglaterra.

    Ya hubo quienes vieron en esta nueva actividad organizada un aspecto lucrativo. Recordemos que estos comienzos fueron de carácter amateur, aunque en poco tiempo comenzarían algunos aspectos que de a poco teñirían la actividad para tener un profesionalismo encubierto, por lo menos con los jugadores que se consideraban más importantes. El fútbol comenzó a mover un número importante de personas, no solo de quienes lo practicaban, sino de quienes disfrutaban el espectáculo desde los límites de la línea de cal hacia afuera, y para ello debían hacer el traslado correspondiente. Las canchas quedaban en lo que entonces eran “las afueras de la ciudad”, por lo que las empresas tranviarias vieron una buena oportunidad, lo que para el fútbol se tradujo en diferentes apoyos de estas.

    Por ejemplo, en 1899 el Albion pudo inaugurar su novel cancha en la zona que se denominó entonces Paso del Molino (hoy Prado): fue el primer estadio de fútbol en Uruguay. Aunque para Albion, salir de Punta Carretas fue el principio del fin de su supremacía: “El terreno de juego estaba ubicado sobre la avenida 19 de Abril, aproximadamente entre las actuales calles Adolfo Berro e Irigoitía. A sus fondos corría un pequeño arroyo, el Quitacalzones, que vertía sus aguas en el cristalino y a veces caudaloso Miguelete”3. Toda la infraestructura para este escenario fue construida justamente por la empresa tranviaria de la zona. Algo parecido sucedió con el Parque Central, que como nos cuenta Luis Prats en su libro Montevideo, La Ciudad del Fútbol, “en el origen, el Parque Central era el campo del Deutscher Fussball Klub –la institución de la colectividad alemana–, cedido por sus compatriotas de La Transatlántica en los días en que el fútbol comenzaba a organizarse formalmente. La empresa de tranvías publicó un aviso en la prensa montevideana, el 3 de mayo de 1900, informando que había llamado a propuestas para la construcción de ‘un gran palco y chalet en un terreno de su propiedad sobre el camino Ciblis, con destino a campo de Football’. La propuesta aceptada fue la de la empresa de Eugenio Meirana e hijo, con planos y dirección de Félix Elena”7.

    La asociación todavía estaba manejada desde una óptica reducida y selectiva para ingresar a ella, siempre cercana a ciertos círculos sociales. El fútbol y la pasión popular tirarían rápidamente esos muros en comparación con el resto de América Latina, como lo expresa Pablo Alabarces: “Lichtenberger decidió separarse del Montevideo Rowing Club, del que era socio como buen hijo de familia inglesa, y crear, el 1 de junio de 1891, un club al que él y sus compañeros llamaron, sonora y británicamente, Foot Ball Association, aunque luego, el 21 de septiembre, y después de dos derrotas abultadas frente al Montevideo Cricket, cambiaron su nombre por el de, no menos sonoro y británico, Albion Foot Ball Club. El primer presidente fue William Mac Lean, hijo indudablemente de escoceses. En su debut contra el Montevideo Cricket jugaron J. Adams, H. C. Lichtenberger, T. J. Smith, C. A. Pratt, A. Lichtenberger, W. L. Pepper, A. Clark, E. Decurnex, E. A. Shaw, M. Sardeson, J. D. Woosey, W. Mac Lean, G. P. Swinden y H. A. Woodcock. A pesar de lo que esos apellidos sugieren, todos eran uruguayos: el estatuto del club prohibía la participación de jugadores extranjeros, en lo que puede ser considerada la primera afirmación criollista o criollizadora del fútbol latinoamericano. Más aun: el Albion es el segundo club de la región fundado específicamente para jugar al fútbol, ya que otros clubes latinoamericanos nacidos con anterioridad (el limeño Lima Cricket, de 1859; el Mercedes, de la ciudad argentina homónima, de 1875; el ya mencionado y bonaerense Quilmes, de 1887, el Gimnasia y Esgrima de La Plata, del mismo año) fueron inventados para otras prácticas deportivas, para luego devenir futboleros”6. La piedra fundamental de nuestro fútbol ya estaba colocada.

    El primer torneo

    Muchos apuntes se pueden recoger sobre los inicios de este torneo, que vale la pena citar a través de diferentes autores. Por ejemplo, podemos comenzar con esta reflexión de Eduardo Gutiérrez Cortinas: “Cabe pensar el afán organizador de Lichtenberger llevaba un íntimo deseo: consagrar al Albion como primer campeón uruguayo. Había sido el azulgrana el más victorioso team del siglo viejo [N. de R. se refiere al siglo XIX], aporte fundamental para el crecimiento de la primera área deportiva criolla: Punta Carretas”7. Fue entonces que sufrió escisiones que resultaron decisivas para la continuidad generacional del club, la última de ellas fue la que dio nacimiento al Montevideo Wanderers en 1902, otro club histórico de la Copa Uruguaya, que logró obtenerla por primera vez en 1906. Los bohemios, como popularmente se los conoce, ingresaron directamente a la denominada Primera División de entonces, mientras otros dos clubes que también ingresaron a la asociación en el mismo año no tuvieron la misma suerte: fueron Lavalleja FC y River Plate FC, de origen humilde y variopinto que forjaron lo que se denominó la Segunda Categoría junto a los segundos “eleven” de los equipos de la máxima categoría.

    Volviendo al primer torneo, “el Albion usaba como distintivo camisa roja y azul por mitades, y tenía su campo de juego en el camino 19 de Abril; Peñarol vestía camisa a cuadros negros y amarillos y su cancha estaba ubicada en el Pueblo Peñarol; el Deutscher tenía como local de juego la llamada cancha chica del Parque Central, después de haberse inaugurado este, y su color era el blanco, y en cuanto al Uruguay Athletic respondía a la camiseta azul y marrón, también por mitades y su campo de juego se hallaba en Punta Carretas”8. Entre estos cuatro equipos se dirimió el primer campeón. Nacional no pudo ingresar en este torneo por diferentes motivos, aunque el principal radicaría en su conformación: representaba el fútbol criollo, de ahí su nombre y su emblema. Después de mucho trajinar ingresó en el torneo siguiente, donde rápidamente demostró su valía.

    Este primer torneo se inauguró entre los dos mejores equipos: Albion y Curcc, el 10 de junio de 1900; se jugó en la cancha del Albion Football Club Avenida 19 de Abril del equipo rojiazul con una presencia estimada de mil espectadores que tuvieron el placer de escuchar previo al partido una banda musical. En aquel histórico partido, pautado para las 2.45 PM y arbitrado por Hogge, Albion formó con E. Sardeson; Hultum y E. Cardenal; Drever, C. B. Poole (capitán) y Cutler; Lichtenberger, J. Sardeson, W. L. Poole, Stewart y Lodge. Los visitantes de la empresa ferroviaria alinearon a F. Fabre; R. Ríos y J. F. Buchanan; C. Ward, L. Mazzuco y J. Jones (capitán); Juan Pena, E. Acevedo, T. Lewis, G. Davies y C. Lindeblat. Muchas de estas personas pueden ayudar a contar otras historias. Los goles fueron de Lodge para el local, mientras que Davies y Acevedo lo hicieron para el vencedor, que ya en este primer partido se llevó un pequeño comentario a las oficinas de la asociación: “Según dicho señor, el Curcc no había cumplido con los reglamentos de esta Asociación al no haber mandado a la Comisión la protesta que el Sr. Capitán de este Club presentara en el campo el día 10 de junio pasado cuando se jugó el partido entre el Albion FC y el Curcc en el Paso del Molino”, en un hecho menor pero que sirve para graficar cómo tenían que hacer camino al andar.

    Pocos días después el ganador jugó ante el Deutscher, al que goleó en los dos partidos que se programaron de manera casi consecutiva (8-0 y 9-0), por lo que prácticamente la definición del torneo fue ante Albion, el 22 de julio en Villa Peñarol, al que venció por el mismo score de ida (2-1).

    Los capitaneados por William Poole no querían que el futuro campeón terminara invicto el torneo: “El primer tanto lo obtuvo Albion a los pocos minutos de la lucha por intermedio de Juan Sardeson, empatando Peñarol casi de inmediato por shot de Davies y conquistando el gol de la victoria por consecuencia de una magistral jugada de Lewis”8. El cierre fue ante el Uruguay Athletic, al que también goleó (9-0 y 6-0) para sumar 36 goles a favor y solo dos en contra. El torneo no tenía gran repercusión en los medios gráficos, como sí tenían los partidos internacionales u otros deportes (turf, ciclismo, cricket) una tendencia que fue cambiando a lo largo de la década. La copa entregada al campeón se logró obtener gracias a la gestión del presidente del Curcc, Frank Hudson, quien también administraba la empresa ferroviaria que dio vida a la institución aurinegra.

    Consolidar la idea

    Las actividades de la asociación se limitaban prácticamente a los aspectos generales del torneo, y para la nueva temporada se elegían también nuevas autoridades. Con la incorporación del Club Nacional de Football –que no resultó sencilla–, también le llegaron las responsabilidades, y para ello Miguel Nebel, integrante tricolor, pasó a ser el tesorero. El balance del primer ejercicio había arrojado un saldo positivo de $ 18,30, según el acta del 2 de mayo de 1901. En la misma ocasión, se estableció el cronograma del nuevo torneo, que tuvo el mismo ganador, aunque se había encendido la luz de una larga disputa entre el equipo del ferrocarril y los criollos.

    Si bien el Curcc lo venció al comienzo el torneo, Nacional se ubicó en segundo lugar al finalizar este, con esa única derrota, logrando empatar el partido revancha. Albion comenzaba una silenciosa retirada opacada por una rivalidad que se comenzaba a forjar en detrimento de los demás clubes. Nacional ganó también un bicampeonato para igualar al Curcc: obtuvo los torneos de 1902 y el largo torneo de 1903, que se definió al año siguiente en medio de una contienda civil y con un partido final entre estos dos rivales que merece un capítulo aparte. Los tricolores también representaron a nuestro país con una delegación que viajó a Buenos Aires y logró la primera victoria internacional de un combinado uruguayo. Son muchas las historias alrededor de los comienzos de nuestro fútbol, los albores de la Copa Uruguaya, que ya tiene 120 años de historia.

     

    La otra cara de la gloria, Vito Galeandro, pág. 36.

    El football del novecientos, Juan Carlos Luzuriaga, pág. 72.

    Montevideo, la ciudad del fútbol, Luis Prats, pág. 21.

    100 años de fútbol, Fascículo 15, Eduardo Gutiérrez Cortinas, pág. 339.

    Del fútbol heroico, Juan A. y M. Magariños Pittaluga, pág. 67.

    Historia mínima del fútbol en América Latina, Pablo Alabarces, pág. 59.

    Montevideo, la ciudad del fútbol, Luis Prats, pág. 33.

    Del fútbol heroico, Juan A. y M. Magariños Pittaluga, pág. 69.

  • 30


  • Túnel destacó a los mejores del 2020

    FEDERICO VALVERDE FUE ELEGIDO COMO LA FIGURA DEL AÑO; GABRIEL NEVES Y ESPERANZA PIZARRO, LOS MEJORES EN EL FÚTBOL LOCAL Federico Valverde fue nominado por Túnel como la figura del año y el futbolista uruguayo más destacado en el mundo. Otros futbolistas, entrenadores y árbitros también obtuvieron reconocimiento por su destacada labor en quince rubros. [...]

    FEDERICO VALVERDE FUE ELEGIDO COMO LA FIGURA DEL AÑO; GABRIEL NEVES Y ESPERANZA PIZARRO, LOS MEJORES EN EL FÚTBOL LOCAL 
    Federico Valverde fue nominado por Túnel como la figura del año y el futbolista uruguayo más destacado en el mundo. Otros futbolistas, entrenadores y árbitros también obtuvieron reconocimiento por su destacada labor en quince rubros. 
    Por primera vez, en sus seis años de vida, Túnel decidió dar su opinión sobre los protagonistas más relevantes del pasado año futbolístico, temporada que por las circunstancias de público conocimiento se extendió al 2021. 
    Se realizó una consulta entre quienes integran el elenco estable que hace posible la salida de la revista, colaboradores y algunos colegas de otros medios. 
    Aquí está el resultado de la consulta que contempla quince rubros, más un reconocimiento especial por fuera de la encuesta a otros dos futbolistas, Santiago Bigote López y Jorge Cazulo, por haberse destacado respectivamente por su liderazgo y su extensa trayectoria. 


    EL MEJOR FUTBOLISTA URUGUAYO EN EL MUNDO Y LA FIGURA DEL AÑO
    Federico Valverde (24)
    El joven futbolista formado en Peñarol fue la gran novedad de la temporada en uno de los clubes más importantes del mundo: el Real Madrid. Compartió el mediocampo con las consagradas y experientes figuras de la talla del croata Luka Modric, del brasileño Casemiro y del germano Toni Kroos, y lo hizo con espectacular buen suceso. 
    Se ganó la confianza del entrenador Zinedine Zidane y conquistó el respeto y reconocimiento de la crítica especializada española y de la exigente afición madridista. Pese a su juventud puso de manifiesto en cada uno de los juegos su firme personalidad, su llamativa dinámica que le permite rápidas transiciones, su capacidad en la recuperación de balones y la gran precisión en los pases. 
    En un amplio menú de grandes futbolistas uruguayos que se lucen en las más fuertes ligas, Federico Valverde sobresalió para los votantes de esta encuesta. 
    Merecido reconocimiento a la figura del año.

    Foto: Leonidas Martínez. 

    LA REVELACIÓN 
    Facundo Torres (20)

    Fue un gran hallazgo, inesperado para los más, no para quienes seguían de cerca su trayectoria en las formativas de Peñarol. De potente remate, inteligentes decisiones, lucida técnica y apariciones desequilibrantes, el paceño Facundo Torres logró no solo disimular su condición de debutante, sino que emergió como una de las grandes figuras que mostró el campeonato uruguayo.

    Foto: Sandro Pereyra. 

    LA CONFIRMACIÓN  
    Matías Arezo (18)
    Sus goles son un aporte habitual a los partidos en que juega el joven futbolista darsenero. Su capacidad goleadora, su destreza para moverse en los apretados espacios en que juega un centrodelantero, su inquebrantable confianza en que la posibilidad del gol puede aparecer, hacen de Matías Arezo un activo de creciente valor para el club que lo vio desarrollarse y para todo el fútbol uruguayo.

    Foto: Fernando Morán. 

    LA SORPRESA
    Emiliano Martínez (21)
    Sorpresa por las poco comunes condiciones demostradas en encuentros decisivos, tanto a nivel local como en la Libertadores. Sorpresa por la madurez impropia de su escasa experiencia en alta competencia ante exigentes rivales. Marca tenaz y perseverante, buen manejo del balón, aptitud para ubicarse en el campo de juego, constituyen algunos de los rasgos del joven puntaesteño que viste la tricolor.

    Foto: Fernando Morán. 

    EL GOLERO MÁS DESTACADO
    Sergio Rochet (27)
    Le alcanzó medio año futbolístico para destacarse como el mejor golero del fútbol uruguayo. Aplomo, seguridad, extraordinaria capacidad de respuesta y su reiterado buen desempeño hicieron del arco de Nacional un escollo difícil de sortear. Firme en los mano a mano, ágil y seguro bajo los tres palos. Confirma su titularidad en plena madurez futbolística.

    Foto: Fernando Morán. 

    EL MEJOR FUTBOLISTA Y EL VOLANTE 
    MÁS DESTACADO 

    Gabriel Neves (23)
    Solvencia de futbolista maduro pese a su edad. Idoneidad poco usual en el manejo del juego y los tiempos del equipo. Un mediocampista de marca, ubicuidad, inteligencia táctica, aptitud técnica. El fiel de la balanza en la armonía de las líneas de su Nacional. El reconocimiento de quienes lo votaron como el mejor volante y el más destacado jugador del año habla de la confianza de la crítica especializada y de la afición hacia sus incuestionables condiciones.

    Foto: Fernando Morán. 

    LA FUTBOLISTA MÁS DESTACADA
    Esperanza Pizarro (19)
    Esperanza Pizarro Pagalday sube rápido los escalones.  Siendo niña jugó fútbol mixto en su ciudad, Nueva Palmira, y lo hizo en equipo de niñas en Cerro Oriental de Carmelo. Como juvenil lució en Palmirense en varios torneos de la OFI formando parte de una brillante generación. A los 14 años debutó con la Celeste en el Sudamericano Sub 17 en Venezuela 2016. En 2018 repitió, luciéndose en San Juan. Y en la Copa del Mundo de 2018, jugada en nuestro país, su gol ante Finlandia fue elegido por FIFA como el mejor. En Sub 20 fue goleadora de la primera fase del Sudamericano jugado en Argentina en marzo del año pasado, donde la Celeste clasificó al cuadrangular final que todavía no se ha podido disputar. Logró siete conversiones en cuatro partidos. Llegó a Nacional el año pasado y fue campeona uruguaya aportando mucho. Delantera con velocidad, fuerza, habilidad y capacidad de gol.

    Foto: Fernando Morán. 

    EL DELANTERO MÁS DESTACADO
    Gonzalo Bergessio (36)
    Goleador de raza y capitán indiscutible, para Bergessio no hay pelotas imposibles dentro del área. Sus años no fueron impedimento para que fuera capaz de doblegar todas las defensas. En las más diversas situaciones, en ciertas jugadas con marca pegajosa o en posición desventajosa, siempre se las ingenió para acercarse o concretar el gol. Sus conquistas fueron decisivas para que Nacional alcanzase victorias que le permitieron estar al tope de las tablas.

    Foto: Leonidas Martínez. 

    EL DEFENSA MÁS DESTACADO
    Maximiliano Falcón (23)
    Un pilar del Rentistas campeón del Apertura. Exhibió grandes cualidades en las funciones propias en su condición de zaguero central, así como una relevante actuación sumándose a la ofensiva. Sobresalió por su técnica y su condición anímica que lo llevó a destacarse como el mejor jugador en varios encuentros. De hecho, Rentistas perdió en el Apertura un solo partido ante Cerro que coincidió con su obligada ausencia.

    Foto: Fernando Morán. 

    EL JUEZ MÁS DESTACADO
    Claudia Umpiérrez (38) 
    Claudia Umpiérrez triunfa en un arbitraje aún con un peso abrumador de los hombres. Ya en sí tal situación representa un logro inusual. Pero además, sin prisa y sin pausas, fue ganándose el respeto de los futbolistas. Su modalidad en el arbitraje transmite seguridad, no duda, ejerce con firmeza el control del juego. Este reconocimiento seguramente prologará nuevos y certeros pasos en una carrera a la que aún no se le visualiza el techo.

    Foto: Leonidas Martínez. 

    EL ENTRENADOR MÁS DESTACADO
    Alejandro Capuccio (45) 
    Estudioso, temperamental, de gran poder de comunicación, logró que el plantel de Rentistas interpretara su idea futbolística. Alcanzó el objetivo ideal de todo entrenador: conseguir el apego preciso a sus indicaciones. Rentistas tuvo un gran rendimiento colectivo, realidad que a su vez potenció el desempeño de las individualidades. Falcón, Rolín, Vega, Cristóbal, Irrazábal, entre otros, alcanzaron en el club del Cerrito el nivel más alto en sus carreras; mérito de los futbolistas, mérito de Capuccio por convencer a sus jugadores no solo de una estrategia determinada, sino de crear en todos la convicción de que podían conquistar el título.

    Foto: Leonidas Martínez. 

    EL MEJOR EQUIPO
    Rentistas (26/03/1933)
    No solo por haber sido el campeón del Apertura, también por el buen juego demostrado, por la confianza en sus capacidades. No importó que fuera un club modesto de un barrio popular que por primera vez es protagonista central de un torneo oficial de la máxima categoría. Convenció a propios y ajenos, a quienes creían y a los escépticos, a los agoreros de su inevitable caída, de que era posible definir el título. Y lo definió, con la solvencia de los campeones.

    Foto: Leonidas Martínez. 

    LA MEJOR FUTBOLISTA URUGUAYA EN EL MUNDO
    Yamila Badell (24)
    La pequeña y productiva delantera Yamila Badel se luce, a los 24 años, en el Racing de Santander. Saltó hacia España incorporándose, en 2015, al Málaga. Volvió al país y formó parte del Colón tetracampeón. Luego, en la vuelta a España, consiguió el ascenso a Primera División con el club Tacón. Se destacó en el Sudamericano Sub 17 en Bolivia en 2012 donde fue goleadora con nueve goles, formando una brillante sociedad atacante con Carolina Birizamberri (es recomendable revisar los videos de los goles uruguayos). Uruguay clasificó a su primera Copa del Mundo femenina. Allí, en Azerbaiyán, Yamila convirtió dos goles ante Alemania. Su elección para esta nominación cobra realce en tanto compitió, entre tantas, con Carito Birizamberri (River argentino), con la volante sanducera Pamela González (Granada, llegando de cinco temporadas con Málaga; antes, Colón y Nacional) y con la defensora Stephanie Lacoste (Famalicão de Braga, Portugal; campeona de Copa Libertadores con Limpeño de Paraguay en 2016; también actuó en Santa Fe de Colombia, Peñarol en Copa Libertadores 2018 y, en los comienzos, Bella Vista y River Plate).

    Foto: C. Ortiz. 

    Liderazgo
    Santiago Tabaré López Bruzzesse
    El liderazgo en el fútbol cae a veces en clichés tan baratos como algunos apodos que se utilizan, o algunos usos, como el del cacique, gladiador, guerrero, caudillo. Hay quienes hablan de jugar por la familia, por la guita, por irse a un lugar mejor. A Santiago Tabaré López Bruzzese le dicen Bigote por su viejo, que es carnicero en una esquina del barrio Fraternidad, contiguo a Villa Española. Ese alias no significa en principio ni liderazgo, ni fuerza. Pero es que a esas palabras las aburren los usos, como a la palabra “corazón” para hablar de amor. O, también, para hablar de fútbol. Es que no hay sinónimos tales para un órgano como el corazón. Ahí aparece lo vital. Como si realmente hubiese algo que lo hace latir. Como el amor, como el fútbol. Al Bigote lo hace latir el barrio. Desde siempre. Y quizás la gran virtud no esté tan solo en estar, hacer y transformar. Sino en generar, alimentar, participar, en la existencia de pequeños colectivos de un gran colectivo que pinta el mapa de dos colores. En uno de los años más raros que nos ha tocado transitar, el Club Social y Deportivo Villa Española brilló por sus actos. Un brillo opaco de vidriera de almacén. Un brillo tibio de vitral de claraboya. Lo tangible fue el ascenso, el metal barato de una copa comprada en el centro, una camiseta con los colores diversos, otra preguntando por los desaparecidos. Lo más profundo esté quizás en la corta. En las caras de los futbolistas escuchando a alguien decir que el hermano o la hermana le faltan. Por esas micro políticas diarias, las tangibles, las que no, Bigote López tiene la palabra liderazgo puesta, aunque si le preguntan a él seguro nombre a María, a la Peti, al Babi, a Mario, a Nené o a Robert. 

    Foto: Rodrigo López. 

    Trayectoria
    Jorge Cazulo
    El Piki Jorge Cazulo se retiró de las canchas de fútbol. Digamos, se retiró de la práctica activa del fútbol profesional. En estos días fue nombrado parte del equipo de directores técnicos del enorme Sporting Cristal de Perú. Empezará en las divisiones formativas a formarse, valga la redundancia. Y es que quizás esa sea la verdadera educación, la recíproca, la dialéctica. En Lima lo aman celestes, se convirtió sin levantar la voz en un ícono rimense. Atrás quedaron páginas inolvidables, sus primeros tiempos en Peñarol, el gran Plaza Colonia de comienzos de milenio, el Rampla Juniors inolvidable que quiso todo y solo obtuvo memoria, el más grande de los premios; la violeta del Parque Rodó que le exprimió las virtudes, y el arribo a tierras incaicas donde además de la celeste vistió con condescendencia la camiseta del César Vallejo. En Perú llevó la bandera de la simpleza, la de la entrega, la del ser humano integral que supo además escribir cuentos, leer y admirar a Alonso Cueto, amarse con Lorena como dos personajes sempiternos de una novela de García Márquez. La trayectoria de Cazulo es digna de documentarse, pero todas las palabras se apagan, inservibles, porque cada acto mínimo es lo que lo hecho grande. Hay un poema de la polaca Wislawa Szimborska, que ni ella supo que podía retratar el retiro de un futbolista así:
    Si acaso
    Podía haber ocurrido.
    Tenía que haber ocurrido.
    Ocurrió antes. Después. 
    Más cerca. Más lejos.
    Ocurrió; no a ti. 
    Te salvaste por ser el primero.
    Te salvaste por ser el último.
    Porque estabas solo. Porque la gente.
    Porque a la izquierda. Porque a la derecha. 
    Porque llovía. Porque había sombra.
    Porque hacía sol.
    Por fortuna había allí un bosque.
    Por fortuna no había árboles.
    Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno, 
    un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
    Por fortuna una cuchilla flotaba en el agua. 
    Debido a, dado que, en cambio, a pesar de.
    Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie, 
    a un paso, por un pelo,
    por casualidad. 
    ¿Ah, así que tú aquí? ¿Directo de un instante 
    todavía entreabierto?
    ¿La red tenía un solo punto, y tú, a través de ese punto?
    No dejo de asombrarme, de quedarme sin palabra.
    Escucha
    lo rápido que me late tu corazón.


    Foto: Leonidas Martínez.

  • 28


  • La historia de la futbolista 144

    CAROLINA MILLACET, UNA PIONERA DEL FÚTBOL FEMENINO URUGUAYO En 2016, la AUF hizo un evento de reconocimiento para conmemorar a las pioneras del fútbol femenino, a los veinte años de haber empezado “oficialmente” el primer campeonato de mujeres. En ese torneo, en River Plate, jugó Carolina Millacet. Ahora vive en el norte de New Jersey, […]

    CAROLINA MILLACET, UNA PIONERA DEL FÚTBOL FEMENINO URUGUAYO

    En 2016, la AUF hizo un evento de reconocimiento para conmemorar a las pioneras del fútbol femenino, a los veinte años de haber empezado “oficialmente” el primer campeonato de mujeres. En ese torneo, en River Plate, jugó Carolina Millacet. Ahora vive en el norte de New Jersey, en Estados Unidos. Tiene un restaurante, un diner, donde sirven desayunos y almuerzos típicos de Estados Unidos, pero también chivitos y milanesas.

    Por Franca Roibal, New Jersey

    Hace dos años se incendió el local viejo y recién hace unas semanas volvió a abrir, con local reconstruido y renovado. En medio de la construcción nos reunimos para charlar sobre su historia como jugadora de fútbol. Mi familia la conoce desde hace años, pero nunca había salido el tema. Cuando surgió, fue como si nada, como si hubiera sido cualquier comentario o anécdota de la cotidianeidad. Es un rasgo característico de los uruguayos en el exterior esa “normalidad”, no obstante haber protagonizado cosas extraordinarias.

    Es fanática del fútbol, es de Nacional pero mira fútbol de todo el mundo, fútbol femenino lo más posible. Le brillan los ojos cada vez que dice “me encanta el fútbol” (lo dice varias veces) o cuando habla de jugadores que admira. Tiene una filosofía sobre lo que significa el fútbol para los uruguayos. “Bueno, lo del fútbol obviamente… creo que fue más por un tema familiar. En mi casa siempre se miró fútbol. Siempre. A mi padre le gustaba el fútbol, a mi madre le gustaba el fútbol, y bueno, en Uruguay es así. Creo que la mayoría de la gente consume fútbol. Está en el ADN de nosotros. El fútbol me gustó desde chica”. Como reza un aviso: en Uruguay cuando nacen, los bebés no lloran, gritan gol.

    Viene de una familia y de un barrio obrero (Ferrocarril – Colón). Eran tres hermanos, entonces no podía ir a muchos partidos, pero tiene memoria del primer encuentro que fue a ver (a Nacional, cuando tenía doce años). El resto era “todo por televisión. Y obviamente estaba el cuadro del barrio, el Yegros, en el que jugaba mi hermano”, recuerda.

    Su pasión por el fútbol hizo que desde pequeña se animara a jugar con los varones; su primer juego “oficial” fue en el Yegros cuando armaron un partido para niñas en una comida del barrio. “Como buen barrio obrero de Uruguay, había una cantidad de gurises, de chiquilines. En ese barrio éramos más de veinte, una cantidad. Entonces nosotros ahí, entre las niñas y los varones; los varones jugaban y, cuando nos dejaban, nos metíamos. Se podían armar buenos picados en la calle”.

    Su carné de futbolista. Millacet debió abandonar el fútbol porque era imposible conjugar los tiempos del trabajo -en la fiambrería de un supermercado-, el liceo y las prácticas deportivas.

    El tema de la falta de baby fútbol femenino surge varias veces durante la charla. Ella tuvo la suerte de que los padres “no tenían problema” con que jugara con varones. Esto habla sobre un problema mayor: el machismo sistémico que no da las mismas oportunidades a las niñas que a los varones.

    Le encantaba jugar en cualquier lado. “Si en el barrio salía algo y me invitaban, como sabían que jugaba, yo jugaba con cualquiera. En cualquier cancha me metía”.

    A los 13 años, con cuatro o cinco chicas más, formaron el “cuadro de mujeres” del barrio, al que llamaron Ipayú (por las calles Ipané y Pirayú). Como no había baby fútbol para ellas, ellas se lo inventaron. Después de jugar en el Ipayú, se juntaron con otro cuadro de mujeres de la otra cuadra, se llamaba La Banda. El Ipayú y La Banda tenían una fuerte rivalidad en los cuadros de los varones, pero ellas se dieron cuenta que juntas tenían más poder, y eligieron juntarse a pesar de que a muchos no les gustó. Con La Banda les era difícil encontrar otros cuadros para jugar partidos. “Entonces jugábamos contra un equipo de Las Piedras, contra otro cuadro que se llamaba Ferrocarril, que también era de mi barrio, pero eran unas muchachas un poco más grandes. Y bueno, así empezamos a jugar un poco y ahí fue donde aprendí más. En ese cuadro, La Banda, jugaban fútbol 5 o 9, ya que no tenían suficientes muchachas para jugar fútbol 11.

    «Es lamentable la diferencia entre el fútbol femenino y el masculino. Va a ser muy difícil que se igualen porque lamentablemente en el mundo entero lo siguen viendo de la misma manera. Nunca van a alcanzar lo que gana un hombre. Porque los hombres son hombres y tienen que ganar más, porque el fútbol era de ellos y es un negocio. Tremendo negocio».

    Al poco tiempo se disolvió La Banda y Carolina se fue a jugar a Ferrocarril, ya tenía quince años y podía jugar con las más grandes. Ahí empezó la historia con River. Mientras jugaba en Ferrocarril, estaban en un campeonato y dos de las muchachas que jugaban con ella vinieron con la noticia de que River quería formar un cuadro, porque el fútbol femenino iba a empezar a institucionalizarse y los cuadros femeninos se iban a asociar a la AUF. Carolina no se acuerda exactamente cómo fue, pero River las eligió para empezar a jugar para el equipo femenino oficial. “Así fue que nosotras formamos River Plate. Lo formamos con Ferrocarril, y para poder llegar a los números, llamamos a San Francisco de Las Piedras. Ya jugábamos fútbol 11. Y nosotras estábamos recontentas, imaginate, yo estaba feliz. Lo hacíamos por nada, sabíamos que plata no había, era porque nos gustaba. Una se pregunta, ‘¿podés jugar al fútbol porque te gusta?’ Es buenísimo, me encantaba. Yo tenía 15 o 16 años, entonces había cosas que no veía, o capaz que no analizaba o no entendía. A vos te gustaba, ibas y jugabas”. En el año 1996 empezaron a afiliar a los cuadros femeninos a la AUF. Carolina es la jugadora número 144.

    El primer año se afiliaron seis o siete equipos, ninguno de los dos “grandes”. Al segundo año se afilió Nacional y, según Carolina, “eso fue un problema para muchos cuadros porque como Nacional no tenía jugadoras empezó a sacar jugadoras de todas partes”.

    Explica que cuando entró Nacional, empezó a destrozar equipos al llevarse las mejores jugadoras, y hace un signo de poner plata en la mesa, no está segura de los detalles, pero “algo les ofrecían”. Cuenta Carolina que había una muchacha que se iba a ir a Nacional, pero River logró que se quedara. “River movió cielo y tierra para que una de ellas se quedara con nosotras. No sé de qué manera fue, si le pagaron o no, a mí no me importaba. Yo quería que se quedara porque teníamos que jugar bien. Pero la otra muchacha se fue, y así hicieron con todo. Después con el tema de los jueces, cuando jugás contra Nacionalno cobran igual que cuando jugás contra otro cuadro”. A pesar de su simpatía por los tricolores, tiene muy claro el asunto de las ventajas de los equipos grandes.

    En River, a las que no tenían para los viáticos, se los pagaban. También les daban el equipo deportivo y si no tenían para los championes también les compraban. “Fue muy difícil la iniciación del fútbol. Yo tenía 16 años, entonces para mí era divino. Jugaba para River, no me importaba nada más”. Sin embargo, era un esfuerzo poder jugar. “Era todo un esfuerzo poder ir ahí. Lamentablemente muchas no teníamos las condiciones económicas. La mayoría de las que jugábamos éramos de barrios obreros. Todo lo que hacíamos era un sacrificio. Era muy difícil pagarte un ómnibus. Imaginate, después de eso podemos hablar de lo que quieras. No podía tener championes, nada. Todo lo que hacía era con sacrificio”. En el momento quizás esto no le pasaba por la mente, pero al analizarlo ahora se da cuenta de todos los obstáculos que tenían estas pioneras.

    El problema de los magros salarios –o la inexistencia de remuneración económica– de las futbolistas uruguayas quedó en evidencia. La injusticia sistémica se palpaba a la vista. Solo jugó en River por dos años porque tuvo que dejar el fútbol para trabajar. Por un tiempo intentó hacer las tres cosas… jugar en River, trabajar en un supermercado y terminar dos materias que le quedaban del liceo. Pero el trabajo no era muy flexible con los horarios, y tuvo que dejar lo que le apasionaba más: el fútbol. “Recuerdo que empecé a trabajar y tenía problema con los horarios. La necesidad… yo tenía que trabajar. Cuando tenés un trabajo, y más en un supermercado, y recién empezás, te ponen todos los días de tarde a trabajar. Muy pocos días de mañana. Entonces ir a las prácticas se te hace difícil. Y si no vas a las prácticas no jugás. Tuve que dejar de jugar en River porque no podía practicar, tenía que trabajar”. Cuenta una anécdota de cuando jugaron un partido entre “cajeras y secciones” en el supermercado (ella trabajaba en la fiambrería); un señor la vio jugar, la invitó a jugar con Wanderers que iba a empezar a tener equipo. “No, yo juego en River”, contestó.

    Poco tiempo después tuvo que dejar el fútbol. En este momento es difícil no hacer la conexión con la falta de igualdad de género, especialmente en los salarios. Si a ella le hubieran pagado un salario, quién sabe cuál sería su historia. Después de un tiempo se fue a trabajar a un “supermercado de barrio”, donde se sentía mucho más cómoda y feliz; aunque ya se había ido de River, eran mucho más flexibles con el horario, lo cual la ayudó a terminar el liceo. En otro partido con los hombres que se juntaban a jugar contra una panadería, la invitaron a jugar en un equipo, esta vez en Huracán de Paso de la Arena. Terminó yendo a algunas prácticas, pero era demasiado lejos, tenía que tomar dos ómnibus y demoraba dos horas en llegar. Otra vez, un problema de accesibilidad le impidió continuar una carrera futbolística. “Era un sacrificio todo”. Tiene poca esperanza de que se llegue a la paridad. “Es lamentable la diferencia entre el fútbol femenino y el masculino. Va a ser muy difícil que se igualen porque lamentablemente en el mundo entero lo siguen viendo de la misma manera. Nunca van a alcanzar lo que gana un hombre. ¿Por qué? Bueno, porque los hombres son hombres y tienen que ganar más, porque el fútbol era de ellos y porque es un negocio. Tremendo negocio”.

    A pesar de tener críticas sobre el sistema que no deja que las mujeres brillen como los hombres, Carolina tiene gratos recuerdos de su paso por River, por el grupo que se formó y por los técnicos que tuvo. “Lo de River fue bueno. Teníamos un grupo buenísimo, dirigido en forma provisoria por Hugo Gentile. Cuando River nos designó un técnico, fue a Jorge Burgell, el primer técnico oficial”. Continúa: “A mí me marcó una etapa de la vida que fue espectacular, porque la experiencia es hermosa cuando hacés algo que te gusta. Y cuando estás en un ambiente que es bueno. No era un ambiente competitivo ni hostil. Éramos todas iniciadas en el mismo momento, nosotras formamos ese cuadro”. Está orgullosa de haber formado parte de un grupo que dio el empujón para que “las mujeres o las niñas puedan desarrollar ese deporte que todos llevamos en la piel”. Jugaba de zaguera central, pero a veces de lateral izquierdo y derecho. Donde se necesitara. Le encantaba jugar de zaguera. También recuerda que le gustaba conocer todas las canchas y lugares en donde jugaban, al igual que hacer amistad con las compañeras. “Las experiencias que tuve en River fueron espectaculares porque conocés muchas mujeres, aprendés de la diversidad, de la mujer en el fútbol, del respeto. Siempre nos respetamos”.

    En un momento, entre avergonzada y sonriente, contó cómo a veces habla de este momento en su historia. “Nosotros nos reímos porque acá [en el restorán, donde a veces pasan partidos aunque ella no siempre se queda a verlos con la gente porque se enoja demasiado] hay una cantidad de hombres y todos hablan de fútbol, fútbol, fútbol… pero muchos de ellos no han jugado en ningún cuadro. Siempre les cuento, les digo: ‘hablan mucho de fútbol pero la única que ha jugado profesional fui yo’, y se ríen porque obviamente soy mujer. Entonces como que siempre causa gracia”.

    En varios momentos aparece esta aceptación, internalización y casi minimización del machismo en el que vivimos. “El fútbol y la política están súper ligados”, dice orgullosamente refiriéndose a que el auge del fútbol uruguayo mundial, y de los deportes en general, coincidió con el cambio de gobierno. “Cuando un gobierno cambia y aporta a la sociedad, aporta a los deportes también. Creo que eso fue una muestra muy grande hace quince años en Uruguay”. Sin embargo, todavía hay mucho trabajo para lograr la igualdad de género en el fútbol. “El tema del fútbol femenino en Uruguay es un problema. La igualdad es un problema. Eso [la igualdad] no lo vamos a lograr hasta que no cambie la cultura”.

    «Haber sido una pionera en el fútbol cambió algo de la historia de Uruguay. Quizás antes no lo veía, porque fue algo que hacíamos porque nos gustaba. Hoy me doy cuenta de que el día que nos dieron ese diploma, haya sido lo que haya sido, es algo. Por lo menos reconocieron de una manera mínima que una hizo un esfuerzo».

    La desigualdad no es solo salarial. “Yo tenía que salir a trabajar, tenía que estudiar; para ir a practicar, a ver si me podían arreglar el horario. Al varón no le pasa eso. El varón, literalmente, desde el momento que empieza y juega en las divisiones inferiores de cualquier cuadro, se dedica al fútbol. La mayoría no sale a trabajar. Porque si son buenos, el fútbol mismo se encarga, cualquier cuadro, de que ellos tengan todo para ir a jugar”. Asegura que no dice que ningún varón haga ese tipo de sacrificio, los hay, pero para la mujer es virtualmente imposible venir de una situación humilde y poder dedicarse al fútbol. “Tenés más obstáculos, en todo sentido. El varón que nace en Uruguay y dice ‘quiero ser futbolista’, si tiene condiciones y se dedica, es futbolista. A nosotras no nos pasa eso, incluso hasta el día de hoy”. Este es un ejemplo del machismo sistémico que mantiene el status quo. También piensa que hay que empujar siempre por más. No es suficiente que haya cuadros. Cuando se formaron los cuadros era todo un sacrificio, toda una lucha. Ni los cuadros mismos hacían mucho por empujar el emprendimiento y apoyar. “Si querés algo tendrías que hacer todo lo posible para que eso se encamine y esté bien. Creo que lo hacían porque sentían que tenían que hacerlo, pero no porque pensaran que estaba bien hacerlo”. Se refiere a los equipos y cómo trataban a los de las mujeres, igual que los equipos masculinos. “River no nos prestaba la cancha porque era para los hombres. Siempre me pregunté qué podía hacer que nosotras jugáramos los domingos ahí siete partidos. ¿Le íbamos a destrozar la cancha? Es esa diferencia de… que es el hombre y la mujer, porque vos (como mujer) no sos la estrella. Pertenecíamos a River y no teníamos dónde practicar”. Carolina menciona esta injusticia como uno de los ejemplos del machismo sistémico. Como otro ejemplo, señala que no hay baby fútbol para niñas, lo cual es una de las cosas que en Estados Unidos hacen bien. La sobrina juega en un equipo en el cual por un tiempo era la única niña. Carolina dice que esto lleva a que actualmente Estados Unidos tenga uno de los mejores equipos de fútbol de mujeres, a pesar de que tampoco les pagan bien en la liga profesional, ni es suficiente para vivir en muchos casos. La falta de igualdad en este ámbito es algo que hay que remediar inmediatamente.

    En el año 1996 se comenzó a afiliar futbolistas a los equipos femeninos de la AUF. Carolina es la jugadora número 144.

    En 2016 recibió un diploma de la AUF reconociéndola como una pionera del fútbol uruguayo. “Me siento orgullosa porque fue una parte de mi vida y partimos de algo que cambió la historia del deporte en Uruguay. Haber sido una pionera en el fútbol cambió algo la historia de Uruguay. Quizás antes no lo veía, porque para nosotros en el momento fue algo que hacíamos porque nos gustaba. Hoy me doy cuenta de que el día que nos dieron ese diploma, haya sido lo que haya sido, es algo. Por lo menos saben, reconocieron de una manera mínima que una hizo un esfuerzo. Las muchachas que juegan hoy tienen chance gracias a las que impulsaron el fútbol también. Poder estabilizar eso para nosotras fue una pelea. Las que juegan actualmente tienen las puertas más abiertas. Me pone contenta eso: que no tengan tantos obstáculos. Hay que seguir”. Para ellas, para las pioneras, tenemos que trabajar para acercarnos a la igualdad de género en el fútbol.

  • 27


  • Ellas firmes en El Ciclón

    DOS FUTBOLISTAS URUGUAYAS VISTEN LA CASACA DE SAN LORENZO DE ALMARGO Por Patricia Pujol Si una va a hablar del fútbol femenino de San Lorenzo de Almagro hay que saber: existe en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) desde 2002, y desde entonces se convirtió en un club que aguó las fiestas que planteaban la […]

    DOS FUTBOLISTAS URUGUAYAS VISTEN LA CASACA DE SAN LORENZO DE ALMARGO

    Por Patricia Pujol

    123

    Si una va a hablar del fútbol femenino de San Lorenzo de Almagro hay que saber: existe en la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) desde 2002, y desde entonces se convirtió en un club que aguó las fiestas que planteaban la hegemonía de títulos de Boca Juniors y River Plate en los torneos argentinos. En 2008 se consagraron campeonas del Torneo Apertura, título que defendieron con éxito a comienzos de 2009. En 2015, lograron el campeonato regulado por la AFA. Antes habían sido subcampeonas en ocasiones sucesivas entre 2004 y 2007, y en 2009 resultó el primer equipo argentino en jugar la Copa Libertadores de América, en Brasil, título que ganaron las locatarias de Santos Futebol Clube, en su primera edición.

    En la página web del club se lee un hito: aportó quince jugadoras a las selecciones argentinas sub 17, sub 19, sub 20 y mayor, para disputar sudamericanos, mundiales, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos y amistosos internacionales. Todos estos detalles podrían no significar casi nada; sin embargo, enmarcan al equipo en su contexto.

    La lupa estuvo puesta en 2019. El 12 de abril, San Lorenzo fue el club pionero en el camino hacia la profesionalización con la firma de quince contratos. Macarena Sánchez, jugadora que lideró esa lucha, fue la flamante incorporación con la que cerraron el año en la pelea por el campeonato.

    Ahí están, en ese club juegan, a puro deseo y dedicación, las futbolistas uruguayas Sindy Ramírez y Federica Silvera.

    Sindy y Federica comenzaron a jugar siendo niñas. Si bien parece que no pasó tanto tiempo, no era bien visto en su entorno. Ya de más grandes las dos vistieron la celeste. En Buenos Aires compartieron apartamento por casi tres años, en el barrio Boedo. Ambas forman parte del plantel actual de futsal y fútbol 11 en el club.

    Sindy, nacida el 28 de enero de 1991, estuvo primero en la pensión que San Lorenzo propone para las jugadoras. Ahora vive con su pareja en el barrio de Caballito. Está terminando secundaria y hace un curso sobre entrenamiento en equipo.

    Federica, del 13 de febrero de 1993, se muda seguido y dice no tener barrio porteño estable. Combina el fútbol con la Licenciatura en Economía en la Universidad Católica, le falta presentar la tesis para graduarse.

    A ambas la pandemia las estacionó del otro lado del Río de la Plata, separándolas de las familias que tienen raíces de este lado. En Sauce, Canelones, la de Sindy; en Montevideo la de Federica. Mientras el fútbol estuvo detenido por la pandemia de covid-19, intentaron no perder el entrenamiento ni la motivación para seguir enganchadas con lo que más les gusta. Mientras tanto, persiguen un sueño: continuar dedicándose al fútbol.

    ¿Cómo arrancaron a jugar al fútbol? ¿De quién o quiénes recibieron apoyo?

    Sindy Ramírez: Arranqué a los seis años, en Sauce, Canelones. Me gustaba jugar desde muy chica. Empecé con varones en Club Sportivo Artigas hasta que, a los 13, ya no pude jugar más con ellos. Mi viejo [Jorge Ramírez] armó un cuadro de Fútbol Femenino sub 14 y ahí arranqué.

    Federica Silvera: Tengo fotos de cuando era chica, de antes de cumplir cinco años, con pelotas y jugando al fútbol. Cuando tenía esa edad, nos mudamos con mi madre a un complejo nuevo sobre la avenida Bulevar Artigas, en Montevideo, donde había más niños que niñas. Al principio intentaba hacerlos jugar a las maestras o muñecas y no me daban bola. Ellos me enseñaron a jugar. Armábamos partidos y campeonatos contra otras viviendas. A los once años le dije a mi madre que quería pertenecer a un club y competir, jugar por algo. No tuvo problemas con eso, pero quería que jugara con nenas y no con varones, porque estaba en una edad donde empezamos a tener diferencias físicas. Salimos a buscar. Fuimos al Urreta y me dijeron que no había fútbol femenino. Luego dimos con Nacional, soy hincha del club. Fuimos a preguntar y estaba Hugo Laborda con Tricolor Fútbol Club. Jugué torneos sub 13. Luego pasé a Colón y participé en torneos sub 16. No había categoría de mayores y me fui a Fénix, con 14 años. Jugué hasta 2010. Después me fui a Nacional y estuve hasta fines de 2017, cuando me vine a San Lorenzo.

    ¿Cómo llegaron al futsal? Ambas son mediocampistas en 11 y pívot en sala. ¿Qué diferencias aplican en el juego en los dos roles?

    SR: En 2009 tuve la posibilidad de viajar a Argentina y jugar 11. Me dieron la posibilidad de jugar futsal y me metí de lleno, con todo. La verdad es que tener dos roles se me complicaba, porque era más jugadora de 11, pero me enganché y me empezó a gustar. Son dos cosas diferentes. El futsal es más rápido, hay que tomar decisiones rápidas, tiene otro sistema de juego. Juego de pívot la mayoría de las veces. En 11 he jugado en diferentes puestos, estuve en casi todos. Diría que soy volante, en realidad.

    FS: Empecé a jugar en Colón, a los 14 años, para participar en un torneo internacional en el Club Atenas, se jugaba un torneo interno primero. Ganó Malvín, recuerdo, y reforzó su plantel llamando a jugadoras. Es cuando me integro a jugar con ellas y participo de mi primera competencia. En una etapa de aprendizaje ambos son complementarios por el juego reducido y la velocidad que tiene el futsal, pero son dos deportes distintos. Ayuda mucho a tomar decisiones más rápido y resolver una jugada. Eso se puede trasladar a mayores espacios y resolver mejor. Me gustan ambos y más allá de que me dedique a los dos, soy la misma jugadora, intento jugar de la misma manera. Capaz soy más vistosa en futsal. Mi fuerte es la velocidad.

    ¿Cómo llegaron a Argentina? ¿Cómo fueron esos primeros momentos?

    SR: Tuve la posibilidad de viajar porque me habían visto en la sub 17 de Uruguay y jugué en primera en 2006. El técnico de San Lorenzo me vio y me ofreció sumarme en 2008 para jugar toda la temporada siguiente. Viajé con 17 años y fue una hermosa experiencia. Cumplí 18 en Argentina; aprendés a hacerte persona. Siendo tan chica, me fui de mi país a cumplir mi sueño. Fue importante viajar y disfrutar del fútbol.

    FS: Llegué en 2017, después de haber jugado la Copa Libertadores de Futsal con Río Negro City, que fue la última que jugué con ese equipo. Me contactaron para ir a San Lorenzo a hacer 11 y futsal. Me entusiasmó la idea de vivir una experiencia nueva, porque hasta el momento no tenía otras posibilidades. Era muy difícil ser profesional, no lo tenía tan pensado y me tocó. La realidad que enfrentaba en Uruguay era que tenía que salir a trabajar o estudiar para ser alguien en el mundo y el fútbol no me iba a dar eso. Esto sigue pasando en Uruguay, porque las jugadoras tienen que hacer otras cosas y no solo jugar al fútbol. Tal vez ahora las más chiquitas pueden soñar con eso, porque se está caminando hacia otros rumbos, pero en mi generación todas sabíamos que teníamos otro destino y no podíamos depositar todo en el deporte. Es algo que las mujeres que nos dedicamos al fútbol femenino en Sudamérica en general quisiéramos. Si nos dieran a elegir o si nos hubieran dado la posibilidad, tal vez no hubiésemos estudiado una carrera para tener una salida laboral y hubiéramos puesto más energías en entrenar.

    ¿Cuál fue la primera citación que les llegó para jugar en la selección uruguaya?

    SR: Tuve la posibilidad de que mi viejo armara el Sportivo Artigas sub 14 en Sauce, que se jugara un campeonato del interior en el Complejo Celeste de la AUF. Ahí estuvo [Juan] Duarte, que era el DT de la selección mayor femenina en 2006. Pude demostrar muchas cosas a mi favor y me pidió los datos, me dijo que me quería en la selección. Yo tenía 14 en ese momento y me estaba llamando para citarme a una selección mayor. Siempre soñé desde chica jugar en la selección. Es un orgullo.

    FS: En 2007 estuve en una selección sub 17 para entrenar para el primer Sudamericano sub 17, que se jugó en Chile.

    ¿Cómo fue esa experiencia de selección? Ustedes juegan, además, con compañeras que integran la selección argentina y, algunas de ellas, jugaron el último Mundial en Francia, ¿Qué consideran que le falta a Uruguay para alcanzar mayor nivel en el fútbol femenino?

    SR: Cruzarme con las jugadoras de la selección argentina, o jugar en contra o entrenar con ellas, es lindo, saber que pudieron disfrutar del Mundial, de esa experiencia. Lo que pienso es que en Uruguay el desarrollo del fútbol femenino fue de menor a mayor y le falta aún muchas cosas. Pienso que tenemos que luchar todas juntas para lograr lo que se logró en Argentina, que es la semiprofesionalización. Eso es importante. En Argentina le dan mucha importancia, casi todos los clubes tienen contrato, se trata de ser lo más profesional posible. En Uruguay las cosas se van a ir dando de a poco. Se necesita que luchemos todas nosotras, que los dirigentes y los clubes les den a las jugadoras lo importante, las pelotas, los viáticos. Eso para una jugadora es fundamental. Creo que Uruguay avanza y falta lo colectivo que es fundamental. Tengo fe que de a poco se van a ir logrando muchas cosas.

    FS: Representar a tu país como jugadora es lo mejor. Uno de mis sueños sería jugar un Mundial con la celeste, obviamente, clasificar, algo que nunca pasó. Se necesita trabajo y muchas de las que pasamos por procesos de selección vemos que se ha estado en todas las competencias y no se ha trabajado para clasificar, me parece, y eso requiere competencia mayor de la liga. Si las jugadoras de tu país enfrentan un torneo no competitivo o no profesional, cuando enfrenten un torneo con chicas que juegan de otra forma, que lo vivan distinto y tengan los espacios y otros medios, la diferencia será muy notoria. Para que crezca, los clubes tienen que abrir un espacio para el fútbol femenino. Hay que empezar a cambiar esas cosas.

    «Lo colectivo es fundamental para lograr muchas cosas, que se hagan valer los derechos como trabajadoras, porque lo real es que somos eso», dice Sindy Ramírez. Foto: San Lorenzo de Almagro.

    Ustedes son deportistas que tienen un contrato firmado con San Lorenzo. ¿Cómo vivieron la repercusión del caso de Macarena Sánchez y qué piensan que se aprendió de eso?

    SR: Por suerte pude tener mi contrato después de muchos años de tener ese sueño de ser profesional, aunque una trata de ser lo más profesional posible siempre; poder vivir de lo que hacés es hermoso. Maca, para nosotras, llegó diez puntos. Es una amiga, no la conocíamos mucho, pero logró muchas cosas para el fútbol argentino porque pelear por la igualdad o los derechos nuestros es fundamental. Lo colectivo es fundamental para alcanzar muchas cosas, que se hagan valer los derechos como trabajadoras, porque lo real es que somos eso. Para nosotras Maca es importante porque admiramos su lucha.

    FS: La profesionalización del fútbol femenino en Argentina es muy reciente, queda mucho por crecer. Macarena alzó la voz y por suerte tuvo el peso para que la AFA reaccionara y empezara a trabajar para que el fútbol sea profesional, pero queda mucho camino por recorrer. Si analizamos la liga argentina, entre todos los equipos, no es un porcentaje significativo el que hay de jugadoras profesionales, si bien los clubes más grandes sí, como nosotras, tienen casi todo el plantel profesional, al día de hoy sigue habiendo jugadoras sin contrato. Me parece que para profesionalizar se necesita más que eso: formar desde chicas, crear espacios para que las niñas puedan formarse adecuadamente. Si lo comparamos con el fútbol masculino es el mismo juego, estamos todos de acuerdo, y se forman desde muy chicos con compañeros de la misma edad y compiten, lo forman como jugador y persona, con valores de vida y eso en Sudamérica ni las generaciones más chicas de niñas lo están pudiendo vivir. No sé si en todos los países hay sub 12 o sub 10. En los inicios las chicas y chicos pueden competir juntos hasta determinada edad y eso ayuda a que más niñas se animen a jugar y cambie esa idea cultural para que acompañe el crecimiento. Se necesita también eso. Me era muy difícil de chica pensar que iba a ser futbolista profesional. No crecí pensando que era posible para mí.

    Vivieron el Mundial de Fútbol 2019 en Argentina, con la selección femenina disputándolo. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué selección les gustó más y por qué?

    SR: El Mundial lo pude ver por televisión, porque pasaban los partidos de Argentina. Me gustó mucho Estados Unidos, Francia. Tienen un juego increíble, una potencia que es lo que se nota como diferencia con Sudamérica, los trabajos, los entrenamientos, la fuerza que tienen, la calidad que para mí es fundamental en el trabajo de inferiores, que se van formando a lo largo del tiempo; cuando debutás en primera te das cuenta del desarrollo que esas jugadoras tienen.

    FS: Viví más otros mundiales de fútbol masculinos y no femeninos, y eso influye en la cultura de que no todo el mundo está mirando el fútbol femenino. Solo estamos aquellos a los que nos interesa el fútbol femenino y todavía no se le da el espacio suficiente. El Mundial masculino tiene cinco canales pasando los partidos. En el femenino tenías que tener cable, o verlo por web, o cuando jugaba Argentina, lo pasaron en la TV pública. Falta difusión. Francia fue muy buen anfitrión. Me tocó jugar con la selección mayor de Uruguay contra Francia, antes de que se jugara el Mundial e ir a Europa y verlas. Son profesionales y tienen los espacios, un estadio para entrenar. Tal vez pueden ser detalles y en Uruguay no los ves. En Francia pudimos ver cómo ellas son tratadas como profesionales y tenían esa educación y formación, era duro chocar contra ellas, tenían una idea de juego y los objetivos muy claros; y así es que se convirtieron en uno de los equipos que resaltaron en el Mundial.

    ¿Cuál creen que es la mejor jugadora? ¿Por qué?

    SR: Siempre me gustó Marta, desde chica, porque tiene humildad, es muy sacrificada, lucha mucho por muchas cosas del derecho de la mujer, tiene mucha habilidad y es muy laburadora. Salió mejor jugadora del mundo por muchos años. En Brasil le van a hacer una estatua. Es increíble por sus valores, su constancia y su experiencia, es una rejugadora. Es admirable.

    FS: La mejor jugadora que conocí y admiré fue Marta –porque hay otras que son cracks, pero no encontrás en la tele porque no están tan disponibles–, que salió de Brasil, porque Brasil es potencia mundial, tuvo los lugares y tiene la infraestructura. Cómo se peleó contra todo, cómo tuvo sus objetivos claros y cómo pensó en ser futbolista y lo consiguió, me hace admirarla porque siento que tuvo una fortaleza enorme y demostró que con su juego el fútbol femenino es grande. Una de las cosas que me llamó la atención cuando llegué a Argentina es que tenían una cancha y un gimnasio para entrenar todos los días. Eso en Uruguay está cambiando pero cuando yo jugué entrábamos en la peor cancha, incluso jugando en el mejor cuadro.

    «Me entusiasmó la idea de vivir una experiencia nueva, porque hasta el momento no tenía otras posibilidades. Era muy difícil ser profesional, no lo tenía tan pensado y me tocó», cuenta Federica Silvera. Foto: San Lorenzo de Almagro.

    ¿Y qué jugadora les parece la más destacada en Argentina? ¿Por qué?

    SR: Hay jugadoras que se están destacando mucho. Lore Benítez, jugadora de Boca, juega en el medio y lo hace muy bien Es simple, trata de hacer jugar al equipo y el juego pasa por ella siempre. Son muy buenas todas, pero creo que la más destacada es ella.

    FS: La jugadora más destacada es Mariana Larroquette. Es goleadora, desequilibrante, con una fortaleza física muy grande.

    ¿Cómo llevaron el confinamiento planteado por las medidas de seguridad sanitaria debido a la pandemia sin poder practicar o jugar? ¿Qué experiencia personal destacan de ese momento?

    SR: En la pandemia fue muy complicado. Fueron casi siete meses de estar encerrada, de ni salir, entrenar en casa vía Zoom con el profe y el grupo sabiendo que no es lo mismo. Se me complicó los primeros meses, porque tenía una rutina de todos los días ir al club. Pude disfrutar y estudiar un poco más estando en casa, pero costó bastante. Ahora estamos entrenando. Volvimos a entrenar con protocolos.

    FS: La pandemia fue un momento difícil para todos, para cualquier deportista. Se padeció también porque no se sabía cuándo terminaba, te generaba desesperación, te cambiaba el ánimo. En San Lorenzo no paramos de entrenar y me ayudó a encontrar ganas de hacerlo para crecer físicamente y superarme. Estaba en mi casa, tenía que entrenar igual y doble turno, y a veces entrenaba por mi cuenta porque sabía que después iba a ser más difícil. Intenté no detenerme cuando era difícil, porque no tenés un objetivo cerca, sino que es contigo misma. Me parece que intenté continuar. Por momentos veía trabajos que volvían y nosotras no; de hecho, volvió el fútbol masculino y el femenino no, si bien se dio autorización para que volvieran a la par, no fue lo que pasó. Hoy están jugando los hombres y nosotras arrancamos recién en diciembre. Esto te desequilibra, te da bronca, son todos elementos de desigualdad que una jugadora siente constantemente y también se vieron en la pandemia.

    ¿Qué esperan del fútbol y qué les gustaría que cambiara?

    SR: Espero que sea igualitario, que se nos den las mismas condiciones que a los varones. He visto pasar muchas etapas en el fútbol femenino, sé que va de menor a mayor en muchos casos Que se pueda vivir de lo que amás, porque es un laburo. Tengo fe en que va a cambiar. También que las más chicas, porque son el futuro, van a aprovechar esto al máximo para disfrutar más del fútbol. Ojalá que sea más igualitario y quiero que el femenino siga creciendo y disfrutarlo a mil.

    FS: Que se consolide como una profesión, y eso no es solo decir que la liga sea profesional, sino trabajar para que esa profesión sea una más realmente. Esto requiere que las niñas se formen, tengan espacios, que en las escuelas haya fútbol femenino, que se cambie culturalmente y que no vuelva a suceder como cuando yo era chica que se decía que estaba mal. Que tengamos las mismas oportunidades, en todos los ámbitos no solo en el fútbol. El fútbol es una ventana muy grande para hacer cambiar eso, porque es un deporte que atrae a mucha gente, y si se trabaja para que sea igual al fútbol masculino se verá que el género no te condiciona a nada.

  • 26


  • Historias de cuatro décadas

    ARIEL KRASOUSKI, EL MUNDIALITO DEL 80 Y SU RELACIÓN CON MARADONA Se cumplen cuarenta años del Mundialito de 1980, el torneo que congregó en Montevideo a las principales figuras del fútbol mundial de la época, incluido quien –para muchos– es el mejor jugador de la historia: Diego Armando Maradona. Entre los 108 jugadores que disputaron […]

    ARIEL KRASOUSKI, EL MUNDIALITO DEL 80 Y SU RELACIÓN CON MARADONA

    Se cumplen cuarenta años del Mundialito de 1980, el torneo que congregó en Montevideo a las principales figuras del fútbol mundial de la época, incluido quien –para muchos– es el mejor jugador de la historia: Diego Armando Maradona. Entre los 108 jugadores que disputaron ese torneo, estaba Ariel Krasouski, que empezaba a despuntar en el mediocampo del Montevideo Wanderers.

    Por Mauricio Pérez

    Ariel Krasouski vivía un sueño. Con 21 años había sido convocado a la Selección uruguaya de fútbol para disputar la Copa de Oro de Campeones Mundiales, o Mundialito de 1980. El torneo internacional –organizado para celebrar el 50 aniversario del Mundial Uruguay 1930– se disputó en el mítico Estadio Centenario, en Montevideo, con la participación de cinco de las seis selecciones campeonas del mundo hasta esa fecha (solo faltó Inglaterra) y de Holanda, vicecampeona del mundo en 1974 y 1978, que llegaron con su máximo poderío.

    El torneo contó con la presencia de futbolistas de primer nivel mundial: los brasileños Sócrates y Toninho Cerezo, los holandeses Willy y René van der Kerkhof y los alemanes Karl-Heinz Rummenigge y Harald Schumacher. Argentina se presentó con la base de la selección campeona del mundo en 1978, más los jóvenes Ramón Díaz y Diego Armando Maradona; Italia trajo un equipo integrado, entre otros, por Carlo Ancelotti, Giancarlo Antognoni, Marco Tardelli y Alessandro Altobelli, muchos de los cuales se consagrarían campeones en el Mundial de España en 1982.

    Entre todas esas estrellas estaba Krasouski, un joven nacido en San José, quien jugaba en el Montevideo Wanderers. “En aquel momento –afirma Krasouski– era muy difícil que un jugador de cuadro chico jugara en la selección mayor”. Esa percepción se reflejó en la integración del plantel celeste. Solo cuatro de los dieciocho jugadores de Uruguay jugaban en cuadros menores: Daniel Martínez (Danubio), Jorge Siviero (Sud América), Jorge Barrios y Krasouski (ambos en Montevideo Wandereres).

    Dos cosas hicieron posible su convocatoria: su pasaje por las selecciones juveniles y el buen desempeño en su equipo en el torneo local. Krasouski fue campeón sudamericano Sub 20 en 1977 y cuarto en el Mundial Sub 20 de Túnez 1977, y pieza clave en el sorprendente Montevideo Wanderers de 1980. “Hicimos una muy buena campaña, fuimos segundos detrás de Nacional, que ese año fue campeón de América y del mundo”, afirmó a Túnel. Con ese palmarés se metió de titular en el plantel.

    Durante el Mundialito, le tocó enfrentar a jugadores de primer nivel, renombrados en todo el mundo. “Cada fenómeno. Antognoni tenía una calidad bárbara; Sócrates, una elegancia para jugar al fútbol. Yo era muy joven, y había muchos jugadores y muy buenos, algunos de esos jugadores eran mis ídolos”, recuerda. ¿Pudo “arrimar” a alguno? “Cuando los podía agarrar”, contesta con una sonrisa.

    El torneo constó de dos series de tres equipos. El primero de cada grupo se clasificaba a la final. Uruguay le ganó a Holanda e Italia por idéntico marcador: 2-0. “Contra Holanda estaban los nervios del debut, pero lo ganamos bien. El partido contra Italia fue muy duro”, rememora Krasouski. La final fue contra Brasil el 10 de enero de 1981. Una especie de revancha de la final jugada en 1950. “Fue el partido más difícil, Brasil tenía un cuadrazo”. El partido se definió 2-1con un gol de Waldemar Victorino. Otra vez ese resultado, como treinta años antes. El festejo se trasladó de la tribuna a la cancha, de la cancha a la tribuna. Dieciocho jugadores entraban en la historia del fútbol uruguayo. La gente celebraba en la tribuna. De repente, comenzó un cántico que fue casi una catarsis: “se va acabar, se va acabar, la dictadura militar”.

    Ariel Krasouski fue campeón sudamericano sub 20 en 1977 y cuarto en el Mundial de la categoría en Túnez. Surgido en Montevideo Wanderers, ganó el Mundialito del 80 con Uruguay y jugo siete años en Boca Juniors, junto a Maradona en sus primeros años.
    Foto: Jerónimo López.

    Otros golpes

    En 1980, Uruguay vivía bajo dictadura. El golpe cívico-militar que comenzó a gestarse sobre fines de los años 1960, y que se concretó el 27 de junio de 1973, parecía aún inquebrantable. Las cárceles uruguayas estaban abarrotadas de presos políticos. Los cuarteles militares eran centros de detención y torturas de opositores al régimen. También el lugar de enterramiento de decenas de personas, muchas de las cuales aún permanecen desaparecidas.

    Fue también el año en que la dictadura intentó legitimar su proyecto político en las urnas. El gobierno dictatorial impulsó una consulta popular para reformar la Constitución de 1967, legitimar al régimen y consolidar una democracia tutelada bajo control militar. El texto de la nueva constitución fue elaborado por la Comisión de Asuntos Políticos de las Fuerzas Armadas (Comaspo) y difundido –en parte– un mes antes del plebiscito; la campaña publicitaria fue prácticamente hegemónica a favor del SÍ al proyecto constitucional. El 30 de noviembre de 1980, sin embargo, las urnas dijeron NO. El 57% se pronunció en contra de la iniciativa; la dictadura sufrió una derrota inesperada y el retorno a la democracia comenzó a vislumbrase con más fuerza.

    En ese contexto, se disputó el Mundialito de 1980. Para muchos, la organización del torneo fue un intento de la dictadura uruguaya de legitimar su imagen nacional e internacional. Una fiesta que se volvió en contra, y que sirvió como catarsis colectiva, que desencadenó el canto final contra el gobierno encabezado por el dictador Aparicio Méndez, quien presenció el partido desde el palco oficial.

    Krasouski afirmó que los jugadores sabían muy bien lo que pasaba en el país, pero reivindica que lo que sucedió en la cancha estuvo lejos de todo ese contexto. “Estuvimos cinco meses preparándonos para ese campeonato. Obviamente sabíamos lo que pasaba en el país, ¿cómo no vamos a saber? Éramos jóvenes pero sabíamos. Nunca se mezcló. Nos preparamos para jugar un campeonato, nunca vimos a nadie que no fuera integrante del cuerpo técnico o gente de fútbol”, afirmó Krasouski a Túnel.

    La única vez que se hicieron presentes personas ajenas al fútbol fue antes de la final con Brasil (ver recuadro). “En lo único que pensábamos era en hacer un buen papel”, agrega. Sin embargo, ese triunfo deportivo –según Krasouski– quedó impregnado del estigma que le dio el entorno político, lo que hizo que en Uruguay nunca se valorara como se debía.

    “Fue un torneo muy bien organizado. Todas las selecciones vinieron a ganarlo. Todas vinieron con lo mejor que tenían, y por suerte lo pudimos ganar nosotros. Ese es el dolor que uno siente: que acá [en Uruguay] no se valora lo que se logró en ese torneo”. ¿Por qué en Uruguay no se le dio la relevancia a ese torneo? “Es clarito, no se le dio valor porque metieron la política en el medio. Si este campeonato lo hubiera ganado Brasil, Argentina u otro país no tengo ninguna duda de que lo estarían nombrando permanentemente. Lo que más duele es la indiferencia del lado uruguayo, que no se reconozca ese triunfo como algo muy importante para el fútbol nacional. Es provocado por el tema político. Porque siempre que la política se mete en el fútbol, es lamentable”, señaló Krasouski.

    Esa indiferencia –dice– se explica por el contexto político, pero también por el resultado. Si Uruguay hubiera perdido esa final, según Krasouski, otra sería la historia. “Si hubiésemos perdido la final con Brasil, ¿cómo hubiéramos quedado los jugadores? Como los que perdimos una final en Uruguay, [se diría] que Brasil vino y se vengó de la final de 1950 […] Nos tendríamos que haber ido del país si hubieramos perdido esa final. De eso nos damos cuenta ahora. Hubiéramos quedado marcados para toda la vida como los que perdimos una final contra Brasil”, afirmó. Pero insiste con que una victoria como aquella no debería minimizarse: “Los militares no jugaron ni participaron en nada. Eso lo puedo decir yo o cualquiera de mis compañeros”.

    Más allá del resultado deportivo, el resultado del plebiscito –y a partir de eso, los cánticos que surgieron en el Estadio Centenario– tuvo un impacto directo en la dictadura uruguaya. Según Alfonso Lessa, “la derrota en la urnas agitó la interna militar y apuró un secreto debate interno en el que comenzaron a señalarse responsabilidades”*. Esto aceleró un cambio en la cúpula del régimen, con la salida de Aparicio Méndez. En setiembre de 1981, el general Gregorio Goyo Álvarez asumió como dictador.

    Pasado, futuro

    Diego Armando Maradona fue una de las figuras que llegaron a Uruguay para jugar el Mundialito de 1980. Fue titular en los dos partidos de su selección: la victoria 2-1 frente a Alemania y el empate 1-1 frente a Brasil, donde anotó el único gol de su equipo. Tenía 20 años, pero su fama ya se extendía por todo el mundo.

    Krasouski ya había sido testigo directo de la calidad del, para muchos, mejor jugador de la historia. La primera vez fue en el sudamericano Sub 20 de Venezuela, en 1977, donde Uruguay fue campeón. “[Maradona] era un niño, tenía 16 años. En Venezuela no les fue bien, no clasificaron al mundial, pero ya demostraba lo que iba a ser, que iba a ser un fuera de serie”, aseguró. No por nada un año después fue el último jugador que desafectó César Luis Menotti de cara al Mundial de 1978.

    Esa selección uruguaya Sub 20 sufrió la calidad “del 10”. No en el torneo sudamericano (en el que Uruguay y Argentina empataron 0-0), sino unos meses después. Fue una mañana de junio en el Estadio Centenario; era el partido de despedida de la selección antes del viaje al continente africano. La Selección jugó contra el primer equipo de Argentinos Juniors, en el que Maradona era figura. “Fue terrible, nos ganaron 6-0”. Maradona anotó uno de los seis goles, tras eludir al golero, Fernando Álvez, y definir con el arco vacío.**

    “En esa selección hacíamos partidos contra equipos de primera y no teníamos problemas. El único partido que perdimos fue ese; nos dieron un baile [ríe]. Nosotros ya teníamos la cabeza en el viaje. Nos habíamos ganado el respeto de la gente […] pero ese día nos agarró Argentinos Juniors con Maradona, fue una mañana terrible. Ahí vimos a Maradona en toda su dimensión”, recordó Krasouski. “Aleccionante derrota”, tituló el diario El País al otro día.

    Unos años después de esa goleada en contra y unas semanas después del Mundialito de 1980, Krasouski volvió a encontrarse cara a cara con Maradona. Esa vez no tuvo que sufrir sus gambetas. Fueron compañeros en Boca Juniors en 1981. Cuando “el 10” ya era mucho más que un jugador de fútbol.

    Al lado de Dios

    Maradona debutó en la Primera división de Argentinos Juniors en octubre de 1976, en un partido contra Talleres de Córdoba. Tenía quince años. Poco tiempo después se transformó en figura del equipo de la Paternal y llegó a la Selección argentina; estuvo a un paso de jugar el Mundial de 1978, pero Menotti optó por Norberto Alonso, ídolo de River Plate. Su revancha personal ante esa frustración comenzó en 1979, cuando obtuvo el campeonato del mundo en Japón; en 1981, ya consagrado con solo 20 años, llegó a Boca Juniors. En ese plantel había un uruguayo: Krasouski.

    “Era increíble. Tenía 20 años, y ya se veía que iba a ser un fuera de serie. Pero, sobre todo lo que movía. No podía salir del hotel, no podía caminar por la calle, no podía salir de la habitación, siempre tenía que estar encerrado porque la gente lo volvía loco”, contó Krasouski. Pese a esa aura que lo rodeaba, Maradona era un compañero excelente, que siempre tuvo gestos muy buenos.

    Pero tenía otros atributos: “Tenía carácter y personalidad. Lo demostraba cuando jugaba. El carácter que tenía dentro de la cancha lo tenía afuera. Cuando se molestaba por algo, tenía su carácter”. Eso quedó demostrado en uno de esos primeros partidos. Al terminar el primer tiempo, Maradona se acercó al entrenador Silvio Marzolini y le pidió para hablar unos minutos a solas con sus compañeros en el vestuario. Allí les retrucó que en 45 minutos solo le habían pasado cuatro o cinco veces la pelota: “¿Qué pasa muchachos? Si yo no agarro la pelota no puedo jugar al fútbol, me tengo que ir”, les dijo.

    Esa personalidad lo llevó a consolidarse como un líder en un equipo que tenía varios jugadores jóvenes (Óscar Ruggeri, Hugo Perotti, Osvaldo Escudero y Krasouski) y otros con mucha experiencia, que habían sido campeones de la Copa Libertadores: Hugo Gatti, Vicente Pernía, Roberto Mouso, Francisco Sá; y otros que volvían de Europa, como Miguel Brindisi y Marcelo Trobbiani. “Diego tenía 20 años, pero cuando tenía que hablar o decir algo al grupo, lo decía; nos decía lo que él pensaba en la cara”.

    Según Krasouski, dentro de la cancha Maradona “parecía que tuviera 30”, y eso está asociado con su historia personal. “Nació en una villa miseria, los que han vivido en Argentina han visto lo que son las villas miseria. Salió de ahí a los 15 o 16 años y a los 19 años era la persona más famosa del mundo, no es fácil”, señaló. Esa fama de Maradona llevó a que todas las semanas Boca Juniors jugará partidos amistosos en el interior de Argentina o en el exterior. “El club recaudaba mucho gracias a Maradona […] Viajábamos mucho, pasamos un año prácticamente viajando. Y a cada lado que íbamos era imponente”.

    No solo en Argentina, sino en todo el mundo. Incluso en Costa de Marfil. “En América del Sur pensábamos que en África no jugaban al fútbol, que andaban con arco y flecha, no había la comunicación que hay ahora”. Cuando el avión intentó aterrizar en la pista del aeropuerto, debió levantar vuelo y empezó a sobrevolar la zona. “Nos asustamos, nos pusimos nerviosos, llamamos a la azafata y nos dijo que nos quedáramos tranquilos, que estaban despejando la pista. Pensamos que iba a despegar un avión; pero cuando aterrizamos la Policía estaba sacando a la fuerza a quinientas o mil personas que estaban esperando a Maradona”.

    En ese momento, Krasouski se dio cuenta de lo que significaba su compañero de equipo, de lo que generaba en Argentina, pero también a miles de kilómetros de su país. “No sé por qué, pero se me pasó por la cabeza y se lo dije a un compañero que viajaba conmigo: ‘Va a ser muy dura la vida de Diego en el futuro’. Porque si en aquel momento –que ni habíamos sido campeones con Boca Juniors– a un avión le costó aterrizar en Costa de Marfil esperando a Maradona, imaginate lo que fue después cuando fue campeón del mundo, cuando estuvo en Nápoles”. No se equivocó.

    Plantel de Boca Juniors campeón del Metropolitano 1981 en Argentina. En la segunda fila, en el segundo lugar desde la izquierda aparece Ariel Krasouski; abajo, sentado, tercero desde la izquierda, Diego Armando Maradona.

    El mundo Boca

    Krasouski llegó a Boca Juniors con el torneo iniciado. Era un equipo armado, que tenía jugadores con pasado, presente y futuro, muchos consagrados. Él acababa de llegar de Montevideo Wanderers, pero recién había ganado el Mundialito. Tres días después de integrarse al grupo, el técnico Silvio Marzolini (“una persona excelente, muy querida por todo el mundo”) se le acercó en el entrenamiento y le preguntó: “Uruguayo, ¿cómo se siente para jugar el domingo?”. Le respondió que bien; ese domingo entró de titular. “No me sacó nunca más”.

    Krasouski jugó siete años en Boca Juniors. Fue campeón y jugó con Maradona. Pero también vivió una época muy complicada económica y deportiva del club argentino. “Desde el año 1982 hasta 1984 fue muy complicado, Boca sufrió una crisis económica muy importante después de que se fuera Maradona (que fue transferido al Barcelona de España)”, señaló Krasouski.

    Esta crisis tuvo su punto más álgido con la partida de Ruggeri y Ricardo Gareca a River Plate, su tradicional rival. Los jugadores estuvieron siete meses sin cobrar y el club estuvo a punto de declarar la quiebra. Pese a todo, Krasouski dice que se hubiera quedado toda la vida en Boca Juniors: “Me sentía muy cómodo”. “Boca es imponente, en el mundo mueve mucho, ni que hablar en Argentina”. Esa sensación la tuvo dentro y fuera de la cancha. “Cuando las cosas van mal la hinchada de Boca te alienta más, te apoya más, jamás insultaban a los jugadores y el estadio estaba repleto”, incluso cuando los jugadores decidieron no presentarse a jugar un partido por la deuda que el club tenía con ellos.

    Su carrera en Boca Juniors se extendió hasta 1989, con un breve pasaje de un año por San Lorenzo –entre 1986 y 1987–. En 1990 retornó a Uruguay para jugar en Rentistas, entre otros equipos. Se retiró en 1995, vistiendo la camiseta de Fénix, lo que abrió el paso a su carrera como entrenador. Pese a su extensa trayectoria en uno de los clubes más importantes de Argentina, Krasouski apenas jugó 17 partidos en la Selección uruguaya, todos entre 1979 y 1981.

    “Me quedé con las ganas de jugar el Mundial de 1982”, señala. Uruguay quedó segundo en su grupo, detrás de Perú y por delante de Colombia. “Perdimos un partido”. Contra Perú, 2-1, en Montevideo. Esa –dice– fue su única derrota jugando con la selección, pero también su retiro de la Celeste. “No jugué nunca más en la Selección. En esa época no había proceso de nada. Perdí un solo partido con la Selección, ese partido contra Perú que era una de las dos mejores selecciones del fútbol peruano de toda su historia, y nunca más estuve citado”, expresó. Pero eso no impide que su carrera tenga recuerdos imborrables, como salir campeón con Uruguay y jugar con Maradona. Un gusto de pocos.

    *Lessa, Alfonso. La primera orden. Editorial Debate, p. 213.

    ** “Maradona: su olvidado primer día en el estadio Centenario” (El País, 10-XI-2019).

    UN GOL DE 10

    Cuando se le pregunta cuál es el partido que más recuerda junto a Diego Maradona, Ariel Krasouski no duda: el clásico contra River Plate por el Torneo Metropolitano de 1981. El partido se jugó en la mítica Bombonera. “Ganamos 3-0. Fue el primer clásico de él y ese día hizo un golazo”. El tercero “lo tenía para hacer mucho antes el gol, pero él lo hizo mucho más lindo. Yo estaba en la mitad de la cancha y decía ‘hacelo, hacelo’, y él dribleó a [Ubaldo] Fillol, dribleó a [Alberto] Tarantini, hasta que se metió con la pelota adentro del arco”.

    Esa gambeta de más, ese segundo de pausa para eludir al rival y definir con el arco vacío, era parte de la esencia en el juego de Maradona: “Él disfrutaba eso. Tenía alegría para jugar; la naturaleza le dio la técnica y el carácter para jugar, pero él después estaba todo el día con la pelota, o con lo que fuera redondo, haciendo malabarismos que te dejaban asombrados […] Quería que la gente quedara contenta con lo que veía”. Y lo lograba.

    LA REUNIÓN EN EL VESTUARIO

    Ariel Krasouski afirma que la única vez que autoridades del gobierno se acercaron al plantel de la Selección uruguaya durante el Mundialito de 1980 fue antes de la final, en el vestuario. “Pidieron que los atendiéramos, que querían hablar, y ahí nos dijeron que era algo muy importante, que salir campeones sería una gran alegría para toda la gente. Llegaron a saludar, a desearnos suerte”, recuerda.

    “Esa fue la única vez que vimos gente que no era del fútbol, [los jugadores] lo único que pensábamos era en hacer un buen papel”, insistió. Fue allí, en ese vestuario, que surgió la propuesta de que cada jugador recibiera un auto si salían campeones. Quien tuvo la idea fue Waldemar Victorino. “En esa época estaba de moda que al mejor jugador de la final de clubes se le regalara un auto […] Y Victorino les pidió un premio por salir campeones, se reunieron y nos dijeron que sí, está bien, ‘les regalamos un auto para cada uno’. Fue así”.

    La promesa se cumplió. Incluso se dictó un decreto de gobierno ratificando el premio. Pero no todos los jugadores lo recibieron. Tres se quedaron sin nada: Hugo de León, Jorge Siviero y Krasouski. El gobierno definió que a quienes se iban al exterior no les correspondía. De León se fue al Gremio (Brasil), Siviero a Cobreloa de Chile, y Krasouski a Boca Juniors (Argentina). Siviero le planteó reclamar el premio. Al final no lo hicieron: “qué iba a reclamar, no, no, y eso que yo no tenía auto. Jugaba en la selección uruguaya, pero andaba en ómnibus. Eran otros tiempos de profesionalismo”, afirmó Krasouski.

  • 25


  • “Llegué al fútbol femenino para quedarme”

    DANIEL PÉREZ, ENTRENADOR DE LA SELECCIÓN SUB 17 Daniel Pérez, con cuatro títulos de la primera división del fútbol de mujeres bajo el brazo, asume la conducción de la selección femenina sub 17. “Vamos a afirmar conceptos y a potenciar jugadoras para que tengan proyección en el fútbol”. Pelo blanco, como si tuviera más de […]

    DANIEL PÉREZ, ENTRENADOR DE LA SELECCIÓN SUB 17

    Daniel Pérez, con cuatro títulos de la primera división del fútbol de mujeres bajo el brazo, asume la conducción de la selección femenina sub 17. “Vamos a afirmar conceptos y a potenciar jugadoras para que tengan proyección en el fútbol”. Pelo blanco, como si tuviera más de los 51 años que cumplió el 16 de mayo; alto y fornido, con pinta de esos zagueros que meten pierna y marcan a rabiar –lo que hizo pero sin llegar a profesional, advierte a los desprevenidos–; padre de dos hijos, Nicolás (24) y Ariel (21), y pareja de Sandra. Daniel parece estar tan contento como uno de esos niños que estrenan juguete. O que le pegan sin cesar, una y otra vez, a la pelota en una tarde de esas que nunca quieres que termine.

    Por Javier Conde 

    –Mi objetivo era llegar a la selección–, confiesa, lo que en verdad era un secreto a voces.

    Porque solía decirlo en las grandes ocasiones. Esas en las que celebraba un título del fútbol femenino, lo que ocurrió de forma ininterrumpida entre 2017 y 2019 dirigiendo a las chicas de Peñarol y antes, en 2012, con Cerro. Pero uno suponía, o se comentaba en los agrestes campos del fútbol de mujeres, que en la mira estaba la absoluta, como la guinda del pastel.

    Aval le sobra a Pérez: ocho campañas consecutivas dirigiendo en la primera femenina, cuatro títulos y dos presencias en Copa Libertadores (2018 y 2019). No es para nada un advenedizo en el fútbol de chicas: que lo juegan ellas, pero lo dirigen ellos, un patrón que se cumple aquí y también en las ligas encopetadas, en los mundiales femeninos. 

    Pero la vacante en la selección se abrió por esa sub 17, que de todas (sub 20 y absoluta) es la única con experiencia mundialista y por partida doble: Azerbaiyán 2012 y Uruguay 2018.

    A la repentina salida, y con ruido de fondo, de Santiago Ostolaza (el Vasco, de largo recorrido en el fútbol profesional, exmundialista, y como entrenador con experiencia en México y Ecuador, además del torneo local) le siguió un breve período de consultas en la Asociación Uruguaya de Fútbol para reponer el mando en la sub 17 al que fue convocado Pérez y del que resultó designado. 

    –El trabajo que venía haciendo avala mi trayectoria dentro del fútbol femenino. Mi idea era llegar algún día, quizás no tan pronto pero tampoco me desagradó la nominación. Era mi quinto año en Peñarol, había pensado que había dado todo lo que podía dar y que era bueno tener nuevos desafíos.

    De manera que para él no hubo sorpresa en que le propusieran dirigir la sub 17, ni tampoco para él fue una sorpresa viéndose a sí mismo aceptar la postulación tras las charlas a las que asistió con las autoridades del fútbol femenino y poner fin a un ciclo.

    –Yo fui con mis credenciales, les mostré cuál es mi forma de trabajar, vieron cómo actuaba, cómo hablaba y llegamos a un acuerdo.

    A Pérez le dijeron que hablarían con otras dos personas para el cargo y aunque le preguntaron si quería saber sus nombres, él prefirió quedar en ascuas. Después de que lo confirmaron, empezaron a planificar el trabajo pues el tiempo apremia: Uruguay será entre el 30 de noviembre y el 19 de diciembre de este año la sede del sudamericano de la categoría sub 17, un trabajo de preparación del juvenil grupo que su antecesor, Ostalaza, ya había iniciado.

    El contrato del extécnico de Cerro y Peñarol es hasta el final de ese torneo sudamericano. Un período exiguo que, sin embargo, no preocupa a Pérez. “Si ven que el trabajo es bueno, que el desarrollo es bueno, que el crecimiento es bueno, no dudo en que esto se extenderá”, expresa, sin dudas.

    –Vengo acostumbrado a transitar desde abajo, subiendo escalones, y este es un escalón más para mi trabajo. Ir creciendo en esto y en un futuro poder dirigir la mayor. Lo tomo como un aprendizaje y el día que me toque la mayor, voy a tener este aprendizaje.

    Pérez, además de llegar a la selección, suscribe su primer contrato remunerado. 

    Lo que es extraño en el fútbol de hombres es moneda corriente en el de mujeres, donde los salarios de los técnicos pueden ser inexistentes (disfrazados a veces bajo la denominación de viáticos) o de precarios montos en correspondencia, se argumenta, con un fútbol en el que sobran los gastos y casi nunca suenan los ingresos. 

    Incluso, la figura de un contrato entre las partes es aún un acontecimiento inusual: Liverpool inició, hace un par de temporadas, la práctica de suscribir acuerdos con sus técnicos y registrarlos ante la AUF. Un ejemplo a seguir y que, quizás, debe convertirse en una exigencia en ruta hacia la profesionalización del fútbol de mujeres

    Es obvio que Pérez, como tantos otros y otras que dirigen en el fútbol de las chicas, vive de otra cosa. Es técnico en mecánica naval, aunque nunca ejerció la profesión, y empleado desde hace doce años en el Laboratorio Tecnológico del Uruguay (LATU), donde se gana la vida. Y donde lo han felicitado por su designación en la sub 17. “Están orgullosos y yo agradecido”, confiesa.

    “Creo que todavía hay esa idea, sobre todo en América Latina, de que quien está en el femenino es porque no pudo dirigir en el masculino. No es mi caso, yo opté por esto”, dice Pérez. Foto: Alessandro Maradei.

     

    “Uno de los mejores”

    Todo comienza y termina en la cancha. 

    Carlos Daniel Pérez Carrara descubrió la vocación de entrenador una tarde, hace quince años, cuando acompañó a su hijo Ariel a una práctica de baby fútbol. 

    –Yo lo llevo a entrenar a Paso de la Arena, en el club Alianza, que era una fusión de tres clubes –Huracán de Paso de la Arena, Villa Teresa y Salus, una mixtura– y me encuentro con un compañero, Gustavo Bergero, con el que había jugado y a quien también había enfrentado como rival. Y aquella tarde había llevado también a su hijo.

    Ariel tendría cinco o seis años y una edad similar el de Bergero. Ambos padres siguieron con detalle, y deleite, la práctica y en un momento Pérez le soltó a su compañero: “Está bueno esto, como para empezar a entrenar, vamos a estudiar”. En 2006 hicieron el curso de iniciador deportivo de AUFI –Asociación Uruguaya de Fútbol Infantil– y de Audef, la agrupación que reúne a los entrenadores de fútbol. En paralelo, comenzaron a dirigir en Alianza, primero la categoría de niños de 1993 y luego la de 1999.

    –Hicimos un trabajo muy lindo con esa categoría 1999, de la cual cuatro o cinco chicos han debutado en primera división, alguno incluso en selecciones uruguayas. Creo que aplicamos una filosofía distinta que por suerte permitió que de diecisiete niños de baby fútbol trece siguieron jugando.

    Pérez recuerda, además, algo que resultó profético en su caso: cuando le decía a su amigo “desde aquí no paramos hasta llegar a la selección”. Bergero prefirió el rol de organizador y creó una escuela de fútbol, en la que sigue.

    Antes de toparse –y de enamorarse– del fútbol femenino, Pérez continuó dirigiendo en las categorías formativas del fútbol uruguayo con Racing de Montevideo, Huracán de Paso de la Arena, Club Atlético Torque hasta llegar a Club Atlético Cerro en 2012; en paralelo, se prepara: entre 2009 y 2015 son años de estudio en el Instituto Superior de Educación Física (ISEF), en la Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ) y con Audef y OFI (Organización de Fútbol del Interior). También en inglés, aplicado a su disciplina deportiva.

    El año 2012 sería el del cambio, el del viraje, el del encuentro con una realidad que empezaba a hacerse notar, porque ese año el femenino uruguayo alcanza su primer éxito internacional al ser vicecampeón en el Sudamericano sub 17 celebrado en Bolivia entre el 9 y el 25 de marzo. Un pequeñito grano de arena comparado con los éxitos de “la celeste”.

    Las chicas comandadas por Gabriela Rebollo –ahora coordinadora de Liverpool femenino y directora técnica de su primera división, una de las dos mujeres dirigiendo en la categoría; la otra es Fabiana Manzolillo– solo perdieron (1-0) con Brasil en la última fecha. Ese segundo puesto dio a Uruguay la clasificación al mundial de la categoría que se jugaría ese mismo año en Azerbaiyán: la primera participación mundialista de una selección femenina charrúa. Otro granito de arena.

    Aquella generación de Azerbaiyán sigue brindando jornadas en los campos de fútbol locales y del exterior, comenzando por Pamela González, que ha competido con el Málaga en la primera española; Carolina Berizamberri (River Plate de Buenos Aires); Yamila Badell (ex de CD Tacón, que ahora es Real Madrid); Carina Felipe (ex Nacional, en Boca Juniors); las hermanas Romina y Sabrina Soravilla, Jemina Rolfo y Agustina Arámbulo, entre otras.

    Pérez asumió ese año la dirección de la primera femenina de Cerro y en simultáneo dirigía el juvenil masculino. Un debut en el fútbol de mujeres, por lo demás, que ni soñado.

    –Yo entro en mayo para jugar el torneo clausura y lo primero que noto es que las chicas entrenaban una vez por semana. Aun así llegamos a la final empatados en puntos con Nacional, que era el campeón vigente.

    El desempate se disputó en el Méndez Piana y fue televisado. “Empatamos a 3 y perdimos en los penales. Fue mi primera final y si hubiera sido hoy no la perdía”, apunta Pérez. Habría que creerle porque se fabricó una estela de ganador durante estos años. Y con el azar, que siempre revolotea por ahí, a favor, como se verá.

    La revancha llegó rápido porque en el segundo semestre de 2012 se jugó el campeonato que correspondía al año en curso, el anterior era aún bajo el formato de un año a otro (2011-2012), y Pérez levantó su primera copa derrotando a Wanderers con holgura (5-1), y antes eliminando en semifinales a Nacional, que llevaba 45 partidos sin perder desde agosto de 2009, según reseñó la prensa en su momento.

    Nacería, a la vez, una rivalidad con Nacional que se potenciaría al arribar Pérez a Peñarol en 2016, con un saldo favorable para las carboneras: incluido un juego “imposible” en el que el gol que daba el título a Nacional en 2018 se estrelló tres o cuatro veces en los postes en la misma jugada. Pérez, comentó entonces, que más que suerte, se trató de un buen ejercicio defensivo. 

    También se impuso sobre Nacional en la final del Apertura 2019. En un partido especial: se jugó en Parque Central y ante 5.000 personas que pagaron entrada (un éxito organizativo y deportivo no visto en el fútbol femenino que, sin embargo, metió miedo por una breve trifulca en las afueras y a la salida del estadio).

    En aquel once campeón de Cerro de sus inicios estaban algunas de las chicas que lo acompañaron luego en el periplo por Peñarol: Sofía Olivera, la titular del arco de la selección absoluta; Florencia Vicente, Denise Dufau y la pequeña y escurridiza goleadora Lourdes Viana.

    Desde 2013, Pérez dejó de entrenar en la categoría masculina. Y con el correr de los años llegó aún a más: “desde que arranqué con Peñarol (2016) dejé de ver fútbol masculino”.

    –Veo mucho fútbol femenino: la Champions, el campeonato argentino, el brasileirão, sigo al Corinthians y al Ferroviaria; también al Liverpool y al Chelsea… hasta equipos de Letonia, una copa de África hace como dos o tres años…

    Daniel Pérez no está de paso en el fútbol femenino. Ni tampoco es un camino que eligió porque se le cerraron otras puertas. “Creo que todavía hay esa idea, sobre todo en América Latina, de que quien está en el femenino es porque no pudo dirigir en el masculino. No es mi caso, yo opté por esto. Quizás no vivir del deporte me permitió tomar una decisión de este tipo. Ahora pienso que un entrenador de elite debería dirigir en el fútbol femenino porque permite desarrollar otros conocimientos. Estoy orgulloso de estar donde estoy.

    ¿Y qué es lo que más aprecia de las futbolistas? “La mujer tiene la capacidad de pensar muchas cosas a la vez. Son más estudiosas, mientras que el hombre parece más autómata. Y uno, con ellas, tiene que estar más preparado porque la mujer pregunta más y si no tienes conocimiento lo va a descubrir enseguida. Hay que estar listo para resolver cualquier consulta, cualquier duda. Hay que convencerlas, no dar órdenes directas o imposiciones”, explica.

    –Yo llegué al fútbol femenino para quedarme y quiero ser uno de los mejores de Uruguay en el fútbol de mujeres –remarca.

    Sin miedo a equivocarse

    Desde hace 25 años, cuando se comenzaron a realizar los campeonatos de fútbol femenino, el cambio ha sido enorme aunque la versión del fútbol de mujeres no soporte una comparación, que además sería injusta y desproporcionada, con el de varones.

    Se puede comparar, sin embargo, con sus pares de la región. Pocos países podrán mostrar un engranaje futbolístico que empieza desde edades muy tempranas, sube escalones infantiles y juveniles, y llega a la mayor, con dos divisiones. 

    –Solemos impresionarnos con las cosas que llegan de afuera, pero la estructura de fútbol femenino que hay en Uruguay es impresionante. A la categoría sub 17 llegan jóvenes que ya tienen cinco, seis, siete y más años de fútbol, que vienen jugando desde el baby y han pasado por sub 12, sub 14, sub 16, e incluso algunas juegan en la sub 19.

    Toda esa primera camada de jugadoras es la que va a recibir Pérez, con la intención de completar su formación, pulirlas y potenciarlas para que lleguen a la selección mayor e, incluso, tengan un futuro en el fútbol femenino en el exterior.

    –Ese es el objetivo, formar, afirmar conceptos para que a la vuelta de cuatro o cinco años puedan llegar a la selección absoluta. Pero todo esto lleva tiempo.

    Para él, que pasa de la rutina diaria y semanal de dirigir un equipo a planificar concentraciones, hacer seguimiento de jugadoras, es un cambio de perspectivas. “Es emocionante, dice, desde ahora en adelante mis partidos dejarán de ser locales, serán internacionales y espero aprovechar las lecciones de las Libertadores a las que asistí con Peñarol”, expresa, como a sí mismo, autoconvenciéndose de su nueva faceta.

    El ex de Peñarol nunca le ha sacado la vista a las categorías formativas, aun cuando su tarea fundamental se concentrara en dirigir al equipo de primera. “Yo siempre le hago un seguimiento a las categorías menores, tengo mi base de datos de jugadoras, porque pensaba en la selección a futuro o en nutrir a los equipos donde estuviera, así que conozco a la mayoría de las chicas. Y en lo que me confirmaron, empecé a recorrer canchas y a ver partidos de entrenamiento, a hablar con entrenadores, a pedir información”, comenta.

    Cuando usted lea este artículo en Túnel, Pérez ya habrá completado varias jornadas de entrenamiento –miniciclos que no pararán hasta la muy cercana fecha del torneo sudamericano– con el grupo de jugadoras sub 17 que habían comenzado su proceso a fines del año pasado. De hecho, de las primeras decisiones que tomó fue sumar algunas jugadoras que inicialmente no fueron parte de la convocatoria. 

    –Lo que he podido ver es impresionante. Jugadoras con potencial para ser de elite, algo que no sucedía cinco años atrás, porque ahora llegan con una edad deportiva muy interesante.

    Y de qué les habla Pérez a estas gurisas que andan entre los 15 y 17 años, que, aunque llevan años jugando, estos son en verdad sus primeros pasos en firme, de enfrentar rivales de otros países, quizás de más recorrido competitivo, y de ser ellas, a la vez, más vistas, más expuestas. Hay, pues, una tarea más allá de lo deportivo. De pedagogía.

    –Les digo que estamos en un proceso donde el error es parte normal del juego, que no hay que tomárselo como una pena capital. La forma de aprender es ensayo/error, tenemos que saber asimilarlo porque eso es lo que nos permitirá crecer. Eso es lo que he trabajado en estos años y en eso es lo que voy a seguir, más en esas edades donde aún están inseguras, que tienen miedo a equivocarse, a “qué me dirá el técnico”.

    Lo otro de lo que Pérez les habla es de él mismo, de su forma de ser. “Por suerte, ellas saben quién es Daniel Pérez. Soy un técnico que vengo con un proceso, con trabajo arriba, que tengo conocimientos del fútbol femenino y que tengo los logros de un proceso exitoso. Daniel Pérez trabaja y es ganador”, se define.

    Lo que no le gusta, y deja claro desde el vamos, es que las jugadoras no quieran o no les guste entrenar. “Por más buena que sea la jugadora, si no tiene cualidad para entrenar, no va a estar en mi proceso. Pero que no tenga miedo a errar porque de mí va a recibir la motivación para continuar creciendo”.

    Fue esa la idea que impuso en Cerro, la que le planteó a la dirigencia de Peñarol cuando llegó a ese cuadro en 2016 y que llamó Educar a entrenar, que resume en darle calidad a cada jornada de práctica y comprometer a las chicas –que no cobran, que trabajan e incluso estudian– a la regularidad de los entrenamientos.

    Con el apoyo de su cuerpo técnico, donde nunca ha faltado la presencia del psicólogo, Pérez ha construido grupos compactos, sólidos, de rendimientos parejos, que quizás no deslumbren pero son tremendamente efectivos. En el clausura de 2019, las carboneras llegaron a otra final con Nacional sin haber recibido un gol en contra. Y aunque recibieron uno en la definición se llevaron la tercera copa seguida (3-1). 

    En el año 2019 –presagio del fin de ciclo al que ahora alude– Pérez dirigió veinte partidos en los torneos locales y consiguió veinte victorias: uno, sin embargo, lo perdió por un error en la alineación de una jugadora, pero no en la cancha.

    El DT afirma que no es esclavo de un modelo y adoptará una forma de jugar a partir de las características de sus jugadoras, de quienes conoce casi todo: virtudes, defectos, pegada, velocidad, comprensión del juego y hasta el ritmo de su período menstrual. 

    –Hay países donde les dan pastillas anticonceptivas a las jugadoras para regular sus períodos. Nosotros no trabajamos así, pero sí programamos entrenamientos de acuerdo con esa información que suelen llevar los responsables de la preparación física. La ciencia no ha dicho que el rendimiento pueda bajar en algún momento del ciclo, pero puede haber un impacto emocional que depende de cada persona y lo hablamos con las jugadoras, con naturalidad y confianza.

    En la sub 17, con la que lleva algunas semanas de trabajo, el énfasis está puesto, por ahora, en la consolidación del grupo, la asimilación de conceptos, entre los cuales la intensidad y la concentración en la cancha serán rasgos distintivos. 

    Con miniciclos en el Complejo Celeste y en el Estadio Charrúa, de lunes a miércoles, Pérez y su equipo técnico –su mano derecha es Stefanía Maggiolini, asistente, una exjugadora que disputó sudamericanos, copas América y los Juegos Panamericanos de 2008– profundiza el conocimiento de la generosa camada de chicas y la prepara para “sorprender a los rivales”.

    –Ya no paramos hasta el torneo –y se frota las manos Daniel Pérez porque está, como dijo, donde quiere estar.

  • 24


  • Gerardo Caetano: fútbol y política

    “ANTE LA DICTADURA, LOS ÁMBITOS DEL FÚTBOL PUDIERON SER REFUGIOS MARAVILLOSOS” El fútbol, como espectáculo de masas, es un terreno de disputa política. Sobre la cancha no solo corren 22 futbolistas, sino que transitan discursos en pugna y mitologías en permanente construcción. Este otro partido desborda los límites del estadio y se juega en el imaginario […]

    “ANTE LA DICTADURA, LOS ÁMBITOS DEL FÚTBOL PUDIERON SER REFUGIOS MARAVILLOSOS”

    El fútbol, como espectáculo de masas, es un terreno de disputa política. Sobre la cancha no solo corren 22 futbolistas, sino que transitan discursos en pugna y mitologías en permanente construcción. Este otro partido desborda los límites del estadio y se juega en el imaginario de pueblos enteros cuyos traumas, expectativas y pasiones se proyectan sobre esa cancha de algunos miles de metros cuadrados.

    Por Manuel González Ayestarán

    Mario Saralegui, Ruben Paz, Gerardo Caetano, Américo Silva, Daniel Maynard, Luis Fleitas, Hugo de León. Foto: Archivo Maynard.

    Gerardo Caetano es el principal referente de historia política de Uruguay y, hasta sus 24 años, se desempeñó como centro delantero profesional, en Defensor Sporting, Central, Club Punta del Este y en el seleccionado de Maldonado. Las lesiones físicas lo fueron apartando progresivamente de las canchas, lo que hace que actualmente se declare únicamente hincha y espectador. No obstante, con centenares de publicaciones y méritos académicos en su haber, todavía declara: “muchas veces sueño que sigo siendo futbolista y me veo jugando partidos”.

    ¿Qué relaciones destacas entre el campo político y el futbolístico en Uruguay?

    Muchas. Quien dice que entre fútbol y política no pasa nada, o no sabe nada o es un gran mentiroso. La política y el fútbol en Uruguay están intrínsecamente unidos en muchos aspectos desde los orígenes del fútbol uruguayo. El creador de la Copa América de selecciones fue un político colorado muy destacado, Héctor Rivadavia Gómez Sanguinetti, gran dirigente deportivo, amigo dilecto de Pedro Manini Ríos y cofundador con él del riverismo. También figuras clave de la historia de Peñarol, de Nacional y de otros equipos menores fueron dirigentes de los clubes y a la vez de la AUF: César Batlle Pacheco, Wilson Ferreira Aldunate, Atilio Narancio, Julio María Sosa y podríamos seguir de forma interminable. Esto no quiere decir que la teoría conspirativa, según la cual tras cada hito deportivo hay intereses políticos, sea cierta siempre. Pero, por ejemplo, que el club Peñarol siempre haya estado presidido por colorados no es algo menor. Y el hecho de que, en clave histórica, la mayor parte de los presidentes de Nacional hayan sido del Partido Nacional es algo que tampoco se puede ignorar. El fútbol y la política son las actividades que pueden concentrar la atención de toda la sociedad uruguaya en un determinado momento. Son también aquellas que generan las identidades más fuertes en un país que –a mi juicio para bien– tiene identidades más bien débiles.

    ¿En qué forma la clase política capitaliza el fútbol?

    Aprovechando el poder de las identidades que genera este deporte, ha habido muchos dirigentes políticos que han recurrido a figurar en las directivas para mantener su popularidad, por ejemplo, en época de dictadura o en épocas de ascenso de su figura durante períodos de normalidad institucional. En medio de la dictadura, Julio María Sanguinetti fue secretario general de Peñarol y hoy es su presidente honorario. Wilson Ferreira Aldunate, en el arranque de su vida política, fue dirigente de Nacional y también de la AUF.

    Sin embargo es cierto que, muchas veces, acciones como incursionar a nivel de la conducción de la AUF ha sido muy mal negocio para los políticos. Por ejemplo, al expresidente Tabaré Vázquez lo vetaron cuando tenía los respaldos necesarios para ser presidente de la AUF. Quien lo vetó venía por el lado de Peñarol y su argumentación fue que no era bueno que alguien procedente de un barrio popular y que, además, tenía una inclinación política hacia la izquierda (aunque Vázquez se afilió tardíamente al Partido Socialista) fuera presidente de la AUF. En otro momento más reciente de la historia del país, Hugo Batalla, mientras enfrentaba la posibilidad de ser candidato a la Presidencia de la República, fue presidente de la AUF durante una etapa especialmente conflictiva marcada por el episodio del enfrentamiento en torno a la dirección técnica del seleccionado (los tiempos de Luis Cubilla) y los jugadores “repatriados”. Bueno, con la licencia de especular en una forma que un historiador no debe hacer nunca, se podría decir que si Tabaré Vázquez hubiera sido presidente de la AUF, seguramente no hubiera sido intendente de Montevideo, ni posteriormente presidente de la República. Por otro lado, si Hugo Batalla no hubiera sido presidente de la AUF en la etapa tan conflictiva en la que desempeñó ese cargo, posiblemente habría tenido menos problemas en su carrera política.

    «La política y el fútbol en Uruguay están intrínsecamente unidos en muchos aspectos desde el origen del fútbol uruguayo», dice Caetano. Foto cedida por Gerardo Caetano.

    ¿Cuál es tu lectura del uso del fútbol que hizo la dictadura militar?

    Como ha pasado casi siempre en Uruguay, pero tal vez con mayor estridencia, los intentos de manipulación del fútbol por parte del régimen durante la dictadura fracasaron. Como lo cuenta muy bien la película sobre el Mundialito, en la que participé, todo intento de manipulación no prosperó a nivel de la receptividad popular. Al pueblo uruguayo no le gusta eso, tanto en dictadura como en democracia, pero especialmente en dictadura ese rechazo ante la manipulación se vio muy claramente. El Mundialito fue una prueba muy clara. Aun desde el triunfo, la expresión popular masiva no se asoció con el aplauso a los dictadores. No tuvimos nada semejante a lo del Mundial de 1978 en Argentina. Y no hay que caer en lecturas líricas o edulcoradas. No es que durante la dictadura, fútbol y política, como siempre, no hayan estado entreverados. Pero la manipulación grotesca de las manifestaciones populares no es algo que le guste a la gente en Uruguay, le genera rechazo. Y esa rebeldía casi inherente, que por cierto no tiene color político, siempre me ha gustado mucho.

    ¿Qué cambios se vivieron en el fútbol uruguayo tras 1973?

    Como en todos los aspectos, la dictadura civil militar fue un período oscuro para el fútbol. Dirigentes de club que eran de izquierda no pudieron ser directivos, mientras que muchos militares ocuparon cargos para los que no tenían mínimas condiciones. El miedo y la mediocridad fueron moneda corriente, cristalizándose en intentos frustrados de manipulación del deporte en favor del régimen. Esto último lo viví muy especialmente en 1977, con el seleccionado juvenil uruguayo campeón en el Sudamericano de Venezuela y cuarto en el primer Mundial de Túnez. Por entonces, aunque a nivel mayor el seleccionado perdía, y feo, a nivel juvenil había una fuerte hegemonía uruguaya que perduró hasta 1981.

    Por otro lado, también hubo experiencias dirigenciales y deportivas positivas frente a la adversidad, como la épica victoria de Defensor en 1976 –aunque aquí intervenga mi filia personal, el hito merece la mención–. Hubo grandes dirigentes al frente de la AUF y de algunos clubes –como Iocco, Del Campo, los Franzini y Arzuaga–, y el país vivió la emergencia mágica de grandes futbolistas como Morena, Carrasco, Francescoli, Ruben Paz, Venancio Ramos, entre muchos otros. También son destacables ciertas experiencias sociales en clubes menores con impacto barrial. Así, desde el fútbol, la sociedad civil supo resistir a su manera. Aunque aquel contexto opresivo no permitía grandes cambios, no todo fue oscuridad. Con todas las restricciones vitales que impone una dictadura, los ámbitos del fútbol pudieron ser refugios maravillosos, yo mismo puedo dar testimonio de ello.

    ¿Cómo influyó el fútbol en la conformación de la identidad uruguaya?

    Creo que la épica de Uruguay es la épica del fútbol uruguayo. Todos los países tienen su épica, hay épicas que son guerras. Bueno, la de Uruguay está en la historia de su fútbol y esperemos que siga siendo así, porque los países muy épicos son trágicos. Sin duda, los trofeos del 24, 28, 30 y 50 tuvieron impactos sociales enormes. La épica asociada a ellos, que se divide en dos momentos, marcó efectivamente la identidad y el imaginario nacional de los uruguayos.

    El primer ciclo victorioso de los años 1924, 1928 y 1930 coincidió con la construcción del primer imaginario nacional total de Uruguay, ya que fueron momentos en los que se terminaba de configurar el país laico, el país del Estado social, el país “hijo de inmigrantes”, el de la democracia republicana, y tantas otros significados que refieren de una u otra manera a un relato nacional más o menos compartido.


    Todos los países tienen su épica, hay épicas que son guerras. Bueno, la de Uruguay está en la historia de su fútbol y esperemos que siga siendo así, porque los países muy épicos son trágicos. Sin duda, los trofeos del 24, 28, 30 y 50 tuvieron impactos sociales enormes. La épica asociada a ellos, que se divide en dos momentos, marcó efectivamente la identidad y el imaginario nacional de los uruguayos.

    El primer equipo sudamericano que jugó en Europa fue la selección uruguaya en 1924, siendo algo absolutamente desconocido. Asimismo, su actuación, no solo en las Olimpíadas de Colombes sino en la gira previa, fue realmente excepcional; mostró una forma de juego tan diferente a cómo se jugaba en Europa (donde había nacido el fútbol) que generó un impacto absoluto. Lo cierto es que, en aquella época, en Uruguay y en Argentina se jugaba el fútbol más virtuoso del mundo.

    En los años veinte en el Río de la Plata, de una forma completamente desconocida para el resto del mundo, se encontraban los equivalentes a los actuales Barcelona, Liverpool, Manchester City o a la actual selección de Francia. Argentina no participó en las Olimpíadas del 24 pero sí lo hizo en el 28, en Ámsterdam, y también participó en el primer campeonato Mundial oficial de la FIFA que se celebró en Montevideo. De hecho, la final de ese campeonato fue entre Argentina y Uruguay, y ganó Uruguay. Ahí fue cuando se configuró la idea de un pequeño país que, si podía lograr grandes cosas, las podía lograr de manera excepcional y algo misteriosa, en lo que ya se perfilaba como el deporte más popular del planeta. Esto se evidenció en sus victorias sobre equipos que por razones demográficas, económicas y hasta políticas eran claramente favoritos. Así se fue configurando la asociación de Uruguay con el mito de la lucha entre David y Goliat, del pequeño contra el gigante.

    «Creo que la épica del fútbol en Uruguay es el fútbol uruguayo», explica Caetano. Foto: Rodrigo

    ¿Cómo afectó el Maracanazo a este mito nacional?

    Después de la final del 30 se produjo un gran hiato, inicialmente provocado por conflictos en el seno de la FIFA, que llevaron a que Uruguay no participara en competiciones como las del 34 y el 38, sumado esto al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Todo ello llevó a que Uruguay reapareciese en los campeonatos del mundo recién en 1950 en Brasil. Por entonces, Brasil ya había despegado como potencia futbolística, jugaba en su casa y construía el estadio más grande que se había construido jamás. Ahí, contra toda lógica, Uruguay volvió a ganar en su retorno a la copa del mundo. De ese modo, el relato de David frente a Goliat era retomado y alcanzaba continuidad.

    Luego, en el mundial del 54, Uruguay seguía invicto en sus participaciones en las copas del mundo. Esto duró hasta el último partido en el que jugó Obdulio Varela, la figura épica del 50. Obdulio se lesionó en los cuartos de final contra Inglaterra, en un partido increíble. Uruguay perdía 2-1 y, como les gusta a los uruguayos, terminó ganando “de atrás” 4-2. Después fue a la semifinal contra lo que entonces decían que era el mejor equipo del mundo, la Hungría de Ferenc Puskas. Así, en una semifinal épica, Uruguay –sin Obdulio Varela–estaba perdiendo 2-0, empató en los últimos minutos con aquellos dos goles de Juan Hohberg y terminó perdiendo en el alargue. La memoria de todos estos eventos todavía sigue entre nosotros y configuró en nuestro imaginario nacional el relato de un pequeño país capaz de grandes hazañas y de ciertos excepcionalismos que son muy difíciles de explicar en clave racional. Un relato que volvería a hacerse valer con la llegada del maestro Tabárez a la dirección técnica de la selección.

    ¿Cómo surgió el mito de la garra charrúa?

    Puede decirse que el mito de la garra charrúa fue desvirtuado durante la época de decadencia futbolística de Uruguay. Después del 54 vino una larga etapa de ostracismo en la que Uruguay persistió con nostalgia en ese relato glorioso, pero olvidando el núcleo de la historia. Entonces, Uruguay apelaba a la “garra charrúa” pero equivocada. Apelaba a que Uruguay ganaba “a prepo”, por una condición de coraje innato, jugando siempre al borde del reglamento, pero con mucha valentía. En realidad, Uruguay comenzó a vivir derrotas muy grandes que contradecían las bases del relato épico original. No había que jugar bien para ganar, se triunfaba por la camiseta y a “puro coraje”, sin planificación ni innovación. Era previsible que todo terminara mal.

    Hay todo un debate sobre cuándo efectivamente surge la garra charrúa. Muchos estudiosos la ubican en el campeonato sudamericano de Santa Beatriz en Perú, en 1935. Allí era el último “canto del cisne” de aquella generación maravillosa de los olímpicos. Estaban José Nasazzi, Lorenzo Fernández, el Manco Castro y algún otro más. Pero era una generación ya en declinación porque sus jugadores eran veteranos y tenía a su frente a una Argentina renovada que jugaba muy bien al fútbol y que era la favorita para ganar. Sin embargo, nuevamente en una final realmente épica, Uruguay ganó 3-0 contra todos los pronósticos. Entonces, aunque era algo que venía de antes, ahí terminó de emerger ese relato de que Uruguay “gana por garra”.

    La garra, bien entendida, es un mito muy positivo aunque, como todo mito, su articulación con la historia es compleja. En sus versiones más vulgares, la garra charrúa refería a una condición casi genética de la población aborigen del territorio que hoy es Uruguay. Ahí ya hay un error. Hoy sabemos por los arqueólogos y los antropólogos que han estudiado bien la Prehistoria que la población mayoritaria que habitaba por entonces este territorio no eran charrúas (una etnia muy pequeña, muy marginal), sino guaraníes. Lo que pasa es que decir garra guaraní nos confundiría con Paraguay, entonces no era una expresión adecuada para configurar un relato movilizador de masas.

    ¿Consideras positivo o negativo este mito?

    La garra charrúa en su origen remitía a algo muy positivo. Es una condición emocional, según la cual frente a condiciones adversas se puede sacar lo mejor de cada uno y lo mejor del equipo, logrando prevalecer contra alguien que supuestamente es mejor. Esa es una condición que cualquier deportista en cualquier deporte requiere para ganar. No hay campeón en cualquier deporte que no tenga que sobreponerse a momentos adversos y para eso tiene que saber administrar bien sus recursos, principalmente sus factores psicológicos y emocionales. Esa es una gran virtud y Uruguay lo ha sabido hacer.

    Ahora bien, la versión mala y perezosa de la garra charrúa es la que de alguna manera presupone que vaya a saber si Dios, el destino o quién le dio a Uruguay algo inexplicable que se traduce en un coraje mayor que el de otros estados nacionales y que hace que gane simplemente por ser Uruguay. Eso es muy malo y como fórmula ha probado un desempeño espantoso. Cuando Uruguay ha entrado así a jugar en cualquier deporte ha perdido y ha perdido por goleadas.

    Cuando uno confronta la garra charrúa, primero tiene que entenderla como mito. Un mito es un relato épico con personajes elevados a la categoría de dioses que emblematiza una filosofía colectiva, que confronta conflictos cósmicos como el bien contra el mal, David contra Goliat, los pobres contra los ricos o la luz contra la sombra. Los mitos pueden ser utilizados de buena o de mala manera. Casi siempre fundan sabidurías y sentidos que calan a nivel popular.

    Caetano define la garra charrúa como «una condición emocional, según la cual, frente a condiciones adversas se puede sacar lo mejor de cada uno y lo mejor del equipo, logrando prevalecer contra alguien que supuestamente es mejor». Foto cedida por Gerardo Caetano.

    ¿Qué relato se conforma con el Uruguay del Maestro Tabárez?

    Me parece que la gran virtud del ciclo de Tabárez a partir de la participación uruguaya en el mundial de Sudáfrica en el 2010 fue no solo lograr éxitos deportivos, sino haber vuelto al núcleo positivo del relato originario de Uruguay, haber recuperado aquella historia. Una historia que no decía que Uruguay ganaba porque era más corajudo que su rival, sino que con su juego –que no es como juega el Barcelona, ni como juega Brasil o Argentina, sino con el juego que puede ofrecer Uruguay– puede ganar o perder contra cualquiera. Esto lo saben hoy todos los técnicos de cualquier selección del mundo.

    La gran virtud de Tabárez es haber reencontrado el hilo de Ariadna que nos devolvió –habrá que ver por cuánto tiempo– las bases de aquella historia gloriosa, recuperando la mejor versión del viejo mito y volviéndola a poner en sus jugadores. ¿Por qué quieren tanto a jugadores como Godín, Suárez o a Cavani? ¿Por qué el jugador uruguayo cotiza hoy tan alto? Entre otras cosas, porque todos ellos portan la capacidad y las cualidades que da ese relato, ese factor anímico tan importante para ganar, no solo en la selección, sino en sus clubes.

    «La gran virtud de Tabárez es haber reencontrado el hilo de Ariadna que nos devolvió las bases de aquella historia gloriosa, recuperando la mejor versión del viejo mito y volviéndola a poner en sus jugadores». Foto cedida por Gerardo Caetano.

    ¿Crees que existe algún tipo de relación dialógica entre el proceso Tabárez y el período de gobierno del Frente Amplio?

    Todos sabemos que Tabárez es un hombre de izquierda y él ha sabido administrar muy bien eso. Sabe separar muy bien su condición política, ideológica, de su rol como conductor y líder de una selección, que es la selección de todo el país. Nunca ha puesto sus ideas políticas como una suerte de factor de diferencia respecto al país. Con sus jugadores no habla de política. Su plantel es muy plural y él es consciente de que está conduciendo algo que es muy importante para la mayoría de los uruguayos y lo ha hecho de una forma maravillosa.

    Eso no quiere decir que otros no lo hayan cuestionado precisamente porque tienen ese recelo. Por ejemplo, no cabe duda que desde el “sanguinetismo” el Maestro es una figura no demasiado querida. Por otro lado, en ocasiones, a mi juicio en forma abusiva, se ha apelado a Tabárez desde la izquierda por su simbología, pero él ha sabido separar bien los tantos y nunca ha permitido que los éxitos deportivos de Uruguay hayan sido utilizados políticamente, lo cual hubiera sido muy ilegítimo. Además, como suele ocurrir en la historia uruguaya, cuando un régimen político o determinado gobierno o partido quiere utilizar un éxito deportivo a su favor, termina generando el efecto contrario. Esto fue muy claro, como dije, en el caso del Mundialito durante la dictadura y creo que ha sido claro siempre. En esta cuestión Tabárez sabe mucha historia y lo ha hecho muy bien.

    ¿No es posible entonces relacionar períodos políticos con períodos futbolísticos?

    No cabe duda de que existen coincidencias históricas sobre las que puede haber múltiples interpretaciones. Los triunfos del 24, el 28 y el 30 se inscriben en ese momento híper optimista de Uruguay y quedaron de alguna manera muy asociados a él. Del mismo modo, existe otro nuevo ciclo compuesto por esta suerte de recuperación de la selección uruguaya en el Mundial de 2010 y también en el de 2014 –más allá del episodio de Suárez y la derrota con Colombia, los triunfos contra Inglaterra y contra Italia fueron realmente épicos–, así como por la actuación de Uruguay en Rusia, que a mi juicio fue absolutamente maravillosa. No cabe duda de que estas tres grandes actuaciones, con todo lo que despertaron a nivel social, se asociaron con un momento determinado que es la “era progresista”. Sin embargo, eso no evitó que en el ciclo electoral 2019 ganara la oposición.

    De modo que por supuesto que las trayectorias del fútbol, como un deporte que apasiona a los uruguayos, también nos ayudan a construir relatos con proyección histórica y que hay imaginarios que tienden a asociarse con momentos de éxito deportivo o de crisis deportiva, pero eso no quiere decir que puedan ser manipulados en un sentido o en otro. Por ejemplo, durante mucho tiempo se asoció la crisis económica y social del modelo de bienestar uruguayo a finales de los cincuenta con la crisis de la garra charrúa. Recordemos que a nivel de los mundiales Uruguay empezó una época realmente muy magra a partir del año 58. Cuatro años después de la maravillosa selección del Mundial de Suiza, Uruguay perdió la clasificación al Mundial de Suecia en el 58, perdiendo 5-0 con Paraguay en Asunción. Y en ese partido el 9 de Uruguay era Óscar Míguez, que ocho años antes había sido el 9 de Maracaná. Después vinieron derrotas y un ciclo adverso a nivel de los seleccionados, aunque no de los dos grandes, Peñarol y Nacional.

    Entre las cosas significativas –más allá de su muy controvertida personalidad– que dejó en su pluma Eleuterio Fernández Huidobro, que era el mejor talento literario del MLN Tupamaros, fue que “la crisis uruguaya empezó aquella tarde lluviosa de Lausana, cuando jugaban Uruguay y Hungría. En el último minuto, después de que Uruguay hubiera empatado 2 a 2, Juan Alberto Schiaffino eludió al arquero, tiró la pelota al arco vacío y la pelota se frenó en el barro a pocos centímetros de la línea de gol”. Es una imagen maravillosa, de película, que expresa una lectura en clave histórica de todo un momento social a partir de un momento deportivo. Igualmente, como toda imagen maravillosa, hay que dudar de ella. Schiaffino se pasó toda la vida explicando, con esa racionalidad que tenía, que la jugada no había sido así y que él había quedado en una situación casi imposible para poder meter la pelota en el arco. Pero la leyenda marcó eso. 

    LA MAGIA Y LA ÉPICA: UNA ANÉCDOTA FUTBOLÍSTICA

    Siempre en los equipos de fútbol hay relatos de leyenda, una historia oral paralela que se va transmitiendo de generación en generación. Suelen ser historias imposibles en muchos casos, en las que simplemente aplicabas la razón y decías “no, eso no puede haber pasado”. Sin embargo, a veces te dejan pensando.

    Yo recuerdo la historia de que, en la semifinal histórica contra Hungría, Juan Eduardo Hohberg, después de hacer los dos goles que daban a Uruguay el empate, había sufrido un episodio cardíaco –algunos llegaron a hablar de infarto– en la cancha. Se había sobrepuesto a esa crisis cardíaca y continuó jugando. Era algo que siempre se contaba en los planteles con mucha seriedad y a mí me provocaba cierta risa interior. Bien, a los años, Hohberg volvió a jugar. Su último partido como profesional fue en 1971 en Racing. En el segundo partido del campeonato uruguayo, Racing jugaba contra Peñarol. Entonces le hicieron un análisis cardíaco y le dijeron que no podía jugar. Le quitaron la ficha médica porque tenía una afección cardíaca. Bueno, a mí entonces se me cruzó por la mente aquel viejo relato pero seguí sin creerlo. Sin embargo, no hace mucho tiempo, vi un documental sobre aquel partido épico de Uruguay contra Hungría y me encuentro con algo sorprendente: en el documental de ese partido había un momento, después del empate uruguayo, en el que Hohberg aparecía totalmente inconsciente y Abate, que era el kinesiólogo uruguayo, le estaba dando masajes a la altura del corazón. Me quedé impactado. Me sigue pareciendo una total locura pero es maravilloso cómo una anécdota imposible, por esos hilos de la memoria, se vuelve, por lo menos, una posibilidad. Lo imposible adquiere una verosimilitud. Esa también es la base de la épica: hacer ver como posible lo que parece radicalmente imposible.

  • Edición Agosto 2021