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Schubert y el oído absoluto, por Sebastián Chittadini




EL MONO GAMBETTA, HÉROE DE MARACANÁ

 

El 16 de julio de 1950, el hombre al que muchos consideran el primer carrilero de la historia fue figura excluyente. También le hizo honor a su nombre, quedando retratado para siempre en una de las postales más significativas de la hazaña.

 

Como esas marcas indelebles que acompañan a una persona para el resto de su vida, el amor de los padres de Schubert Gambetta por la música clásica marcó para siempre al enjundioso futbolista uruguayo con el nombre del brillante compositor austríaco. Tanto, que originalmente lo llamaron Franz Schubert Gambetta. Con el tiempo, él se sacaría el Franz porque no le gustaba, como quien elimina de la cancha con su marca a un puntero habilidoso que lo tiene a mal traer. No obstante, le quedarían algunas cosas de Schubert que se pondrían de manifiesto en el momento señalado.

Su fútbol, así como su personalidad avasallante, se forjaron como los de todos los jugadores de su época en esas escuelas de vida que fueron los cuadros de barrio. De impecable raya al medio, inconfundibles pabellones auriculares, profuso bigote, 1,72 de altura y retacón, quien sería conocido como El Mono fue uno de los futbolistas uruguayos más destacados entre las décadas de 1940 y de 1950. Podría decirse que este half o entreala derecho de gran velocidad y agilidad fue el primer carrilero de la historia por su ida y vuelta constante, lo que lo llevó a convertirse en una figura legendaria del glorioso fútbol uruguayo. Defendió a la selección en 36 oportunidades, marcando tres goles y exhibiendo un carácter que hizo que Obdulio Varela se identificara rápidamente con él y que el resto de sus compañeros jugaran tranquilos al saber que contaban con su presencia.

Gambetta fue un jugador adaptable a cualquier época y a cualquier esquema por su técnica depurada, temperamento firme, condición física propia de un atleta y polifuncionalidad para actuar con destaque en cualquier puesto. Fuera de la cancha, cultivaba el perfil bajo y rara vez daba notas. Dentro de los límites del campo, era un puntal defensivo: recio, fuerte y corajudo; al punto de que los delanteros rivales preferían cambiarse de punta para no pasar por la experiencia traumática que significaba enfrentarlo. Sin embargo, la figura de ese guerrero incansable no ha recibido el reconocimiento que por derecho propio le corresponde a la hora de hablar de los protagonistas más destacados del Maracanazo de 1950. Todos hablan del temple de Obdulio Varela y del desequilibrio individual de Alcides Edgardo Ghiggia, algunos mencionan a Matías González –El león de Maracaná– por su solvencia en la defensa o al Pepe Schiaffino por el primer gol; pero poco se dice del Mono, alguien que no tiene nada que envidiarle a nadie en cuanto a méritos. No obstante, fueron sus propios compañeros quienes más lo destacaron.

Roque Gastón Máspoli dijo de él: “Schubert Gambetta fue el héroe de Maracaná. Tenía todo: temperamento, clase, confianza. Contagiaba fe. Con gente así es imposible perder”. No sorprende que el half derecho que combinaba garra con técnica y mentalidad ganadora haya ocupado un lugar en el equipo ideal de la Copa Mundial, aun habiendo jugado solo dos partidos. Luego de no haber participado ni contra Bolivia ni contra España, las crónicas de la época hablan de la enorme influencia de su empuje cuando la Celeste iba perdiendo contra Suecia. Tras ese partido declaró a la prensa que se vendría el título del mundo.

Hay incluso quienes sostienen que el propio Obdulio aseguró que Gambetta había sido el autor de la frase “Los de afuera son de palo” antes del partido definitorio con aquellas doscientas mil personas en contra, algo que no sería descabellado para quienes supieron qué clase de persona era. De todas maneras, aunque la realidad y la ficción se mezclen cada vez más, complicando la reconstrucción precisa de los hechos que son cada vez más legendarios, su valía en la final de Maracaná fue inconmensurable.

A los pocos minutos del partido, el puntero izquierdo de Brasil le hizo un foul fuerte, pero él respondió con firmeza. Ahí, en ese pequeño detalle que no tenía nada que ver con la táctica ni con la técnica, afirmó muchas veces el Negro Jefe que se empezó a definir el partido en favor de Uruguay.

Tan importante fue el marcador de punta aquel 16 de julio contra los brasileros, que alcanza con recordar las palabras del capitán cuando lo consultaron acerca de la actuación de los once jugadores uruguayos (y eso que mencionó solo a diez, omitiendo sin querer a Míguez): “Hubo cuatro fenómenos: Matías González, Gambetta, Ghiggia y Julio Pérez; hubo cuatro que cumplimos: Máspoli, Tejera, Rodríguez Andrade y yo; el Pepe Schiaffino mostró a rastro su calidad e hizo el gol, y Morán era Morán”. Obdulio, personificado como el emblema del Maracanazo, hizo una virtud de no tener oído para los insultos del público cuando quiso enfriar los ánimos. Al fin y al cabo, era el centrojás un tipo común y alejado de cualquier virtuosismo. Sin embargo, había también en el equipo uruguayo un hombre predestinado a poner en práctica algunas de las cualidades que hicieron de Franz Peter Schubert un elegido para recibir el regalo divino del oído absoluto.

Esa tarde, el Mono inmortalizó su imagen entre las leyendas históricas del fútbol. Primero, metiendo y jugando como el que más. Luego, corriendo con la cara llena de algarabía e inmortalizado por la cámara en una de las pocas imágenes que quedan de la gesta, cuando le hizo honor a su nombre de genio musical capaz de identificar cualquier sonido sin tener ninguna referencia y de escuchar lo que los demás no logran escuchar, demostrando que esa rara facultad no está limitada al campo de la música. En el instante final del partido, tras un córner para el equipo local que el delantero Friaça manda desde la derecha y cae por el segundo palo antes de que Máspoli pueda contener, Gambetta corre con los brazos en alto buscando la pelota y la toma con las dos manos. Algunos de sus compañeros pensaron que había enloquecido, otros se quedaron helados, otros le recriminaron por haber cometido el penal en la hora que podía darle el empate y el título a Brasil. Mientras tanto, entre lágrimas, con la guinda en las manos, el Mono solo era capaz de decir “Terminó, terminó”. Uruguay ya era campeón del mundo, pero ninguno de los restantes héroes celestes había escuchado el pitazo final del inglés Mr. Reader por el griterío ensordecedor de las tribunas. Solo Schubert, el del oído absoluto, había sido capaz de utilizar su don para ser el primero en abrazarse a la pelota y a la gloria. Aunque tiempo después, con la modestia y el perfil bajo que lo caracterizaban, les confesaría a sus allegados que solo había tenido la suerte de ser quien que estaba más cerca del árbitro.




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