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Rompiendo barreras, por Javier Conde




Nadie le regala nada

al fútbol femenino

 

Es una realidad incontestable que en este 2019 pegó un estirón, con más equipos en todo el país, más jugadoras y con un incremento de la competitividad. El balompié de mujeres, que busca visibilidad, es más que fútbol: pretende romper barreras y ser un agente de cambio social y cultural moviendo la pelotita. Un golazo.

 

El fútbol femenino uruguayo es una mujer que se acerca a los 25 años, que estudia y/o trabaja y llega agotada a los entrenamientos en canchas, por lo general, deficientes. En las piernas de un puñado de estas chicas hay sudamericanos, copas América y un par de mundiales en la categoría Sub 17 (Azerbaiyán 2012 y Uruguay 2018). No hay dinero de por medio, salvo contadas excepciones, incluso no son pocas las que meten la mano en el bolsillo propio para desplazarse o adquirir su indumentaria. Aun así, juegan por el placer de jugar. Y cada vez mejor.

¿Cuántas son? Un montón. Un cálculo oficioso e impreciso que suma las cifras aportadas por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), la Organización de Fútbol del Interior (OFI) y la Organización Nacional de Fútbol Infantil (ONFI), el trípode de instituciones sobre el que se apoya de forma regular la actividad, anda sobre las trece mil futbolistas.

Son chiquilinas, en verdad, en promedio menores a esos casi 25 años que fija la fecha de 1996 en la que arrancó la organización del primer campeonato uruguayo de fútbol femenino, cuando Matilde Reisch, que había impulsado el deporte con mucho éxito desde la Intendencia de Montevideo, recibió el encargo de la AUF de mover esa cosa rara de chicas pateando el balón en un país donde se transpira por todos los poros las glorias de su Selección y de sus equipos masculinos.

De familia futbolera, la abuela la inscribió en Nacional al nacer, Reisch, esbelta y elegante cuando frisa los 79 años, recuerda aquellos días farragosos. “Fueron de mucho trabajo”, confiesa, y aún oye los gritos destemplados, y ríe, contra las pioneras que se atrevieron a romper el molde primero en fútbol 5 y luego en fútbol 11. Era una orden de la FIFA y había que cumplirla, sin mucha convicción, como para sacarse un problema de encima.

 

El crecimiento

De los siete equipos iniciales –Rampla Juniors se llevó el primer título de acuerdo a los registros de la AUF– compitiendo en una sola categoría, se ha avanzado en un cuarto de siglo a un campeonato con dos divisionales (A y B) mayores que juegan todo el año en torneos Apertura y Clausura, con sistema de ascenso y descenso; y dos juveniles, Sub 19 y Sub 17.

De 2018 a 2019 se pasó de 43 equipos a 59 solo en la AUF y más de 1.500 jugadoras (las federadas, sin embargo, duplican esa cifra) por una conjunción de factores: las disposiciones de la Conmebol que obligan a todos los equipos profesionales masculinos a competir en la rama femenina so pena de perder el cupo que obtengan para las copas Libertadores y Sudamericana, y la irrupción de una amplia camada de jugadoras que pide paso, quienes comenzaron desde pequeñas, jugando con hermanos, primos y vecinos en la calle y luego haciéndose un hueco en equipos de varones que las veían como bichos raros.

“A la vuelta de dos años, cuando crezcan, la competitividad va a ser mayor”, apunta Daniel Pérez, director técnico que hizo a Cerro campeón en 2012 y se ha llevado los dos últimos títulos con Peñarol, con debut incluido en la Libertadores Femenina de 2018. “Vienen con el baby fútbol a cuestas y eso va a favorecer el crecimiento porque tienen la experiencia de lo que es el fútbol”, sigue el DT. Hay que darle tiempo a los ciclos biológicos.

Un impulso adicional, y para nada menor, fue la realización a fines del año pasado en Uruguay (Montevideo, Colonia y Maldonado) del VI Mundial Sub 17, que reunió a 16 selecciones y en el que la Celeste obtuvo su primer punto. Dirigidas por Ariel Longo, que comanda los tres combinados femeninos charrúas (Mayores, Sub 20 y Sub 17), la mayor parte de las 21 gurisas seleccionadas juegan ahora enlas categorías mayores o en Sub 19, incluso alguna ya ha sido convocada para amistosos de la Selección absoluta femenina.

El estadio Charrúa, remozado para la histórica ocasión, se llenó para presenciar el debut uruguayo en el Mundial y aunque la Selección cayó goleada ante la muy física y potente Ghana, los que se acercaron por primera vez al fútbol femenino local pudieron apreciar la característica garra charrúa, una prioridad para Longo, y el destello individual, al menos, de un par de puñales en el ataque: Belén Aquino y Esperanza Pizarro, que harían los dos únicos goles del combinado durante el torneo. El de Pizarro, en la igualdad contra la aseada Finlandia, tercera en el campeonato europeo, fue declarado el mejor gol del Mundial.

Aquino lo hizo en el segundo partido contra Nueva Zelanda, en la única vez que Uruguay fue arriba en el marcador durante el campeonato. Con 17 años cumplidos en febrero, es una jugadora que se pierde de vista. Menuda, eléctrica y veloz, mortal en la definición, de disparo potente y dribling endemoniado, la ex jugadora de Colón –para el que acumuló más de un centenar de goles– fue cedida en préstamo por este año a Progreso que canceló la suma de dos mil dólares. Y otro tanto si su nuevo equipo decidiera ponerla a jugar contra su antiguo club.

Una cifra irrisoria si se compara con la realidad del fútbol de hombres, pero inédita en el femenino local. El canje levantó alguna roncha entre los involucrados, pero terminó suscribiéndose en la AUF. El sueño de Aquino es ser una jugadora profesional, como lo son más de media docena de uruguayas que juegan en ligas del exterior. Una cantidad aún modesta.

Progreso, que ganó los 18 partidos que disputó la temporada pasada en la divisional B, es uno de los cuadros que amenaza la hegemonía de Peñarol, Nacional, actual líder de la Primera, y Colón que poseen ocho de los últimos nueve títulos. El once a rayas verticales rojas y amarillas es un cuadro cuasi juvenil, de buen ver, en el que además de Aquino destacan la figura de AntonellaFerradans, lateral izquierda de la Sub 17 y ya convocada a la mayor, que corta y sale con el balón a ras del piso; la fina Micaela Domínguez, ex Liverpool, también del combinado mundialista juvenil; Sasha Larrea, ex Peñarol, una bujía en el medio campo y de potente disparo, entre otras.

 

Formando, formando

A pesar de la carencia de recursos, los clubes ponen el acento en la formación de jugadoras. Colón es reconocido, sin mezquindades, como una de las canteras más prolíficas de los últimos años. Tetracampeón (2013-2016), vicecampeón en 2018 y 2019, único equipo uruguayo semifinalista en la Libertadores femenina (2016), aportó siete jugadoras al combinado juvenil que Graciela Rebollo llevó al subcampeonato sudamericano y al Mundial de 2012.

De sus filas surgieron Yamila Badell

–bigoleadora en ese certamen planetario de Azerbaiyán–, que milita en el CD Tacón de Madrid, equipo que logró el ascenso a la muy apetecida Liga Iberdrola, la primera división española donde está el finalista de la champions femenina 2019, el Barcelona, y el potente Atlético de Madrid. También Pamela González que subió el año pasado con el Málaga y descendió esta temporada, por solo mencionar a las más afamadas.

Colón, a la vez, ha reforzado sus planteles con jugadoras venezolanas, entre ellas Oriana Altuve, una goleadora insaciable en su país con el Caracas FC y con el Independiente Santa Fe en la liga profesional de Colombia en sus dos únicas temporadas. La caribeña jugó este año en España con el Rayo Vallecano y en su debut en la tercera jornada le clavó tres goles al Madrid CFF. Un inciso referencial que evidencia el nivel de las jugadoras que pasaron, y hay, en el femenino charrúa.

Detrás de los éxitos del equipo del Parque Suero está el encomiable esfuerzo de su presidente, Héctor Chaine, y de la familia Chaves, Paulo, presidente de la sección femenina, y Adriana, su esposa, que acogen en su casa a las jugadoras extranjeras del club, le echan un remiendo a la exprimida cancha de la Avenida de las Instrucciones y asumen la delegatura en el terreno y en los despachos. “Siempre cariño para esa gente que me hizo darme a conocer”, dijo una agradecida Altuve, días después de aterrizar en Madrid el pasado mes de setiembre.

A Colón lo sucede en el presente Liverpool. Bajo la coordinación de Rebollo, ex seleccionadora nacional y ex técnica de Colón, el club de Belvedere es el único que compite en categorías Sub 12, Sub 14, Sub 16, Sub 19 y divisional A, apuntando a un modelo que no tiene prisas, que privilegia que sus jugadoras cumplan todas las estaciones de su crecimiento futbolístico y que, además, dio el ejemplo de consignar ante la AUF los contratos remunerados suscritos con sus cuerpos técnicos. Un tercio exacto de las 21 chicas que se pusieron la camiseta celeste en el Mundial de 2018 salieron de esa granja.

 

Mujeres empoderadas

La presidencia del Consejo de Fútbol Femenino de AUF la ocupa Valentina Prego –que ejerció en paralelo la coordinación del Mundial Sub 17, un éxito organizativo reconocido por la FIFA– y dos mujeres más destacan en la Mesa Ejecutiva, Mabel Leyes y Francisca Lavin, que la integran junto con Nilso Romero y Danilo Mannise. Beatriz Leiro es la secretaria de las selecciones nacionales.

Desde allí parten los lineamientos que rigen el fútbol de mujeres y señalan un horizonte sin plazos pero también sin pausas. Prego apunta dos grandes objetivos: “que la primera división sea a futuro la liga profesional y que se logre la integración nacional”.

Lo primero supone lograr mejores condiciones para las jugadoras y cuerpos técnicos, acceso regular a la infraestructura de las que gozan, al menos, las divisiones juveniles masculinas. Lo segundo, más peliagudo al parecer, sentarse con la OFI, presente en dieciocho departamentos del país, con excepción de Montevideo, que realiza una copa anual femenina en la división mayor, este año por 17ª ocasión.

Los campeones de la AUF, a los que corresponde la representación a la Libertadores Femenina, y de la OFI no se enfrentan en un duelo final que tendría, en sentido estricto, alcance nacional. “Se ha hablado, pero no hay nada concreto”, dicen en una y otra organización cuando se indaga al respecto. Sí se hace sin embargo en las categorías Sub 16 y Sub 14, cuyos ganadores compiten luego en la Fiesta Sudamericana de la Juventud que organiza la Conmebol.

Martha Costoya es uno de los motores de la comisión de fútbol femenino de la OFI. Lleva 31 años en la organización y ama el fútbol desde pequeña. Su padre, un gallego de Frades, La Coruña, fallecido en 1987, era un futbolero empedernido y cargaba con la pequeña para los partidos del campeonato uruguayo. “No tuvo tiempo para verme trabajar por el fútbol”, comenta ella.

La OFI tiene setenta años de fundada y afilia 61 ligas en los dieciocho departamentos del interior del país. Su tránsito en el fútbol femenino comenzó hace diecinueve años. “En dieciséis ligas hay fútbol de mujeres, tenemos registrados 151 equipos y 5.470 jugadoras”, precisa. Además de la 17ª Copa Nacional en la categoría mayor, preparan la séptima edición en Sub 16 y la segunda en Sub 14. “En el interior es impresionante lo que se ha crecido, treinta equipos más que el año pasado”, dice de memoria, sin apuntes.

“Estamos apostando a que nuestras ligas armen competencias internas para que las chicas jueguen todo el año, no solo la Copa de la OFI que dura cuatro meses”, apunta Costoya.

Desde hace cinco años, la OFI se alió con ONU Mujeres, dirigida por Magdalena Furtado, para darle nombre a su máximo torneo –este año celebran también los diez años de Gol al Futuro, un programa institucional de la Secretaría Nacional del Deporte que, entre otras cosas, permite armonizar estudios con deporte.

“Cuando nos juntamos con Martha [Costoya] y con la OFI hace cinco años nos asombró un dato: había 261.617 deportistas federados y 242.897 eran hombres, solo 7% eran mujeres”, dijo Furtado, tan emocionada como sorprendida, durante el lanzamiento de la Copa Nacional en el Hotel NH Columbia. “Nos propusimos ayudar a cambiar esa realidad”, remató.

La alianza se inscribe en la estrategia global de la FIFA que busca el crecimiento sostenible del fútbol femenino y que se haga más accesible para las mujeres, que son las protagonistas del espectáculo. “Esto nos empodera”, resalta, vivaz y rápida, como si corriera por la banda, Furtado.

Y ese es el elemento diferenciador del fútbol de las mujeres. Es más que pegarle a la pelota con sentido. Es un vehículo para el cambio social, para vencer estereotipos, para que la mujer adquiera más visibilidad, refuerce su confianza y asuma liderazgos comunitarios. Y no son consignas: un cuarto de siglo después de su inicio formal (tan atrás como que en los setenta se disputaron de formar irregular los primeros torneos) siguen existiendo barreras para que las mujeres practiquen el más universal de los deportes.

 

Juegan ellas, dirigen ellos

Los diez equipos de la divisional A uruguaya son dirigidos por hombres, eso sí, enamorados del fútbol femenino. Como Daniel Pérez. “Llevo ocho años en esto, mi idea es seguir creciendo en el fútbol femenino, me gustaría lograr un buen torneo en la Libertadores y hoy o mañana dirigir la Selección y repetir el mismo trabajo que hicimos en Peñarol”. No es el único rendido ante el encanto de unas jugadoras en las que aún pervive el espíritu lúdico del deporte y, a la vez, una capacidad de captación que definen como “superior”.

A ellas les cuesta más llegar a la dirección de equipos. Es una tendencia que se repite en toda Sudamérica. Incluso en el Mundial Sub 17 ya referido solo cinco de dieciséis selecciones eran adiestradas por mujeres: España, a la postre campeona, Sudáfrica, México, el otro finalista, Alemania y Canadá.

Fabiana Manzolillo, ex seleccionadora nacional, de vuelta este año en el campeonato de la AUF con el debutante Defensor, líder en la divisional B, es una convencida de que las mujeres pueden dirigir mejor que los hombres en el femenino. “Estamos pendientes de cosas que quizás ellos le den menos importancia”, le confesó a futbolella.com.

El proyecto femenino de Defensor lo impulsa Ana Gómez, ex jugadora, quien cursó Gerencia Deportiva en la Universidad de Leipzig, Alemania, con una intención más allá de lo competitivo: desarrollar un modelo de gestión que haga crecer el fútbol femenino. Graciela Rebollo cumple funciones similares en Liverpool, Alexandra Mazurkiewicz en Peñarol y también, y al menos, Danubio tiene ese sello de mujer.

Pero, ¿qué ocurre en el campo, tanto en las prácticas como en los juegos regulares, donde ellas son las reinas del juego y son más evidentes las carencias? Un informe que la Organización de Fútbolistas Uruguayas (OFU) –en la que Valeria Colman, lateral izquierda de Nacional, asidua en la Selección mayor, y Rosina Peña, de RiverPlate, asumen la vocería– realizó el año pasado una encuesta entre la mayor parte de los equipos de las divisionales A y B, que arrojó estos datos relevantes:

Siete de quince equipos cuentan con vestuario: cuatro con duchas.

Tres de quince equipos entrenan en lugares pertenecientes al club que representan.

Nueve de quinceequipos consideran que las canchas de entrenamiento no están en buen estado.

Dos de quinceclubes dan a la primera plantilla viáticos mensuales: ambos pertenecen a la división A.

Diez de quinceequipos carecen de seguridad médica.

Once equiposcarecen de servicio de fisioterapia para las jugadoras.

Ningún club cuenta con contrato para las jugadoras.

Es una foto que hay que volver a sacar porque la participación de los equipos profesionales en el torneo 2018 lleva aparejada mejoras. Desde la infraestructura, la indumentaria, la regularidad y calidad de los entrenamientos. Y porque además se produjeron asociaciones con clubes amateurs como son los casos de Fénix - Canelones; Línea D - Plaza Colonia y San Jacinto - Rentistas, que es un ganar-ganar: unos pueden cumplir con la obligación de la Conmebol y otros acceden a recursos de los que carecían. Es otra tendencia en toda Sudamérica.

En el interior del país el acceso a recursos y mejores condiciones para el desempeño de la práctica futbolística femenina es aún más limitado. Laura Aquino, presidenta de Arachanas de Melo, ocho veces finalista de la Copa Nacional de la OFI –cuatro títulos– habla sin guardarse nada. “Tenemos que rogar para que nos asignen las canchas a las mujeres. Falta infraestructura y además hay que cambiar la cabeza de los dirigentes”.

Vinculada desde hace veinte años a su club en la capital de Cerro Largo, siente y dice: “Estamos muy lejos del nivel sudamericano, pero somos tercas y lo hemos demostrado, vamos a seguir porque lo que importa no es el nivel sino la pasión por jugar”. Y como si fuera a disparar a la portería, sentencia: “Nadie le regala nada al fútbol femenino”.

 

El semillero

Cuando un día de 2005 Jorge Burgell, periodista y entrenador, abrió el fichero de la ONFI de la que en la actualidad es vicepresidente, encontró el nombre de 42 chicas registradas. Llegó a una certeza: no hay relevo. Y de esa certeza derivó una convicción que ha profundizado a lo largo de la casi década y media transcurrida: impulsar el fútbol de niñas para garantizar la vida del fútbol femenino y dar un salto de calidad.

La ONFI, que depende de la Secretaría Nacional del Deporte, fue fundada hace cincuenta años como Comisión Nacional de Baby Fútbol, tiene el encargo por decreto de organizar y promover el fútbol infantil (entre los seis y los trece años) en todo el país. Burgell afirma que es la organización de voluntariado más extensa y numerosa del país: reúne a cincuenta mil jugadores y mueve a unas 200 mil personas por campos y campitos cada semana.

La ley 18.571, aprobada durante el primer mandato de Tabaré Vázquez, declaró el fútbol “de interés nacional” y de “protección especial del Estado”, una singularidad uruguaya, que la ONFI hace realidad desde las edades más tempranas.

También aquí se registra un crecimiento notorio. Aquel número de 42 se multiplicó por cien –“ronda las 4.500”, aproxima Burgell–, en 16 de sus 67 ligas hay torneos de niñas y un número impreciso de ellas juega en los campeonatos de varones, con lo que se ha dado la curiosa situación de que a nivel infantil hay fútbol mixto o de chicas. En 150 clubes hay fútbol de niñas.

Hay relevo y lo evidencia un dato: 20 de las 21 chicas de la Selección mundialista Sub 17 patearon balones en equipos del fútbol infantil. La excepción fue la arquera Jennifer Sosa, nacida y criada en Estados Unidos.

La ONFI cuenta con un Departamento de Niñas que organiza torneos en edades Sub 11 y Sub 13 con clubes cuyas ligas aún no tienen torneos internos femeninos, y jornadas especiales en Sub 9. El propósito es muy claro: extender el fútbol femenino a toda la estructura de la organización.

Luis de Melo, su presidente, afirma sin duda alguna que la ONFI es una organización muy potente, cuya fortaleza radica en la gente, los padres, que se involucran más allá de ver jugar a sus hijos o hijas o a ambos. Aliados también con ONU Mujeres y el Instituto Nacional de la Mujer se plantean “una transformación cultural de la sociedad a través del juego”. Ideas plasmadas en libros de difusión masiva, que preparan para la competencia y también para la vida.

Quienes se mueven en el ámbito del fútbol femenino saben, aunque no lo verbalicen cada dos por tres, que solo pueden crecer. Es cuestión de tiempo. En Sudamérica el caso uruguayo es ejemplar: no hay otro país que cuente con tres organizaciones, con espacios definidos, que permitan a una niña jugar desde pequeña y ascender por ese entramado de clubes y equipos hasta las categorías mayores.

Falta más difusión, más público desprejuiciado, mayor inversión y marcas que quieran apostar al futuro. Es cuestión de tiempo.




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