FÚTBOL, IDENTIDAD, HISTORIA E INTEGRACIÓN

Por Juan Aldecoa

 

Del pasado quedó poco y queda mucho. Los recuerdos, que se pasan de boca en boca.

Las leyendas, que con el paso del tiempo se agigantan y refuerzan la idea del todo tiempo pasado fue mejor. Y la identidad, eso que aún persiste entre los vecinos y parroquianos aunque se la quieran quitar. Hoy en el Sur y en Palermo no están aquellos clubes que forjaron el crecimiento de los barrios y catapultaron estrellas a los campitos uruguayos y del mundo. El rojo, azul y blanco; el negro, el blanco y la integración están ahí nomás, en la esquina del barrio que da al mar. Y el fútbol también. O ya no.

 

Barrio, que sentís la emoción del ayer

Al recordar, broncas de ley,

Al viejo barrio mío, Palermo tan querido

Quiero con mi canto llegar hasta vos,

Y así volcar todo mi ardor

¡Barrio!, ¿qué tenés?

Que hacés vibrar mi corazón.

 

Evocación triste y sentimental,

Ya tus nyanzas y malevos

No volverán jamás.

Glorias de ayer

Hoy, qué cambiado estoy,

Barrio viejo, mi Palermo

Me da pena el recordar.

 

Barrio San Martín, el orgullo sos vos

Por mantener la tradición,

Al viejo barrio mío, Palermo tan querido

Junto a tus paredes el taita feroz,

Se acomodó para pelear,

Y con su facón

Hasta la cana hizo aflojar.

 

‘Nyanzas y malevos’

Orquesta Enrique Rodríguez

con Armando Moreno

 

 

Las calles de los barrios Sur y Palermo

–rivales y hermanos– respiran candombe, bohemia y fútbol. Son la cuna de la cultura afrouruguaya y la posibilidad de entrada desde la Ciudad Vieja para los africanos esclavizados durante el Virreinato del Río de la Plata. Cuando la población comenzó a expandirse fuera de los límites de la Ciudad Vieja estos barrios fueron los testigos del crecimiento de los negros en los conventillos –Mediomundo en el Sur, Ansina en Palermo y Gaboto en Cordón–, eliminados y derrumbados por la dictadura militar y donde nacieron los tres toques fundamentales del candombe: el de Cuareim (barrio Sur), el de Ansina (Palermo) y el de Gaboto (Cordón). Además del candombe y el tango, el “campito” era clave para la formación de futbolistas en el Sur y en Palermo. Las leyendas del barrio se acrecientan con el paso de los años y el fiel testigo de ellas es el mostrador. Los parroquianos del Enrique López, club nacido en el corazón del barrio –en las calles Ejido y Cebollatí–, se juntan para rememorar tiempos pasados, tirar unas fichas en las máquinas o simplemente acodarse a los recuerdos. “Yo creo que todos los barrios tienen una comunión con determinadas cosas. Es como revivir, estar presente en el pasado. Las paredes que ves acá hablan del pasado; no hablan nada de presente ni de futuro. Apenas este cuadro, que sería el presente, es la gente que viene acá, y ya hay gente que ha muerto. Todo lo demás es historia. La historia es el ayer, punto. De cualquier forma hay una especie de comunión para que el pasado no muera. Te lo voy a decir de otra forma: yo puedo escribir un libro y puede ser muy criticado pero esas críticas hacémelas por escrito para que la historia pueda avanzar. Si no, queda sólo mi libro. Pero esto no se puede escribir, y como en  la época del juglar en la Edad Media, la historia se pasa de boca en boca. Y esa es la historia viviente: esto. Siempre hay una parte poética del pasado; si tú escuchás acá a la gente, todo fue mejor en el pasado. No es que esté bien o que esté mal: es la historia. No se filtra la vida por el bien y por el mal, no existe. Existe la historia”. Esas palabras son de Alberto Santos, uno de los cantineros del Club Social y Deportivo Enrique López, que en conversación con Túnel contó que llegó a la cantina hace poco más de un año, después de jubilarse. Alberto es psicólogo social y trabajó 43 años con adolescentes en el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU), Secundaria y Salud Pública. El presidente del club, Walter Hidalgo, cuenta que el Enrique López fue fundado el 10 de marzo de 1933 por un grupo de veteranos; entre ellos estaba Juan López, el entrenador de la selección uruguaya campeona en el Mundial de Brasil 1950. “Le pusieron Enrique López porque acá en la esquina, en Ejido y La Cumparsita, había un boliche, un almacén, y el dueño se llamaba Enrique López. Él les prometió que les iba a dar las camisetas para formar al equipo. Ese club estuvo un tiempo y luego se fundió. A los pocos años los hijos de esos primeros fundadores también le fueron a pedir las camisetas a Enrique López para mantener el nombre. Al final nunca se las dio y las hicieron con unos pedazos de tela que le consiguió mi tía Pilar. Este club no era de fútbol, en aquellos años era de vóleibol; la cancha la tenían en Cebollatí y Ejido”. Las paredes del club respiran recortes de diario y fotos de glorias viejas y recientes. Cada tarde, en la cantina del club, se puede tomar una copa o simplemente charlar de la vida junto a Alberto, Daniel y Quiquiriquiño Montiel, que no es más socio de Central desde que se llevaron el club para el Parque Batlle.

Por el Enrique López han pasado desde José Antonio Carajito Vázquez, Juan López, Óscar Chiquito Chirimini –volante creativo de River, Peñarol y la selección uruguaya nacido en barrio Reus del Sur– Joaquín Bermúdez y Manuel Gadea –campeón sudamericano de básquetbol con Uruguay en 1959– hasta los hermanos Diego (el Ruso) y Omar (el Loco) Pérez, criados en Palermo. Omar Pérez, como su hermano, jugó en Enrique López y respira Atenas y Palermo, y siente la identificación del barrio con Central: “Desde que era un niño me formé ahí. Dejé el baby fútbol, agarré el bolsito y me fui a practicar, a probarme a la Séptima. Era el lugar más cerca, mi padre es hincha de Central y en mi barrio se hablaba de ese club. En varias etapas estuve en Central Español. De Séptima a Primera, me fui a Argentina y cuando volví me fui de vuelta a Central; en el 98 me fui al Aucas de Ecuador, terminé el contrato, volví y me dejaron libre; ahí me fui a Villa Española, salimos campeones de la B y subí a la A; en 2002 estuve con [Miguel Ángel] Puppo en Central y después el año pasado con el Ronco [Luis] López”.

 

¿Dónde jugarán los niños?

Uno de los disparadores de esta nota

–además de repasar un poco la historia de los barrios– fue la notoria falta de lugares para jugar al fútbol que existe en la zona. Lo que antes se llamaba “campito” hoy está rodeado de edificios y cemento: una jungla de concreto. ¿Qué genera esto? La merma en la cantidad de futbolistas de los barrios Sur y Palermo que trascienden o que llegan a Primera División. Si bien los hay –no está bueno generalizar–, el factor común que señalan los entrevistados es ese: la falta del campito para poder recrear esa pasión. En eso también están de acuerdo Fernando Lobo Núñez y su hijo Noé. Pero además, recuerdan con cariño el club El Power: “Era más que un club de fútbol de barrio; era una obra social. A diferencia de lo que pasa ahora, cualquier cuadrito de barrio tenía su propia sede. Su lugar, su cantina; diferentes entretenimientos: un billar, futbolito, barajas. Eso lograba reunir al barrio. El Power, Mar de Fondo, hacían carnaval, varios tenían actividades culturales, se organizaban comidas y venían cantantes de tango, de folclore. También ayudaban a familias carenciadas; y eran unos adelantados con respecto a la infraestructura, y muchos cuadros de Primera no la tenían: se jugaban campeonatos nocturnos, agua caliente, equipos para el calentamiento, zapatos, etcétera”. El Loco Omar Pérez recuerda que, si bien están las canchas de Enrique López, Don Bosco y Estrella del Sur, lo que más había antes eran campitos. “En Ejido y La Cumparsita era todo verde –ahora pusieron el colector– y era un lugar en el que nos juntábamos todos de chicos. Atrás del edificio donde vive mi abuela hay una canchita que hoy por hoy es un estacionamiento. El único predio que quedó, más o menos, fue donde derrumbaron el INVE, hay una canchita de fútbol y era donde jugábamos”.

Walter Hidalgo es aún más fuerte con su comentario: “Un desastre. Antes era un semillero. Yo me pasaba con la pelota de la mañana a la noche, nos pasábamos jugando. Se aprendía en el campito. Los barrios que sacan más jugadores son los periféricos, donde siguen existiendo los campitos; y en el interior del país, obviamente. Hasta la generación del Ruso [Diego Pérez] los chiquilines salían de acá, hoy hay muchos que no saben dónde está la sede. Los colores de Palermo eran nuestro orgullo: el rojo, blanco y azul. ¿Por qué esos colores? En el rancho La Facala (Isla de Flores entre Salto y Tacuarembó), en el año 1900, vivía un señor italiano que se llamaba Francisquito y él hizo una de las primeras comparsas de negros y lubolos: los Esclavos del Nyanza. Y le puso esos colores, que luego todas las comparsas y cuadros de Palermo adoptaron”.

 

Carajito Vázquez, la leyenda

En Historia de Peñarol, libro escrito por Luciano Álvarez, con colaboración de Leonardo Haberkorn, aparece en acción José Antonio Carajito Vázquez, un famoso personaje del barrio Palermo. Carajito fue un gran futbolista y protagonizó un hecho inédito en un clásico entre Peñarol y Nacional, el 10 de setiembre de 1944. Vázquez, jugando para los carboneros, se sentó en la pelota en pleno clásico. La idea había sido preparada junto al kinesiólogo Ernesto Matucho Fígoli. La consigna era sentarse sobre el balón a cinco minutos del final del encuentro, y lo hizo junto al sector de la tribuna Olímpica. Ese clásico lo ganó Peñarol por 2-0 con goles de Obdulio Varela y José María Solito Ortiz. Walter Hidalgo lo recuerda así: “Aparte de ser un gran jugador de fútbol –nosotros no lo vimos– era un gran cocinero. Un tipo muy dulce, muy querido por todos los chiquilines de aquella época”. Carajo –también lo apodaban Toto– Vázquez llegó a Peñarol en 1936 desde la Liga Palermo. Le debe el apodo a su papá, que lo escuchaba “carajear” contra sí mismo mientras ensayaba algunas jugadas y “malabarismos inverosímiles que hicieron su fama de rey de la gambeta, especialista de la jopeada y de todos los fundamentos”, según consigna Álvarez en la Historia de Peñarol. Vázquez, además, jugó en Boca Juniors, Platense y Central Football Club. “La leyenda de que se volvió de Boca porque extrañaba el barrio es verdad. A él lo vendieron porque en un partido  lo sacó el técnico –le saltaba la térmica y hacía cualquier cosa– y los contrarios le empezaron a gritar, se bajó los pantalones y le mostró los testículos al público. Extrañaba horrores; había una bohemia antes que no existe hoy, eran tipos de rancho”, cuenta Walter Hidalgo. El periodista Joselo Olascuaga también recuerda historias sobre Carajito. Randolph Galloway, un entrenador inglés que tuvo Peñarol, previo a los partidos repartía papeles a los jugadores con las instrucciones de lo que debían hacer en la cancha. El papel que le tocó a Carajito decía: “Usted la toca y se va”. Empezó el partido, Vázquez la tocó y se fue: “Cuando me vio entrar en el túnel, Galloway me preguntó desesperado: ‘¿Qué hace?, ¿A dónde va?’. ‘Al túnel. ¿No me dijo que la tocara y me fuera?’”.

 

Un mar de fondo

“Acá abajo, donde están todos esos jardines –al lado de la Ancap– eran ranchos de pescadores. Y Mar de Fondo saca el nombre de ahí, de la calle Cebollatí 1635. Estaban ahí en el rancho –tenían ganas de hacer un cuadro– y vino una sudestada y no quedó nada, se lo llevó el agua; y le pusieron Mar de Fondo”, relata Walter Hidalgo. El Club Atlético Mar de Fondo nació el 25 de agosto de 1934 en un barrio orgulloso de ser como era, de negros y blancos, que fue vaciado en 1978 en plena dictadura. Ese vaciamiento se llevó también a los clubes y Mar de Fondo –campeón de la Extra en 1951 y de la Intermedia en 1952, 1958, 1961 y 1969– no estuvo ajeno a esa expulsión de los orígenes. De él sólo quedaría la cantina, el baby fútbol y el sueño de volver a ser. El 8 de agosto de 2004 el Marde volvió a pisar una cancha de fútbol con victoria ante Parque del Plata gracias a los incansables esfuerzos de Walter Tellechea y Ruben Cholo Iguini. Hoy el club compite en la Segunda División Amateur –la C– de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) sin campañas que ilusionen a sus viejos hinchas del Sur y Palermo. La sede, claro, no está más en el barrio y se mudó a la Unión: los colores blanco y negro deambulan por las calles Pernas y Juan B. Morelli, pero el corazón sigue cerca de la costa. Iguini, actual presidente del club, cuenta: “Mar de Fondo es, de Palermo, lo más grande. Era el cuadro que más gente llevaba, el que más hinchas tenía. Fijate que en Palermo estaba Peñarol –Maldonado y Yi–, Central, más para el lado del Sur estaba El Power. Mar de Fondo fue grande en Palermo, con sus colores blanco y negro por la integración del barrio Ansina. El carnaval de Mar de Fondo fue el más importante de Montevideo; en el fondo de la sede había cinco mesas de ruleta clandestina y con eso se solventaba todo el año el club”.

Como cuenta Olascuaga en uno de sus artículos dedicados al barrio y a su querido Mar de Fondo, el club blanquinegro “no sólo es un referente deportivo por los nombres insignes que lucieron su camiseta (Gambeta, Chirimini, Clavarés, El Tigre Young, Plácido Rodríguez, Paech, Morelli, Iguini, Sarro, Chagas, Verdi, Pedutto, Roberto Píriz, Gradín, Riobó, Bagnulo, Cacho Vázquez, entre tantos otros), sino por el simbolismo mismo de esa camiseta (negra y blanca, por representar a un barrio de negros y blancos, como el Yacumenza de esa Liga Palermo que albergó al Atlanta, El Power, El Okey, Arriba y Abajo, El Fortín, La Sospecha, Universal Ramírez, El Bicho Feroz, La Cumparsita, entre otros equipos), es también un referente de Uruguay como nación, como país republicano y democrático”.

Esa referencia e identidad barrial se ha perdido con el tiempo: “Los hinchas de Mar de Fondo andan por los noventa años casi todos. Agarrás un pibe ahora y no tiene idea de que el club es de Palermo; sólo los padres o abuelos de esos muchachos lo recuerdan. Me vinieron a hablar hace poco para ver si podíamos llevar el club al barrio, integrarlo con gente de Atenas y Welcome; la idea me fascina pero estamos viendo. En la camiseta o en algún banderín siempre vas a ver la leyenda ‘Somos de Palermo’. Yo no quiero perder la identidad del barrio, para nosotros es un orgullo ser de Palermo”, cierra Iguini.

 

El viejo Central

El Central Español Fútbol Club nació el 5 de enero de 1905 con el nombre de Central Football Club. Con los colores de Los Esclavos del Nyanza –rojo, azul y blanco– y tras la fusión de los clubes Central y Solís, el equipo palermitano también fue uno de los grandes de la zona y se consagró en las grandes ligas tras ser campeón uruguayo de Primera División en 1984. Los de Palermo inauguraron su estadio –el Parque Palermo– en octubre de 1937 pero, al igual que Mar de Fondo, abandonaron su barrio originario. Ya como Central Español –desde el año 1971– e instalado en el Parque Batlle, el club, como era de esperar, comenzó a perder adeptos e identidad barrial. “El barrio era de Central. Por razones lógicas, cada vez quedan menos hinchas ahí. En Parque Batlle no tiene hinchada; lo mismo le pasó a Mar de Fondo, que era el club pesado del barrio. Tenía una hinchada bravísima. Y siempre tenía buenos equipos para su divisional, era un cuadro fuerte, de mucho arraigo”, le cuenta Miguel Ángel Puppo –emblemático exponente del barrio, como futbolista y entrenador– a Túnel. Puppo, que vivió toda su vida en el barrio Palermo, cuenta que esa identidad tan mencionada entre los entrevistados “se ha perdido: cada vez salen menos jugadores de Palermo porque no existen más canchas”. “Los campeonatos de verano ahí eran extraordinarios: empezaban a las seis de la tarde y terminaban a las ocho porque había luz. Venían jugadores de Primera División de todos los equipos. Yo jugué en el Tacuarí –el clásico era con Yacumenza– y en el Noa Noa”, rememora. Sobre la rivalidad barrial entre Central y Mar de Fondo, Alberto Santos, cantinero del Enrique López, recuerda: “Me hacía la rabona en sexto año y en primero de liceo para ir a ver a Mar de Fondo. Era terrible el clásico, era bastante picante a pesar de que se conocían y todo. Recuerdo más cuando estaba en el liceo porque jugaba los sábados y ya había decidido que cuando jugaba Mar de Fondo no iba a entrar. Jugaba en el Palermo y en otras canchas; yo lo seguía por todos lados”.

 

En Palermo nació un grito

es Central que no ni no

Canta, viejo Palermo

Canta de nuevo

Felicidad

Vive porque tu sueño

de ser campeones es realidad.*

 

*Fragmento del himno de Central Football Club

 

 

 

El sonido de la calle

 

Milita Alfaro: “¿El fútbol fue importante durante la infancia?”.

Jaime Roos: “Como para la gran mayoría de los uruguayos, el fútbol es algo muy importante en algún lugar de la mente. Para empezar, era el único deporte que se practicaba espontáneamente en la calle, en el campito donde ahora han hecho un espantoso edificio de veinte pisos, en Durazno y Convención. Hasta que tuve once años, jugué ahí al fútbol todas las tardes de mi vida. Interrumpía de seis a seis y media para escuchar Beatlemanía y después renganchaba. Pero también iba a ver los partidos. Toda la mitología futbolera habida y por haber la asimilé”.

Libro entrevista El sonido de la calle, por Milita Alfaro. Ediciones Trilce, 1987.