UN HOMBRE DE HIERRO

LUIS PETA UBIÑA

Por Jorge Pasculli

 

 

Después de la nota sobre Pepe Sasía, ¿la próxima, a quién?, nos preguntamos. Debía ser alguien que fuera realmente trascendente, ganador y respetado por todos, que involucrase a la selección, al otro grande, a otro club chico, caudillo, combativo dirigente de la Mutual… No dudamos, Luis Peta Ubiña era otro inmenso que reunía esas características.

 

Diferente al Pepe en algunos aspectos, pero igualmente digno, noble, ganador dentro y fuera de la cancha. Trascendente en su época, respetado y apreciado por compañeros y rivales, continuador de las mejores esencias del fútbol uruguayo y semilla vigente para el presente y el futuro. Un hombre con mayúsculas. Un obrero de la vida y del fútbol, hecho con mil sacrificios desde abajo, que nunca cambió sus principios, valores y costumbres. Que fue y sigue siendo un ejemplo para la Selección, para Nacional, para Rampla, para el fútbol en general, para el Cerro, para el Uruguay todo. Un ejemplo de vida que no debería quedar sólo en un museo…

 

Para que no queden dudas

En un mundo donde sólo se respeta a los “exitosos”, de entrada nomás es bueno aclarar que Ubiña no fue una “estrella”, pero sí un ganador en todo. Vicecampeón uruguayo con Rampla en 1964, cuando aquello era una inusual hazaña. Siendo de un cuadro chico, cuando el noventa por ciento eran de Nacional y Peñarol, fue titular en las eliminatorias y en el Mundial de Inglaterra de 1966, donde jugó todos los partidos. En 1967 ingresó a Nacional y fue factor fundamental para cortar la supremacía aurinegra de esa década. Se mantuvo 21 clásicos invicto, logró cuatro campeonatos uruguayos seguidos (69, 70, 71 y 72), conquistó las tan ansiadas y esperadas primeras Copa Libertadores e Intercontinental de 1971, y la Recopa Interamericana de 1972. En ese proceso fue titular, capitán y sabio y valeroso conductor de los albos, así reconocido por todos sus compañeros, la mayoría sí “estrellas”. En 1970 fue nada menos que capitán de la Selección. Jugó nuevamente todos los partidos en las eliminatorias y en el Mundial. En México, Uruguay logró el cuarto puesto que, entonces, no fue valorado.

En un mundo de fáciles y efímeros relumbrones, donde con plata parece que todo se puede comprar, remarcada esta trayectoria netamente ganadora de Ubiña, ahora recorramos su carrera y su vida. Para comprender –hasta donde sea posible– cómo alguien que no fue una “estrella”, que no era el 9, ni el 10, ni el 5, ni el 2, sino nada más un correcto lateral derecho, llegó a ser capitán de Uruguay, jugó dos mundiales y condujo el período más exitoso de Nacional en su historia.

 

El Peta, entre la teta y el hierro

Nació el 7 de julio de 1940 en la Villa del Cerro, donde vivió toda su vida y donde también murió, a los 73 años. Integrante de una familia humilde y unida: padre, madre, cuatro hermanos varones y dos mujeres. Su apodo le viene de chiquito, porque aún a los tres años seguía persiguiendo vorazmente a su madre: “¡Mamá, quiero peta!”.

Un hogar de trabajadores, obreros, en “donde no faltaba la carne porque era la época de los frigoríficos” y en el que “los pucheros y los guisos de la vieja eran inolvidables”. Los libros no eran lo suyo, llegó hasta tercero de escuela y como hacía falta el pan marchó a trabajar en la panadería del barrio. Su infancia y juventud transcurrieron felices, junto a su familia y en el barrio donde ya de pequeño se entreveraba en los varios clubes de la zona. Allí también se mezclaban jugadores de primera que amaban el sabor de los partidos caseros. Así fue que uno de ellos lo llevó a practicar a las juveniles de Cerro. Era centrodelantero y jugó un par de años sin llegar a debutar en Primera.

Antes de los dieciocho años ya trabajaba ocho horas en una fundición de hierro, soportando pesadas cargas de materiales que servían para los contrapesos de los ascensores Otis. En ese sitio trabajó hasta el Mundial del 66. Del laburo a entrenar: “Llegaba muerto, pero el fútbol sólo no daba. Con mi señora estuvimos ocho años de novios y recién nos pudimos casar a fines de 1967, cuando pasé a Nacional, con 27 años. La casita me la fui edificando yo, de a poco. Incluso la última parte la hice con veintiún bolsas de pórtland que me dio Rampla por el pase, porque no me dieron plata por el porcentaje”.

 

Un todoterreno

Alto para la época (1,78), fornido, de gran peso y musculatura, fruto de sus años de teta y hierro, Peta era como un caballo percherón, cuadrado, de los que aguantan y aguantan, de los que no le hacen asco a ningún esfuerzo. Noble, sacrificado, “iba a todas con unas ganas bárbaras, con más fuerza que técnica seguramente”. Cansado de no tener oportunidades en Cerro lo llevaron a Rampla. Allí debutó en primera en una delantera estelar que reunía nada menos que a Domingo Pérez, el crack argentino Ángel Labruna, el campeón del 50 Óscar Omar Míguez y Félix Pérez. El Peta no tenía mucha técnica, pero sí un empeño asombroso. Esto hizo que don Hugo Bagnulo, “el que me cambió la vida”, lo llevara a ponerlo de lateral derecho nada menos que en un clásico ante Cerro, en el que un puntero, Juan Pintos, hacía estragos y era goleador. Ubiña no salió más de ese puesto.

 

El viejo y querido Rampla

Año a año Ubiña se afirmaba en el puesto, en un Rampla en el que Bagnulo armó un cuadrazo que primero fue campeón del Competencia y después vicecampeón Uruguayo del 64. “Estaba William Martínez, un gran zaguero del fútbol uruguayo. Un ejemplo en todo sentido. El Beto Gil, Mujica (que pasó un año antes que yo a Nacional), Raúl Núñez y Ciengramos Rodríguez que la dejaba chiquita así… Había un cuadrazo. En el último partido de ese año jugábamos contra Defensor en el Franzini y Cerro, que nos pisaba los talones, jugaba en el Tróccoli. Me acuerdo de que atajaba el Loco Navarro, un argentino que enloquecía a don Hugo. Era flor de arquero, pero le daba por hacer cosas raras. Padre de [Carlos] Navarro Montoya, que posteriormente sería el arquero de Boca. Tenía una costumbre: cuando atajaba una pelota, la hacía picar en el horizontal y después la agarraba de nuevo. ¡Para qué! Don Hugo no paraba de gritarle de todo. En ese último partido a los cinco minutos del segundo tiempo lo echan por pegarle una piña a Langón. Por algo le decían el Loco Navarro”.

“Bagnulo me llama y me dice: ‘Pedile el buzo al trastornado ese y andá al arco. Y fui. Por suerte ganamos 4-2 y Cerro perdió. Fue el último partido de Pavoni en Defensor antes de ir a Independiente. Incluso hizo un gol. Tras el vicecampeonato hicimos una gira de dos meses por América y Europa: catorce partidos invictos. Poca plata, mucho sacrificio, pero hicimos flor de gira”. Sus actuaciones lo llevaron a integrar el plantel campeón de América de 1965, dirigido por Nino Corazzo, y después las eliminatorias y el Mundial de Inglaterra.

 

Los mundiales: “Nos arrancaron la cabeza”

“Para el 66 había buenos ‘jases’: Forlán, Cincunegui, Méndez, Benítez, Zacarías González. Con todos tuve que pelear el puesto, porque yo venía de un cuadro chico. Ondino Viera finalmente me dio la titularidad. Arrancamos bien, empatamos 0-0 con Inglaterra en el debut, el único partido que ellos no ganaron. Me acuerdo de la ceremonia, la alfombra roja, darle la mano a la reina Isabel. Para mis adentros decía: si supieran de dónde viene uno, que ni siquiera pude terminar la escuela. Pero igual no nos achicamos. El mundo esperaba que ganara Inglaterra, pero… había flor equipo: el Chiquito Mazurkiewicz, [Jorge] Manicera, el Tito [Néstor Gonçalves], el Pepe [José Sasía]… casi todos de cuadro grande. Después le ganamos a Francia y le empatamos a México, y clasificamos. Ahí empezó la cosa. ¡Nos arrancaron la cabeza! A nosotros y a los argentinos. Nos pusieron cruzados con jueces cruzados. Uruguay-Alemania, juez inglés. Argentina-Inglaterra, juez alemán. ¡Nos arrancaron la cabeza a los dos! A nosotros nos echaron a [Horacio] Troche y a [Héctor] Silva y no nos cobraron un gol de [Julio César] Cortés que había entrado y no nos cobraron un penal que sacó un alemán de la raya con la mano. Y andá a quejarte. A Argentina le echaron nada menos que a [Antonio] Rattín de arranque. También digo que Inglaterra tenía equipo para salir campeón sin necesidad de matufias. Pero nosotros merecíamos seguir más adelante. Me acuerdo de que por clasificar nos dieron 400 dólares, ¿se da cuenta si fuera ahora? Y encima nos descontaron una camisa que nos habían dado para que viajásemos de traje”.

“En México, en el 70, también: ¡nos arrancaron la cabeza! Se nos lesionó [Pedro] Rocha en el primer partido y no teníamos centroforward porque al Lito Silva lo habían fracturado en la eliminatoria. Tenían que jugar muchachos improvisados. Ganamos la serie con aquel gol de [Víctor] Espárrago contra Rusia, que el Negro Cubilla dice que la pelota no salió toda, y teníamos que recibir de locales a Brasil. ¡Estaba visto! A último momento nos hacen cambiar de sede a nosotros. Llegamos muertos, pocas horas antes del partido y todavía cuando estábamos en el avión nos enteramos de que nos cambiaron los jueces. Yo digo una cosa: si en la Selección juegan los mejores jugadores, ¿por qué no viajan los mejores dirigentes? ¿Qué es eso de que en este viaje le toca a mengano y a zutano que no los conoce nadie? Hicimos lo que pudimos ante el mejor Brasil de la historia. ¡Ay, mamita! ¡Cómo jugaban esos nenes!: Pelé, Tostão, Rivelinho, Gerson, Jairzinho…

Por clasificar nos dieron 600 dólares: ¡600! Y todavía nos descontaron 200 dólares por exceso de equipaje, donde venía cualquier cosa de todos los que habían viajado junto a la Selección. Yo –por ahorrar para mi casita– sólo había traído dos sombreros mexicanos que todavía tengo colgados acá en casa. Me salieron carísimos”.

 

La cinta más cara de la historia

En el 70 no había repatriados. El que estaba en el exterior no jugaba en la Selección. Juan Eduardo Hohberg, que era el técnico, lo había designado capitán, además de ser titular indiscutido. Juan Figer vino a buscarlo para llevarlo al San Pablo. Era mucha plata para un jugador que ya pasaba los treinta años. Si él no iba, el segundo que interesaba era Pablo Forlán. El Peta le dijo a Pablo: “Andá vos, yo... ser capitán de la Selección no lo cambio por nada”. Fue Pablo, y fue figura muchos años.

Treinta años después me decía: “Nunca me arrepentí, ni ahora. La Selección para mí fue lo más grande. Yo, que nací, vivo y moriré acá en el Cerro, hijo de una familia humilde, trabajadora, que no pasó de tercero de escuela, que fui un jugador ‘meritorio y entusiasta’, es un tremendo honor haber defendido a mi país junto a todos mis queridos compañeros y ser el capitán de esa gloriosa camiseta celeste. Es lo único que les dejo a mis hijos. ¿Me entiende? Con eso le digo todo”.

 

Bambino Veira: “Por ahí no que es Vietnam”

La frase del ex futbolista argentino resumía todo lo que implicaba jugar por la zona de Ubiña. Iba con todo a la pelota, te sacudía el esqueleto. Eso sí, leal y de frente, nunca una artimaña, un codazo o un planchazo para lesionarte. Por eso muy pocas veces fue expulsado. El Peta era un tanque de grande, macizo, enérgico, atlético pese a su gran físico. Y con una voluntad insuperable. Era muy potente. Corría de área a área varias veces por partido. Verlo recorrer esos largos metros con su zancada mecánica, su pecho y su cabeza siempre erguidos y sus brazos acompasados como si fuera un tren, era un clásico. Metía y contagiaba. Incluso cuando las cosas no salían él se mandaba una de esas potentes corridas con la pelota levantando la tribuna y contagiando al resto del equipo. Tenía tanta fuerza que cuando hacía los laterales estiraba todo su cuerpo hacia atrás, como un arco, y después lanzaba la pelota como una flecha al área rival. Marcando, había que pasarlo dos y tres veces para “írtele”. Porque lo pasabas una vez y ya lo tenías encima, si lo pasabas otra vez enseguida lo tenías nuevamente, y si te le ibas una tercera vez, no contabas el cuento. En la edición número 1 de Túnel (noviembre-diciembre de 2014), el ex endiablado puntero peruano Juan Carlos Oblitas recordaba un amistoso entre las dos selecciones, una tarde de mucho barro en el Centenario, donde Ubiña le hizo sentir todo el rigor de su marca: “Eso sí, cada vez venía y me decía: ‘perdoná, pibe’”.

Entonces, a la corta o a la larga, siempre te ganaba. Porque el tipo tenía una vergüenza indestructible, una capacidad de sacrificio inagotable. Marcaba y jugaba como vivía. Su vergüenza y voluntad eran de hierro.

 

Nacional, campeón de todo

Cuando llegó a los tricolores no las tuvo todas consigo. No era el clásico jugador técnico y atildado que prefería parte de la hinchada. Era un “rústico”, un “rudimentario” para esos hinchas. Parecía más un curtido leñador que un estilizado atleta. Tanto él como Espárrago (que venía de Cerro) debieron doblarle el brazo a la tribuna a fuerza de mucho amor propio, de mucha paciencia, entrega, espíritu de superación y hambre de gloria. Debieron remontar los fracasos de dos finales de Libertadores, en el 67 ante Racing y en el 69 ante Estudiantes. Esa persistencia inquebrantable fue el gran valor de los encabezados por el presidente de todos esos años, don Miguel Restuccia (un empleado público que empezó de auxiliar y terminó siendo director de UTE por méritos propios), para finalmente ganar la larga pulseada, con Ubiña como estandarte; por algo él encabezó las conquistas de 1971 y Espárrago las de 1980. Ambos se hicieron insustituibles en aquel equipo de 1971, campeón de la Libertadores, venciendo finalmente a los pincharratas, que venían de ser campeones tres veces seguidas, y de la Intercontinental al ganarle al Panathinaikos de Grecia en dos partidos. Se hicieron peones imprescindibles en aquel equipo donde abundaban las “estrellas”. Figuras que Nacional venía cambiando año tras año para intentar cortar, sin suerte, la contundente supremacía –local e internacional– de Peñarol durante la primera mitad de la década de 1960. Hasta que con el Pulpa Echamendy como técnico, egresado de la “universidad de la calle”, sagaz y audaz; Manga invencible en el arco; [Luis] Artime haciendo los goles; [Luis] Cubilla fabricándolos; y con Ubiña, el Mudo Montero Castillo y Espárrago corriéndolos a todos, entre muchos otros muy buenos jugadores, se fue construyendo una escuadra imbatible. Un equipo que se había hecho ganador a fuerza de remontar sucesivas derrotas y frustraciones. Conducidos por un presidente, un técnico y un capitán que habían logrado dar vuelta la historia. Su propia historia dentro del club.

 

Aquel Nacional por dentro

Decía el Peta de sus compañeros: “No sólo eran excelentes futbolistas, excelentes profesionales, les gustaba jugar al fútbol. No lo sentíamos como un trabajo, como una obligación. Era un privilegio. Nos pasábamos todo el día ideando jugadas, hablando de los partidos, de los rivales. Era nuestra pasión. Todos querían jugar. Pero había mucho respeto por el compañero. Con decirle que el chileno Ignacio Prieto era suplente en aquel equipo”. Recuerda a sus compañeros con emoción, respeto y ternura. Como si siguiera siendo su hermano mayor, que los quiere y protege. Y no para: “Y había bromas también. Bromas sanas. Me acuerdo una vez en México 70, antes del partido con Italia, yo estaba sentado arriba de una pelota en el medio de la cancha, recién había terminado el entrenamiento. Y de repente una nube de fotógrafos italianos corren hacia mí, me rodean y me acribillan a fotos. Yo no entendía nada. Después me enteré de que el Mudo les había dicho: ‘¿Ven aquel que está sentado allá? Ese es el que mañana va a quebrar a Gigi Riva’. Lo corrí por toda la cancha al Mudo. Era fatal”.

Precisamente el Mudo revela algunas de las virtudes de aquel gran capitán: “El Peta era un fenómeno. Callado, serio, buen compañero. Dentro de la cancha, una fiera. Nunca se daba por vencido. Quería y quería. Aquel era un plantel grande, con muchas figuras. No era fácil ser el capitán. Al Peta lo respetábamos todos. Porque… cómo te voy a decir, no era que anduviera boquillando ni haciéndose ver. Eso sí, daba el ejemplo, calladito. Él te miraba fijo y vos ya sabías. Si había algún problema, él escuchaba todo y al rato decía: ‘tal cosa’, cortito, y no se hablaba más. Mirá que no tenía estudios, pero siempre sabía lo que había que hacer. Era una persona derecha, sin vueltas. Era bueno como el pan, pero donde lo ‘sacaran’, mirá que no lo paraba nadie. Con él no jugaba nadie”.

 

*Archivos utilizados: entrevistas personales; colección Revista Deportes, dirigida por Juan Ángel Miraglia; colección Estrellas Deportivas de El Diario, Nº 37, por Hebert Mayans; libro Luis Peta Ubiña, de Alberto Avellaneda; Historia de Rampla Juniors, de Miguel Aguirre Bayley; artículos de prensa, por Dalton Rosas Riolfo, Jorge Barraza, Jorge Savia, Atilio Garrido, Joselo González Olascuaga; entrevista de La Hora de los Deportes, por Sergio Gorzi.

 

 

 

LA ESENCIA DE LOS GRANDES CAPITANES

 

Tuve el honor y el privilegio de compartir muchas horas con Dalton Rosas Riolfo. Un sabio. Fue un jugador del montón, pero partícipe de la huelga del 48, fundador de la Mutual, periodista durante décadas, pero fundamentalmente amigo y compañero de la gente de fútbol. Pasaba horas con los [José] Nasazzi, Obdulio [Varela], el Vasco Cea, hablaba mucho de fútbol y de la vida con ellos y con muchos otros. Un gran observador y un gran analista del fútbol y del fútbol uruguayo y sus esencias. Dalton era un gran defensor del Peta, como jugador y como gran capitán de Nacional y de la Celeste. Lo emparentaba con aquellos grandes capitanes de todos los tiempos. “Ni aun juntando todas las virtudes que debe tener un capitán se llega a comprender el porqué de su ascendencia. Es algo que se tiene o no se tiene. Siempre los grandes equipos uruguayos tuvieron un gran capitán en el que sus compañeros confiaban ciegamente dentro de la cancha. Se sentían amparados, les daba confianza, los alentaba a dejar todo en la cancha. El Peta tenía eso”, escribió Dalton en una nota en el diario La República.

Sobre Ubiña expresó Néstor Tito Gonçalves, capitán del clásico rival: “Un hombre que siempre defendió la causa a muerte. Un hombre que no era ventajero y que no se quejaba tampoco. Un señor dentro y fuera de la cancha. Yo tuve la suerte de ser compañero de Selección con él y también de enfrentarnos en muchísimos clásicos. Era un jugador especial para esa clase de partidos”.

Por último, Víctor Espárrago, compañero del 71 y gran capitán de las consagraciones del Nacional del 80 dijo: “Luis reunía todas las condiciones humanas para ser un gran capitán. Su rectitud, su bonhomía, su humildad y firme personalidad al mismo tiempo, su gran espíritu de lucha. El Peta era sobrio en su manera de ser, pero emotivo. Contagiaba ese compromiso que él sentía naturalmente. Te llegaba con su sola presencia. Era un gran plantel sí, pero él sacaba de nosotros lo mejor. Ya con su ejemplo, su humildad, nos ayudaba a ser mejores”.

 

 

 

CON JOYA, AMIGOS PARA SIEMPRE

 

“Con Juan Joya nos enfrentamos en muchísimos clásicos. Los dos a muerte. Cada uno por lo suyo. Ya teníamos ‘duelos’ bravos cuando yo jugaba en Rampla. Pero siempre con respeto. Nada de patadas para sacar al otro, pero los dos con todo. Y ni una queja… nada. Es una de las grandes satisfacciones que me quedan del fútbol: el respeto y la amistad con alguien que fue un señor dentro de la cancha. Y afuera más todavía. Una vez –ya grande– me lesioné en un clásico, feo. ¿Sabe quién me llevó sosteniéndome en su hombro alrededor de la cancha? Y el partido seguía. ¿Me entiende? Todo el Estadio empezó a aplaudir. Esas cosas no se olvidan. Como algunos gestos que tuvo su familia cuando él ya estaba en Perú. Cuando debuté como técnico me fueron a ver. O cuando murió mi madre. Mire, le juro, cuando yo era intendente de Los Céspedes, incluso pensé en traerlo a trabajar porque él no estaba pasando bien en Perú. Pero era imposible porque la rivalidad es muy grande. Y está bien que exista la rivalidad entre Nacional y Peñarol, pero así, sana, leal, entre hombres de bien”.

Una vez en Lima, en 1996, tuve la suerte de conversar un largo rato con Juan Joya. No pasaba por un buen momento, pero estaba feliz de que su Peñarol estuviera allí. Pasaba todo el día con nosotros, con una enorme felicidad, como si volviera a jugar. Como si volviera a vivir. Contó mil anécdotas de su época. Era un hombre callado, tímido. Pero estaba tan exultante y locuaz, gesticulador, que se armaban ruedas para escucharlo. De Ubiña recordó: “Con Luis nos repartíamos los tiempos. Cuando atacábamos por la Olímpica ganaba yo. Cuando era por la América ganaba él” [ríe]. Y medio como que se agacha para encararlo con pelota, reviviendo aquellos mano a mano: “Y a veces trancábamos duro, y yo le decía ‘tranquilo, Luis’ y él me decía ‘no pasa nada, Juan’”. Y se para de golpe, como volviendo a la dura realidad. “Fueron muchos años. ¿Qué será de la vida de él? Mándenle saludos”.

Algunas casualidades que también unen a estos hombres: Juan era seis años mayor, pero los dos llegaron a los grandes a sus 27 años y los dos murieron a los 73, en austero anonimato.

La última casualidad de estos dos “amigos para siempre” la encontré buscando materiales en internet: “Ante los repetidos perjuicios ocasionados por el volcán Ubiña los habitantes del pueblo inmediato tratan de abandonar el paraje y trasladarse a la región de La Joya”. (Diario El Pueblo, Arequipa, 10 de junio de 1937).