ÁLVARO TATA GONZÁLEZ, JUGADOR DE LA SELECCIÓN URUGUAYA DE FÚTBOL

CONTRA VIENTO Y MAREA

Por Mintxo

 

En este pedazo de tierra se juega al fútbol. Tal vez demasiado, sin dudas como se puede, pero la pelota no deja de andar por todas partes. Si bien sobran las historias, de todas las hipótesis que tratan de explicar para qué nos sirve el fútbol me quedo con una: para no perder la memoria de lo que hemos sido. Por algo se hizo un estadio y se le puso nombre para conmemorar los cien años del juramento de la Constitución (y no es casualidad que fuera para inaugurar el primer mundial de fútbol). No, no es nostalgia. Es que muchas veces nos fue bien, muy bien, y otras todo lo contrario. El mérito histórico es que de los golpes siempre se supo salir. Como Álvaro González, que no pidió explicaciones cuando quedó afuera del Mundial de Sudáfrica y esperó la próxima convocatoria para decir “acá estoy”.

 

Unos días antes de que él cumpliera 32 años logramos conversar. Se conectó el Skype y Álvaro González apareció en versión familiar: remera bordó, pantalón deportivo, un cuchillo en la mano y varias verduras para cortar. “Voy a hacer una sopita”, dice. Cerca, pero fuera de pantalla, están Cecilia, su esposa, y Renzo, el primer hijo de ambos que nació seis semanas antes de esta entrevista. La nueva realidad los tiene felices. Álvaro relata cómo fue el nacimiento de Renzo entre decisiones importantes para su carrera deportiva: jugar en Emiratos Árabes, la última oferta sobre la hora que llegó de Rusia. Nada. La primera oportunidad se cayó y a los rusos les dijo que no, aun sabiendo que en la Lazio podía quedar afuera del plantel principal. Si bien todo futbolista quiere jugar, no le pesó la decisión: primero la familia y la comodidad para consolidar un momento único en la vida. Sabe, y lo reconoce, que la contención de los íntimos lo ayudó a sobreponerse en los momentos bravos. Ahora le tocó a la inversa. Y se tiene fe, como cada vez que se pone a jugar de celeste.

Luego de ser convocado por última vez para defender a Uruguay en la Copa América Centenario, entrenando con el primer equipo pero a la espera de que Lazio le busque la vuelta para poder inscribirlo en la lista y pueda jugar –situación compleja porque por cuestiones de cupo tendría que rescindir contrato alguno de sus compañeros–, Álvaro Tata González no ve la hora de calzarse la 20 de Uruguay y demostrar de qué están hechas las personas que superan los malos ratos.

 

¿Cómo arrancó jugando al fútbol aquel chiquilín de Lezica?

En el Aviación, que el 12 de octubre festejó el cumpleaños. Mandé saludos y felicitaciones, es la manera en la que trato de estar porque esas fechas son imposibles para mí. Son los recuerdos más lindos de la infancia, cuando de verdad se jugaba al fútbol por divertirse, con amigos. A medida que crecés va tomando todo más exigencia, más presión, sigue siendo fútbol y algo lindo, pero deja de ser aquello de cuando uno era chico.

 

Hay dos teorías de cuándo arrancaste a jugar al fútbol. Una es que empezaste mirando a tu hermano. La otra es que querías ser golero. ¿Cuál se impone?

Medio que las dos. Iba al Aviación porque jugaba Diego, mi hermano, que es tres años mayor y lo iba a ver. Después cuando ya pude jugar sí: me gustaba el arco. Me acuerdo que mi primera camiseta fue la de Nacional de Jorge Seré. Pero en el primer año de baby fútbol tenía un par de compañeros que estaban un poquito más gorditos que yo y la chance para que ellos jugaran era el arco, entonces me sacaron a la cancha y empecé a jugar como hombre de campo.

 

¿A qué lugar te mandaron?

Jugar jugaba en el medio, pero como ya de chiquito el tema físico y respiratorio me favorecía, porque corría y cubría todos los lugares, era más ofensivo de lo que me he vuelto [se ríe].

 

Entonces ahora de grande te salvan los picados con la selección, digamos.

Vuelvo a la infancia y soy puntero derecho, nos dividimos el sector de ataque con [Edinson] Cavani y Seba [Sebastián] Coates. Más de una vez me quedo en el segundo palo con el bracito arriba porque Edi le pega de todos lados. Juega siempre de delantero, es un aburrido bárbaro.

 

Volvamos. Hay un mojón importante en tu vida que fue un amistoso entre la selección de La Teja-Capurro y la escuelita de Defensor Sporting.

Sí, gracias a Alfredo Protasio. Él me preguntó si quería ir porque había un partido. Yo estaba en la selección, pero no tenía ni idea. Me decían de ir a jugar y no preguntaba, iba nomás. Fui, estaban mirando y quedé. Así resultó que caí en el Comando del Ejército de Bulevar Artigas, donde practicaba Defensor. Me empezó a dirigir el profe [César] Santos, a quien le estoy muy agradecido. Tenía creo que diez u once años. Jugaba con la categoría 83, que eran un año mayor. Era la décima. Al año siguiente me preguntaron si quería seguir yendo y no paré. Repetí décima al año siguiente, enganché con mi generación y desde los once a los veinticuatro que me fui a Boca [Juniors, de Argentina], siempre con la violeta puesta. Todo ese tiempo y hasta ahora Defensor ha sido mi casa.

 

¿Qué te marcó la escuela de Defensor?

Mucho. Al principio me costó porque de chico siempre era de los más chiquitos, era suplente o jugaba de a ratos. Lo que pasaba era que había compañeros que ya estaban desarrollados y me sacaban una cabeza o más. Incluso alguna vez se rumoreó que me podían cortar, pero siempre terminaba quedando. Cuando se igualó el tema físico me empezó a ir mejor. Pasé de quinta a cuarta y con la llegada de Juan Tejera pasé de estar cerca de cambiar de equipo buscando opciones para empezar a jugar. No sé qué hubiese pasado si me iba. Esas decisiones de la vida, ¿viste? Fue todo muy rápido. Por suerte supe bancarme y me terminé haciendo un bien. Cuando quise acordar me gané un lugar en primera.

 

¿Saliste campeón en inferiores?

Sí, campeones en quinta y en cuarta. Sentí más pertenencia en el que ganamos con la cuarta porque jugaba más.

 

En primera se te escapó por poco.

Sí, me fui un semestre antes. Pero eran todos mis compañeros y me alegré pila, porque además a muchos nos había pasado que hicimos tremendo campeonato el año anterior, como para salir campeón, pero pasó aquello de Gustavo Méndez, el penal, los seis minutos de alargue, y que no se jugaron las finales. Ahí quedamos todos con la sangre en el ojo y por suerte muchos de mis compañeros se pudieron dar el gusto. A mí me quedó pendiente para la vuelta.

 

Era un muy buen equipo. Porque además del Uruguayo también hicieron Copa Libertadores y Copa Sudamericana a buen nivel.

Siempre bromeo que nunca sabré si volveré a jugar en un plantel tan unido y tan fuerte como ese. En la Libertadores llegamos hasta cuartos de final y perdimos contra Gremio por penales. Estaba el Polilla [Jorge] da Silva de técnico. Creo que si pasábamos contra Gremio esa tanda de penales podíamos haber definido la copa, por los equipos que quedaron, más allá de que Boca, que la ganó, era muy difícil.

 

Precisamente el destino que tuviste al semestre siguiente.

Es verdad. Terminó la Copa y fui a un Boca bárbaro, que venía de un gran semestre con título incluido y un plantel que se había mantenido. Pero llegué y todo me llamó la atención. Primero porque de vivir en Lezica pasé a vivir en Buenos Aires, imaginate. Venía acostumbrado a Defensor Sporting, que lo sentía como una familia y donde jugaba con amigos en un vestuario precioso para sentirse cómodo, y llegué a todo lo contrario: un Boca que era un caos, con el vestuario dividido en dos facciones. Fue bravo. Creo que haber estado en Boca, con todo lo que significa, más el hecho de jugar en La Bombonera, pudo ser para disfrutarlo más de lo que terminó pasando porque el clima era tenso. Si bien tengo recuerdos muy lindos porque jugué la final del mundo contra el Milán, algo increíble que me pasó. Fue difícil pero aprendí un montón de cosas. Igual que en Nacional, donde fui a jugar después, con todo lo que significa jugar en el equipo del que sos hincha desde chico.

 

¿Qué análisis hacés de tu paso por Nacional?

Tuvimos un semestre muy bueno, ganamos un Apertura de punta a punta, pero se desarmó el equipo, se fueron jugadores importantes y perdimos el campeonato. Al igual que Nacional, tuve seis meses muy flojos y eso me hizo perder el Mundial de Sudáfrica. Había estado toda la eliminatoria convocado, participando incluso hasta de los partidos del repechaje. Fue el golpe más duro que tuve en la carrera deportiva. Ahí volvió otra vez a lo mismo que me pasó cuando no sabía si quedarme en Defensor: la familia, el entorno y buscar ayuda para levantarse y pelear. Al año siguiente estaba jugando la Copa América en Argentina y ganándola. Eso y el empujón anímico que me dio irme a Italia, con todo lo que significa llegar a Europa, me hizo volver a enchufarme.

 

¿Qué diferencias econtraste entre el fútbol de Europa y el del Río de la Plata?

Es diferente, sí. Pero el fútbol italiano se adaptaba mucho a lo que era yo como jugador, basado mucho en la táctica, en la disciplina, en el orden y en lo físico. Desde el día que llegué vi que podía ganarme el lugar. Notaba que no me faltaba mucho, más allá de la adaptación. La prueba es que al poco tiempo era parte del equipo titular. Así fueron varios años de consolidación.

 

Tanto, que fueron más buenos que malos.

Los primeros cuatro años fueron muy buenos. Jugué mucho. En 2013 fui junto con el arquero el jugador del plantel con más partidos disputados. Ese año ganamos la Copa Italia, que fue histórico para el club porque se le ganó la final a la Roma. Incluso fue la última vez que se le ganó a la Roma, los hinchas todavía lo recuerdan. Después de eso fui al Mundial en un gran momento, jugué en Brasil y creo haberlo hecho bien; sin embargo cuando volví a la Lazio había cambiado el técnico. Y el nuevo técnico, Stefano Pioli, no me dio nunca la posibilidad de pelear por un puesto, cosa que anteriormente siempre había pasado. Por más que hubiera sido un jugador importante un año, ya me había pasado que al siguiente volvía a la pretemporada siendo la segunda opción. Y no tenía problema, siempre que tuviera la oportunidad de pelear el puesto. En este caso nunca me la dieron y a los seis meses decidí irme al Torino, donde estuve un semestre, y después me volví a ir al Atlas de México un año. En el Torino al mes me lesioné un menisco y me operaron, por lo que estuve otro mes afuera y cuando volví el técnico no me dio posibilidades, sólo me puso en cuentagotas. Por eso cuando termino el préstamo y volví a la Lazio decidí irme a México.

 

¿Cómo es el clásico de Roma? Porque si se quiere la Lazio, por méritos propios y tal vez también por desconocimiento, es un equipo bastante estigmatizado con facciones de extrema derecha. ¿Eso se sentía en la cancha?

Creo que un poco ha ido bajando, ya no se hace tanto presente. Antes sí era más, pero ahora se vive como un clásico normal. Obvio que con mucha pasión por el fútbol, demasiada, como es un Nacional-Peñarol, pero se ve más esa pasión futbolística que la política. La ciudad está dividida entre los dos y la verdad que es un ambiente muy parecido a un clásico sudamericano. Es divino jugarlo.

 

Me quedó una del fútbol uruguayo: no saliste campeón de primera ni en Defensor ni en Nacional, ¿vas a volver?

Mi sueño sería volver a jugar en los dos. Siempre lo digo. He tenido conversaciones tanto con uno como con otro, siempre me manifiestan la posibilidad y que las puertas están abiertas, lo que a uno lo enorgullece. Así que vamos a ver en qué tiempo, si en breve o a largo plazo, pero me gustaría vestir esas dos camisetas porque son los dos equipos por los que tengo sentimiento y los sigo domingo a domingo. Cuando termina el fútbol europeo lo primero que hago es ponerme a mirar los partidos de Uruguay y sigo las campañas de las dos.

 

Después de la Copa América y un par de veces que no te citaron volvés a integrar la lista de reserva de Uruguay, ¿te acordás la primera citación?

¡Por suerte! Volvió a estar mi nombre en la lista y es una alegría bárbara. Había sido duro no estar porque venía de tener buenos rendimientos. Claro que me acuerdo, cómo no. Fue en 2006, en el arranque del proceso del maestro Tabárez, en la gira que se hizo por Estados Unidos, Serbia, Túnez y algún país más. El Maestro incluyó un montón de muchachos jóvenes, por suerte estaba y quedé. Salvo el Mundial y estas últimas citaciones, he estado siempre en las listas. Mantenerse diez años en una selección como Uruguay, con tantos jugadores a buen nivel, no es nada fácil. Eso se logra con esfuerzo, con sacrificio y siempre aprendiendo.

 

¿En el primer momento percibías que era un proceso?

Se veía que había un cambio. Uno era nuevo y no sabía lo que había pasado antes. Pero sí veía compañeros que se sorprendían por la disciplina, por lo que buscaba el nuevo cuerpo técnico en los jugadores. Entonces eso te daba para pensar que antes no era así. No había otra que aplicarse, rendir bien en su equipo cada uno y dar el máximo para poder estar en la selección, porque era y es la única manera de ser tenido en cuenta.

 

Con tu experiencia de diez años, ¿cómo creés que se fue cimentando lo que es hoy la selección?

Ni que hablar que los resultados juegan. En su momento fueron vitales, porque ¿qué pasaba si Uruguay quedaba afuera en aquella Eliminatoria para Sudáfrica? Después se terminó consiguiendo el cuarto puesto y eso influyó. Lo fundamental en esos momentos complicados fue la unión del grupo, la responsabilidad asumida, cómo se tomaron las cosas y cómo se siguen haciendo. Es importante que haya un grupo, una base, que va mostrando cuál es el camino al recambio que se va sumando. Eso hace todo mucho más fácil para los nuevos jugadores que llegan. Además insisto que es importante que se ha marcado una línea de lo que es el comportamiento. Y, obviamente, lo que hay que buscar dentro de la cancha también es importante. Si hacés eso bien, los resultados van a estar más cerca.

 

¿El uruguayo está hecho de resultados difíciles?

Sí, tenemos eso de que en los momentos bravos resurgimos por amor propio, por responsabilidad, por dejarlo todo, porque nos duelen mucho las derrotas.

 

¿Cuál es el ADN de la selección?

Creo que lo más importante –o el ADN como vos decís– es la adhesión de los jugadores a la selección y la unión que hay entre ellos y a su vez con el cuerpo técnico. Esto ha contagiado primero a los dirigentes y luego también a los periodistas y al uruguayo que hoy es hincha y camina con la camiseta de Uruguay durante todo el año y no sólo los días de partido.

 

¿Qué significa esa camiseta celeste

para vos?

Jugar en la selección es un orgullo, un privilegio y el premio más grande que me ha dado esta profesión por todo lo que uno tuvo y tiene que ponerle en el día a día desde la adolescencia.

 

Queda la recta final para Rusia. ¿Cómo la ves?

Estos partidos son muy importantes porque ya estamos por entrar en la definición de la eliminatoria y una cosa es hacerlo arriba como estamos que de abajo y esperando resultados. Al terminar la copa Centenario dije que había que dejarla atrás y pensar que había que terminar el año con un pie dentro de Rusia, habiendo seis partidos en tres meses. Quedan dos y difíciles pero este grupo puede hacerlo.

 

Esta selección ha logrado cosas importantes dentro de la cancha, pero también afuera, sin ir más lejos jugando un rol importante en temas que conciernen al ámbito político o económico. ¿Por qué te parece que es importante hacerlo?

La postura o las decisiones son de todo el grupo, del plantel y de algunos que ya no están. Es como hemos manifestado: quien tomó la palabra fue Diego [Godín] porque es el capitán, pero estamos todos. Es por el bien del fútbol uruguayo, por la claridad y por la transparencia, porque queremos lo mejor. El tema es valorizar más lo que es nuestro fútbol. Hay mucha materia prima, mucho para trabajar y para sacarle jugo.

 

Está bien la implicación de los jugadores porque son trabajadores. ¿Por qué a veces cuesta que la opinión pública entienda que como trabajadores luchen por sus derechos?

A veces la información llega de distintas maneras y se puede pensar que lo que se busca es un beneficio personal. Y no es así, acá lo que se busca es el bien del fútbol uruguayo. Nosotros somos producto del fútbol uruguayo, al que respetamos y valoramos muchísimo. Creemos que es muy difícil porque lo vivimos y sabemos cuál es la situación. Se busca mejorar eso.

 

¿Si te digo Óscar Tabárez?

La piedra fundamental para todo lo que ha logrado la selección. Una persona que tiene bien claro lo que quiere y no se deja influir por el ambiente, cosa que es muy difícil. Alineó a todo un país atrás del equipo, cuando en el arranque parecía muy difícil. Mirando el proceso creo que todos tenemos que valorar lo que hay, que no ha sido poco, si bien siempre se puede crecer. La cabeza de todo esto ha sido él. Firme, con sus ideales, y obviamente con el apoyo que ha tenido de los jugadores que siempre hemos seguido sus decisiones con respeto.