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El pibe de oro, por Jorge Señorans




JULIO CÉSAR GIMÉNEZ, UN EXQUISITO DEL FÚTBOL

Cuando Peñarol lo fue a buscar, su madre no lo dejó ir a Montevideo hasta que no terminara cuarto de liceo. El día que compartió vestuario con las estrellas que coleccionaba en las figuritas, le mandó una carta a la vieja para contarle que Ermindo Onega le había pedido un jabón. Fue autor de tres goles en un clásico. Se peleó con Dino Sani. Fue ídolo en Vélez Sarsfield y Ferro Carril Oeste, donde se coronó campeón. Menotti lo fue a buscar para llevarlo al Barcelona de Maradona. No pudo jugar porque el club tenía completo el cupo de extranjeros. Lo mandaron a jugar a la filial y los fines de semana se iba esquiar a Andorra. El Pibe de Oro. La sola mención de aquel apodo alcanza para identificar a un exquisito del fútbol como Julio César Giménez.

 

Usted nació en Artigas. ¿Cómo llegó a la capital? ¿Quién lo trajo a Peñarol?

Yo tenía quince años y había un futbolista que jugó en Peñarol y River de Montevideo, Nelson Moraes, al que le preguntaron si sabía de algún jugador de Artigas y me fueron a buscar. Pero no pude venir enseguida, me tuve que quedar unos meses más.

 

¿Por qué motivo?

Porque mi mamá quería que terminara el cuarto año de secundaria. Entonces esperé hasta cumplir los dieciséis años y me vine a las inferiores de Peñarol, donde estuve tres meses nada más, porque debuté rápidamente en Primera.

 

¿Sintió el cambio al desembarcar en la capital?

Al principio sí porque era muy pegado a mi mamá y en el año 1971 estaba complicada la cosa. Me alojaron en una pensión en Ejido y Durazno, donde eran todos jugadores de otros equipos. Y el tema es que en la pensión no se comía tan bien, los equipos tenían muchos problemas económicos y repercutía en todo. Pero fueron tres o cuatro meses porque cuando pasé a Primera me cambió la vida.

¿En qué aspectos cambió su vida?

Lo que pasa que… [Piensa]. Antes, con dieciséis años éramos muy boludos, hoy con esa edad se recorrieron el mundo. Uno extrañaba todo, pero cuando ya jugaba al fútbol con Elías Figueroa, Matosas, Caetano, Castronovo, Onega, Romeo Corbo, Losada, era muy fuerte. Cuando éramos chicos nuestra infancia se prolongaba mucho con las figuritas. No había todo lo que hay ahora para los chicos, y resulta que las figuritas que yo juntaba eran las de todos ellos, las de esos jugadores a los que ahora tenía ahí entrenando conmigo.

 

Era algo así como el sueño del pibe convertido en realidad.

Cómo sería la cosa que le escribí una carta a mi vieja a Artigas para decirle que Onega me había pedido un jabón. Era tal el grado de timidez e inocencia que llegué a eso. Había un respeto…

 

¿Es cierto que se pedía permiso para cambiarse en determinado lugar del vestuario?

Me acuerdo, en la concentración de Peñarol, de tener que sentarme en la mesa con algunos que veía en las figuritas y cuando me preguntaban algo no lo podía creer. Pero los tipos eran normales, lo que pasa que nosotros los veíamos en los diarios y los sobredimensionábamos.

 

¿Recuerda con qué compañero le tocó en su primera concentración?

No recuerdo. Lo que me acuerdo es que los cuartos eran de cuatro camas. Pero hubo gente que me cuidaba, como Matosas, Tabaré González. Yo sentía que me protegían.

 

El cambio de vida debe de haber implicado también irse a vivir solo.

No, seguí viviendo en la pensión un par de años más porque yo era chico y no estaba para vivir solo. No daba. En aquellos años, 1971 y 72, hubo momentos en los que se debían seis y siete meses de sueldo. Fue una etapa complicada.

 

¿Y cuándo se independizó?

Debuté en el primero de Peñarol con dieciséis años y a los dieciocho me compré un departamento.

 

Su carta de presentación fue en febrero de 1973, por la Copa del Atlántico, anotando un gol contra Boca que generó una locura en el Centenario.

Fue la gran aparición mía porque hago un lindo gol gambeteando a varios rivales… [Interrumpe la narración y luego de un momento en silencio continúa]. El otro día me llamó un amigo para preguntarme quién había sido el golero de Boca, que había apostado una cerveza. Y yo no me acuerdo de nada. Unos decían Gatti y otros Sánchez. Seguro que Gatti no era…

 

Volvamos al gol, Julio.

Ah sí, te contaba. Cuando terminó el primer tiempo pedí el cambio porque me sentía mal. Estaba muerto en la cancha. Yo miraba el reloj y no pasaba más el tiempo. ¡Tenía hepatitis!

 

¿Y no se dieron cuenta antes del partido?

No me habían diagnosticado nada pese a que había perdido mucho peso. Un día me sentía mal en Los Aromos, me tomaron la presión y como la tenía baja pensaron que era por el calor. Me aconsejaron tomar un poco de alcohol. Estuve dos o tres días tomando alcohol y me estaba haciendo pelota el hígado. A los tres días fui a la cancha a jugar contra San Lorenzo. Antes de entrar estaba orinando y [Dante] Cocito me vio el color de la orina y me dijo: “Vos tenés hepatitis”. Estuve tres meses en cama. La pasé mal, pasé feo porque el alcohol que me mandaron era veneno para el hígado. Pero en esa época era así.

Usted vuelve a jugar la segunda mitad del año y en el clásico debió ser sustituido a los pocos minutos por una lesión. ¿Lo salían a buscar para pegarle?

No recuerdo… En general, en los clásicos, la gente que era fogosa o de pegar como Montero Castillo o Ubiña jamás me pegaron. Por ahí me pegaban otros, pero los que tenían fama me veían muy pibe y no me tocaban. Ubiña, que los mataba y los tiraba contra la América, a mí no me pegaba.

 

Tal vez regían otros códigos.

No sé. Lo que sí te digo es que hoy miro las canchas donde juegan y me da placer. ¡A mí me tocó jugar en cada cancha! El Estadio era complicado, la pelota picaba mal, el campo no estaba bien. Mirá, te voy a contar. A mí me costaba motivarme en el campeonato local. Yo jugaba bien los clásicos o los partidos internacionales, porque a nivel local Nacional y Peñarol ganaban siempre. Entonces era como que ya sabías que ibas a ganar.

 

¿Qué le pasó con el técnico Dino Sani?

En la Copa Libertadores del 78 fuimos a jugar a Colombia contra Junior y el Cali. Perdimos los dos partidos. Cuando volvíamos me puse a charlar con una azafata y Dino Sani lo tomó como que yo estaba de joda; utilizó eso como excusa del bajo rendimiento del equipo. Como que me tiró todo el fardo. Yo estaba casado y lo hizo bien de mala leche porque sabía que no había hecho nada.

 

¿Usted había tenido problemas con Sani?

Sani andaba enojado conmigo porque la gente le reclamaba que yo tenía que ser titular, pero me ponía en el segundo tiempo. El tema es que cuando entraba cambiaba la historia y eso no le gustaba. Llegó un clásico y yo sabía que no era titular. ¿Sabés lo que hice? ¡Me fui a Punta del Este con un amigo! Fue como diciendo, si no juego acá tengo que hacer algo por mi vida, porque no puede ser que no sea titular. Lo sentía así. Y ahí se pudrió todo.

 

Hay un partido inolvidable para la gente que es el clásico de la Liguilla de enero de 1976. Peñarol le gana a Nacional 5 a 1 y usted marca tres goles.

Ese partido fue lo mejor que me pasó en la vida. El Estadio colmado, salimos campeones, y marqué tres goles a Nacional. El último no lo olvido jamás, un golazo y lo hice rengo.

 

¿Rengo?

Sí, me había lesionado un tobillo. En ese momento se permitían solo dos cambios y Morena me dice: “Andá a jugar de 9”. De pronto hay un desborde, llega un centro pasado afuera del área que me queda para pegarle de boleo. Yo amago a patear y le meto un sombrero a Moller, hago un par de amagues más, entre ellos al golero Bertinat, al que lo gambeteo y casi entro caminando al arco. Me fui al talud a gritar el gol con la gente.

 

¿Usted tuvo problemas con Hugo Bagnulo y pidió que lo negociaran en el exterior?

Con el Hugo no. El Hugo era medio paternal, pero lo único que me volvía loco era que le molestaba todo lo que yo hacía. Si me veía sentado me decía: “¿Por qué está sentado?”. Si jugaba al futbolito lo mismo. Un personaje, pero no sé qué le pasaba conmigo. Me veía jugando al pingpong y me decía: “No podés jugar al pingpong porque luego no te movés en la cancha”. Y yo decía: “¡Dios mío, qué familia!”. Son esas cosas que, en el combo, lo prefiero a él y no a Dino Sani. Era un mal tipo Dino Sani.

 

En 1978 emigró a Argentina para jugar en Vélez Sarsfield, donde dejó su nombre grabado y se lo recuerda hasta el día de hoy.

En Vélez teníamos un buen equipo y enganchaba a la gente por mi manera de jugar. Luego pasé a Ferro, donde salimos campeones. Aquel fue un equipo que hizo historia. Y el argentino es demostrativo con la gente que defiende sus colores o que se maneja bien. A los uruguayos nos quieren. Acá [Argentina] hablo con los de Racing y a Ruben Paz lo aman. Pero lo aman de verdad. Al Enzo lo mismo, al Manteca Martínez también.

 

¿Y a Julio Giménez lo aman?

No es una locura, porque son equipos menores, pero me demuestran siempre el afecto. Yo no soy mucho de ir a las canchas, pero me respetan. Mirá, te voy a contar una cosa que hice una vez jugando en Vélez. Esto fue bien de tribunero y fue para mi viejo.

¿Su padre lo iba a ver seguido a la cancha?

No. Con el viejo me pasó una cosa increíble. Cuando era chico nunca me iba a ver, pero andaba atrás de los árboles. Era un hombre muy callado y muy crítico conmigo. Me mataba. ¿Sabés lo qué me decía? Que no iba a llegar a nada porque yo gambeteaba y no hacía el gol, se la daba a otro para que lo hiciera. Capaz que tenía razón. Pero fue increíble porque tres o cuatro de los mejores partidos de mi vida los jugué con el viejo en la tribuna y yo sentía que jugaba para él.

 

¿Qué hizo aquella vez?

Siempre digo que no me banco a los tribuneros, pero la única vez que fui tribunero fue en una Copa Libertadores, jugando para Vélez. Resulta que mi viejo estaba acá [Argentina] y fue con mi mamá a verme jugar ante un equipo peruano. Anduve muy bien, la rompí, y faltando cinco minutos dije: “Le voy a regalar algo lindo a mi viejo”. Me arrimo al técnico y le pido el cambio diciendo que estaba contracturado. Y me fui a la mitad de la cancha, bien de tribunero, ¿eh? ¿Por qué? Porque yo sabía que venía el “¡Uruguayo, uruguayo!” de la gente. Y ese recorrido desde la mitad de la cancha hasta el túnel era eso, era para mi viejo que estaba ahí. Mi mamá me contó que el viejo, que era un tipo muy frío, se había puesto a lagrimear.

 

En Argentina, jugó también en Douglas Haig (1984), Unión de Santa Fe (1985), Instituto de Córdoba (el mismo año) hasta que en 1988 llegó a San Martín de Tucumán, club que no olvida.

San Martín me dio mucho, una ciudad futbolera. Ascendimos y la pasé muy bien.

 

 

Al Barcelona de Maradona

 

Luego de aquella campaña con Ferro Carril Oeste, donde se consagró campeón, surgió el interés de Barcelona por su concurso. Aquel equipo contaba ni más ni menos que con la figura de Diego Armando Maradona y con César Luis Menotti en la dirección técnica.

 

¿Cómo surgió el interés de Barcelona por usted?

Resulta que yo estaba de vacaciones en Mar del Plata y justo Menotti andaba por ahí. Nos reunimos y me comentó sobre la posibilidad de ir a Barcelona. El único problema era el cupo de extranjeros.

 

¿No había lugar?

Barcelona tenía a Maradona y al alemán Bernhard Schuster. En aquel entonces se permitían solo dos extranjeros. Pero me llevaron igual junto con un 9 argentino llamado Jorge Gabrich.

 

¿Llegó a entrenar con Maradona?

No, porque fue justo cuando lo fracturaron en un partido contra el Athletic de Bilbao. Yo había arrancado a entrenar en el primero con Menotti, pero cuando quebraron a Maradona, Menotti me dijo que necesitaba un 9 para suplir su baja y se quedaron con Gabrich. Me mandaron a la filial del Barcelona, donde terminé pagando yo un problema de Menotti del que prefiero no hablar.

 

¿Por qué? ¿Qué pasó?

Quiero tener mucho cuidado porque esto nunca lo conté. Resulta que cuando fui a entrenar con el primer equipo, a Menotti le preguntaron con cuál de los dos jugadores se iba a quedar: Gabrich o yo. Y el Flaco dijo: “Los voy a tener unos días porque no vienen bien entrenados de la filial”. Cuando regresé al segundo equipo, no me ponían. Y un día le preguntaron al técnico por qué no me ponía y él, aprovechando que el Barcelona no andaba bien y era una oportunidad para que lo ascendieran a ser el DT del primero, respondió: “No viene bien de la Primera, voy a tener unos días para entrenarlo”. Como que Menotti me había entrenado mal. Una pasada de factura por lo que había dicho Menotti antes.

 

Pero usted terminó pagando los platos rotos.

Sí, terminé pagando yo. Pero mirá lo que pasó: en la fiesta de fin de temporada se hizo un almuerzo y el tipo me pidió perdón. Y yo, que estaba en otra mesa, medio lejos, levanté el dedo como diciendo “Fuck you”. ¡El último día me pidió perdón! A mí me chupaba un huevo… Me dediqué a pasear.

 

¿Cómo que se dedicó a pasear?

En invierno me iba a Andorra a esquiar y en verano a Ibiza a la playa.

 

¿Y la gente no le decía nada? Porque usted era jugador del Barcelona.

La gente no me conocía. Yo agarraba el auto y me iba. Aprendí a esquiar y me iba solo.

 

Pero esquiar es lo que menos recomiendan para un futbolista.

Sí, pero aprendí y me encantó. Los fines de semana arrancaba para Andorra. Un lugar hermoso. Era todo nuevo, nunca había visto nieve en mi vida.

 

¿Qué le generó que tantos años después Maradona lo mencionara en su libro como uno de los grandes jugadores que enfrentó?

Diego me vio dos o tres partidos en los que justito anduve bien. En el 79 jugamos una clasificación contra Argentinos Juniors, Diego no pudo jugar y estaba en la tribuna mirando ese partido. Y las veces que me lo encontré, siempre me comentó eso: “Uruguayo, la rompiste ese día, me enamoré de tu fútbol”, me decía. Les ganamos 4-0 con Vélez y pasamos a ser uno de los semifinalistas del Metro del 79 y se quedó con esa imagen. Supongo que debe haber sido por eso que me mencionó.

 

Cuando pasa raya y mira que sigue siendo reconocido como El Pibe de Oro, que es ídolo en Argentina, que lo pidió el Barcelona de Maradona y jugó un Mundial, ¿qué reflexión le queda?

Que estuvo bueno. Por ahí me arrepiento un poco de lo tímido que era. Era introvertido. Después siempre me quedó la sensación de que otorgué mucha ventaja y nunca pude estar cien por ciento bien físicamente. Es la lectura que siempre hice porque cuando yo estaba bien me sentía Maradona y Messi juntos. Pero me costaba… vivía solo, era medio desbolado con la alimentación y me gustaban las minas; la noche y el alcohol, no; pero las minas, sí.

 

 

 

El partido de pingpong contra Maradona

 

Si bien Julio Giménez no pudo jugar con Diego Armando Maradona a nivel oficial en Barcelona, compartió con el 10 argentino una gira por Estados Unidos.

Cierta vez los jugadores estaban jugando al pingpong en el hotel donde se alojaban. El centro de atención de la mesa era, justamente, El Pibe de Oro. “Yo dominaba el juego porque en la concentración de Los Aromos jugaba mucho al pingpong. Entonces estaba ahí despachando a todos los españoles, cuando cae el Diego y golpea la mesa. Resulta que gané y quedé en la mesa para jugar contra Maradona. Arrancamos a pelotear y jorobar. Yo le decía que Argentina siempre le tuvo miedo a Uruguay y él respondía. Los partidos eran a 21. Antes de arrancar, Diego me dice: ‘Si vos llegás a cinco tantos te doy por ganado el partido’”.

Julio pensó que se lo comía en dos panes a Maradona. “¡Me ganó 21 a 1! ¡Era una bestia jugando! Nunca me había enojado tanto como aquella vez por perder tan fiero. El resto de la gira, cada vez que pasaba por al lado mío, me miraba y sonreía”, rememora Julio.

Aquella gira fue sumamente particular. ¿Motivos? “A Maradona no lo conocía nadie”, expresó Giménez. “En ese momento el famoso era el refuerzo que llevábamos, el Mágico González. La mayor parte de la gente que iba a los partidos eran salvadoreños que llenaban los estadios para ver al Mágico, al Diego no lo conocían”.

Mágico González fue un delantero salvadoreño admirado por Maradona. Barcelona lo llevó a la gira con la intención de contratarlo. Pero el Mágico era indomable. Se dormía, no entrenaba, salía de noche y se escondía en las discotecas. Así y todo, es ídolo eterno en Cádiz de España.

 

 

 

No hablen mal de Messi

 

Hablar de fútbol con Julio genera placer. De sus palabras se desprende que defiende el tipo de juego que practicaba: para adelante. No duda en afirmar que el mejor equipo que vio en su vida fue la selección de Holanda de 1974. Dice ser hincha de Pep Guardiola. Y se define como “obsecuente” de Lionel Messi, al grado tal de tratar de “boludo” al aire a un periodista que lo criticó y hasta dejar de hablar con gente que lo niega.

“Sí, soy un obsecuente de Messi. Lo mejor que vi en mi vida, lo amo con una obsecuencia mal, sin dejar de reconocer que Diego [Maradona] fue tan grande como él. Yo pensé que después de Diego no había otra cosa, pero este muchacho me fascinó mal”, expresa en la charla con Túnel.

Giménez agrega: “Este muchacho tiene cosas de genio, no sé, a la velocidad que juega. En Argentina es discutido y se lo compara con Diego. Pero la gente de fútbol mira a Messi y se rinde”.

Julio reveló que ha llegado a pelearse con mucha gente por defender al 10 argentino. “Me he dejado de hablar con gente que lo niega a Messi”, dice y enseguida agrega: “Si hablás mal de Messi, no hablo más de fútbol contigo”. Y cuenta una anécdota vivida en una radio: “La otra vez me llamaron de un programa de Vélez y había un periodista que empezó a hablar de Maradona para hablar mal de Messi. Y lo vi venir. Entonces en un momento le digo: ‘¿Vos sos periodista deportivo?’. Me dice: ‘Sí, ¿por qué me preguntás eso?’. Y le digo: ‘Yo no quiero hablar más de fútbol con vos, vos sos un boludo’. Así, al aire. Pobre, después me quedé mal porque fui intolerante”.

Giménez continúa: “Soy hincha de Guardiola. Mirá, estoy en un grupo de hinchas de Peñarol y el toquecito para atrás es mala palabra y enseguida te ponen el sello de Guardiola y subestiman la posesión. No tienen ni idea”.

Julio trabajó como entrenador en divisiones formativas. Cuando le preguntamos si cambió mucho la mentalidad de los jóvenes, responde: “El tema de los jugadores de inferiores cambió mucho. Lo que pasa es que hoy, para ser jugador de fútbol, tenés que jugar los noventa minutos a alta intensidad, tenés que tener condición física, técnica para la alta competencia, y entender el juego que es lo más difícil. Generalmente, en Argentina y Uruguay siguen saliendo jugadores, pero no andan bien en Europa porque no entienden el juego. Y luego hay que sumar perseverancia, el ser profesional, no es fácil ser un atleta de alta competencia”.

 

 

El Pibe de Oro y la lucha con el cigarro

 

Por estas tierras, la sola mención del Pibe de Oro es suficiente para saber que se habla de Julio César Giménez. “Me lo puso Heber Pinto el apodo, creo que porque era medio rubión”, cuenta Julio y agrega: “Sé que mucha gente sigue diciendo El Pibe de Oro y tengo 67 años y estoy hecho bolsa [risas]. No, no, estoy bien, estoy bien, pero tuve una etapa de fumador en la cual estaba muy flaco, muy demacrado y dejé de fumar”.

Julio cuenta a Túnel que el cigarro estaba perjudicando su estado de salud: “Me estaba arruinando el cuerpo, me pusieron un stent en una pierna porque el pucho me estaba tapando la circulación”. Giménez revela que esa etapa coincidió con el inicio de la pandemia de covid-19 y cuenta una anécdota que fue determinante para dejar de fumar.

“Cuando empezó la pandemia, acá en Argentina no se conseguían cigarrillos y un día compré una marca pindonga que eran vomitivos. Me hicieron muy mal y dije: ‘Es la oportunidad para no fumar más’. Estuve una semana para dejar de fumar y me mejoró la calidad de vida”.

 

 

El taximetrista al que le gritó el gol

 

Dirigiendo a las formativas de Peñarol, cierto día Julio tomó un taxi y le pidió al chofer que lo llevara a las canchas del Complejo Santa Rita. El taximetrista estaba de visible mal humor. A decir de Julio: “Muy mala onda”. Arrancó el viaje y cuando estaban llegando, el hombre le preguntó: “Jefe, ¿va a Defensor o Santa Rita?”. Julio dijo su destino y el taxista volvió a consultar: “¿Tenés algún hijo jugando acá?”. A lo que Giménez respondió: “No, no, estoy dirigiendo”. Entonces al hombre lo invadió la curiosidad y preguntó cómo se llamaba. Cuando escuchó a su pasajero decir Julio César Giménez, el taximetrista paró el auto y empezó a mirar con admiración a su pasajero. Su mala cara había cambiado notoriamente. “¡No te puedo creer! ¡Julio César Giménez! ¿Te acordás de mí?”, preguntó el taxista. Julio lo empezó a mirar y como para salir del paso le dijo: “A lo mejor nos conocemos del barrio o del liceo”.

“Y el tipo me dice: ‘No, fijate bien. Cuando hiciste el quinto gol en el clásico fuiste al talud y me gritaste el gol colgado del alambrado’. Lo cómico de la anécdota es que le dije ‘¿Vos sabés que yo te veía cara conocida?’, rememora Julio entre risas, recordando que sus hijos, Mauro y Nicolás, lo viven gastando porque reitera siempre la misma anécdota. “Pero esas cosas de la gente te sorprenden. Cómo guardan en la memoria un pequeño hecho. A veces me encuentro con hinchas que me dicen ‘El día que hiciste los tres goles a Nacional yo estaba laburando en el campo’. Es increíble”, concluye.

 

Jugar con Morena

 

“Morena fue un monstruo. Morena hizo grande a Peñarol”, afirma Julio César Giménez cuando habla de la dupla que formó jugando con el máximo goleador aurinegro.

“Peñarol tenía buenos jugadores, pero Morena marcaba la diferencia, era distinto de verdad. Siempre digo lo mismo, en la década de los setenta y los ochenta era Morena y diez más. Una bestia”, expresa. Giménez siente mucha impotencia por el problema de salud que tiene su excompañero: “Me genera bronca e impotencia que Fernando tenga que pasar por este momento”.




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