SÍ, LA VERDAD QUE SÍ

Por  Ignacio Alcuri

 

La madre no había terminado de parirlo y el padre ya lo había bautizado. “Se va a llamar Demóstenes Talastilla, como yo”. Una decisión egoísta, es cierto, pero es importante señalar que los nombres que la madre tenía en mente eran mucho peores.

Desde ese momento, papá Demóstenes trabajó para que su primogénito fuera una copia reducida de su persona; un representante del machismo rioplatense que bajo la excusa de la caballerosidad escondía el convencimiento de que la expresión “sexo débil” era un hecho científico.

Un tipo que terminaba de masticar el almuerzo del domingo mientras calentaba el motor del auto para ir al estadio a ver a Peñarol y a repetir cánticos que hablaban de penetrar al rival, casi siempre en contra de su voluntad. Cuentan que llevó al nene a debutar a la Ámsterdam el mismo día que dijo “papá”.

Cuando el pequeño Demóstenes entró en la adolescencia, su papá comenzó a llenarle la cabeza para que continuara con el negocio familiar. Y “negocio” era la palabra correcta, porque para el viejo ser doctor había sido una apuesta al éxito económico que le había dado (y le seguía dando) sus buenos dividendos.

El adiestramiento no sabía de días ni horas. Desde la tribuna, el padre señalaba con la misma pasión el culo de una hincha aurinegra que la ambulancia que esperaba junto al banderín del córner. Cuentan que llevó al joven a debutar al quilombo el mismo día que le dijo que haría quinto biológico.

Pasó el tiempo y Junior se convirtió en un afamado profesional de la medicina que se aferraba a los valores tradicionales: tenía una esposa, dos hijos, tres amantes y cuatro clínicas privadas, una de las cuales fue usada por varias de sus amantes para que la cantidad de hijos se mantuviera en dos.

Hace años que Demóstenes Talastilla II no se habla con su padre. Más exactamente desde aquella cena de Navidad en la que el veterano le dijo, delante de todo el mundo, que era la vergüenza de la familia y que le prohibía volver a poner un pie en esa casa.

A partir de ese momento, la única comunicación entre ambos se limita a los mensajes de texto que el hijo envía los lunes posteriores al clásico. Del estilo “SIEMPRE CORRISTE, MANYA, EL BOLSO MANDA”. Demóstenes Talastilla padre todavía no se explica qué hizo mal.