DEL CALDERÓN AL TRÓCCOLI

Por Manuel González Ayestarán

 

Asistir al rito social que rodea y hace al fútbol es una experiencia clave para acercarse a la idiosincrasia de un país. En el frenesí de la tribuna transitan pasiones, lenguajes y, en definitiva, la identidad genuina de un pueblo o de un barrio. Para un extranjero como yo no deja de ser una experiencia que ayuda a combatir en cierta forma el sentimiento de desarraigo que conlleva la experiencia migratoria.

 

No soy el primero ni el último madrileño que pisa el Tróccoli; sin embargo, no deja de resultar una cuestión anecdótica debido a los contrastes que surgen para una persona acostumbrada hasta ahora a seguir la segunda liga más cara del mundo. De hecho, cuando relaté mi experiencia a algunos amigos y compañeros, no faltaron los chistes ni las alusiones al supuesto peligro que corrí, echando mano de los clásicos prejuicios sociales que existen sobre este barrio montevideano. Naturalmente, ninguna de estas personas pisó nunca el Tróccoli. Sin embargo, mi experiencia no pudo ser más grata. En el Cerro pude ver a pequeña escala la pasión cuasi religiosa que mueve el fútbol en una de sus dimensiones más auténticas. Pura identidad de centenares de personas volcada sobre la cancha, sin excusas ni pretensiones de juego espectáculo. Fútbol desnudo, sin adornos. Sólo sentimiento, pasión y liturgia futbolera.

Mi única experiencia previa en este barrio fue como turista siete años atrás, cuando vine de vacaciones a Uruguay con la que hoy es mi mujer. Entre mis recuerdos únicamente quedó la soberbia vista de la bahía montevideana que se divisa desde la fortaleza, y la estatua homenaje al inmigrante, situada en la plaza homónima, que guardé en mi mente como uno de los principales rasgos identitarios de este país. Por entonces aún no concebía ni el germen de un proyecto de vida a este lado del Atlántico. Sin embargo, la conexión Madrid - Tróccoli ya existía, pues mi cuñado Daniel es acérrimo seguidor albiceleste.

Me instalé en el barrio Sur de Montevideo hace algo más de un año y medio huyendo junto a mi mujer, uruguaya, de los efectos de la que se conoce como la peor crisis capitalista de la historia. Ambos somos hinchas del Atlético de Madrid, un club cuyo último ascenso ha estado capitaneado siempre por un Diego uruguayo, primero fue Forlán y después Godín. De hecho, muchos han encontrado parecidos en términos futbolísticos entre el juego de este club y el estilo y la garra charrúa, no sin falta de razón según mi criterio, ya que al F.C. Barcelona o al Real Madrid no se los vence sólo con técnica precisamente. Esta cuestión hace que las características del fútbol uruguayo no deje de generar en mí cierta filia inexplicable.

 

Identidad (albi)celeste

El primer partido que fui a ver al Tróccoli fue un encuentro entre Cerro y Juventud de Las Piedras, más tarde seguí a los villeros hasta las canchas de Bella Vista y de Wanderers. Este no fue mi primer contacto con el fútbol uruguayo, ya que durante mi primer año aquí varios amigos me habían invitado al Estadio Centenario a ver a Peñarol. Mis experiencias en el Centenario habían sido bastante gratas, aunque no precisamente por el despliegue técnico y la calidad del fútbol que vi. No obstante, el hecho de que la desigual industria del fútbol global arrebate al país más futbolero del mundo sus mejores talentos, hace que en Uruguay resalte más intensamente la parte ritual que rodea a los encuentros por encima del juego mismo, al menos para el observador foráneo.

El culto pagano que rodea a este deporte se realiza aquí con una idiosincrasia especial que nunca vi en España. Así, me di cuenta de que en Uruguay tenía la posibilidad de apreciar el rito social futbolístico más puro y desnudo, ya que es la devoción por el cuadro y la ceremonia social ligada a él lo único que mueve al hincha a ir al estadio. “El fútbol uruguayo es horrible”, suelen decirme muchos aficionados que van cada domingo a alentar al club de sus amores y a “putear” a aquellos que lo vulneran, desde el árbitro, al rival, o a determinados elementos que consideran disfuncionales dentro del propio plantel o del cuerpo técnico.

Mi expedición al Cerro surgió como una invitación espontánea por parte de mi cuñado unas horas antes de que comenzase a rodar el balón, esto ya de entrada supuso un contraste con la forma en la que vivía el fútbol en mi país. Normalmente, debido a cuestiones como el elevado precio de las entradas (70 euros de media, alrededor de 2.400 pesos uruguayos), acudir a los templos futbolísticos españoles de primera división suele suponer una actividad en cierto modo extraordinaria que conlleva, cuanto menos, un mínimo de planificación. Hay que elegir el día en que los precios de las entradas están más accesibles y así comprarlas tiempo antes de que se agoten a ese coste. Esto hace que el grueso de futboleros españoles vivan su pasión mayoritariamente desde el sofá de su casa o desde el bar.

Sin embargo, en Uruguay puede decirse que este deporte está más impregnado de cotidianidad, ya que está al alcance de cualquier trabajador. Aquí la separación entre jugadores e hinchada es menor. Los futbolistas son más terrenales, no están investidos de esa aura cuasi celestial que les otorga la industria mediática y publicitaria europea. Son El Seba, Tito, gurises cotidianos que ofrecen un espejo de clase sin distorsiones para su público. En este sentido, en el Tróccoli, como en otros escenarios más chicos que visité siguiendo a este club, me llamó especialmente la atención ver el fervor de una hinchada de primera división sobre estadios que en España son propios de equipos de segunda o incluso de tercera regional en el caso del José Nasazzi, y que únicamente son frecuentados por la familia y los amigos de los jugadores. Esto supone para mí un fuerte contraste que no puedo dejar de disfrutar, especialmente cuando tiene lugar alguna decisión arbitral con la que los villeros no están de acuerdo.

 

Parecidos lejanos

Cuando trato de comparar a Cerro con algún equipo de mi país, no puedo evitar pensar en el Rayo Vallecano. Con las evidentes diferencias sociales e históricas que separan a ambos clubes y a los barrios que les dan nombre, entre ambas realidades encuentro ciertos aspectos compartidos. Uno es la fuerte tradición obrera que los caracteriza, y la identidad ligada a ello que sus vecinos han desarrollado. Sobre ambos pesa un estigma eminentemente clasista, fruto de la lumpenproletarización de algunas de sus zonas debido a los efectos excluyentes derivados del sistema económico imperante y de sus crisis asociadas, que han marcado en diferente forma a España y a Uruguay. En ambos casos, este factor de alguna forma ha terminado siendo adoptado como parte de la identidad del barrio. En el caso de Vallecas, la hinchada lo ha hecho suyo expresándolo en los cánticos de la barra brava del club. “¡Vallecanos, yonquis y gitanos!” es una frase que suele repetirse para referirse despectivamente a este barrio madrileño, que paradójicamente cantan los Bukaneros (la barra brava rayista) durante los partidos. Esto suele provocar cierto desconcierto en la hinchada rival, que muchas veces no sabe bien cómo responder. Tanto en Vallecas como en el Cerro lo que se entiende comúnmente como “buen fútbol” resulta irrelevante. Únicamente es la liturgia del ritual futbolístico, tamizada por la identidad barrial que el hincha vuelca sobre su club, lo que da valor al evento.

En el caso del Cerro, el prejuicio social que cae sobre esta antigua villa es tal que muchos de mis conocidos no pudieron creer que hubiese visto el partido antes mencionado entre familias y parejas, con niños correteando alrededor. Creo que ir al Tróccoli supone para muchos adentrarse en un mar de pasta base y vino en caja, una gruta de hostilidad lumpen objeto de las peores pesadillas de la clase media moralista y “normal” que dirige su mirada hipócrita hacia este tipo de barrios montevideanos desde la lejanía, con una mezcla de desprecio y temor. Esto no me excluye ya que, aun fiándome de mi cuñado, no podía evitar pensar en los hipotéticos riesgos que podía correr antes de entrar al estadio. Sin embargo, una vez dentro, los mitos y leyendas no tardaron en desvanecerse. Se ve que nuestra presencia tampoco pasó desapercibida para algunos hinchas habituales, ni tampoco la cuestión ligada al estatus social, ya que al terminar el encuentro, cuando nos dirigíamos hacia la salida, un veterano se acercó a mi compañera y la preguntó directamente si era de Nacional, naturalmente, ella no pudo responder que no.

 

El discreto encanto charrúa

Muchos pensamientos surgen cuando una persona acostumbrada a la liga más cara del mundo se encuentra viendo un partido de este tipo. Para la mayoría de mis amigos y familiares españoles sería incomprensible esta experiencia, pues difícilmente identificarían los factores que hacen a tal encuentro un espectáculo digno de pagar por él. Sin embargo, algo hace que me sienta confortable en los encuentros de Cerro, aunque algunas partes de los 90 minutos se hagan pesadas y monótonas entre pelotazos hacia el cielo de un cuadro y de otro. Tal vez sea la costumbre del mate, que ameniza cualquier pasatiempo, o la espera inconsciente al momento de pedir la torta frita de la tarde, un modesto acontecimiento que acorta y divide el tiempo (concretamente, la torta frita del Tróccoli tiene una fama especial y merecida). O quizá sea simplemente observar las reacciones de la hinchada ante el juego, la creatividad del insulto que se lanza desde la tribuna hacia el césped, sabiendo en estas canchas chicas que su destinatario lo va a escuchar bien clarito. En este sentido, especial mérito tienen los líneas de este país, los cuales trabajan prácticamente recibiendo el aliento en la nuca de violentos enfervorizados que canalizan sus frustraciones sobre su familia y allegados. El hincha español tiene menos voz a nivel individual, sabe que sus inquietudes se diluirán en la inmensa distancia que lo separa del terreno de juego.

En este sentido, observar cómo un espectador que hasta el momento ha estado relativamente plácido se levanta de su asiento para romper el silencio gritando en soledad “¡la concha de tu madre!”, “¡cagón!” o la joya de la corona: “¡orsái!” (off side) desde una distancia y un ángulo imposible para apreciarlo, supone para mí una atracción especialmente interesante. Evidentemente, no es que en España no se insulte ni se grite cualquier barbaridad, sino que probablemente me entusiasmen las particularidades propias del hincha uruguayo y su retórica rioplatense tanto en los disgustos como en las glorias. Pocas visiones más gratificantes hay que ver la expresión de un niño o una niña saliendo del Tróccoli con la albiceleste, de la mano de sus padres, cuando su humilde equipo ha ganado.

En cualquier país asistir al rito social futbolístico es clave para acercarse a su idiosincrasia, dado el significado simbólico que tiene este deporte y todas las pasiones y aspiraciones sociales que somatiza. Así, en las canchas uruguayas encuentro una valiosa información que me llega por diferentes canales, muchas veces de forma inconsciente, que de alguna forma afianza mi integración a este país.

El hecho de que una nación tan chica y con tan poca población haya cosechado tantos triunfos futbolísticos a nivel internacional, y que hace seis años no llegó a la final del campeonato mundial por las incuestionables barreras arbitrales, me hace pensar que probablemente estoy en el país más futbolero del mundo. Sólo una población que piensa y habla en términos futbolísticos (hombres y mujeres por igual) puede cosechar tantos éxitos siendo tan chica en número. Por eso, vivir el fútbol cotidiano aquí, aunque sus mejores jugadores se desempeñen fuera, no deja de ser una experiencia enriquecedora, tanto por lo que veo en el campo de juego como en la tribuna.

Aún no sigo con atención las vueltas del campeonato uruguayo, disfruto yendo a la cancha, sin más. Mi mente continúa presa del gran logro histórico que mi club madrileño no termina de culminar, y aún estoy encajando la última gran derrota de Milán. Durante la última temporada, Cerro y el “Atleti” corrieron unas trayectorias bastante parejas, los dos acariciaron el triunfo, pero terminaron por pinchar al final de sus respectivos campeonatos. De cara a la temporada que viene me enteré de que subió Rampla a primera división, así que ya espero que se publique el fixture para reservar el fin de semana en que tendrá lugar de nuevo el clásico de la Villa.

 

 

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