JUAN LAZAROFF, EL RELATO HISTÓRICO DE DANUBIO

Por Mateo Magnone

 

Don Juan Lazaroff está por cumplir 96 años. Nació en Bulgaria y se vino, junto a sus padres y su hermano Miguel, siendo muy pequeño a vivir a Montevideo. Más precisamente a la Curva de Maroñas. Como todo niño, pasaba buen tiempo en la escuela. La del barrio, la única en la zona, era la número 49, República de Nicaragua. No siempre existe relación directa, simbólica o no, entre los lugares de origen y las identidades forjadas con el tiempo. Pero a veces sí: en esta escuela nació Danubio, la “universidad del fútbol uruguayo”. El niño Juan fue uno de sus fundadores. Como en el túnel del tiempo, nos lleva a momentos inolvidables –por gloriosos en lo deportivo o por gloriosos en lo pícaro– y vive cada recuerdo como si todo hubiese sido ayer, con risas, llantos y la incondicional pasión por dos colores.

 

 

¿Qué simboliza Danubio en su vida?

Fijate que el día en que el club cumplió 84 años, falleció mi mujer. Fijate cómo es la vida. Con Susi nos casamos el 14 de diciembre de 1946. Danubio estaba en la B. Al año siguiente subió a primera por primera vez. Así que el casamiento le trajo suerte. Y el 1 de marzo de este año, el día que el club cumplía 84 años, Susi falleció. La extraño terriblemente, pero así es la vida.

 

¿Cómo vive los partidos? ¿Se apasiona, se pone nervioso?

Me pongo nervioso sí, pero lo disimulo. No lo transmito para los demás, por lo menos lo intento. Porque si vos te ponés muy nervioso y pataleás si al cuadro le va mal, le transmitís algo feo a quienes te rodean. En mi caso a la familia Lazaroff.

 

Cuénteme sobre el fútbol en la escuela, donde se origina el club.

En los recreos jugábamos partidos de cuarenta contra cuarenta, era formidable. La escuela estaba donde ahora está el Club Unión Ciclista, y tenía un patio enorme. Los partidos eran encarnizados. Ahí aprendí a hacer moñas, porque éramos tantos niños jugando que agarrabas la pelota y te marcaban de a cinco, entonces en una baldosa tenías que zafar. Creo que el buen juego histórico de Danubio viene un poco de ahí, de la necesidad de ser hábil en el patio de la escuela para poder escapar de las marcas, casi por obligación. Nos gustaba tanto que Miguel, mi hermano mayor, en un momento me dijo: “Vamos a armar un cuadro para jugarles a los de la Plaza de la Unión”. Los de la Plaza jugaban bien, le habían ganado al Dryco, que por aquellos años era un cuadro bastante fuerte y famoso. El director de la Plaza era el maestro Torres, un tipo fantástico, inolvidable para mí. Hablamos con él y coordinó que el partido se jugase a los quince días. Nuestro cuadro no tenía nombre, así que se me ocurrió llamarnos Tigre, no me acuerdo muy bien por qué, pero en definitiva éramos el Tigre de la Curva de Maroñas. No teníamos camisetas, así que cada uno buscó una camisa blanca y el que no tenía, usaba el guardapolvo de la escuela por adentro del pantalón. Y mamá, que desde casa trabajaba como costurera del London París, nos cosió un trocito de tela percalina negra en la camiseta, como una escarapela. Jugamos el partido y perdimos 1-0. Quedamos deshechos, terriblemente amargados.

 

Pero había que seguir intentándolo.

Lo primero fue pensar seriamente en las camisetas. Pero no teníamos plata. La Curva de Maroñas era un barrio muy pobre, más de lo que lo es hoy. Estaban naciendo algunas fábricas textiles, estaba la curtiembre, alguna pinturería, pero lo más importante era la gente, muy humilde, trabajadora. Las camisetas costaban $ 4,87.

Lo recuerdo muy bien porque aún conservo el recibo. Para juntar esa plata se nos ocurrió hacer una rifa de cien números, a cinco centésimos cada uno. La cuestión estaba en qué rifar. Tenía que ser algo barato para nosotros, así que se nos ocurrió un juego para tomar agua, o sea una jarra con cuatro vasos. Fuimos a la ferretería de la Curva, nos recibió doña María, y mi hermano, que llevaba la voz cantante, le dijo que queríamos ese juego para rifar y así comprar las camisetas. Por más que era muy barato, realmente no teníamos cómo pagarlo. “Perfecto, sale tanto”, nos dijo. “No tenemos ni un peso”, le dijo mi hermano. “Bueno, llévenselo y cuando cobren la plata de las rifas vuelven y me lo pagan”. Debo contarte que nunca volvimos…

 

¿Pudieron comprar las camisetas, por lo menos?

Quien luego fue historiador de Danubio, Alcides Olivera –hermano mayor de Armando y Álvaro, fundadores del club con mi hermano y conmigo– nos compró diez números de rifa [Juan se entusiasma con el recuerdo, ya que aparentemente siempre se dijo que habían sido veinte números: “mentira, compró diez”] con la condición de que la camiseta del cuadro fuese blanca y negra, a rayas, en honor a Wanderers, que había sido el último campeón uruguayo. Alcides era muy amigo del presidente de Wanderers, así que de ahí venía el deseo. Casualmente, los colores eran los mismos que los de aquel primer partido. El total de la venta de las rifas nos dio cinco pesos, así que después de comprar las camisetas nos quedaban $ 1,3. Con eso compramos un silbato para las prácticas. Realmente estábamos arrancando desde cero.

 

Ya con las camisetas, ¿qué pasó con el nombre del cuadro?

Había sido tan duro el golpe por la derrota en el primer partido que, para cambiar de pisada totalmente, no quisimos llamarnos más Tigre. Había que cambiar. Estábamos en casa con el resto de los compañeros, conversando sobre el tema, y mi madre, María, se sumó con una sugerencia: “Le pueden poner Maritsa. Es un lindo nombre y me recuerda a un río donde me refrescaba en Bulgaria”. Sonaba lindo pero no para cuadro de fútbol de varones, era muy femenino. Así que retrucó que podíamos ponerle como otro río de la zona, con nombre masculino: el Danubio. Nos gustó y quedó.

 

Eran días especiales del fútbol, con Uruguay campeón del mundo nuevamente. Supongo que era el tema del momento.

Es que no se hablaba de otra cosa que no fuera fútbol. Todo el mundo quería jugarlo y dedicarse al fútbol. Tal vez nos contagiamos de ese ímpetu para querer jugar la revancha contra el cuadro de la Plaza. Nuestro golero era otro Olivera, primo de Armando y Álvaro, después teníamos un grandote que se llamaba Israel Medina y le decíamos Caldera, y la delantera era: mi hermano Miguel, un tal De León, yo y los hermanos Olivera. Armando fue, de esa barra inicial, quien más tiempo jugó en el club. Yo jugaba de puntero izquierdo. La revancha la ganamos, y así agarramos viento en la camiseta. En El Diario de la noche había una página dedicado al fútbol infantil, y allí mi hermano mandaba un anuncio que decía: “Danubio desafía a jugadores menores de 15 años a jugar un partido,

en cancha a definir, los domingos a las

15 hs.”. Allí nos respondían y empezamos a jugar partidos. Ganamos una liga del barrio, después un campeonato que organizaba Nacional. Nos iba bastante bien.

 

¿Cuándo nació la camiseta con la franja?

En 1936 entramos al campeonato de Liga Parque Rodó, organizado por el club Universal Ramírez, y allí el presidente era un tal [Juan Lorenzo] Castaldi, que además era árbitro de primera división. Cuando nos anotamos, nos preguntó cómo era nuestra camiseta. “Blanca y negra, a rayas verticales”, le dijimos. “Tienen que cambiarla porque la camiseta del Universal es verde y blanca, también a rayas verticales. Se van a confundir”, nos respondió. Volvimos para el barrio sin tener mucha idea de qué hacer, hasta que a Alfredo López, quien también integraba el equipo, se le ocurrió que podíamos tomar el modelo de la camiseta de River argentino, aunque en lugar de la franja roja, sería una franja negra. En ese campeonato salimos segundos, ya que justamente perdimos la final con el Universal. Pero quedó para la historia porque le dio vida a la camiseta histórica de Danubio.

 

¿En qué momento se dieron cuenta de que el proyecto inicial, de cuadro de amigos en la infancia, pasaba a ser más ambicioso?

Después de unos años de competir en ligas barriales, ya siendo adolescentes, se empezó a arrimar mucha gente grande, con muy buenas ideas, viendo que el cuadro se sostenía con el tiempo. De esa forma, en 1941, Danubio se inscribió en la divisional extra, donde había cientos de equipos. Al año siguiente, salimos campeones. Allí pasamos a la Intermedia y también salimos campeones. Llegamos a la B, donde estuvimos dos años, hasta subir a la A en 1947. En seis años, Danubio pasó de no ser nada, a estar en primera división.

 

Usted dejó de jugar antes de los veinte años, después pasó a ocupar cargos directivos y a ser testigo directo del desarrollo institucional de Danubio. Supongo que ha visto de todo.

En 1948, entró como dirigente Antonio Souto, que era muy amigo de Ernesto Lazzatti, quien había sido capitán de Boca y de la Selección Argentina, y por ese año estaba terminando su carrera. Sauto lo convenció de venir a jugar a Danubio. Lazzatti, que era mediocampista central, vio que el equipo jugaba bien y les decía a sus compañeros “los pases no los quiero ni en la espalda, ni al pie inhábil. Los quiero exactamente a mi pie hábil. Y también quiero que los ‘halfs de ala’ sean como un abanico. Si llevo la pelota por el medio, que suban y sean opción de pase hasta que termine la cancha”. Y así sucedía, ese equipo realmente jugaba bien. Uno de los jugadores de esa época, para mí el símbolo histórico de Danubio, fue Carlos Chueco Romero, campeón de la B con 16 años, suplente de Julio Pérez en el Mundial del 50, un fenómeno. Yo soy el presidente de la Comisión de Nomenclátor y sugiero que una de las tribunas de Jardines lleve su nombre. Tenía una habilidad tremenda. Una vez, en un partido que le ganamos a Peñarol en el Centenario, después de Maracaná, el Chueco le hizo un caño a Obdulio Varela, eludió a un par y la jugada terminó en gol de Danubio. Cuando volvió a su cancha le dijo: “Perdóneme capitán, que se la pasé por entre los gajos”. Imaginate, Obdulio casi lo mata.

 

¿Qué lugar ocupa Jardines del Hipódromo en su vínculo con Danubio?

Cuando el club empezó a crecer y necesitábamos un lugar para jugar de local, alquilamos lo que hoy es el Parque Forno. Allí jugamos un tiempo, pero queríamos una cancha propia. En un momento, a principios de los cincuenta, se acercó a Danubio un hombre llamado Alfredo Scarcella, que nos dijo que podía conseguir un predio muy bueno en los Jardines del Hipódromo, de tantas manzanas. Ya en Danubio estaba trabajando el arquitecto Luis Alberto Torres, y como empezamos a fantasear con construir un estadio en ese predio, hizo los planos. Cuando llegó el momento de pedir precios por la construcción, nos dimos cuenta de que era muchísima plata, inalcanzable para el club. No teníamos con qué pagarlo, así que desechamos la idea. Yo, que también estaba en la directiva, quedé muy apenado, me parecía una lástima, considerando el terreno que habíamos conseguido, en un lugar tan hermoso. Un día, yendo con Susi de paseo al Centro, pasamos por el Cine Rex (hoy Sala Zitarrosa). En el momento que entramos estaban pasando el noticiero, y particularmente las imágenes de un ferrocarril que viajaba por una cima, mientras los pasajeros miraban para abajo, por la ventana, un partido de fútbol. Esa imagen me despertó una idea que enseguida le dije a Susi: “Tengo la solución. La tierra que está en el terreno, en vez de usarla como superficie para hacer el estadio, tenemos que venderla y hacer la cancha en el pozo”. Susi, que me apoyaba en todas esas ideas, me dio para adelante una vez más. De ahí mismo fuimos a lo de Scarcella, quien también se entusiasmó con la idea y me dijo de ir a hablar con el arquitecto Torres. A Torres le pareció un plan interesante, pero le parecía difícil vender tanta tierra. “Yo me ocupo de venderla”, le dije. Puse un anuncio en el diario El Día que decía algo como: “Vendo tantas toneladas de tierra, llamar al 47636…”. Entonces empezaron a venir desde las fábricas a ver la tierra, y uno tras otro nos decía “esta tierra no me sirve, tiene cal”. Hasta que un día, apareció un tal Pisano sentado en la sede de Danubio. Yo entro y me dice: “¿Usted es Lazaroff?”. “Sí, soy yo”, le dije. “Bien, yo vine a comprar la tierra”, siguió. Ahí le respondí que la tierra tenía cal. “No me importa, tenemos máquinas especiales que eliminan la cal de la tierra”, me devolvió. Le pregunté cómo se llamaba la firma y me contestó Cerámicas del Sur. Fuimos al terreno y terminaron comprando todas las toneladas de tierra que había. Con la plata de esa venta hicimos el estadio. En 1951 pusimos la piedra fundacional, en un acto en el que yo hablé y, después de muchísimo tiempo de trabajo, lo inauguramos el 25 de agosto de 1957. En plena construcción, a Torres se le ocurrió que debía tener una torre, similar a la del Centenario. Una vez terminada, yo le pregunté al arquitecto “¿No está muy delgada esa torre?”. “Juan, vos dedicate a lo tuyo, que yo me dedico a lo mío”, me respondió medio enojado. Finalmente, en una noche de tormenta, la torre se cayó y casi aplasta la casilla donde vivía el canchero. Allí intervine y propuse que, en lugar de levantar otra más gruesa, se cortara en diagonal la base de la que estaba y se le agregara un mástil. Creo que quedó lindo.

 

Además de Romero, Danubio tuvo otro mundialista en el 50, el Cumba Juan Burgueño.

Y es medio insólito cómo lo trajimos. Teníamos que jugar contra Sud América, donde él jugaba, que venía de ganarle a todos los equipos. El Cumba era un infierno, así que nos pusimos a pensar cómo hacer para que no pudiese jugar contra nosotros. Uno dijo, “la única solución es mandarlo preso”. Fuimos a la comisaría 16 y denunciamos que nos habían robado unas gallinas: “El culpable fue Juan Burgueño”. Así que lo fueron a buscar, no jugó y Danubio ganó el partido. Los dirigentes de Sud América lo echaron, así que el Cumba se fue a jugar a Atlanta en Argentina. De ahí lo trajimos para Danubio, un poco porque jugaba muy bien y otro poco para enmendar la macana.

 

Un amigo en común me contó, sin tanto detalle, una historia suya referida a un partido contra Peñarol en el Centenario, en un día de mucha lluvia. ¿Me la puede desarrollar?

Yo era delegado del club y vivía en un apartamento, en el sexto piso, en 18 de Julio y Martín C. Martínez. En el tercero vivía el general Omar Porciúncula, director general del Ejército y presidente de la AUF. Hablamos de principios de la década de 1960. En esos momentos, salvabas la economía del año con las recaudaciones de los dos partidos en el Estadio contra Nacional y Peñarol. En la mañana del partido contra Peñarol estaba lloviendo, así que me llamó el presidente de Danubio, Julio Oyenart, y me dijo: “Juan, andá hasta lo de Porciúncula y pedile que suspenda el partido. Con este clima no vamos a recaudar nada”. Bajé hasta lo de Porciúncula y me atendió Meba, la esposa. Le pregunté por su marido y me contestó que no estaba, que había salido temprano. Yo sabía que me estaba mintiendo. Al rato, me llamó de nuevo Julio, volví a bajar pero tampoco tuve suerte. Eso mismo un par de veces más. Así que el partido se iba a jugar aunque estuviese lloviendo. Ya en el vestuario, Julio me preguntó qué podíamos hacer. Le respondí: “La única solución es cortar un palo”. “Yo mismo lo corto. ¿Me acompañás?”, le dije. Y Julio aceptó acompañarme. Tengamos en cuenta que los palos aún eran de madera. El juez era José María Codesal*, que había jugado conmigo al fútbol y hasta habíamos sido compañeros de zaga. Cuando faltaba poco para que arrancara el partido, bajamos a hablar con los hinchas, les contamos lo que queríamos hacer y uno me dijo “yo en el camión tengo un serrucho”. Me lo trajo y arrancamos con Julio, por el túnel, para el arco de la Ámsterdam. Cuando estábamos llegando a la cancha sentí los gritos de Codesal: “¡Juan, pará, ¿qué vas a hacer?!”. “Voy a cortar un palo”, le dije. “¡Pero estás loco, van a suspender a Danubio de por vida!”, me gritaba. Así seguimos discutiendo hasta que en un momento nos convenció. Pero realmente estábamos con la idea de cortar el palo para que el partido no se jugara.

 

Al final ¿cómo estuvo la recaudación?

Horrible. Habremos vendido dos mil entradas. Y el partido lo empatamos 2-2. El segundo gol lo hizo el argentino Héctor Pederzoli.

 

Una locura por el bien de un hijo, como es Danubio para usted, podría ser visto como un acto bastante noble…

¡Y no te he contado casi nada! Por ejemplo, en 1966, Wanderers era dirigido por Hugo Bagnulo y venía muy bien el campeonato. Les tocaba jugar contra nosotros. El técnico de Danubio era Rafael Milans, que en la previa me dijo: “Wanderers anda muy bien porque Bagnulo los motiva mucho durante los partidos, les grita todo el tiempo desde el borde de la cancha”. Ahí me puse a conversar con el Chino Héctor Salvá, que había venido a jugar ese año, pensando en cómo contrarrestar ese aliento. Y el Chino me dijo: “Podemos traer una cuerda de tambores y que se pongan a tocar bien fuerte en la tribuna, bien atrás de Bagnulo, para que los jugadores no lo puedan escuchar”. Y eso hicimos, conseguimos una cuerda de veinte tambores. Los porteros tenían la orden de dejar pasar a los tamborileros, de tribuna a tribuna, en caso de que Bagnulo se moviera. Arrancó el partido y el ruido de los tambores era tremendo, él gritaba como loco y los jugadores de Wanderers no escuchaban nada. Se movía para todos lados y la cuerda de tambores lo seguía. Estaba malísimo. Ganó Danubio 3-1.

 

¿A sus hijos biológicos les ha inculcado conscientemente la pasión por Danubio?

Algo que siempre he pensado y que me gusta repetir es lo siguiente: los hijos se hacen hinchas del cuadro del padre, no tanto cuando lo ven reír, sino cuando lo ven llorar por ese amor.

 

 

 

*Mundialista en 1958 y 1966, y padre de Edgardo Codesal, quien se nacionalizó mexicano y arbitró partidos en el Mundial de 1990, destacándose la final.

 

 

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