Néstor Gonçalves: de América y del mundo

Por Juan Aldecoa

 

El capitán

Néstor Tito Gonçalves es una marca registrada en Peñarol. Criado en el campo, con pasaje por el fútbol salteño, llegó a Montevideo para compartir vestuario con algunos campeones del mundo del 50 y pasar a ser parte de la historia grande del club carbonero, que vio como se calzaba la camiseta número 5 y la cinta de capitán para dirigir desde el campo de juego a los que serían los campeones de América y del mundo. Un recorrido por sus historias de vida y los enfrentamientos futboleros con el Santos de Pelé, el Benfica de Eusebio y el Real Madrid de Puskas y Di Stéfano le dan forma a su carrera y a esta nota, a 50 años de la vuelta olímpica en el Santiago Bernabéu.

 

-Cuénteme de su niñez en Isla Cabellos (Baltasar Brum) y en Salto.

En el pueblo terreno era lo que sobraba, y la pasión era la pelota; quién jugaba mejor, quién la dominaba más. Mis padres tenían campo, fuimos muy bien criados, y no teníamos problema en conseguir una pelota, el tema era dónde comprarla. Jugábamos con pelota de goma y de trapo. En mi casa yo tenía cinco hermanas mujeres y además mi madre, entonces medias tenía para robar unas cuantas. Las buenas eran las de seda, que agarraban pique y todo. Cuando terminé el liceo me fui a Salto; era todo un sacrificio. Para ir al liceo –no había ni en Cabellos ni en Gomensoro- teníamos que ir a Bella Unión en tren; salíamos a las 10.30, levantábamos a los muchachos de Gomensoro y así todos los días. 17.20 regresábamos y 19.30 estábamos en casa.

 

-¿Le gusta volver al pueblo?

Voy poco. Yo reacciono para llorar o para reír, no tengo término medio. Entonces, cuando voy no encuentro más aquel pueblo que yo conocí, no hay dónde reunirse, la televisión mató a los clubes donde ibas a jugar al billar, algún juego de cartas, a charlar.

 

-Se lo nota un hombre callado, recio, ¿es de emocionarse mucho?

Sí, soy muy sensible. Soy muy apegado a mis amigos; el que no llora o no se ríe no tiene sensibilidad.

 

-¿Cómo fue su llegada a Montevideo?

El primero que me saludó cuando llegué fue el Cotorra [Óscar Omar] Míguez. Fue difícil la venida a la capital, no había mucha información tampoco. Me recibieron los campeones del mundo: [Víctor] Rodríguez Andrade, William Martínez, Míguez. “¿Quién me mandó meterme en este lío?”, me preguntaba yo. Eran unos fenómenos.

Yo hice un contrato verbal con Emérico Hirsch –entrenador húngaro- para venir acá, con nombre cambiado: Carlos Silva. OFI (Organización del Fútbol del Interior) tenía un reglamento que no te dejaba pedir pase hasta febrero. El que me vinculó a Peñarol fue un señor, Camacho, que era agente viajero. Me trajeron en avión, yo no sé si había visto alguna vez un avión en el cielo, imagínate. Agarré viaje y bueno, había que darle para adelante. Eran todos problemas nuevos, como en el fútbol: se te van generando problemas nuevos que hay que resolver. Casi me arrepiento pero saqué fuerzas –no sé de dónde- , no tenía idea de lo que era Montevideo, y cuando llegué Camacho no estaba. Me subí a un ómnibus y empecé el recorrido por la rambla y fui a parar al centro hasta que me encontré con ese señor, ¡le gritaba para que no se me fuera!

 

La época dorada

 

-¿Cómo se forjó ese Peñarol tan ganador de los años 60?

Cuando llegué yo (1957), el plantel estaba medio liquidado, envejecido. Llegó la comisión del presidente [Gastón] Güelfi y se juntaron varios genios: [Alberto] Spencer –fuimos a jugar un campeonato en Ecuador y era un desconocido- ; [Juan] Joya; Salvador (Milton Alves da Silva), un 5 brasileño de la selección con una técnica depurada; el paraguayo [Juan] Lezcano, Luis Varela.

 

-¿Eran tan bravas las Copas Libertadores de antes?

Te tiraban hasta con flechas, te apuntaban con las escobas con punta a los arqueros, con revólveres. Estabas metido ahí y había que salir y ganar. En la final de la Copa Libertadores de 1960 se armó un lío bárbaro, y después, en el vestuario, estábamos sentados con Luis Maidana y el Canario me dice: “¿Sabés lo que somos nosotros? Los mejores de América, y esto no es cáscara de ajo ni bosta de chivo. Hay que festejarlo”. En ese momento, y por el resto de tu vida, tenés la gran responsabilidad de defender a la institución: ganar, ir de gira por todos los países, y siempre te encontrabas con Santos, la pesadilla.

 

-Eran campeones de la Libertadores del 60 y en 1961 repiten el título.

Ya era otra cosa, y los brasileros empezaban a aparecer con fuerza: Palmeiras, Santos, Flamengo, Botafogo, Fluminense, Gremio e Inter; el poderío futbolístico estaba ahí.

 

-Se habla mucho de la final del 66 ante Real Madrid, ¿pero cómo fueron las finales intercontinentales ante Benfica en 1961?

Benfica era un equipazo, le había ganado al Real Madrid. Allá, en Lisboa, perdimos 1-0 en la hora, habíamos hecho un esfuerzo bárbaro. Ese cuadro era la selección portuguesa prácticamente. Los equipos europeos tenían mucha técnica, y además eran muy aguerridos. Acá les ganamos 5-0 y en la tercera final habilitan a Eusebio, que nadie lo conocía y era un fenómeno, nos empató de 40 metros. Él, Pelé, Puskas, Alfredo di Stéfano, eran tipos difíciles para marcar; esos partidos no los jugabas, los sufrías.

 

-En el 66 son tricampeones de América y las finales con River quedaron en la historia de Peñarol.

Después de la primera, la copa fue tomando un color bárbaro por todo el prestigio que ganaba la institución, se le abrían las puertas del mundo solo con el hecho de ir a jugar la Intercontinental a Europa. Yo siempre digo que Peñarol y Santos le abrieron las puertas del mundo al fútbol latinoamericano. Era inmenso, teníamos una responsabilidad grande como jugadores, como club. Si no sabías llevar esa mochila se te complicaba.

 

-Usted pasó a ser el capitán del equipo, ¿cómo aprendió a llevar esa responsabilidad?

Yo me crie en el campo, con paisanos. Viví las dos épocas: la de la naturaleza y la otra vida. Ya estaba maduro, hacía tiempo teníamos un equipo estable, nos conocíamos. Si querés al deporte, a una institución, no tenés que preocuparte solo por vos, sino también por el que te rodea. Son once piezas para formar el todo. Yo me sentía una persona respetada; ojo, nunca me pasé del límite que me correspondía y fui respetuoso. Yo corría también cuando alguien andaba mal o tenía un problema, no te vayas a creer que porque jugás en Peñarol no tenés problemas, yo creo que tenés más aun porque las cosas se multiplican. Hay que correr. En silencio.

 

-¿Cómo se le jugaba al Real Madrid en el 66?

Si vos pensás que la palabra del técnico es la única que sirve estás equivocado. Él no puede estar sintiendo lo que siento yo, él me da una orden pero el que ejecuta dentro de la cancha soy yo. Eso pasaba con Roque Máspoli, negociábamos, y él confiaba en nosotros. Tabaré González tenía que marcar a [Paco] Gento, que tocaba, hacía la pared, arrancaba y no lo paraba nadie. Yo le decía a Tabaré que lo dejara llegar, porque combinábamos con [Julio César] Abbadie, que le hacía la primer “guerra” y se lo entregaba medio débil, le salía y ahí aparecía el paraguayo Lezcano para hacerle el relevo y yo me metía en la línea de 4.

 

-¿Y se permitía festejar esos títulos?

Me quedaba tranquilo porque le gente estaba festejando y me quedaba triste por los derrotados, porque yo también perdí. Vos capitalizás esa derrota, ¿cómo? Dando el máximo esfuerzo.

 

-¿Usted se da cuenta de todo lo que logró en su carrera o no se pone a pensar en eso?

Cuando estás acostado, antes de dormir, o cuando te despertás temprano, que hacés un raconto de lo que hiciste ayer y de lo que vas a hacer. Hoy en día ves las imágenes y los festejos de esa época, las cosas que conseguís, y te parece que son mentira. Para nosotros era una obligación; cuando salimos campeones de América por primera vez todo el mundo te obligaba a volver a ganar: los hinchas, el rival te obliga a superarte porque te quiere ganar, etcétera.

 

-Pero usted sabe que es de los jugadores más importantes de la historia del club.

Me hicieron creer eso. Me lo están haciendo creer. Yo estoy tranquilo conmigo mismo porque colaboré para hacer feliz a mucha gente. Gracias a Peñarol tengo un capital tremendo de amigos.

 

 

-¿Cómo era el Peñarol de Gastón Güelfi?

Güelfi era un gentleman, dio la vida por Peñarol. Era una gran persona. En el año 73 había una lucha electoral en el club y se entró a trabajar el tema del pase de [Fernando] Morena. En la noche que se concreta el pase aparece el presidente de la Comisión Fiscal y le dice a Güelfi que habían resuelto que la comisión entrante no se iba a hacer cargo de las deudas avaladas por los dirigentes, y él había puesto mucho dinero. A las 4.00 me llamaron para decirme que había muerto. Güelfi se rodeó de buena gente, era un hombre muy derecho, quería mucho a la gente. Con él vino el Quinquenio, las copas. Nunca lo vi tener un mal gesto con nadie.

 

-¿Qué piensa de los hinchas y periodistas que creen que tienen el derecho de cuestionar a un futbolista por el solo hecho de jugar en un equipo grande?

A mí me gusta mucho la psicología, la filosofía. “Es un hijo de puta”, dicen, ¿por qué? La misma pregunta que me hacés tú se la hice a don Paco Espínola, en una entrevista que me hizo una vez. “Don Paco, dígame una cosa: ¿por qué el tipo que lo aplaude después lo manda a la puta que lo parió?”. Me dijo: “Es bien simple: el católico, cuando le sale mal algo, ¿a quién relaja? A Dios”. Vos estás metido en la vida del tipo, el hincha fanático se desespera entre semana para que llegue el domingo y poder ver a Peñarol. Es difícil responderle a todos; cuando perdíamos no salíamos a la calle. Es muy fuerte, quizás aquel que está sentado en la tribuna siente más que yo.

 

-¿Cómo vivió el fútbol después de su retiro y con la carrera de su hijo?

Sin pasar por arriba de los que lo están dirigiendo en ese momento. Y no está pendiente del triunfo y del éxito para que sea un Gonçalvez exitoso y pueda juntar dinero y ser famoso. Yo traté de inculcarle que el fútbol era un sacrificio tremendo: usted va a tener que suspender invitaciones y dedicarse. Que un hijo sienta lo mismo que uno, siendo campeón de América, da una satisfacción tremenda.

 

-¿Estaba esa tarde en Santiago, cuando su hijo Jorge fue campeón de la Libertadores en 1987?

No. Estaba con un equipo de veteranos –una mezcla de jugadores de Peñarol y Nacional- jugando un partido en Buenos Aires. No sabíamos nada, y salimos con un dirigente a ver qué había pasado con Peñarol. Estaba lloviznando, no me olvido más, y había un tipo en la calle y le pregunté cómo había salido el partido. Ahí me enteré, el tipo estaba escuchando Radio Colonia. Fue una tremenda alegría, no te olvides que hace 60 años, prácticamente, que estoy ligado a Peñarol.

 

-¿Sufre mucho los partidos?

Uno trata de no ir, pero es peor el remedio que la enfermedad. A veces voy, pero más que nada lo veo en casa tranquilo. Y me caliento mucho. Es un desgaste, después me acalambro de noche, tranco yo con los juagadores.

 

-¿Cómo ve a Peñarol y al fútbol uruguayo?

Respeto a los que trabajan en el fútbol, yo no estoy más. Si yo estuviera haría las cosas diferentes. Un día llegué a un entrenamiento de un equipo que yo dirigía y vi dos jugadores que no conocía, y ahí pregunté quiénes eran: “los manda fulano de tal”, me dijeron. Los jugadores los elijo yo. Ahí me retiré.

 

-¿Qué rol tiene hoy en día en Peñarol?

Soy el intendente de Las Acacias. Mi rol es controlar que esté todo prolijo, y no me meto en nada más. Discuto si quieren jugar todos acá, porque la cancha está muy linda. No podemos meter cinco partidos en un fin de semana.

 

 

Lo que se dice ser campeón (RECUADRO)

“El capitán de capitanes” como se lo apodó al Tito Gonçalves, llegó al Club Atlético Peñarol en 1957 y vistió la camiseta aurinegra durante 14 años (más de 500 partidos). Fue parte de una generación que ganó todo con el club mirasol. Un año después de su llegada a Montevideo, en 1958, comenzó el primer Quinquenio de Oro peñarolense, que apiló los títulos del Campeonato Uruguayo de los años 58, 59, 60, 61 y 62. En 1960 ganó la primera Copa Libertadores de la historia del fútbol sudamericano ante Olimpia de Paraguay, logro que repitió en 1961 (Palmeiras, Brasil) y 1966 (River Plate, Argentina) –jugó seis finales de copa- . A esos títulos le agregó las conquistas de las Copas Intercontinentales de los años 1961 (ante Benfica) y 1966 (ante Real Madrid), y de la Supercopa de Campeones Intercontinentales de 1969. Entre medio de las vueltas olímpicas internaciones, volvió a ser campeón uruguayo en 1964, 1965, 1967 y 1968. Su camiseta 5 y su posición en el mediocampo quedarán para la eternidad. Gonçalvez, además, disputó dos Mundiales con la selección uruguaya de fútbol. En Chile 1962 disputó 3 encuentros y en Inglaterra 1966 los cuatro que jugó Uruguay.