LEANDRO ÍBERO NÚÑEZ: TEATRO VINTAGE

Por Juan Aldecoa

 

La Comedia Nacional (CN) anunció que su programación de 2016 estará dedicada de manera íntegra, durante todo el año, a autores nacionales con la presentación de diez obras: Maratón Liscano, Mar de Fondo, Los descendientes, El Otelo oriental (o el hotel oriental), Lucas o el contrato, Las artiguistas, Barranca abajo, El poder nuestro de cada día, La duda en gira y El gato de Shrödinger, que tendrá su estreno el próximo 21 de mayo, con la dirección de Santiago Sanguinetti y la actuación, entre otros, de Leandro Íbero Núñez (36 años), uno de los actores más importantes de su generación. Santiago y Leandro charlaron con Túnel sobre su trabajo, sus carreras, el teatro y la relación con el fútbol.

 

 

La vida de Leandro

Contame sobre tu infancia en el barrio Lavalleja.

Nací, me crié y viví ahí hasta los 25 años. Un barrio periférico, quizás un tanto complejo, que ha sufrido algunos cambios. Cuando era niño me encantaba vivir ahí, estaba un poco vacío, con muchos espacios verdes, gente que laburaba en fábricas, había montes de eucaliptos, canchas de fútbol. Con el tiempo fue cambiando, creo que a partir del 2000, y sobre todo con la crisis. Pasó algo positivo: realojaron mucha gente que vivía en cantegriles de zonas cercanas al barrio y se superpobló: llegó mucha gente a unas viviendas que se hicieron nuevas. Eso está muy bueno pero trae aparejados ciertos conflictos que no se conocen muy bien; yo mismo no sé si los conozco muy bien. Empezaron algunas rivalidades con gente que no obtuvo vivienda y que ya vivía en el barrio. A mí hoy en día me resultaría imposible seguir viviendo ahí por el hecho de salir de noche, volver de los ensayos tarde, sociabilizar. Pero es mi barrio y me ha dado cosas increíbles.

 

Tu abuela Hortensia fue parte importante de tu vida.

Sí. Era mi madrina, además. Yo vivía a una cuadra e iba mucho a la casa de ella. Era la líder de toda la familia. Crió once hijos prácticamente sola; tuvo a su esposo, que era mi abuelo, pero era ama de casa y era una mujer muy aguerrida, de pocas palabras: muy dura y muy tierna también. Si bien yo no sabía mucho decirle cosas, acercarme al nivel de darle un abrazo, decirle que la quería y eso, estaba muy pegado a ella. Me encantaba porque ella y su hijo mayor –que le decían El Hijo, una figura galáctica– en la casa vivían como en el campo: tenían todo tipo de frutas, verduras, gallinas, conejos, chanchos, parrales con uvas; se autosustentaban. Era muy divertido llegar de la escuela e ir a la casa de mi abuela. Era muy lindo el contacto con la tierra, con las plantas.

 

Así como viviste el aspecto positivo de estar cerca de tu abuela en la infancia, tu padre se fue de tu casa cuando tenías diez años, ¿eso te fortaleció?

Se fue a buscar cigarrillos y desapareció. Pila de tiempo después tuve algún contacto con él, básicamente porque él era administrativo en Daecpu [Directores Asociados de Espectáculos Carnavalescos Populares del Uruguay] y yo empecé a salir en carnaval. La gente me decía: “Vos sos el hijo del Pepe Núñez, qué grande”. Y yo no decía nada, obviamente, sabía que era muy querido en el trabajo. Pasamos momentos de rabia, dolor, sobre todo mi madre la pasó muy mal. Nosotros también pero no nos fuimos dando cuenta, pasó a ser algo medio imperceptible.

 

Decís por ahí que te gustan los shorts cortitos y la ropa retro, ¿sos nostalgioso?

Bueno, me gusta mucho el fútbol. Cuando las camisetas empezaron a cambiar, a llenarse de publicidad, no me gustó. En los noventa empezaron a ser enormes; además era muy flaco. Lo retro es simplemente porque sentía que eso tenía como un estilo a medida. Y pasó a ser así: cuando encuentro algún short corto por lo general me lo compro, las camisetas y las camisas también.

 

¿Sos hincha de Peñarol?

Sí, pero no soy fanático. Quiero que gane, claro, pero en la Copa Libertadores grito los goles de Nacional. Tengo camisetas de todos los cuadros de fútbol, inclusive de Nacional, y ahí sí son todas vintage, colecciono: tengo como 55, más o menos. Me compro en viajes, en internet, en la feria de Tristán Narvaja.

 

Jugás al fútbol 5 una vez por semana con tu novia, ¿cómo es eso?

Con ella juego los miércoles. Juego con la gente del teatro hace seis años todos los lunes. Hace un par de años agregamos un día y terminó siendo una mixtura; ahí se sumó ella y otra chiquilina.

 

¿Sos apasionado por la historia de los mundiales?

Es lo que más me gusta. El fútbol me encanta, el juego, el deporte en general, me gusta jugarlo, verlo, analizarlo como si fuera un partido de ajedrez, creo que hay mucho de eso: vos sos la ficha, vos sos el que tenés que saber moverte en combinación con el resto de tus compañeros. Con lo que más me cuelgo es con los mundiales, el del 86 fue muy fuerte para mí. Antes me hacía partidos mentales de selecciones. Por ejemplo: jugaban Uruguay y Brasil pero elegía mis selecciones ideales. Me hacía esos partiditos imaginarios para dormirme. Y en 2014, después del Mundial de Brasil, me propuse dibujarlos, recortarlos y me hice quince equipos con los mejores jugadores de la historia y los puse en una cancha, como si fuera un playstation de papel.

 

¿En qué se relaciona el fútbol con el teatro?

En algunos aspectos se puede relacionar: para empezar es un trabajo en equipo. Eso que tiene que ver con la sensibilidad, el movimiento de un compañero. Tenés que sumarte a la energía que te está brindando el otro, intentar a veces contagiarlo, eso que parece que no se nota pero es superimportante, algo más allá de lo preestablecido técnicamente, un texto y la devolución del compañero, pero cómo es esa devolución, qué es lo que yo le estoy dando de más o de menos. Y por supuesto la percepción de lo que se recibe del público porque hay uno un poco más duro, otro que se ríe mucho, etcétera. Hay un director, que sería el director técnico si se quiere, la guía de trabajo, la chance de dialogar y ver los distintos puntos de vista de una escena.

 

¿Te gusta viajar?

Es espectacular, fascinante. Yo no había viajado nunca hasta que lo hice con el teatro, al sur de Chile. Tuve una etapa que viajé mucho con el teatro y tiene su jeito: sentís que sos partícipe de un movimiento artístico al que te dedicás, que te fascina, y tenés una apertura, una visión que es superenriquecedora. Quizá lo sea con todas, pero con nuestra profesión al participar de un festival, por ejemplo, te pasan cosas que no te pasan acá y que uno las puede apreciar de una manera distinta, y no lo digo desde un lado banal sino de sentir el valor de tu trabajo en una medida superior. He sentido que la gente valora mucho más nuestro trabajo en otros lados, es una percepción.

 

¿Por qué soñabas con entrar a la Comedia Nacional? ¿Es algo así como jugar en Primera División?

Sé que para algunos no, pero para mí sí. La primera vez que vi una obra de teatro fue de la Comedia Nacional: La boda. Creo que fue en el 87 u 88. Me pareció impresionante, la dirigía Héctor Manuel Vidal y actuaban algunos que hoy son mis compañeros; increíble. Me pareció algo fantástico y eso quedó encapsulado. En el liceo pude ver algún espectáculo de Teatro en el aula, una actividad brillante, y son cosas que van sumando. Empecé a ir a clases de teatro porque estaba bastante desnorteado en el liceo. Vi una etapa muy buena de la Comedia Nacional cuando estaba en la EMAD [Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático]. entonces sentía que era mi referencia, con actores referentes, por eso cuando terminara y existiera la posibilidad quería entrar a la Comedia.

 

También trabajás en Carnaval.

Salí por primera vez en Espantapájaros de Medianoche, en 2000, 2001 y 2002; en 2004 en Los Carlitos; 2005, 2006 y 2007 en Zíngaros, y este año en Los Muchachos.

 

¿Qué significaron en tu carrera Mi muñequita (Gabriel Calderón) y Gatomaquia (Héctor Manuel Vidal)?

Dos de los espectáculos más importantes que me tocó hacer. Gatomaquia tuvo un valor artístico superior a mis aspiraciones en ese momento. Sentí que estaba internalizado en un mundo intelectual sin darme cuenta; había entrado en una atmósfera, en un nivel que no sé cómo definir, mezclado con la vida cotidiana. Algo que era parte de todos los días y que era el ensayo, pero después me di cuenta de que estaba madurando con ese espectáculo en otros aspectos que tienen que ver con cierta formalidad, cierta intelectualidad, con mucha cultura que aportaba Héctor Manuel, mucho conocimiento. Mi muñequita, que fue anterior en realidad, fue el puntapié inicial de mi carrera para mí y para todos los que fueron parte porque ese espectáculo tenía toda la efervescencia, toda la esencia juvenil rebelde pero con causa.

 

¿Cómo tomás –luego de algunas críticas– que la Comedia Nacional se dedique este año a la realización de diez obras de autores nacionales?

Lo que pasa muchas veces es que la Comedia Nacional está en la mira porque cobramos un sueldo, porque el resto del medio teatral la rema muchísimo, hay muchas dificultades, y a veces se le apunta al que tiene recursos. Que no son muchos. Y a veces se desconoce o se publica alguna cosa que no es así o que está mal informada. Por lo general en la Comedia Nacional, desde que yo estoy, se hacen dos obras por año de autores nacionales: una en cada semestre; algún año se hizo una y algún año se hicieron tres. La idea es que todo sirva y contribuya para que nuestro medio teatral se enriquezca partiendo también desde la escritura.

 

Contame algo de la obra que se viene, El gato de Shrödinger.

He descubierto que me cuesta tener una visión cuando leo la obra. Cuando la leímos no me gustó. Mucha información, mucho dinamismo para luego poner en escena, mucha exaltación, muchas metáforas, muchos conceptos de Santiago [Sanguinetti] que es un loco muy colgado para escribir. Luego de empezar a trabajar te puedo decir que mi percepción cambió totalmente y vamos a ver un espectáculo teatral con mucha energía, muy dinámico; por ponerlo en un estilo es teatro del absurdo. Todo sucede en un vestuario y el fútbol es la excusa; la teoría del gato de Shrödinger y la física cuántica también es una excusa y un disparador para desarrollar un juego escénico. Lo que sucede, en sí, es un juego donde lo primordial son las interpretaciones y las situaciones que se presentan.

 

Faltan pocos días para su estreno, ¿cómo viene todo?

Viene muy bien. Está planteado el espectáculo y está pronto para pulirlo y para que aparezca esa magia. La magia del teatro tiene que ver con eso: muchas veces también es mágico para nosotros más que para los espectadores. La magia del teatro para el público es estar en una sala, que alguien te cuente una historia ahí en vivo, que los actores se conecten, eso es insuperable. Y para nosotros también –claro que separando la realidad de la ficción, la vida personal del personaje– porque cuando todo eso confluye en algún punto es un juego pero vos estás viviendo algo: se trabajan emociones, se recrea un mundo con elementos muy simples, un lugar, una locación, una escenografía. Hay sueños, y muchas veces ese juego de la credulidad y la incredulidad produce como algo de hipnosis.

 

¿Con qué soñás?

Quiero ser director pero siempre que leo una obra me termino viendo como actor. Sueños muchos, y que nunca falten. Si es hablando laboralmente me gustaría actuar en cine. Me tocó trabajar en una película que todavía no está pronta, y aspiro a que eso me abra las puertas para poder hacer algo más; me sentiría completo incursionando por ese lado. Y por el lado personal, ser padre. Es algo que tengo latente. Y se va a dar.

 

La palabra del DT

Santiago Sanguinetti es actor, director, dramaturgo y docente. Egresó, como Leandro Núñez, de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) y se especializó en Literatura en el Instituto de Profesores Artigas. Tiene treinta años y recibió, entre otros, el Premio Nacional de Literatura y el Premio Onetti que otorga la Intendencia de Montevideo (IM). Editó los libros Dramaturgia imprecisa (Estuario, 2009), Sobre la teoría del eterno retorno aplicada a la revolución en el Caribe (Banda Oriental, 2013) y Trilogía de la revolución (Estuario, 2015). El gato de Shrödinger es su segundo texto en la Comedia Nacional. El anterior fue Ararat –su proyecto de egreso de la EMAD–, dirigido por Alberto Coco Rivero, en 2008.

 

¿En qué consiste El gato de Shrödinger?

La obra nació en Santiago de Chile. Yo había viajado en junio de 2014 a tener unos encuentros con un grupo de teatro de allá que se llama Teatro Amplio. Este grupo, en general, trabaja sobre obras de dramaturgos latinoamericanos. Habían empezado a trabajar con una obra de un argentino, [Eduardo] Pavlovsky, y después querían laburar con una obra mía. Me convocaron, viajé a Santiago y estuve tres semanas. Justo era el Mundial de Brasil y los chilenos estaban imposibles: ganaban un partido, prendían fuego ómnibus, salían a quemar cosas, romper vidrieras; se empezó a generar una efervescencia que me parecía muy dramática y teatral. Por otro lado, ellos estaban interesados en trabajar nuevos modos de hacer política, un empoderamiento de las bases, mayor autonomía grupal y movimientos contra hegemónicos por fuera del Estado. Ahí empezó a aparecer la idea de estudiar un mundo teórico libertario; ahí apareció [Mijail] Bakunin y me pareció interesante tocar ese universo.

Había un tema que yo siempre quise tratar que es el de la física cuántica. El experimento del gato de Shrödinger se basa en la capacidad cuántica que aparentemente tienen los electrones para estar en dos lugares al mismo tiempo. Leí algunos libros, charlé con alguna gente, y son nociones fuertemente contraintuitivas, como por ejemplo que algo pueda estar en dos lugares a la misma vez. Eso es aceptado, entonces los electrones pueden estar en dos lugares a la vez, bien, nosotros estamos compuestos en última instancia por electrones, ¿cómo es que no podemos estar en dos lugares al mismo tiempo? Entonces, para ejemplificar esa paradoja Erwin Shrödinger piensa en el experimento del gato, que después se llamó El gato de Shrödinger. Una interpretación posible de ese experimento dice que si uno no ve algo las cosas suceden y no suceden al mismo tiempo, que es lo que hace este jugador de fútbol [Leandro Núñez]: abandona la cancha porque van perdiendo 3-0 y siente que si no lo ve, el partido está ganado y perdido al mismo tiempo. Él lo prefiere así; está muy nervioso y no quiere perder.

Además, apareció la física cuántica como una especie de justificación científica para el anarquismo, entonces se mezclaron todos los temas. Y zombis. Siempre había querido hablar de zombis, que ya habían tenido una aparición un poco sutil en Sobre la teoría del eterno retorno aplicada a la revolución en el Caribe (2014). Acá, que todo hacía indicar que iban a hacer su aparición definitiva, me arrepentí y se terminaron convirtiendo en la barra brava de Boston River, que está muy enojada comiendo gente afuera, en los corredores del estadio. Porque en un universo paralelo Boston River no va ganando 3-0, sino perdiendo 3-0. Toda la obra transcurre en un universo paralelo; cuando empieza la obra está jugando Boston River contra Los Apóstatas de la Moral. Otros cuadros que aparecen son Liberalismo y Cerveza de la Pampa Fútbol y Pádel Club; Rosa Luxemburgo; y el Unidos por Ho Chi Minh.

 

¿Sos futbolero?

Lo sigo, tampoco soy muy fanático. Cuando estábamos definiendo la parte estética de la obra empezamos a pensar en una suerte de atemporalidad con rasgos de los sesenta, de los setenta sobre todo. Entonces apareció Alemania 74 y Leandro [Núñez] me empezó a decir los nombres de todos de memoria. Es un colgado con las camisetas, las pelotas. De hecho, tiene una réplica de una pelota, creo que es del cuarenta, por ahí, que sirvió para el spot de la Comedia. Cuando se hizo la presentación de la Comedia se hicieron videos de cada una de las obras, fragmentos, y ahí está Levón –en el afiche también– con la pelota que llevó Leandro: un día iba por la calle, la vio en una vidriera y se la compró.

 

Tenés un pasado futbolístico en tu familia.

Mi abuelo, Nicolás Riccardi, fue jugador de Peñarol, y uno de los primeros uruguayos vendidos al extranjero; jugó en el Napoli y en el Palermo, de Italia. Tenía la ciudadanía italiana, todo, hasta el 39 que estaba allá, estalló la guerra y lo llamaron para pelear por Italia. Él no quería saber nada de eso entonces tomó el penúltimo barco que salía para América y cuando volvió conoció a mi abuela. Así que hay una historia futbolística en mi familia.

 

¿En qué se relacionan el fútbol y el teatro?

Uno de los primeros textos que leí cuando entré a la EMAD fue Más deporte del bueno, que básicamente decía que había que recuperar para el teatro parte de la vitalidad que tenía el buen deporte, por ejemplo la pasión que generaba el fútbol. Hay algo como de la exigencia, del apasionamiento en términos no de la negación de la razón ni de animalidad. Una suerte de involucramiento pasional con lo que está sucediendo, ni desmedida ni violenta, obvio.

 

¿Cómo definís a la obra?

En términos laxos podríamos hablar de absurdo pero en términos de la historia del teatro el absurdo es un género muy restringido, propio de la posguerra. El énfasis está puesto en la comunicación rota, hay una imposibilidad de comunicación, la decadencia de una manera de entender el mundo. En el caso de la obra sería como un realismo extendido si se quiere. En definitiva la obra transcurre en un vestuario de fútbol, hay una unidad de tiempo, de acción, de espacio permanente, los personajes están vestidos como ellos mismos y hablan de una manera cotidiana, coloquial. Es decir, en términos formales todo haría indicar que estamos en presencia del realismo; sin embargo es un realismo tenso llevado a un extremo ridículo.

 

 

De estreno

 

“Un jugador de fútbol que abandona la cancha en medio del partido. Dos peluches gigantes como mascotas oficiales del equipo. La física cuántica y el gato de Schrödinger aplicado a la vida cotidiana. Multiversos que colisionan en el vestuario de un estadio. Zombis y la barra brava de Boston River. El anarquismo y su justificación científica. Bakunin y Max Planck combinados, provocando el desastre. Y la única esperanza de que, en otro universo, algo mejor esté pasando con cada uno de nosotros”. El gato de Shrödinger, con texto y dirección de Santiago Sanguinetti, se estrenará el sábado 21 de mayo en la sala Zavala Muniz del Teatro Solís y estará en cartel hasta el 31 de julio los viernes y los sábados a las 21.00, y los domingos a las 19.00. El elenco está integrado por Diego Arbelo, Fernando Dianesi, Levón, Leandro Íbero Núñez, Andrés Papaleo, Juan Antonio Saraví y Enzo Vogrincic (actor invitado, estudiante de la EMAD).

 

 

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