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La gran Darío, por Sebastián Chittadini




Marca registrada

 

 

Cuando Darío Rodríguez marcaba, siempre dejaba registros. Pero el título no va por ahí precisamente, sino más bien por una jugada que supo patentar como seña distintiva sin tener que pasar nunca por Agadu.

 

Si habláramos de las demarcaciones posicionales como expresiones artísticas, el lateral sería considerado como una suerte de género menor o de clase B. Casi nadie llega al fútbol queriendo jugar en ese puesto, en el que se termina por descarte o por necesidad de equipo en un momento determinado, cuando un veloz puntero con poca profundidad o un zaguero de baja estatura son desplazados hacia un lugar de la cancha que en otras latitudes –en Brasil, por ejemplo– goza de mucha mayor consideración. Dependiendo de la procedencia, se será para siempre un lateral con mucha subida y poca marca, o viceversa. Aquello de la manta corta que impide tapar los pies y la cabeza al mismo tiempo y que obliga a la adaptación.

Octavio Darío Rodríguez no fue la excepción a esa máxima según la cual se otorga a ciertos jugadores la responsabilidad de jugar de laterales porque no hay otro dispuesto o medianamente capacitado para la función. Así se desplazó –sin saber que sería lo mejor para él– desde el centro al costado izquierdo de la defensa en los albores de su carrera y construyó una trayectoria repleta de oficio, haciendo del pundonor y la sobriedad una forma de vida. Artista del cuerpo a cuerpo y el golpe cortito, fue pura potencia y carpeta bajo el brazo en 42 partidos con la camiseta celeste (en los que convirtió nueve goles), poniendo siempre lo que había que poner en la marca férrea y en lo anímico.

El gran Quique Yannuzzi siempre decía que Darío se parecía a Obdulio Varela, en el físico y hasta en cómo se calzaba el short por arriba del ombligo. Y no le quedó grande esa comparación, ya que siempre fue un hombre en el que sus compañeros podían apoyarse en las difíciles por la firmeza de su temple. Con esas condiciones, no es de extrañar que haya sabido ganarse el favor del público, como también lo hizo con una jugada característica e inconfundible que dejó registrada para siempre sin tener que presentar ninguna documentación probatoria.

 

No acepte imitaciones

 

En el mundo comercial, las marcas permiten a los consumidores distinguir un producto o servicio de otros de su misma especie en el mercado. En el fútbol pasa algo parecido, ya que, a lo largo de la historia, han sido varios los futbolistas que se destacaron por jugadas características que los distinguían y quedaron grabadas en la mente de los aficionados como “marcas registradas”. El público que entiende de fútbol las disfruta y no acepta imitaciones porque sabe lo que cuesta registrar una jugada como marca en el imaginario colectivo.

De la misma forma en la que en los registros de propiedad intelectual pueden ingresar solicitudes tanto las personas físicas como morales, en el fútbol hay lugar para que tanto los cracks como los peones instalen una jugada patentada. Así, quedaron en la memoria de los hinchas movimientos como la “calesita” de Romario, la “elástica” de Rivelinho, la “lambretta” de Djalminha, la “ruleta marsellesa” de Zinedine Zidane, o el “escorpión” de René Higuita, pero también la “gravesinha” de Thomas Gravesen. Y si uno piensa en un jugador uruguayo con una jugada propia, personal e intransferible, bautizada incluso con su nombre, enseguida le viene a la mente Darío Rodríguez y esa especial demostración de fundamentos que conocimos con el nombre comercial de “la gran Darío”.

Una vez finalizado el proceso de registro de una marca, el titular tendrá el derecho exclusivo de utilizarla. En el caso de Darío, fue en forma de clásica salida desde el fondo luego de ponerle el cuerpo al atacante que intentaba obstaculizarlo de forma infructuosa. Tal vez no tenía la estética de aquellos jugadores que parecen flotar sobre el pasto con singular gracia y sin transpirar, pero se las arreglaba para que siempre fuera efectiva y eficiente. Con la misma regularidad que un reloj, Darío siempre se salía con la suya cuando ejecutaba su jugada patentada, aguantando la pelota con el cuerpo y saliendo triunfante por el lateral. No fallaba nunca.

Cuando el espectador veía que el enjundioso lateral hundía la cabeza, arqueaba la espalda, sacaba culo y con el brazo rodeaba la humanidad del pobre delantero que osaba ir a presionarlo; sabía que se venía algo grande. La línea lateral hacía el resto, ordenando la salida limpia y victoriosa previa al uñazo providencial en busca de sorprender a la defensa rival y alimentar el pique del hombre de punta de turno. A veces, solo a veces, podía hacerle un enganche al puntero rival para salir jugando desde abajo. Pero eso sí, siempre lograba su cometido y el público se volvía loco con esa jugada tan carente de glamur como repleta de enjundia.

 

Todos los derechos reservados

 

A lo largo de la historia del fútbol han sido muchos los futbolistas que lograron ganarse a las diversas aficiones por jugadas memorables que se transmitieron de generación en generación y pasaron también a los libros de historia del deporte rey. Talentos insuperables que inventaron filigranas inimaginables para el ser humano promedio, que la gente común jamás podría soñar con emular. Ahí radica la importancia de La gran Darío; porque fue una jugada del pueblo, de esas que cualquiera siente que puede ejecutar, aunque sepa que no hay manera de llevarla a cabo igual que su creador. Por una vez, no hubo que ser número 10 o delantero para llevar un fundamento del juego a su máxima expresión y dejarlo para siempre asociado al nombre de un jugador. Con esa jugada, Darío se convirtió nada menos que en un reivindicador de la posición de lateral.

Aquel jugador que empezó sus andanzas en el fútbol conocido como “el hermano de Héctor Samantha Rodríguez” y dio sus primeros pasos como un expeditivo zaguero de la B, discípulo directo del gladiador Julio César Ribas, terminó siendo una referencia absoluta en el fútbol alemán y caudillo de la selección. Por si fuera poco; se mandó el mejor gol de un mundial, gol que terminó siendo el cuarto mejor de la historia de las Copas del Mundo y ostenta la titularidad de una de las marcas registradas más representativas del fútbol uruguayo. Hasta el día de hoy, uno ve a cualquiera haciendo esa jugada y piensa instantáneamente en La gran Darío. Cada uno de esos jugadores debería pagarle derechos de autor por su enorme contribución al fútbol cada vez que la reproduce de forma total o parcial, sea en un fútbol 5 o en un mundial.




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